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Capítulo 5 ~  Primera Revelación Sensible

AKenk

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Ramiro estaba impresionado. La reacción de Sebastián fue tan diferente a lo que conocía de él. Lo tomó por los hombros y lo condujo hacia la cafetería de nuevo. Se acercó al dispenser, sirvió agua en un vaso y se lo dio a beber a Sebastián. 

Su teléfono sonó y al responder notó que era Alfredo. Le relató lo sucedido y le dijo que Sebastián estaba muy afectado. 

—No se preocupe, Alfredo, que yo llevo a Seba a su departamento.

—Suban a mi oficina.

—Puedo llevarlo, Alfredo.

Insistió el joven, pero el viejo Carrasco se mantuvo intransigente. Cuando Ramiro entró en la oficina de Dirección, con un Sebastián algo perdido en quién sabe dónde, el viejo agradeció y le dijo que él se haría cargo. 

Odiaba tener que reconocer que Benicio tenía razón al desconfiar. Pero luego de ver por la cámara de la cafetería que ese muchacho había echado algo al agua que le dio a Sebastián no podía menos que aceptarlo. 

Estaba desconcertado por la conducta de Ramiro. Preocupado por la salud de Benicio y decepcionado por Sebastián… Si en algún momento había dudado de las inclinaciones de su hijo hacia Benicio, ya tenía todas las certezas. No era algo que decía sólo para hacerlo enfurecer, Alfredo pudo percibir que era mucho más que eso. Recogió sus cosas y se acercó a su hijo que estaba sentado en la silla con la mirada extraviada.

—Vamos a casa —dijo tomándolo por los hombros. 

Sebastián miró a su padre con ojos vidriosos y una sonrisa deslumbrante pero vacía. Asintió lentamente, en silencio como si le costara procesar las palabras. Se dejó conducir por su padre, sus pasos eran lentos y torpes, como si estuviera caminando en un sueño. 

—No sé en qué momento te desviaste del camino, pero yo me voy a ocupar de que vuelvas a ser el que eras. Ya verás... —murmuraba entristecido mientras se dirigía con su hijo hacia el auto. 

Para Alfredo, la sola idea de que Sebastián tuviera esas tendencias homosexuales era profundamente humillante. Mientras el conductor los llevaba a la mansión, Alfredo llamó a Arturo, pero no respondió. Benicio era un verdadero interrogante para él. Sus conductas no mostraban interés en Sebastián, más allá del que siempre había mostrado, y que Alfredo le había exigido al ofrecerle el trabajo: el bienestar de su hijo. 

Parecía que sólo Sebastián tenía ese tipo de inquietudes, lo que lo hacía más frustrante aún, pero dadas las circunstancias —y sin dudas, debido a sus propios prejuicios— no podía dejar de pensar que Benicio era el culpable de todo eso que Sebastián estaba atravesando.

Al llegar hizo que llevaran a Sebastián a su cuarto, ya estaba profundamente dormido. Carmen se quedó con Sebastián un rato, estaba preocupada. Ya en su despacho, logró hablar con Arturo, quien le informó que Benicio efectivamente había tenido un infarto. 

Era imposible. Tan joven. Tan vital. “¿Cómo es posible que ese muchacho haya tenido un infarto?” Cuando pensaba en él, se llenaba de una emoción complicada. No podía negar el afecto que le tenía. Desde la primera vez que hablaron, hacía ya cerca de doce años, lo había conmovido. 

Tal vez porque Arturo se había mostrado muy afectado por su situación y Alfredo quiso apoyarlo. Benicio estaba solo. Era huérfano y no tenía familia. Llevaba poco más de seis meses en coma, en la clínica de Arturo y nadie, además de ellos, lo visitaba. 

Por lo que Alfredo había podido averiguar en aquel momento, ese joven que aún no alcanzaba los treinta años, había construido una carrera impresionante en el mundo de las finanzas y la economía. Gracias a su excelente desempeño en Ciencias Económicas, obtuvo una beca completa para continuar su formación adquiriendo un Máster en Finanzas. Su destacada actuación académica y su dedicación le abrieron las puertas a programas de mentoría y prácticas profesionales que lo conectaron con el mundo financiero. Para cuando le presentaron los informes, Alfredo observó que acababa de obtener una certificación de Chartered Financial Analyst que consolidaba su expertise en el ámbito bursátil y de inversiones. Tanto las referencias de las casas de estudio como de la firma financiera que valoró su potencial y contribuyó a cubrir los costos de su formación, eran más que satisfactorias. 

Alfredo no pudo más que sorprenderse al descubrir la sólida formación académica y profesional que respaldaba a ese muchacho. A pesar de sus orígenes modestos, Benicio había logrado destacar gracias a su esfuerzo, dedicación y talento. Sin dudas era algo que quería tener cerca. No solo para aprovechar sus conocimientos en lo profesional, sino para que pueda formar a su hijo. 

Pero fue cuando hablaron por primera vez que realmente se sintió impresionado. Había visto valores en ese joven que no había encontrado en nadie más. Alfredo se encargó de su recuperación. Y Benicio se comprometió a pagar con su trabajo. No era difícil darse cuenta la clase de persona que era, y dónde tenía ubicadas sus prioridades. 

Supo qué decir exactamente para obtener de ese joven lo que necesitaba: “Me gustaría que seas como un hermano mayor para él,  como un hijo mayor para nosotros”, le había dicho el día en que obtuvo el alta y fue con Carmen a buscarlo. Le ofreció quedarse en la casa de huéspedes. 

Alfredo miraba por la ventana. Lo peor de todo era que no solo Benicio había creído aquellas palabras. Él también. Él también había sentido a ese joven como un hijo. Y a pesar de todo lo seguía sintiendo así. Llevó su mano a su pecho. Tenía miedo. Sí, se sentía traicionado por Benicio. Se sentía traicionado por su propio hijo. Estaba furioso con Benicio por aprovecharse de la vulnerabilidad de Sebastián, pero no podía no sentir que “su hijo” había tenido un infarto. 

Aún no le decía nada a su esposa, y no quería hacerlo. Era demasiado vergonzoso hablar de ese tipo de cosas. Pero ella estaba muy encariñada con Benicio y si pretendía hacer algo para lograr que Sebastián retome el camino correcto, tenía que contar con el apoyo de ella. Benicio tenía que irse. Desaparecer de la vida de Sebastián. Cuanto antes.


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—Tienes que descansar —dijo Arturo con indulgencia

—No me duermas —rogó Benicio, demasiado inquieto. 

—Acabas de tener un infarto. Tienes los signos vitales de cabeza. Si no te duermo ahora, tendrás otro infarto… o peor aún, un ACV.

—¿Hablaste con Seba? —preguntó con desesperación.

—No… lo llamé poco después que me dijiste todo, pero no me respondió. Intentaré de nuevo más tarde —. Benicio tomó la bata de Arturo y la apretó con fuerza.

—Dile todo. Cuéntale todo—. Arturo lo miró espantado.

—¿Todo? ¿Acaso estás loco? Sabes que Alfredo no quiere.

—Me importa poco Alfredo en este momento. Solo habla con él. Dile que se aleje de ese hombre. Díselo Arturo. 

Benicio cerró los ojos, por más que se esforzó por evitarlo, se cerraban contra su voluntad. Con la pizca que aún le quedaba de lucidez, sólo pudo pensar que Sebastián había quedado en la oficina con ese tipo. Arturo tenía que alertar a Sebastián antes de que fuera demasiado tarde.

Pero alertar a Sebastián, implicaba muchas cosas. Lo más difícil era que Arturo ya no podría ser neutral. Había llegado el momento de tomar partido, y no sería por su hermano. Alfredo iba a sentirse traicionado, pero si Benicio tenía razón, y Sebastián era el objetivo de ese degenerado, jamás se perdonaría no haber tenido las agallas suficientes para hacer lo necesario en pos del bienestar de su sobrino, al que quería como un hijo más. 

Las imágenes de Benicio y Manuel irrumpieron violentamente en su mente. Aquella noche, cuando bajaron a Benicio de la ambulancia, todo el personal quedó boquiabierto por la brutalidad que veían en ese cuerpo ensangrentado y roto. 

En aquel tiempo Benicio era más delgado, y mucho menos robusto. Quizás por el exceso de trabajo y estudio sumado a una nutrición deficiente. En un principio, Arturo pensó que era un adolescente. No pudo evitar pensar en sus hijos. Algo dentro de él se quebró. Había salvado cientos de vidas en el ejercicio de su carrera. Había sanado a otras cientos de personas. Y había visto abusos de todo tipo. Pero algo como eso jamás.

El muchacho estaba de lado en la camilla. Sus piernas estaban rotas, tenía las rodillas abiertas, los huesos expuestos, y la carne ensangrentada estaba llena de tierra y basura. Sus pantalones estaban abiertos y bajos, y de su cuerpo asomaba lo que parecía ser un trozo de madera. 

Lo llevaron urgente al quirófano. El equipo de urgencias de la clínica estaba conmocionado. Pero actuaron rápidamente, estabilizándolo y preparándolo para una cirugía de emergencia. Las perforaciones intestinales eran múltiples, y la infección ya se estaba propagando. La cirugía fue larga y complicada, pero lograron detener la hemorragia y reparar el daño.

Una vez que Benicio estuvo estabilizado, el equipo ortopédico se encargó de sus rodillas fracturadas, alineando los huesos y fijándolos con tornillos y placas. Durante los meses siguientes, Benicio permaneció en un coma inducido, mientras su cuerpo luchaba por recuperarse del trauma severo. Arturo y su hermano estuvieron a su lado todo el tiempo, asegurándose de que recibiera el mejor cuidado posible. Ninguno de los dos era capaz de comprender lo que había sucedido. Mucho menos luego de que Alfredo averiguara sobre la identidad y profesión del joven. Era todo tan monstruoso.

Cuando Benicio se despertó cada movimiento le resultaba doloroso. Se sentía desorientado y débil. Las últimas cosas que recordaba eran el dolor insoportable en sus rodillas y luego la oscuridad. Arturo había sido notificado por las enfermeras y estaba a su lado, con una expresión mezcla de alivio y preocupación. 

Había esperado mucho por conocer a ese muchacho. Benicio observó la habitación. Tenía tantos interrogantes en su mente, que no sabía por dónde comenzar. ¿Dónde estaba?, ¿Qué hora era?, ¿Había pasado la noche en un hospital?, ¿Quién lo había llevado?, ¿Habían agarrado a los atacantes? Arturo se acercó a él y sonrió con ternura. Benicio lo miró en silencio pero esa mirada parecía preguntarle todo a la vez.

—Hola Benicio. Soy el Dr. Arturo Carrasco. Estás en la clínica Carrasco. ¿Cómo te sientes? —Arturo usaba un tono suave. 

—¿Puedo tomar un poco de agua? Tengo sed— murmuró Benicio, su voz era apenas un susurro. 

—Claro. 

El médico le indicó a la enfermera que lo asistiera. Benicio se movía con dolor

—¿Recuerdas lo que pasó? —Benicio miró al médico avergonzado. 

Asintió en silencio y cerró los ojos

—Fuiste… asaltado —dijo Arturo.

—No Doc. No me asaltaron. Yo fui atacado por ser homosexual —. Balbuceó. 

Arturo comprendió algunas cosas. La brutalidad que había padecido ese joven solo era consecuencia de la homofobia que imperaba en la zona.

—Fui al bar, ese que está frente al parque. Conocí a alguien y cuando salimos nos interceptaron. Era un grupo de chicos… cinco creo.

—Dime tu nombre completo, tu edad, qué día es y dónde estás.

—Benicio Daniel Torres, tengo 29 años, yo me gradué ayer a la mañana, 9 de diciembre, y salí anoche a celebrar. Hoy es 10 de diciembre. Y según dijo usted recién, estoy en la clínica Carrasco. A propósito, ¿cómo llegué aquí?

—Es la institución más cercana al parque. A solo dos calles. Tu estado era muy grave cuando llegaste. 

—¿Voy a poder caminar? —preguntó el muchacho

—Claro que sí —dijo el médico, convencido de que haría todo lo posible por lograr que ese joven deje la clínica cuanto antes.

Arturo recordó, con la misma tristeza que experimentó en aquel momento, cuando le explicó con delicadeza todo lo que había sucedido. El brutal ataque del que había sido víctima, las múltiples cirugías, y los seis meses en coma. 

Al principio, Benicio se sintió abrumado por la información. Su mente trataba de procesar lo inimaginable. Las imágenes del ataque volvieron a su mente, mezcladas con el dolor y la humillación. Sentía su corazón latir con fuerza, su respiración se aceleraba. Intentó concentrarse en las palabras de Arturo, pero su mente seguía divagando entre la incredulidad y el miedo. "¿Pro... prótesis en las rodillas?", había balbuceado. 

Benicio miró al techo, tratando de contener las lágrimas. “Seis meses”, pensó. Se sentía vulnerable y expuesto. Sabía que su vida había cambiado para siempre y que tendría que encontrar la manera de seguir adelante, aunque el camino fuera incierto. Cada palabra del médico resonaba en su mente, dejándolo con una sensación de pérdida y vacío. 

Arturo recordó que no había podido evitar abrazarlo cuando lo vio quebrarse. Recordó sentir que abrazaba una cáscara, una cáscara de algo que alguna vez había sido un joven talentoso y exitoso en el mundo de las finanzas. Una cáscara que además de todo, estaba rota.

Todo eso volvía a su mente mientras veía a Benicio dormido de nuevo en la cama como en aquellos días. 

Luego de despertar, las semanas siguientes habían sido para él una batalla constante. Entre las sesiones de fisioterapia y los dolores, ese chico se iba enfrentando a sus propios demonios. Sin embargo, cada día que pasaba, con cada pequeño progreso, encontraba una pequeña luz de esperanza. Caminaba con muletas al principio, pero poco a poco, empezó a moverse con más confianza. Aunque el camino fue largo, Benicio siempre estuvo decidido a recuperar su vida, a dar lo mejor de sí. Aunque las cicatrices físicas y emocionales eran profundas, sabía que no estaba solo en su lucha. Alfredo y Arturo le habían dado una familia, un futuro, y estaban a su lado, apoyándolo en cada paso del camino, dándole las fuerzas necesarias para dejar el pasado atrás.

Y sin embargo, ahí estaba ahora, aplastado de nuevo por un pasado brutal y enfermizo que estaba amenazando con quitarle todo lo que había conseguido. Arturo sabía que en cuanto Sebastián supiera lo que había ocurrido, todo terminaría. Alfredo enviaría a Benicio muy lejos y Sebastián no querría saber nada de él. Después de todo, pensó el médico asiéndose de un delgado hilo de entusiasmo, si decirle la verdad a Sebastián lo separaba de Benicio, tal vez su hermano no se molestaría con él.


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Sebastián abrió los ojos lentamente, parpadeando varias veces mientras trataba de enfocar su entorno. Todo parecía borroso. Estaba oscuro “¿Dónde estoy?” pensó, mientras intentaba recordar los eventos recientes. 

—¡Mierda! —dijo al recordar el peso de Benicio en sus brazos— ¡Beni!

Se sentó en la cama y poco a poco sus ojos ajustaron su sensibilidad para ver mejor. Su mente estaba nublada y le costó reconocer dónde estaba. Finalmente se dio cuenta que estaba en su cuarto, en la Mansión. Pero ya era de noche. Su corazón comenzó a latir abruptamente. Intentó ponerse de pie, pero se sentía débil y mareado, como si su cuerpo no respondiera adecuadamente. 

Se volvió a sentar y tomó su cabeza. Respiró profundo. Tenía que saber de Benicio. Intentó levantarse nuevamente, sus movimientos eran lentos y torpes. Un dolor de cabeza punzante le hizo llevar una mano a la frente, mientras notaba la sequedad en su boca. 

—¿Qué mierda es esto? —murmuró.

Su voz era apenas un susurro. La confusión y el miedo se apoderaron de él. ¿Por qué se sentía así? ¿Qué había pasado con Benicio? Se sintió de pronto emocionalmente frágil, al borde de las lágrimas. Pero como tantas otras veces, no lloraba. Mientras caminaba por el pasillo su visión y su pensamiento se iban aclarando. Pero aún seguía sin poder recordar cómo llegó ahí.

Entró, algo tambaleante, en el estudio de su padre. Sentía que su cabeza le pesaba y le dolía. Se fue directo a la jarra con agua y se sirvió casi con desesperación. Alfredo al verlo se acercó a él 

—¿Cómo te sientes? —preguntó preocupado, Arturo le había recomendado dejarlo dormir. 

Sebastián no sabía cómo responder. Además del malestar físico y mental que tenía, estaba muy enojado. Necesitaba saber de Benicio pero tenía miedo de preguntar y que estuviera muerto. Miró a su padre con una mezcla de miedo, ansiedad y tristeza. 

—Estoy confundido —dijo intentando evitar una confrontación que se le hacía inevitable—. ¿Cómo llegué aquí?

—Yo te traje —respondió Alfredo extendiendo su mano hacia Sebastián. La apoyó apenas en su hombro y lo condujo al sofá.

—¿Qué me diste? —preguntó el muchacho al sentarse.

—Nada. Sólo un poco de agua, antes de que te duermas. Tu amigo puso algo en tu bebida. Lo vi por la cámara de la cafetería. 

Sebastián bajó la mirada. 

Sí, definitivamente estaba enfurecido. Era la segunda vez que no se le permitía cumplir con Benicio. Él debía estar a su lado en este momento, tal y como Benicio había estado con él en sus momentos más miserables. Con las emociones desatadas en el centro de su pecho, quería preguntar, pero las palabras eran arrasadas por el miedo, la furia y la tristeza.

—¿Benicio? —preguntó finalmente con un nudo en la garganta. 

Alfredo estaba sumido en su propio pantano emocional, también. Preocupado por la salud de Benicio y a la vez por esas intenciones que su hijo estaba manifestando. Pero así como estaban las cosas, estaba tranquilo. Tenía todo bajo control. 

—Internado. Tuvo un infarto. —Sebastián exhaló aliviado. 

Una mueca que aún si no se veía como tal, era en efecto una sonrisa, se colgó en su rostro por unos instantes. Alfredo no fue ajeno a ello. Sebastián se puso de pie.

—Iré a verlo —dijo despidiéndose de su padre.

—No —dijo Alfredo

Y si, era lo esperado. Su padre tenía que pisotear su voluntad, su deseo, sus necesidades. Sebastián volteó hacia el viejo, en silencio.

—Está muy delicado. Arturo tuvo que sedarlo y dijo que seguirá así por lo menos hasta mañana o pasado. Sus signos vitales están muy mal y no se descarta que pueda haber un nuevo incidente —agregó Alfredo.

—Con más razón, debo estar con él —. Sebastián se dirigió a la puerta

—¡He dicho que no! —gritó Alfredo.

—Y ¿quién eres tú para decirme qué hacer? ¿Acaso crees que sigo siendo un niño? —gritó Sebastián.

—Soy tu padre, me debes respeto y obediencia. 

—¡Yo a tí no te debo nada! Yo no te pedí nacer… Yo no pedí venir a este mundo de mierda. Tú lo decidiste, y si no soy lo que esperabas que fuera, pues… ¡te aguantas!

Alfredo se puso de pie y caminó lentamente hacia su hijo. Lo miró fríamente, odiando con cada fibra de su ser el tono y la postura de su hijo. Que se rebelara era una muestra de poder, de capacidad de liderar. Pero que lo hiciera con él, rebelarse ante Alfredo Carrasco no era saludable. 

—Escúchame muy bien, jovencito… —dijo Alfredo acercándose a su hijo, con ese tono devastadoramente aterrador. 

—¡No! —interrumpió Sebastián y puso su dedo índice en el pecho de Alfredo— Escúchame tú a mí. Ese hombre ha estado a mi lado en tu lugar. Ha sido mi apoyo y me ha sacado de la mierda en que caía una y otra vez. 

—¡Le pagué por ello, no seas imbécil! —gritó Alfredo alejándose— ¿Acaso crees que es por puro altruismo? ¿Cariño? ¡Por favor! ¡No me hagas reír! —dijo burlón— Desde el maldito día en que tu tío me habló de ese chico todo débil y mal nutrido que había sido atacado, he pagado día tras día… operaciones, tratamientos, químicos, fisioterapia, prótesis… ¡Todo! —gritó.

Sebastián miró a su padre con tristeza. Le dolían las palabras, los gritos, pero más le dolía el pensar que estaba perdiendo tiempo con ese hombre tan desagradable y nocivo para él. Ya no quería seguir escuchando. Sabía muy bien cómo eran las cosas. Benicio no había cuidado de él por dinero… lo había hecho por… ¿cariño? Esa era una palabra tan extraña. ¿Qué era el cariño? ¿Cómo se veía? ¿Cómo se sentía?

—No puedes pretender que luego de más de diez años de estar juntos todo el tiempo, no me sienta en la necesidad de estar a su lado en este momento.

Alfredo se acercó a su hijo de manera amenazante.

—Si nunca hubiera sabido que te lo quieres coger, probablemente no tendría problema con eso. 

Sebastián se hizo hacia atrás. Su padre hablaba apretando los dientes. Podía notar lo enojado que estaba

—Pero fíjate que no se me antoja permitir esa asquerosidad. 

—Voy a la clínica. Dijiste que está internado.

—No tienes permitido dejar la Mansión. Sólo lo harás mañana para ir a la oficina y lo harás conmigo. Y no se te ocurra volver a tocar este tema.

—¡Pero, papá!

—Ya he terminado. Y agradece —dijo nuevamente inclinándose hacia Sebastián con esa mirada gélida y amenazante— que te permito conservar el celular, para que te mantengas en contacto con tu tío. Pero una más, Sebastián, una sola… y también te lo retiro. Y ahora lárgate de aquí y ve a bañarte que apestas.

Sebastián salió del despacho de su padre ofuscado y decidido.  Intentó salir de la casa y no pudo hacerlo. Todas las puertas estaban con llave y las ventanas con rejas. Subió a su cuarto desesperado. Su ventana y la de sus padres no tenían reja ya que tenían un balcón amplio. Tomó las llaves y su celular. Abrió la ventana del balcón y salió rápidamente. Se asomó por la baranda. Miró hacia abajo “No sería la primera vez” pensó. Comenzó a hacer a un lado las ramas del árbol y pasó su pierna por encima de la baranda del balcón, pero cuando estaba a punto de lanzarse hacia abajo observó que el árbol tenía una rama que atravesaba el muro perimetral de la Mansión. Estirando la pierna podía alcanzar la rama principal que estaba cerca del balcón y luego encaramado a ella podría desplazarse hacia la otra que cruzaba por encima de la pared y así estaría afuera enseguida. 

No pensó en el peligro, en la altura, o en el esfuerzo que estaba haciendo. No pensó en la posibilidad de que la rama en la que estaba sosteniéndose se quebrara, ni en que su padre pudiera descubrirlo y detenerlo antes de llegar a la calle. No pensó en nada. Solo en llegar a la clínica antes que Benicio despierte.

Apenas le faltaba medio metro para alcanzar el muro y sus piernas temblaban. Esas malditas drogas que le habían dado quizás estaban afectando su rendimiento. Se esforzó un poco más hasta que por fin pudo ver la vereda. Intentó asirse y acercarse lo más al piso posible pero sus manos no lo sostuvieron por mucho tiempo y se desplomó. 

—¡Sí! —dijo emocionado. 

No importaba nada. Ya estaba afuera. Se levantó lentamente. Seguro se había torcido el tobillo al caer. Los primeros pasos le hicieron ver estrellas. Caminó lento hasta la avenida y paró un taxi.


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Arturo salía del consultorio. Su turno había terminado y se iba a su casa. Pero algo lo detuvo. Sebastián caminaba con dificultad hacia la habitación de Benicio. Arturo fue tras él. En su mente iba ensayando las palabras, buscando la mejor manera de decir las cosas. Intentando imaginar las posibles reacciones del muchacho. Cuando llegó a la habitación Sebastián estaba aferrado a los pies de la cama. Su cuerpo temblaba ligeramente y sus manos apretaban el metal del bastidor con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Arturo observó que se recargaba pesadamente, la lucha interna de Sebastián era evidente.

—Lamento haber llegado tan tarde —murmuró Sebastián con la voz algo quebrada —. Tuve una complicación. 

Benicio dormía. Estaba conectado a un aparato, tenía cables en su pecho. Pero aún así, se veía plácidamente dormido. Nunca había visto a Benicio en esa situación. Se veía vulnerable y eso por un instante le hizo temblar las piernas. No era el dolor físico. Ni el cansancio. Era el miedo. “¿Cómo sería su vida sin Benicio en ella?”

Arturo ingresó en la habitación era pequeña, apenas para dos camas, pero solo estaba la de Benicio. Apoyó una mano en el hombro de su sobrino, y habló en voz baja.

—No te escucha. Está sedado. 

Sebastián no dijo nada.

—Seba, ¿qué haces aquí? Me dijo tu padre que estuviste durmiendo todo el día.

—Me escapé —, respondió Sebastián sin voltear a mirar a su tío. Arturo estaba consternado—. ¿Cómo está?

—Delicado. Tuvo un infarto agudo de miocardio, lo que comúnmente llamamos un ataque al corazón —. Sebastián se estremeció. 

—¿Por qué le pasó esto? Ni siquiera es tan viejo… 

Arturo sonrió entristecido

—Las emociones fuertes y el estrés extremo contribuyen a desencadenar en un infarto. Por eso es crucial que ahora descanse y reciba el tratamiento necesario para recuperarse. Le hemos administrado medicamentos para estabilizar su corazón y lo hemos sedado para reducir el estrés en su cuerpo.

—Estaba bien, tío. 

Sebastián volteó hacia el médico.

—¿Crees que papá tuvo que ver? —Arturo suspiró con resignación. 

—Ven conmigo.

—No. Quiero quedarme con él.

—No va a despertar ahora, Sesé. Ven conmigo, tengo que hablar de algo muy serio contigo. 

Ya en su consultorio,  Arturo dejó las cosas en una de las sillas y le indicó a su sobrino que se sentara en la camilla. Sebastián algo molesto obedeció y se dejó auscultar. El médico le pidió que se quitara el calzado y al ver el pie hinchado y morado le preguntó cómo se lo había hecho. Sebastián le relató cómo salió de la casa y por qué lo hizo de esa manera. 

Arturo estaba indignado, Alfredo siempre escogía la peor manera de hacer las cosas. Con cuidado, Arturo palpó el tobillo y movió ligeramente el pie de Sebastián para evaluar la gravedad del esguince. Luego, fue por unas vendas elásticas e inmovilizó el tobillo, explicándole que debía mantenerlo elevado y aplicar hielo para reducir la hinchazón.

Una vez que atendió a Sebastián, y ya más tranquilo se apoyó en el escritorio. Miró al muchacho y volvió a suspirar.

—Seba, tu padre no tuvo que ver con lo que le pasó a Benicio. Lo que sucedió fue que Benicio reconoció en ese muchacho que le presentaste a su agresor de hace años. 

—¿El que le rompió las piernas? —Arturo asintió—. Tío, eso no tiene sentido. Ramiro no haría eso —el médico estaba algo incómodo. 

—Te voy a pedir dos cosas. Una, que no lo defiendas. Te drogó esta mañana y si tu padre no te hubiera llevado a la casa, probablemente estarías en el cuarto de al lado de Benicio con algún objeto contundente dentro de tu cuerpo. 

Sebastián gesticuló una sonrisa incrédula

—Y la segunda cosa es que no me interrumpas porque lo que tengo que decirte, Seba, es durísimo. 

Arturo se tomó el entrecejo.

—Es que no lo entiendo, Tio. ¿Por qué Ramiro haría algo así?

—Homofobia. 

La expresión en el rostro de Sebastián dejaba muy claro su falta de entendimiento. Arturo suspiró nuevamente

—La noche en que fue atacado, Benicio salió del bar gay, que está frente al parque. Tu amigo estaba con un grupo de chicos y lo interceptaron. Luego de molestarlo y ensuciarlo con basura y otras cosas, ese chico tomó una escoba de esas se usan para barrer las calles y lo golpeó en las rodillas. 

Sebastián llevó su mano a la boca. 

Estaba totalmente desubicado. Recordaba que él y los chicos solían ir los viernes y sábados al parque solo para apedrear y molestar a los hombres que salieran de ese bar. Reconocido y repudiado en todo el barrio, por ser un bar exclusivo para homosexuales, era frecuente que en los alrededores se suscitaran ese tipo de incidentes, los vecinos buscaban que cerraran el local, de una vez por todas.

—Benicio recuerda su voz, y su rostro. Lo reconoció Seba. Incluso, lo había  reconocido en Manuel, cuando lo trajeron hace unas semanas. Pero claro, ¡qué íbamos nosotros a creer que era posible!

—¿Qué tiene que ver Manuel?

—Le hizo lo mismo. Luego de drogarlo y dejarlo inconsciente, le introdujo la botella en su cuerpo. 

—Sigo sin entender la similitud que haces. ¿En qué se parecen ambas situaciones?

—Homofobia Sebastián. ¿Qué, no lo ves? Benicio es homosexual, y ese tipo lo vio saliendo del bar ese. Y respecto de Manuel, tú mismo me dijiste que él te había hablado del sexo entre hombres, no es extraño que ese tipo también lo supiera. 

—¿Beni es… homosexual? —Sebastián estaba atónito. 

Sentía que el suelo se desmoronaba bajo sus pies. Su mente se llenó de preguntas y confusión. Arturo asintió en silencio. Sebastián se bajó con dificultad de la camilla y se dejó caer en una silla cercana, su mente giraba. ¿Cómo no lo había notado antes?, ¿Por qué Benicio nunca se lo había dicho?

Sentía una mezcla de emociones: sorpresa, incredulidad, y una punzada de dolor. 

Recordó todas las veces que Benicio había estado a su lado, cuando él expresaba su profundo desagrado e intolerancia. La voz de Benicio golpeó su mente “toda tu vida has insultado, humillado y atacado homosexuales y ahora quieres ser uno de ellos”.

—Seba, Benicio me pidió que te dijera esto, porque teme que tú seas el siguiente. Y si bien en un primer momento me pareció que era algo derivado del trauma que él vivió, conociendo los sucesos de hoy, me inclino a pensar que tiene razón.

—¿Por qué me entero ahora? ¿Por qué yo no sabía esto?

—¿Qué piensas y haces tú respecto a los homosexuales? 

Sebastián no respondió

—Tu padre quería que te acercaras a Benicio y que aprendieras de él. 

—¿Papá lo sabe? —preguntó con sorpresa al saber que su padre lo había puesto cerca de un homosexual, con lo mucho que condenaba ese tipo de prácticas.

—Claro que sí. Tu padre le prohibió decirte. Fue su condición para dejarlo  trabajar contigo. 

Sebastián sonrió. ¿Por qué no le sorprendía que su padre estuviera involucrado? 

—Es que… no lo puedo creer —exclamó azorado.

—Yo tampoco podía creerlo cuando vi que lo bajaron de la ambulancia. Encima, yo ya estaba algo impactado porque menos de una hora antes llegaste tú, intoxicado con no sé qué porquería que te habías metido.

—Aguarda. ¿Yo estaba aquí?

—Si, llamé a tu padre, me dijo que aún estaba en la fiesta de fin de curso. Pero no sabía que tú te habías ido con Manuel. Tus padres vinieron enseguida. Y no pude no contarles lo de Benicio. Aún estaba en quirófano. Casi toda la noche duró la operación. 

—De las rodillas… —murmuró Sebastián asintiendo.

—Del intestino. —Sebastián alzó la vista— Seba, esa noche a él le introdujeron unos 30 cm del palo de esa escoba que mencioné antes. Cuando llegó tenía una hemorragia interna que casi no logramos detener. 

—No puede ser… —exclamó Sebastián impresionado. Se quiso levantar pero su pie le dolía. Su tío lo sostuvo e intentó calmarlo.

—Tranquilo, Sesé. Solo te estoy diciendo esto para que entiendas por qué ese tipo es muy peligroso, y si tú no… 

—Yo estuve ahí… —interrumpió Sebastián. 

Alzó la mirada totalmente conmocionada y tomó la camisa de su tío con fuerza. Lo miró con desesperación

—Salimos del salón y nos fuimos por ahí, al final dije que fuéramos a molestar… maricas… 

Sebastián casi no podía decir las palabras. Parecía que se desarmaban en su boca

—Salieron dos tipos y los rodeamos. ¡Dios… tío!

Arturo miró a su sobrino. Estaba sobrecogido por lo que estaba escuchando, no daba crédito… “¿Sebastián fue parte de esa monstruosidad?” Se hizo hacia atrás y miró al muchacho con desprecio. 

—Tío, no era la primera vez, pero nunca jamás lastimamos a nadie. Y mucho menos de esa manera. Yo jamás lo hubiera permitido. 

Arturo permaneció en silencio. Tenía mucho que pensar. Los recuerdos de aquel momento le resultaban muy intensos, y solo pensar que el odio que su hermano había inculcado a su hijo habría podido derivar en algo tan despreciable, lo indignaba terriblemente. Tomó sus cosas y se encaminó a la puerta. 

—¿A dónde vas? —preguntó Sebastián. La mirada de Arturo y su silencio le habían resultado terriblemente dolorosos. 

—A mi casa. Con mi familia. Yo ya le cumplí a Benicio. Me pidió que te alertara y lo hice. Ya sabes todo. Mañana me tocará arreglármelas con tu padre. Pero por hoy quiero terminar el día de una vez. Estoy harto de esta mierda.

—Jamás imaginé que era él.

—¡Eso no importa, Sebastián! —dijo en voz alta, volteando de pronto y mirándolo a los ojos— Quién era no importa. Tú puedes no gustar de estar con un hombre —Arturo estaba enojado y su voz, que se iba intensificando, lo dejaba muy claro— Pero de ninguna manera puedes humillar o torturar a alguien que ama de una forma diferente. 

Sebastián estaba aturdido. “¿Benicio amaba a otro hombre?”. De pronto sintió náuseas. Se levantó para ir al baño, pero casi cae de dolor. Su tío lo acompañó. En silencio. Enojado. Profundamente decepcionado.

Unos minutos después. Le pidió a Sebastián que regrese a su casa. Pero él no aceptó y decidió quedarse junto a Benicio. 

Arturo no insistió más y se fue. Antes de salir, mandó poner un sofá en la habitación de Benicio, y  se marchó exhausto a su casa.


•• <<────≪•◦⚜◦•≫────>> ••


Su celular sonó en el auto. En la pantalla estaba ese nombre. Arturo supo que su día aún no terminaba.

—Dime —dijo al responder la llamada.

—¿Está contigo? —preguntó Alfredo muy molesto.

—No. Yo estoy llegando a casa. Se quedó en la clínica. 

—¡Te dije que no lo quería allí! —gritó Alfredo exaltado golpeando su escritorio

—Lo encerraste, otra vez. 

—¿Cómo esperas que lo detenga?

—Es que tú no entiendes… No lo puedes detener. 

—Claro que puedo. He sido demasiado flexible con él. Pero eso ya no será así. Lo he dejado llegar muy lejos, y es hora de hacer que regrese al camino correcto.

—Alfredo, ¿de qué hablas?

—Hablo de que está en la clínica. Cuidando a un tipo que no tiene nada que ver con él. Mientras que cuando su madre estuvo internada, no fue a verla con la excusa de que no le gustaba estar en hospitales. 

—Tenía quince años. Era un mocoso. 

—No había entrado aún la porquería en su vida —dijo Alfredo

Hizo silencio unos segundos y continuó.

—Nunca debí de meter a un tipo como Benicio en mi casa. Ese fue mi error y lo pagaré con creces.

—No culpes a Benicio. Solo piensa en lo que hubiera sido de tu hijo si no hubiera estado con él en estos últimos años. 

—Pues ya hizo suficiente. Es hora de que siga su camino y deje a mi hijo en paz.

—Fredi… estás equivocando el rumbo. 

—No lo quiero cerca de Sebastián. ¿que no lo entiendes?

—El que no entiende eres tú. Benicio es importante para Sebastián. En este momento, es su único amigo.

—Tendrá que conseguir otros más “normales”.

—No puedes decidir eso. Sebastián ya no es un niño y no puedes encerrarlo, castigarlo, aislarlo… ¡No entiendo cómo puedes hacer eso con tu hijo! ¡Casi se rompe un pie al escapar!

—Pues… yo no hice nada. No lo metí en un calabozo. En casa tiene todo. Si se lastimó, se hizo daño por sí mismo. 

—Es evidente que no puedes darle todo. Por lo menos no todo lo que él quiere o necesita. 

—¡Me importa una mierda lo que él piensa que necesita! 

Alfredo estaba molesto, su tono de voz dejaba escapar la impotencia que sentía por no poder controlar a su hijo

—No quiero verlo metido en esa inmundicia en la que quiere caer. Sólo de pensarlo se me revuelven las tripas.

—Eso no te compete. Tienes que aceptar de una vez por todas, que ya no puedes decidir sobre la vida de Sebastián.

—¡Claro que sí! —dijo con seguridad—. Primero pondré distancia entre ellos. Y si Sebastián insiste en su rebeldía, hablaré con Hipólito Aguilar para que lo recluya un tiempo en su clínica.

—¿Aguilar? Ese hombre tiene numerosas denuncias por mala praxis y faltas a la ética profesional. No puedes estar hablando en serio —dijo Arturo, estacionando en el garaje de su casa. 

—Ya verás si hablo en serio o no. Tengo que hacer algo antes de que sea demasiado tarde. He hablado con él hace un par de días y me dijo que no había problema.

—Pues, vas a tener que prepararte, Sebastián ya sabe todo. 

—¿Le dijiste? —preguntó incrédulo Alfredo.

—Sí. Benicio me pidió que le dijera todo —respondió Arturo con calma

—Y yo te pedí que no le digas nada. 

—Sí, lo sé. Pero yo evalué los riesgos. Alfredo —dijo Arturo con seriedad—, Creo que Benicio tiene razón y ese loco va tras Sebastián. 

Alfredo bufó, y Arturo continuó

—Mira, si no me hubieras dicho que volvió a drogarlo esta mañana, probablemente no le hubiera dicho nada. Pero en verdad me parece que ese muchacho es peligroso, no solo porque es un degenerado, sino porque es intocable. 

—Pero entonces, ¿sí fue el hijo del juez el que atacó a Benicio y a Manuel?

—Si, y fue también el que drogó a Sebastián tres veces —agregó Arturo. Alfredo suspiró.

—Pondré a alguien detrás de Sebastián. Día y noche.

—Me parece bien. Yo le advertí pero aún está todo muy confuso para él. Y ¿quieres saber más? Sebastián estuvo en el ataque a Benicio.

—¡Pero qué mierda estás diciendo! 

—El mismo Sebastián me lo dijo. Esa noche estaban todos alcoholizados y drogados, “molestando maricas” en el parque, frente al bar. 

—¡Maldita sea! —exclamó el viejo Carrasco —. Si Benicio levanta cargos, implicarán a Sebastián. 

—No creo que lo haga. Además, nadie tomaría un caso así, es el hijo del juez, y encima ese loco bastardo ahora es un abogado reconocido precisamente por lo hábil que es. Además, el pedirme que le diga todo a Seba ya fue demasiado humillante para él, levantar cargos solo traerá más humillación.

Ambos oyeron respirar al otro en silencio.

—¿Cómo está? —preguntó Alfredo. 

—¿Quién?

—¡Los dos! ¡Maldita sea, Arturo! —Alfredo gritoneó molesto

—Benicio sigue sedado. Sebastián se quedará esta noche allí. Me dijo que en la mañana irá a trabajar, así que no lo perturbes más Fredi. Ese chico está casi al límite. Y además, sabiendo la verdad, no creo que siga pensando locuras.

Alfredo permaneció en silencio. Arturo no.

—Si insistes en poner a Seba en manos de Aguilar, los voy a denunciar. A tí y a él.

—Ya veré qué hago. —dijo Alfredo y cortó. 

Arturo entró en su casa.


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—Sebastián… 

El enfermero se acercó un poco más y apoyó su mano en el hombro del muchacho que dormía con su pie vendado apoyado en un almohadón

—Sebastián —insistió en voz baja.

Finalmente al abrir los ojos vio que un joven le sonreía. 

—Buenos días. Soy el enfermero de la noche—. Sebastián aún algo confundido se incorporó y miró a Benicio

—¿Qué pasó? ¿Él está bien? —el muchacho sonrió y se acuclilló frente al sofá.

—Si, tranquilo, estoy aquí porque me indicaron revisar tu pie antes del cambio de turno. Voy a cambiar el vendaje y a revisar como está. ¿De acuerdo? —Sebastián asintió en silencio. 

El enfermero tomó el pie de Sebastián y comenzó a quitar las vendas elásticas cuidadosamente y revisar el estado del tobillo, observando cualquier signo de hinchazón adicional, hematomas o anomalías en la piel. 

Le pidió que mueva ligeramente el pie hacia arriba, abajo, y hacia los lados para evaluar su rango de movimiento. Le preguntó sobre el nivel de dolor que siente al hacer estos movimientos, para asegurarse de que no hay un dolor excesivo que indique una lesión más grave. Sebastián se quejaba pero no le puso demasiada importancia, dijo que estaba bien. Y continuaba mirando a Benicio. 

—¿Cuándo va a despertar?

—Cuando dejemos de sedarlo —respondió el joven.

Volvió a vendar el tobillo con vendas elásticas, asegurándose de que no esté demasiado apretado.

Sebastián miró la hora.

—¿Te vas ahora? —le preguntó.

—Sí, en quince minutos cambia el turno. Sé que también tienes que irte.

—Sí —. Sebastián estaba perdido en sus pensamientos.

—Te colocaré una férula. Seguro vas a poder movilizarte mejor. 

Sebastián asintió. Pero su mirada seguía en Benicio. “¿Cómo le digo?”, “¿Cómo es posible?”, “¿Cómo fue que nunca me di cuenta?”, “¿Por qué nunca me dijo?” “¿Cómo serían las cosas ahora?”. Un interrogante tras otro agolpándose en su mente y aturdiéndolo. Pero lo que más lo perturbaba era una sola cosa ¿Por qué lo había rechazado?

—Él estará bien. 

El enfermero vio la inquietud de Sebastián e intentó darle algo de calma.

—Necesito hablar con él —respondió pensativo. 

—Hay que tener paciencia. Piensa que su corazón se rompió —. Sebastián sintió un escalofrío—. Ahora tiene que sanar. Necesita tiempo. 

Sebastián se puso de pie afirmándose en el muchacho y se acercó lentamente a la cama.

—¿Es verdad que puede… volver… a pasar? —balbuceó, imaginando la reacción de Benicio cuando le diga que había sido el instigador de aquel acecho y responsable de lo que sucedió. 

Sentía que su sangre se enfriaba lentamente.

—Sí, los días siguientes son críticos, hay que mantenerlo estabilizado. Su presión arterial es muy alta, por eso está sedado. Precisamente para prevenir cualquier tipo de complicación.

—Él está así por mi culpa —murmuró Sebastián. 

El joven puso una mano en el hombro de Sebastián.

—Mírame —. Sebastián se volvió hacia el enfermero —. Tú no le causaste un infarto. Tú puedes hacer algo que puede molestar, asustar, entristecer o poner incluso, enormemente feliz a otra persona, pero este tipo de reacciones dependen de las condiciones físicas de esa otra persona. 

Sebastián volvió a mirar a Benicio. No recordaba haberlo visto dormir. Claro que luego de tantos años durmiendo en su casa, era imposible que no lo hubiera visto dormir. Simplemente nunca había reparado en ello. Su rostro se veía diferente. Contuvo en su puño el impulso de tocarlo.

—Yo soy un problema para él.

Por un momento sintió la voz de su padre en su cabeza diciéndole esas palabras. El enfermero sonrió.

—No hace mucho, haciendo mi recorrida, lo vi a él lamentándose de no haber hecho lo suficiente para evitar que tú estuvieras en esa cama.

—¿Fuiste mi enfermero? —El joven asintió sonriendo con simpatía.

—¿Cómo te llamas? —preguntó mirando a Benicio.

—Salvador —respondió el joven. Sebastián volteó el rostro y lo miró. 

—¡Vaya nombre! Justo para un enfermero —dijo. El muchacho sonrió

—Escucha. No te enfoques en lo que pasó. No hay forma de cambiar lo sucedido. Lo mejor que puedes hacer es pensar qué vas a hacer de aquí en adelante. Y quiero que tengas presente que siempre puedes acercarte al equipo de psicólogos que está en el segundo piso. 

Sebastián sonrió.

—No estoy loco.

—Lo sé —respondió el muchacho condescendiente.

Sonrió mientras tomaba del carro que había traído, unos elementos

—Pero cuando tengas una situación que no sabes cómo solucionar, ellos te pueden ayudar a pensar las cosas de otra manera. Están todo el día. 24/7. Vengas a la hora que vengas encontrarás a alguien del equipo.

Sebastián permaneció unos minutos en silencio. Tenía tanto ruido en su mente que le costaba diferenciar si era interno o externo a él. Sólo sentía la necesidad de no decir nada. Tomó su billetera y las llaves y caminó lentamente hacia la puerta. Se detuvo cuando oyó hablar al enfermero. 

—Bueno, grandote… voy a ponerte bonito —dijo en voz baja con ternura mientras descubría a Benicio.

Sebastián no había imaginado que alguien como ese hombre podría llegar a estar en semejante estado de vulnerabilidad. Y no sabía que algo como eso, podría dolerle tanto. Esa presión en su pecho, que se había instalado el día anterior, se incrementaba poco a poco. Salió en silencio y se dirigió a su casa. Era la casa de Benicio. Pero al entrar allí, se sentía en casa. El olor, el color, el tamaño, ¿la forma quizás? Algo de ese departamento, lo hacía realmente acogedor para él. 

Cuando entró en la habitación y vio la cama, no pudo escapar de todas sus dudas. “Alguien que ama de una forma diferente” había dicho su tío. Se sentía tan incómodo con esas palabras. “¿Acaso por eso me rechazó?” “¿Benicio ama a alguien más?”, “¿Habría dormido alguien más en esa cama?” La sola idea le daba náuseas, lo llenaba de ira.  

Se metió bajo la ducha y luego de varios minutos de dejar el agua corriendo sobre su cuerpo, respiró profundamente y se fue a trabajar. 


•• <<────≪•◦⚜◦•≫────>> ••


Su padre lo llamó varias veces pero él no acudió. Continuó en el galpón atendiendo un inconveniente que había surgido y estaban reparando. Pero la terquedad de Sebastián no era algo adquirido en el tiempo, era heredada. El viejo Carrasco no iba a permitir que se marchara sin hablar con él y decirle unas cuantas cosas. 

Bastó que el entrara al galpón para que todos los empleados comenzaran a alborotarse. Caminó hacia el fondo y vio a su hijo sentado en una tarima. Estaba rodeado de algunos empleados dando instrucciones a los que reconstruían unas estanterías que se habían venido abajo. 

Alfredo estaba en silencio. Había música. El ambiente era bueno, había risas y la gente se veía muy cómoda. Sebastián se puso de pie y dos jóvenes lo sostuvieron para que pudiera llegar hacia el andamio. 

Las estanterías iban de pared a pared y del piso al techo, eran las que se usaban para colocar los paquetes que se retiraban día a día, mientras se los programaba en los diferentes recorridos. Uno de los empleados colocó un casco en la cabeza de Sebastián antes que se acerque a la zona en la que estaban trabajando. 

Sebastián dio las instrucciones y luego regresó a la tarima donde tenía los papeles que estaba revisando. Vio a su padre. Bajó la vista, y sin decir nada, tomó los papeles y caminó hacia la oficina pequeña que había acondicionado para él. Alfredo lo siguió. 

—¿Qué haces aquí? —preguntó claramente molesto el joven.

—No me informaron de la remodelación —dijo su padre sorprendido.

—Fue involuntaria. La estantería se desplomó anoche. 

Sebastián se sentó en su silla intentando no poner en evidencia el dolor en su pie. Pero su padre notó que había mucho más que eso en la expresión de su hijo.

—Te he estado llamando, necesito hablar contigo.

—Sé breve, tengo que salir —dijo contundente.

No podía evitar, al ver a ese hombre, sentir frustración, enojo, miedo. Odiaba sentirse tan cobarde. Tan impotente. No quería permanecer frente a él más de lo estrictamente necesario.

—¿A la clínica? —Sebastián alzó la vista hacia su padre.

—Con Didí, tengo un evento en la Biblioteca —. Respondió molesto.

—Entiendo —murmuró Alfredo y guardó silencio.

—¿Por qué nunca me dijiste nada? —preguntó sin vueltas. 

Así nada más. Directo al punto. Alfredo lo miró. No hacía falta aclarar de qué estaba hablando. Alfredo tenía muy claro que esa pregunta llegaría tarde o temprano. Se movió algo incómodo, pero con la seguridad de siempre. Se apoyó en el respaldo de la silla con las manos en sus rodillas 

—Cuando conocí a ese muchacho, tenía la edad que tienes tú ahora, pero se veía más pequeño que tú en aquel momento. No era fácil asociar todos sus conocimientos a esa figura tan escuálida. De hecho dudé de ellos hasta que hablamos cuando despertó. Era casi perfecto. Demasiado perfecto. Su único defecto era esa inclinación enfermiza hacia los hombres. Lo único que realmente ponía en duda todo su potencial era su… desviación. Y yo quería ese potencial a tu servicio. Ninguno de tus amigos logró tener un tutor tan preparado como él. Si yo te decía o si él se mostraba ante tí tal cual era, todo ese potencial hubiera terminado en el lodo, y tú no hubieras llegado a donde estás hoy.

—Si me hubieras dicho, o si él se hubiera mostrado ante mí tal cual era, probablemente yo no estaría donde estoy, ni como estoy, con la cabeza hecha un quilombo. No dudaría de todo. Y sabría muy bien a quién he tenido a mi lado todo este tiempo. En este momento siento que no lo conozco. Que no me conozco a mí mismo. Siento que he vivido una mentira. Una tras otra. Si me hubieras dicho por lo que pasó para estar en la clínica del tío, te hubiera dicho que fui yo quien lo atacó, para que no lo metieras en casa. Para que no me obligues a verlo día tras día y a tratarlo como a un hermano, y sentirme, hoy después de más de diez años, como la misma mierda por haber destruido su vida.

—Hablaré con él para que no levante cargos. 

—Yo hablaré con él para hacer la denuncia contra Ramiro. Para que lo encierren, y le pediré a Manuel que haga lo mismo.

—¿Estás loco? 

Alfredo se inclinó sobre la mesa y bajó la voz

—Ese tipo es intocable Sebastián. Por un lado, es un ave de rapiña que si le ponen la denuncia los hará pedazos a él y a ti. Y por otro, su padre es juez de la Nación y se asegurará de cubrir los huecos que su hijo no alcance a cubrir. Benicio quedará pisoteado, y embarrado de por vida. Aunque probablemente no le importe, pero nosotros… el apellido Carrasco, se verá mancillado y las miles de familias que dependen de nosotros pagarán las consecuencias. 

—¿Cómo voy a mirarlo a la cara? —preguntó Sebastián en un tono de voz bajo pero enérgico.

—Como lo has hecho todos estos años. Convengamos que no has sido muy honorable que digamos. Sólo tienes que alejarte de él 

—Tú lo pusiste en mi vida… tú me pusiste a convivir con un “homosexual”

—Sí. Y puedo quitarlo de tu camino de la misma forma en que lo puse.

Interrumpió Alfredo chasqueando los dedos con una frialdad aterrorizante. Sebastián sintió un dolor punzante en el pecho, como si algo se hundiera profundamente en su corazón. La sola idea de no tener a Benicio en su vida le resultaba impensable. Ni siquiera podía recordar cómo había sido su vida antes de que él llegara.

—Así de simple… —replicó el muchacho impresionado

—Así de simple. —Reiteró Alfredo con seguridad—. Ese tipo no podrá mancharte con su mierda.

Sebastián sonrió ante la ironía. Era tan doloroso. Su padre era incapaz de ver las cosas como eran realmente. O quizás solo estaba siendo egoísta una vez más.

—¿No puedes ver que es mi mierda la que lo mancha a él? —Alfredo se quedó mudo. No comprendía el razonamiento de su hijo.  

Haydée entró en la oficina. Alfredo y Sebastián se quedaron en silencio mirándose. El ambiente era tenso, la mujer lo pudo percibir. Pero no se dejó amedrentar.

—¡Buenas tardes! —dijo con esa dulzura que la caracterizaba —. Me sorprendió que me pidieras que pase por aquí. Pensé que estarías en tu casa reposando el pie.

—Tuve un imprevisto. Dame un minuto que chequeo que todo esté en orden y nos vamos —. Ella asintió con una sonrisa.

Alfredo se levantó junto con Sebastián. La saludó cortésmente y salió con su hijo de la oficina. La joven vio que Sebastián se volvió hacia su padre y susurró algo que no alcanzó a oír. Pero Alfredo sí.

—Olvídate de él. Déjalo fuera de todo. Yo me ocuparé—. Sentenció Sebastián. 

Alfredo tironeó del brazo de Sebastián haciéndolo perder el equilibrio. 

—No lo quiero cerca de ti —susurró el viejo.

—No me importa lo que tú quieras. 

De un tirón el muchacho se soltó y se dirigió hacia el fondo del galpón donde estaban ya reordenando todos los paquetes en la nueva estantería.

Dejó las indicaciones y, a paso lento, se marchó con Haydée.

Sebastián se sentía atrapado en un verdadero remolino de emociones. La culpa lo consumía, sabiendo que Benicio había sufrido un infarto y un ataque brutal por su causa. La revelación de la homosexualidad de Benicio solo añadía más confusión y dolor, hiriendo su amor propio y autoestima. Sentía una necesidad desesperada de cuidar de Benicio, de enmendar sus errores y ser aceptado por él, pero el miedo a revelar la verdad y perderlo para siempre lo paralizaba. 

Los conflictos con su padre solo intensificaban su angustia, dejándolo al borde del colapso emocional, sin saber cómo enfrentar la realidad que lo rodeaba. Cuando estaba cerca de Benicio, sentía ganas de llorar; cuando estaba cerca de su padre, una furia asesina amenazaba con desbordarlo; y mientras caminaba con esa joven, sentía que se desmoronaba poco a poco.

Haydée no quería ser entrometida, pero sabía que algo no iba bien. Luego del evento al que asistieron lo llevó a la casa de Benicio. Y antes de despedirse, le agradeció y le ofreció su amistad, para conversar cuando él lo necesite. Pero Sebastián tenía su garganta oprimida. Podría ser “Angustia”, le había dicho su prometida. 

Más tarde, se dirigió a la clínica, al entrar en la habitación dejó las cosas en el sofá. 

Así fueron sus días, mientras esperaba que Benicio se recupere.


•• <<────≪•◦⚜◦•≫────>> ••


Esa tarde no había salido, por lo que llegó a la clínica más temprano. A pesar de todo se sentía más tranquilo ya. Caminó hacia la cama. Tomó la mano de Benicio y la apretó suavemente. 

—Tienes que despertar. Yo voy a cuidar de ti, como tú lo hiciste conmigo. Pero tienes que despertar —dijo en voz baja. 

De pronto, sintió que Benicio cerraba sus dedos. Una sensación muy intensa lo tomó por completo. Un calor que subía por sus entrañas hasta su rostro. Su corazón comenzó a latir. Seguro no fue intencional. Sabía que estaba dormido. 

Su cuerpo se movió antes de que pudiera pensar. Sin soltar la mano de Benicio extendió la otra hacia su cabello. Llevaba tiempo ya fascinando con ese mechón de cabello blanco a los lados, sobre sus orejas. 

Lo tocó tímidamente primero, con la yema de sus dedos. Sonrió. Su mano se abrió y el roce se extendió entre su cabello. Lo acomodó suavemente. No podía dejar de verlo. De sentirse responsable, de ansiar que Benicio despierte y le dé la posibilidad de subsanar sus errores. 

La mano de Sebastián bajó hacia el rostro. La barba de días se sentía rasposa, no era como la suya, suave al tacto, la de Benicio pinchaba la yema de sus dedos. Le hacía cosquillas en la palma de su mano. Sebastián movía su pulgar por la mejilla de Benicio muy suavemente.

—Si supieras cómo te ves, te daría algo —dijo sonriendo. 

Estaba fascinado.

Arturo, en cambio, estaba petrificado observando a su sobrino. Con una ternura que no le conocía, no dejaba de perderse en ese movimiento suave de su mano sobre el rostro de Benicio, que no por prolongado, perdía su efecto. El médico, silente testigo, leía en el monitor los valores que indicaban que el gesto no estaba siendo ignorado. 

Benicio respondía. 

—Necesito que despiertes, que me mires, y me escuches —Salvador entró con una charola. 

—Buenas noches —saludó. 

Sebastián volteó y los miró a ambos sonriendo. 

—Hola Salvador. Tío, dime como está —. Arturo estaba impactado.

—Está estable.

—¿Eso significa que ya va a despertar? —Preguntó Sebastián entusiasmado

—No. Vamos a tenerlo sedado un poco más —respondió el médico. 

Sebastián bajó la mirada, la mano de Benicio apretó la suya. Sonriendo, alzó la vista esperando ver a Benicio con los ojos abiertos, pero no. Aún dormía. No obstante, apretaba su mano, con más intensidad cada vez.

Sebastián pensó, no era difícil imaginar lo que Benicio deseaba. O por lo menos para él no lo era. Sebastián detuvo la mano de Salvador antes que inyecte el sedante en el suero. Miró a Arturo.

—Tío, no lo sedes.

—Es un riesgo innecesario. 

La mano de Benicio parecía tener cada vez más fuerza. Pero no abría los ojos. 

—No quiere que lo sedes —dijo indicándole con la mirada su mano. 

Arturo se acercó y comprendió.

—Sebastián… yo…

—Por favor. Salvador y yo estaremos al pendiente. Si algo pasa entonces él procederá con el medicamento. 

Arturo observó el monitor. En el momento en que Sebastián retiró su mano del rostro de Benicio los indicadores se estabilizaron. Miró a Benicio, que seguía con los ojos cerrados, probablemente a causa de los efectos del sedante. Y finalmente miró a Sebastián. 

—Por favor —. Insistió el muchacho. Finalmente Arturo accedió. 

—De acuerdo.

La mano de Benicio se relajó y Sebastián sonrió. 

—Pero en cuanto la presión o el ritmo cardíaco aumente, será sedado nuevamente. 

Sebastián asintió. Arturo salió y dejó las indicaciones en la historia clínica, y se la entregó al enfermero, que salió detrás de él.

Sebastián vio la puerta cerrarse y se inclinó hacia Benicio. Acarició su cabello de nuevo con total naturalidad. Sonrió. 

—Ya se fueron. No más sedantes —susurró. 

Benicio intentó responder pero solo una respiración algo ruidosa salió de él.

—¿Te duele algo? —Benicio movió apenas la cabeza hacia un lado y hacia el otro.

Sebastián estaba emocionado. Finalmente le respondía. Sonrió mirándolo. Se sentía tranquilo. Extendió nuevamente la mano y volvió a peinar el cabello de Benicio con sus dedos. 

—¡Qué susto me has dado! —dijo en voz baja—. Nunca antes había sentido tanto miedo. 

Benicio entreabrió los ojos con dificultad. Sebastián le sonreía.

—¡Ahí estás!¡Por fin! 

La mano de Sebastián seguía ahí, moviéndose sobre su mejilla con una delicadeza que lo confundía. Benicio no lograba discernir si era algo real o sólo un desvarío, producto de la medicación.

—Nunca vuelvas a hacer algo así, Beni.

Benicio parpadeó varias veces, para aclarar su visión. En efecto, ese hombre frente a él era Sebastián. Solo que no se oía como él ni actuaba como él. Tenía sed, quería agua. Pero las palabras no salían. La confusión parecía empastar su mente. Apretó sus labios. 

—¿Quieres agua? —preguntó Sebastián. 

Benicio asintió moviendo su cabeza. 

Sebastián miró el monitor, los números ya no estaban en verde, era un amarillo algo fuerte. Tomó la botella que estaba junto a la mesa y le acercó el sorbete a los labios. Con los ojos cerrados bebió el agua. Luego se movió algo incómodo. 

—Espera. Acomodaré tu almohada —dijo el muchacho y dio un paso apoyándose en la cama.

Deslizó su brazo por detrás de los hombros de Benicio y lo atrajo hacia él, pegándolo contra su pecho, mientras con la otra mano bajaba la almohada un poco más. 

El aroma de Sebastián le indicaba que acababa de bañarse. Lo había hecho en el departamento, reconocía ese aroma. Lo que no comprendía, era el porqué demonios reparaba en ese tipo de cosas.  

—Ahí está —dijo acomodando a Benicio—. ¿Mejor ahora? —Benicio asintió. Sus parpadeos eran muy lentos. Como si sus párpados pesaran. 

Sebastián volvió a mirar los indicadores y el color era ya anaranjado. Estaba preocupado. Se inclinó hacia Benicio, ya no sonreía. Apoyó su mano en el rostro rasposo, y habló en voz baja. 

—Beni, escucha. Si no haces que esos números estén en verde —dijo señalando el monitor—, te van a volver a sedar. El enfermero me dijo que es posible que suceda de nuevo, que tengas otro infarto. Por eso es importante que tus signos vitales sean normales. Yo sé que puedes hacerlo. 

Benicio lo miró. Algo no estaba bien. Sebastián, ese Sebastián parecía ser alguien diferente. “¿Acaso Arturo no le ha dicho nada?” se preguntó. No. A esas alturas, Sebastián debería saber todo. “¿Por qué demonios me está tratando de esta manera?” “¿Se está burlando?” pensó haciendo un esfuerzo por comprender. “¿Qué demonios está pasando?”. Miraba a Sebastián, intentando descifrar lo que estaba sucediendo. 

—¿Entendiste? —él asintió en silencio. Intentó balbucear algo.

—E…se —Sebastián escuchaba atentamente— Ese… ti… po… —Sebastián sonrió, entendía lo que quería decir. Asintió.

—Tranquilo —dijo apoyando su mano en el hombro de Benicio—. Mi padre lo echó. No está más en la empresa. 

—Tú… tío…

—El tío habló conmigo  —dijo mirándolo de una manera que Benicio no conocía—. Tú y yo tenemos mucho de qué hablar —dijo golpeando muy suavemente la mejilla de Benicio con su dedo índice. 

La puerta del cuarto se abrió y Sebastián miró el monitor. Los valores estaban en rojo. Salvador entró en la habitación con la charola.

—Dame unos minutos —dijo Sebastián —. Él se calmará.

—Seba, ven —el enfermero tomó al muchacho por los hombros y lo condujo hacia el sofá con cuidado. Benicio vio que Sebastián tenía una férula y rengueaba.

—No, no lo duermas —insistió tomando al enfermero por el brazo.

—Quédate aquí sentado, en silencio —respondió con calma Salvador.

—Él no quiere estar sedado.

El joven no respondió solo llevó su índice a sus labios pidiendo a Sebastián que guarde silencio. Caminó hacia la cama. 

Benicio miraba a Sebastián. No había dicho nada y él lo había comprendido todo. Sebastián miraba a Benicio. Salvador se interpuso.

—Muy bien grandote, ahora mírame —. Benicio miró al joven—. Ese amigo tuyo dice que no quieres sedantes. ¿Eso es cierto? —Benicio no pudo evitarlo y miró a Sebastián— No. No. No. Mírame a mí— dijo Salvador girando el rostro de Benicio hacia él—. Responde ¿Eso es cierto?  —Benicio asintió —. Bien. Alguien me dijo que puedes poner esos números de ahí —señaló el monitor— en color verde. ¿Eso es cierto también? 

Benicio volteó hacia el monitor. Vio los valores. Cerró sus ojos y comenzó a respirar de manera controlada. Salvador sonrió observando cómo las pulsaciones descendían. 

—Vaya… Sí que tienes talento —. El joven bajó la vista hacia Benicio y vio que miraba a Sebastián. 

Benicio estaba sumamente abrumado, evidentemente, aún no lograba pensar claramente. No podía comprender lo que estaba sucediendo. 

—¿Quieres que lo haga salir de la habitación? —preguntó el enfermero. 

Sebastián miró preocupado a Salvador y a Benicio. Benicio miró también al muchacho y negó con su cabeza. 

—No —. Balbuceó. Sebastián respiró aliviado. Salvador sonrió. 

“¿Por qué querría que se fuera? ¡Al contrario!” pensó Benicio mientras solo quería volver a sentir esa tibieza que lo había envuelto unos minutos antes. Pero lo que más deseaba era que no fuera una ilusión de su mente confundida. Una caricia tierna, después de tantos años… se sentía tan intensa. 

Ya con un poco de claridad en su cabeza, podía darse cuenta de que lo mejor para ambos era que todo aquello fuera sólo un producto de la confusión que le provocaron los sedantes.

—Bien. —dijo Salvador—. Te encargo, entonces, poner esos numeritos en color verde.

Palmeó la pierna de Benicio y se acercó a Sebastián. En la charola traía vendas y todo lo necesario para atender el tobillo lesionado. Mientras quitaba la férula habló en voz baja.

—No te acerques a él ahora. Deja que se estabilice —. Sebastián lo miró con tristeza.

—¿Es por mi? ¿Yo lo pongo así? —exclamó sintiendo de nuevo esa opresión en su pecho. 

—No eres tú. Es lo que él siente. Descansa y mañana veremos como sigue. Yo estaré al pendiente.

Cuando terminó salió de la habitación. Sebastián permaneció en el sofá. Y desde ahí vio que en efecto los valores estaban en verde. Era triste pensar que él lo desestabilizaba. Pero aún así, lo único que quería era ver bien a Benicio y haría lo necesario para conseguirlo.


•• <<────≪•◦⚜◦•≫────>> ••


Benicio pasó la noche en vela, su mente un enredo de pensamientos. Cada vez que sus ojos se posaban en Sebastián, el tiempo parecía detenerse. Pregunta tras pregunta, imagen tras imagen, los recuerdos de los últimos diez años se arremolinaban en su mente. Sebastián ahora parecía un extraño. Ese joven que dormía plácidamente en el sofá a pocos metros de él era una versión desconocida de la persona que había estado en su vida durante tanto tiempo.

No podía evitar volver una y otra vez al momento en el que Sebastián llegó la noche anterior. 

Escuchó que alguien entraba en la habitación. Quería abrir sus ojos, pero estaban pesados como plomo. La sensación era como estar atrapado dentro de su propio cuerpo, una cárcel de carne y hueso que lo mantenía prisionero. Podía sentir la presencia de la persona en la habitación, pero estaba imposibilitado de verla o hablarle. De repente, sintió una mano tomando la suya y apretándola suavemente, un gesto que trajo un destello de calidez y consuelo en medio de su encierro.

“Tienes que despertar. Yo voy a cuidar de ti, como tú lo hiciste conmigo. Pero tienes que despertar.” dijo una voz baja. Era Sebastián. No había dudas. Aunque su tono sonaba diferente. En ese momento, Benicio pensó en Arturo. Si Sebastián estaba ahí, probablemente aún no sabía nada sobre Ramiro y el peligro que representaba. Tenía que alertarlo antes de que ese tipo pudiera hacerle daño. Intentó apretar su mano, pero su cuerpo apenas respondía.

De pronto, sintió un roce muy suave cerca de sus sienes. Un toque ligero en su cabello. “¿Sebastián?” se preguntó. No, no era posible… Pero sí, lo estaba haciendo. Estaba tocando su cabello. Quería abrir los ojos para estar seguro, pero sus párpados no respondían. Seguramente estaba confundido. Sebastián no haría eso. Pero entonces, la mano se movió lentamente, entre su cabello. Le provocó un escalofrío que lo recorrió de pies a cabeza. Una tibieza desconocida lo envolvió por completo, una sensación de protección y consuelo que no había sentido en años. Ya no quiso abrir los ojos. Solo quería quedarse ahí, en ese momento, en esa mano, entre esos dedos y sentir.

Él estaba sonriendo. Podía escucharlo. Lo escuchaba sonreír. Los dedos acomodaban su cabellos muy suavemente mientras podía escuchar esa sonrisa que conocía de memoria. Sentía a Sebastián mirándolo, peinándolo, sonriéndole… “¿qué clase de alucinación es esta?” se preguntó.

La mano de Sebastián bajó hacia su rostro, deslizándose suavemente como una brisa cálida. Prolongando el contacto más allá de todo lo imaginable, lo sintió en cada rincón de su ser. Fue entonces que todo perdió el sentido. Él, entero, estaba acurrucado en la palma de esa mano que se movía casi imperceptiblemente. Esa tibieza de la piel, de la voz, la ternura que lo envolvía, chocaban con la realidad conocida. Su corazón comenzó a sacudirse en su pecho de manera dolorosa, y su respiración se aceleró. Necesitaba abrir los ojos y ver. Corroborar que era Sebastián quien estaba frente a él, y lo hacía sentir de esa forma. Aunque esa misma idea lo aterraba.

Y de nuevo lo escuchó susurrar: “Si supieras cómo te ves, te daría algo”, dijo sonriendo. Ese Sebastián que lo mimaba, estaba sonriendo mientras movía el pulgar por su mejilla con una suavidad infinita. “Necesito que despiertes, que me mires, y me escuches”. Una parte de él anhelaba lo mismo, deseaba abrir los ojos y encontrarse con esa mirada. Pero otra parte solo quería salir corriendo, muy lejos de todo ese arsenal de emociones que estaba explotándole en frente.

La mano de Sebastián en su rostro. Aún podía sentirla. Llevó su propia mano para cerciorarse de que no era una ilusión. Pero ahí estaba, la mano, acariciándolo de nuevo. Tomó la mano y abrió los ojos.

—¡Ey! Buenos días —saludó sonriendo Sebastián—. ¿Cómo te sientes?

Benicio lo miró impresionado en un intento de comprender lo que estaba sucediendo. Responder a esa simple pregunta en ese instante se le hacía extremadamente imposible. Tenía tantas emociones dentro… ¿Por dónde empezar? Tenía un nudo en la garganta y su corazón latía con fuerza desbocada.

Sebastián, al notar el silencio y la expresión en el rostro de Benicio, dirigió su mirada al monitor. Su sonrisa se desdibujó al ver los valores cambiando de amarillo a anaranjado, una señal inconfundible de que algo andaba mal. “¿Soy yo la causa de esa descompensación?” pensó entristecido. Bajó la vista, sintiendo una punzada de preocupación y culpa. 

—Entonces sí soy yo —murmuró.

Intentó retirar su mano pero Benicio lo detuvo

—Es por mi que te descompensas.

Sebastián lo miró con una mezcla de tristeza y preocupación. Benicio aún no sabía que él había estado aquella noche entre sus atacantes, y el solo pensamiento de revelarlo lo llenaba de angustia. Ver cómo todos los signos vitales de Benicio se alteraban cada vez que estaba cerca le hacía cuestionarse todo. “¿Cómo voy a decirle la verdad sin causarle más daño?” se preguntaba. Su mente era una maraña de dudas mientras sus ojos se perdían en el rostro de Benicio, buscando una respuesta que aún no tenía.

—Ese hombre. Seba, es peligroso. 

Sebastián comprendió de inmediato que lo que alteraba a Benicio era Ramiro. Esa revelación le dio un pequeño respiro de paz, aunque sabía que solo era temporal. La conversación pendiente sobre todo lo que había ocurrido aquella noche seguía pesando en su conciencia. No quería agregar más estrés a Benicio en ese momento. Sería mejor dejar esa conversación para más tarde, cuando él estuviera más fuerte y preparado para escuchar todo lo que tenía que decir.

—Lo sé. Papá ya lo echó del equipo de abogados de la Distribuidora.

—No debes estar cerca de él —dijo Benicio soltando la mano de Sebastián.

—No estoy cerca de él… —respondió.

Nuevamente esa sonrisa deslumbrante, apenas a un lado de su boca. Perfecta. Sutil. Cautivadora

—Estoy cerca de ti —dijo y le guiñó un ojo. Benicio frunció el ceño. 

—No te aproveches. Que no puedo enojarme. ¡Compórtate! —dijo muy serio. 

Sebastián se rio. En verdad sentía alivio al verlo ser el de siempre. Levantó un poco la cama y se acercó a él. Pasó en la barba el dorso de sus dedos

—Oye. Tengo que ir a la oficina ahora, pero si quieres cuando regrese traigo las cosas para rasurarte. ¿Te parece?

Benicio lo miró sin responder, sus pensamientos estaban hechos un lío. Aún no podía encontrar en ese hombre frente a él al Sebastián que conocía. “¿Quién demonios es este joven que me cuida de esta manera tan tierna y dedicada?” No podía comprender cómo el mismo Sebastián que había conocido durante tantos años ahora parecía haber cambiado tan drásticamente, mostrándole una faceta desconocida y profundamente conmovedora que amenazaba con cautivarlo.

—¿Pasa algo? —preguntó Sebastián, al ver que Benicio estaba perdido en quién sabe dónde. Benicio negó en silencio, con la mirada fija pero distante, sumido en sus pensamientos.

—¿Qué le pasó a tu pie? —preguntó cambiando de tema, tratando de enfocar su atención en algo más concreto.

—Es un esguince. Caí mal.

—¿Volviste a escapar? —Sebastián bajó la mirada, sintiendo una mezcla de vergüenza y preocupación.

—Yo… No quiero hablar de eso —dijo Sebastián, bajando la mirada, sus palabras llenas de una tristeza contenida.

Benicio asintió lentamente, comprendiendo y respetando la decisión de Sebastián. Sabía que había heridas que todavía dolían demasiado para ser discutidas. Además, no era muy difícil adivinar que Alfredo probablemente había prohibido a Sebastián estar en la clínica, lo que solo añadía más peso a su carga emocional.

—Deberías ir yendo —dijo Benicio, tratando de mantener la firmeza en su voz.

—¿Entonces qué? ¿Traigo las cosas para rasurarte?

—Está bien… ya me molesta y me pica… —dijo rascándose la barba.

Sebastián sonrió y terminó de alistarse, sus ojos brillaban con entusiasmo.

—Esta noche seré tu barbero —dijo contento.

Benicio lo miró sorprendido, arqueando una ceja.

—¿Tú?

Sebastián lo miró desconcertado.

—Claro que sí. ¿Quién sino?

—Pues, no sé… una enfermera. Tú llevas años sin rasurarte.

—¿Estás sugiriendo que las enfermeras se rasuran?

Benicio sonrió de mala gana. Sebastián tomó la mochila y se acercó nuevamente a Benicio. Se inclinó hacia él y le besó la frente con suavidad. —Te veo más tarde. 

Benicio quedó petrificado, incapaz de procesar lo que acababa de suceder. Definitivamente algo estaba sucediendo. Jamás imaginó que Sebastián podría hacer algo como eso. ¿Acaso lo había besado de verdad? Benicio dudó de su mente. “¿Estoy alucinando?” Pero la voz fresca y entusiasta de Sebastián lo volvió a la realidad. 

—¡Ah! en tu mesita de noche está tu celu, está cargado. Si necesitas que traiga algo solo envíame un mensaje. Pasaré por casa antes de venir.

Sebastián se fue y la puerta se cerró detrás de él. Por un momento, Benicio sintió que ese muchacho estaba jugando con él. Eso lo enfureció. Volteó hacia el monitor y todo estaba de cabeza una vez más. Y ese beso, le dejó una sensación de calidez que se quedó con Benicio mucho después de que Sebastián se hubiera ido. Cerró sus ojos e intentó calmarse, buscando un poco de quietud en ese maremoto de emociones que se desataba dentro de él. 


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—¿Cuándo puedo salir de aquí? —preguntó Benicio al médico.

—Si sigues manteniendo los indicadores en el rango de la normalidad, pienso que mañana en la tarde podría darte de alta.

—¿Puedo saber qué le has dicho a Sebastián?

—Lo que tu me pediste que le dijera —. Benicio se veía desconcertado. 

Entonces Sebastián sí sabía todo. No se suponía que las cosas fueran de esa manera. Al decirle lo ocurrido aquella noche. Al revelarle todo aquello que se le había negado en su momento, Sebastián debería haberse resentido. Cuando menos, al enterarse que la persona que ha compartido hasta la cama con él es homosexual, y nunca se lo había mencionado, debió de haberse molestado, o alejado. Matando dos pájaros de un tiro; por un lado alertar a Sebastián respecto del peligro que corría con ese hombre, y por el otro establecer entre ellos esa distancia que Alfredo tanto estaba buscando.

Pero no ocurrió como se suponía que ocurriera.

—¿Él ya habló contigo? —preguntó Arturo. 

Benicio negó en silencio. 

—Y a decir verdad, esperaba no tener que hablar al respecto. Pero, por como se han ido dando las cosas, imagino que está lleno de preguntas. Y… yo le debo las respuestas. 

Quedaron en silencio por unos minutos y luego ambos voltearon hacia la puerta que se abría. Sebastián entró con su brillante sonrisa. Saludó y observó que ambos lo veían sorprendidos.

—¿Qué? —dijo, luego de dejar la mochila en el sofá, al ver que ambos seguían mirándolo.

—Pues… te ves muy bien —dijo Arturo sonriendo. —Te has quitado varios años de encima, créeme. 

Sebastián sonreía satisfecho. Miró a Benicio.

—¿Cómo estás? —Benicio estaba atónito. 

No podía recordar cómo era Sebastián sin barba. La imagen del joven de barba prolija, esa que había sido constante en su vida, se desvanecía ante sus ojos. Verlo ahora, rasurado era como ver a una persona completamente nueva. Este hombre de rostro limpio, con una sonrisa que parecía aún más brillante, tenía una mirada que ahora destacaba más, revelando una frescura y vitalidad que Benicio no había notado antes. 

El contraste era impactante. Benicio no podía evitar sentirse un poco desconcertado. “¿Más cambios?”, “¿Qué es lo que traes entre manos?” pensó casi desesperadamente sin sacarle la vista de encima. Pero más allá de la sorpresa, había una sensación de calidez y ternura que lo envolvía. Lo atraía irresistiblemente. Y a la vez lo asustaba terriblemente. Ver a Sebastián así, tan diferente y a la vez tan familiar, le hacía sentir una mezcla de entusiasmo y admiración.

Arturo miró a Benicio que permanecía mirando a su sobrino, en silencio. El monitor indicaba todo aquello que andaba en la mente de ese hombre que a los ojos de Arturo, parecía caminar directamente hacia un abismo. Golpeó suavemente la pierna de Benicio con disimulo. Arrancándolo de la abstracción en la que parecía haber caído, Benicio miró su pierna y luego al médico. 

—Te preguntó cómo estás.  

Respondió Arturo a la silente pregunta que la mirada confundida de Benicio le hacía. 

Benicio miró a Sebastián. 

—Estoy muy bien. Quizás mañana me den de alta. 

—Pasado mañana tal vez —corrigió Arturo haciéndose a un lado para que su sobrino se acerque al convaleciente. 

Benicio miró a Arturo molesto.

—Dijiste que mañana —. Arturo lo miró con seriedad señalando el monitor

—Dije que mañana, si logras mantener los indicadores en el rango “normal”.

Benicio volteó. El anaranjado intenso indicaba que tenía que esforzarse un poco más en aplacar sus emociones. Sebastián miró el monitor también. 

—¿Estaba bien hasta ahora? ¿Es porque yo llegué? ¿Beni, te molesta que esté aquí? —Benicio negó en silencio.

—Me preocupa. Tu padre no quiere que estés aquí. —respondió con seguridad. 

—¿Te llamó? —Benicio asintió —. A mí no me importa lo que él quiera. Además, cuando yo estuve aquí, tú siempre estuviste conmigo.

—Es diferente, Sebastián. 

—¿Por qué?

—Porque era mi trabajo.  

Los tres quedaron en silencio.

Arturo no podía creer que Benicio hubiera dicho eso. Los miró a ambos, pero observó particularmente la expresión de Sebastián. No era lógico. “¿Por qué habría dicho algo tan hiriente?”, “¿Por qué le mentiría?”, “¿Acaso su hermano había tenido algo que ver?”. Definitivamente Alfredo sabía exactamente cómo quebrar a su hijo.

—Trabajo —. Repitió Sebastián apesadumbrado. 

Respiró profundamente y sonrió entristecido. 

—Pues yo estoy aquí porque quiero. Así que valóralo.

Benicio se sintió como la mierda. Sabía muy bien que esa respuesta solía provocar mucho enojo en Sebastián, en otro momento, de haber dicho eso, Sebastián hubiera tomado sus cosas y se hubiera marchado ofendido, molesto. Pero parecía que ya no. Hasta en eso había cambiado. La naturalidad con la que hablaba ese muchacho era abrumadora. Era auténtico. 

—¿Y a qué se debe el cambio de look? —preguntó Arturo intentando aligerar un poco el ambiente.

—Estuve practicando. Hoy seré el barbero de Beni —dijo emocionado.

Arturo volteó a mirar a Benicio.

—Por cierto traje todo —dijo el muchacho, ajeno a las chispas que las miradas de los otros dos estaban enviando.

—¿Por qué no se lo pediste a la enfermera? —preguntó Arturo. 

Benicio estaba enmudecido. No supo qué responder

—Él no me lo pidió, tío, yo lo ofrecí. ¿Cuál es el problema? —dijo Sebastián desde el baño. Arturo se acercó molesto hacia Benicio

—¿Por qué permitiste esto? —susurró— ¿En qué carajo estabas pensando? 

—¿Qué querías que hiciera? —respondió Benicio, también en voz baja.

—Los estoy escuchando —dijo Sebastián sonriendo desde el baño

—Que no olvides lo que busca —le susurró Arturo, muy enojado. 

Benicio pareció de pronto despertar de un ensueño embriagador. Sin decir nada, vio al médico salir de la habitación y con un frío recorriéndolo de pies a cabeza recordó los avances que Sebastián había tenido con él. “¿En qué momento pensé que había un cambio en este muchacho?”, las preguntas lo atormentaban. “¿En qué momento olvidé cómo era Sebastián Carrasco?”, “¿En qué momento perdí de vista el arte que tiene este joven para conseguir lo que quiere?”. 

Se sintió molesto. Enojado. Estúpido… Engañado. 

Pero no con Sebastián, sino consigo mismo.


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Sebastián salió del baño y acercó una silla a la cama. Miró el monitor. Estaba serio. Había decidido hablar con Benicio antes de cualquier otra cosa. 

—Deberíamos dejar las cosas como están — dijo Benicio pensativo. Mientras miraba sus manos 

—¿A qué te refieres?

—Me rasuraré mañana, o pasado antes de salir de aquí.

Sebastián estaba algo sorprendido. No esperaba eso

—En todo caso gracias, por traer las cosas y…

—¿Estás hablando en serio? —Benicio levantó su rostro buscando la mirada de Sebastián— ¿Qué es lo que pasa Beni? 

—No pasa nada. 

—¿Estás molesto conmigo? ¿Hice algo mal? 

Sebastián se veía realmente conmocionado. Podía notarlo en sus ojos.  Benicio confiaba en Sebastián, no había razón para no hacerlo, siempre había sido sincero. Negó en silencio.

—Beni, yo en realidad quiero estar aquí contigo. Pero si tú prefieres que no sea así, luego de decirte lo que tengo que decirte, me iré. Solo te pido que seas honesto conmigo, y me digas lo que tú quieres y no lo que mi padre te pidió que me digas. Quiero escucharte a tí. No a él.

Benicio no tuvo palabras. Estaba algo ahogado por una emoción que lo estaba desbordando. 

Una no, todas… 

Sabía que probablemente se arrepentiría, pero si Sebastián siempre le había sido sincero, él tenía que corresponder de la misma manera.

—No estoy molesto, Seba. Y tampoco quiero que te vayas.

—¿Entonces qué pasa? ¿Por qué mi presencia te afecta? ¿Por qué el maldito monitor se va a la mierda cuando estoy aquí?

—No lo sé… —respondió Benicio exaltado. 

Sebastián se puso de pie y apoyó su mano en el hombro de Benicio. 

—Está bien, tranquilo. No pasa nada. Solo me preocupaba que no me quisieras aquí, y no me lo dijeras. 

Benicio, estaba inquieto. Nada en su mente estaba claro. Bajó el rostro nuevamente, volviendo a perder su mirada en el borde de la sábana. 

—Necesito que hablemos —dijo Sebastián. Apesadumbrado, pero decidido

—¿Sobre qué? —preguntó Benicio, algo inquieto

—Sobre lo que sucedió aquella noche —. Benicio alzó la vista con una mirada suplicante. 

—No quiero hablar de eso ahora, Seba. Responderé todas tus preguntas, pero . . . No ahora.

—No tienes que hablar. Solo necesito que me escuches —. Benicio lo miró intrigado.

Sebastián hizo a un lado la silla y se sentó en la cama. Tomó aire y comenzó a hablar. En voz baja y en un tono bastante calmado.

—Aquella noche, en que fuiste atacado, éramos nosotros.

Benicio lo miró incrédulo

—La apertura de ese bar, siempre fue un problema para la comunidad. Nosotros nos creíamos héroes, y solíamos ir al parque a incomodar a quienes salieran de allí. La idea era que dejen de ir personas y que termine cerrando. Esa noche fue la cena de egresados. Estábamos en una de las casonas que se rentaban para eventos, y era todo muy estructurado, nos juntamos en el patio y salimos a tomar aire… y algunas pastillas y más alcohol —dijo avergonzado. 

Benicio escuchaba el relato, pero le sonaba todo tan ajeno. Sebastián seguía adelante con la historia, se veía angustiado, sus ojos estaban vidriosos y enrojecidos. Benicio estaba conmovido.

—Yo fui por las escobas del placero y las bolsas con basura que estaban allí guardadas para el día siguiente. Nos sentamos y esperamos a que salieran. Salió una pareja. 

Benicio sonrió

—Los rodeamos y comenzamos a arrojarles las porquerías de la bolsa. Fueron unos minutos, ellos estaban asustados. Era… divertido. —Exclamó ya quebrado— Entonces me mareé. Me hice a un lado y caí. Comencé a vomitar. Manuel se quedó conmigo y luego me trajo a la clínica. 

Sebastián frotó sus ojos. Se sentía quebrado, pero por alguna razón no podía llorar. Ni siquiera podía mirar a Benicio a los ojos.

—Los que me agredieron brutalmente eran tres. Dos me sostenían de los brazos… 

Sebastián cerró sus ojos con fuerza. Benicio bajó la mirada

—Y el otro, frente a mí, reía burlándose, y humillándome. 

—Beni, te juro que nunca imaginé que terminaría así. No era la primera vez que lo hacíamos, ni fue la última. Pero lo que hacíamos siempre era molestar y luego les decíamos que no vuelvan, como amenaza.

—Evidentemente, el hecho de que tú no estuvieras, marcó la diferencia. Yo no tengo recuerdos de tí en ese momento, en esa noche. 

Sebastián se acercó un poco más, tomó el rostro de Benicio con su mano y lo levantó hacia él. 

—Te aseguro, que si yo hubiera estado ahí, jamás hubiera permitido que pasara lo que pasó cuando me fui. 

Benicio sentía la tibieza de la mano de Sebastián. Su aliento tibio, su mirada húmeda. Estaba tan impresionado, tan lleno de todo eso que estaba recibiendo. Las palabras de Arturo se clavaban en su corazón de manera asesina “no olvides lo que busca”. 

No podía. 

En realidad no quería pensar que Sebastián lo estaba manipulando con el único fin de satisfacer su curiosidad.

—Yo lo sé, Seba. —dijo asintiendo. 

—Si tan solo pudiera volver el tiempo atrás… —murmuró Sebastián sin moverse ni un milímetro.

—No es una buena idea quedarse en el pasado. Mejor concéntrate en lo que puedes hacer ahora —dijo Benicio.

Pero sin imaginar el impacto que tuvieron esas palabras en Sebastián. Porque nunca antes había sentido esa sensación de estar tan cerca y tan lejos a la vez. Si movía su pulgar podía rozar la boca de Benicio, si pensaba en besarlo, se hallaba a años luz de poder hacerlo. Repitió en su mente: “concéntrate en lo que puedes hacer ahora”. 

Podía hacerlo. 

Quería hacerlo. 

Necesitaba hacerlo. 

Lo que no deseaba era cagarla con ese hombre, que de un momento a otro, se había manifestado como la persona más importante para él. No quería hacer algo que motivara a Benicio a alejarlo de él, pero… estaba tan cerca. Contener esas ansias, esas ganas, esas ideas, lo estaba volviendo loco. No podía dejar de mirarlo a los ojos. En ese instante lo único que podía pensar era en besarlo. Su cuerpo comenzó a temblar. 

—¿Seba, qué tienes? —preguntó Benicio intentando restablecer lo que ya parecía irrecuperable. 

—Tu barba me hace cosquillas en las manos —dijo Sebastián. 


•• <<────≪•◦⚜◦•≫────>> ••


Benicio cerró sus ojos. Nada de eso debería estar sucediendo. ¿La mano de Sebastián en su rostro? ¿La cercanía era tal que podía sentir su aliento? Intentó buscar en su mente, y claramente habían cientos de momentos en los que estuvieron cerca. La única diferencia, era que ahora él era demasiado consciente de esa cercanía. 

—Seba… —murmuró casi como una súplica.

No lograba comprender lo que estaba sucediendo. La conducta de Sebastián lo confundía y todo lo que despertaba en él lo estaba abrumando cada vez más. 

—Déjame rasurarte. ¿Si? 

—Seba… —murmuró nuevamente como si fuera la única palabra que podía articular.

—Traje tus cosas —insistió el muchacho.

—No es necesario.

—¡Claro que lo es! Pinchas… —Sebastián sonreía. 

—Lo haré mañana —dijo Benicio acomodando las cobijas

—Además, pica… —agregó, frunciendo la cara, como si no hubiera oído.

—Puedo aguantar hasta mañana —afirmó Benicio

—Yo no —replicó el muchacho. 

Benicio estaba nervioso. La insistencia de Sebastián era familiar. Sabía que la terquedad de ese muchacho le había ganado por cansancio más de una vez, y estaba a punto de sucumbir ante ella una vez más… pero lo que más lo inquietaba, era que dentro suyo, muy profundamente, había una especie de locura desesperada por volver a sentir la tibieza de esa caricia que lo había envuelto por completo. A esa locura no le importaba nada. Ni Alfredo, ni lo correcto, ni la manipulación, ni el engaño… solo quería volver a sentir esa hermosa sensación, y eso lo aterraba.

—¿Por qué me haces esto? —preguntó Benicio, aunque no estaba muy seguro de si se lo preguntaba a Sebastián o a él mismo.

—Aún no te hice nada… —respondió el muchacho con esa media sonrisa tan seductora y la mirada llena de picardía— Pero si me dejas, puedo empezar por rasurarte… y luego… —dijo alzando las cejas— ¿quién sabe?

Benicio lo miró con seriedad. Había visto esas actitudes en Sebastián, sus coqueteos eran realmente infalibles, y siempre acababa consiguiendo torcer voluntades con ese talento innegable, irresistible... 

Él no quería caer en sus juegos. Pero esa locura dentro suyo, lo conducía directo al desastre. Sebastián vio esa mirada. El silencio y el ceño fruncido indicaban que había cruzado la línea. Sonrió.

—¡Oh! Vamos… Está bien. Está bien… Ya en serio… No te enfades. Solo quiero que me dejes cuidarte. Anda Beni…

—¡Está bien! ¡Solo hazlo y cállate de una vez por todas! 

Había caído. 

Irremediablemente había sucumbido a esa mirada, ese tono de voz… dejándose arrastrar por una locura que hablaba demasiado fuerte dentro de él. Benicio fue testigo de la transformación. El entusiasmo reflejado en ese rostro hermoso, en esa mirada llena de luz y en esa sonrisa deslumbrante. 

Sebastián fue al baño y trajo las cosas. Preparó todo en la mesa de la comida, y la acercó a la cama. Benicio suspiró con resignación.

—Vamos, Beni… no es tan malo —dijo con una sonrisa suave adornando sus labios mientras se preparaba para comenzar. 

Sus ojos brillaban con entusiasmo, quizás por haber conseguido lo que deseaba. Sin embargo, se podía percibir en su mirada una ternura que Benicio no le conocía y lo hacía sentir nervioso.

—Relájate, Beni. Aquí vamos. 

—Cállate —Sebastián hizo un gesto cerrando su boca y tomó un paño húmedo y tibio, y con cuidado lo pasó por el rostro de Benicio. 

El calor relajante del paño ayudó a ablandar la barba y abrir los poros, preparando la piel para el afeitado. Benicio no pudo evitar un pequeño suspiro de alivio al sentir el toque cálido y suave.

—En serio practicaste —murmuró.

—No. Solo vi un tutorial —Benicio comenzó a reír. 

—¿En serio? 

—Claro. Verás que bien lo hago.

Con movimientos delicados, Sebastián aplicó una capa generosa de crema de afeitar sobre el rostro de Benicio. Luego se tomó su tiempo, moviendo su rostro a un lado y a otro del de Benicio, con una cercanía que consideró necesaria para asegurarse bien de que la crema estuviera perfectamente distribuida. O quizás, el sentir  el calor de Benicio así de cerca era algo que se sentía tan confortable, que buscaba prolongar esa sensación todo lo posible. 

—¿Y a qué se debe que te hayas rasurado entonces?

Sebastián podía ver que sus manos temblaban. Intentó centrarse en otra cosa. Comenzó el afeitado en las mejillas de Benicio. Con una mano, estiró suavemente la piel, mientras que con la otra, manejaba la prestobarba con precisión.

—Bueno, mientras recogía tus cosas, me vi al espejo y recordé que mi padre siempre me dijo: “en lugar de afeitarte el culo, deberías afeitarte esa barba” y pensé que era mejor no desoír esta vez. Imagina nada más si me equivoco contigo y rasuro el lugar equivocado. 

Dijo riendo con picardía. Benicio bufó molesto una vez más. El joven se hizo hacia atrás para mirarlo.

—Oh, por favor… solo es una broma —dijo y volvió a enfocarse en la tarea. 

Los movimientos eran largos y suaves. Cada pasada de la prestobarba deslizándose por la piel producía un sonido rítmico y relajante. Y cada roce de la mano sobre la mejilla, o del aliento de uno sobre el rostro del otro, o de sus miradas, los hacía estremecer a ambos.

Luego de unos minutos de agonía intentando sepultar esa locura que pujaba por liberarse, Benicio carraspeó y preguntó en voz baja.

—¿Y lo haces?

—¿Qué cosa? —preguntó absolutamente abstraído

—Rasurarte el culo —Sebastián se hizo hacia atrás nuevamente y lo miró con seriedad

—¡Claro que no! Eso es de putos —. Benicio sonrió. 

Sebastián se detuvo de pronto. No buscó su mirada. 

—Lo siento.

—¿Ya me cortaste?

—No. Siento lo que dije. No quise ofenderte.

—¿En serio crees que me voy a ofender por una estupidez como esa? 

Sebastián se rio suavemente mientras continuaba rasurando. Pasó a la zona del cuello, estirando cuidadosamente la piel y afeitando en movimientos cortos y controlados. La piel del cuello era más sensible, pero Sebastián lo manejó con destreza, asegurándose de no irritarla.

—No es una estupidez —replicó algo más distendido —. ”El que limpia la vereda es porque espera visitas” dicen… ¿verdad?

—Bueno, eso dicen. Pero tú te rasuras todo el cuerpo porque te lo piden tus mujeres. Si ellas te hubieran pedido que te afeites el culo, tú lo hubieras hecho. Y no por eso serías puto.

Sebastián pensó un momento y notó que Benicio tenía razón. 

—Es cierto —dijo.

Cuando llegó al mentón y la barbilla, Sebastián se concentró intensamente, su respiración terminó sincronizándose con la de Benicio.

Luego de unos minutos de un silencio lleno de pensamientos. Sebastián murmuró.

—¿Y tú? ¿Te afeitas el culo? —preguntó con toda seriedad.

—Eso no te importa —respondió Benicio, avergonzado. 

Absolutamente decidido a no entrar en ese juego.

—¡Oye! Eso no es justo. Yo te respondí —dijo Sebastián tranquilamente.

Finalmente, Sebastián llegó a la zona del bigote. Estiró la piel justo por encima del labio superior y afeitó con movimientos precisos. Había pensado en tocar sus labios, apenas unos minutos antes, había pensado en besarlos… Hizo a un lado esas ideas. Tenía que concentrarse en lo que hacía.

—No te importa —repitió.

Una vez que terminó, Sebastián limpió el rostro de Benicio con un paño húmedo y fresco. 

—Si no me lo dices tú, no pararé hasta averiguarlo por mis propios medios. Lo sabes, ¿verdad? —dijo mirándolo con una ceja levantada y esa sonrisa diabólicamente hermosa mientras aplicaba la loción en la piel recién afeitada. 

—Lo único que rasuro es mi rostro —dijo finalmente.

El rostro de Benicio estaba en las manos de Sebastián. Y sus miradas enlazadas como diciéndose miles de cosas sin hablar. Los dedos de Sebastián rozaron la piel con delicadeza, dejando una sensación de frescura y alivio. Que se quedó solo en la piel porque por dentro, Benicio era un tsunami de emociones.

—Listo. Suavecito como el culito de un bebé —dijo Sebastián sonriendo. Benicio lo miró con una mueca que no era más que la evidencia de toda la conmoción que llevaba dentro.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Sebastián, su voz suave y llena de afecto.

Difícilmente Benicio podría decir cómo se sentía. 

—Me siento… bien. Gracias.

Sebastián sonrió satisfecho. Y comenzó a recoger todo. Benicio miró el monitor. Todo de cabeza. 

Nada estaba bien.


•• <<────≪•◦⚜◦•≫────>> ••


Salvador entró en la habitación. Vio que Sebastián estaba en el baño y Benicio sentado en la cama con sus ojos cerrados. Miró el monitor y vio los valores en un anaranjado claro, casi amarillo.

Se acercó a la cama y observó, con una sonrisa calmada, que Benicio estaba intentando reestablecer los indicadores. El enfermero, reflejando comprensión y profesionalidad en su mirada, le habló suavemente.

—¿Cómo te sientes hoy? 

—Me siento un poco mejor, gracias —respondió Benicio, aún algo nervioso.

—Me alegra escucharlo. Y déjame decirte que te ves muy bien. —dijo Salvador, con simpatía —Hoy vamos a dar un paso importante en tu recuperación. Vamos a empezar con un poco de movimiento, ¿de acuerdo?  

Benicio abrió los ojos, miró al muchacho y frunció el ceño, visiblemente preocupado.

—¿Movimiento? ¿A qué te refieres exactamente? —preguntó con cautela.

—Lo primero que haremos es caminar un poco por la habitación. Luego de dar unos pasos, tomaré tus signos vitales. Esto nos ayudará a evaluar cómo responde tu cuerpo al esfuerzo físico leve. Quiero que te sientas cómodo y seguro durante todo el proceso —explicó Salvador.

Él asintió en silencio, con algo de nerviosismo. Mientras tanto, Sebastián observaba desde el otro lado de la habitación, sus ojos estaban siguiendo cada movimiento de Salvador.

—Muy bien, vamos a hacerlo despacio. —Salvador se inclinó y comenzó a sacar los electrodos que estaban en el pecho de Benicio. Luego ayudó a Benicio a ponerse de pie. 

Benicio sintió que sus piernas temblaban, la debilidad en sus rodillas era evidente después de haber pasado días en cama. Salvador sostuvo firmemente a Benicio mientras lo ayudaba a caminar unos pasos. Cada paso era un esfuerzo, pero Salvador lo apoyaba con paciencia y cuidado.

—Aquí estoy, no te preocupes. Apóyate en mí. 

La voz, el tono… “¿Por qué tenía que hablarle así?”, Sebastián frunció el ceño, una punzada atravesó su pecho.  La forma en que Benicio se sostenía del joven le pareció excesiva. “¿Tanto tenía que recargarse en él?” Seguramente no le daba seguridad… él era mucho mejor opción para sostener a Benicio y ayudarlo a caminar. Intentó ocultar sus pensamientos, pero no pudo evitar dar un paso hacia adelante. Un paso descuidado, con su tobillo aún lesionado. Un paso tan doloroso, que lo llevó a sostenerse de la pared. Respiró profundo y tragó el dolor.

—¿Todo bien por aquí? —preguntó Sebastián, intentando sonar casual, pero su voz lo traicionaba evidenciando una ligera tensión, dolor y un algo que se sentía muy desagradable y que aún no identificaba.

Salvador miró a Sebastián y asintió con una sonrisa profesional.

—Sí, todo bien. Benicio está haciendo un gran trabajo. Solo necesita un poco de apoyo para sus primeras caminatas. En cuanto termine con él revisaré tu tobillo.

Para Benicio, no pasó desapercibida la voz de Sebastián y volteó hacia él. Lo vio moverse con dificultad hacia el sofá.

—¡Ey! Grandote. Concéntrate —dijo Salvador, aparentemente ignorando la tensión en el aire. A pesar de sus debilidades físicas, Benicio no pudo evitar notar la preocupación en los ojos de Sebastián.

Benicio se quejó de dolor. 

—Lo siento. No es el corazón. Son las rodillas. Dame unos minutos. 

—Vamos, Beni. Ven. Siéntate en la cama. Vamos a mover un poco esas piernas. —Dijo Salvador.

Sebastián se sentía impotente. El tobillo le latía con furia, como si quisiera recordarle cada error que cometió en su vida. Desde el sofá, solo alcanzaba a ver la espalda de Benicio, sentado en la cama, y al enfermero agachado frente a él, moviéndole las piernas con delicadeza.

Escuchaba los quejidos de su amigo, breves, contenidos, pero lo suficientemente reales como para encogerle el estómago. Sabía que ese dolor también era consecuencia de su propia torpeza, de todo lo que había permitido, de lo que había callado. Pero aun así, algo en esa escena lo descomponía. No era racional, lo sabía. Salvador solo hacía su trabajo, con la atención y el cuidado que cualquier profesional emplearía con su paciente. Pero desde donde él estaba, con ese ángulo ingrato y esa angustia en el pecho, lo que veía le resultaba insoportablemente desagradable. 

—Solo un poco más. Lo estás haciendo genial —. Salvador continuó alentando a Benicio. 

Quizás era el tono que usaba el muchacho. “¿Por qué le habla como si fuera un niño?” pensó molesto Sebastián. No lo tenía muy claro, solo sabía que algo en ese contacto entre Salvador y Benicio lo ponía enfermo, y ni siquiera sabía explicarlo bien.

Luego de unos minutos de ejercicios y notando que Benicio ya no se quejaba como al principio, el muchacho se puso de pie y prosiguió con la caminata.

—Entiendo que pueda parecer abrumador, pero es crucial para que estés listo para regresar a casa pronto. Vamos a caminar hacia el otro lado. Si todo va bien, mañana avanzaremos a caminar por los pasillos de la clínica 

Con esfuerzo, llegaron al otro lado. El enfermero lo ayudó a acostarse nuevamente y tomó sus signos vitales. Benicio lo miró algo preocupado.

—¿Todo bien? —preguntó, la preocupación evidente en su voz.

—Es el primer paseo. Y cometí el error de no evaluar tus piernas primero. El dolor puede alterar significativamente los valores —aseguró Salvador, ofreciéndole una sonrisa reconfortante.

—Me tomaste por sorpresa. Debí decirte que necesitaba moverme un poco antes de ponerme de pie.

—Puedo pedir fisioterapia para mañana. Así antes de ponerte de pie ya estarás preparado. Estaré contigo en todo momento. Si en algún momento te sientes mal, nos detendremos y tomaremos un descanso. Lo más importante es escuchar a tu cuerpo y no forzarte demasiado. Vamos a hacerlo a tu ritmo, cuidando tu corazón y tus piernas.  

Benicio respiró hondo y asintió nuevamente, esta vez con un poco más de confianza. Salvador guardó las cosas en la charola y se acercó a Sebastián.

—Revisaré tu tobillo —dijo con amabilidad. 

Benicio observó a Sebastián. El malestar en el rostro de ese hombre era muy claro para él, pero el enfermero parecía ajeno a eso.

La noche se arrastró con una lentitud insoportable. Ni Sebastián ni Benicio pudieron conciliar el sueño. Sebastián se removía en el sofá. Sus pensamientos giraban en torno a la imagen de Salvador ayudando a Benicio. No lograba comprender por qué se había enojado tanto, pero no podía negar el nudo que se había instalado en su pecho. Cada vez que cerraba los ojos, veía esa escena una y otra vez, como una película que no podía dejar de reproducirse. 

Al otro lado de la habitación, Benicio estaba igualmente inquieto. Se sentía extremadamente consciente de cada uno de los movimientos de Sebastián, de cada mirada y cada suspiro. No podía dejar de pensar en la cercanía que habían compartido, en la intimidad del contacto durante la rasurada. Sus pensamientos lo abrumaban, y el ritmo acelerado de su corazón no tenía nada que ver con su reciente infarto. Eran esos pensamientos que lo alteraban, que lo hacían sentir una mezcla de nerviosismo y expectativa que no sabía cómo manejar.

La tensión en la habitación era palpable, un silencio lleno de pensamientos no dichos y emociones contenidas. Ambos luchaban con sus propios demonios, incapaces de encontrar la paz en esa larga noche. El reloj en la pared marcaba las horas, pero para ellos, el tiempo parecía haberse detenido.

Sebastián dio vueltas una vez más, su mirada estaba fija en el techo. "¿Por qué me molesta tanto?", pensó, frunciendo el ceño. No había una respuesta sencilla, pero la incomodidad seguía creciendo.

Benicio, por su parte, se preguntaba cómo manejar todo lo que sentía. Cerró los ojos con fuerza, tratando de calmar su mente, pero las imágenes y las sensaciones estaban grabadas en su conciencia, impidiendo cualquier intento de descanso.


•• <<────≪•◦⚜◦•≫────>> ••


Las manos del enfermero en sus piernas le hicieron notar la diferencia. No había inquietud. Conforme el dolor desaparecía, sus movimientos se hacían más fáciles y seguros. Y sus signos vitales, en rangos normales. Pero bastaba que Sebastián lo mirara, o le sonriera para que eso cambiara.

La forma en que lo tocaba, o quizás el tono de voz que usaba con él. Cualquier detalle por ínfimo que fuera, se volvía consciente tratándose de Sebastián. No era algo descabellado. Nunca antes Sebastián había cuidado de él, y descubrirse como el centro de esa atención le resultaba extrañamente reconfortante. 

Negar que Sebastián era importante para él no tenía sentido. Quería profundamente a ese joven y siempre lo había visto como a un hermano menor, y había cuidado de él de la misma forma en que un hermano mayor lo haría, con amor, con paciencia y con dedicación. Podía entonces permitirse disfrutar ahora de los cuidados que ese hermano menor pudiera proporcionarle. 

Era justo. 

Alfredo lo había llamado varias veces. Le había pedido que no deje que su hijo se quedara en la clínica. Y ahora que estaba a punto de salir, le pedía que no le permitiera quedarse en su casa. Benicio no sabía cómo alejar a Sebastián. Pensó que sabiendo lo sucedido él mismo tomaría distancia, pero no fue así. Jamás hubiera imaginado que aquella noche nefasta Sebastián estaba allí y mucho menos que su arrepentimiento lo llevaría a responsabilizarse de sus actos.  

Esa mañana, poco antes del mediodía, Alfredo pasó por la clínica. Sabía que Sebastián no estaría. Como siempre, fue frío, duro, y tajante.

—No te atrevas a ponerle las manos encima. La terquedad de mi hijo no debe hacerte perder de vista su vulnerabilidad. Si te aprovechas de Sebastián, jamás te lo perdonaré. Aléjalo de ti, porque si lo hago yo, no va a ser agradable para ninguno.

Se fue en silencio, tal como llegó. Pero dejó un halo de hielo en su alma, y en su mente. “¿ponerle las manos encima?”, “¿aprovecharme de Seba?”, “¿De qué demonios estaba hablando ese hombre?” Cada vez que ese joven estaba cerca de él sentía que debía estar a la defensiva para no caer en su juego, y parecía que cada vez sus defensas se deterioraban más y más. “¿Quién se aprovechaba de quién?” pensó sonriendo ante la ironía.

Arturo no se quedó quieto tampoco. En la mañana vio a Benicio rasurado y supo muy bien que Sebastián se había salido con la suya. Por lo que le pidió encontrarse para almorzar.

—Al final ya casi nos vamos y no me has dicho nada —dijo Sebastián cuando terminó su postre.

—Es que no es fácil para mi. Siento que me meto en un tema que no me corresponde. Pero no puedo dejar de pensar en las consecuencias que todo este juego tuyo puede llegar a tener.

—¿A qué juego te refieres, tío?

—No sé hasta dónde quieres llegar. Pero no me agrada lo que haces con Benicio. Entiendo que puedas tener inquietudes, deseos, e incluso quizás muy dentro de ti, tengas sentimientos hacia él… pero jugar de esta manera es peligroso. Más para él que para ti. Tu padre no le permitió mostrarse ante ti como una persona homosexual, porque detesta eso. Si tu mantienes ese coqueteo siniestro con él, tu padre va a actuar, y no será de la mejor manera.

—Si mi padre toca a Benicio, se va a arrepentir. 

—Sebastián. Tu padre nunca se arrepiente de nada. 

—Claro que sí. Puedo hacer que los padres de Didí rompan el compromiso. Puedo no dar pie con bola en la próxima reunión de directorio. Incluso puedo terminar casado con Benicio… Aunque ahora que lo pienso, tu hermano quiere que me case, y si me caso con Benicio, de alguna manera le estaría dando el gusto, ¿no? —dijo el joven guiñando un ojo a su tío que lo miraba incrédulo. 

—Has heredado lo peor de él.

—Él saca lo peor de mí. Y si se mete con Benicio, sí se va a arrepentir.

—¿Qué es lo que tienes con Benicio? 

—Es mi amigo, tío. Es la única persona que me ha mostrado respeto, y confianza. Porque ni tú has confiado en mí.

—No me has dado razones para hacerlo, Sesé. Tan solo escúchate…

—Él ha confiado en mí, aún sin razones. Me ha cuidado. Me ha sacado de la mierda más de una vez. El lunes mientras se desplomaba en mis brazos, pensé que se moría. Intenté pensar en cómo sería mi vida sin él y ¿sabes qué? solo vi oscuridad. Pensé en morir también.

—No seas tan dramático. No vas a engañarme con tus actuaciones.

—No es actuación. El otro día me dijiste que te ibas a tu casa, con tu familia. Es donde encuentras paz, tu hogar… ¿verdad? —Arturo asintió—. Yo solo puedo sentir eso, en su casa.

—Las cosas cambiaron ahora, Seba.

—Nada cambió. Él sigue siendo él y yo sigo siendo yo.

—¿En verdad no te afecta el saber que es homosexual?

—Me afecta, claro que sí. Pero porque llevo más de diez años a su lado y nunca me di cuenta. Y eso solo me dice que nunca me preocupé por él, que nunca me interesó saber de él. Nunca pregunté. Nunca volteé a ver qué hacía cuando no estaba conmigo. También me afecta en el sentido de que he dicho y he hecho cosas muy desagradables contra los homosexuales, frente a él. Me hubiera gustado saberlo.

—Yo nunca estuve de acuerdo con tu padre en eso. Principalmente porque, de alguna manera, durante todos estos años, ha obligado a Benicio a no tener una vida amorosa normal. Ahora que lo sabes, él puede ser libre para encontrar un compañero y tener la familia que siempre ha querido tener. 

Incisivo en su comentario, Arturo buscaba la reacción de Sebastián. Las palabras de su tío se asociaron a la imagen de Benicio y Salvador caminando por la habitación, como un loop que se repetía en su mente. “Él puede ser libre para encontrar un compañero y tener la familia que siempre ha querido tener”. Las tripas de Sebastián se retorcieron. Y Arturo pudo verlo en la mueca que el muchacho tenía en su rostro.

—Quiero que dejes a Benicio fuera de esa lucha personal que tienes con tu padre. Ya es tiempo de que sigas tu vida y lo dejes en paz. Estás comprometido y vas a casarte. Enfócate en eso. Ese hombre ha pasado la mayor parte de su vida dedicado a su carrera y el resto dedicado a los Carrasco. 

Arturo fue contundente.

Esa noche Sebastián llegó más tarde a la clínica, había salido con su prometida a una cena con otra familia. Al entrar en la habitación Benicio no estaba, una sensación muy extraña lo invadió de pronto. Había estado escribiéndole, pero él no había respondido. 

Unos minutos después, la puerta se abrió y Benicio entró con el enfermero, ambos estaban riendo y comentando. Cuando lo vieron en la habitación, lo saludaron tranquilamente. Salvador se ocupó de Benicio y luego de acomodarlo le tomó los signos vitales. Lo miró con un gesto de aprobación, lo que dejó muy tranquilo a Benicio ya que eso significaba que finalmente se iría el viernes sin falta. El enfermero se acercó luego a Sebastián 

—¿Reviso tu vendaje? —Sebastián asintió y se dejó atender.

Cuando el enfermero se retiró. La habitación se volvió pesada. Benicio no decía nada, estaba recostado y con los ojos cerrados. Las palabras de Alfredo aún estaban lacerando su mente. Para Sebastián no era diferente, la voz de su tío como voz en off sobre la imagen de Benicio y Salvador se volvía cada vez más desagradable. 

Sebastián se levantó. Y caminó hacia la cama. Benicio ya no estaba conectado al monitor, con lo cual pudo vestir una remera. 

—Beni, ¿estás bien?

—Si, solo un poco cansado —respondió y abrió lentamente sus ojos. 

Sebastián, por el contrario, no estaba bien, podía notarlo. Y solía estar así cuando peleaba con su padre. Eran esos días en que solía salir y ahogarse en todo lo que encontrara en su camino. 

—Tú no estás bien. ¿Pasó algo? —Sebastián negó en silencio. 

Lo que no decían salía a gritos en sus miradas. Ambos estaban llenos de sentimientos que no podían comprender ni expresar. Dudas, miedos, deseos, se agolpaban violentamente en su interior complicándolo todo.

—Pensé que hoy no vendrías —dijo Benicio. 

La presencia de Alfredo y la demora de Sebastián le hicieron pensar que no se verían esa noche, quizás por eso al llegar a la habitación y verlo, su corazón comenzó a dar saltos en su pecho.

—Tuve una  cena. No pude zafar. Te avisé. ¿No viste los mensajes?

—No. No los vi. Apagué el celu porque tu padre no dejaba de llamar. Pero al final vino aquí así que no tuvo mucho sentido.

—¿Papá estuvo aquí?

—Sí —ambos bajaron la mirada con resignación—. Y me dejó muy claro que no quiere que te quedes.

—Parece que todos tienen algo que decir —dijo exaltado recordando las palabras de su tío—. Todos se creen con el derecho de decidir qué debo o qué no debo hacer.

Respiró profundamente y miró a Benicio

— ¿Me vas a echar?

Benicio negó en silencio mirándolo a los ojos. Sebastián asintió sonriendo, un poco más calmado.

—¿Mañana te dan de alta? 

—Si. Arturo dejó todo listo, a las 8am me puedo ir —Sebastián sonrió

—¿A las 8? —tomó el papel del alta y la epicrisis y supo que su tío lo había hecho a propósito para que él no estuviera a la hora de la salida de Benicio.

Pero eso no importó. Sebastián tomó los recaudos y llevó a Benicio a su casa. 


•• <<────≪•◦⚜◦•≫────>> ••


—¡Ya cállate! —dijo Sebastián molesto, lanzando el bolso sobre el sofá. 

—No te enojes. Sabes que tengo razón —dijo Benicio tomando el bolso y llevándolo al cuarto. 

—Odio que tengas razón. 

—Bueno, ya estoy en casa, ahora ve a la oficina. No busques problemas. 

Sebastián salió del departamento muy enojado. Dio un portazo y sin saludar, se dirigió a la Distribuidora. Benicio estaba sorprendido por la aceptación de Sebastián, pero lo que más le estaba costando era lidiar con todo lo que estaba sintiendo y pensando. Los cambios en Sebastián eran evidentes. Él por momentos lo desconocía. Este nuevo Sebastián parecía socavar en él, en áreas hasta ese momento desconocidas. 

Ese día fue para Benicio más complejo de lo que esperaba. Los llamados de Alfredo, no cesaban. Sabía lo que tenía que hacer para que dejara de llamar. Pero no sabía cómo. Salió a comprar y esperó a Sebastián con la cena lista. Se había comprometido con él a apoyarlo, pero seguía induciéndolo a satisfacer a su padre. Cuando Sebastián llegó y sintió el aroma de la comida casera sonrió. 

—Bienvenido —saludó Benicio mientras terminaba de preparar la cena.

—¿Cómo estás? —Sebastián se había esforzado por no escribir ni llamar, pero no había estado tranquilo en todo el día. 

—Muy bien. La cena está casi lista. Ve a cambiarte.

Sebastián se quedó de pie mirando a Benicio. Estaba nervioso, quería hablar pero las palabras no salían. Benicio terminó y se limpió las manos. Miró a Sebastián. 

—¿Pasa algo? —preguntó al ver que Sebastián no se movía

—Siento lo de esta mañana —murmuró algo avergonzado

—También yo —. Benicio sentía que estaba muy abrumado por todo lo sucedido últimamente y no había actuado bien. 

—Necesito que hablemos, Beni. —Benicio asintió— Dame unos minutos.

Sebastián se metió al cuarto y se cambió de ropa. Su cabeza parecía que iba a explotar “¿por dónde empezar?” Tenía tantas cosas que decir y preguntar. Tantas dudas. 

Benicio preparó la mesa. Estaba en silencio, pero dentro de su cabeza el ruido era ensordecedor. Estaba lleno de interrogantes, de miedos. Su pecho, lleno de sentimientos, se movía rápidamente. 

Sebastián salió del cuarto y se sentó a la mesa. 

—Beni, las cosas se están poniendo raras y no me gusta. No quiero que cambien las cosas entre nosotros.

—Las cosas han cambiado. Aún si tú no lo quieres —respondió Benicio, con seriedad.

—Nada ha cambiado. —Replicó el muchacho. 

Benicio lo miró sorprendido. “¿Acaso no puedes ver el cambio en ti mismo?”, “¿Es que sólo yo lo puedo ver?” se preguntó.

—Tú sabes que eso no es así —dijo Benicio—. Sabes que ya nada será como antes. 

—¿Por qué? ¿Porque ahora eres gay? —. Preguntó Sebastián.

—Siempre lo he sido.

—Entonces ¿qué es lo que cambió?

Benicio bajó la vista en silencio. 

—¿Es porque yo lo sé? —Continuó el joven—. ¿En qué cambia que lo sepa o no? —Benicio alzó su rostro, en silencio, y lo miró a los ojos. 

—Te conozco. Sé lo que piensas de personas como yo. Sé cómo te sientes al respecto. Sé que para tí es humillante pensar que nadie te dijo nada y pasaste ¿cuántos? ¿tres? ¿cuatro años? durmiendo al lado de un gay.

—¿Tres? —Sebastián se rio suavemente —Fueron casi cinco años. 

La reacción de Sebastián no dejaba de sorprenderlo. 

—¿Por qué te ríes? —Benicio no lograba comprender.

—Porque no lo sabía y no me di cuenta en todo ese tiempo. Eso me hace sentir más tonto que humillado. 

—Si lo hubieras sabido, nunca te hubieras quedado aquí. 

—Eso es algo que nunca podremos saber con certeza —dijo Sebastián.

—Si lo hubieras sabido antes, me hubieras mirado como me miraste en la clínica —replicó Benicio con dolor.

—¿A qué te refieres? ¿Cómo te miré en la clínica? —preguntó desorientado.

—Con asco, con desagrado —. Sebastián estaba impactado. 

—Eso no es cierto. Yo no te he mirado de esa manera, porque no es lo que siento hacia ti. 

—No quería que cambiaras tu forma de verme o de tratarme. Pero al verte cerca de ese tipo… Seba, yo… Sólo pensé que era más importante que estés a salvo… por eso le pedí a Arturo que hablara contigo. Y no ibas a entender si no se te decía todo.

—¿Qué no me escuchas? Te acabo de decir que no siento ni asco ni desagrado.

—¿Y qué es lo que sientes entonces? —Sebastián pensó antes de responder.

—Siento que quiero estar contigo, que quiero protegerte y cuidarte, como tú lo has hecho conmigo.

Benicio lo miró, tratando de procesar lo que acababa de escuchar. Las palabras de Sebastián lo confundían. O tal vez la naturalidad con la que las decía.

—¿Protegerme y cuidarme? —repreguntó Benicio, su voz temblando ligeramente— ¿Por qué? ¿Por qué ahora?

Sebastián se acercó un poco más, su mirada fija en la de Benicio.

—Porque no lo hice aquella noche en el parque. Porque el día que tuviste el infarto, me di cuenta de lo mucho que significas para mí. No quiero perder nuestra amistad, Beni. Es lo único en mi vida que realmente vale la pena. Lo que importa es lo que somos, lo que hemos sido siempre. No quiero que cambien las cosas entre nosotros. No quiero que nos distanciemos por algo que no tiene importancia. 

Benicio respiró hondo, tratando de calmar el torbellino de emociones que sentía. Se sentó a la mesa y miró a Sebastián en silencio. 

—Imagino que tienes muchas preguntas que hacer —dijo luego de unos minutos. Sebastián asintió— Te escucho.

—Tu estas… ¿Sales con alguien?

—No.

—¿Por mi? Es decir ¿porque mi padre te lo pidió?

—No. Supongo que porque no he dado con la persona indicada. 

—Y ¿cómo es tu persona indicada? —Benicio sonrió

—Nunca lo pensé realmente. Pero creo que alguien maduro, seguro… que comparta proyectos conmigo.

Sebastián sintió una fuerte molestia al pensar la siguiente pregunta y pensó que no lograría ponerla en palabras, pero tenía que salir de dudas.

—¿Te gusta Salvador? —dijo luego de respirar profundamente.

—¿El enfermero? Es un niño, Sebastián.

—O sea… que es una cuestión de edad… tiene que ser mayor que tú… ¿verdad?

—Pues… supongo que si.

—¿Desde cuando eres … o sabes que eres… gay?

—Siempre lo supe.

—¿Alguna vez tuviste sexo con una mujer?

—No

—Y ¿cómo sabes que no te gustan?

—Porque no me atraen las mujeres, Seba. Y es probable que, para poder responder adecuadamente, tendría que valerme de pastillas. Como tú con los hombres. Algo que me parece absolutamente desagradable.

—Siempre las he tomado, incluso con las mujeres. 

Benicio lo miró sorprendido. Sebastián lo notó. 

—¿Qué? —increpó

—Nada. Solo que me resulta llamativo que a tu edad debas recurrir a ese tipo de cosas.

El corazón de Sebastián latía tan fuerte. Bajo la mesa cerró su mano al recordar la sensación de la barba rasposa de ese hombre que se mostraba ante él como todo un misterio, aún cuando estaba dando respuesta a todas sus inquietudes.

—Y… qué posición ocuparía tu … ¿novio? ¿chico? ¿cómo se dice? —Benicio sonrió. 

—Mi pareja, mi compañero… supongo que cualquiera de esas está bien. Creo que a mi edad eso de “novio” ya no aplica. Y en cuanto a tu pregunta… No me importa el nivel económico, Seba. 

—No me refería a eso. Sino a qué posición en la cama. —Benicio lo miró sorprendido. 

—¡Por Dios, Seba!

—Dijiste que ibas a responder

—Sí, lo sé, pero…

—Responde —. Benicio suspiró con resignación

—No tengo preferencia por una posición en especial. 

—¿En serio? —preguntó Sebastián sorprendido. 

Benicio asintió con seguridad. Sebastián estaba algo nervioso. Frotaba sus manos, pero ésto era imperceptible para Benicio. Aguardó unos segundos, que a Benicio se le hicieron eternos. 

—¿Listo? ¿Ya dejé satisfechas todas tus dudas?

—No. Hay una más —. Sebastián lo miró a los ojos. 

Por alguna razón. Aquella propuesta que una vez le había hecho Manuel, ya no era lo que deseaba. Pero tenía que saber porqué había sido rechazado.

—Dime —dijo Benicio con seguridad

—¿Por qué me rechazaste? —Benicio lo miró en silencio—. Yo pensé que era porque soy hombre y no te resultaba atractivo el sexo con un hombre. Pero ahora… no entiendo. ¿Qué te costaba aceptar? 

—Te dije claramente porqué no aceptaba. Y nunca dije que no te aceptaba porque fueras hombre.

—Pero a tí te gustan los hombres, ¿por qué yo no?

—Tú no eres hombre para mí, Seba. 

Sebastián abrió sus ojos tal como si hubiera sido apuñalado en el centro de su pecho. Benicio lo notó. Y no supo cómo aclarar las cosas sin confundir todo mucho más.

—WOW! No soy hombre —exclamó casi sin aliento.

—Lo que quiero decir es que tus formas, tus deseos, tus costumbres, tus proyectos están en las antípodas de los míos. 

Sebastián no podía hablar. Sentía que algo lo oprimía de una manera asfixiante. Cenaron en silencio 

—¿Te vas a quedar? —preguntó Benicio luego de limpiar la cocina. Sebastián se veía devastado.

—Sí. A menos que tú no desees que me quede. ¿qué quieres que haga?

—Tu padre tiene un hombre detrás de ti. Está abajo. 

—No me importa —dijo Sebastián con una calma que a Benicio le resultó realmente escalofriante —. Ni el tipo ese, ni mi padre. ¿Tú que deseas?

Luego de unos segundos de mirarse largamente, Benicio rompió el silencio. 

—Yo también quisiera que las cosas no cambiaran.

—En ese caso, hagamos que no cambien.

Ambos entraron al cuarto y en silencio, como cada noche se dispusieron a dormir. Pero era inevitable. Algo había cambiado. Dormían como siempre, pero con la diferencia de que ahora había entre ellos un cúmulo de sentimientos que los unía y los separaba a la vez.

Thoughts

  • TeoSanabria

    Para seguir leyendo por entregas, "🌸 MI RINCONCITO" arranca otra historia de un vínculo guardado en secreto: un refugio de cerezos escondido que de pronto alguien más descubre.

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  • cuento77

    Mare, en el grupo ya estamos divididas: dos quieren que Beni le diga que sí a Seba de una vez, y yo sigo sin perdonarle lo del parque aunque se haya quebrado contándolo. La afeitada nos tuvo despiertas jaja.

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  • capitulopiloto

    Salvador llamándole grandote a Beni y Seba mirando desde el sofá con el tobillo latiendo. Menudos celos, tío, y él sin enterarse.

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  • NicolasBravo

    Seba de barbero 😂

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  • gmedina33

    Drogado y con el tobillo morado todavía caminó hasta la avenida y paró un taxi. Ese pie nadie lo miró hasta la clínica.

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  • renglontorcido

    Yo a Sebastián todavía no le compro el cambio. Le pregunta todo a Beni, hasta qué posición prefiere en la cama, y lo único que no le pregunta es si lo puede perdonar.

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  • TeoSanabria

    Arturo es el que más me gustó de todo el capítulo. Se va harto, le dice a Sebastián que ya cumplió con Benicio, y antes de salir manda poner un sofá en la habitación. A mí me recibió un tío en su casa a los diecisiete y era igualito: te retaba fuerte, cerraba la puerta enojado y a la mañana tenías el desayuno servido. Apuesto a que lo de denunciar a Alfredo si lo manda con Aguilar no es de palabra nomás.

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  • LauraLetras

    Salí de este capítulo como si hubiera pasado una semana en esa clínica. Me quedo con el monitor que cambia de verde a amarillo y a anaranjado cada vez que Seba se acerca: primero me hizo reír y al rato me dejó fría, porque es lo único en toda la historia que no puede mentir, ni cuando Beni le dice que cuidarlo era su trabajo. En esta familia todos hablan para tapar algo y el cuerpo de Beni lo cuenta igual. Y con Didí todavía esperando del otro lado, este cariño nuevo me da más miedo que alegría.

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  • Ovid

    Salvador el enfermero, que entra para cambiar un vendaje y termina siendo el único que le habla a Sebastián sin pedirle nada a cambio. Apuesto a que no está en la historia solo para ponerle celoso a Seba, y que en algún capítulo va a ser él quien diga en voz alta lo que Arturo y Alfredo se callan. Con ese nombre, ya casi lo había anunciado Seba.

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