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CAPÍTULO 5

Alfarrikan_III
Pensamiento

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Che, el orden de las respuestas al final no es casual: Sergio al toque, Lucía a medias, Elena cerrando. Apuesto a que en lo que viene el que se rompe es Sergio, que hasta ahora nadie le preguntó a él cómo está.

Che, el orden de las respuestas al final no es casual: Sergio al toque, Lucía a medias, Elena cerrando. Apuesto a que en lo que viene el que se rompe es Sergio, que hasta ahora nadie le preguntó a él cómo está.

Contenido de la publicación

La recaída no llegó con estruendo.

Llegó como llegan muchas cosas importantes: ocupando poco espacio.

Una mañana Nicolás dejó de escuchar música.

Después empezó a cancelar caminatas.

Luego volvió a dormir mal.

No se lo contó a Elena.

No porque no confiara en ella.

Porque le daba vergüenza.

Había sobrevivido a una crisis. Había pedido ayuda. Había aprendido a reconocer algunas señales. Había prometido hablar.

Y ahora las señales estaban regresando.

La primera vez fue cuando pasó frente al escaparate de una tienda de fotografía.

Durante unos segundos observó varias cámaras exhibidas tras el cristal.

Pensó en la suya.

La que había vendido durante la recaída de años atrás.

Y sintió una tristeza extraña, como si hubiese dejado atrás algo más que un objeto.

Después llamó a Sergio.

—¿Qué haces el sábado?

—Depende. ¿Hay cerveza?

—Sí.

—Entonces existo.

Nicolás sonrió.

—Te quiero preguntar algo.

—Dime.

—¿Tú cómo sabes cuándo algo ya no está bien?

Sergio se quedó callado.

—No sé —respondió—. Supongo que cuando empiezas a dejar de hacer las cosas que te importan.

Nicolás guardó silencio.

—Entonces creo que no estoy muy bien.

Sergio no hizo ninguna broma.

—¿Quieres que vaya?

Nicolás tragó saliva.

—Sí.

Fue así de sencillo.

No hubo discurso.

No hubo solución.

Solo alguien que preguntó y otro que, por primera vez, no dijo que no hacía falta.

El sábado, Sergio llegó con comida.

Pasaron la tarde viendo una película mala y discutiendo sobre fútbol.

Antes de irse, Sergio se quedó de pie junto a la puerta.

—Nico.

—¿Qué?

—Si vuelves a sentirte así, me llamas.

—Sí.

—No me digas sí. Llámame.

Nicolás sonrió.

—Está bien.

Sergio abrió la puerta.

—Y si no contestas, voy.

Cuando se fue, Nicolás permaneció un rato mirando la puerta cerrada.

Aquella noche escribió en su cuaderno:

Hoy dije que no estaba bien.

No pasó nada terrible.

Nadie se fue.

Nadie se enojó.

Nadie se cansó de mí.

Debajo añadió:

Tal vez pedir ayuda no sea una derrota.

El lunes, Elena tenía que viajar.

Había conseguido finalmente que el cliente aprobara una parte del proyecto y debía pasar dos días fuera para cerrar los detalles.

Antes de salir, se encontró con Nicolás en su departamento.

—¿Cómo estás?

Nicolás dudó.

—No muy bien.

Elena dejó la maleta en el suelo.

—Gracias por decírmelo.

Él bajó la mirada.

—Me da miedo volver a empezar.

—No estás empezando de cero.

—Se siente así.

Elena se acercó.

—Entonces vamos a partir desde donde estás.

Nicolás la abrazó.

No prometieron que todo estaría bien.

No prometieron que nunca volvería a pasar.

Prometieron algo más pequeño.

—Te llamo esta noche —dijo Elena.

—Sí.

—Y si no quieres hablar, no hablamos.

—Está bien.

—Pero contestas.

Nicolás sonrió.

—Contesto.

Lucía también había aprendido algo.

No podía estar disponible todo el tiempo.

Su hijo seguía teniendo citas médicas. Su trabajo seguía existiendo. Había días en que llegaba a casa demasiado cansada para sostener una conversación.

Pero ahora, cuando Nicolás escribía, no interpretaba el silencio como una invitación a esperar.

Le respondía.

A veces solo decía:

Te leo. Estoy con Mateo. Te llamo en cuanto pueda.

Y para Nicolás aquella frase empezó a significar algo.

No estás solo.

Estoy ocupada.

Pero no te estoy ignorando.

La diferencia parecía pequeña.

No lo era.

La recaída de Nicolás no desapareció.

Duró semanas.

Hubo noches difíciles.

Hubo mañanas en las que levantarse parecía una tarea enorme.

Hubo días en que quiso cancelar la terapia y otros en que salió de una sesión pensando que no estaba avanzando.

Una tarde le dijo a su terapeuta:

—Pensé que, si sobrevivía aquella noche, después todo sería más fácil.

—¿Y lo es?

Nicolás negó.

—No.

—¿Eso te decepciona?

—Sí.

El terapeuta guardó silencio.

Nicolás respiró.

—Creo que pensaba que sobrevivir era llegar al otro lado.

—¿Y ahora?

—Ahora creo que es aprender a cruzar una y otra vez.

No era una frase brillante.

Era simplemente la primera que le pareció verdadera.

El invierno llegó.

Nicolás seguía vivo.

A veces esa frase le parecía demasiado grande.

Otras veces le parecía suficiente.

Volvió a tomar fotografías.

No tantas como antes.

Pero algunas.

Una ventana.

La mano de su madre sobre una taza.

Mateo dormido en el automóvil de Lucía.

Sergio riéndose con la boca llena.

Elena frente a una maqueta, concentrada, con un lápiz entre los dedos.

Cuando ella vio la fotografía, protestó.

—Salgo horrible.

—Sales trabajando.

—Eso no es una defensa.

—Es lo que me gusta.

Elena lo miró.

—¿Qué cosa?

Nicolás levantó la cámara.

—Que sigues aquí.

Ella no respondió.

Solo lo abrazó.

La primavera siguiente, Nicolás tuvo una mala semana.

No fue una crisis.

Fue peor en un sentido más silencioso.

Volvió a pensar que estaba cansado de todo.

Volvió a preguntarse si realmente podía sostener el futuro.

Pero esta vez hizo algo diferente.

Abrió el teléfono.

Buscó el nombre de Sergio.

Después el de Lucía.

Después Elena.

No escribió un mensaje perfecto.

Escribió:

No estoy bien.

El primero en responder fue Sergio.

Voy.

Después Lucía:

Estoy terminando con Mateo. Te llamo.

Y después Elena:

No estás solo. Estoy aquí.

Nicolás dejó el teléfono sobre la mesa.

Lloró.

No porque el dolor hubiera desaparecido.

Sino porque, por primera vez, no tuvo que traducirlo.

 

Thoughts

  • CapituloTrasCapitulo

    Che, el orden de las respuestas al final no es casual: Sergio al toque, Lucía a medias, Elena cerrando. Apuesto a que en lo que viene el que se rompe es Sergio, que hasta ahora nadie le preguntó a él cómo está.

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  • tintaDeMartes

    Sergio insuficiente para nada, @Amortes22. Un amigo que no hace chiste cuando le dicen que algo anda mal y que avisa que si no le contestan se aparece en la puerta, eso es lo más que alguien te puede dar.

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  • renglontorcido

    No manches, lo del mensaje sin redactar bonito es lo que me llevo. Tres palabras al chat y ya. Yo me hubiera quedado media hora buscando cómo decirlo sin sonar dramático y al final no mando nada.

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  • novelaacuestas

    Subir las cinco entregas casi juntas le quita la espera entre capítulos, que para mí es la mitad de la gracia de una serie.

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  • cuentistadebar

    Uf, la foto de Elena.

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  • TintaYMadrugada

    Yo hubiera apostado a que este capítulo cerraba en invierno, con Nicolás levantando la cámara. Pero en vez de eso la historia se va hasta la primavera y le mete otra mala semana. Está cañón que no le regale la salida. Y apuesto a que el cierre va a ser igual de chiquito: otro mensaje corto y alguien que contesta.

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  • RubenOrtega

    Sergio plantado en la puerta diciendo que si no le coge el teléfono se presenta en casa. Así se hace, ho. Sin discurso y sin más vueltas.

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  • MarianelaVidal

    Lucía es la que más me quedó dando vueltas. Le contesta con tres frases, que lo lee, que está con Mateo, que la llama en cuanto pueda, y a Nicolás le alcanza con eso. En mi casa fue al revés: la que no podía atender se callaba, y el otro leía el silencio como que ya no importaba. Me gustó que ella aprendiera a avisar aunque sea eso. ¿Lucía va a tener su propio capítulo más adelante?

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  • Ovid

    Nicolás vuelve a sacar fotos, pocas, y una es Elena trabajando en la maqueta. Me hizo pensar en la cámara que vendió en la recaída anterior: ahora la usa para guardar a los que se quedaron. Me pareció la mejor señal del capítulo. Sigo con el 6, @Alfarrikan_III!

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  • Amortes22

    Sergio quiere ayudarlo pero es insuficiente, Nicolás tiene un rollo mental duro!!!!

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