La mañana en que Caleb debía tomar el vuelo de regreso a Perú, el aeropuerto de Atenas se sentía completamente distinto a su llegada. Ya no había incertidumbre ni nervios punzantes en el pecho, solo una calma profunda y compartida.
Frente a la puerta de embarque, Saria lo rodeó con los brazos en un abrazo apretado, apoyando su cabeza contra su pecho. Caleb la sostuvo con firmeza, oliendo el suave aroma a lavanda que siempre la acompañaba.
—Llegaste hasta aquí como mi mejor amigo a la distancia —murmuró ella, mirándolo a los ojos con esa luz clara y decidida—. Y te vas como el hombre que elijo para mi vida.
—Te veo pronto, Saria —respondió Caleb, besándole la frente con ternura—. Esta vez no van a pasar cinco años.
—De eso me encargo yo —sonrió ella.
Caleb caminó por el pasillo de acceso al avión. Al sentarse junto a la ventanilla, sacó su teléfono y abrió aquella vieja aplicación que años atrás le había costado sus últimas veinte monedas virtuales. Miró la pantalla un segundo, sonrió con nostalgia y la desinstaló para siempre. Ya no necesitaba aplicaciones para conectar con el mundo: su destino ya tenía un nombre, una voz y un lugar en la tierra.