Cuando la mina del perfume dijo que su departamento estaba cerca yo ya le gritaba ¡no la sigas, che!
Capítulo 68: El cielo ha regresado (1)
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Cuando la mina del perfume dijo que su departamento estaba cerca yo ya le gritaba ¡no la sigas, che!
Contenido de la publicación
Miro hacia arriba.
[Tiempo restante para la apertura del piso 5][29 días, 5 horas.]
—¿Cómo estás, Cheonro?
Frente a mí hay un psicólogo de unos cuarenta años. Lleva lentes de marco fino, una camisa gris y una libreta apoyada sobre una pierna.
Creo que su nombre es Choi Minjae.
Jiwon me lo mencionó varias veces antes de obligarme a venir.
—Estoy bien —respondo con honestidad.
El doctor Choi espera unos segundos.
Quizá crea que voy a agregar algo.
No lo hago.
—Me informaron que pasaste más de cuatro mil años encerrado en un espacio aislado.
—Estuve acompañado durante gran parte del tiempo por una invocación.
—El Lobo del bosque.
—Sí.
Baja la mirada hacia sus anotaciones.
—Pero el sistema terminó reconociéndolo como un ser consciente e independiente.
—También.
—Entonces, ¿cómo se sintió cuando—
Me pongo de pie antes de que pueda terminar la pregunta.
El psicólogo levanta la mirada.
—La sesión todavía no terminó.
—Para mí sí.
—Cheonro, apenas llevamos quince minutos.
—Fueron suficientes.
Camino hacia la puerta.
—Han Jiwon insistió en que vinieras porque considera que necesitas una evaluación seria.
—Ya vine.
—Venir y negarte a responder no cuenta como participar.
Apoyo una mano sobre el picaporte.
No le veo demasiado sentido.
No porque crea que la psicología sea inútil.
Después del tercer y cuarto piso, muchos cazadores sobrevivieron precisamente gracias a médicos capaces de entender aquello que una espada no podía resolver.
Pero mi caso es diferente.
No puedo hablar sobre la mayor parte de mi vida.
No puedo explicar que los cuatro mil quinientos años dentro de La soledad no fueron el periodo más largo que pasé apartado de otros seres humanos.
No puedo contarle sobre el infierno.
Sobre los siglos de guerra.
Sobre los cadáveres que utilizaba como referencia para recordar cuánto medía una persona.
Sobre las ocasiones en las que pasé años sin escuchar una voz que no intentara matarme.
Si intento hablar, el sistema interviene.
Detiene el tiempo.
Borra recuerdos.
Deforma conversaciones.
O encuentra una solución aún peor.
—Podés informar que no quise colaborar —digo.
El doctor Choi deja la libreta sobre la mesa.
—No creo que estés mal.
Me detengo.
—Entonces estamos de acuerdo.
—No. Creo que aprendiste a funcionar estando mal durante tanto tiempo que ya no reconocés la diferencia.
Lo miro por encima del hombro.
El psicólogo sostiene mi mirada.
No parece intimidado.
—Regresaste después de vivir más tiempo del que lleva existiendo la mayoría de las civilizaciones —continúa—. Que puedas caminar, hablar y entrenar no significa que no haya consecuencias.
—Estoy acostumbrado.
—Eso es exactamente lo que me preocupa.
Durante un instante considero volver a sentarme.
Después recuerdo que, aunque lo hiciera, tendría que construir cada respuesta alrededor de una mentira.
Abro la puerta.
—La próxima vez quizá dure veinte minutos.
El doctor Choi suspira.
—Lo tomaré como un progreso.
Salgo antes de que pueda hacer otra pregunta.
Camino sin rumbo durante un tiempo.
La ciudad está en relativa paz.
Los negocios permanecen abiertos.
Los autobuses circulan.
La gente se apura para llegar al trabajo, se queja por los precios, discute por teléfono y cruza las calles sin mirar correctamente.
La vida normal continúa.
La Torre ya forma parte del mundo.
Existen refugios señalizados en cada barrio.
Las estaciones de tren tienen rutas de evacuación.
Patrullas compuestas por policías y despertados recorren las zonas más transitadas.
Las pantallas públicas muestran el contador del siguiente piso junto al pronóstico del clima.
Aun así, la mayoría de las personas continúa viviendo.
Quizá esa sea la verdadera capacidad de adaptación de la humanidad.
Convertir incluso el fin del mundo en parte de la rutina.
Después de caminar varias calles, entro en un bar.
No es especialmente lujoso.
Está oscuro, la música suena baja y varias mesas permanecen vacías. Sobre las botellas hay una televisión transmitiendo un programa de noticias internacional.
Me siento en la barra.
En la pantalla aparecen algunos de los cazadores más famosos del mundo.
El estadounidense al que antes llamaban Maestro de la espada ahora es conocido como el Santo de la Espada.
Parece que obtuvo el título después del cuarto piso.
La imagen lo muestra entrenando frente a un grupo de soldados. Su espada se mueve una sola vez y tres objetivos colocados a diferentes distancias se parten casi al mismo tiempo.
Mejoró.
Mucho.
En mi vida anterior, alcanzó ese nivel cerca del octavo piso.
Ahora lo consiguió antes del quinto.
Después aparece una sanadora francesa.
Un tanque chino.
Una cazadora brasileña capaz de manipular corrientes de aire.
Un mago británico que construye círculos sin utilizar herramientas.
El aumento en la probabilidad de despertar provocado por mi recompensa racial empieza a mostrar resultados.
Más personas despiertan.
Algunas con habilidades de alto rango.
Otras con capacidades aparentemente inútiles que quizá resulten indispensables en un escenario específico.
—Un whisky con hielo —pido.
El hombre detrás de la barra me observa durante unos segundos.
Creo que me reconoce.
No dice nada.
Sirve la bebida y coloca el vaso frente a mí.
Tomo el primer trago.
El alcohol quema ligeramente mi garganta.
Eso es todo.
No me afecta demasiado.
Una de las partes aburridas de ser un despertado es que el cuerpo elimina el alcohol antes de que consiga producir un efecto verdadero.
Podría beber varias botellas.
Probablemente solo conseguiría gastar dinero.
Aun así, tomo otro trago.
Observo la televisión.
El Santo de la Espada responde preguntas frente a varios periodistas.
Habla sobre responsabilidad, entrenamiento y la necesidad de que los despertados más fuertes protejan a los débiles.
En mi vida anterior decía cosas similares.
También murió porque se negó a abandonar a su equipo.
Algunas personas no cambian incluso cuando el mundo lo hace.
—Entonces...
Una mujer se sienta a mi lado.
Tiene el cabello negro hasta los hombros, un vestido oscuro y labios pintados de rojo. Aparenta unos treinta años.
Su perfume es suave.
Demasiado preciso.
No invade el espacio.
No permanece en el aire.
Parece creado para que solo yo pueda sentirlo.
—¿Qué hace un hombre solo en un lugar como este?
Me mira con una sonrisa.
—Supongo que lo mismo que vos —respondo tranquilamente.
Se ríe.
—Sos bastante directo.
—Preguntaste.
Apoya un brazo sobre la barra.
—La mayoría intenta parecer interesante antes de responder.
—Debe ser agotador.
—A veces.
Sus ojos recorren mi rostro.
No mira mis manos.
Tampoco la ropa.
Observa los ojos.
Busca una reacción.
—¿Te gustaría venir conmigo? —pregunta.
Dejo la copa sobre la barra.
La miro durante unos segundos.
No detecto maná.
Su ritmo cardíaco es estable.
No tiene callos de combatiente.
Tampoco presenta la tensión de una persona que se aproxima a alguien peligroso.
La habilidad Paz — SSS reduce naturalmente la tensión de quienes no me consideran una amenaza.
Pero ella no está relajada.
Está actuando.
—Adelante.
La mujer sonríe y se levanta.
Empieza a caminar hacia la salida.
Dejo dinero junto al vaso y la sigo.
—Mi departamento está cerca —dice una vez afuera.
Nos dirigimos al callejón situado junto al bar. Del otro lado se encuentra una avenida llena de vehículos y personas.
Ella camina delante de mí.
No demasiado rápido.
No demasiado lento.
—No tenés miedo, ¿verdad?
Gira apenas el rostro y me guiña un ojo.
—No. Yo te sigo.
La distancia entre ambos se mantiene en cuatro metros.
Suficiente para sacar la espada.
Suficiente para que ella intente escapar.
Cuando alcanzamos la mitad del callejón, el ruido de la ciudad desaparece.
No disminuye.
Se corta.
Las bocinas.
Los motores.
Las voces.
Todo deja de existir al mismo tiempo.
La salida del callejón se cubre con una película roja. Las paredes pierden color y después se tiñen como si una luz de sangre hubiera aparecido sobre nosotros.
La sombra de la mujer se extiende.
Sube por los edificios.
Cierra el espacio.
Ella se detiene.
—¿Seguís sin miedo, guapo?
Se da vuelta.
Su sonrisa se ensancha.
No de manera monstruosa.
Continúa siendo humana.
Eso la vuelve más desagradable.
—No —respondo con honestidad.
Abro el inventario.
La Espada del bosque aparece en mi mano.
La hoja restaurada refleja el resplandor rojo.
—¿Vos tenés miedo?
La mujer observa la espada.
Su sonrisa no desaparece.
—Muchísimo.
—No parece.
—Aprendí a hablar aunque tenga miedo.
—Eso no siempre es inteligente.
—Tampoco lo es seguir a una desconocida hasta un callejón.
—Sabía que no eras una desconocida.
Sus ojos se estrechan ligeramente.
—¿Desde cuándo?
—Desde que te sentaste.
—¿Qué hice mal?
—Nada.
—Entonces no lo sabías.
—No parecías interesada en mí.
La mujer ríe.
Esta vez la risa es más auténtica.
—Me dijeron que eras difícil.
—¿Quiénes?
—Personas que te observan desde hace tiempo.
Adopto una postura relajada.
La punta de la espada permanece dirigida hacia el suelo.
—¿Sos una Adoradora del Fin?
—Ese nombre sirve para asustar niños y llenar informes gubernamentales.
—No respondiste.
—Pertenecí a ellos.
—¿Perteneciste?
—Ahora dirijo algo más pequeño.
Introduce dos dedos debajo del cuello del vestido y extrae un colgante.
Una pieza de metal negro.
En su superficie hay siete líneas rodeando una forma incompleta.
Reconozco parte del diseño.
No pertenece al ritual de Avarn.
Tampoco a los cultistas que intentaron sacrificar a Eunji.
Pero utiliza principios similares.
—El Tercer Coro —dice—. Algunos nos llaman el Coro del Firmamento Caído.
—Nunca escuché ese nombre.
—Eso significa que hicimos bien nuestro trabajo.
—No tan bien. Estás frente a mí.
—Estoy acá porque quise.
La barrera roja pulsa.
No intenta atacarme.
Solo evita que el exterior nos escuche o vea.
—¿Qué querés?
La mujer guarda el colgante.
—Confirmar algunas cosas.
—Preguntá.
—¿Recordás el centro subterráneo encontrado hace unas semanas?
Mi expresión no cambia.
—Se encontraron varios.
—El que tenía una frase escrita en la pared.
Permanezco inmóvil.
Ella observa cada pequeño movimiento de mi rostro.
—No sé de qué hablás.
—Claro que sí.
Da un paso hacia mí.
La Espada del bosque vibra.
Desde el interior del vínculo siento al Lobo despertarse.
No se manifiesta.
Observa.
—La frase decía que el cielo que regresó ya había sido encontrado —continúa la mujer.
El aire rojo se vuelve más pesado.
—Ustedes la escribieron —digo.
No es una pregunta.
Su sonrisa regresa.
—Sí.
Aprieto ligeramente la empuñadura.
—¿Por qué?
—Para que supieras que no eras el único que recordaba.
La causalidad no detiene el mundo.
No aparece ninguna alerta.
Eso significa que sus palabras no revelan directamente mi regresión.
O que el sistema no puede impedirle hablar.
No sé cuál posibilidad es peor.
—No recuerdo nada —respondo.
—No necesitás mentirme.
—No necesito decirte la verdad.
—Eso también es cierto.
La mujer levanta ambas manos para demostrar que no lleva armas.
—No vine a pelear.
—Creaste una barrera y me llevaste lejos de testigos.
—Porque cualquier conversación relacionada con vos termina siendo escuchada por personas demasiado poderosas.
—¿Jang?
—Jang es un hombre inteligente con demasiados recursos. No me refiero a él.
Sus ojos miran hacia arriba.
No al cielo oculto por la barrera.
A algo más lejano.
—¿Quién eligió la frase? —pregunto.
—Nosotros la escribimos.
—Eso ya lo dijiste.
—Pero las palabras nos fueron entregadas.
—¿Por quién?
La mujer guarda silencio.
Por primera vez, su sonrisa pierde seguridad.
—No puedo decirlo de una manera directa.
—Entonces hacelo indirectamente.
—Incluso eso puede ser peligroso.
—Para vos.
—Para todos los que escuchan.
Doy un paso.
La presión de la espada se extiende por el callejón.
La mujer no retrocede.
Pero su ritmo cardíaco se acelera.
Ahora sí tiene miedo.
—¿Por qué me buscaste?
—Porque nuestro grupo está dividido.
—No me interesa.
—Algunos quieren matarte antes de que recuperes aquello que perdiste.
—¿Y vos?
—Creo que matarte sería un error.
—¿Por qué?
—Porque el fin que conocemos no es el único posible.
La frase me obliga a detenerme.
Ella continúa:
—Los Adoradores del Fin creen que la destrucción es una promesa. Otros creen que es una puerta. Mi coro cree que es una advertencia.
—¿Una advertencia sobre qué?
—Sobre aquello que obligó al cielo a caer la primera vez.
Mi espada se eleva unos centímetros.
—Tené cuidado con tus palabras.
—Eso hago.
La mujer respira lentamente.
—Vos peleaste contra demonios.
No respondo.
—Los símbolos de la pared no fueron copiados de la Torre —continúa—. Tampoco los aprendimos en un piso. Nos los enseñaron mucho antes de la apertura.
—Eso es imposible.
—Para una persona normal.
—¿Quién se los enseñó?
Sus labios se separan.
No sale ninguna palabra.
Una línea negra aparece sobre su cuello.
Al principio parece un cabello.
Después se extiende.
Rodea la garganta.
La mujer lleva ambas manos al cuello.
Sus ojos se abren.
La barrera roja comienza a temblar.
—¿Qué ocurre?
Intenta responder.
De su boca solo sale aire.
Más líneas negras aparecen debajo de la piel.
Una sobre el pecho.
Dos alrededor de los brazos.
Otra atraviesa el rostro.
No es una enfermedad.
Es un contrato.
Un mecanismo de silencio.
La persona que le entregó la información también colocó algo dentro de ella para impedir que revelara demasiado.
—No luches contra eso —ordeno—. Decime dónde está el núcleo.
Ella niega con la cabeza.
No puede hablar.
Las líneas convergen hacia su corazón.
Fijo un objetivo.
Una línea.
Un único resultado.
Cortar la conexión sin tocar su vida.
La Espada del bosque deja de emitir presión.
Mi respiración se detiene.
Todo movimiento innecesario desaparece.
[Quinto estilo][Absoluto — SSS]
La espada se mueve una sola vez.
No apunto al cuerpo.
Corto la línea negra que atraviesa su pecho.
La hoja alcanza una estructura que no pertenece completamente al mundo físico.
Durante un instante, el vínculo aparece.
Un hilo oscuro se extiende desde el corazón de la mujer hasta algún punto situado fuera de la barrera.
Más lejos que la ciudad.
Quizá más lejos que la Tierra.
El corte lo separa.
La mujer cae de rodillas.
Las líneas negras se detienen.
Toma aire.
—Lo...
Una segunda marca aparece dentro de su ojo izquierdo.
No estaba conectada con la primera.
Otro contrato.
Otro mecanismo.
—No hables.
Me acerco.
Ella sonríe con dificultad.
—Demasiado... tarde...
La marca atraviesa su pupila.
Intento fijar otro resultado.
No puedo.
Absoluto continúa en reutilización.
La estructura tampoco se encuentra en el mismo lugar.
No está unida a su corazón.
Está ligada a su identidad.
A su nombre.
A algo que aceptó mucho antes de conocerme.
—Escribilo —digo.
La mujer extiende una mano temblorosa.
Su dedo toca el suelo.
Empieza a trazar una línea sobre el cemento.
Primero un círculo.
Después una forma parecida a un ojo.
Antes de terminar, el dedo se detiene.
Las venas de su brazo se vuelven negras.
—¿Quién te dio las palabras?
Me mira.
Las lágrimas empiezan a caer de sus ojos.
No por dolor.
Por frustración.
—El que...
La marca se extiende hasta su boca.
Sus dientes se parten.
La sangre que cae no es roja.
Es completamente negra.
—El que... recuerda... el primer...
Su cuerpo se arquea.
La barrera se contrae.
Intento tomarla, pero la Espada del bosque vibra violentamente.
El Lobo ruge desde el vínculo.
Atrás.
Retrocedo.
El cuerpo de la mujer se llena de grietas.
Luz roja sale desde su interior.
—¡Decime su nombre!
Ella me mira una última vez.
En sus ojos ya no queda seducción.
Ni seguridad.
Solo miedo.
—No... confíes... cuando la Torre...
La frase no termina.
Su cuerpo se rompe.
No explota.
Se desarma en cientos de fragmentos rojos que permanecen suspendidos en el aire.
Por un instante, cada fragmento refleja una escena diferente.
El centro ritual.
Personas arrodilladas.
La frase escrita sobre la pared.
Una figura cubierta con una túnica blanca.
Un cielo negro partido por una línea.
Y algo gigantesco abriendo un ojo detrás de la oscuridad.
Después todo desaparece.
La barrera cae.
El sonido de la ciudad regresa de golpe.
Vehículos.
Bocinas.
Conversaciones.
Música.
Una pareja pasa frente al callejón sin mirar hacia mí.
No queda ningún cuerpo.
Solo el colgante negro sobre el suelo.
Me agacho.
Antes de tocarlo, utilizo la punta de la espada.
No aparece ninguna reacción.
Lo levanto.
Las siete líneas del metal cambiaron.
Ahora seis están rotas.
La última rodea una palabra en demoníaco antiguo.
TESTIGO.
La guardo en el inventario.
No aparece ninguna misión.
Ninguna recompensa.
Ninguna explicación.
Estamos fuera de la Torre.
Miro el lugar donde murió la mujer.
Era una líder del culto.
Quizá no una de las principales, pero poseía suficiente autoridad para conocer el mensaje y dirigir una rama propia.
También parecía querer hablar.
No intentó matarme.
No intentó escapar.
Quería advertirme o reclutarme.
Tal vez ambas cosas.
Alguien no permitió que la conversación continuara.
El vínculo que corté con Absoluto no provenía de un demonio común. La distancia era demasiado grande y la estructura demasiado compleja.
Además, había más de un mecanismo.
Quien la envió esperaba que intentara desobedecer.
Esperaba incluso que yo pudiera cortar el primer contrato.
Saco el teléfono.
Tengo que informar a Jang.
Después tendré que soportar a Jiwon preguntando por qué abandoné al psicólogo y terminé dentro de una barrera cultista.
Antes de marcar, miro el cielo visible sobre los edificios.
Azul.
Normal.
Hermoso.
Sin embargo, la frase continúa dentro de mi cabeza.
El cielo que regresó ya fue encontrado.
Ahora sé que el mensaje fue escrito por seres humanos.
Pero las palabras no les pertenecían.
También sé que el culto no está completamente unido.
Algunos quieren matarme.
Otros creen que soy necesario.
Y en algún lugar existe alguien capaz de observarlos, utilizar sus nombres como cadenas y destruirlos antes de que terminen una frase.
La mujer alcanzó a decir algo más.
El que recuerda el primer...
Primer qué.
La primera caída.
El primer mundo.
El primer fin.
No tengo forma de saberlo.
Guardo la espada.
Marco el número de Jang.
Mientras el teléfono empieza a sonar, una duda más profunda permanece dentro de mí.
No quién descubrió que el cielo había regresado.
Sino cuánto tiempo llevaba esperando que lo hiciera.
Thoughts
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PermalinkPues mira, esta vez la causalidad no paró nada y la mujer habló de lo que quiso. A mí me da que el sistema solo le cierra la boca a él, y que el Coro sirve justo para decir lo que Cheonro no puede, acho.
-
PermalinkCheonro cierra el capítulo con una duda peor que cualquier pelea: cuánto tiempo llevaba alguien esperando que el cielo regresara. Si esa espera empezó antes de que abriera la Torre, él ya no es el único con ventaja. Apostaría a que el que recuerda el primer fin ya pasó por la historia sin que lo notáramos. ¿Vas a publicar pronto la segunda parte?
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PermalinkCuando la mina del perfume dijo que su departamento estaba cerca yo ya le gritaba ¡no la sigas, che!
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