¡Lythariel, qué mujer!
Capítulo 54: un perdón?, Tal vez Pregunta Sin responder
Pensamiento
¡Lythariel, qué mujer!
Contenido de la publicación
Sylwen seguía retorciéndose bajo el peso de Garoum, luchando con todas sus fuerzas contra el agarre firme del guerrero, con los ojos inyectados en fuego y lágrimas, escupiendo palabras cargadas de veneno, aunque nadie quisiera escucharla.
—¡Suéltame! —gritaba una y otra vez, pataleando contra la hierba y la tierra—. ¡No se metan en lo que no les importa! ¡Ustedes no saben lo que ella es! ¡Saben perfectamente lo que se merece! ¡Es una asesina! ¡Un monstruo! ¡Dejen que haga justicia! ¡Pase lo que pase, de una forma u otra, yo haré que pague! ¡Te lo juro, Anna! ¡Te juro que te haré pagar por cada gota de sangre que derramaste!
Lyra permanecía inmóvil, de pie delante de su señora, con la espada aún desenvainada y los ojos fijos en la joven elfa. No había odio en su mirada, ni tampoco lástima, solo la firmeza de quien sabe cuál es su deber. Pero Garoum, mientras mantenía sujeta a la muchacha con esa fuerza inmensa que tenía, sentía algo más. Entendía perfectamente lo que ella sentía. Conocía ese dolor abrasador que nace de la pérdida, conocía esa rabia que te come por dentro y te nubla la razón, conocía esa necesidad de venganza que parece ser lo único que te queda en el mundo. Él mismo había pasado por algo parecido hace muchos años. Y por eso mismo, sabía también, con una certeza dolorosa, exactamente a dónde llevaba todo ese odio: a la destrucción de uno mismo, y a nada más.
El grito desgarrador de Sylwen se cortó de golpe.
Una voz, serena, fría y cargada de una autoridad antigua, llegó desde detrás de Anna, haciendo que todos se quedaran helados.
—Ya es suficiente.
Anna y Lyra se giraron al mismo tiempo.
Allí estaba Lythariel. Había aparecido en silencio, como suelen hacer los de su raza, y no miraba a Anna. Ni siquiera le prestaba atención a ella en ese momento. Sus ojos verdes, esos ojos que habían visto pasar siglos y siglos, estaban fijos únicamente en su hija, y en ellos no había ni rastro de la dulzura o el orgullo de una madre. Había decepción. Una decepción profunda, dolorosa, absoluta, que hizo que Sylwen dejara de forcejear por un segundo, sorprendida.
—¡Tú no tienes derecho a callarme! —le gritó Sylwen, con la voz rota, desesperada—. ¡Tú eres una cobarde! ¡Aceptaste la muerte de papá como si nada! ¡Te quedas aquí, sonríes, le das las gracias, la llamas señora... te arrastras ante la asesina de tu esposo! ¡Te avergüenzas de lo que fuimos! ¡Yo no soy como tú! ¡Yo sí tengo valor para odiarla!
Lythariel no se movió. No se inmutó ante aquellas palabras que debieron clavarse como cuchillos en su corazón. No miró a su hija, ni le respondió con gritos. Simplemente levantó una mano, pronunció unas palabras en un idioma antiguo y melodioso que apenas se escuchó, y un brillo plateado envolvió la boca de Sylwen, sellándola al instante. La joven intentó seguir hablando, intentó gritar, insultar, protestar... pero de sus labios solo salían sonidos ahogados y sordos, sin voz, atrapados en su garganta.
Entonces, Lythariel caminó despacio hasta donde estaban Garoum y su hija. Se arrodilló en el suelo, con elegancia, pero sin orgullo, y bajó su cuerpo hasta que su frente tocó la tierra fría, justo al lado de donde estaba Sylwen inmovilizada.
Y no fue solo ella.
Detrás de Lythariel, aparecieron dos figuras más: dos elfos ancianos, de cabellos blancos como la nieve y rostros llenos de arrugas que hablaban de larguísimas vidas vividas. Eran los más sabios, los más respetados de todo su pueblo. Y ellos también se arrodillaron. Y ellos también inclinaron la cabeza hasta tocar el suelo con la frente, en una postura de sumisión absoluta, de respeto máximo, de rendición total.
Anna abrió los ojos de par en par, sorprendida y conmocionada.
Conocía las tradiciones. Sabía lo que esto significaba.
Los elfos no se arrodillaban ante nadie.
Jamás. Ni ante reyes, ni ante emperadores, ni ante dioses. Se enorgullecían de su dignidad, de su altura, de su independencia. Decían que su cabeza solo debía inclinarse ante la naturaleza, ante los ancestros, ante la vida... pero nunca ante ninguna otra raza, y mucho menos ante un humano. Ver a Lythariel, una mujer de siglos, orgullosa y sabia, y a los ancianos más importantes, postrados así, tocando el suelo con la frente ante ella... era algo que Anna jamás habría imaginado ver.
—Señora Anna... —empezó a decir Lythariel, con la voz ahogada por la posición, hablando directamente contra la tierra—. Le pido perdón. Le pido perdón de todo corazón por este ataque imperdonable contra su vida. Le pido perdón por las palabras dichas, por la violencia, por la descortesía que ha cometido mi hija. Ella no representa lo que somos, ni lo que sentimos. Le ruego... por favor... que perdone su vida y este error.
Sylwen miraba todo esto con los ojos muy abiertos, llenos de confusión, de rabia y de incomprensión. Intentaba protestar, intentaba decir algo, moverse, hacer que su madre dejara de humillarse así... pero la magia la mantenía muda, y las manos de Garoum la mantenían sujeta.
Lythariel levantó apenas un poco la cabeza, lo justo para mirar a su hija, y sus ojos ya no mostraban decepción, sino una dureza aterradora y una tristeza infinita. Le habló con voz baja, firme, para que solo ella pudiera entenderlo, aunque todos escuchaban las palabras.
—Quédate callada... y escúchame bien, hija mía —le dijo lentamente—. ¿Acaso se te ha olvidado dónde estamos? ¿Se te ha olvidado quiénes somos? ¿Se te ha olvidado qué clase de mundo es este fuera de estas murallas?
Hizo una pausa, y sus palabras fueron como golpes de realidad.
—Parece que sí. Parece que la seguridad de este place te ha hecho olvidar nuestra historia, nuestra lucha, nuestra supervivencia. ¿No recuerdas ya? Nosotros, los elfos, somos una raza que apenas tiene sitio en este Imperio. En todas partes somos discriminados. En todas partes nos miran con recelo, con envidia, con odio. En muchas regiones nos cazan como si fuéramos animales, nos capturan para vendernos como esclavos, nos matan por el simple hecho de ser lo que somos. ¿Lo habías olvidado?
Sylwen la miraba, con el pecho subiendo y bajando agitadamente, los ojos llenos de lágrimas, escuchando cada palabra.
—Los pocos lugares donde nos aceptan, donde nos dejan vivir en paz... están a meses y meses de viaje de aquí —continuó la madre, con voz amarga—. Son tierras lejanas, peligrosas, imposibles de alcanzar con todo nuestro pueblo, con nuestros ancianos, con nuestros niños, con nuestras pertenencias. Si tuviéramos que irnos de aquí ahora mismo... estaríamos condenados. Nos destruirían en el camino, nos separarían, nos matarían. Este es el único lugar seguro que tenemos. El único refugio que nos ha abierto las puertas sin pedirnos nada a cambio.
Se inclinó un poco más hacia ella, y sus ojos brillaron con intensidad.
—Y ahora... ¿qué es lo que has hecho? ¿Has pensado siquiera en las consecuencias de tu ira? ¿Se te ha pasado por la cabeza qué pasaría con nosotros, con tu gente, con tu raza, si se llega a saber lo que acabas de intentar hacer?
Sylwen parpadeó. Empezaba a entender. Algo frío y pesado empezó a formarse en su estómago.
—Has intentado matar a Anna D'Valrienne —le dijo Lythariel, marcando cada sílaba—. No a cualquier persona. Ella es la hija de una de las familias más antiguas, poderosas e influyentes de todo el Imperio. Una familia cuyo nombre se respeta... o se teme, en cada rincón del continente. Y por si fuera poco... ella ahora misma tiene un nombre. ¿O no escuchas lo que se dice? ¿No te enteras de las noticias que llegan de la capital? Anna D'Valrienne ya no es solo la antigua noble cruel que todos conocieron. Ahora, en todo el Imperio, se habla de ella con respeto, con admiración. Es la mujer que detuvo la plaga, la que construyó esto de la nada, la que trabaja con el Emperador, la que tiene su confianza total. Su reputación hoy en día es impecable, alta, intocable.
Hizo una pausa final, y sus palabras fueron definitivas.
—Ahora piénsalo bien. ¿Qué crees que pasaría con nosotros, con todos los elfos que estamos aquí, con nuestras vidas y nuestro futuro... si se corre la voz de que una representante nuestra, una soldado de nuestra raza, intentó asesinarla a traición? ¿Crees que nos perdonarían? ¿Crees que dirían "bueno, fue solo una joven"? No, Sylwen. Nos culparían a todos. Nos señalarían como traidores, como enemigos, como una amenaza. Y entonces... ¿dónde iríamos? ¿Quién nos defendería? ¿Quién nos daría refugio? Nos destruirían a todos. Y todo... todo por tu venganza. Todo por tu odio. Todo porque tú no fuiste capaz de ver más allá de tu propio dolor.
Sylwen dejó de retorcerse.
Dejó de luchar.
El brillo de furia en sus ojos se apagó, reemplazado por el horror de la comprensión.
No era tonta. Entendía perfectamente lo que eso significaba.
Entendía que con su ira, con su sed de sangre, con su deseo de justicia... había estado a punto de condenar a muerte a todo su pueblo. A todos los elfos que vivían allí. A su propia madre. A los ancianos. A los niños.
Y la realidad le cayó encima más pesada que el suelo donde estaba postrada.
Lythariel seguía con la frente pegada a la tierra, temblando levemente mientras repetía una y otra vez su súplica, con la voz rota por el miedo y la humillación.
—Se lo ruego, señora… por favor, tenga piedad. Mi hija no sabía lo que hacía, estaba cegada por el dolor. No nos condene por esto, no culpe a todo mi pueblo por un error de juicio de una joven. Haga lo que quiera conmigo, castígueme a mí, pero permita que los nuestros sigan teniendo un hogar seguro aquí… se lo suplico.
Anna no miró a Sylwen. La joven ya no se movía, ya no luchaba, ni intentaba protestar a través del hechizo que la mantenía muda. Solo estaba allí, inmóvil, con los ojos muy abiertos, llena de confusión y de un miedo nuevo y frío que no tenía nada que ver con la venganza.
Anna desvió su mirada hacia Lythariel, que seguía postrada en el suelo, esperando una sentencia que podía significar la ruina de todos. Y entonces, con voz tranquila, serena, pero que resonó con fuerza en el silencio de la noche, le hizo una pregunta que nadie esperaba.
—Lythariel… —dijo suavemente—. Dime algo. No como súbdita a su señora, sino como mujer a mujer… ¿qué piensas tú realmente sobre lo que le pasó a tu esposo?
Hubo un silencio absoluto.
Lyra y Garoum abrieron los ojos con sorpresa, sin entender a dónde quería llegar con esto.
Sylwen contuvo la respiración, clavando la mirada en Anna.
Y Lythariel, allí en el suelo, se quedó rígida como una estatua.
Anna continuó, y sus palabras cayeron como piedras pesadas sobre todos los presentes:
—Si te dijera ahora mismo que lo que tu hija grita es totalmente cierto… que yo soy culpable, sí, que yo di las órdenes, que yo permití que su gente desapareciera, que yo soy la causa de que tu esposo no haya regresado nunca… ¿qué pensarías de mí entonces?
Hizo una pausa, y su mirada fue directa, profunda, sin ocultar nada.
—¿Estarías dispuesta a quedarte aquí, a seguir viviendo bajo mi protección, a seguir llamándome señora… sabiendo con total certeza que estás al lado de la asesina del hombre que amabas?
No era una acusación. No era un juicio. Era solo una pregunta. Una pregunta dura, cruda, que pedía la verdad absoluta. Y Lythariel lo sabía. Sabía que si mentía, si fingía que no sentía nada, si decía que todo seguía igual… sería mucho peor. Anna vería la mentira, y la desconfianza se instalaría para siempre.
Pasaron unos segundos eternos. Finalmente, la elfa levantó apenas un poco la cabeza, sin llegar a ponerse de pie, y sus ojos brillaban con lágrimas contenidas, con un dolor antiguo y profundo que ella siempre había ocultado tras la cortesía.
—Siento odio, señora —confesó, con voz rota, sin rodeos, con una sinceridad que dolía solo de escucharla—. Un odio profundo, viejo y amargo. Cada vez que la veo, cada vez que le hablo, cada vez que tengo que inclinar la cabeza ante usted… es como si me clavaran una daga en el pecho y la retorcieran. Cada día pienso en él, en lo que le hicieron, en que nunca pude darle una despedida digna. Sí… si supiera con seguridad que fue culpa suya… ese odio sería mil veces mayor, se convertiría en algo que me consumiría viva.
Tragó saliva y miró hacia su hija, que la escuchaba con los ojos llenos de una esperanza triste.
—Pero… —continuó Lythariel, y su voz se endureció, recuperando la fuerza de quien lleva un peso enorme sobre sus hombros— pero por encima de mi dolor, por encima de mi odio, está mi deber. Soy la líder de mi pueblo. Se me eligió para cuidar de ellos, para asegurar que sobrevivan, que estén a salvo, que tengan un futuro. Y por mucho que duela, por mucho que mi corazón me grite que la odie… no puedo, no debo y no voy a permitir que ese resentimiento ponga en peligro la vida de todos los que dependen de mí.
Se secó una lágrima con la mano, y su mirada fue clara y firme.
—Me quedaría. Seguiría aquí. Seguiría respetándola. Porque lo que está en juego es mucho más grande que mi dolor personal. Y si eso me convierte en una cobarde a los ojos de mi hija… que así sea. Yo cargo con esa carga con gusto, si con ello salvo a los míos.
El silencio que siguió fue pesado, cargado de emociones encontradas.
Anna la miró largo rato. No había enojo en sus ojos, ni juicio, ni burla. Al contrario. Lentamente, esbozó una sonrisa. No una sonrisa de triunfo, ni de burla, ni de superioridad. Era una sonrisa triste, pero sincera, llena de respeto y comprensión.
Dio un paso hacia ella y se agachó, quedando a su altura, y puso una mano suavemente sobre el hombro de la elfa.
—Por favor… levante la cabeza, Lady Lythariel —le dijo con suavidad, pero con firmeza—. Ya no tiene necesidad de estar así. No es culpable de nada, ni tiene nada que pedirme perdón. Al contrario…
Hizo una pausa y miró a los ojos de aquella mujer que había admitido odiarla, pero que había elegido la supervivencia de los suyos por encima de todo.
—Le aseguro que… usted es una líder mucho mejor, mucho más sabia y mucho más digna… de lo que yo llegué a ser jamás.
Lythariel se quedó sin aire, con los ojos muy abiertos, sorprendida por esas palabras. Detrás de ella, los ancianos elfos también levantaron la cabeza, conmocionados. Incluso Sylwen, que seguía sujeta y muda, miraba a Anna con una expresión que ya no era solo odio, sino confusión absoluta.
Anna se enderezó de nuevo, mirando hacia el pueblo que brillaba en la distancia, y luego volvió a mirar a Lythariel.
—Lo que sientes es humano —dijo en voz baja, para que solo ella lo escuchara—. Y lo que haces por tu gente… es admirable. No te pido que me perdones. Ni te pido que me quieras. Solo te pido que sigas siendo la guía de tu pueblo. Porque gente como tú es la que hace que este lugar valga la pena.
Se giró entonces hacia Garoum y Lyra, y asintió levemente.
—Suéltenla. Quiten el hechizo. Ya no hay peligro.
Garum aflojó su agarre al instante, ayudando suavemente a Sylwen a incorporarse, aunque la joven seguía temblando. Y en cuanto la magia de su madre se desvaneció y recuperó la voz, Sylwen abrió la boca para hablar, para reclamar, para decir algo… pero se quedó muda. Por primera vez, no supo qué decir.
Porque acababa de verlo todo.
Acababa de ver a su madre confesar que odiaba a Anna.
Acababa de ver a Anna reconocer ese odio y aun así respetar y admirar a su madre.
Y se dio cuenta de que… nada era tan sencillo como ella había creído. Que el mundo, el bien, el mal, la justicia… todo era mucho más complicado, mucho más doloroso y mucho más real de lo que su ira le había permitido ver hasta ahora.
El silencio volvió a caer sobre el claro del bosque, pesado y cargado de todo lo que se había dicho, de las verdades al descubierto y de las heridas que seguían abiertas. Lythariel se había puesto ya de pie, secándose las lágrimas con discreción, mientras los ancianos se mantenían en segundo plano, con la cabeza baja, todavía conmocionados por lo que había ocurrido. Sylwen, por su parte, seguía de pie, un poco apartada, con la espada ya envainada pero con el cuerpo todavía tenso, los ojos fijos en el suelo, luchando por ordenar todo lo que acababa de escuchar y de entender.
Anna se giró entonces, dispuesta a emprender el camino de regreso hacia la mansión. Lyra y Garoum ya estaban a su lado, listos para seguirla, protegiéndola como siempre. Pero antes de dar el primer paso, Anna se detuvo. No se volvió hacia la elfa joven, ni siquiera la miró todavía; habló mirando hacia la oscuridad de los árboles, con una voz serena, profunda, que llevaba el peso de una conciencia que nunca descansaba.
—Hace un momento me dijiste que era una cobarde por esconderme y por no aceptar lo que merezco —empezó a decir, y sus palabras llegaron claras y nítidas a los oídos de todos, especialmente a los de Sylwen—. Me preguntaste por qué no te dejaba hacer justicia, por qué no te dejaba acabar conmigo como yo acabé con la vida de tantos otros. Y te lo voy a explicar, para que lo sepas de una vez y para siempre.
Hizo una pausa, respirando hondo, y continuó con una sinceridad que dolía solo de escucharla.
—Te dije que no podía dejar que me mataras. Y es verdad. No puedo morir todavía. No ahora, no así. Y no es porque tenga miedo a la muerte... te aseguro que hay días enteros en los que la muerte es lo único que deseo, lo único que me daría paz. Porque yo sé muy bien, mejor que nadie, que un día tendré que pagar por todo lo que hice. Sé que llegará el momento en que tendré que responder por cada vida que destruí, por cada lágrima que provoqué, por cada dolor que sembré en este mundo. No se me olvida. Nunca se me olvida. Y cuando llegue ese día... lo aceptaré. Sin quejas, sin miedo, sin pedir clemencia.
Entonces, muy despacio, Anna se giró por completo. Y por fin miró a Sylwen directamente a los ojos. No había ira en su mirada, ni orgullo, ni desprecio. Solo había una verdad dura, cruda, imposible de ignorar.
—Si tú hubieras aparecido hace unos meses —le dijo, marcando cada palabra—, justo en el momento en que desperté de mi pesadilla, en el momento en que abrí los ojos y comprendí con horror todo el mal que había hecho, todo el monstruo en el que me había convertido... si hubieras venido entonces, con tu espada desenvainada y tu sed de venganza... te juro que te habría dejado hacerlo. Me habría arrodillado ante ti y te habría dado mi vida con gusto. Porque lo merecía. Porque era lo único justo.
Sylwen abrió la boca para contestar, para reclamar, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta ante la intensidad de esa mirada.
—Pero las cosas cambiaron —continuó Anna, y su voz se volvió más firme, más decidida—. Porque mientras yo me odiaba a mí misma, mientras yo me arrastraba por el suelo pidiendo perdón, hubo gente que confió en mí. Gente que no tenía nada, que no tenía a nadie, que venía huyendo de la guerra, del hambre, de la esclavitud, del mismo odio que tú sientes ahora. Gente que no tenía adónde ir. Y me eligieron a mí. Me eligieron a mí, que era lo peor que existía, para ser su refugio, su protección, su señora.
Señaló con la mano hacia la distancia, hacia las luces del pueblo que brillaban en la noche, hacia esas construcciones que habían salido de la nada.
—Ahora hay miles de vidas que dependen de mí. Hay niños que nacieron aquí y que creen que este es un mundo bueno. Hay familias que construyeron sus casas, sus sueños y su futuro bajo mi nombre. Hay razas enteras que por fin pueden caminar libres y seguras porque yo prometí protegerlas. Y también está el Imperio, y la Academia, y todo lo que me he comprometido a hacer para que nadie más tenga que sufrir lo que sufrieron tu padre, tu gente, o lo que sufrí yo misma.
Volvió a clavar sus ojos verdes en los de la joven elfa, y su sentencia fue definitiva.
—Mientras haya alguien que dependa de mí, mientras haya alguien que esté en peligro si yo falto... no voy a morir. No importa cuánto lo desee. No importa cuánto me lo pida mi conciencia. No importa cuánto me lo merezca. Me quedaré aquí. Seguiré luchando. Seguiré cargando con este peso. Y no pararé hasta estar completamente segura de que todos ellos están a salvo, de que tienen un futuro propio, de que ya no me necesitan para nada. Solo entonces... solo cuando mi vida no valga más que la de cualquiera... podré pagar mis pecados.
Hubo un silencio largo, denso, donde esas palabras quedaron flotando en el aire, grabándose en la mente de todos.
Anna asintió levemente, como cerrando un capítulo, y ya no dijo nada más. Se giró de nuevo, dio la orden muda con un movimiento de cabeza a sus compañeros, y comenzó a caminar hacia la oscuridad, alejándose del grupo. Lyra y Garoum la siguieron de cerca, sin mirar atrás, protegiendo sus pasos, dejando allí a Lythariel, a los ancianos y a Sylwen, que se quedaron inmóviles, con la respiración contenida y con más preguntas que respuestas en la cabeza.
La figura de Anna se fue perdiendo entre los árboles, mezclándose con las sombras, pero sus palabras seguían resonando en el claro, como un recordatorio amargo de que la justicia, el arrepentimiento y la venganza eran cosas mucho más complejas, dolorosas y pesadas de lo que nadie de ellos había imaginado jamás.
Los dos ancianos elfos se quedaron en silencio unos instantes más, mirando en la dirección por donde había desaparecido Anna, como si todavía pudieran ver su figura entre los árboles. Uno de ellos soltó un suspiro largo, profundo, cargado de siglos de sabiduría y de esa pesadez que solo traen los destinos difíciles. El otro asintió lentamente con la cabeza, con la mirada perdida en la oscuridad.
—Hemos visto muchas cosas a lo largo de nuestra vida, Lythariel —dijo uno de ellos con voz ronca y suave—. Hemos visto reyes caer y monstruos levantarse, pero pocas veces hemos visto algo tan doloroso y tan verdadero como lo que hemos presenciado aquí esta noche.
El otro anciano se giró hacia madre e hija, que seguían de pie, una frente a la otra, sin moverse.
—Ustedes necesitan este momento —añadió—. Hay muchas cosas que deben decirse, y es mejor que queden entre ustedes dos. Nos retiraremos. Estaremos cerca, por si nos necesitan.
Ambos inclinaron levemente la cabeza en una despedida respetuosa, dieron media vuelta y se alejaron en silencio, deslizándose entre la vegetación con esa gracia etérea propia de su raza, hasta desaparecer por completo, dejando a madre e hija solas bajo la luz de la luna.
El silencio que quedó ahora era distinto. Ya no había tensión violenta, ni miedo, ni amenazas. Era un silencio cargado de palabras no dichas, de verdades que acababan de salir a la luz y de la confusión que se había instalado en el corazón de la joven.
Lythariel se quedó mirando el lugar donde había estado Anna unos minutos antes, con la expresión perdida, los ojos brillantes todavía por las lágrimas derramadas. Luego, muy despacio, giró el cuerpo hacia su hija. Sylwen seguía allí, de pie, con la espada ya envainada, pero con los brazos caídos a los costados, la cabeza baja y el rostro pálido. Ya no había furia en su postura, sino una extraña mezcla de dolor, duda y desorientación.
Lythariel la observó largo rato, con esa mirada profunda que parecía capaz de leer cada pensamiento, cada recuerdo y cada sentimiento que habitaba en el interior de su hija. Y entonces, con voz suave pero clara, que rompió la quietud de la noche, le hizo la pregunta que ambas necesitaban enfrentar.
—Dime, Sylwen... —empezó, bajando un poco el tono, como si quisiera que solo ellas dos escucharan—. ¿Qué piensas ahora?
La joven levantó la cabeza lentamente, sus ojos verdes se encontraron con los de su madre, y en ellos ya no ardía aquel fuego ciego de antes. Había dolor, sí, mucho dolor, pero también había algo nuevo: la duda, la comprensión a medias, el desmoronamiento de todo lo que ella había creído absoluto hasta esa noche.
—¿Qué piensas ahora... —repitió Lythariel, marcando bien las palabras—, después de haber conocido realmente a la Anna D'Valrienne que vive en este lugar? ¿Después de haberla escuchado, de haber visto lo que es ahora, y de haber oído lo que piensa y lo que siente sobre su propio pasado?
Sylwen abrió la boca para responder, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. Miró hacia la distancia, hacia las luces del pueblo que brillaban cálidas y seguras, y luego volvió a mirar a su madre.
—Pienso... —empezó a decir con voz entrecortada, casi un susurro— pienso que... no lo sé, madre. De verdad que no lo sé.
Se pasó una mano por el rostro, confundida, y sus ojos se llenaron de lágrimas de nuevo, pero ya no eran lágrimas de rabia.
—Yo tenía todo tan claro... —continuó, con amargura—. Para mí ella siempre fue solo eso: la asesina. La mujer que te quitó a papá, que nos quitó todo, que disfrutaba haciendo daño. Para mí ella era un monstruo, y nada más. Y estaba segura de que todo lo que hacía ahora era una farsa, una mentira para engañarnos a todos, para salvarse ella misma. Creía que su cambio era falso, que no sentía nada, que no le importaba nada más que su propia vida.
Hizo una pausa, tragando el nudo que le cerraba la garganta, y recordó cada palabra que Anna había dicho momentos antes.
—Pero hoy... hoy la vi. La escuché decir que ella también desea morir. Que sabe que es culpable. Que sabe que tiene que pagar, que ella misma se daba asco a sí misma.
Miró a su madre con desesperación, buscando respuestas que ella tampoco tenía.
—¿Cómo puedo seguir odiándola con toda mi alma como antes, madre... si resulta que ella misma se odia mucho más de lo que yo podría odiarla jamás? ¿Cómo puedo seguir pensando que es una hipócrita que finge ser buena... si la he visto cargar con su culpa como si llevara una montaña encima?
Se quedó callada un instante, y sus palabras siguientes fueron casi un susurro, doloroso y confuso.
—Sigo pensando que es culpable. Sé que ella fue quien dio las órdenes. Sé que por su culpa papá no está aquí. Eso... eso no cambia. Eso nunca va a cambiar. Pero... la mujer que conocí hoy... la mujer que se fue caminando hace un momento... ya no sé si es el mismo monstruo del que hablan las historias.
Lythariel escuchó todo en silencio, dejando que su hija soltara todo lo que llevaba dentro. Se acercó un poco más a ella y puso una mano sobre su hombro, con una ternura infinita.
—Esa es la pregunta más difícil que existe, hija mía —le dijo suavemente—. ¿Puede una persona cambiar de verdad? ¿Puede el mal convertirse en bien? ¿Puede el dolor que causó borrarse con el bien que hace ahora? Nadie tiene la respuesta segura. Ni siquiera yo.
Acarició el brazo de su hija, mirando también hacia donde se había ido Anna.
—Lo que sí sé... es que la mujer que vive aquí, la que construyó este lugar, la que nos dio un hogar cuando nadie más lo hacía, la que carga su pasado a la espalda sin intentar esconderlo... esa mujer es real. Su arrepentimiento es real. Su deber con nosotros es real. Y aunque yo también la mire y sienta el cuchillo en el pecho por lo que le hizo a tu padre... tengo que reconocer que no es la misma persona que gobernaba en sus tierras hace tres años.
Sylwen bajó la mirada, asimilando todo eso, mientras la brisa nocturna movía suavemente su cabello plateado.
—Entonces... ¿qué hacemos ahora? —preguntó con miedo—. ¿Cómo se sigue adelante con todo esto?
Lythariel suspiró, apretando suavemente el hombro de su hija.
—Seguimos adelante como siempre hemos hecho —respondió con firmeza, pero con tristeza—. Cuidando de los nuestros. Protegiendo lo que hemos conseguido. Y tú... tú tendrás que encontrar tu propio camino con todo esto que has descubierto. Tendrás que averiguar si tu odio es más fuerte que lo que ves ahora... o si el dolor de tu pérdida te permitirá ver algo más allá de tu venganza.
Hizo una pausa y añadió en voz baja:
—Porque una cosa te aseguro, hija... la verdad casi nunca es tan sencilla como quisiéramos que fuera. Y a veces... conocer la verdad duele mucho más que el odio que nos mantenía en pie.
Respuestas
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PermalinkLos ancianos con la frente en la tierra me pesaron más que el discurso de Anna. Los elfos no se arrodillan ni ante dioses, y ahí están los dos más viejos postrados por lo que hizo una muchacha que mira con la boca sellada.
Desde el capítulo pasado pensaba que con Lyra frenándola se cerraba el asunto. Apuesto a que Sylwen no vuelve a levantar la espada, pero el próximo golpe le llega de su propia gente.
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