Los meses transcurrieron con la pesadez de una llovizna constante. En la casa de Mateo, la vida continuó su curso aparente. Las cenas en familia, los partidos de fútbol de Leo y las presentaciones escolares de Sofía llenaban las horas, pero la mente de Mateo habitaba en otra parte. Había guardado el pequeño papel arrugado en lo más profundo de un cajón bajo llave en su despacho, un secreto enterrado pero implacable.
Camila notaba la ausencia en la mirada de su esposo, aunque prefería atribuirla al estrés laboral. Entre ellos, el matrimonio se había convertido en una maquinaria perfecta y eficiente de tareas compartidas, vacía de cualquier chispa. Mateo cumplía con cada rol, pero en el fondo sabía que la llamada interrumpida frente a la casa de Ana había dejado una puerta entornada que nunca logró cerrar del todo.
Ana, en su villa a las afueras de Roma, vivía una parálisis similar. Stefano había regresado de sus viajes de negocios con la promesa de "estar más presente", pero su presencia solo acentuaba la distancia que los separaba. Ana miraba crecer a la pequeña Lucía y se descubría a sí misma buscando instintivamente un auto oscuro cada vez que se asomaba por la ventana de la sala.
Aquella tarde lluviosa en que decidió no abrir el portón no había traído la paz que esperaba, sino un interrogante constante que amenazaba con consumirla.