El viaje de Sebastián a Bahía Blanca no tardó en llegar a oídos de Alfredo. Y a pesar de que conocía el destino, no dejaba de pensar que Benicio tenía algo que ver. Intentó hablar con Sebastián pero éste lo evitaba. Eso lo enfurecía. Benicio por su lado, hablaba con él más frecuentemente pero se mostraba distante y curioso acerca de su hijo, como si no supiera de él sino era a través suyo.
Alfredo estaba seguro que ambos estaban ocultando algo.
Con el correr de los días notó que los viajes de Sebastián se incrementaban y que desaparecía de la planta sin avisar. No obstante, su desempeño era impecable. El sector operativo había mejorado en todos los aspectos y aún cuando Sebastián no estaba en la distribuidora, era consciente de cada cosa que sucedía. Cuando el viejo llamaba a Ramón, el encargado del sector operativo, le decía que había hablado con Sebastián, que Sebastián había dicho tal cosa, que Sebastián se estaba ocupando.
Alfredo caminaba de un lado a otro en su oficina. Sabía que había algo detrás de todo lo que estaba observando. Y le desesperaba no saber qué era. Dos golpes en la puerta llamaron su atención.
Finalmente, y siguiendo el consejo de Benicio, Sebastián subió a ver a su padre, antes de salir del trabajo. Alfredo se sorprendió al verlo entrar en la oficina.
—Al fin te dignas a venir a ver a tu padre —exclamó.
—He estado ocupado —respondió Sebastián fríamente.
—¿Y puedo saber en qué? —el viejo caminó hacia su escritorio y se sentó.
Le indicó a Sebastián que se sentara frente a él. El joven accedió, aunque su gesto frío y distante no desaparecía de ese rostro.
—Bueno, me informaron que tengo propiedades en Bahía Blanca y estoy haciéndome cargo de ellas.
Sebastián se expresaba con seriedad, algo que no pasó desapercibido para Alfredo.
—A propósito, he tomado prestado el avión para viajar. Imagino que ya lo sabes. Podría ir en tren o en bus, pero eso me demandaría más tiempo de viaje.
—No tienes que darme explicaciones. Hijo, eres el presidente de Holding. Puedes disponer del avión cuando lo requieras —dijo Alfredo casi a la fuerza.
Sebastián se movió incómodo en su lugar. No quería confrontar a su padre.
—Solo estoy intentando poner las cosas en orden.
—¿Qué piensas hacer con las propiedades? —Sebastián respiró profundo, no tenía caso ocultar sus decisiones o mentir.
—Para el muelle, pedí presupuestos y estuve evaluando unos proyectos de modernización. Finalmente, escogí el que más se ajusta tanto a las características que tiene la infraestructura, como al uso que se le da. Esta semana comenzó la obra. Según el ingeniero llevará un par de meses.
—¿Venderás la casa?
—Primero la estoy restaurando. También comencé con la obra hace una semana.
—El deterioro es importante, hijo, no creo que valga la pena. Es una inversión considerable que tal vez podrías destinar a otra cosa.
—Sí, es cierto. Pero quiero volver a verla tal como la recuerdo. Recién entonces decidiré qué hacer.
Sebastián estaba incómodo. La sola idea de estar compartiendo con su padre los planes que tenía, le molestaba demasiado. Debía elegir las palabras adecuadas y controlar ese impulso irrefrenable de alejarse de ese hombre.
Luego de la breve charla regresó a su casa. Pasó por Loki y compró algo para cenar en el camino. Mientras cenaba miraba al cachorro y recordaba lo feliz y libre que se veía en la casa. Sonrió sin darse cuenta. Pero prefirió quedarse con esa imagen en su mente, ya que pronto llamaría Benicio, y la charla con su padre lo había dejado algo ansioso.
Pero no era el único.
En la mansión Carrasco, Carmen notó que su esposo estaba algo tenso. Le sirvió un té y se sentó junto a él. Alfredo estaba silente y pensativo. Cuando ella le preguntó acerca de aquello que lo tenía tan ensimismado, el hombre la miró y luego de unos segundos respondió.
—Hoy hablé con Seba—. La mujer sonrió. Apoyó su mano sobre la de Alfredo y le preguntó cómo estaba.
El viejo le habló sobre la charla que había mantenido con Sebastián y la mujer suspiró orgullosa de su hijo. Intentó reconfortar a su esposo, pero Alfredo no podía evitar pensar en que algo más había.
—Ese que habló conmigo no era Sebastián, Carmen. Su forma de sentarse, de hablar, de mirarme… Era Benicio quien estaba frente a mí.
—¿Pero qué dices? —exclamó la mujer sonriendo ante las palabras de su esposo— Es cierto que Seba ha pasado gran parte de su vida junto a Benicio, pero tú mismo te has lamentado de que no lo copiara… ¿Por qué dices que lo está haciendo ahora? y si lo hace… ¿por qué te ves tan amargado?
—Hay algo que no me están diciendo. Ambos están ocultando algo.
Alfredo se puso de pie y caminó hacia la ventana. La mujer vio a su marido nervioso y se acercó.
—¿A qué te refieres, Fredo? —él la miró y no quiso hablar de sus sospechas, era demasiado vergonzoso y asqueroso para que su esposa lo escuchara. Volteó hacia la ventana y perdió su vista en el jardín.
—No lo sé. Solo creo que Sebastián está tramando algo.
Ella se acercó a él y le tomó el brazo.
—Yo creo que debes relajarte un poco, y pensar que Seba finalmente está siguiendo el camino correcto. Nada más míralo. Cómo ha cambiado. Ha dejado todo eso que siempre lo metía en problemas. Me has dicho que en la empresa está haciéndolo muy bien. Ha ganado limpiamente el cargo de Presidente del Holding. Está comprometido hace más de cuatro meses, y pronto va a casarse con una mujer más que perfecta para él. Vamos, Fredo, solo míralo… —insistió Carmen con dulzura.
Alfredo palmeó suavemente la mano de su esposa, y asintió en silencio. Pero no podía dejar de pensar que todo eso era demasiado para Sebastián.
En su cama, Sebastián sonreía escuchando a Benicio.
—Lo hiciste muy bien Seba. —dijo Benicio intentando apaciguar la ansiedad que la voz de Sebastián le transmitía.
—No lo sé. Realmente no estoy seguro. No se si me inquieta más cuando está enojado o cuando está calmado —murmuró el muchacho.
Benicio sonrió. Ignoraba aún lo de los viajes a Bahía Blanca, y las propiedades que había recibido de su abuela.
—Piensa en esto, las cosas se están acomodando aquí. De los cinco clientes hemos recuperado tres y ya estamos trabajando con el cuarto. De seguir así estaré en condiciones de informar a tu padre al respecto y eso ya mejorará su ánimo. La recuperación de esta sucursal redundará en mejores rendimientos de la Distribuidora y presentarás un informe mucho mejor en la próxima reunión.
Sebastián sonrió.
—Eso significa que volverás pronto ¿verdad?
Benicio sonrió.
—Sí. Calculo unas tres semanas más, a lo sumo un mes.
Sebastián pensó. No sabía si la casa estaría lista en ese tiempo. Tenía que apurar las obras. Quería pedirle a Benicio que fueran a vivir allí, pero para eso debía tener la casa lista.
Benicio percibió el silencio de Sebastián como inquietante. Habían mantenido un diálogo fluido y sincero acerca de sus sentires, pero sabía que no era lo mismo que estar uno frente al otro. El silencio de Sebastián al conocer la cercanía del reencuentro, le supuso inseguridad, miedo. “¿quizás Sebastián aún no está preparado para tener esa conversación?” se preguntó
—¿Pasa algo? —preguntó.
La voz de Benicio sacó a Sebastián de su abstracción. Su corazón latía rápidamente, se sentía entusiasmado.
—No quisiera esperar tanto —respondió el joven.
Tenía ganas de ver la casa terminada y entrar en ella junto a Benicio y Loki.
Luego de conversar unos minutos más, se despidieron. Sebastián no estaba muy cómodo ocultándole las cosas a Benicio. Nunca le había mentido, y el no decirle nada acerca de las propiedades, de la casa y el muelle, de sus planes para vivir juntos… todo eso lo estaba incomodando.
Pero quería hacer las cosas bien. Quería que Benicio acepte su propuesta, no se sentía capaz de soportar un rechazo. Recordó aquella vez en que le mencionó la idea de comprar una casa para los dos. “Yo no sé si eres tonto o infantil.” le había dicho aquella vez “¿Quieres jugar a la casita conmigo?”, tenía que encontrar la manera de decirle a Benicio lo que sentía y lo que quería de una manera tal, que no pudiera rechazarlo.
Suspiró.
Estaba agotado. Viajaba entre dos y tres veces por semana a Bahía Blanca. No veía la hora de terminar las obras y alejarse con Benicio y Loki de todo eso. Se acostó abrazando la almohada de Benicio.
Aún tenía su olor.
El aroma de la loción para después de afeitarse. Cerró sus ojos. Podía imaginarse rodeado por los brazos de Benicio, en aquella casa.
En paz.
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Esa mañana Alfredo estaba más inquieto de lo normal. Sebastián llevaba un par de días en Bahía Blanca y por lo que había escuchado de su hombre en la ciudad, se quedaba a dormir en la casa, pero solo. Eso desestabilizó al viejo, “¿Acaso se piensa quedar a vivir allá?” pensó. Pero lo que más lo impactó fue el llamado que tuvo a media mañana.
—¿Cómo es eso de que encontraste a alguien?
—Si, Alfredo. No había querido anticiparme, hasta no tener la certeza de que es la persona indicada. Pero ya no tengo dudas al respecto. Por eso le digo que ya encontré la persona idónea para ocupar la Dirección de la sucursal.
Benicio estaba muy contento. Se sentía satisfecho, y por supuesto, entusiasmado por regresar a Buenos Aires. Alfredo, en cambio, mostraba una cara tensa y una mirada complicada.
—¿Estás seguro? —dijo con desagrado.
—Sí, señor. Es un hombre formado en relaciones públicas. Usted debe conocerlo, vino hace unos años de Buenos Aires. Conoce el manejo de la empresa, tanto a nivel nacional como a nivel local.
—¿Cómo se llama?
—Horacio Medina —el rostro de Alfredo se iluminó de pronto.
Sabía perfectamente quién era ese hombre. Sonrió.
—¡Vaya! —Exclamó con satisfacción reclinándose en su silla.
—La verdad me ha sorprendido. Su conocimiento sobre los clientes y el personal de la sucursal es impresionante. En este último mes ha recuperado tres de los cinco principales clientes que se perdieron en los últimos dos años. Sólo bastó que le mostrara el plan de recuperación con el que llegué para que él diseñara las diferentes acciones. Alfredo, estoy seguro de que es la persona indicada para el puesto.
—Ya veo —dijo el viejo observando la alegría en Benicio—. Solo recuerda lo que te dije el otro día. Es mejor que busques dónde vivir por ahí. Debiste quedarte con el puesto.
Benicio guardó silencio.
—Te quiero lejos de mi hijo.
Toda la satisfacción que tenía desapareció de pronto llenándolo de una pesada angustia. No había caso. No había nada que pudiera hacer para que ese hombre aceptara que él podía ser bueno para Sebastián.
—Lo estoy —balbuceó Benicio mortificado.
—Sí. Y no tienes idea de lo mucho que ha crecido Sebastián desde que te fuiste. Tu presencia en su vida ya no es buena para él. Y si alguna vez te ha interesado su bienestar, espero que puedas aceptar que esto es lo mejor para él.
—Mi casa está en Buenos Aires —murmuró Benicio luego de unos segundos de silencio.
—Eso puede solucionarse.
Benicio no dijo nada.
—Si insistes en acercarte a mi hijo, no me quedará otra opción que pensar que sólo estás buscando hacerle daño, y tendré que actuar en consecuencia.
—Alfredo ¿Cómo puede decir eso? Habla como si no me conociera.
—No. Es todo lo contrario, muchacho. Te hablo así precisamente porque te conozco —dijo el viejo con su voz más áspera y amenazadora—. Si no te conociera, los términos serían otros.
La charla terminó casi abruptamente. Benicio quedó inmóvil. La frialdad con la que le había hablado Alfredo le había helado la sangre. Respiró profundo con un dolor en el pecho, como si algo muy filoso lo atravesara muy lentamente. “¿Cómo es posible que durante más de diez años fui la persona ideal para acompañar a Sebastián y de pronto, mi presencia en su vida ya no es buena para él?” se preguntó.
Era muy difícil de comprender para él. Le tenía afecto al viejo, y aún si no le daba importancia, era evidente que la aprobación que de ese hombre cobraba una relevancia que ni el propio Benicio podía controlar.
Alfredo, por su parte, no estaba tranquilo. Si bien la insistencia de Benicio por regresar le indicaba que no estaba viendo a Sebastián, no podía estar seguro. Conocía a su hijo, y puesto que en la reunión de Directorio se vio orillado a mencionar que Benicio estaba en Mendoza como interventor, no podía dejar de sospechar que Sebastián iría tras él. Cada vez que salía de viaje, Alfredo se inquietaba. No obstante, la persona con la que Benicio estaba trabajando era un as en la manga, y no lo iba a desperdiciar
Intentó hablar con Sebastián varias veces pero siempre se negaba. Su paciencia estaba al límite y Arturo podía notarlo en los resultados de los estudios de rutina.
—La verdad es que no logro comprender —dijo el médico mientras guardaba las cosas en su maletín.
—Es por eso que yo estoy al frente del Holding y no tú —dijo Alfredo con sarcasmo.
Arturo sonrió. Conocía a su hermano y sabía que no estaba bien. Su presión arterial, aún medicado, estaba algo inestable. Volteó hacia su hermano y se acercó a él mirándolo con indulgencia.
—Sebastián ha superado tus expectativas, lo sabes. Todo el campo empresarial habla de él. Es tapa en todas las revistas económicas. Y has recibido consultas y pedidos de asesoramiento desde que el Directorio publicó el resultado de la última reunión. Además, en lo personal, se está independizando de ti, tomando en sus manos la dirección de su vida, de su patrimonio, y haciéndose responsable de todos los que ahora dependen de él.
Arturo sonrió pensando en Loki, que no se separaba de Sebastián
—Deberías estar orgulloso —concluyó.
—Lo estoy. Pero no puedo dejar de pensar en que todo esto es por Benicio. Ese hombre… ha arruinado a mi hijo. Y quiere regresar. Vendrá por Sebastián. Por eso tengo que sacarlo del país cuanto antes, ¡pero ahora resulta que no tiene tiempo de hablar con su padre!
Arturo sonrió y le indicó a Alfredo que se sentara en el sillón, Alfredo bajó de la camilla y se sentó frente a su hermano. Arturo sirvió un té para cada uno y habló con calma.
—Creo que te estás haciendo demasiado problema, por algo que no tiene relevancia.
—Tú lo acabas de decir. El cuerpo empresarial conoce a Sebastián. Todos saben que es mi hijo, y será el presidente del Holding… ¿Cómo crees que quedaría su imagen si ese tipo sigue con él?
—En el ámbito empresarial, lo que cuenta es la habilidad para desarrollar estrategias que posicionen cada vez mejor a las empresas y las saquen de las crisis. ¿De verdad crees que importará lo que haga Sebastián con su vida personal?
—¿Acaso no le importaba todo eso al Directorio? Los Apóstoles estaban en contra de Seba por sus excesos, por su promiscuidad.
—Los Apóstoles rechazan a Sebastián porque es tu hijo y quieren sacar a los Carrasco de la presidencia. Y tú lo sabes muy bien.
Alfredo miró a su hermano, estaba pensativo.
—Tu hablas con Benicio, ¿verdad?
—Sí. Con frecuencia me pregunta por Sebastián.
—¿Y qué piensas al respecto?
—¿Quieres que te sea sincero?
—Sí.
—Yo pienso que Benicio ama a tu hijo.
Alfredo bufó con desagrado y se tomó el entrecejo
—Y no de ahora. Creo que siempre fue así. Solo eso explicaría la paciencia, la dedicación, y la contención que le ha dado en todos estos años y a pesar de todas las cagadas que se mandó. Lo ama, y estoy seguro de que jamás haría algo que lo perjudique.
Alfredo juntó sus palmas y en ellas apoyó su rostro mientras oía a su hermano.
—De hecho, tuvo un infarto cuando vio a su violador junto a Sebastián y se fue en cuanto amenazaste con internarlo, porque él no va a permitir que lo hagas.
—Yo no quiero hacer eso, pero es que no me deja otra alternativa. Ha arrastrado a Sebastián a toda esa mierda.
—Fredi, Sebastián es un hombre, no es un niño. Él decide lo que quiere y lo que no. Por más amor que Benicio le tenga, por más que le insista, si Seba no quiere, Benicio no hará nada. Como te dije, él no perjudicaría a tu hijo porque lo ama de verdad.
Alfredo se puso de pie, estaba inquieto. Molesto.
—Es que Sebastián no lo va a rechazar. Es él quien lo busca. El que le insiste. Ese imbécil siente que le debe algo a Benicio y corre por él como un maldito perro con su amo. Y cuando yo lo llamo no responde, no puede. Siempre lo ha escuchado a él en lugar de a mí, que soy su padre—. Alfredo hablaba en voz alta— ¿Cómo puede ser? —gritó.
—Es por lo que te dije. Lo quiere, y le habla con amor.
—¿Insinúas que no quiero a mi hijo? —inquirió con una postura amenazadora que sugería una sola respuesta posible.
Arturo sonrió y se puso de pie.
—Claro que no —dijo Arturo apoyando su mano en el brazo de su hermano y apretándolo en señal de apoyo—. Sé que lo quieres, sé cuánto lo quieres. Pero también sé lo poco que se lo muestras.
—Le he dado todo. Y ese ingrato me paga de esta manera.
Arturo intentaba calmar a Alfredo.
—¡A los dos les he dado todo! ¡Maldita sea!
—Escucha, yo no creo que Sebastián esté buscando una relación formal con Benicio, algo serio, algo duradero. Seba no es ese tipo de personas. Ni esas son sus aspiraciones. Creo que se trata más bien de una especie de exploración… algo movido por la curiosidad.
Alfredo lo miró pensativo.
—No lo sé —dijo luego de unos segundos de silencio—. No estoy seguro. No sé lo que realmente piensa. ¡No lo conozco! —gritó— ¡No conozco a mi propio hijo! —dijo gesticulando con vehemencia.
Alfredo pensó en las palabras de Benicio “Usted no tiene ni idea del hijo que tiene”. En su rostro se manifestó la profunda ira que lo estaba corroyendo mientras esa frase hacía eco en su mente. Y estalló de nuevo.
—Pero él sí. Él lo conoce. ¡¿Cómo diablos pasó esto?! —Arturo bajó la mirada.
—Fredi, tienes que aceptar que tu dejaste mucho espacio. Delegaste en Benicio muchas cosas respecto a Sebastián.
—Era su trabajo.
—Primero era tuyo, tu trabajo de padre.
—Pero aún así… no tenía porqué meterlo en su cama… ¡Maldito sodomita asqueroso! —Alfredo apretaba sus dientes con furia mientras hablaba.
—Esa es una decisión de dos…
—Sí, y si el insensato de mi hijo se desvía, en él debería haber habido un poco de prudencia. ¡Pero no!
—Alfredo, debes tranquilizarte.
—Voy a hacer que Sebastián asuma la presidencia del Holding, y se vaya del país para que cuando Benicio regrese a Buenos Aires no se encuentren. Y si Sebastián insiste… lo voy a internar y haré que le saquen esas ideas de la cabeza.
—Tú no vas a hacer eso —dijo Arturo con calma.
Alfredo volteó hacia él. Arturo no solía oponerse a su hermano, pero cuando lo hacía, era por algo sumamente importante.
—No me mires así. No permitiré que lo hagas.
—Yo no voy a tener un hijo maricón.
—Eso es cierto. Pero aún si así fuera, no voy a permitir que hagas eso. No dejaré que le hagas eso a tu hijo, porque sé que después te vas a arrepentir.
—¡Aaahh! ¡Maldita sea!
Alfredo se dejó caer en el sofá, murmurando maldiciones entre dientes.
Arturo esperó en silencio. Y cuando el viejo se quedó sin fuerzas ni argumentos, lo acompañó de regreso a casa.
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Sebastián entró sonriendo. Loki correteó por el pasillo y salió al jardín. El olor a la madera del techo era delicioso. La obra más importante había terminado. Habían levantado todo el techo y lo habían hecho de nuevo. Así como el sistema de agua y desagües, que por el desuso estaban inutilizables.
Mario le había comentado que ya habían conectado los servicios. Y habían terminado de pulir los pisos de madera de toda la casa. Sebastián se enfocó en las dos habitaciones más grandes. Las otras dos las hizo limpiar y vaciar, pero no las había pintado aún. La sala estaba llena de cajas y muebles embalados. Esa noche se quedaría a amueblar la habitación principal.
Alistó dos habitaciones, quizás, pensando que de esa forma su padre no molestaría. Sin embargo, a él sí le molestó darse cuenta que aún seguía bajo los influjos de Alfredo Carrasco. Le molestaba que aún cuando quería dejar atrás el dominio de ese hombre, no lograba escapar de sus exigencias. Y en un intento de rebeldía solo compró los muebles para una habitación.
Terminó de madrugada. Estaba exhausto pero satisfecho. Luego de bañarse con agua bien caliente, se dejó caer en la cama con una sonrisa casi imborrable en su rostro. “¿Estás en casa?” le había preguntado Benicio cuando hablaron. “Si, estoy en casa” le había respondido él lleno de emoción.
Por la mañana, en el muelle, Mario le enumeró las novedades y los avances en las obras. Pero lo más relevante para él, le dijo, fue el llamado que había recibido la noche anterior.
—¿A qué se refiere? —preguntó Sebastián.
—Poco después de cenar, me llamó tu padre. Esta semana Lorenzo vino varias veces. Preguntó por ti, cuándo venías y dónde te estabas quedando. Pero anoche, fue tu padre quien llamó. No te avisé porque ya era tarde y no quise molestarte. Pero, bueno, no es algo común.
Sebastián suspiró con resignación. Era evidente que su padre no se detendría.
—Cuando él lo llame, dígale que no sabe nada. Aún si lo sabe. Dígale que yo no le hablo de nada de mis cosas. Así se librará de él.
—De acuerdo, pero creo que deberías hablar con él.
—Hoy cuando vuelva pasaré por su oficina. Y en cuanto a Lorenzo, es exactamente lo mismo.
Mario asintió y siguió con su trabajo. Ambos compartían la oficina. Desde donde estaban podían ver las obras. Tanto las que estaban realizándose abajo en el muelle como las que estaban haciéndose ahí mismo en el piso superior. Mario supervisaba, mientras ponía al día los libros contables. Sebastián por su parte solo se hacía a la idea de volver a ver a su padre.
Por la tarde, Sebastián y Loki llegaron al departamento y luego de cambiarse, el joven salió hacia la oficina.
—Sebastián quiero que asumas la presidencia del Holding —dijo Alfredo luego de unos minutos de silencio.
Sebastián alzó la mirada hacia su padre.
—No me mires así. Sabes muy bien que quiero dejarlo. ¿O acaso no te lo he estado diciendo todo este tiempo?
—Sí, bueno, pero eso no implica que yo quiera tomar el cargo.
—Es imperativo que lo hagas, hijo, principalmente para reforzar los vínculos con el exterior, y ver la posibilidades de expansión.
—Ahora mismo estoy abocado a la puesta en valor de las propiedades. Y no puedo estar viajando.
—Si, eso lo entiendo. Pero debes aceptar que esto no puede dilatarse más.
—Por ahora seguiré adelante con las obras. Cuando la casa esté lista y el muelle ya encaminado, revisaré esto que mencionas y organizaré los viajes que sean necesarios.
Alfredo estaba inquieto. Necesitaba alejar a Sebastián.
—¿Cuánto tiempo te llevará eso? —Sebastián no quería darle a su padre más información de la necesaria.
—No lo sé, un par de meses.
—Es inaceptable. Tienes que asumir la presidencia antes—. Alfredo se reclinó en su silla—. Para la próxima reunión de Directorio tienes que estar al frente.
—Papá… yo…
—Es lo ideal, hijo. Fíjate, el inconveniente en Mendoza ya está solucionado. Asumirás con una mejora considerable.
Sebastián estaba sorprendido. Alfredo lo notó. Era hora de jugar su carta.
—¿Ya está solucionado? —preguntó.
“¿Cómo Beni no me dijo nada?” se preguntó. “Querrá darme una sorpresa” pensó y sin quererlo una sonrisa se dibujó en su rostro.
—Así es —respondió el padre viendo con profundo descontento la expresión en el rostro de su hijo.
—¿Entonces Beni ya regresa? —Sebastián estaba algo confundido.
Benicio no le había dicho nada al respecto. De hecho le había comentado que aún no habían terminado de solucionar todos los problemas ni de recuperar todos los clientes.
—Benicio no regresará —dijo Alfredo con tranquilidad.
Luego sonrió con picardía.
—Me llamó la semana pasada y me dijo que había conocido a alguien y pensaba instalarse en Mendoza. Yo le había sugerido que se quedara con la sucursal a su cargo, al fin que siempre quiso vivir en el interior.
Hablaba con tanta naturalidad. Sebastián estaba en automático. Su mente se había quedado colgando de esas palabras “había conocido a alguien”. Sabía que estaba mintiendo. Pero “¿y si no?” las dudas se colaron en su mente pero nada de eso se manifestó en su rostro. Jamás mostraría ante ese hombre sus miedos más profundos.
—Mejor así –dijo y se levantó.
Alfredo pensó que se molestaría o que estallaría en uno de sus arrebatos. Pero no. Nada de eso. Quizás, después de todo, sí estaban distanciados.
—¿Volverás a Bahía? —preguntó Alfredo antes que Sebastián saliera de la oficina.
—No. Estos días estaré aquí. Tengo algunos eventos de primavera programados con Didí.
—Deberías pasar a ver a tu madre—. Sebastián asintió.
—De acuerdo.
Sebastián salió de la oficina, salió del edificio y salió de la empresa, y aún cuando ya estaba cerca de llegar a su casa, tenía la sensación de no poder salir. Se sentía encerrado en las palabras de su padre, y no lograba liberarse de ellas.
No quería dudar, conocía a Benicio, sabía que él no le mentiría. Pero principalmente, conocía a su padre y no le iba a dar el poder de intervenir. No obstante, una sensación de pesadez en su corazón lo estaba hundiendo cada vez más. En su mente sabía que su padre mentía, pero su corazón titubeaba, como una cuerda tensada al máximo.
Alfredo siempre había sabido dónde golpear, y aunque Sebastián se sentía más fuerte que nunca, las cicatrices de ese control todavía lo hacían tambalear.
Sólo cuando abrió la puerta y Loki saltó sobre él sintió un poco de alivio.
—¡Ey! —dijo sonriendo acariciando al animal—. ¿Cómo está mi chico? ¿Te has portado bien?
Jugó un rato con el perro y luego lo sacó a la calle. No quería pensar en las palabras de su padre. Solo quería seguir pensando en cómo pedirle a Benicio que acepte irse con él a Bahía. Caminó por el parque, mientras Loki correteaba, y luego de un rato regresaron.
Sebastián bañó a Loki y lo secó. Notó que el cachorro disfrutaba mucho del espacio abierto. Le encantaba verlo correr en el jardín de la casona y en el parque y pensó que en el departamento quizás se sentía muy encerrado. Preparó la cena y luego de cenar se fue a bañar y se acostó.
Benicio llamaría pronto. Y aún si su padre había dejado huella con lo que había dicho, estaba decidido a no cuestionarlo al respecto. Tampoco tenía nada que cuestionar. La voz de su padre desaparecía cuando escuchaba a Benicio. Su cadencia, su tono, su forma de hablar, podía imaginar hasta sus gestos.
Lo conocía tanto que Benicio quedaba impresionado cuando Sebastián le decía que quitara ese gesto porque podía verlo, y Benicio se daba cuenta que en verdad estaba haciendo ese gesto. Lo que sentía cuando él lo llamaba tenía un nombre, era paz. No había dudas. Cuando hablaba con Benicio se sentía más entusiasmado y con más ganas de terminar la casa e irse… Y le faltaba tan poco…
Benicio le había advertido que Alfredo no se quedaría quieto y que buscaría interferir. Sebastián sonrió mientras se abrazaba a la almohada de Benicio. La luz pálida de la noche se colaba por las rendijas de la persiana y caían sobre la cama. Sebastián comenzó a contarlas en silencio, en verdad sentía paz.
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La mañana estaba helada.
Benicio preparaba su café, sin ganas. Apenas había logrado dormir. Últimamente dormía muy poco. La sensación de vacío y de incertidumbre que cargaba en su alma, lo estaba consumiendo. Extrañaba a Sebastián y pasaba horas antes de dormir imaginándolo a su lado. Se preguntaba cómo sería dormir abrazados, si había hecho bien en irse, si él lo extrañaba de la misma manera. Aunque, en las últimas horas, se había instalado en su mente la duda más dolorosa: se preguntaba si podría volver a verlo.
Alfredo había sido muy claro.
No lo iba a permitir.
Y si insistía, Sebastián terminaría pagando las consecuencias. Solo de pensar en esos tratamientos que Alfredo mencionó se le helaba la sangre. Jamás permitiría eso, antes prefería alejarse, aunque en eso se le fuera la vida.
Suspiró. Lavó la taza y salió para la oficina.
La época invernal era muy bella en ese lugar y, aún si el calendario indicaba que ya había terminado, el clima parecía reacio a dejarla ir. La primavera iniciaba después del mediodía, pero su brillo se apreciaba a cada paso del camino. Solo que no podía sentir la felicidad que hubiera querido sentir estando en parajes como ese. Sonreía mientras se acercaba a la ruta, pensando en que durante tantos años deseó algo como eso, estar en un lugar así, y ahora que estaba finalmente donde siempre había querido estar, no podía esperar para regresar a donde estaba lo qué más amaba.
Cuando llegó a la oficina, observó a Eduardo y a Horacio trabajando juntos. Habían improvisado momentáneamente una oficina en la sala de reuniones, donde Horacio estaba instalado con sus papeles y su portátil. Benicio supervisaba el desempeño del candidato y no dejaba de sorprenderse al ver cómo el hombre avanzaba y recuperaba clientes. Eduardo, por su parte, se veía muy satisfecho con la posibilidad de trabajar para Horacio. Horacio demostraba ser responsable, idóneo y conducía las gestiones de la empresa de manera adecuada y exitosa.
—Benicio, ¿tiene un minuto? —preguntó Horacio asomándose en la oficina de Benicio.
—Sí, claro. Pase. ¿Hay algún problema?
—No. Está todo bien. Quería mostrarle cómo vamos y comentarle algo que he estado pensando.
—Bien, tome asiento, por favor —indicó Benicio.
—Las tres empresas locales: Bodega Valle Hermoso, Distribuidora Alimentos del Sol y Soluciones BioTech Mendoza, ya están trabajando con nosotros. Se han realizado los primeros retiros y las entregas ya comenzaron también. Solo nos resta trabajar en las nacionales. De las dos, ya tengo listo el contrato de servicio de Alimentos Cuyanos. Es este. Debería darle una última mirada y pasado mañana estamos citados para presentarlo y proceder a la firma. Luego nos quedaría AgroDistribuidora Montaña. Aquí vamos a tener problemas, por eso lo dejé para lo último.
—¿A qué se refiere?
—Esta empresa tiene un apoderado que es algo particular, utiliza los contratos como intercambio por servicios… sexuales.
Benicio lo miró espantado.
—Horacio, es muy serio lo que está diciendo. ¿Está usted seguro?
—Esta empresa se perdió porque la asistente que estaba antes en el lugar de Eduardo se negó a acceder a sus demandas.
—Por Dios… —Exclamó Benicio con preocupación.
—Escuche, si me permite, estuve pensando. Este tipo de prácticas están tipificadas como delito grave. Yo he oído hablar del dueño de la firma y es un hombre de familia, con una reputación intachable. Señor, yo realmente no creo que esté al tanto de estos chantajes. Si usted me permite, puedo hablar con él y plantearle esto.
—¿Y si es parte?
—Bueno, ¿usted está interesado en tener en la cartera de grandes clientes a una empresa que incurre en este tipo de delitos? —Benicio frunció el ceño.
—Por supuesto que no.
—Pues, esta estrategia nos serviría para saberlo. Además si el dueño no está metido en esa porquería, podemos cerrar el contrato con él directamente—. Benicio se quedó pensativo.
—Pídale a Eduardo que arregle la entrevista. Iré con usted. Usted hablará pero en mi tendrá el apoyo de la sucursal y por extensión el de Alfredo Carrasco—. Horacio asintió.
—Si el dueño no es parte, quisiera que hiciéramos una denuncia. Eso podríamos arreglarlo con él.
—De acuerdo. Primero terminemos con Alimentos Cuyanos.
—Sí señor —. Benicio cerró todo y Horacio se retiró.
Benicio volvió a su ensimismamiento. No quería pensar. Pero se le hacía muy difícil. Se sentía atrapado en una mezcla de nostalgia y dolor profundo. Al imaginar a Sebastián, experimentaba una añoranza desgarradora, como si cada recuerdo fuera un refugio cálido pero también una herida abierta. La idea de estar abrazados le traía un consuelo demasiado efímero, al mismo tiempo que lo sumergía en la incertidumbre y el arrepentimiento por haberse alejado.
Era un amor que lo llenaba y lo consumía, una conexión tan fuerte que incluso en la distancia seguía siendo el centro de su mundo.
El sonido del teléfono lo arrancó bruscamente de sus pensamientos. Su mente, aún inmersa en las imágenes de Sebastián, tardó un momento en procesar el tono insistente del interno. Al contestar, su voz salió más baja de lo habitual, arrastrando el peso de su alma.
Eduardo le pasaba un llamado. Al escuchar el nombre de Carla Benavídez, algo en su interior se tensó. Primero fue sorpresa, un eco lejano de las veces que ella había orbitado su vida con intenciones apenas disimuladas. De todos modos aceptó la llamada.
—Si —, respondió.
—Hola Benicio. Soy Carla Benavídez, la amiga de Sebastián.
—Hola Carla. Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarte?
—Yo…
Entre titubeos la joven le propuso una unión matrimonial. Ella quería casarse con él, para ser su pantalla y para que a ella no la casen con un hombre viejo, rico y desagradable.
Benicio estaba muy impactado, jamás hubiera imaginado que viviría una situación como esa. Carla era una joven que no había ocultado nunca su interés en él. Incluso en una noche de alcohol la joven lo había besado. Él sabía que por su parte había un interés genuino, por lo que buscó las palabras adecuadas para declinar la propuesta con delicadeza, explicando que ya estaba comprometido con alguien más. La joven insistió, una vez más, pero él fue amablemente contundente.
Esa noche, al hablar con Sebastián, prefirió no comentarle lo de Carla, anticipando que podría generar algún tipo de inquietud. Pero sin dudas sería una anécdota interesante para compartir cuando estuvieran juntos. Lo que sí notó fue que Sebastián estaba algo extraño.
No pudo detectar qué era. No se notaba triste, sino todo lo contrario. Hablaba con entusiasmo en su voz, pero algo en sus palabras no terminaba de encajar. Respondía con monosílabos a preguntas que solían despertar largas charlas entre ambos, y desviaba la conversación con cierta torpeza cuando Benicio intentaba profundizar en su día a día.
Parecía que se estaba conteniendo para no decir algo. Benicio, aunque percibía esa efervescencia escondida tras el tono alegre de Sebastián, no podía descifrar qué lo causaba. Esa ambigüedad entre la alegría de escucharlo feliz y la inquietud de no saber qué ocultaba, le provocó cierta confusión. Cuando cortaron no pudo evitar quedarse con una sensación extraña.
Antes de dormir tomó su celular y lo primero que vio fue a Sebastián con Haydée. Sabía que esa tarde tenían un evento en la Catedral. Pero al verlos juntos se desataba en su interior un sinnúmero de emociones encontradas. Lo primero que sintió fue un golpe seco en el pecho, como si el aire se le escapara de golpe.
Sus dedos se crisparon alrededor del teléfono, y por un instante, lo bajó, incapaz de seguir mirando. Cerró los ojos, intentando contener todo aquello que lo atravesaba. "Es solo una foto", pensó, tratando de convencerse, pero el dolor que crecía en su pecho era difícil de acallar. Sabía que entre ellos no había nada más que amistad, un acuerdo que Sebastián le había explicado con claridad. Era solo una imagen, sin embargo, verlos tan cerca y Sebastián tan radiante, lo hacía sentir tan lejano que todo se volvía incomprensiblemente más difícil. Tragó saliva y levantó el celular otra vez, forzándose a mirar una vez más, como si enfrentarse al dolor fuera la única forma de sobrellevarlo.
No veía la hora de terminar de una vez con todo allí y regresar a casa.
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Sebastián salió temprano a dejar a Loki en la guardería y se fue a la clínica. Su cabeza no paraba de pensar y estaba cada vez más ansioso. Hablar con Benicio se le hacía cada vez más difícil porque lo que sentía se potenciaba al escuchar su voz. La profesional lo veía caminar de un lado a otro del consultorio. Estaba pensativo. En silencio.
—Sebastián. Si no me dices lo que pasa, no puedo ayudarte.
Él la miró y se sentó en el sofá, frente a ella. Le relató sus planes respecto de las propiedades y su intención de llevar a Benicio con él. Ella escuchaba atentamente.
—Dime de qué manera le pido que se venga a vivir conmigo a Bahía. Dime una forma de hacerlo para que él no me rechace.
—¿Por qué piensas que te va a rechazar?
—Porque ya lo hizo anteriormente.
—Y ¿Qué sería lo peor que podría pasar si él te dice que no?
Sebastián bajó la vista mirando al suelo, y luego de unos segundos respondió con un hilo de voz
—Que no quiera ser parte de mi vida en absoluto.
—No creo que eso sea así. Puede no tener el mismo proyecto que tú.
—¡Pero me dijo que me ama! ¿Por qué no querría estar conmigo?
—Bueno, por eso te pregunté antes ¿por qué piensas que va a rechazarte? Según me dijiste él se fue porque consideraba que tú estabas confundido.
—Sí.
—Pues, si tú le muestras que pasados estos meses tú estás más sólido en tus convicciones y le haces la propuesta que acabas de mencionar, ¿qué razones tendría él para rechazarte?
Sebastián se levantó de nuevo. Respiraba agitado, peinó su cabello con preocupación.
—No va a creerme. Él no me cree.
—Sebastián, tus sentimientos por Benicio no son de ahora. Y esto es algo que debes asumir. Me has dicho más de una vez que nunca te gustó estar enojado con él o que él estuviera enojado contigo. Me has dicho que nunca pudiste mentirle. Que siempre has confiado en él. Que te sentiste morir cuando pensaste que él moría en tus brazos. ¿Qué crees que es eso?
Sebastián la miró y respiró profundamente. Se sentó frente a la psicóloga y la miró con sus ojos enrojecidos.
—Yo sé lo que siento. Yo lo amo. Pero me equivoqué. Si le hubiera dicho desde un principio lo que sentía, en lugar de decirle que quería probar el sexo con un hombre, sería diferente.
—No seas tan cruel contigo mismo. Tú no sabías lo que sentías, Sebastián.
—Le rompí el corazón. Le dije que hacer el amor solo con él por el resto de mi vida, era pura mierda.
—Pero eso es precisamente lo que tú quieres. ¿Verdad? —él asintió.
—¿Pero cómo le digo que yo estaba equivocado? ¿Cómo vuelvo atrás luego de decirle algo como eso?
Las lágrimas de Sebastián corrieron por su rostro. La profesional lo miró en silencio. Le entregó la caja de pañuelos y luego de unos minutos habló con calma.
—Sebastián, las palabras no tienen un significado en sí mismas. Es uno el las llena o la vacía. El significado de un “te amo” está en el sentimiento que existe en la persona que lo dice.
Sebastián escuchaba atentamente, mientras secaba su rostro.
—Lo que tú sientes cuando él te dice que te ama, es precisamente ese amor que él tiene para ti. Ese es el significado de esas palabras. Cuando tú se lo digas a él, lo que él va a sentir es este amor que tú le tienes. Un amor que es evidente Sebastián.
—¿Crees que va a creerme?
—Claro que sí.
Sebastián permaneció pensativo unos minutos, y luego la miró algo avergonzado. Ella no dijo nada. Finalmente, él respiró profundo y habló con seguridad.
—Necesito información sobre el sexo entre hombres.
—¿Información de qué tipo?
—Cómo es. Riesgos, cuidados, problemas que puedan surgir.
—Bueno, yo en esa área no estoy muy formada, pero imagino que cualquier médico o enfermero aquí te podría instruir. Incluso tu tío. Yo me oriento más hacia la parte psicológica de la sexualidad.
Sebastián asintió en silencio. Salió del consultorio y se dirigió a la oficina de su tío. Arturo lo saludó con afecto. Le sorprendió que Loki no estuviera con él. Lo hizo pasar y le preguntó a qué se debía la visita. La respuesta de Sebastián lo dejó enmudecido. Estaba tan sorprendido que incluso pensó que había escuchado mal.
—¿Qué? —preguntó. Sebastián lo miró molesto
—Lo que oíste tío. Quiero que me des información sobre el sexo entre hombres.
—¿Sigues insistiendo con esa locura? ¿Y ahora con quién piensas hacerlo?
Sebastián pasó por alto la pregunta. Se mantuvo imperturbable y habló con seriedad
—Necesito conocer los riesgos, las formas adecuadas de hacerlo, las formas de cuidado, de cuidarme yo y cuidarlo a él.
—Sebastián, aguarda. ¿Esto es en serio?
—Sí —respondió con seguridad.
—¿Hablas de Benicio?
—Sí —. Arturo estaba pasmado.
—¿Están en una relación? —preguntó el médico, incrédulo.
—No aún. Pero es a lo que aspiro.
Arturo se cubrió la boca con sus manos en señal de sorpresa.
—A tu padre le va a dar algo cuando lo sepa.
—Papá va a tener que entender que de mi vida me ocupo yo. Y quita esa cara de asombro que tú ya sabías todo.
—¿Por qué me preguntas esto? ¿Por qué precisamente a mi? ¿Acaso estás buscando que esta charla llegue a oídos de tu padre? ¿Te estás acercando a Benicio para molestar a tu padre?
—Tío, te pido que, por favor, no hables de esto con mi padre. Sé que tarde o temprano se va a enterar, pero por el momento, prefiero evitarlo. Si te pregunto a ti, es porque confío en tí. No iría con estas inquietudes a nadie más.
—Podrías haberte ahorrado el momento incómodo. En internet hay información.
—He visto y leido cosas pero me han resultado realmente asquerosas. No es eso lo que quiero para mi.
—¿Y por qué insistes con esto? Está claro que tu inclinación hacia los hombres no es genuina. ¿Por qué insistes? Benicio va a sentirse muy herido si tú te aprovechas de sus sentimientos para molestar a tu padre.
—Lo amo tío. Yo de verdad quiero a Benicio. Y voy a ir por él, y si me acepta, me lo llevaré conmigo a Bahía Blanca—. Arturo estaba desconcertado
—¿Piensas mudarte?
—El mes pasado vendí mi departamento.
—¿Tu padre lo sabe?
—No. Pienso establecerme en Bahía en la casa de mi abuela, está siendo restaurada, casi está terminada.
—¿Y el Holding? Eres el presidente.
—Nunca pensé en asumir ese cargo. Solo quise mostrarles a todos los de esa sala que yo podía hacerlo, aún a pesar de lo imbécil que piensan que soy —Arturo no daba crédito.
—En verdad vas a matar a tu padre.
—Benicio es muy importante para mí. En este momento es lo único que me importa. Vas a tener que ayudar a papá a aceptar esto. Porque si Beni me acepta, no voy a permitir que mi padre se entrometa.
Arturo sonrió. Alfredo no estaba equivocado en cuanto a lo que haría su hijo, pero sí lo estaba en cuanto a las motivaciones que lo impulsaban.
—Nunca pensé que llegarías tan lejos. Pero acabas de decir que te da asco el sexo entre hombres ¿De verdad estás seguro de seguir adelante con esto?
—Absolutamente. ¿Vas a responderme lo que te pregunté?
Arturo respondió las dudas y las curiosidades de Sebastián. el muchacho escuchaba atentamente. Finalmente, consultó respecto a la salud de Benicio. Había leído que luego de un infarto había que tomar ciertos recaudos. Arturo estaba realmente impresionado. La seriedad con la que Sebastián abordaba la situación era desconocida.
—Después de un infarto, la actividad sexual puede retomarse gradualmente, siempre y cuando el paciente esté estable y no experimente síntomas como dolor en el pecho o falta de aire durante actividades físicas moderadas. En el caso de Beni, hasta que se fue utilizaba nitro sublingual en momentos de tensión, y si eso sigue así, es esencial ser prudentes. Quizás lo más sensato es que consulte con un cardiólogo para evaluar su estado actual y determinar si está listo para ello. Mientras tanto, avancen con cautela.
Sebastián asintió en silencio. Terminada la charla caminó hacia la puerta, Arturo lo acompañó y le apoyó la mano en el hombro.
—Seba, tu padre no permitirá esto. Para él es una afrenta—. El joven sonrió.
—Es triste que tu felicidad sea una afrenta para tu padre ¿verdad tío?
Arturo permaneció en silencio. Despidió a Sebastián y cerró la puerta. Finalmente ese muchacho había logrado salir de la sombra aplastante de su padre. Eso por un lado lo hacía sentir muy feliz, puesto que le tenía un cariño muy especial a su sobrino. Pero por otro lado, le preocupaba la salud de su hermano y la reacción que podría llegar a tener al enterarse de la decisión de Sebastián. Respiró profundamente con resignación, preparándose para lo que venía.
Sebastián, por su parte, se dirigió a la empresa. Caminaba con pasos firmes, pero su interior era un torbellino de emociones difíciles de domar. Su decisión de ir por Benicio lo llenaba de una mezcla de entusiasmo y vértigo, como si estuviera a punto de dar un salto al vacío, sabiendo que lo esperaba algo grande, pero incierto.
Sentado en el autobús, miraba por la ventanilla, sin ver. Sentía en el pecho una calidez que lo llenaba de ilusiones, al imaginarse junto a él en Bahía Blanca, compartiendo una vida que ansiaba construir con esmero. Sin embargo, no podía ignorar el nudo que se formaba en su estómago al pensar en la reacción de Benicio, en el riesgo latente de un rechazo que podría desmoronarlo.
La ansiedad también se colaba, alimentada por los inevitables enfrentamientos con su padre, cuyo control siempre había sido una sombra sobre su vida, y llegado el momento en que todo saliera a la luz, temía lo que ese hombre sin límites sería capaz de hacer. Pero Sebastián respiró profundo. La seguridad en lo que sentía por Benicio era su ancla, y en ese amor encontró la fuerza para seguir avanzando, incluso si el camino se presentaba cuesta arriba.
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Descendió del bus y caminó hacia el galpón atravesando el playón. Su mente aún divagaba entre centenares de frases que ensayaba una y otra vez, para decirle a Benicio. Lo único que ocupaba su mente era encontrar la forma de hablar de sus sentimientos con él, y hacerle la propuesta de la manera adecuada. Solo necesitaba encontrar las palabras justas.
Antes de entrar al galpón oyó que alguien lo llamaba. Era una mujer. Volteó pensando en Haydée, pero se sorprendió al ver que Marianella corría hacia él. Caminó hacia la joven y se encontraron unos pasos después.
—¿Qué haces aquí?
—¿Bajaste de un autobús? —exclamó la joven riendo.
—Marianella ¿qué haces aquí? —insistió Sebastián con seriedad
La joven se puso seria también y suspiró.
—Vine temprano, pero me dijeron que no habías llegado, así que te esperé en el bar de aquí enfrente, y me crucé cuando te vi bajar del autobús, todavía no lo puedo creer.
—No puedes venir a la oficina. Estoy trabajando y me comprometes.
—Vamos —dijo ella con picardía—. Eres el presidente del Holding y el hijo del dueño…
—Sí, y también estoy comprometido. No está bien que vengas aquí. ¿Por qué no llamaste?
—¿Por qué no cuentas las llamadas mías que tienes? Nunca atiendes.
Sebastián bufó. Sabía que ya no tenía argumento posible. Deliberadamente había rechazado las llamadas de todos ellos. Por lo que luego de unos segundos de silencio decidió sacarse ese tema de encima cuanto antes.
—Bien. Dime. ¿De qué quieres hablar? ¿Tan importante es?
—¿Podemos entrar?
—No, habla. Estoy apurado. Tengo que trabajar.
La joven mostró su descontento pero comenzó a hablar.
—Bien. Desde lo que pasó en el departamento con Manu, y luego de la reunión que tuvieron nuestros padres, los míos están insoportables y quieren que me case a como dé lugar.
Sebastián bajó la cabeza mirando el piso. Le interesaba tan poco todo eso. Pero ella continuó.
—Ese matrimonio tuyo con Heidi no tiene sentido. Lo sabes. Estuve pensando que tú y yo... juntos... sería distinto—. Sebastián la miró sorprendido—. Seríamos más felices, Seba. Nos conocemos, nos entendemos y seguramente somos mucho más compatibles que tú y ella. Cásate conmigo.
Las palabras de Marianela rompieron el silencio con una contundencia que lo dejó atónito por unos segundos. Sebastián la miró, incrédulo.
—¿Qué? —Soltó, casi en un susurro sonriendo ante lo inverosímil de la situación
—Lo que oíste—. Ella dio un paso hacia él, segura de sí misma.
Él retrocedió y extendió su mano marcando distancia. Negó con la cabeza, intentando mantener la calma mientras las emociones se arremolinaban en su pecho.
—Detente. Detén esto ya. ¿Acaso te has vuelto loca? Acabo de decirte que estoy comprometido.
—Y yo acabo de decirte que mis padres quieren casarme.
—Habla con alguien más. ¿Qué sabes de Joaquín?
Él sabía que Manuel y Lautaro estaban juntos en Brasil, y que Ramiro se había ido del país.
—Se fue del país poco después que Ramiro—. La joven abrió los ojos al recordar— ¡Ahh! ¡Cierto! ¿Te enteraste lo de Carla?
—¿Qué pasó con ella?
—Está desesperada. Sus padres la están comprometiendo con Evaristo Vega.
—¿El padre de Ramiro?
—Si, y el muy descarado está de acuerdo. Ella se quiere matar. Anoche me contó que llamó a tu sensei para pedirle que se case con ella.
—¿A Beni? —Exclamó Sebastián sin salir de su asombro.
—Sí. Pero parece que él está con alguien —exclamó con naturalidad.
El corazón de Sebastián se aceleró de inmediato. La mención de Benicio y esas palabras lo desconcertaron, encendiendo en él una ansiedad difícil de controlar.
—Le dijo que está en pareja, que tiene un compromiso con alguien allá. ¿Tú ya lo sabías verdad?
Sebastián negó moviendo su cabeza muy lentamente. Permaneció en silencio, incapaz de reaccionar. El comentario de Marianella resonaba en su mente, mezclándose con las palabras de su padre. Poco a poco, la certeza que había logrado construir empezaba a tambalearse bajo el peso de las dudas y los miedos.
La joven lo llamó varias veces pero él estaba tan abstraído que no escuchó, ella le tomó el brazo y lo apretó. Cuando él la miró, ella le habló sorprendida.
—¿Estás bien? —Él demoró unos segundos en responder. Nada estaba bien
—Sí. Pero debes irte.
—¿En verdad vas a casarte con ella? —preguntó decepcionada.
—Sí. Debes irte —insistió él.
—Haz lo que quieras. Espero que valga la pena—. Su voz era fría, llena de decepción.
Sebastián permaneció unos minutos inmóvil. Intentaba aclarar su mente. En aquel momento, cuando su padre le dijo que Benicio había conocido a alguien, logró mantener la compostura, pero ahora, con las palabras de Marianela, ese control emocional se veía sacudido.
Comenzó a caminar algo distraído hacia el galpón, con pasos que no seguían un ritmo claro, mostraban en cambio, un vaivén errático que delataba la tormenta en su mente. Su mirada, normalmente enfocada y precisa, se perdía en el suelo o se alzaba al azar, sin realmente fijarse en nada.
“¿Acaso su padre había caído tan bajo como para pedirle a Marianella y Carla que se unieran a su juego?” pensó. No. De ninguna manera. Alfredo Carrasco no necesitaba llegar a eso. A cada pocos pasos, se detenía un instante, como si hubiera recordado algo, pero volvía a moverse, más confuso que antes.
Entró en el galpón y se dirigió a su pequeña oficina. Las voces y los ruidos habituales a su alrededor parecían un eco distante. Tal vez por eso pasó por alto el saludo de un empleado que esperaba indicaciones, hasta que este tuvo que repetirlo en un tono más firme para captar su atención. Ramón, el encargado, no estaba lejos y al notar el incidente se acercó. Sebastián levantó la vista, visiblemente desconcertado, y murmuró algo que nadie pudo entender antes de continuar, sumido nuevamente en su caótico monólogo interno.
Al entrar en la oficina tomó los papeles y los observó. En esas estaba cuando Ramón entró mirándolo con curiosidad.
—Sebastián ¿está todo bien?
—Sí —dijo. Sosteniendo los papeles entre las manos.
Los dedos se crispaban y relajaban, reflejando su inquietud, mientras su respiración era profunda pero irregular, como si intentara tranquilizarse sin éxito. Se sentó y comenzó a analizar los destinos de los nuevos servicios. O por lo menos eso pensó que hacía. El encargado lo miró. Estaba algo intrigado.
—Sebastián—, llamó.
Sebastián lo miró. El hombre tomó las hojas de las manos de su jefe, y las dio vuelta. Se las entregó de nuevo y Sebastián las tomó como si nada.
—Sebastián, otra vez no has dormido ¿verdad? —Sebastián no respondió. Solo lo miraba—. Ve a descansar.
—Tengo que revisar los nuevos recorridos —murmuró.
—No puedes hacerlo en estas condiciones —dijo Ramón en voz baja—. Sólo ve a descansar. Yo lo haré.
Sebastián, en silencio, se puso de pie y caminó unos pocos pasos hasta el sofá. Ramón se acercó a él y lo detuvo al anticipar sus intenciones.
—No. Ve a tu casa —le dijo con seriedad.
—Solo dame unos minutos, Ramón. Estoy bien, solo necesito unos minutos.
El encargado accedió y vio que Sebastián se recostó en el sofá. Él se sentó en el escritorio y comenzó a analizar los datos. Mientras tanto, Sebastián cubrió sus ojos con su antebrazo. La voz de Benicio resonó en su mente “Yo te amo, Seba. No he amado a nadie de esta manera. Y sé que no amaré a nadie más. Lo que siento por ti, es para siempre. Yo te veo y me veo envejeciendo a tu lado.” No había razón para que le mintiera, algo más tenía que haber… Necesitaba saber qué estaba pasando. Su mente no paraba. Su pecho retumbaba.
No se dio cuenta cuánto tiempo había pasado. Ni qué había hecho en ese tiempo. Cuando se sentó en el sofá ya estaba oscuro. Ramón ya se había retirado y la lista de los nuevos servicios estaba sobre el escritorio. Tomó su celular, y le escribió a Ramón, agradeciéndole y disculpándose. Su mente estaba más clara. Y de pronto sentía un poco más de calma. Pero aún tenía la necesidad de ir a buscar la respuesta. La puerta se abrió y Haydée saludó con su bella sonrisa.
—¡Mierda! —dijo Sebastián y miró su reloj—. ¿Ya es la hora?
Ella lo miró algo sorprendida.
—¡Dios! Discúlpame—. Le dijo tomándole las manos—. He tenido un día de mierda y estoy un poco alterado
—¿Estás muy complicado con el trabajo? —preguntó ella con delicadeza.
—No. Vamos —respondió él con seguridad, indicándole el camino de salida.
—¿Estás bien? —Sebastián respiró profundamente. ¿Para qué mentir?
—No. Vamos.
Sebastián tomó a la joven del brazo y la condujo hacia afuera.
•• <<────≪•◦⚜◦•≫────>> ••
Esa noche no hablaría con Benicio, porque habían sido invitados a la boda de la hija de uno de los Apóstoles. Haydée llevó a Sebastián a la guardería para buscar a Loki y de ahí fueron a la casa. Ella esperó en el auto y él subió rápidamente a cambiarse. Cuando entró en el departamento, se tomó unos segundos. Estaba más tranquilo, pero la tormenta que sentía en su interior no se disipaba.
Puso comida y agua a Loki y se dirigió al cuarto. La mayoría de sus cosas ya estaban en Bahía. Miró sus trajes. La joven vestía de color beige, y le sugirió que use un traje negro.
Sebastián tomó el traje negro y al hacerlo la brillosa tela del traje azul cautivó su atención. Ese traje era el favorito de Benicio. Recordó la expresión en su rostro cuando se lo vio puesto. Respiró profundamente. No había razón para mentir. Benicio no le había mentido. De eso estaba seguro, pero la duda lo estaba carcomiendo por dentro. Se vistió, saludó a Loki y bajó.
Permanecieron alejados del tumulto, ni ella ni él estaban en condiciones de socializar ese día. Ambos lo notaron y aún si no se decían nada las miradas hablaban por sí mismas. Un par de horas después Sebastián caminaba por un inmenso jardín y tomando valor hizo la pregunta.
—Ya dime… ¿Qué es lo que pasa?
Ella solo lo dejó salir.
—El viernes voy a viajar. Me caso con Martín—. Sebastián la miró sorprendido.
—¡Wow! —exclamó sonriendo—. Sí que tienes agallas para decirle eso a tu prometido —bromeó él.
—¡Por favor! Sebastián, no me hagas sentir peor de lo que me siento.
—Solo estoy bromeando. En verdad me siento feliz por ti —dijo él.
—Yo no quería que fuera así. Pero como te comenté la otra vez, todo esto de la sobreexposición lo afectó mucho. Casarnos es algo que le da cierta seguridad, o tranquilidad. Pero el problema es que no sé cómo hacer para viajar.
Sebastián, alzó su mirada. Un rayo de luz iluminó su rostro, su mente, y esa hermosa sonrisa se instaló en su boca.
—Vamos juntos—. Ella se movió incómoda.
—Él te odia —dijo en voz baja.
—No pensaba ir a verlo a él, sino a Beni. Tú vas con él y yo con Beni. Salimos juntos. Y luego cada uno toma su camino.
Ella lo miró algo indecisa. La idea no era mala. Solo debían pulir ciertos aspectos.
—Mi padre no me dejará salir de viaje contigo.
—Iremos unos días a Bahía. Te mostraré la casa, me ayudas con la deco, te muestro el muelle… paseamos… y luego regresamos.
Ella le tomó el brazo. Estaba pensativa pero la idea le gustaba cada vez más. Sebastián se detuvo e insistió buscando una respuesta.
—Pensé que no estabas listo para verlo.
—Quiero verlo. No estoy listo para hacerle la propuesta. Pero es que hoy me han dicho algo que me tiene muy intranquilo.
—¿A qué te refieres?
—Una de las chicas lo buscó y él le dijo que estaba con alguien, que había conocido a alguien, que estaba comprometido.
—Pero eso es verdad —dijo la joven con total naturalidad. Sebastián la miró confundido—. Él está contigo, Seba.
—¿Y si no es así? ¿Y si hay alguien más? —La joven lo miró con un gesto de incredulidad en su rostro.
—¿En verdad crees eso?
—No, no lo creo. Pero… no sé… tengo que ir. Mi padre me dijo algo similar hace unos días… Me estoy volviendo loco. —Haydée observó con preocupación la exaltación de Sebastián.
—Escúchame. Si hacemos esto, temo que cometas un error.
—¿A qué te refieres? —preguntó él.
—Vas a ir a increparlo.
—Sólo quiero preguntar.
—La duda puede ser ofensiva—. Haydée bajó su mirada y se quedó en silencio.
—¿Martín dudó de ti? —Ella asintió entristecida—. ¡Mierda!
—Discutimos muy feo por ello.
—Creo que antes de ir a ver a Beni, voy a pasar a pegarle un par de trompadas al imbécil de tu novio —dijo él. Ella sonrió.
Acordaron el viaje. Saldrían al día siguiente muy temprano. Sebastián mandó preparar el avión de la distribuidora. El destino sería Bahía Blanca. Por supuesto Alfredo estaba más que satisfecho. Rogelio Montenegro y su esposa no tanto, pero de todos modos no se opusieron.
Ella estaba algo ansiosa cuando el avión despegó. Aún estaba oscuro.
—¡Se ve tan tranquilo! —exclamó ella mirando a Loki dormido junto a Sebastián.
—Está acostumbrado, hemos estado viajando seguido estos últimos días.
—¿Lo llevarás a Mendoza?
Sebastián miró con cariño al perro y lo acarició suavemente.
—No, él se queda en Bahía. Le encanta la casa. Ya lo verás —dijo sonriendo.
Permanecieron en silencio.
Ambos estaban ansiosos, nerviosos y preocupados. Pero también ambos estaban desesperados por llegar frente a la persona que amaban.
Poco más de una hora después ya estaban aterrizando. Había un auto esperando por ellos que los condujo directo a la casona. Al descender del auto, Haydée se quedó de pie junto al camino de grava, absorbiendo la vista del jardín que se extendía ante ella. Un cuadro vivo y perfectamente compuesto.
Los árboles frutales, ahora podados con cuidado, exhibían ramas llenas de flores. Sus hojas brillaban bajo la luz del sol que comenzaba a acariciar el suelo poco a poco. Los enormes pinos que escoltaban el terreno habían sido limpiados y ahora se alzaban proyectando sombras alargadas sobre el césped perfectamente cortado.
La joven sonrió cuando vio a Loki correr tras los pájaros ladrando alegremente. Lo que más llamó su atención fue la glorieta en el centro del jardín. Las glicinas que antes parecían ceder al abandono ahora florecían con una vitalidad asombrosa, hasta el mismo Sebastián sentía una enorme satisfacción al ver el jardín tan bonito.
Se encaminaron hacia la casa, sin dejar de contemplar la fuente restaurada. El agua fluía con una tranquilidad hipnótica, creando un sonido suave que se mezclaba con el ladrido del cachorro y el canto de los pájaros. Haydée no pudo evitar perder su mirada entre las flores dispuestas alrededor de la fuente, que además de hermosas y coloridas, llenaban el aire con un aroma dulce y suave, resaltando aún más el diseño simétrico del jardín.
Loki los alcanzó y los seguía con entusiasmo. Haydée giró hacia Sebastián, quien observaba la escena con una leve sonrisa de satisfacción.
—Tu casa es hermosa —murmuró ella, casi en un susurro.
Al ver la expresión de su compañero, supo que esas palabras no eran suficientes para capturar lo que él realmente sentía en ese momento, y es que para Sebastián no era solo una casa.
La puerta estaba abierta. Lo que le indicó a Sebastián que Mario quizás estaba en la casa. Se adelantó y lo vio acercarse con una mujer detrás de él. Al cruzar el umbral de la casona, el aroma a madera pulida y la tenue fragancia de flores frescas que adornaban discretamente las mesas creaban un ambiente acogedor y nostálgico. Haydée observó el vestíbulo con admiración, deteniéndose en cada detalle: los arcos simétricos que enmarcaban las puertas, las paredes encaladas que reflejaban la luz natural y el suelo de baldosas de cerámica vidriada.
—¡Sebastián! —saludó Mario—. Llegas temprano.
—El jardín quedó hermoso —exclamó Sebastián ampliamente satisfecho.
—Te dije que conocía un paisajista muy bueno —respondió Mario.
Mientras ellos conversaban, ella siguió recorriendo el lugar. Al mirar hacia arriba, sus labios se curvaron en una leve sonrisa al contemplar las vigas de madera oscura en el techo. Algunas restauradas, otras absolutamente nuevas. Las arañas de hierro forjado colgaban quién sabe desde cuándo. Conservar ese tipo de detalles marcaba del contraste de las dos épocas que se materializaban entre esos muros.
—Ella es Luisa —dijo Mario presentando a la mujer detrás de él—. Estuvo haciendo limpieza y acondicionando la casa.
Sebastián saludó a la mujer y agradeció su trabajo.
—No era necesario, yo puedo hacerlo.
—Bueno, dijiste que traerías a tu prometida, lo menos que podía hacer era limpiar un poco. Lo cierto es que esta semana estuve ocupado con el muelle y casi no pasé por aquí.
Sebastián volteó hacia Haydée. Caminaba por el salón principal, observando el conjunto de muebles de época, tapizados con telas elegantes y perfectamente conservadas, que captó de inmediato su atención. Sebastián sonrió. Sabía lo mucho que ella disfrutaba de ese tipo de cosas. Estaba seguro que su mirada refinada y su sensibilidad artística estallarían de gusto en esa casa. Y así fue. Haydée apreció maravillada cada detalle.
Sebastián la llamó y ella caminó hacia él con pasos lentos, casi reverenciales, sus dedos acariciando suavemente la madera de los muebles.
—Es como un portal a otra época —murmuró, asombrada, mientras se acercaba.
Sebastián presentó a Mario y Haydée. Ella saludó con esa grácil elegancia que la caracterizaba. Y unos segundos después su atención ya había sido capturada por los pórticos del fondo que, abiertos de par en par, ofrecían una vista perfecta del jardín trasero y el patio. Se excusó con los caballeros y se dirigió al patio atravesando el pasillo.
—Mario necesito dos cosas.
—Sí, dime.
—Primero ¿Pudo conseguir los vuelos privados que le pedí anoche?
—Sí, —respondió el hombre, mirando su reloj—. En una hora. Antes de eso no pude conseguir nada.
—Está bien. Es perfecto.
—A Mendoza sale a las 7am el otro, quince minutos después.
—De acuerdo, estaré una semana fuera, pero mi padre debe pensar que estoy aquí —Mario asintió—. Voy a dejar a Loki aquí. ¿Puedo pedirle que pase a revisar que tenga comida y agua? —Mario sonrió.
—Claro que sí.
—Gracias. Iremos al muelle en unos minutos. Y por último, pida un taxi para ir al aeropuerto —dijo Sebastián.
Mario asintió y mientras se alejaba con la mujer de la limpieza, él observó a Haydée. Luego de recorrer la casa, Sebastián la condujo al muelle. Le comentó los planes que tenía al respecto y en cuanto llegó el taxi, ambos partieron para el aeropuerto.