En los tiempos antiguos, en el fértil valle que hoy recorre el estado Miranda, vivía un niño llamado Súcuta. Él era un Huarena, un pueblo valiente que formaba parte de la gran familia Caribe. Súcuta amaba su hogar, un lugar tan lleno de pastos altos y verdes que su gente lo llamaba "Guarenas", que en su lengua significaba "hierbazal" o "pradera".
La vida de Súcuta era una gran aventura. Su pueblo era seminómada; no se quedaban siempre en el mismo sitio para dejar que la tierra descansara. Súcuta ayudaba a su abuelo Taman a recoger sus pertenencias. "Nos movemos con el ritmo de la naturaleza, Súcuta", decía Taman mientras cargaban cestas tejidas con fibras de palma.
El río Guarenas era el lugar favorito de Súcuta para demostrar su destreza. Con una lanza de madera afilada y mucha paciencia, aprendió a observar el movimiento plateado bajo el agua. No solo pescaba para alimentar a su familia, sino que sentía que el río le contaba historias sobre las montañas donde nacía el agua cristalina.
Cuando era momento de internarse en el bosque, Súcuta seguía los pasos silenciosos de su padre, Cauri. Juntos rastreaban las huellas del venado entre los helechos gigantes. Cauri le enseñó que un buen cazador respeta al animal y al bosque. "Solo tomamos lo que necesitamos", le recordaba su padre mientras se ocultaban entre el follaje esmeralda.
En los claros del bosque, la tierra les regalaba oro en forma de granos. Súcuta pasaba las mañanas sembrando maíz. Hundía sus manos en la tierra oscura y húmeda, colocando cada semilla con cuidado. Sabía que, tras las lluvias, el valle se llenaría de tallos altos que alimentarían a todo el pueblo con fuerza y alegría.
Pero el aroma más dulce venía de los árboles de cacao. Súcuta acompañaba a su madre Zari a recolectar las mazorcas rojas y amarillas. "Este es el regalo más preciado del valle", decía Zari al abrir una fruta para mostrar las semillas blancas. El cacao de los Huarenas era conocido por su sabor único, capaz de reconfortar el alma en las noches frescas.
Un día, Súcuta vio señales de humo en el horizonte. Eran sus vecinos, los Mariches. En la frontera del valle, Súcuta conoció a Aram, un joven de ese pueblo. A pesar de venir de grupos distintos, ambos sabían que la unión hacía la fuerza. Intercambiaron regalos de plumas y cacao, sellando una amistad que protegería sus fronteras.
La alianza creció cuando se unieron los Chagaragotos. Súcuta conoció a Neri, un valiente joven de este grupo. Juntos, los Guarenas, Mariches y Chagaragotos formaron una gran hermandad para cuidar el valle. Súcuta y Neri vigilaban desde los puntos más altos, asegurándose de que nadie perturbara la paz de sus hogares y sus cultivos.
Los años pasaron y Súcuta se convirtió en un gran líder que siempre recordó el origen de su pueblo: el hierbazal. Enseñó a los más pequeños a cuidar el río, a respetar el bosque y a amar el aroma del cacao. Gracias a su valentía y sus alianzas, la cultura de los Guarenas floreció y dejó una huella imborrable en la tierra.
Continuará....