Anna jurando que no va a causar problemas y en el mismo minuto dejando un chichón idéntico a cada una. Garoum con la mano en las sienes me representa. Y que se animen a burlarse de ella dice más que la reverencia.
Capítulo 42: Ecos en los pasillos de mármol
La Academia Arcana de Astravia despertó aquella mañana como lo hacía cada inicio de ciclo, pero bajo una atmósfera pesada, cargada de tensión y una expectación casi dolorosa que se respiraba en el…
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Anna jurando que no va a causar problemas y en el mismo minuto dejando un chichón idéntico a cada una. Garoum con la mano en las sienes me representa. Y que se animen a burlarse de ella dice más que la reverencia.
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La Academia Arcana de Astravia despertó aquella mañana como lo hacía cada inicio de ciclo, pero bajo una atmósfera pesada, cargada de tensión y una expectación casi dolorosa que se respiraba en el aire. Las enormes torres blancas reflejaban la luz dorada del amanecer, los jardines interiores lucían impecables, con setos recortados con precisión quirúrgica, y los estandartes imperiales, bordados con águilas doradas sobre fondo azul oscuro, colgaban en los muros y se movían suavemente con el viento, como si incluso ellos esperaran algo.
Aquel lugar era el corazón mágico del imperio, la institución más prestigiosa del continente, el sitio donde se formaban los futuros magos de guerra, consejeros imperiales, grandes nobles, alquimistas, sanadores y estrategas que determinarían el destino de naciones enteras. Era el lugar donde el apellido de una familia podía elevarse hasta tocar el cielo… o hundirse en el barro para siempre. Y hoy, más que nunca, todos tenían la mirada fija en una sola persona: aquella que había convertido esas mismas piedras en escenario de pesadillas.
La entrada principal ya estaba llena de movimiento, pero incluso entre el ruido de carruajes, voces y pasos, había silencios repentinos, miradas furtivas y murmullos que se cortaban de golpe.
Llegaban primero los hijos de las grandes familias, en vehículos enormes, pesados, cubiertos de oro y plata, con escudos familiares pintados en las puertas y colores que gritaban su linaje a cualquiera que pasara. Sirvientes con libreas impecables corrían a abrir puertas, guardias de escolta cargaban baúles de madera tallada y mayordomos anunciaban nombres con una formalidad exagerada, casi teatral. Los estudiantes nobles bajaban con la cabeza en alto, la espalda recta, como si el mundo entero debiera apartarse para dejarles paso. Algunos caminaban mirando por encima del hombro, con esa altivez heredada de generaciones de poder. Otros directamente ignoraban a cualquiera que no vistiera telas costosas o joyas visibles.
Detrás de ellos llegaban los nobles menores: carruajes más pequeños, más simples, todavía elegantes, todavía refinados, pero claramente lejos del lujo desmedido de las grandes casas. Muchos de ellos mantenían la postura rígida, tratando de aparentar una confianza que no siempre sentían, porque sabían que en Astravia el apellido seguía siendo la primera moneda de cambio.
Y luego estaban los otros. Los alumnos sin sangre noble. Jóvenes nacidos plebeyos, hijos de comerciantes, artesanos o soldados, pero que poseían suficiente afinidad con la magia como para ser aceptados por decreto imperial. Ellos llegaban a pie, con una sola maleta pequeña de cuero, vestidos con el uniforme gris y azul estándar entregado por la academia. Muchos miraban alrededor con una mezcla de emoción y miedo, porque sabían perfectamente que aquel lugar los aceptaba por obligación, no por voluntad. La academia abría sus puertas, sí… pero gran parte de los estudiantes nobles, y también algunos profesores, habrían preferido verlos fuera de ellas.
Algunos hijos de familias importantes ni siquiera se molestaban en apartarse del camino cuando un plebeyo pasaba cerca; si rozaban sus ropas, se sacudían la tela con asco, como si hubieran tocado algo sucio. Otros los miraban con esa frialdad distante, como si fueran animales que de alguna manera lograron colarse en un salón que no les pertenecía. Y aun así, los estudiantes plebeyos seguían avanzando, con la mandíbula tensa, porque para muchos de ellos entrar a Astravia era la única oportunidad de cambiar sus vidas, de escapar del destino que les había tocado nacer.
Frente a la entrada principal, supervisando todo con una calma casi inquietante, estaba el director.
Lord Cassian Auremont.
Un hombre de cabello gris oscuro, peinado hacia atrás con una precisión absoluta, ojos de un gris frío como el acero y una postura tan impecable que parecía imposible imaginarlo encorvado o cansado alguna vez. Vestía una larga túnica negra y dorada, con el emblema de la academia —un libro abierto atravesado por una varita— bordado en hilo brillante sobre el pecho. Y aunque no tenía sangre imperial ni pertenecía a ninguna casa antigua, su posición era tan importante, y su poder tan respetado, que muchos nobles lo trataban con el mismo respeto que tendrían con un ministro del propio emperador.
Cassian observaba a cada estudiante que cruzaba la entrada, uno por uno, con esa mirada que parecía ver mucho más allá de la ropa o el apellido. No importaba si llegaban en un carruaje cubierto de oro o si lo hacían caminando con una maleta vieja y gastada. Para él, todos eran alumnos. Todos eran posibles talentos. Y todos serían medidos bajo la misma vara. Un noble arrogante sin capacidad ni juicio no valía más que un plebeyo brillante y trabajador. Por eso muchos grandes señores lo respetaban… y por eso otros tantos lo detestaban en silencio.
Detrás de él, varios profesores ayudaban con el registro y la organización, y ahí sí se hacían evidentes las diferencias. Algunos saludaban a todos por igual, con educación y distancia. Otros apenas disimulaban el desprecio que sentían hacia los alumnos sin título, mirando sus ropas simples con el ceño fruncido o respondiendo sus preguntas con monosílabos secos.
Un profesor de magia ofensiva, un hombre corpulento de barba poblada y modales bruscos, observó con manifiesta molestia a un muchacho de manos callosas y uniforme un poco descolorido antes de murmurar lo suficientemente alto como para que varios lo escucharan:
—Decretos imperiales ridículos… ahora cualquiera puede entrar. Esto antes era un lugar para gente de calidad.
Cassian lo escuchó perfectamente. No se giró, no cambió de expresión, pero su voz llegó clara y cortante desde unos pasos más allá:
—Si tiene problemas con las decisiones del emperador, profesor, o con lo que esta institución representa, puede llevar sus quejas directamente al palacio. O buscar otro lugar donde teach. Yo mismo escribiré la carta de recomendación.
El hombre guardó silencio al instante, palideciendo un poco bajo su piel roja. Nadie discutía con Cassian Auremont. No si querían seguir enseñando en Astravia.
Y mientras la academia seguía llenándose de carruajes, conversaciones y movimientos, esa sensación extraña, esa expectación ansiosa, comenzaba a crecer y a extenderse entre todos los presentes.
Porque todos, absolutamente todos, sabían que todavía faltaba alguien.
La noble expulsada.
La chica que una vez convirtió aquellos pasillos de mármol en un infierno para muchos.
La misma cuyo nombre ahora sonaba en todo el continente, envuelto en historias de heroísmo, salvación y poder.
Tarde o temprano, el carruaje de Anna D’Valrienne iba a aparecer frente a aquellas puertas. Y cuando eso ocurriera, nadie volvería a pensar en otra cosa.
Lo que pocos sabían era que la espera no era solo curiosidad. Era miedo. Un miedo profundo, arraigado, que muchos llevaban años tratando de olvidar, pero que bastaba mencionar su nombre para que volviera con toda su fuerza.
Porque la otra Anna, la que vivió entre ellos, la que caminó por esos pasillos con la cabeza alta y la mirada fría, había dejado marcas que todavía dolían.
Todos recordaban.
Recordaban al alumno de segundo año, hijo de un comerciante rico, pero sin título, que cometió el “error” de cruzarla en el corredor principal sin apartarse lo suficiente rápido. Anna no solo lo humilló delante de todos, obligándolo a limpiar el polvo de sus botas con su propia ropa, sino que usó su influencia para que les negaran acceso a las mejores bibliotecas durante todo un año. Su rendimiento cayó, su familia perdió prestigio y él terminó abandonando la academia antes de terminar. “Si no sabes dónde es tu lugar, te lo haré entender”, había dicho ella con esa calma aterradora que la caracterizaba.
Recordaban a la profesora de historia, una mujer respetada y de gran prestigio, que se atrevió a corregirla en clase, delante de todos, porque Anna se negaba a estudiar ciertos tratados diciendo que “no eran dignos de su tiempo”. Al día siguiente, llegaron órdenes desde la administración —órdenes que todos sabían que ella había conseguido presionando a sus familiares— restringiendo las clases de la profesora solo a alumnos de bajo nivel. Su carrera quedó arruinada en gran parte, y nadie volvió a contradecir a Anna en público. Nunca más.
Recordaban las noches en que grupos de alumnos que no le caían bien aparecían con sus habitaciones inundadas, o sus libros desaparecidos, o sus materiales mágicos dañados irremediablemente. Nadie podía probar nada, por supuesto. Todo era “accidente”, todo era “coincidencia”. Pero todos sabían. Y nadie decía nada. Porque quien hablaba, desaparecía.
Había hecho llorar a estudiantes mayores solo por el placer de verlos doblegarse. Había prohibido que sirvieran en la cantina a quienes consideraba “inferiores”, y los profesores, por miedo o conveniencia, habían hecho caso. Había retado a duelos mágicos a quienes la contradecían, usando su mayor riqueza y poder para tener ventajas que nadie más podía permitirse, y ganaba no solo para ganar, sino para destruir la confianza del contrario.
Incluso con los propios nobles, gente de su misma sangre, había sido despiadada. Si una familia rivalizaba con la suya, ella se encargaba de que sus hijos vivieran un infierno: difamaciones, burlas públicas, sabotajes en exámenes, aislamiento total. Clarisse Vaelmont lo sabía muy bien: su prima mayor había sido objetivo de Anna durante un ciclo entero, hasta que su padre decidió sacarla de la academia para protegerla.
Era cruel. Era calculadora. Era orgullosa hasta la insolencia. Y lo peor de todo: era muy inteligente y muy poderosa, lo que le permitía hacer todo eso sin que nadie pudiera detenerla. Tenía contactos, tenía dinero, tenía magia y tenía una voluntad de hierro.
Por eso, ahora, mientras esperaban, no era solo curiosidad lo que sentían. Era terror.
En la entrada principal, grupos de estudiantes fingían hablar entre ellos, pero sus ojos no dejaban de mirar hacia el camino de acceso. Otros se quedaban en los patios, sentados en los bancos, con los libros abiertos, pero sin leer una sola línea. Algunos recorrían los pasillos una y otra vez sin ningún motivo real, solo para estar cerca por si llegaba de repente.
Incluso varios nobles que normalmente habrían ido directo a instalarse en sus habitaciones seguían cerca de la entrada con cualquier excusa posible: “Espero a un amigo”, “Vigilo mi equipaje”, “Reviso los horarios”, “Busco a un tutor”.
Nadie engañaba al director. Todos estaban esperando. Y todos, en el fondo, temían que ella fuera igual a como la recordaban… o peor, que fuera diferente y ahora tuviera más poder y razones para ser peligrosa.
Lucien Ardent estaba apoyado contra una columna de mármol blanco, con los brazos cruzados y una expresión de desdén que ocultaba muy mal su tensión. Tenía la mandíbula tensa, y cada vez que un carruaje aparecía a lo lejos, sus dedos se apretaban con fuerza contra su propia manga. Él había sido uno de los pocos que alguna vez intentó enfrentarse a ella… y todavía recordaba muy bien cómo ella había logrado que le quitaran su puesto en la guardia de honor, humillándolo delante de todo el cuerpo estudiantil.
Clarisse Vaelmont permanecía a su lado, fingiendo leer un pequeño libro de poesía que claramente no estaba leyendo. Sus ojos recorrían la puerta de hierro forjado una y otra vez. Ella sabía de primera mano lo que Anna era capaz de hacer cuando se sentía ofendida o simplemente aburrida.
Kael Vernhart observaba todo desde uno de los balcones del segundo piso, apoyado en la barandilla de piedra. Estaba más tranquilo que los otros, pero su mirada era fría y atenta. Él no había sido uno de sus objetivos directos, pero había visto lo suficiente para saber que la historia que ahora contaban en el imperio —la de la salvadora, la de la noble bondadosa— no encajaba con la mujer que él conocía.
Más lejos, otros estudiantes murmuraban entre ellos, con voces bajas, cargadas de recelo:
—Dicen que el emperador mismo ordenó que volviera. Que anuló la expulsión sin escuchar a nadie.
—Claro. Porque es una D’Valrienne. La sangre pesa más que todo lo que hizo aquí.
—Seguro sus hermanos arreglaron todo con dinero o favores. Siempre lo hacen.
—Una persona como ella no cambia. Lo que hiciera allá fuera no importa; aquí sabemos quién es.
—Solo tuvo suerte. O se llevó el crédito del trabajo de otros.
—Apuesto lo que sea a que en dos semanas vuelve a ser la misma de antes. Y entonces… Dios nos ayude.
Cassian Auremont escuchaba todo aquello sin decir nada, con las manos cruzadas a la espalda y la mirada fija en el horizonte, donde el camino se perdía entre árboles verdes.
Porque sinceramente, no importaba lo que pensaran ahora. Lo importante sería lo que pensaran después de verla.
Él sí conocía parte de la verdad. Había recibido informes detallados. Había leído cartas de personas de confianza que estuvieron en la ciudad durante la pandemia, que la vieron actuar, que vieron sus decisiones. Había hablado con comerciantes, con sanadores, con soldados que le debían la vida.
Y si la mitad de lo que había leído era cierta… entonces Anna ya no era la misma persona que abandonó aquella academia años atrás. La arrogancia, la crueldad, el desprecio… todo eso parecía haber sido sustituido por algo más profundo, más complejo.
Pero aun así… incluso él sentía una curiosidad cargada de precaución.
Porque él también recordaba a la antigua Anna.
La recordaba entrando a la academia por primera vez, apenas una niña, pero caminando con la cabeza tan alta que parecía que iba a romperse el cuello.
La recordaba exigiendo privilegios que nadie más tenía, quejas si su habitación no era la más grande, si su mesa no estaba en el lugar más destacado.
La recordaba humillando a otros estudiantes con palabras afiladas como cuchillos, sin levantar la voz, sin perder la calma, haciendo daño con precisión quirúrgica.
La recordaba mirando a todos por encima del hombro, convencida de que el mundo entero estaba ahí solo para servirla.
Y ahora…
Ahora estaba a punto de regresar convertida en alguien completamente distinta. O al menos eso era lo que todos decían.
Pero mientras el sonido de ruedas y cascos comenzó a escucharse desde el camino principal, rompiendo el murmullo de la academia, una sola certeza recorrió a todos los presentes:
Fuera quien fuera la mujer que bajara de ese carruaje, nada volvería a ser igual en Astravia. Y todos, absolutamente todos, contenían la respiración, esperando ver si regresaba la pesadilla que conocían… o si llegaba algo mucho más peligroso.
Cassian levantó un poco la vista hacia la entrada principal, y por un instante, el murmullo constante de la academia pareció apagarse apenas, como si el propio aire contuviera la respiración.
A lo lejos, el sonido rítmico de ruedas sobre piedra y cascos de caballos comenzó a hacerse más fuerte, más claro, rompiendo la atmósfera tensa que reinaba desde hacía horas.
El carruaje que todos estaban esperando acababa de llegar.
Entre toda la fila de vehículos elegantes, cargados de escudos y colores de familia, hubo uno que hizo que las conversaciones se apagaran poco a poco hasta desaparecer por completo. Al principio fueron solo unos pocos estudiantes los que se detuvieron al verlo; luego, nobles que señalaban con el dedo, otros que dejaban de hablar a mitad de una frase, profesores que interrumpían sus explicaciones, sirvientes que dejaban caer lo que llevaban en las manos.
Porque aquel emblema pintado en la puerta era imposible de confundir: la rosa negra de la Casa D’Valrienne, bordada también en los estandartes que ondeaban en los costados, oscura, elegante y amenazante.
El carruaje de Anna había llegado.
Y apenas apareció en el camino de acceso, el ambiente entero cambió de golpe.
Los nobles que hasta hace un momento se jactaban o discutían entre ellos quedaron rígidos y en silencio. Los estudiantes plebeyos detuvieron su paso al instante, con el corazón golpeándoles fuerte en el pecho. Incluso los guardias imperiales destinados a la vigilancia de la academia, hombres entrenados para no demostrar emoción alguna, enderezaron la espalda y fijaron la mirada, conscientes de que lo que estaba por ocurrir marcaría el inicio del ciclo.
Todos recordaban a la antigua Anna.
La imagen grabada a fuego en la memoria de todos: la muchacha que llegaba cubierta de joyas incluso bajo el uniforme reglamentario, que caminaba por los pasillos como si cada piedra, cada columna y cada jardín le pertenecieran. La que miraba con esa frialdad arrogante, casi cruel, dejando claro sin palabras que nadie, absolutamente nadie, estaba a su altura.
Esa era la mujer que esperaban ver bajar de allí.
La que obligaba a otros a apartarse de su camino con un simple gesto de la mano.
La que humillaba sin piedad a quien no tuviera un apellido antiguo y poderoso.
La que se sentaba en su rincón del aula como si fuera un trono, observando al resto del mundo por encima del hombro.
Esa era la pesadilla que todos creían que regresaba.
Sin embargo, el primer golpe inesperado llegó incluso antes de que la puerta se abriera.
Porque nadie había prestado demasiada atención al conductor, al hombre que guiaba las riendas desde lo alto del pescante. Hasta que se puso de pie, dio un paso firme hacia abajo y descendió al suelo.
En el instante mismo en que sus botas pesadas tocaron la piedra, el silencio se volvió denso, pesado y absoluto.
Garoum.
Un escalofrío colectivo recorrió a toda la multitud reunida. Más de un estudiante abrió los ojos de par en par, boquiabierto. Varios nobles dieron un paso atrás instintivamente, como si su sola presencia ocupara todo el espacio disponible. Incluso los soldados de la academia, hombres que habían visto batalla, se pusieron firmes, con la mano cerca de la empuñadura de sus espadas, en un gesto de respeto y alarma a la vez.
Porque el nombre de Garoum no era un nombre cualquiera en el imperio.
Todos habían escuchado las historias, las leyendas que se contaban en las mesas de los soldados, en los cuarteles, en los pasillos de palacio.
Hablaban de las guerras fronterizas donde él había luchado hasta quedar solo de pie entre montones de enemigos.
Hablaban de las heridas que llevaba marcadas en la piel, cicatrices que eran medallas de batallas que nadie más había sobrevivido.
Hablaban de su fuerza, su resistencia, y sobre todo, de su lealtad… o de su falta de ella.
Pero lo que todo el mundo sabía, lo que nadie había olvidado, era la enemistad mortal que había existido entre él y Anna D’Valrienne.
Todo el mundo lo sabía.
Sabían que Garoum había servido a la familia, sí, pero que odiaba a Anna con una intensidad que rayaba en lo sagrado.
Sabían que ella, con su arrogancia de entonces, le había ordenado misiones suicidas, le había quitado hombres buenos, le había hecho perder vidas y prestigio solo por capricho o por demostrar que tenía poder sobre él.
Sabían que en la época en que Anna reinaba en esta academia, Garoum había dicho públicamente que preferiría caer muerto antes que volver a obedecer una orden suya.
Sabían que, si había una persona en todo el continente que tenía motivos de sobra para desear su muerte, para abandonarla o incluso para acabar con ella, era él.
Y ahora… ahora estaba ahí.
Parado junto a la puerta del carruaje.
Con el uniforme impecable de guardia personal de la Casa D’Valrienne.Con la mano apoyada en el pomo de su espada, vigilando, protegiendo.
Esperando.
La conmoción fue inmediata y estalló en susurros ahogados que corrían como fuego de un lado a otro.
—¿Es… es Garoum? —murmuró un joven noble, pálido como la cera.
—¡Es él! ¡El mismo que comandó la guardia imperial! —respondió otro, con la voz temblando—. ¿Qué hace aquí?
—Dicen que la odiaba… que juró que nunca volvería a servirla…—¡Miren! ¡Va vestido como su guardaespaldas!
—Eso no puede ser… ¡es imposible!
Lucien Ardent, que minutos antes se había jactado y hablado con tanta seguridad, sintió cómo todo su orgullo se desmoronaba en un segundo. Su sonrisa de desprecio se borró por completo, dejando paso a una confusión aterrada. Dio un paso adelante, inclinándose para ver mejor, negando con la cabeza.
—¿Qué demonios hace Garoum con ella…? —susurró, incrédulo—. ¡Él la odiaba! ¡Todo el mundo lo sabe! ¡Hace tres años dijo que antes serviría a un demonio que a ella!
Clarisse Vaelmont tenía las manos apretadas contra su pecho, los ojos muy abiertos, perdida y asustada. Ya no quedaba rastro de la altivez con la que había esperado unos minutos antes.
—Eso no tiene sentido… —decía una y otra vez, casi para sí misma—. Si él está ahí… si él la protege… entonces… entonces nada de lo que creíamos es verdad.
Desde el balcón del segundo piso, Kael Vernhart no se había movido ni un milímetro, pero su mirada había cambiado por completo. Ya no había indiferencia, ni escepticismo, ni burla. Había un respeto profundo y una duda que le retorcía el estómago. Él conocía a Garoum. Sabía que ese hombre no servía por dinero, ni por miedo, ni por obligación. Servía solo a quien se lo hubiera ganado.
Y si alguien como él, el guerrero más duro, el hombre más difícil y orgulloso que existía, estaba ahí, parado como un muro de acero protegiendo a Anna… entonces la mujer que estaba a punto de salir de ese carruaje no era, ni por asomo, la misma que ellos recordaban.
Cassian Auremont, desde su posición al frente de la escalinata, observaba todo con una satisfacción sombría y una atención aguda. Él había leído los informes, sí, pero verlo con sus propios ojos, ver la reacción de todos, ver cómo la sola presencia de ese gigante de armas rompía en pedazos la imagen monstruosa que todos tenían de Anna… eso valía más que cualquier informe.
Abajo, Garoum no parecía notar el alboroto, ni los murmullos, ni los ojos clavados en él. Se mantenía inmóvil, imponente, con esa calma pesada de alguien que no tiene miedo de nada ni de nadie, y mucho menos de un puñado de nobles asustados.
Lentamente, muy lentamente, giró la cabeza hacia la puerta del carruaje.
Levantó su mano grande y callosa, tomó el tirador de bronce con una suavidad inesperada para su tamaño, y tiró de ella hacia atrás.
La puerta se abrió con un sonido suave y profundo.
Y en ese momento, todo el mundo contuvo la respiración.
Y durante un segundo que pareció eterno, toda la academia contuvo la respiración. El silencio era tan denso que se podía cortar con un cuchillo, y todos tenían la mirada clavada en la puerta abierta, esperando ver por fin la figura que tantas pesadillas les había dado.
Pero ese no fue ni mucho menos el único golpe que recibieron. De hecho, lo que pasó a continuación fue una serie de impactos demoledores, uno tras otro, que fueron destruyendo poco a poco todo lo que creían saber.
Porque apenas Garoum abrió la puerta de par en par, la primera persona en aparecer no fue Anna.
Fue Lyra.
La joven descendió primero con una naturalidad absoluta, moviéndose con la soltura y la seguridad de alguien que ya estaba acostumbrada a permanecer siempre un paso por detrás de su señora, vigilando, protegiendo, atenta a cualquier detalle. Su postura era firme, casi marcial, pero relajada; su expresión era tranquila, seria y alerta a la vez, y su mano descansaba con total confianza cerca de la empuñadura de la espada que llevaba al costado, como un reflejo automático.
Muchos estudiantes no la reconocieron. No sabían quién era, ni de dónde había salido. Pero bastaba con verla, con ver cómo se movía, con ver esa seguridad en la mirada, para entender al instante que no era una simple sirvienta ni una acompañante cualquiera. Era parte de algo más. Alguien importante.
Detrás de ella apareció una figura pequeña y ágil. Lira.
La niña bajó con cuidado, aferrándose un momento al borde de la puerta con una mano pequeña, mientras con la otra se ajustaba la capa. Miró alrededor con unos ojos grandes, brillantes y llenos de curiosidad, recorriendo toda la escalinata, todos los rostros pálidos y asombrados, sin rastro de miedo, solo con esa inocencia despierta de quien observa un mundo nuevo. Se quedó de pie al lado de Lyra, pequeña pero erguida, como si también ella tuviera un puesto que ocupar.
Y entonces, detrás de ellas, apareció Eliana.
Ahí fue cuando el suelo pareció moverse bajo los pies de todos.
Ahí fue cuando más de una mandíbula cayó abierta, cuando más de un suspiro ahogado se escuchó entre la multitud, y cuando incluso quienes se habían mantenido firmes hasta ese momento sintieron que la cabeza les daba vueltas.
Porque a diferencia de Lyra y de Lira, Eliana sí era conocida.
Absolutamente todos la recordaban.
Recordaban a la muchacha tímida, casi invisible, que caminaba siempre dos pasos detrás de Anna, con la cabeza baja, la espalda encorvada y la mirada clavada en el suelo, temblando si alguien se acercaba demasiado.
Recordaban a la sirvienta que parecía vivir con miedo constante, que hablaba en susurros, que se apartaba de las miradas ajenas como si un simple vistazo fuera un golpe.
Recordaban a la joven que siempre parecía estar esperando un castigo, una mala palabra, un empujón o una orden cruel.
La chica que, todo el mundo lo sabía, había sido el blanco favorito de las humillaciones de Anna. La que había sufrido sus peores caprichos, sus enfados repentinos, sus órdenes absurdas y su desprecio más doloroso.
Esa era la Eliana que todos tenían grabada en la memoria: una sombra asustada, una víctima silenciosa, alguien que, si hubiera tenido oportunidad, habría corrido lejos de Anna hasta el fin del mundo.
Pero la mujer que descendió del carruaje aquella mañana… no se parecía en nada a esa persona.
Ahora caminaba con la espalda completamente recta, la cabeza alta y los hombros relajados, con una elegancia natural que antes no tenía ni en sueños.
Su expresión era tranquila, serena, segura. Ya no había miedo en sus ojos, ni sumisión, ni vacilación.
Ya no parecía una sirvienta aterrada que existía solo para obedecer.
Parecía alguien orgullosa de estar ahí.
Orgullosa de estar al lado de quien estaba
.Orgullosa de acompañar a Anna D’Valrienne.
Bajó los escalones del carruaje con paso firme, se colocó al lado de Garoum, al lado de Lyra y de Lira, y se quedó allí, mirando al frente, ignorando por completo todos los ojos clavados en ella. Y había algo más, algo que heló la sangre a todos los que la conocían: había lealtad en su mirada. Una lealtad absoluta, profunda y sincera.
El impacto fue inmediato y devastador.
—¡No… no puede ser! —susurró una estudiante de las antiguas, llevándose las manos a la boca—. ¡Es Eliana! ¡Es ella, lo juro! Pero… ¿cómo…?
—¿No recuerdan? —decía otro, con voz temblorosa—. ¡Anna la trataba peor que a un perro! ¡La hacía dormir en el pasillo! ¡La obligaba a hacer cosas imposibles solo para verla sufrir! ¡Todo el mundo decía que si Eliana volvía a verla, la escupiría o huiría gritando!
—¡Mirenla ahora! —gritó otro, señalando con incredulidad—. ¡Mírenla! ¡No solo no huye… está ahí parada como su guardia! ¡Como si Anna fuera lo más importante de su vida! ¡Está orgullosa! ¡Se nota en la forma en que se para, en cómo mira a todo el mundo!
El silencio alrededor del carruaje se volvió todavía más pesado, más confuso, más aterrador.
Porque la lógica que todos tenían armada se estaba rompiendo en mil pedazos frente a sus ojos.
Una vez podía ser casualidad. Podían decirse: “Bueno, Garoum es un soldado, tiene su código, quizás le debe algo, quizás la obligaron”.
Pero dos veces… dos veces ya era demasiado.
Garoum tenía razones de sobra para odiarla. Razones de sangre, de honor, de vidas perdidas. Todo el imperio lo sabía.
Eliana también. Razones de dolor, de humillación, de años de sufrimiento en silencio. Todo el mundo aquí lo había visto.
Y aun así… ahí estaban los dos.
Parados hombro con hombro.
Escoltándola.
Protegiéndola.
Mirando a todos los demás con una advertencia silenciosa: “si tocan a Anna, tendrán que pasar por encima de nosotros”.
El director, Lord Cassian Auremont, observaba la escena desde lo alto de la escalinata con una expresión cada vez más seria, más atenta, más impresionada.
Él sí conocía las historias.
Conocía los detalles de lo que Garoum había sufrido por culpa de ella.
Conocía cada una de las humillaciones, grandes y pequeñas, que Eliana había tenido que soportar.
Sabía perfectamente el veneno y el odio que antes reinaba entre esas personas.
Y aun así, ahí estaban. Juntos. Unidos por algo que parecía mucho más fuerte que todo ese pasado oscuro.
Eso hizo que algo comenzara a incomodarlo de una forma extraña, profunda y emocionante a la vez. Porque Cassian era un hombre inteligente. Y mientras observaba aquella formación imponente que había salido del carruaje, comenzó a hacer cuentas en su cabeza, a unir las piezas que tenía delante.
Si Garoum estaba ahí.
Si Eliana estaba ahí.
Si ambos, que antes la detestaban o le temían, ahora permanecían a su lado con esa lealtad inquebrantable, con ese orgullo visible…
Entonces aquello significaba una sola cosa, una única y aterradora verdad:
La Anna que estaba a punto de bajar de aquel carruaje no podía ser, ni por asomo, la misma niña cruel, arrogante y estúpida que abandonó esta academia años atrás.
Y lo peor para todos ellos…Era que esa nueva Anna, la que había sido capaz de conquistar el respeto del hombre más duro y el corazón de la chica más dañada… era infinitamente más peligrosa, más fuerte y más temible que la que ellos recordaban.
Entonces, tras ellas, desde la penumbra del interior del carruaje, una mano fina, elegante y serena apareció, apoyándose suavemente en el brazo que Eliana le ofrecía con una sonrisa llena de cariño.
Y por fin… Anna bajó.
Anna apareció finalmente en la puerta del carruaje.
Llevaba puesto el uniforme oficial de la academia. El mismo uniforme gris y azul que todos recordaban perfectamente, la misma tela, el mismo corte, el mismo emblema bordado en el pecho. Pero incluso algo tan sencillo y reglamentado se sentía distinto ahora que estaba en ella.
Ya no estaba cubierto de joyas innecesarias ni broches de oro que nada tenían que hacer ahí. No había adornos exagerados, ni telas caras superpuestas, ni capas largas que solo servían para estorbar y llamar la atención. Llevaba también el escudo de su familia, la rosa negra, cosido con hilo fino y discreto en el cuello, pero sin rastro de aquella necesidad enfermiza de demostrar superioridad que antes parecía impregnar cada prenda que tocaba.
Su cabello oscuro caía con suavidad y sencillez sobre sus hombros, sin trenzas complicadas ni cintas costosas. Su rostro seguía siendo hermoso, innegablemente hermoso, tan perfecto que más de uno se quedó quieto apenas la vio, como si el aire se les hubiera escapado de golpe. Pero ahora esa belleza ya no se sentía fría, ni distante, ni afilada como una navaja. Ya no se sentía como la de alguien que disfrutaba mirar al resto del mundo por encima del hombro, juzgando y encontrando defectos en todo.
Ahora había algo distinto en ella. Algo más tranquilo. Más suave. Incluso un poco más cansado, como quien ha cargado pesos que nadie más podría imaginar, y ha salido al otro lado cambiado.
Anna descendió del carruaje lentamente, con paso firme y sereno, apoyándose apenas un instante en la mano grande y callosa que Garoum le ofreció para ayudarla a bajar, un gesto que hizo que más de un noble abriera la boca de par en par.
Y en cuanto sus pies tocaron el suelo de piedra, el impacto fue inmediato y silencioso.
Porque todos estaban viendo a Anna D’Valrienne. Sí. Pero al mismo tiempo sentían con una certeza extraña y aterradora que estaban viendo a una persona completamente diferente a la que habían echado años atrás.
Durante unos segundos nadie dijo absolutamente nada. El silencio se extendió por toda la entrada de una forma tan pesada y extraña que incluso el ruido de los otros carruajes que seguían llegando, los caballos y las voces lejanas, pareció apagarse de golpe, como si el propio lugar contuviera la respiración.
La imagen que todos tenían grabada a fuego en la memoria acababa de hacerse pedazos frente a sus ojos.
Los estudiantes nobles que la habían conocido en su época anterior fueron los que más sintieron el golpe. Ellos sí recordaban a la perfección a la antigua Anna: la que caminaba como si las piedras del camino no fueran dignas de tocar sus suelas, la que lanzaba insultos con una sonrisa tranquila, la que usaba su apellido como si fuera un arma afilada dispuesta a cortar cabezas. Muchos de ellos se habían preparado mentalmente, habían ensayado miradas de desdén o comentarios sarcásticos, esperando verla bajar con aquella sonrisa altiva y esa mirada que decía “todos ustedes están muy por debajo de mí”.
Pero la joven que tenían enfrente no se parecía en nada a esa pesadilla que conocían.
No caminaba con arrogancia.
No miraba a nadie por encima del hombro.
No parecía alguien que hubiera regresado exigiendo que todos la reverenciaran.
Por el contrario, se veía tranquila. Demasiado tranquila. Seria, sí, y con una presencia que llenaba todo el espacio, pero sin soberbia, sin altanería.
Y eso era lo que más incomodaba, lo que más confundía y lo que más miedo daba.
Porque si hubiera vuelto siendo igual que antes, habría sido fácil. Fácil odiarla, fácil rechazarla, fácil señalarla y decir: «Lo ven? Nada ha cambiado, sigue siendo el mismo monstruo.»
Pero verla así, ver esa calma, ver esa sencillez, ver cómo la gente que más daño le hizo ahora la adoraba… hacía que todo fuera mucho más complicado, mucho más peligroso.
Los alumnos más jóvenes, los que no llegaron a conocerla pero que habían crecido escuchando historias terribles, tampoco sabían cómo reaccionar. Ellos habían oído relatos exagerados, leyendas que la pintaban casi como una bruja cruel y caprichosa. Esperaban ver a alguien fría, dura, imposible de soportar. Pero lo que estaban viendo ahora no coincidía en absoluto con esas historias, y aquello solo los dejaba más confundidos y más inquietos.
Lucien Ardent seguía observándola sin moverse ni un músculo. La expresión de desprecio y burla que había tenido hasta hace unos minutos ya no estaba ahí, se había desvanecido hasta desaparecer. Ahora parecía alguien que intentaba desesperadamente encontrar una explicación lógica a algo que su mente se negaba a aceptar.
Clarisse Vaelmont tampoco apartaba la mirada. Había algo en ella que todavía se aferraba con uñas y dientes a la idea de que todo aquello era una mentira, de que Anna solo estaba fingiendo, de que en cualquier momento su máscara se caería y volvería a ser la de siempre. Pero al mismo tiempo, ni siquiera ella podía negar lo evidente: la postura, la mirada, la forma en que la rodeaban sus acompañantes… todo gritaba que nada era igual.
Kael Vernhart seguía observándola desde arriba, apoyado en la baranda del segundo piso. Y mientras la veía caminar con esa dignidad tranquila, una parte de él recordó de golpe algo que su padre le había dicho unos días atrás, cuando le contó que Anna volvía:
«Hijo, si incluso hombres como Garoum decidieron quedarse a su lado, si personas que ella hizo sufrir ahora la defienden… entonces no hables hasta verla con tus propios ojos. Porque algo muy grande debe haber cambiado.»
Por primera vez, ahora que la tenía delante, comenzaba a entender completamente esas palabras.
Los profesores tampoco estaban mejor parados. Muchos de ellos ya habían tomado una postura incluso antes de que ella llegara: unos llenos de prejuicios, convencidos de que tarde o temprano volvería a causar problemas; otros con recelo, preparados para cualquier cosa; algunos incluso ya pensaban en cómo actuarían para expulsarla otra vez si comenzaba con sus viejas costumbres. Pero ahora todo eso comenzaba a desmoronarse. Porque aquello no era lo que esperaban. No parecía una joven llena de soberbia, ni alguien que hubiera regresado creyendo que podía hacer lo que quisiera por ser una D’Valrienne. Y eso los obligaba a replantearse demasiadas cosas a la vez.
El director, Lord Cassian, era probablemente quien más atento estaba. No apartaba la vista de Anna ni un solo instante. Y mientras la observaba avanzar por el patio principal, acompañada por Garoum, Eliana, Lyra y Lira, no podía evitar pensar que aquella joven parecía cargar algo pesado sobre los hombros. No era arrogancia, ni orgullo, ni soberbia. Era otra cosa: algo más silencioso, más profundo, más difícil de explicar. Una especie de fuerza serena que solo se consigue después de haber sobrevivido a lo peor.
Anna continuó caminando despacio entre las miradas de todos. Los estudiantes se apartaban a su paso casi por costumbre, abriéndole paso, aunque esta vez no lo hacían por miedo o por obligación, sino por desconcierto, por respeto o simplemente porque su presencia imponía sin quererlo.
Sin embargo, después de avanzar unos metros, cuando todo el mundo esperaba que siguiera hacia el edificio principal, Anna se detuvo.
Hubo un instante de confusión. Pero no siguió recto. Cambió ligeramente de dirección, giró su cuerpo y comenzó a caminar directamente hacia donde estaban reunidos el director y los profesores.
Eso bastó para que varios estudiantes contuvieran la respiración. Porque todos recordaban muy bien cómo la antigua Anna trataba a los docentes: como si fueran sirvientes, como si estuvieran ahí únicamente para obedecerla, como si sus enseñanzas fueran cosas menores indignas de su atención. Esperaban cualquier cosa: un comentario altivo, pasar de largo, ni siquiera saludarlos.
Pero cuando Anna llegó frente al director, se detuvo con elegancia, bajó ligeramente la cabeza y, delante de todos, hizo una reverencia correcta, medida, respetuosa. De esas que solo se hacen a quien se reconoce autoridad.
—Director… —dijo con una voz tranquila, clara y serena que llegó a todos los rincones del patio—. Gracias por permitirme volver.
El impacto fue inmediato.
Durante un segundo largo y tenso, nadie supo cómo reaccionar. No fueron solo los estudiantes, sino los propios profesores, muchos de los cuales se quedaron inmóviles, boquiabiertos. Porque jamás, en todos los años que Anna había pasado en esa academia, la habían visto dirigirse a alguien —y mucho menos a una autoridad— de esa forma. Sin altivez, sin ironía, sin exigir nada. Solo gratitud y respeto.
El director observó a Anna durante unos segundos largos y silenciosos antes de responderle. En su mirada no había hostilidad, pero tampoco una confianza absoluta. Era la expresión de alguien que ha visto demasiadas cosas como para creer en los cambios solo porque sí, alguien que medía cada palabra y cada gesto.
Aun así, le devolvió el saludo con la misma formalidad con la que trataba a cualquier alumno destacado de la academia.
—Lady Anna D’Valrienne… bienvenida de vuelta a la Academia Imperial de Magia de Astralyth.
Anna levantó apenas un poco la vista, encontrando sus ojos.
—Gracias, director.
El hombre continuó observándola durante unos segundos más, estudiándola, comparando mentalmente a la joven que tenía enfrente con la muchacha orgullosa y caprichosa que recordaba de años atrás. Y cuanto más la miraba, más difícil le resultaba encontrar rastros de aquella persona. Era como si la joven de entonces hubiera desaparecido por completo, dejando paso a otra muy distinta.
—Se ve diferente a como la recordaba —dijo él finalmente, en voz alta, para que todos escucharan.
Anna desvió la vista apenas un instante, con una media sonrisa leve, casi imperceptible. Aquella frase ya se había vuelto demasiado común desde que salió de sus dominios, desde que comenzó este viaje.
—Supongo que ahora soy un poco más amable que antes —respondió con sencillez.
Hizo una pequeña pausa, y entonces añadió con total seriedad, bajando un poco la voz como si fuera un secreto, aunque todos lo oyeron:
—Aunque… sigo siendo igual de aterradora.
Eso provocó un pequeño sonido ahogado detrás de ella.
Eliana acababa de soltar un bufido que intentó disimular tosiendo, mientras se mordía el labio para no estallar.
Lyra tampoco estaba mucho mejor. Tuvo que girar ligeramente la cabeza hacia un lado porque ya estaba sonriendo demasiado, incapaz de mantener la compostura seria.
Anna cerró los ojos durante un segundo, resignada. No necesitó darse vuelta para saber exactamente quiénes habían sido. Conocía esas risitas demasiado bien.
—¿Hay algo gracioso? —preguntó entonces, con una calma que sonaba peligrosa, sin siquiera mirarlos.
Eliana se llevó una mano a la boca, fingiendo la mayor inocencia del mundo.
—Nada, señorita Anna. Absolutamente nada.
Lyra ni siquiera intentó disimular demasiado. Se encogió de hombros, todavía sonriendo.
—Claro… muy aterradora. Da miedo solo mirarla.
Garoum, que seguía de pie junto al carruaje con las armas listas y la mirada vigilante, comenzó a frotarse lentamente las sienes con una mano grande y pesada.
Había pensado que, al menos durante los primeros minutos, rodeados de tanta gente, tantos ojos y tanta tensión, todos se comportarían con cierta normalidad y seriedad. Pero ya veía que estaba equivocado.
Nada había cambiado en ese sentido. Y supo, con una mezcla de orgullo y cansancio, que nada cambiaría nunca.
Claramente se había equivocado.
La pequeña Lira, viendo lo que hacía Garoum, lo imitó de inmediato y comenzó a frotarse también la frente con una expresión exageradamente seria, arrugando la frente y poniendo los ojos en blanco tal como lo había visto hacer al guerrero.
El director observó aquella escena sin interrumpir, con la mirada atenta y la mente trabajando a toda velocidad. Y cuanto más los miraba, más extraño se volvía todo, más lejos quedaba la imagen que él mismo y todo el mundo tenían guardada en la memoria.
Porque aquella no era la dinámica que esperaba ver.
No era miedo.
No era obediencia forzada.
No era la tensión incómoda de personas obligadas a permanecer cerca de alguien a quien odiaban.
Era otra cosa totalmente distinta.
Era confianza absoluta.
Era cercanía.
Era cariño disfrazado de bromas.
Era demasiado natural, demasiado real, como si llevaran toda la vida siendo así.
Anna volvió a mirar al director, intentando recuperar al instante un poco de dignidad y compostura, tratando de ignorar el alboroto a sus espaldas.
—Como iba diciendo… —empezó de nuevo, con voz firme— no pienso causar problemas este año. Respetaré las normas de la academia y me mantendré al margen de conflictos innecesarios.
Pero no pudo terminar.
Eliana ya no pudo aguantar más. Se tapó la boca con ambas manos, inclinando el cuerpo hacia adelante, pero aun así la risa escapó de todas formas, sonora y clara.
Lyra tampoco pudo seguir aguantando. Se mordía el labio inferior, temblando por el esfuerzo de no estallar en carcajadas, con los ojos brillantes de diversión.
Anna se giró lentamente hacia ambas, poniéndose de perfil frente al director, con una expresión completamente seria, casi imponente… aunque se le notaba el borde del enfado acercándose peligrosamente.
—¿Se puede saber qué les pasa ahora? ¿Hay algo gracioso en lo que he dicho?
Eliana levantó una mano de inmediato, pidiendo permiso para hablar, mientras se secaba una lagrimita que le había salido de tanto reír.
—Perdón, señorita Anna… de verdad que lo siento… pero escucharla decir solemnemente que no causará problemas… es lo más divertido que he oído en todo el viaje.
—¡Yo no causo problemas! —exclamó Anna, indignada, con las manos en la cintura.
—¿Ah, ¿no? —intervino Lyra, cruzando los brazos con una sonrisa descarada—. Señorita Anna, hace apenas cuatro días armó una discusión enorme en una posada de camino aquí porque el dueño insistía en llamarla “Lady Rosa Carmesí”. Casi le cambia el nombre al hombre a fuerza de argumentos.
—¡Porque ese no era mi nombre! —se defendió Anna, levantando la voz—. ¡Y además sonaba ridículo!
—Después —continuó Eliana, sumándose al ataque, señalándola con el dedo—, quiso obligar a todos los soldados de la escolta a memorizar una lista entera de nombres falsos para que nadie dijera quién era realmente. Quería ser la “Misteriosa Dama de la Capa Gris”.
—¡Eso era por seguridad! —replicó Anna, totalmente seria—. ¡Teníamos que pasar desapercibidos!
—¿Desapercibidos? —se rió Lyra—. Y no olvidemos cuando hizo detener toda la caravana en medio del camino porque escuchó a dos guardias apostar dinero sobre cuánto tardaría en hacer llorar a un noble de la academia.
—¡Eso era una falta de respeto grave! —aseguró Anna, ofendida de verdad—. ¡Estaban hablando de mí como si fuera un espectáculo!
—Y usted les gritó durante una hora completa bajo el sol —recordó Eliana—. Una hora, señorita Anna. Sin parar.
—¡Porque estaban apostando dinero! ¡Y además perdieron!
Garoum dejó escapar un suspiro todavía más largo y profundo, mientras seguía masajeándose las sienes con fuerza, como si le doliera la cabeza solo de recordarlo.
—También intentó obligarnos a llamarla Lady Arabelle, Lady Marianne y Lady Rosalyn en tres ciudades distintas —añadió él con total tranquilidad, uniéndose al coro en su tono grave y pesado—. Y si se nos escapaba el nombre real, nos quitaba el postre.
—¡Porque ustedes no dejaban de inventarme nombres horribles! —se quejó Anna, señalando a todos con la mano—. ¡“Lady Tempestad Escarlata”, “Lady Desastre”, ¡“Lady Caos” … son nombres terribles!
—“Lady Tragedia de las Flores” sigue siendo mi favorito —murmuró Eliana, mirando al cielo con aire soñador.
—¡Ese fue idea tuya, maldita sea! —gritó Anna, apuntándola directamente.
La pequeña Lira, que seguía imitando a Garoum al pie de la letra, frotándose la frente con una seriedad absoluta y muy concentrada, asintió lentamente con la cabeza mientras observaba la discusión.
—La señorita Anna sí causa problemas —dijo finalmente, con voz dulce y rotunda—. Muchos.
—¡Lira! —exclamó Anna, abriendo la boca totalmente indignada, sintiéndose traicionada por la pequeña de la que más cariño tenía.
El director observó toda aquella escena durante unos segundos más, sin decir nada, dejando que la situación se desarrollara tal cual era. Y por primera vez desde que Anna había llegado, una pequeña sonrisa, sincera y divertida, apareció en su rostro, suavizando sus rasgos serios.
Porque ya no estaba viendo a la antigua Anna D’Valrienne. Eso era evidente, indiscutible, imposible de dudar. La joven que tenía enfrente era completamente distinta: humana, apasionada, terca, rodeada de gente que la quería lo suficiente como para molestarla sin miedo y para defenderla sin dudar. Y para alguien como él, que había visto de todo en años de enseñanza, eso resultaba mucho más interesante, mucho más prometedor y mucho más valioso de lo que jamás había esperado.
Anna, viendo la sonrisa del director y las caras divertidas de sus compañeras, sintió cómo la paciencia se le agotaba por completo. Sintió cómo una vena comenzaba a latirle peligrosamente en la sien, marcándose con fuerza bajo la piel, señal inequívoca de que su límite había llegado.
—¡Ya está bien! —gritó de repente.
Y antes de que ninguna de las dos pudiera reaccionar, movió las manos con rapidez quirúrgica.
¡PAM! ¡PAM!
Dos golpes secos, firmes y sonoros resonaron en el aire.
Eliana y Lyra se quedaron con la boca abierta, paradas en seco, mientras se llevaban instintivamente las manos a la cabeza. En el mismo instante, en la frente de cada una de ellas apareció al momento un pequeño y redondo chichón, idéntico y perfectamente dibujado, que empezó a hincharse al momento.
—¡Ah! —se quejaron ambas al mismo tiempo, frotándose la zona con cara de dolor, aunque sin dejar de sonreír, sabiendo que se lo habían ganado a pulso.
Anna se ajustó la capa con mucha calma, muy digna, con la vena de la cabeza ahora totalmente marcada y visible por el enfado contenido, y se giró de nuevo hacia el director, ignorando las quejas de sus acompañantes.
—Disculpe la interrupción, director. Como iba diciendo… haré todo lo posible por comportarme.
Sin esperar respuesta, agarró con suavidad, pero con firmeza la mano pequeña de Lira entre las suyas, la apretó un poco para que la siguiera, y comenzó a caminar hacia la escalinata principal, con la cabeza alta, tratando de parecer seria y solemne, aunque todavía se le notaba el enojo por las bromas.
Detrás de ella, Eliana y Lyra se quedaron frotándose los chichones, mirándose entre ellas y luego mirando a Garoum, que simplemente negó con la cabeza y empezó a caminar detrás de su señora, ocultando una sonrisa.
El director las miró a ellas, vio los dos chichones idénticos y redondos, escuchó las risas ahogadas, y luego miró cómo Anna se alejaba, pequeña Lira a su lado, con esa mezcla extraña de dignidad, terquedad y vena marcada en la sien.
Suspiró, movió levemente la cabeza, y sonrió con más ganas que antes.
«Bienvenida de vuelta, Anna», pensó. «Esto va a ser un ciclo muy largo… y muy interesante.»
Thoughts
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PermalinkGaroum impresiona, pero la que me dio vuelta fue Eliana: la que dormía en el pasillo ahora le ofrece el brazo con una sonrisa. Lo de Garoum todavía se puede explicar con un código de soldado, lo de ella ya no, y los del patio lo saben.
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PermalinkAnna jurando que no va a causar problemas y en el mismo minuto dejando un chichón idéntico a cada una. Garoum con la mano en las sienes me representa. Y que se animen a burlarse de ella dice más que la reverencia.
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