Mirá, a Zara le concedo lo de las jerarquías: si cualquiera ataca a quien quiere según lo que siente, eso no dura ni un invierno. Lo que me hace ruido es el consejo del final, eso de pensar cómo ayudar a Sylwen para que el odio no la condene. Suena bien, pero bajado a un día concreto alguien tiene que sentarse con ella, y no puede ser Anna, que es justo a quien quiere matar. Yo veo a Rakhan o a la misma Zara haciendo ese trabajo, y a Anna teniendo que aguantarse no ser la que la salva.
Capítulo 56: Un futuro bajo la montaña
Pensamiento
Mirá, a Zara le concedo lo de las jerarquías: si cualquiera ataca a quien quiere según lo que siente, eso no dura ni un invierno. Lo que me hace ruido es el consejo del final, eso de pensar cómo ayudar a Sylwen para que el odio no la condene. Suena bien,
Contenido de la publicación
El aire fresco y limpio de la mañana envolvía a Anna mientras caminaba sola por las calles del asentamiento, con las manos entrelazadas a la espalda y la mirada atenta a cuanto la rodeaba. O al menos, ella seguía intentando llamarlo "asentamiento". Pero, sinceramente, cada día que pasaba estaba más segura de que esa palabra se le había quedado pequeña, corta y pobre para definir lo que ahora crecía ante sus ojos.
Porque cada vez que regresaba después de unos días ausente, el lugar parecía haber dado un salto gigante hacia adelante. Ya no era ese conjunto de chozas improvisadas, calles de barro y gente desorientada que ella encontró al principio. Ahora, todo se veía más grande, más sólido, más vivo, más lleno. Se estaba convirtiendo, sin duda alguna, en una verdadera ciudad.
Las antiguas construcciones de madera tosca y telas habían dado paso a casas bien levantadas, con vigas fuertes, techos de pizarra o tejas y ventanas que brillaban con cristales traídos de lejos. Nuevos caminos empedrados comenzaban a conectar los distintos sectores, evitando el barro en invierno y el polvo en verano. A los lados de las calles, comerciantes de todas las razas levantaban sus puestos con mercancías variadas: especias, telas, herramientas, alimentos frescos y objetos artesanales que antes eran imposibles de encontrar.
Y lo más hermoso de todo: la gente.
Humanos, elfos, demonios, enanos, ogros y tantos otros que habían encontrado refugio allí, caminaban unos junto a otros sin miedo, sin desconfianza, como si siempre hubieran pertenecido al mismo lugar. Niños de distintas pieles, estaturas y razas corrían de un lado a otro, jugando a las traes o a las canicas, gritando y riendo, sin importarles las viejas enemistades que sus padres o abuelos habían tenido en otros tiempos y en otras tierras.
Era extraño.
Y a la vez, profundamente hermoso.
Porque durante años, este valle había sido una prisión para ella. Un lugar olvidado, triste y solitario donde había sido desterrada. Y ahora, gracias a esa misma condena, se estaba convirtiendo en el hogar más seguro y esperanzador de todo el continente.
—¡Lady Anna! ¡Buenos días!
—¡Ha vuelto! ¡Qué alegría verla!
—¡Que tenga un día bendecido, señora!
Varias personas la saludaban al verla pasar. Algunos levantaban la mano con entusiasmo, otros inclinaban la cabeza con respeto, y muchos simplemente sonreían, con esa sonrisa sincera que solo tienen quienes saben que le deben la vida o la libertad a alguien.
Anna seguía sin acostumbrarse a eso.
Y probablemente nunca lo haría. Aún le costaba comprender cómo alguien como ella, que había causado tanto dolor, podía ser recibida con tanto cariño y gratitud.
—Buenos días a todos —respondió ella, devolviendo cada saludo con una sonrisa suave—. Espero que todo esté marchando bien.
Siguió caminando despacio, disfrutando del recorrido y observando los cambios que habían ocurrido en su ausencia. Se veían nuevas construcciones que antes no estaban: talleres amplios donde se escuchaba el martilleo del metal, almacenes grandes y fuertes, y hasta un edificio grande y luminoso que parecía ser una escuela o un centro de reunión. El sonido de los martillos, el olor a pan recién horneado que salía de las panaderías y el murmullo constante de la gente trabajando llenaban el aire.
—A este ritmo... —pensó para sí misma, negando con la cabeza y sonriendo— ...a este ritmo, dentro de poco tendré que pedir un mapa para encontrar mi propia casa. Esto ya no lo reconozco.
—No sería mala idea, señora.
Anna se giró bruscamente al escuchar aquella voz grave, profunda y muy conocida.
A unos metros de distancia, junto a una mesa de madera robusta que habían sacado a la calle, se encontraban dos figuras que destacaban sobre cualquier otra, incluso entre la multitud activa y variada.
La primera era inmensa. Medía más de dos metros y medio, con piel de color gris oscuro y una musculatura que parecía tallada en roca sólida. Sus manos eran grandes como palas, capaces de partir árboles enteros o levantar piedras enormes sin esfuerzo. Era Gromm, el representante elegido por los ogros, un líder fuerte, serio y de corazón muy leal.
A su lado había una figura mucho más baja, que apenas le llegaba a la cintura, pero que irradiaba tanta fuerza y carácter como el gigante que tenía al lado. Era ancho, fornido, con una barba espesa y cuidada de color cobre, cabello rojizo y unos brazos gruesos como troncos de roble. Era Krundin, el representante de los enanos, un maestro de la piedra y el metal, terco como una montaña y brillante como una gema.
Ambos estaban inclinados sobre unos enormes planos de papel extendidos sobre la mesa, señalando líneas y marcas con los dedos, discutiendo algo con gran interés.
—Gromm. Krundin —saludó Anna acercándose a ellos, admirando una vez más la extraña pero perfecta alianza entre ambas razas.
Los dos levantaron la cabeza y sonrieron al verla.
—Lady Anna —dijo el ogro, inclinándose levemente con esa educación que había aprendido desde que llegaron—. Nos alegra muchísimo verla de regreso. Ya empezábamos a pensar que se había olvidado de nosotros.
—¡Ja! —exclamó el enano, golpeando el plano con la mano—. ¡Y tanto! Ya le decía yo a Gromm: "si Lady Anna no vuelve pronto, vamos a tener que ir a buscarla a la capital para enseñarle lo que estamos haciendo aquí".
—Lo mismo digo —respondió ella, acercándose para ver los dibujos—. Se ve que no han perdido el tiempo mientras yo no estaba. ¿En qué están trabajando tan temprano?
Krundin levantó una esquina del papel para alisarlo mejor.
—Precisamente... esto es algo de lo que queríamos hablarle. Íbamos camino a la casa de Lady Altheria ahora mismo para explicárselo. Pero... —señaló con la cabeza hacia ella— ...ahora que la encontramos aquí, nos ahorramos el viaje y podemos explicárselo directamente a usted.
Aquello llamó inmediatamente la atención de Anna. Si los dos líderes de las razas más trabajadoras y prácticas del asentamiento querían hablar con ella juntos, tenía que ser algo importante.
—Los escucho atentamente —dijo ella, poniéndose seria y mirando los dibujos.
Ambos intercambiaron una mirada cómplice. Se notaba que llevaban semanas pensando en esto, planeando cada detalle, esperando este momento.
Krundin señaló hacia el norte en el mapa, donde había dibujadas montañas altas y oscuras.
—Hace unas semanas, enviamos a nuestros mejores exploradores —enanos y ogros trabajando juntos, como siempre— hacia las formaciones montañosas que se alzan allá al norte, a unas pocas horas de camino desde aquí. Pensábamos que solo encontraríamos cuevas, agua y quizás algún animal, nada más. Pero... resultó ser mucho, mucho más interesante.
—Mucho más —confirmó Gromm, con los ojos brillando de emoción.
El enano pasó el dedo por las líneas marcadas en el papel, señalando zonas específicas.
—Encontramos grandes formaciones rocosas que esconden enormes vetas minerales. Y no de las pobres o difíciles de sacar... no. Son ricas, profundas y muy abundantes.
—¿Qué tipo de minerales? —preguntó Anna, empezando a entender la magnitud del descubrimiento.
—De todo —respondió Krundin, contando con los dedos—. Hierro de buena calidad, mucho cobre, vetas de plata... y lo más importante, lo que nos dejó a todos con la boca abierta: piedras mágicas. Grandes cantidades. Y de una pureza y calidad que hace años no veíamos en ninguna mina del reino.
Anna parpadeó, sorprendida.
—¿Piedras mágicas? ¿Están seguros? Esos materiales son muy escasos y muy valiosos...
—Segurísimos —afirmó Gromm, cruzando sus enormes brazos con orgullo—. Los enanos las reconocen al instante. Y dicen que son de primera categoría.
—Entonces... —Anna miró de nuevo el mapa, empezando a ver el potencial de todo esto.
—Los ogros nos encargaremos de la extracción —explicó Gromm, golpeándose el pecho con el puño—. Tenemos la fuerza, la resistencia y el tamaño para trabajar dentro de la montaña, mover las piedras grandes y cavar los túneles necesarios sin problemas. Es trabajo pesado, y para eso estamos nosotros.
—Y los enanos nos ocuparemos de todo lo demás —continuó Krundin, con esa pasión que solo sienten por el oficio—. Refinaremos los metales, limpiaremos las piedras, las cortaremos y prepararemos todo lo que salga de ahí. Con esto podemos fabricar herramientas que duren diez veces más, componentes para magia, materiales de construcción resistentes, armas de calidad... y también podemos vender el excedente a otros reinos o ciudades.
—Todo puede salir de ahí —concluyó el ogro—. Herramientas para los granjeros, metales para los artesanos, materiales para los magos... y monedas para llenar nuestros almacenes.
Anna observó nuevamente los planos, trazando mentalmente las posibilidades. Mientras más escuchaba, más sentido tenía todo. Hasta ahora, la ciudad había sobrevivido y crecido gracias al esfuerzo de todos, a la agricultura, a la ganadería y al comercio ocasional. Pero siempre dependían de lo que pudieran traer de fuera o de lo que el suelo les diera.
Pero aquello... aquello podía cambiarlo todo.
Era una fuente estable de recursos.
Era trabajo para cientos de personas.
Era comercio seguro.
Era ingresos constantes y riqueza propia.
Era, en pocas palabras, el verdadero motor económico que necesitaban para dejar de ser un asentamiento y convertirse en una ciudad fuerte, autosuficiente y poderosa.
—¿Han calculado los riesgos? —preguntó Anna, poniéndose seria como buena administradora que era—. ¿Es seguro? ¿Hay peligros?
Krundin asintió rápidamente.
—Hemos enviado ya varios grupos de prueba. La estructura de la montaña es sólida, no hay grietas ni peligros de derrumbes. No hemos encontrado monstruos ni criaturas peligrosas en las galerías exploradas. Y las vetas... las vetas parecen inmensas, señora.
—Por supuesto que seguiremos estudiando todo metro a metro —añadió Gromm—. Pero creemos firmemente que es una oportunidad que no deberíamos desperdiciar. Una oportunidad que quizás no vuelva a presentarse.
Anna volvió a mirar los planos, luego levantó la vista hacia ellos y sonrió con una sonrisa amplia y decidida.
—Me parece una idea excelente. Una oportunidad increíble. Mientras Lady Altheria esté de acuerdo con el proyecto, y siempre que se realicen todos los estudios de seguridad necesarios y se respeten las normas de trabajo... tienen mi apoyo total. Adelante con ello.
Ambos representantes sonrieron al instante, iluminándoseles la cara de satisfacción.
—¡Entonces empezaremos a preparar todo de inmediato! —dijo Krundin, enrollando el mapa con energía—. Esto va a cambiarlo todo, ya lo verá.
—La ciudad necesitará nuevos talleres para procesar todo esto —pensó en voz alta Gromm—. Y almacenes más grandes para guardarlo.
—Y trabajadores —añadió el enano—. Muchos trabajadores. De todas las razas. Esto va a dar empleo a medio valle.
Anna observó nuevamente el mapa que el enano tenía en la mano. Aquello era mucho más grande de lo que parecía al principio. No era solo abrir una mina. Era el primer paso para construir una economía propia, fuerte y estable. Era el paso definitivo hacia una ciudad capaz de sostenerse a sí misma, sin depender de nadie más, sin pedir ayuda, sin ser una carga para el Imperio. Y eso era exactamente lo que ella siempre había soñado para todos ellos.
—Por cierto... —dijo ella de repente, como si se le acabara de ocurrir una idea brillante.
Los dos la miraron atentamente.
—¿Sí, Lady Anna?
Ella sonrió con esa media sonrisa que siempre ponía cuando tenía planes raros o complicados.
—¿Creen que... podría conseguir algunas de esas piedras mágicas? De las primeras que salgan, claro.
Los dos parpadearon al mismo tiempo, confundidos.
—¿Para qué las quiere, señora? —preguntó Krundin, entre curioso y precavido.
—Para investigación —respondió Anna inmediatamente, muy seria y profesional—. Y para alquimia. Quiero ver qué se puede crear con ellas. Tengo algunas teorías... y algunos proyectos pendientes.
Hubo un silencio de unos segundos. Y entonces, tanto el enano como el ogro comenzaron a reír a carcajadas.
—¡Claro que sí! —dijo Krundin dándole una palmada amistosa en el hombro—. ¡Faltaría más! La dueña de estas tierras, la que hizo posible todo esto... tiene prioridad absoluta. Las mejores piedras serán para usted.
—Solo le pido una cosa —añadió Gromm, levantando un dedo gigante con advertencia—: que no haga explotar nada mientras investiga. Bastantes problemas tenemos ya con las montañas...
Anna apartó la mirada hacia un lado, silbando bajito y fingiendo mucho interés por una nube que pasaba por el cielo.
Demasiado tarde.
Los dos se dieron cuenta de inmediato.
—Lady Anna... —dijo Krundin lentamente, entrecerrando los ojos—. ¿Qué explotó esta vez?
—Nada importante —respondió ella rápidamente, muy digna.
—¿Nada importante? —repitió Gromm, cruzándose de brazos y sonriendo con malicia.
—Solo... un pequeño laboratorio. El de la semana pasada. Pero ya lo arreglamos. Más o menos.
—¡¿SOLO UN LABORATORIO?! —exclamaron ambos al unísono, antes de volver a reírse con ganas.
La risa de ambos resonó por toda la calle, llamando la atención de algunos transeúntes, mientras Anna intentaba defenderse explicando que fue un accidente muy pequeño y que nadie salió herido, aunque nadie le creyó demasiado.
Y mientras se reía con ellos, mirando a su alrededor, viendo las casas nuevas, los talleres, la gente trabajando unida y pensando en las riquezas que esperaban bajo la montaña...
Por primera vez en mucho tiempo, Anna no pudo evitar pensar que tal vez... solo tal vez... aquel lugar tenía un futuro mucho más brillante, mucho más grande y mucho más próspero del que cualquiera, incluida ella misma, había imaginado jamás.
Anna se despidió de Gromm y Krundin entre risas y promesas de reunirse pronto para revisar los planos detallados de la mina. Mientras se alejaba, la sensación de satisfacción que llevaba dentro era inmensa. Sin embargo, lo que le esperaba más adelante le haría sentir el doble de orgullo y emoción.
Siguió caminando calle abajo, adentrándose poco a poco en la zona más animada, donde el mercado se extendía con sus puestos de colores, olores y voces que llenaban el aire. Allí el movimiento era constante: carros de mercancías, compradores regateando, artesanos mostrando sus obras... todo era vida, todo era actividad.
Pero entonces, al doblar una esquina, justo donde antes había habido solo unos terrenos vacíos y llenos de escombros, Anna se detuvo en seco. Sus pasos se frenaron por completo y sus ojos se abrieron de par en par, sorprendida y conmovida al mismo tiempo.
—¿Qué...? —susurró, sin poder creer lo que veía.
Allí, en el centro mismo de la ciudad, en uno de los lugares más visibles y céntricos, se estaba levantando un edificio nuevo. No era una fortaleza, ni una casa grande, ni un almacén. Era una construcción hermosa, de paredes de piedra clara y madera pulida, con amplias ventanas y un tejado alto y elegante. Todavía estaban trabajando en él, se veían los andamios y a varios obreros subiendo vigas o colocando ladrillos, pero la forma ya estaba definida.
Y sobre la puerta principal, alguien había tallado con letras grandes y claras una palabra que hizo que el corazón de Anna diera un vuelco:
ESCUELA
Una pequeña escuela. Un lugar para enseñar. Un lugar para aprender. Un lugar para los niños.
Pero lo que más le llamó la atención, lo que hizo que una sonrisa inmensa le iluminara la cara, fue ver quiénes estaban allí, en el patio delantero, supervisando los trabajos, dando instrucciones y hablando con los obreros con una mezcla de autoridad y cariño.
Allí estaban ellos.
Rakhan.
El representante de los hombres lobo. Alto, de pelo oscuro y espeso, con esa presencia salvaje y noble a la vez que caracterizaba a su gente. Siempre serio, siempre vigilante, siempre protector. Muchos lo veían solo como un guerrero, como un jefe de guerreros, pero Anna sabía que bajo esa apariencia ruda latía el corazón más leal y entregado de todos.
Y a su lado, brillando como una pequeña luz entre las sombras, estaba Miri.
La representante de las hadas. Pequeña, delicada, con alas transparentes que a veces batía suavemente sin darse cuenta, vestida con telas de colores suaves y adornada con flores que parecían crecer espontáneamente a su alrededor. Era conocida por su sabiduría antigua, su paciencia infinita y su voz dulce que podía calmar incluso al más furioso de los hombres lobo.
El guerrero y la sabia.
La fuerza y la magia.
Dos razas que en las leyendas antiguas apenas se mencionaban juntas, y que aquí, en este refugio, se habían convertido en los mejores aliados y compañeros. Y ahora... estaban al frente de esto.
Anna caminó despacio hacia ellos, sin querer interrumpir, pero incapaz de seguir ocultando su presencia. Alguien la señaló con la mano y, al verla, ambos se giraron al mismo tiempo.
Rakhan se enderezó inmediatamente, llevándose una mano al pecho en una reverencia respetuosa y solemne. Miri, que estaba flotando apenas unos centímetros del suelo, bajó su vuelo y sonrió con esa dulzura que desarmaba cualquiera.
—Lady Anna —dijeron al unísono.
—Rakhan... Miri... —dijo ella, acercándose hasta quedar frente a la entrada del edificio, mirando todo con los ojos brillantes—. ¿Qué es esto? ¿Cuándo... cómo...?
Rakhan cruzó sus grandes brazos sobre el pecho y miró la construcción con orgullo, con esa mirada de padre que cuida de lo que ama.
—Hace tiempo que venimos hablando de ello —empezó a explicar, con su voz grave y profunda, pero suave—. Miri siempre decía que los niños son el futuro, y que no basta con darles techo y comida. Que necesitan saber quiénes son, de dónde vienen, y qué pueden llegar a ser.
—Y Rakhan siempre decía —continuó Miri, con su vocecita de campanilla, mirando al hombre lobo con complicidad— que de nada sirve tener tierras fuertes si quienes las hereden no saben cómo cuidarlas, ni cómo entenderse entre ellos.
La pequeña hada voló un poco más cerca de Anna, señalando las paredes que se estaban levantando.
—Los niños de aquí... son de todas partes, señora. Hijos de humanos, de elfos, de demonios, de los nuestros... muchos no saben leer, no saben escribir, no conocen la historia de este mundo ni la magia que corre por sus venas. Y sobre todo... muchos no entienden por qué antes se odiaban y por qué ahora deben vivir juntos.
—Así que... —intervino Rakhan, dando un paso adelante— nos pusimos de acuerdo. Hablamos con los artesanos, pedimos ayuda a los que saben construir, buscamos a quienes tienen conocimientos para enseñar... y empezamos. Sin decir nada a nadie, queríamos que fuera una sorpresa. Queríamos que fuera un regalo para todos.
Anna miró hacia el interior del patio, donde ya se veían bancos de madera hechos a mano, pizarras preparadas y rincones llenos de libros y materiales que la gente había ido donando. Vio que en las paredes ya estaban pintando dibujos: animales, estrellas, paisajes, y figuras de distintas razas tomadas de la mano.
—¿Y ustedes dos... están al frente de todo esto? —preguntó ella, con la voz entrecortada por la emoción.
Rakhan asintió con firmeza.
—Yo me encargo de que todo esté seguro, de que se respeten las reglas, de que nadie falte al respeto a nadie. Y de enseñarles lo que sé: a ser fuertes, a ser leales, a proteger a los suyos.
—Y yo —añadió Miri, dando una vuelta alegre en el aire— les enseñaré a leer, a escribir, a entender la magia, a conocer las plantas, a hablar bien y, sobre todo... a entender que todos somos distintos, pero que todos somos iguales aquí dentro.
La hada se acercó más y puso una mano pequeña y cálida sobre el brazo de Anna.
—Usted nos dio la ciudad, Lady Anna. Nos dio el refugio, la paz y la oportunidad de vivir. Pero Rakhan y yo pensamos... que si de verdad queremos que esto dure, que esto crezca y que esto sea real... debemos darles a los niños algo más que una casa. Debemos darles conocimiento. Debemos darles la posibilidad de crecer sin los odios del pasado.
Anna sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas, pero esta vez eran lágrimas de pura felicidad y orgullo. Miró a Rakhan, el hombre lobo que años atrás solo pensaba en cazar y sobrevivir, ahora planeando lecciones y aulas. Miró a Miri, la pequeña hada que parecía frágil, moviendo montañas con su determinación.
Y entonces miró a su alrededor: vio la mina que daría riqueza, vio los talleres que daban trabajo, vio las casas que daban hogar... y vio esta escuela, que daría futuro.
—Es... —empezó a decir, pero tuvo que hacer una pausa para tragar el nudo que tenía en la garganta— es lo más hermoso que he visto en mucho tiempo. Es mejor que cualquier mina, mejor que cualquier palacio, mejor que cualquier tesoro.
Rakhan sonrió, una sonrisa amplia y poco frecuente en él, que le iluminó la cara.
—Lo hacemos por ellos. Porque un día, cuando nosotros ya no estemos, serán ellos quienes cuiden de este lugar. Y queremos que cuando llegue ese día... sepan hacerlo bien. Que sepan que pertenecen aquí. Que sepan que son familia, aunque tengan pieles distintas o alas o colmillos.
—Y lo mejor de todo —añadió Miri, riendo suavemente— es que los niños ya están ansiosos. Se asoman todos los días por la mañana para ver cómo avanzan las obras. Dicen que quieren aprender a ser como usted. Como nosotros. Como todos los que hicimos esto posible.
Anna dio unos pasos hacia la entrada del edificio, pasando suavemente la mano por la madera recién colocada, sintiendo el calor de la madera y el cariño con el que todo estaba hecho.
Pensó en todo lo que había pasado desde que llegó aquí. Pensó en su pasado oscuro, en sus errores, en todo el daño que causó. Y luego miró hacia atrás, hacia Gromm y Krundin hablando de minerales, hacia Rakhan y Miri construyendo escuelas, hacia las calles llenas de gente feliz, hacia los niños corriendo sin miedo.
Y comprendió algo que la llenó de una paz inmensa.
Comprendió que ella no estaba construyendo solo una ciudad.
No estaba construyendo solo casas o muros.
Estaba construyendo una nueva forma de vivir.
Estaba construyendo un mundo donde la mina traía riqueza, pero la escuela traía sabiduría.
Donde la fuerza de los ogros y hombres lobo se unía a la inteligencia de los enanos y la magia de las hadas.
Y por primera vez, Anna D'Valrienne, la antigua tirana, la mujer que cargaba con el peso de la culpa de todo un imperio, sintió que tal vez... solo tal vez... estaba empezando a pagar su deuda con el mundo. Y que, quizás, lo que estaba creando aquí, bajo estas montañas, sería lo único que quedaría de ella cuando todo lo demás se olvidara.
—Cuando esté terminada... —dijo ella, volviéndose hacia ellos con una sonrisa llena de luz—... quiero ser la primera en dar una lección.
Rakhan y Miri se miraron entre ellos y luego volvieron a mirarla, con un respeto y un cariño que superaban cualquier título o cargo.
—Será un honor, Lady Anna —dijeron al mismo tiempo.
Y mientras el sol brillaba sobre la nueva escuela, sobre el mercado lleno de vida y sobre las montañas que guardaban riquezas infinitas, Anna supo con total certeza que este lugar no era solo un refugio. Era el comienzo de algo grande. Algo que cambiaría la historia para siempre.
Anna se despidió de Rakhan y Miri con una sonrisa que le llegaba hasta los ojos, agradeciéndoles una y otra vez por lo que estaban construyendo. Se alejó despacio, mirando una última vez la estructura de la escuela que se alzaba firme y luminosa, y sintió que el corazón se le llenaba de una calidez inmensa. Caminó entre las calles bulliciosas, dejando atrás el mercado, y poco a poco el ruido fue disminuyendo hasta convertirse en un murmullo lejano.
Mientras avanzaba por los caminos más tranquilos que serpenteaban entre las casas y los huertos, se sentía extrañamente ligera, tranquila, como si todo el peso del mundo hubiera disminuido un poco al ver que las cosas funcionaban, que la gente trabajaba unida y que el futuro de este lugar era más brillante que nunca. Había riqueza bajo la montaña, había conocimiento en la escuela, había vida en cada rincón. Y sin embargo...
A pesar de esa paz, una pequeña punzada de incomodidad seguía clavada en su pecho, una sombra que no lograba espantar.
Maelys y Sylwen... pensó, suspirando suavemente.
El caso de Maelys era sencillo, claro y fácil de resolver. La joven demonio tenía talento, tenía miedo y tenía derecho a intentar salir adelante. Anna sabía lo que debía hacer: iría con ella a la Academia, la acompañaría, le mostraría que no estaba sola y se aseguraría de que nadie la tratara mal. Era una ayuda directa, una protección, algo que sabía hacer y que podía cumplir sin dudas.
Pero Sylwen...Con Sylwen todo era diferente. Todo era complicado, confuso y doloroso. La situación de la elfa era un nudo difícil de desatar. Anna no quería castigarla. No podía. Porque en el fondo, muy en el fondo de su conciencia, sabía, aceptaba y entendía que Sylwen tenía todas las razones del mundo para odiarla. Tenía razón para querer vengarse. Tenía razón para desear que ella desapareciera de la faz de la tierra. ¿Cómo iba a castigar a alguien que solo hacía lo que cualquiera haría si le hubieran arrebatado todo? ¿Cómo podía castigarla por sentir el dolor que ella misma había causado?
Pero Lady Altheria tenía razón también. La ley era la ley. El estatus era el estatus. Y el mundo exterior no entendía de perdones ni de culpas pasadas.
Estaba caminando despacio, con la mirada perdida en el suelo y sumida en esos pensamientos que le daban vueltas y vueltas sin encontrar salida, cuando una voz suave, profunda y serena la sacó de su ensimismamiento.
—Parece que el peso de la responsabilidad se ha vuelto a posar sobre tus hombros, Anna.
Ella levantó la vista, sorprendida. Allí, sentada en un banco de madera bajo la sombra de un gran árbol, estaba Zara, la representante de los demonios.
Zara era una mujer imponente, de belleza madura y elegante, con una presencia tranquila que inspiraba respeto y confianza al instante. Su piel oscura, sus cuernos curvados con adornos finos y sus ojos de color ámbar la hacían destacar, pero siempre tenía una expresión amable y serena. En sus manos sostenía dos tazas de cerámica humeante.
—Zara... —murmuró Anna, deteniéndose—. No te había visto.
—Te vi pasar desde lejos, caminando tan absorta que seguro no habrías notado ni siquiera si el cielo se oscurecía —respondió ella con una sonrisa suave, extendiendo una de las tazas hacia ella—. Toma. Es una infusión caliente, hierbas dulces que nos gustan a los de mi raza. Ayuda a calmar la mente y aclarar los pensamientos.
Anna aceptó la taza con gratitud, sintiendo el calor que se transmitía a sus dedos, y se sentó a su lado en el banco. Dio un pequeño sorbo: era agradable, reconfortante.
—Te he visto hablar con Gromm y Krundin, y luego con Rakhan y Miri —comentó Zara, mirando hacia las calles donde el movimiento continuaba—. Todos están trabajando duro. Todos confían en ti. Y eso... eso debe ser maravilloso, pero también muy pesado de llevar.
Anna suspiró, mirando el vapor que salía de su taza.
—Es que... hay cosas que no sé cómo resolver —confesó finalmente, bajando la voz—. Cosas que pasaron ayer. Cosas que me preocupan desde esta mañana.
Zara guardó silencio, esperando, dándole espacio para hablar. Y esa paciencia fue lo que hizo que Anna se abriera, contándole todo. Le habló de Maelys, de su miedo, de su viaje a la Academia y de lo fácil que era querer ayudarla. Y luego, con voz más baja y cargada de pesadez, le habló de Sylwen.
—No quiero castigarla, Zara —dijo Anna, mirándola a los ojos, con una sinceridad que dolía—. No puedo hacerlo. Porque yo sé... sé perfectamente que ella tenía razones. Razones de sobra para odiarme, para desear mi muerte, para intentar matarme. Fui yo quien le quitó todo. Fui yo quien destruyó su vida. ¿Cómo puedo castigarla por devolverme un poco del daño que yo causé? ¿Cómo puedo actuar como si yo fuera la víctima aquí?
Zara escuchó todo sin interrumpir, sin juzgar, asintiendo lentamente mientras procesaba cada palabra. Cuando Anna terminó, el demonio se quedó mirando el horizonte por unos segundos, y soltó un suspiro largo y profundo, cargado de entendimiento.
—Te entiendo, Anna —dijo suavemente—. De verdad te entiendo. Y créeme, sé muy bien lo que se siente. En mi raza, la memoria es larga, y el dolor también. Entiendo que veas su odio como algo justo, algo merecido. Y te respeto por eso. Porque no todos son capaces de reconocer que se lo tienen merecido.
Hizo una pausa, y luego se giró hacia ella, poniendo una mano sobre el respaldo del banco, con una expresión más seria pero igual de amable.
—Pero... tú también sabes, en el fondo, que hay algo más que tus sentimientos o tu culpa. Tú sabes que debes seguir las reglas. Debes respetar las jerarquías.
Anna la miró con curiosidad y un poco de miedo, sin entender muy bien a dónde quería llegar.
—¿Las jerarquías? —repitió.
—Sí —asintió Zara—. Para nosotros, los demonios, las jerarquías no son solo títulos o poder. Son la ley. Son el orden. Son lo que mantiene el equilibrio. Porque si cualquiera pudiera hacer lo que quisiera, si cualquiera pudiera atacar a quien quisiera basándose solo en lo que siente o en lo que cree que es justo... todo se derrumbaría. El caos reinaría. Y tú, más que nadie, sabes lo que pasa cuando no hay orden. Cuando la justicia es solo lo que uno quiere.
Anna se tensó un poco. Sabía que tenía razón.
—Dime algo, Anna... —dijo Zara despacio, mirándola fijamente a los ojos ámbar— ¿Sabes realmente por qué ella te odia? ¿Conoces bien la razón exacta, la historia completa que hay detrás de ese odio?
La pregunta la tomó por sorpresa. Anna sintió que el corazón le daba un vuelco.
—Yo... sé lo que hice. Sé lo que le hice a su pueblo. A su familia.
—Lo sé —la cortó Zara con suavidad—. Y yo también lo sé. De alguna forma, lo sé. Escuché los rumores que corrían por estas tierras durante todos esos años en que tú vivías aquí sola, encerrada, mientras el mundo hablaba de ti. Escuché las historias que llegaban de lejos, las leyendas, los horrores que se contaban.
Anna bajó la cabeza, esperando el juicio, esperando el desprecio que siempre temía escuchar. Pero Zara se inclinó un poco más hacia ella y le levantó suavemente la barbilla para que la mirara.
—Relájate, pequeña —le dijo con ternura—. No estoy aquí para juzgarte por lo que hiciste en el pasado. Esa persona que destruía vidas... ya no está aquí, o al menos, ya no es quien te guía. Pero debes entender una cosa: aquí conmigo estás a salvo, pero ahí fuera no. Ahí fuera hay muchos que no te conocen ahora. Hay muchos que solo saben lo que hiciste. Hay muchos que te juzgarán sin conocer tu arrepentimiento, sin ver tus cambios, sin importarles tu culpa. Y debes saber que, tarde o temprano, te encontrarás con ellos. Te encontrarás con quienes no te perdonan, con quienes no creen en ti, con quienes piensan que tu redención es una mentira.
Anna escuchaba cada palabra, grabándosela en la memoria.
—Y por eso... —continuó Zara, apartando la mirada de nuevo hacia la ciudad que crecía a sus pies— si lo que quieres de verdad, si tu objetivo real es ser alguien mejor de lo que fuiste... si quieres cambiar lo que eres a los ojos del mundo y a los tuyos propios... entonces no basta con sentir culpa. No basta con dejar que te ataquen.
Se giró de nuevo hacia ella, con una mirada profunda y sabia.
—Debes pensar en cómo ayudar a esas personas que te odian. Debes pensar en cómo hacer que ese dolor, ese rencor, ese odio que llevan dentro... no sea lo que los condene para toda la vida. Porque si Sylwen se hunde en su odio, si se destruye por querer vengarse, entonces tú habrás causado una destrucción más. Y tu culpa no desaparecerá. La verdadera forma de cambiar el pasado... es asegurarte de que el futuro de quienes dañaste sea bueno.
Anna asintió lentamente, sintiendo que esas palabras le daban la clave que le faltaba. No se trataba solo de perdonar, ni de castigar. Se trataba de proteger, de guiar, de transformar el dolor en algo que no destruyera a nadie más.
Zara le dio una palmada suave en la mano.
—Tienes un camino difícil por delante, Anna. Pero tienes la capacidad de hacerlo bien. Y aquí estaremos todos, viendo cómo lo resuelves.
Anna dio otro sorbo a la bebida caliente, sintiendo que, aunque el problema seguía ahí, pesaba un poco menos ahora que entendía mejor qué era lo que realmente debía hacer.
Miró hacia el cielo, hacia las montañas, hacia la escuela que se levantaba y hacia el camino que pronto emprendería. Y supo que, fuera cual fuera la solución para Sylwen, tendría que ser una que le permitiera a ella también encontrar su propio camino, sin que el odio fuera su única compañía.
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PermalinkMirá, a Zara le concedo lo de las jerarquías: si cualquiera ataca a quien quiere según lo que siente, eso no dura ni un invierno. Lo que me hace ruido es el consejo del final, eso de pensar cómo ayudar a Sylwen para que el odio no la condene. Suena bien, pero bajado a un día concreto alguien tiene que sentarse con ella, y no puede ser Anna, que es justo a quien quiere matar. Yo veo a Rakhan o a la misma Zara haciendo ese trabajo, y a Anna teniendo que aguantarse no ser la que la salva.
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PermalinkAnna pidiendo dar la primera lección en la escuela de Rakhan y Miri, después de tantos capítulos cargando con lo que hizo, es el mejor sitio para cerrar un día así. Apuesto a que esa clase va a acabar teniendo a Sylwen en algún lado, aunque sea mirando desde la puerta. Me hizo pensar en lo raro que es ver a una antigua tirana con miedo de entrar a un aula.
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