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Capitulo 9 Toma base militar Teteye

oscarmauricio
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Después de aproximadamente seis meses de continuas operaciones y patrullajes en el Putumayo, nuestra unidad recibió una nueva misión. Fuimos destinados a realizar operaciones en el departamento del…

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De nuevo en marcha

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Contenido de la publicación

Después de aproximadamente seis meses de continuas operaciones y patrullajes en el Putumayo, nuestra unidad recibió una nueva misión. Fuimos destinados a realizar operaciones en el departamento del Caquetá.

El Batallón de Contraguerrillas N.º 87 hacía parte de la Brigada Móvil N.º 13, una unidad que tenía jurisdicción operacional tanto en el Putumayo como en el Caquetá. Por esta razón, nuestros desplazamientos y misiones podían llevarnos a diferentes zonas de ambos departamentos.

Para nosotros significaba dejar atrás temporalmente el territorio que ya conocíamos y prepararnos para enfrentar un nuevo escenario, con otras condiciones geográficas y nuevos retos. Una vez más, comenzaba una nueva etapa de operaciones.

Después de llegar al aeropuerto de Florencia, Caquetá, fuimos recogidos en camiones y trasladados hasta el Fuerte Militar de Larandia. Allí permanecimos durante tres días realizando el alistamiento necesario para la nueva misión: mantenimiento de los equipos, revisión de uniformes, armamento y controles médicos.

Cumplido el alistamiento, los dos pelotones iniciamos el desplazamiento en vehículo hasta un punto determinado. Desde allí continuamos la marcha a pie, avanzando hacia el límite entre Caquetá y Huila.

Nuestra misión era apoyar y ejercer presión dentro de una operación que ya venían desarrollando las otras compañías del Batallón de Contraguerrillas N.º 87. Nuevamente comenzábamos una marcha por un territorio desconocido, preparados para permanecer el tiempo necesario hasta cumplir la misión encomendada.

El ataque a Teteyé

Eran aproximadamente las cuatro de la madrugada cuando, a través de la radio, recibimos una noticia que nos hizo cambiar completamente el rumbo de la misión. La Base Militar de Teteyé y las tropas que se encontraban en sus alrededores estaban siendo atacadas por los frentes 32 y 48 de las FARC-EP.

La orden fue inmediata: bajar hasta la carretera principal, donde nos recogerían unos camiones para trasladarnos nuevamente hacia el aeropuerto de Larandia y, desde allí, ingresar helicoportados a la zona de combate. Al mando de mi comandante de compañía, los dos pelotones comenzamos a descender del cerro a un paso acelerado. Sabíamos que los camiones estarían esperándonos en la vía y que cada minuto podía ser importante.

La bajada fue agotadora, pero nadie quería detenerse. El cerro que nos había tomado cerca de cuatro horas subir, aquella madrugada lo descendimos en aproximadamente una hora y media. Solo pensábamos en una cosa: nuestros compañeros estaban siendo atacados y teníamos que llegar lo antes posible.

Al llegar a la carretera, los camiones nos recogieron y emprendimos el desplazamiento. Durante el recorrido manteníamos los radios encendidos. Las comunicaciones indicaban que el combate en la base continuaba y, en determinado momento, se perdió comunicación con el pelotón de seguridad. Aquella noticia aumentó todavía más nuestra preocupación.

Después de unos cuarenta y cinco minutos llegamos al aeropuerto, donde nos esperaba un avión Hércules, subimos y el vuelo duro otros cuarenta y cinco minutos llegamos al aeropuerto de puerto Asis Putumayo, Desembarcamos rápidamente y abordamos los helicópteros Black Hawk. En cada aeronave viajábamos aproximadamente quince soldados. Volamos hasta un punto cercano a la base, ya que el combate todavía continuaba y no era posible aterrizar directamente en la zona.

Los helicópteros descendieron en un terreno de cultivo de coca que en ese momento se encontraba sin sembrar. Allí había un pelotón de soldados regulares que se había adelantado para asegurar el lugar. Desembarcamos los dos pelotones y recibimos la información: todavía nos separaban aproximadamente ocho kilómetros de la base, en medio de la selva.

Comenzamos a avanzar rápidamente. Sabíamos que la base estaba siendo atacada por dos frentes guerrilleros y que allí se encontraba una compañía de seguridad al mando de un capitán, con varios pelotones defendiendo la posición. No podíamos perder tiempo, pero tampoco podíamos olvidar que avanzábamos hacia una zona donde el combate aún podía estar desarrollándose.

Caminábamos tan rápido que, por momentos, los mismos soldados quedábamos separados varios metros unos de otros. Todos queríamos llegar. Cuando las coordenadas indicaron que estábamos a menos de quinientos metros de la posición, algo nos llamó la atención: ya no se escuchaban disparos.

Continuamos avanzando hasta llegar al sector donde se encontraba el pelotón que había apoyado la defensa. Lo que encontramos nos dejó completamente paralizados.

empezamos a registrar y encontramos 21 soldados muertos del Batallón Especial Energético y Vial N.º 11.

Habían transcurrido más de seis horas desde el inicio del ataque. El lugar mostraba la intensidad y la violencia del combate que nuestros soldados habían soportado. Había restos de los cuerpos de los soldados, equipos destruidos y señales de una enorme cantidad de fuego de ametralladoras, morteros y cilindros improvisados.

Los atacantes se habían llevado el armamento, los uniformes, los víveres y otros elementos que pertenecían a nuestros compañeros. Los cuerpos habían sido arrumados unos sobre otros, en una escena que reflejaba la crueldad y el dolor de lo ocurrido.

Aquel lugar era el silencioso testimonio de una batalla devastadora. La destrucción que encontramos y la forma en que quedaron nuestros compañeros fueron imágenes que permanecerían para siempre grabadas en nuestra memoria

El silencio de aquel momento era difícil de soportar. Sentíamos rabia, dolor y tristeza. Algunos de nosotros incluso nos preguntábamos si, de haber caminado todavía más rápido, habríamos podido llegar antes y evitar aquella tragedia.

Pero esas preguntas no tenían respuesta.

Lo que sí quedó grabado para siempre en mi memoria fueron aquellas primeras imágenes al llegar: el olor de la pólvora mezclado con el de la sangre, el silencio después de tantas horas de combate y la certeza de que habíamos llegado demasiado tarde para salvar a nuestros compañeros.

Aquel día entendí, una vez más, que en la guerra muchas veces no basta con tener el valor de llegar. También hay momentos en los que, por más rápido que avancemos, el destino ya ha marcado su propia hora.

Los nueve soldados que faltaban

Lo más duro todavía estaba por venir. Tuvimos que informar por radio al comandante de la Brigada que habíamos encontrado 21 soldados muertos. Mientras transmitíamos la información, recibimos un dato que nos estremeció aún más: el pelotón estaba conformado por 30 soldados regulares.

Faltaban nueve.

La orden fue inmediata. Uno de nuestros pelotones debía permanecer en el lugar, asegurar la zona y acompañar a los soldados caídos, mientras el otro iniciaba la búsqueda de los nueve hombres que no aparecían.

En ese momento ya no pensábamos en el cansancio ni en las horas que llevábamos desplazándonos. Solo queríamos encontrar a nuestros compañeros y saber qué había ocurrido con ellos.

Mientras tanto, otra compañía del Batallón ya había logrado llegar a la base. La posición estaba parcialmente destruida, pero los soldados que permanecían allí habían resistido el ataque sin registrar muertos ni heridos. La diferencia era evidente: ellos contaban con fortificaciones que les permitieron protegerse y soportar el intenso fuego enemigo.

Nosotros, en cambio, estábamos frente a un escenario mucho más doloroso. Veintiún compañeros habían caído y nueve seguían desaparecidos.

La misión continuaba, pero desde ese momento la búsqueda de aquellos nueve soldados se convirtió en nuestra prioridad.

Después de realizar un registro exhaustivo de la zona, no encontramos ningún rastro de nuestros compañeros. Continuamos avanzando y, cuando pasábamos por un caño, ya cerca de la frontera con Ecuador, el cabo que estaba al mando de los soldados salió de su escondite y nos informó que sus hombres se encontraban ocultos dentro del caño.

Nos explicó que habían tenido que enterrarse parcialmente para protegerse, ya que se habían quedado completamente sin munición y no tenían ninguna posibilidad de continuar combatiendo. Ante esa situación, no tuvieron otra opción que esconderse y esperar, buscando únicamente salvar sus vidas.

Informamos al comando superior que habíamos localizado a los soldados que se encontraban desaparecidos. Decidimos mantenerlos alejados del lugar donde permanecían sus compañeros muertos, con el propósito de evitar que presenciaran las condiciones en las que habían quedado sus compañeros. En ese momento, consideramos que lo más importante era ponerlos a salvo y evitarles el impacto de encontrarse directamente con aquella escena.

El suboficial rescatado nos relató posteriormente lo sucedido. Nos manifestó que eran aproximadamente las 3:30 de la madrugada cuando se levantó para iniciar el dispositivo de seguridad, procedimiento que consistía en recoger y asegurar el material, organizar la posición y permanecer atentos ante cualquier posibilidad de ataque. Según nos explicó, históricamente esa era una de las horas en las que con mayor frecuencia se presentaban ataques del enemigo.

El suboficial decidió realizar primero el dispositivo de seguridad de su escuadra, antes de que lo hicieran las demás. Esta decisión, según él mismo manifestó, fue lo que finalmente les permitió sobrevivir, porque cuando comenzó el ataque el resto del pelotón apenas se encontraba iniciando la organización de sus posiciones.

De acuerdo con su relato, inicialmente sintieron fuego proveniente de tres puntos diferentes. Uno de ellos correspondía a una casa, desde donde comenzaron a disparar con ametralladoras de diferentes calibres. Otro punto se encontraba en un sector de la carretera, desde donde recibieron fuego de mortero. El tercer punto correspondía a otro sector desde el cual fueron atacados con fusiles y rampas de lanzamiento de cilindros.

Cuando comenzó el ataque, el suboficial se desplazó hacia los puestos de reacción establecidos para su escuadra. Sin embargo, durante el desplazamiento pudo observar que varios de sus compañeros ya habían muerto. El comandante del pelotón había fallecido como consecuencia del ataque con granadas de mortero. Según lo que nos manifestó, en ese momento únicamente quedaban dos comandantes y aproximadamente la mitad de los soldados. También había varios heridos y otros militares habían perdido la vida.

A pesar de la situación, continuaron combatiendo y resistieron durante varias horas. Sin embargo, finalmente la munición comenzó a agotarse y la situación se hizo insostenible. Ante la falta de munición, algunos soldados iniciaron el repliegue hacia otros sectores, pero no todos lograron salir de la zona.

Después de aproximadamente cuatro horas de combate se produjo un silencio momentáneo. Sin embargo, este silencio fue interrumpido cuando escucharon a integrantes del grupo armado decir: “Acá hay un herido”. Inmediatamente después se escuchó un disparo. El suboficial manifestó que, por los sonidos que escucharon y por lo que pudieron percibir desde su posición, estaban rematando a los soldados que habían quedado heridos.

La situación generó una profunda sensación de impotencia entre los sobrevivientes. Sin munición y ante el riesgo de ser ubicados, comprendieron que continuar en ese lugar significaba poner en peligro sus propias vidas. Por esta razón, prevaleció el instinto de supervivencia y decidieron replegarse hacia otro sector, buscando un lugar donde pudieran ocultarse y permanecer con vida.

Fue precisamente ese repliegue, seguido del ocultamiento en el caño, lo que finalmente permitió que el suboficial y los soldados que lo acompañaban sobrevivieran y posteriormente fueran localizados por nosotros.

Ese día quedó marcado para siempre en nuestros recuerdos. Perdimos hombres valiosos, compañeros quienes habían compartido momentos, dificultades y el compromiso de servir. Sus vidas quedaron en aquel lugar, pero su recuerdo permaneció con nosotros. Nunca es fácil aceptar la pérdida de un compañero, y mucho menos cuando se sabe que hizo todo lo posible por cumplir con su deber hasta el último momento.

Con el paso de los años, los detalles pueden quedar atrás, pero hay recuerdos que nunca desaparecen. Aquella madrugada, los rostros de nuestros compañeros, sus nombres y lo ocurrido permanecieron grabados en nuestra memoria. Fueron hombres que cumplieron con su deber y que, por encima de todo, merecen ser recordados con respeto y honor.

Este relato está dedicado con profundo respeto y honor a nuestros compañeros que perdieron la vida el 24 de junio de 2005.

Ese día quedó marcado para siempre en nuestros recuerdos. Hombres valiosos, compañeros de servicio y hermanos de armas entregaron su vida cumpliendo con su deber. Sus nombres y sus rostros permanecerán en nuestra memoria, porque quienes compartieron el peligro y el sacrificio con nosotros nunca serán olvidados.

Hoy, al recordar aquellos hechos, no lo hacemos solamente para hablar de la tragedia, sino para rendirles un homenaje y reconocer su valor, su sacrificio y el compromiso que tuvieron hasta el último momento.

A nuestros compañeros caídos el 24 de junio de 2005: su sacrificio no será olvidado. Que descansen en paz y que sus familias encuentren siempre en nuestra memoria un motivo para mantener vivo su recuerdo.

Honor y gloria a nuestros compañeros caídos.

Thoughts

  • solo_curioseo

    ¿Cuándo empieza la verdadera operación en el Caquetá? ¿Es ya el próximo capítulo?

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  • oficinaabierta

    El cambio es cuando la unidad se da cuenta de que fue seis meses en un lugar pero ahora hay que pensar como si fuera el primero. Lleva energia eso, mucha energia. Como cambiar de oficina pero en realidad cambias de rol.

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  • milenaruiz

    Parece que el Caquetá no es lo mismo que Putumayo. Que se siente diferente. Que vos tenes miedo de no estar listo para eso.

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  • lcastillo29

    Esto es como el entrenamiento de nuevo pero sin el entrenamiento. Ya pasaste el filtro, ahora es de verdad.

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  • Ovid

    Me sigue leyendo los ocho. ¿Vas a publicar el próximo?

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  • lautarito_

    De nuevo en marcha

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  • juntaLarga

    Pasaste del Putumayo a esto. Pero el cansancio ahora es otro. Ya no es del entrenamiento. Ya es operativo.

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