Híjole, las mantas para los niños antes que cualquier otra cosa. Fíjese que Byron sí sabe a quién le conviene tener tranquilo.
Capítulo 5: La primera cacería
En mitad del griterío que consumía la oficina de adobe del retén, Byron permanecía un paso atrás, apoyado contra el marco de la puerta con una lucidez fría que nadie más tenía.
En series
In groups
Pensamiento
Híjole, las mantas para los niños antes que cualquier otra cosa. Fíjese que Byron sí sabe a quién le conviene tener tranquilo.
Contenido de la publicación
En mitad del griterío que consumía la oficina de adobe del retén, Byron permanecía un paso atrás, apoyado contra el marco de la puerta con una lucidez fría que nadie más tenía.
Mientras el sargento de la Guerra del Pacífico miraba al grupo con desprecio, Byron se dio cuenta de que las finanzas de este lugar tenían una importancia crítica; la plata del purgatorio dictaba quién seguía respirando y quién se transformaba en alquitrán. Para él, la calle santiaguina le había enseñado una regla que calzaba perfecto con el R.U.T.: actuar en grupo era solo por conveniencia mutua y temporal. En este nuevo tablero, la supervivencia real incluía dejar atrás —e incluso eliminar de raíz— cualquier tipo de lastre que pusiera en riesgo su propio pellejo.
El boche de la asamblea seguía subiendo de tono a su alrededor, pero Byron no oía el ruido; su mente ya estaba calculando el próximo movimiento. Paseó la vista por el retén y, mirando uno a uno a los pasajeros que gesticulaban asustados, fue escogiendo mentalmente a sus posibles cómplices, buscando sombras que tuvieran el pulso lo suficientemente frío como para morder cuando él diera la orden.
En su selección, Iván y Elisa no fueron considerados por los traumas evidentes que llevaban a cuestas; el chofer seguía mudo y quebrado al lado del mesón, atrapado en el horror de la habitación 302, y la profesora apenas podía contener el espanto. No le servían. Eran peso muerto. Para Byron, lo único importante en este minuto era conocer a fondo cómo actuar en este mundo hostil, entender las mecánicas de la carne y adelantarse al peaje de la próxima frontera hacia el sur antes de que el desierto decidiera cobrarles la cuenta.
El sargento de la Guerra del Pacífico se cansó del boche y de la mirada vacía del conductor. Con un movimiento marcial y violento, el militar de 1879 dio un paso al frente, levantó su mano callosa y le dio un bofetón ensordecedor en mitad de la mejilla a Iván.
El golpe seco resonó contra las paredes de barro. Iván se tambaleó hacia un lado, sacudiendo la cabeza como si un balde de agua helada lo hubiera despertado de golpe; sus ojos inyectados en sangre salieron por un segundo de la pesadilla de la habitación 302 y enfocaron la realidad del retén.
Antes de que el chofer de treinta años pudiera articular palabra, el sargento se le inclinó encima, sujetando la insignia de metal que la profesora Elisa le había devuelto.
—Le ofrezco un trato, conductor —soltó el oficial con una voz fría y negociante—: la medalla de Lynch a cambio de cinco kits básicos.
Iván, atrapado entre el dolor ardiente del golpe y la parálisis del trauma que todavía le nublaba el cerebro, apenas asimiló los términos de la transacción. Miró la insignia y luego la barrera oxidada de afuera. Desesperado por salir de la ratonera de Cuya, asintió mecánicamente con la cabeza.
—Ya... acepto. Hagamos el trato —murmuró Iván con la voz ronca, firmando el canje sin siquiera saber qué chucha contenían los benditos kits.
Desde una esquina oscura del retén de adobe, Byron observaba el trato en completo silencio, pero con los ojos fijos y muy atento a cada detalle del intercambio. Una mueca de profundo desprecio se le dibujó en los labios. En los pensamientos oscuros de Byron quedó grabado un dictamen definitivo: Iván era el líder de esa masa de sombras solo porque sabía manejar el bus, pero otro mérito o peso callejero no tenía para comandar al grupo en mitad de un purgatorio. El chofer era débil, se quebraba ante la primera cuota de sangre y regalaba los salvoconductos por puras cajas cerradas. Byron se acomodó la casaca deportiva, confirmando que el tablero de Cuya estaba listo para un cambio de mano a la fuerza.
El boche de la asamblea cesó por un instante cuando los soldados de 1879 pusieron las cinco cajas de madera sobre el mesón. Olvidados por un segundo del pánico, los pasajeros se reunieron en un círculo apretado, estirando los cuellos para ver con desconfianza el contenido de los misteriosos kits básicos.
La profesora Elisa dio un paso al frente. Con las manos aún temblorosas por la paranoia de su frente regenerada, tomó uno de los contenedores rústicos y lo abrió, rompiendo el sello de cuerda. Un olor a humedad antigua y pólvora seca brotó del interior, revelando el equipamiento de campaña que el purgatorio les entregaba a cambio de la insignia de Lynch.
Elisa fue sacando los objetos bajo la mirada atenta de Byron y del pasillo. Lo primero fue una cantimplora metálica, pesada y abollada, que contenía un líquido denso y oscuro con el aroma penetrante del vino, calculando unos dos litros en total. Junto al contenedor venía una manta de lana gruesa y gris, áspera al tacto y con el timbre de la infantería del siglo XIX, acompañada de un trozo de comida extremadamente dura: un charqui reseco que parecía madera tallada. En el fondo de la caja descansaban además un par de latas de conserva oxidadas y sin especificar, desprovistas de cualquier etiqueta que delatara su interior, junto a cinco balas de fusil de plomo macizo y un pedernal de piedra chispera para encender fuego.
Las veinticuatro sombras miraron los objetos con un silencio de profundo desconcierto; tenían en sus manos pertrechos militares de 1879, munición para armas que no poseían y alimentos blindados para un limbo donde la carne normal ya estaba dejando de responder.
—Hay que organizar grupos —sentenció Byron, alzando la voz por encima del boche para adueñarse por completo del retén de adobe—. Hay que salir a cazar antes de que se oscurezca.
Era la excusa perfecta. El sargento de la Guerra del Pacífico los miraba con desprecio desde el mesón, pero Byron ya estaba usando el apuro de la luz solar como la pantalla ideal para evaluar de cerca y consolidar a su grupo elegido mentalmente. Con el ojo clínico de la calle santiaguina, fijó la vista en la masa de sombras y apartó a los suyos: seleccionó a siete pasajeros corpulentos y de pulso frío, más una mujer de mirada dura que no había llorado en todo el viaje. Siete más uno; ocho piezas leales en su bando para controlar la fuerza bruta de la máquina.
El resto de la asamblea, la masa de civiles asustados, los padres y los tres niños sobrevivientes se replegaron por puro descarte hacia la esquina donde la profesora Elisa sostenía el brazo del chofer zombie, asumiendo el peso de ese lastre emocional.
Sin embargo, el tablero de Cuya ocultaba un tercer movimiento silencioso. En un rincón apartado del retén, el pasajero anónimo que cargaba con las veintidós monedas de los muertos en la casaca comenzó a cruzar miradas con otros sobrevivientes mudos. Sin meter ruido en el desorden, el portador de la plata estaba formando su propia facción de cinco personas exactas, un círculo cerrado y hermético unido únicamente por el secreto del dinero del purgatorio.
Byron barrió la oficina con la mirada, viendo cómo el pasillo de las veinticuatro sombras terminaba de fracturarse de forma definitiva en tres bandos antes de dar el paso final.
—Bien —soltó Byron, apuntando con el dedo las cinco cajas de madera que descansaban sobre la mesa del militar de 1879—. Escojamos y luego repartimos los ítems de los kits.
El reparto de las cinco cajas de madera se ejecutó bajo la mirada de piedra del sargento de 1879, con Byron dictando los términos desde la cabecera del mesón.
—Las mantas para los niños —ordenó Byron, arrojando el paño áspero de lana gris hacia la esquina de la profesora Elisa, donde los tres menores sobrevivientes tiritaban por el frío de la pampa.
Nadie discutió esa primera cuota de humanidad. Elisa recibió el abrigo en silencio mientras Byron continuaba destapando los pertrechos de la Guerra del Pacífico. Agarró las cantimploras metálicas y las sacudió, escuchando el oleaje espeso de los diez litros de alcohol rústico.
—El vino se reparte igual para todos —sentenció, dejando claro que el líquido penetrante sería el único anestésico para mantener al pasillo en calma. Luego, barrió las raciones de charqui que parecían madera y las latas de conserva oxidadas y sin especificar—. La comida dura y las latas se guardan para emergencia. Nadie las toca todavía.
En el fondo de los kits asomaron los proyectiles de plomo macizo. Un pasajero estiró la mano tentado por el metal, pero Byron le dio un golpe en los dedos.
—Las balas no sirven, así que las guardamos —escupió con desprecio. Sin un fusil Comblain o Gras de la infantería del siglo XIX, esos cinco plomos por caja eran solo peso muerto en el bolsillo.
Sin embargo, el verdadero tesoro militar de los pertrechos de 1879 venía oculto en el fondo del último contenedor. Al retirar un doble fondo de paja seca, el metal brilló bajo la luz mortecina del retén: cinco corvos chilenos, con la clásica hoja curva y oxidada, desgastados por las batallas del caliche pero con el filo intacto para rajar carne humana. El siseo del acero al ser desenvainado congeló el aire de la asamblea.
Byron agarró el primer corvo por el mango de suela, sintiendo el balance criminal del arma, y repartió los otros cuatro entre los hombres corpulentos de su facción.
—Los corvos para el grupo que saldrá a cazar —concluyó, ajustándose el acero al cinturón de su casaca deportiva. Miró de reojo a la facción de los trece asustados y al bando mudo de las veintidós monedas, dejando en claro que, aunque la comida fuera de todos, las armas del purgatorio le pertenecían ahora a su bando.
Repartido todo, Byron y su facción de cazadores salieron del retén de adobe y se internaron en la inmensidad del desierto costero, dejando atrás al resto de las sombras guarecidas en el oasis de Cuya. Tomaron la decisión de alejarse solo por un lapso breve de tiempo, con la idea fija de asentarse a las afueras del poblado, estudiar el terreno y ver qué presas andaban rondando; de esa forma podrían regresar a la micro sin arriesgar el pellejo en las planicies profundas.
Caminando en mitad de la penumbra nortina, llegaron a una zona de geografía irregular, un promontorio de rocas y grietas de caliche que resultaba ideal para observar el horizonte y colocar trampas improvisadas.
Buscando sacudirse el frío de la pampa, Byron desenganchó la cantimplora metálica de su cinturón. Se la llevó a los labios y tomó un trago largo. El impacto fue instantáneo. Al segundo de tragar el fluido denso, una corriente eléctrica y violenta le recorrió los nervios, y su energía aumentó de una manera extraordinaria, sacudiéndole el cuerpo como si estuviera poseído por un demonio de la pampa. No era vino común. El sargento de 1879 les había entregado el brebaje más maldito e infame de la Guerra del Pacífico: la chupilca del diablo, esa mezcla de aguardiente, vino y pólvora negra que los batallones de infantería chilenos usaban para anular el dolor y desatar la furia en las batallas del norte.
Con las pupilas dilatadas y la pólvora quemándole las venas, Byron empezó a tener una sed de sangre incontrolable. El pulso le latía en las sienes como un tambor de guerra.
Aplastado por la euforia química, se dio la vuelta y se dirigió directamente hacia el hombre más viejo de su grupo.
—Dame tu tarjeta, weón —le ordenó Byron con la voz ruda, clavándole una mirada desorbitada.
El viejo, tiritando y con más miedo que ganas, metió la mano en su ropa y le entregó el plástico negro. Byron, perdiendo por completo el control debido a la brutal estimulación de la chupilca, tomó la identificación y se la quedó contemplando en mitad de la palma, alucinando con el resplandor del número blanco impreso en el centro: 111.
Pasaron los segundos en un silencio tenso. A los diez segundos exactos, el plástico vibró con un siseo frío, se desvaneció de la mano de Byron por arte de magia y apareció de golpe en el bolsillo de su dueño original. El sistema del R.U.T. protegía la propiedad de las almas vivas.
Byron se quedó mirando sus dedos vacíos y soltó una risa ronca.
—Interesante... Dame tu tarjeta otra vez —siseó.
El viejo repitió la acción con los dedos tiritones. Le entregó el plástico, y de nuevo, a los diez segundos cronometrados, la tarjeta regresó sola a su dueño. Byron soltó una risa desquiciada que rebotó en las rocas del desierto. La matemática del purgatorio era implacable: los plásticos no se podían robar entre vivos. Había que extinguir la carne para liberar el saldo.
Poseído por una fuerza sobrehumana, Byron estiró la mano izquierda, agarró al viejo de la ropa y lo levantó en el aire con una facilidad espantosa. El anciano comenzó a patalear, soltando lágrimas de puro pánico.
—¡Suéltame, por favor! ¡Suéltame, Byron, por la chucha! —suplicó el viejo, pero el líder interino estaba demasiado eufórico como para escucharlo.
Byron desenvainó su corvo de la Guerra del Pacífico. Pasó la hoja curva de forma amenazante a milímetros del cuello del hombre, disfrutando el siseo del acero.
—¿Y si te mato... qué pasará? —susurró Byron con una sonrisa de demente.
El resto de los cazadores de la facción se quedaron inmóviles en mitad de la penumbra. Ninguno reaccionó. Ninguno estiró un brazo para defender al viejo. De alguna forma enferma, el veneno de la codicia y la chupilca también los había contagiado; ellos también querían saber qué chucha pasaba cuando el tablero cobraba una vida desde adentro.
Byron no lo dudó más. Enterró la punta del corvo en la base del cuello del anciano y desplazó el acero curvo con un tirón violento, rajando lo más posible la carne y desgarrándole la garganta de oreja a oreja. El viejo fue perdiendo su sangre oscura y espesa como el petróleo, que brotó en ráfagas calientes sobre la arena, sin poder pronunciar más que un grito agonizante y ahogado que murió en sus cuerdas vocales deshechas.
Byron abrió la mano izquierda y lo soltó. El cuerpo del anciano cayó con un impacto húmedo contra el piso estéril, comenzando a colapsar y a sacudirse en mitad del charco oscuro. En menos de diez segundos, la carne gris y los fluidos fueron absorbidos por el caliche del desierto, desapareciendo por completo y dejando únicamente la tarjeta plástica negra brillando sobre la tierra sucia.
Byron se agachó y tomó el plástico. Esta vez, al no quedar rastro de vida en su dueño, la tarjeta no regresó a ninguna parte. A los diez segundos exactos, el plástico negro vibró con un zumbido eléctrico y se transmutó entre sus dedos en exactamente 25 monedas alma con forma de microcráneos de plata.
Al escuchar el tintineo pesado de las nuevas monedas chocando en su puño, Byron volvió a soltar la misma risa desquiciada de antes, mirando hacia las planicies oscuras con los ojos inyectados en sangre. La primera cacería hacia adentro del grupo se había consumado con éxito.
Thoughts
-
PermalinkMi sospechoso era el de las veintidós monedas, y Byron me pasó por el lado. La prueba de la tarjeta dos veces, cronometrando los diez segundos, es de alguien que ya pensaba matar antes del trago. ¿Byron ya era el villano cuando lo subiste al bus?
-
Permalink¡Todos mirando a Byron con su corvo y yo pendiente del pasajero calladito de las veintidós monedas armando su grupo de cinco! Ese es el peligro de verdad, ya pues.
-
PermalinkLa medalla de Lynch por cinco kits parecía mal negocio para Iván, pero con la chupilca adentro el que salió ganando fue el sargento: les vendió la primera matanza en cantimplora. Igual estoy mal.
-
PermalinkHíjole, las mantas para los niños antes que cualquier otra cosa. Fíjese que Byron sí sabe a quién le conviene tener tranquilo.
-
PermalinkMeter la chupilca del diablo en una cantimplora de 1879 me hizo pensar en cuanta historia chilena real cabe en este purgatorio: la medalla de Lynch, los corvos del caliche, la Guerra del Pacifico entera. Apuesto a que el sargento sabia muy bien lo que les estaba entregando, y el trato con Ivan era la trampa desde el principio.
-
PermalinkUf, el viejo.
Related posts
-
Capítulo 6: Bus al sur
El frío paridor de la pampa calaba los huesos, pero adentro de la cabeza de Byron el infierno ardía a otra temperatura.
-
Capítulo 7: Camanchaca
El Transantiago se había transformado en un ataúd de lata congelado en mitad de la Cuesta de Chiza.
-
Capítulo 8: Estamos a salvo
El «¡Chei chi!» se escuchaba muy cercano, vibrando con nitidez a través de la carrocería, pero la espesa niebla de la camanchaca no permitía saber dónde estaban. La Cuesta de Chiza seguía convertida…
-
CAPÍTULO I: TODO PASA POR ALGO
No.
-
Adán y Eva: dos versiones del despertar.
Hay una historia que casi todos conocemos. Un hombre, una mujer, un jardín, una serpiente, una fruta prohibida. La historia de Adán y Eva es uno de los relatos fundacionales de Occidente. La usamos…
-
CARTAS DE UN ENAMORADO SIN RECUERDOS, Capítulo 3
CEMENTO Y SEDUCCIÓN
-
El HÁBITAT: Cronica de la epidemia zombie en Argentina
Capítulo 7:
-
2do Viaje: Misterio en el Pozo de Brillo Azul.
Ferdra siempre decía que el mundo es un libro y quienes no viajan sólo leen la primera página. Con su cámara colgada al cuello y su mochila llena de baterías, se preparaba para su nueva aventura.