En el corazón del estado Miranda, donde la selva susurra secretos antiguos, vivía Súcuta. A sus veinte años, este joven del grupo indígena Huarena conocía cada rincón del valle del "hierbazal". El sol de la mañana iluminaba las altas briznas verdes quedaban nombre a su hogar, un lugar donde la naturaleza y su pueblo vivían en perfecta armonía. Súcuta respiró el aire fresco, listo para un día muy especial.
Súcuta no estaría solo hoy. Pronto, sus primos del grupo Chagaragoto llegaron para una jornada de unión y destreza. Aram, el mayor de veintitrés años, saludó a Súcuta con un fuerte apretón de manos. Ambos compartían historias de sus ancestros mientras revisaban sus herramientas de caza. Aram traía consigo una red tejida y una agilidad que todos en la selva respetaban.
Poco después, el joven Neri, de diecinueve años, se unió al grupo con una sonrisa llena de energía. Aunque era el menor de los tres, Neri era famoso por su puntería y su paso silencioso sobre las hojas secas. Súcuta le entregó a Neri una lanza recién afilada. Los tres jóvenes guerreros estaban listos para demostrar su valor y proveer para sus familias en una gran competencia de caza.
La primera parada fue en la espesura del bosque, donde los rastros de los báquitos eran evidentes. Súcuta y Aram se movieron con cautela, coordinando sus pasos para no alertar a los animales. Aram señaló unas huellas frescas en el lodo. Con una comunicación gestual perfecta, se posicionaron estratégicamente. La caza de los báquitos requería astucia y trabajo en equipo, cualidades que ambos dominaban.
Más adelante, cerca de un claro donde la luz se filtraba entre las copas de los árboles, divisaron a un majestuoso venado. Súcuta y Neri se arrastraron por la hierba, manteniendo la respiración. Neri preparó su herramienta con calma, confiando en las enseñanzas de su pueblo. El respeto por el venado era fundamental; solo tomaban lo necesario para la supervivencia de la tribu, agradeciendo siempre a la tierra
Mientras exploraban la zona baja del valle, Aram y Neri encontraron algo moviéndose lentamente entre las raíces: un morrocoy. Esta tortuga terrestre era un hallazgo valioso. Aram la levantó con cuidado, admirando el patrón de su caparazón. Neri sonrió al ver el éxito de su búsqueda. Cada animal recolectado era una bendición que fortalecería e vínculo entre los Huarenas y los Chagaragotos.
El grupo se dirigió entonces hacia el río que serpenteaba por el valle. Allí, en la orilla fangosa, un grupo de chigüires descansaba bajo el sol. Súcuta y Aram se deslizaron por el agua poco profunda, usando las cañas como camuflaje. La paciencia era su mejor aliada. Con un movimiento rápido y coordinado, aseguraron la parte final de su cacería antes de que el sol comenzara a descender.
En el campamento el ambiente era de pura celebración, los padres de Súcuta , Cauri y Zari, habían pasado el día preparando el lugar para el gran encuentro, Cauri atizaba el fuego de gran higuera central, mientras Zari acomodaba las piedras calientes para cocinar. Al ver llegar a los jóvenes con tal abundancia, sus rostros se iluminaron de orgullo por la destreza de sus hijo y sobrinos.
El festín en el valle del Hierbazal fue inolvidable, bajo un cielo estrellado los Huerenas y los Chigaragotos, compartieron la comida y danzaron al ritmo de la naturaleza . Súcuta se sentó junto a su padre Cauri quien le puso una mano cariñosa en el hombro, Aquella noche no sólo celebraban una cacería exitosa, sino la unión inquebrantable de los pueblo originarios que siempre protegían juntos sus tierras sagradas.
Continuará....