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Latidos De Porcelana: Capítulo 6 - Veneno Disfrazado de Miel

J_Khraucer
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El sol pierde su fuerza en cuanto Alfred me trae la solicitud de esa estúpida preparatoria. Es una carta de agradecimiento tan extensa que me da pereza tan solo abrirla. Nuestras miradas se…

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Contenido de la publicación

El sol pierde su fuerza en cuanto Alfred me trae la solicitud de esa estúpida preparatoria. Es una carta de agradecimiento tan extensa que me da pereza tan solo abrirla. Nuestras miradas se encuentran, y en ellas tiembla el mismo miedo: que nuestra desdichada señora cometa un último acto despiadado que nos arranque la poca paz que le queda a nuestro letargo. Lamentamos, de antemano, la próxima alma que perderá su luz, pero albergamos también esa última y secreta esperanza: que la criatura que se adueñó de nuestras vidas termine, algún día, perdiendo la cabeza a manos de un Vigilante.

Me alivia saber que Alfred está al margen de la línea de fuego. Como estandarte de Mina Virtanen, estoy atada a un pacto de protección: si no resguardo a mi vieja enemiga de cualquier peligro, la cláusula de sangre terminará por darle fin a mi insoportable existencia. De una u otra manera moriré, ya sea por el juramento o por el filo de una espada; Alfred, en cambio, está a salvo de todo esto. Lo único que me aferra a este plano es la posibilidad de recordar, un día más, a mi hija, mientras esta criatura llena de soberbia utiliza su poder para sofocar mi afecto, como un parásito que esboza la sonrisa de mi querida Mina.

Alfred se inclinó a mi lado, dejando caer el peso firme de su mano en mi hombro mientras la carta permanecía suspendida entre mis dedos. Nos miramos a los ojos y leímos en el otro la misma miseria. Si estuviéramos encadenados con hierro, habría una esperanza, por remota que fuese: el acero cede ante el fuego o el tiempo. Pero la servidumbre a la que nos somete Mina no necesita cerrojos. Su poder se clava en los pulsos como argollas heladas que no se ven, pero que pesan más que una tonelada de plomo, aplastándonos las muñecas hasta recordarnos que la única forma de soltarse de este yugo es cortándose las manos.

—Señorita Rosenverd, ha llamado el señor Lysander. Quiere saber si la estadía de la señorita Virtanen será... expedita.

—Dile a Lysander que, lamentablemente, Mina pretende quedarse —respondí sin apartar la mirada del cristal—. Pero si desea visitarnos, está en su pleno derecho.

Lysander. El nombre flotó en el aire helado del salón como una advertencia. El regente de esta tierra, uno de los siete Ancestrales que se repartían las vidas de los Marcados; otra pieza más atrapada en el tablero de mi señora. Él no disimulaba su desprecio por ella, pero no podía tocarla: las Leyes de Sangre y los juramentos tejidos por la sombra de Enrichetta nos tenían a todos con el cuello sobre el tajo.

Sentí una punzada áspera en el pecho, un fantasma del dolor que casi me destruye semanas atrás. Aún recordaba el ardor negro abrasándome la garganta cuando intenté provocar a Mina, buscando que atacara a Lysander para que la maldición de Enrichetta la redujera a cenizas. La magia no perdona la intención. La cláusula de protección se activó bajo mi piel como un veneno hirviente: sugerir el peligro hacia ella contó como una traición. Incluso si Lysander marchara hoy mismo con su legión contra este palacio, mi propio cuerpo se movería como una marioneta sin voluntad para interponerse entre sus espadas y el corazón de Mina. Experimentar la agonía de la ruptura del pacto era un infierno al que mi alma se negaba a volver.

Las olas del Báltico chocaban con rabia contra las rocas al otro lado del ventanal, devolviéndome el eco de mi propia tormenta.

Un roce firme y cálido me sacó del trance. Alfred se acercó despacio, tomó el broche en forma de rosa y lo fijó con delicadeza en la solapa de mi vestido. Con el dorso de sus dedos, secó la gota tibia que resbalaba por mi mejilla, con esa paciencia paternal que siempre me salvaba del abismo.

—No atormente su mente, señorita Rosenverd —murmuró con voz pausada—. Ya lleva demasiadas cadenas sobre los hombros. Le prometo que un día, por muy lejano que parezca, sus lágrimas volverán a ser de felicidad.

—No estoy llorando —musité, aunque el reflejo traidor en el vidrio empañado me dejaba como una mentirosa.

No me aparté. Busqué la mano de Alfred y apreté sus dedos, sintiendo cada una de las arrugas y los relieves del tiempo en su piel; el único ancla real que me quedaba en este mundo.

— Dime Alfred, que soy buena mujer... o que aún soy aquella.

—Míreme, señorita Rosenverd —comenzó, con un tono suave pero firme, obligándome con su calidez a no apartar la mirada—. No me pida que le mienta. Usted sabe muy bien qué es lo correcto y qué no lo es. El simple hecho de que ahora dude de sus propios actos ya significa algo, aunque en este momento no le sirva de consuelo. Ese arrepentimiento que la carcome es la razón por la que me pide que le diga que es una buena mujer... para que deje de doler. Pero no pienso hacerle ese daño.

Hizo una pausa, apretando ligeramente mi mano para infundirme valor.

—Y si me lo permite, usted no es ninguna tonta, señorita Rosenverd. Sabe perfectamente que está siendo manipulada a través de los recuerdos de su pequeña. Juegan con lo que fueron, con lo que ella significó para usted. Pero esas heridas ya deberían estar sanando. Me lleva mucha más ventaja de la que, lastimosamente, quisiera admitir, y aun así se ha quedado quieta frente a ese dolor. Ya no es una niña a la que se le puede hacer creer que el veneno es miel. Mientras decida mantener ese dolor intacto, lamentablemente, seguirá derrumbando esa inmensa fortaleza que posee... una fortaleza que he admirado a lo largo de mis años, y en lo corto de los suyos.

Sus palabras lograron sacarme una pequeña sonrisa. Sequé mis lágrimas con el dorso de mis manos, tomando una respiración profunda y sintiendo cómo el peso en mi pecho comenzaba a ceder.

—Escúcheme bien... Usted debe hacerle frente a esto. No se deje abatir con tanta facilidad. Tiene gente dispuesta a escucharla. Busque ayuda, hable con aquellos que también fueron dañados por ella... y no lo haga para armar una venganza, sino para sostenerse en la verdad. No tiene que cargar con todo este peso usted sola. Ya es hora de empezar a enmendar el pasado e interponer su voluntad para el bien.

Lo abracé. Fue un refugio breve, apenas un instante de consuelo, porque una presión fría y aguda me punzó la base del cráneo de golpe. Sentí el eco de su mente deslizándose por los pasillos. Me tensé, soltando a Alfred en una fracción de segundo.

—¡Pero qué lindo! —trinó una voz cantarina desde el umbral de la puerta—. ¿Qué hacen aquí a primera hora de la noche? ¿Hablaban sobre mí?

—Discúlpenos, señorita Virtanen —intervino Alfred, interponiendo sutilmente su compostura inquebrantable entre ella y yo—. Solo compartíamos una pequeña charla.

—Oh... una pequeña charla.

Mina saboreó las palabras, arrastrando las sílabas mientras giraba el rostro lentamente hacia mí. Sus ojos se clavaron en los míos con el peso de una guillotina, inmóviles, esperando que yo sostuviera la mentira. Asentí con prisa, tragándome el nudo áspero de la garganta, y me apresuré a desviar el golpe escupiéndole el recado de Lysander y sus quejas sobre nuestra estadía.

El cambio fue instantáneo. La sombra en su postura se disolvió.

—¡Okey! —exclamó, dando una palmada ligera, casi infantil—. Cass, necesito que me acompañes a dar una vuelta hoy... ¡hay algo que quiero mostrarte!

Deslicé mis sentidos con cautela hacia el interior de su cabeza, buscando la trampa. No hallé ira. Ni un solo chispazo de malicia o resentimiento latiendo en la oscuridad de su mente. Si había escuchado la traición en nuestra plática, lo había sepultado bajo muros mentales impenetrables.

Pero lo que de verdad me heló la sangre fue el sabor en la superficie de sus pensamientos. La dulzura en sus palabras no era una actuación de cortesía; era genuina. Sentía una emoción cálida, casi eufórica, vibrando dentro de ella. Y palpar esa amabilidad real en una criatura como Mina Virtanen era algo aterradoramente nuevo para mí.

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Conduje hacia el centro de Helsinki mientras Mina parloteaba sobre componer un nuevo álbum. La ligereza de sus palabras me intrigaba; por un momento, parecía una adolescente real, hinchada de sueños por cumplir.

—Cass... ¿tú crees que soy muy opresiva? —preguntó de pronto, girándose en el asiento para mirarme.

—¿Por qué lo preguntas?

—Solo dime. ¿Crees que... no te doy espacio para ser tú misma?

—A veces lo eres —admití, manteniendo las manos firmes sobre el volante.

Esbozó una mueca de auténtica lástima y comenzó a jugar con el dobladillo de su vestido.

—Perdóname, Cass. En serio, no quiero que me tengas miedo. Quiero que me cuentes tus cosas y que podamos hacer que esto funcione juntas.

—Es que nunca lo haces fácil, Mina...

—Perdón, de verdad. No quise usar la máscara de tu hija para pedirte cosas... Pero prometo no volver a hacerlo, ¿sí? ¿Confías en mí?

El semáforo cambió a rojo. La observé un segundo; tenía los ojos redondos, húmedos, limpios de cualquier sombra. Le asentí con la cabeza, fingiendo una fe que mi propio estómago rechazaba.

—Estaciónate en aquella plaza de ahí —dijo, señalando la calle con un dedo infantil.

—¿Vienes a ver a tu chico?

—Vengo a despedirme de él.

—¿Despedirte?

—Sí. Ya me harté de ser la loca psicópata que lo persigue a todos lados. Solo quiero verlo una última vez para convencerme de que es una pésima idea. Después de esto, podríamos ir a la cripta, tú y yo solas, como lo hacíamos antes.

Nos bajamos del auto. Mina se aferró a mi mano con calidez y subimos hasta la cornisa de un tercer piso. Mientras nos acomodábamos en la penumbra de los tejados, bromeó entre risas con darme un empujón hacia el vacío. No tuvimos que esperar mucho: abajo, sentado en una banca del parque, estaba el chico al lado de una joven.

—¿Crees que estén en una cita? —murmuró Mina, recargando la barbilla sobre la barandilla—. ¡Qué se sentirá sentarse al lado de alguien y parlotear fingiendo que no te lo quieres coger!

Solté una risa corta ante su desfachatez y le dije que, para algunos, el mundo no se movía tan rápido. Ella asintió, pensativa.

—Juguemos a algo... Te apuesto a que puedo bajar hasta allá y robarle el helado que se está comiendo.

—No creo que sea buena idea, Mina.

—¡Va-a-amos, Cass! Como lo hacíamos antes, ¿recuerdas?

—¿Y si por casualidad le arrancas un brazo?

—Sería gracioso —se rio, aunque de inmediato cambió la mirada—. Pero... ¿y si esta vez lo haces tú? Tráeme algo de la chica. Su cartera... o su chaqueta.

Vi el destello del desafío en sus ojos y sonreí a mi pesar. Décadas atrás solíamos hacer exactamente eso: deslizarnos entre los humanos, tomar sus pertenencias y pasar años fingiendo que el mundo nos pertenecía. Cedí. Descendí en un parpadeo de sombras, pasé a espaldas de la pareja sin que registraran mi presencia y tomé la chaqueta que la chica había dejado colgada en el respaldo de la banca.

Al alejarme unos metros, la mente de la joven se abrió ante mí como un libro abierto, pero una presión súbita en mi pecho me detuvo la diversión. El chico... el chico era una víctima directa de Mina. Estaba al borde del colapso, con la mente astillada, perdiendo la cordura.

Volví a la cornisa y le arrojé la prenda.

—¡Lo hiciste! —exclamó Mina, atrapándola al vuelo—. ¡Bien hecho!... Aunque, ¡puaj!, qué chaqueta tan horrenda.

—Sí, lo es —musité. Me quedé contemplando a mi señora y le pregunté en un hilo de voz—: ¿Qué le estás haciendo a ese chico?

—¿Yo? Nada —dijo con una risita inocente—. Solo juego un poco con él. Le hago pensar que soy un fantaaaasma.

—¿No crees que se te está yendo la mano? Está bien que les consumas la vida y que luego yo me encargue de borrarles la memoria... Pero esto, Mina... esto es cruel.

Ella desvió los ojos hacia la banca. Observó a "Valo Omena" mirando desquiciado hacia todas partes, buscando sombras que solo existían en su cabeza.

¿Tú crees? —murmuró Mina—. Quizás tengas razón... Es cruel manipular a una criatura así. Aún conservas esa ética tuya de proteger renacuajos, ¿no?

—Es solo que... olvídalo. No quise entrometerme.

—¡Oh, no, no, Cass! ¡Tienes razón! De verdad la tienes —dijo, tomándome del rostro con una devoción pasmosa—. Es cruel, y hay que ser "moderadas", ¿verdad? Como tú dices. Tienes toda la razón.

Asentí a su afirmación, conmovida. Le acaricié el cabello mientras le dedicaba una sonrisa llena de alivio. Por un instante, creí que mi antigua Mina estaba de vuelta.

—¿Qué te parece si le jugamos una última bromita al chico? —dijo entonces, entrelazando sus dedos con los míos—. Solo una última para que veas que en verdad es muy, muy divertida. Luego de eso nos vamos a la cripta y zanjamos este tema para siempre.

—Mina... no me gustaría jugar así.

—¡Aaaanda, Cass! Por mí. Hazlo por mí, ¿sí? Solo una última vez.

Acepté ante su súplica. No hubo magia, ni amalgamas de sombra, ni amenazas veladas. Fue una petición cálida, dulce y amistosa. Y por eso mismo, le dije que sí.

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Lo seguimos hasta su edificio. Mi pequeña se paseaba por el apartamento como un fantasma, burlándose del desorden.

Levantaba un calcetín sucio con la punta de los dedos y arrugaba la nariz, imitando los modales de la alta sociedad solo para hacerme reír. Al otro lado del ventanal, el perro del chico no dejaba de gruñirnos, sintiendo la amenaza que su dueño ignoraba.

—Ese perro será un desafío —comentó ella.

—¿Piensas robarle algo al chico?

—Sí. Le robaré algo, pero ese perro ladra bastante. ¿Qué tal si lo distraes por mí? Anda, golpea la puerta tres veces. Yo me encargaré de dormir al perro con esto. —Abrió la palma, mostrándome unas cápsulas oscuras.

—¿Cómo harás para que se las trague?

—¡Confía en mí, Cass! ¡Soy más rápida que tú!

Fui hasta la puerta, di tres golpes fuertes y hui por el pasillo. Lo admito: me divertí. La adrenalina me recordó a las travesuras de mi propia juventud. Pero cuando regresé, Mina me tomó de la mano y me guio a través de los muros hacia el interior.

El chico ya lucía errático. Se dejó caer pesadamente sobre el colchón, acariciándose el rostro con movimientos aletargados, y comenzó a reír en medio de la penumbra.

—¡Se bebió el café con las cápsulas! —celebró mi pequeña, ahogando una carcajada—. ¿No crees que se ve muy lindo así? Riendo, con su cordura intacta... Míralo, Cass. Ven, acércate. Esto es lo que quería mostrarte.

Me tiró de la mano hasta dejarme junto al muchacho. El perro ladraba frenético desde una esquina.

—¡Anda, huélelo!

Me incliné sobre el chico, esperando el hedor habitual a sal y óxido que emana de los latidos humanos. Pero lo que golpeó mis sentidos me dejó paralizada. El chico no olía a sangre.

Olía a manzanas.

—¿Manzanas? —susurré, embriagada por el aroma—. ¿Qué es esto?

—¿Verdad que es extraño?

—¿Cómo es posible?

Durante siglos, la eternidad nos había cobrado un precio implacable: así como nuestra lengua se volvió ciega al sabor de los alimentos, nuestros sentidos fueron vedados a los olores de la vida. Para nosotras, el mundo solo olía a muerte y hierro.

—¿Te gusta, Cass? —ronroneó Mina a mi lado.

—Es increíble...

—Bien. Ahora... cógetelo.

La orden me sacó del trance como un latigazo. La miré, buscando la burla en sus facciones, esperando que esto fuera el remate de otra de sus bromas.

—¿De qué hablas, pequeña?

—Dije... que te lo cojas. Aquí.

El chico seguía riendo en su delirio. El perro nos destrozaba los tímpanos con sus ladridos.

—No haré tal cosa —dije, retrocediendo.

La máscara de niña inocente se hizo añicos.

—Oh, claro que lo harás —siseó, y su voz ya no era la de mi hija; era el eco despiadado del monstruo que gobernaba mi vida—. Harás todo lo que yo te pida. Si te pido que robes, lo haces. Si te pido que mates, lo haces. Y si te digo que eres una maldita puta de mi propiedad y no la estúpida mujer compasiva que encontré apestando a muerte... lo asimilas y me obedeces.

Quise alejarme, pero su mano se cerró como una prensa sobre mi muñeca. Su poder estalló, revolviéndome las entrañas con una ola de frío paralizante.

—¡Mina, por favor!

—¿Crees que soy estúpida? —El aire se volvió tan denso que me asfixiaba—. ¿Crees que soy humana y que puedes jugar a ser mi confidente mientras esperas que mi verdugo llegue? ¡Tú eres mía, Cassandra Rosenverd! ¡Eres mía! Y harás exactamente lo que te pido, o traeré a Alfred, te lo meteré entre las piernas y, justo en el último suspiro de tu absurdo orgasmo, haré que su cabeza estalle entre tus muslos.

Le rogué. Le supliqué, cayendo de rodillas, pero ella me agarró por la ropa y la desgarró de un tirón. Me tomó por la mandíbula, clavándome su mirada, inyectándome el terror puro directamente en el alma.

—No volveré a repetírtelo.

Mientras yo temblaba, intentando cubrirme, Mina giró la mano hacia el rincón. Un crujido húmedo y espantoso silenció los ladridos. Con un solo mandato de su voluntad, obligó al perro a morderse a sí mismo; lo vi desgarrarse las patas, destrozando su propia carne.

Mina inundó mi cuerpo con su sombra. Un placer incontenible, antinatural y abrumador me prendió fuego en mi vientre. Mi voluntad gritaba, pero mi sexo traiciono a mi mente; comencé a salivar, a jadear, doblegada por el éxtasis. Hice del chico mío, y yo me volví suya en su delirio, mientras las carcajadas diabólicas de Mina rebotaban contra las paredes de la habitación.

—¡Muévete más! ¡Ya has hecho esto antes, Cass, anda! ¡Que pierda la cabeza por ti! ¡Jajaja!

La noche se volvió una agonía interminable. Al girar la vista hacia la ventana, mi reflejo me devolvió la mirada. Esta vez, el cristal no me trataba de mentirosa. Mi rostro estaba deformado por una mueca de placer salvaje y hambriento. Estaba esbozando mi verdadera naturaleza. El monstruo.

Cuando el chico finalmente se derrumbó en el clímax, el hechizo se rompió. Mi cuerpo cedió y me desplomé sobre su pecho, exhausta, mientras el llanto silencioso se adueñaba de mí, ahogándome.

Sentí los dedos fríos de Mina acariciando mi cabello sudado, alisándolo con una ternura espeluznante.

Sentí su aliento rozarme la nuca antes de escuchar su condena. —Tú, Cassandra Rosenverd... ya no eres ninguna heroína. Y serás únicamente lo que yo decida.

Thoughts

  • legacy2014

    Lo de la cláusula que se activa hasta por sugerir el peligro es lo más cruel de todo: Cass no puede ni pensar una salida. La grieta va a estar en la letra chica de Enrichetta, seguro.

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  • Ovid

    Las manzanas me dejaron frío: siglos oliendo solo a hierro y de pronto un chico que huele a vida. Apuesto a que Valo Omena no es un humano cualquiera y que Mina lo sabía antes de subir a esa cornisa. Duro de leer, @J_Khraucer, y Alfred sosteniendo a Cass al principio hace que el final pese el doble.

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  • mreyes84

    Alfred secándole la lágrima con el dorso de los dedos. Ese señor es el único adulto en todo ese palacio, ya pues.

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