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Capítulo 40: Un pequeño recuerdo

DNavarrete
Pensamiento

Pensamiento

Anselma

Fíjate, el encargado que lo reconoce por la forma de caminar y no le pregunta nada. Mi papá tenía una tlapalería y así era con la gente, sabía quién era quién aunque llegaran tapados.

Fíjate, el encargado que lo reconoce por la forma de caminar y no le pregunta nada. Mi papá tenía una tlapalería y así era con la gente, sabía quién era quién aunque llegaran tapados.

Contenido de la publicación

La ciudad seguía en movimiento, ajena a todo lo que había sucedido. Los autos avanzaban, los semáforos cambiaban, la gente caminaba con sus bolsas y las tiendas permanecían abiertas. Para cualquiera que mirara desde fuera, era un día completamente normal. Pero para Yuuto no lo era.

 

Tras todo lo ocurrido en la escuela —los folletos, los rumores, el dolor de revivir el pasado—, había decidido salir cubierto de pies a cabeza. Pantalones holgados, sudadera amplia, guantes, cubrebocas ocultando la mitad del rostro y la capucha echada sobre la cabeza. Apenas se veían unos mechones plateados que escapaban por los costados.

 

Había pasado mucho tiempo desde la última vez que salió así. Durante meses su vida se había reducido a un camino corto: de casa a la escuela, de la escuela a casa. Cuando necesitaba algo, le pedía a su madre que lo comprara. No porque quisiera encerrarlo, sino porque sabía lo que suponía salir. Sabía lo que podía pasar si alguien lo reconocía. Y tras lo de su antigua escuela, ninguno de los dos quería volver a pasar por eso.

 

Pero hoy había salido por una razón sencilla, casi absurda. Había olvidado comprar algo: un pequeño adorno para el estuche que tenía desde hacía poco. No era caro, ni necesario, ni importante para nadie más que para él. Era algo que llevaba años queriendo tener, un detalle relacionado con una serie que veba de niño junto a su abuelo.

 

Recordaba sentarse a su lado frente al televisor. Recordaba cómo su abuelo fingía entender la historia aunque a veces no tuviera idea. Las tardes tranquilas, las risas, los comentarios sin sentido… y la certeza de que, mientras estuviera con él, nada malo podía pasar. Tras su partida, Yuuto había guardado muchas cosas. No por su valor, sino porque eran recuerdos. Y este pequeño adorno era uno que aún no tenía.

 

Por eso había salido. Aunque significara enfrentarse a esa sensación incómoda de estar rodeado de gente.

 

Bajó las escaleras de la estación. El murmullo creció a su alrededor. Se detuvo un instante frente a las puertas, respiró hondo y susurró:

 

—Está bien… solo voy a comprar y volver.

 

Pasó su tarjeta y entró. El vagón estaba lleno, aunque no tanto como para resultar insoportable. Se puso de pie cerca de la puerta, rígido, vigilando todo. Una persona pasaba; otra miraba el móvil; dos estudiantes hablaban de una tarea. Nadie lo miraba. Nadie susurraba. Nadie parecía haberlo notado.

 

Yuuto parpadeó. Miró a un lado y al otro. Nada.

 

Qué extraño… La última vez que viajó así, sintió que todos lo veían. Cada mirada le parecía larga, cada susurro sobre él. Ahora era como si no estuviera. Se acomodó la capucha. Supongo que así es cuando estoy completamente cubierto. Debería haberle dado calma, y en parte lo hacía… pero también le hizo preguntarse:

 

¿De verdad llamo tanto la atención cuando no llevo todo esto?

 

Pensó en el día con Minori-sensei, en las miradas que recibió. Pensó en cuando salió como Mika. Y en Goro, reconociendo algo familiar en ella. Cerró los ojos un instante. Habían pasado demasiadas cosas en muy poco tiempo. Y sin embargo, algo era cierto: ya no estaba solo.

 

Apoyó la frente contra el cristal. Pensó en Ayaka —directa, ruidosa, la primera en hacerlo sentir cómodo de nuevo—. En Reika —serena, firme, dispuesta a interponerse entre él y el mundo entero—. Susurró tan bajo que nadie pudo oírlo:

 

—Gracias…

 

Pensó en Shiori, su hermana sin lazos de sangre, siempre pendiente de si había comido, de si dormía, ferozmente protectora. Sonrió al recordarla enfrentándose a todos. Da miedo cuando se enoja de verdad… pensó con una pequeña risa. En Airi, que siempre encontraba cómo animarlo. En Kaito, que veía lo que otros no. En Goro, que simplemente estaba ahí, sin necesidad de palabras, constante como un refugio. Y en Minori-sensei, que nunca lo presionaba, que le recordaba que podía avanzar a su propio ritmo.

 

Durante tanto tiempo creyó que estaba solo. Quizás nunca lo estuvo; quizás solo tenía demasiado miedo para verlo.

 

 

 

Y pensó en su madre, que nunca lo miró con rechazo cuando su apariencia cambió, cuando su cabello se volvió plateado, cuando empezó a verse distinto. Siempre lo protegió. Él creyó que sin ella no tendría a nadie. Ahora sabía que no era así. Era miedo: miedo a sí mismo, a ser diferente, a que otros vieran lo que él mismo no sabía aceptar.

 

Miró su reflejo en el cristal: capucha, cubrebocas, guantes, ropa holgada. Todo oculto. Y por primera vez no sintió rechazo, sino cansancio.

 

—Quizás ya no necesito todo esto…

 

Negó suavemente. Todavía no. Y admitirlo también era avanzar. No tenía que hacerlo de golpe. Podía ir poco a poco.

 

El tren aminoró la marcha. La voz automática anunció la estación. Yuuto se separó del cristal. La tienda estaba cerca. Tocó el estuche que llevaba, lo abrió un poco: ahí estaban sus lápices, sus materiales, aquel espacio vacío esperando el adorno. Sonrió:

 

—Abuelo… hoy finalmente voy a comprarlo.

 

Bajó del tren. Mientras caminaba, su mente volvió a algo que intentaba evitar: el uniforme femenino que tenía colgado en su habitación. La imagen no le resultaba extraña. Lo que le asustaba no era la ropa, sino las miradas. ¿Qué pensarían? Imaginó a Airi emocionada, a Ayaka burlándose con cariño, a Shiori diciéndole que por fin dejaba de esconderse. A Kaito actuando con naturalidad. A Goro sonriendo y diciendo «Te queda bien». Y a Reika… Sintió calor en las mejillas y sacudió la cabeza.

 

Pero la imagen se quedó: él entrando sin capucha, sin cubrebocas, sin esconderse, con el cabello suelto y la cara descubierta. El corazón le latió más rápido.

 

—Todavía no…

 

No estaba listo. Pero tampoco podía negarlo: por primera vez, no lo veía como algo imposible. Solo necesitaba tiempo. Y quizás eso era suficiente.

 

Vio el letrero de la tienda. Sus ojos brillaron detrás de la tela. Apretó suavemente el bolso. Era solo un pequeño adorno, un recuerdo, algo sencillo. Pero lo compraba él. Solo. Por decisión propia.

 

Aún llevaba la capucha. Aún tenía miedo. Pero ya había dado un paso fuera. Y eso… era el comienzo de la persona que algún día quería ser.

 

Las puertas automáticas se cerraron tras él. Dentro, el aire olía a madera, pinturas y materiales nuevos: un aroma que le resultaba familiar y reconfortante. Yuuto ajustó la correa del bolso y comenzó a caminar entre las estanterías.

 

Miró los lápices, los cuadernos, los marcadores… y aunque había ido con una sola cosa en mente, no pudo evitar detenerse en cada rincón. Tomó una caja de lápices que no conocía, unas gomas con forma de animales, unas láminas decorativas que parecían quedar perfectas en su estuche. Las sostuvo un instante y las devolvió a su sitio. Sonrió detrás del cubrebocas: era curioso, había salido solo por un adorno y ya estaba mirando todo. Pero le gustaba. Por unos minutos podía ser simplemente alguien que disfrutaba lo que le gustaba, sin rumores, sin escrutinio, sin miedo.

 

Al final lo encontró. En un rincón, colgado discretamente, estaba el pequeño adorno. Exactamente el que buscaba. Sus ojos se iluminaron.

 

—Lo encontré…

 

Lo tomó con cuidado entre los dedos. Y al tocarlo, el recuerdo volvió nítido:

 

—Abuelo, ese personaje se parece a ti.

 

—¿A mí? —giró él desde el sofá.

 

—Sí. Es holgazán y enojón —dijo el niño sin apartar la vista de la pantalla—. Y se enoja por todo. Y tampoco le gusta levantarse.

 

—Yuuto…

 

—¿Sí?

 

¡Toc!

 

—¡Ay!

 

—¿Quién es holgazán y enojón?

 

—¡Tú!

 

—¡Otro coscorrón y verás!

 

—¡Pero es verdad!

 

El niño reía; su abuelo fingió severidad y terminó riendo con él. En aquel entonces, la mitad de su cabello ya era plateado. Y para él, nunca fue un problema. Seguía siendo su nieto, su compañero de tardes, su familia.

 

Yuuto regresó al presente. Acarició el adorno.

 

—Abuelo…

 

Era insignificante para cualquier otra persona. Para él era un pedacito de aquellos días. Caminó hacia la caja, pero se detuvo de golpe: el encargado lo miraba.

 

Bajó la vista. Sudadera, guantes, capucha, cubrebocas… todo cubierto. Seguro piensa que voy a robar algo. Sintió un escalofrío. Quiso dejarlo ahí y marcharse. Pero la voz del hombre lo detuvo:

 

—¿Hay alguna razón por la que viniste así hoy?

 

Yuuto levantó la mirada, confundido.

 

—¿Eh…?

 

—Eres la chica de cabello plateado que vino la otra vez, ¿verdad?

 

Se quedó paralizado. ¿Cómo…?

 

El encargado sonrió.

 

—Esa cara lo dice todo. Llevo muchos años aquí; aprendes a reconocer lo que la ropa no puede ocultar. La forma de caminar, de mirar, de sostener las cosas. Puedes taparte todo lo que quieras… pero tú sigues siendo tú.

 

Yuuto abrió los ojos.

 

—Así que supe que eras tú en cuanto entraste.

 

—¿No… le molesta? —preguntó con voz temblorosa.

 

El hombre negó con calma.

 

—Mira… no voy a preguntarte por qué te cubres. No hace falta. Un cliente es un cliente. Ven, te atiendo como siempre.

 

Aquellas palabras lo abrazaron sin tocarlo. Sin juicio, sin curiosidad invasiva, sin exigencias. Simplemente… era bienvenido.

 

Respiró hondo. Lentamente, se quitó la capucha. Su cabello plateado cayó suelto sobre los hombros. Dudó un instante antes de bajar el cubrebocas, pero lo hizo. Mostró su rostro tal cual era: andrógino, diferente, él.

 

—Gracias… —susurró con su propia voz.

 

—De nada.

 

No hizo preguntas. No hizo comentarios. Solo cobró el adorno con amabilidad. Yuuto lo guardó con cuidado.

 

—Gracias.

 

—Cuando quieras volver.

 

—Que tenga un buen día.

 

—Tú también.

 

Se volvió a cubrir al salir. Pero al caminar por la calle, algo había cambiado. Seguía llevando capucha y cubrebocas. Seguía necesitando tiempo. Sin embargo, el pecho le pesaba mucho menos. Apretó el bolsillo donde guardaba el adorno.

 

No todo el mundo pedía explicaciones. No todos necesitaban entenderlo para aceptarlo. Quizás algún día… podría caminar sin ocultarse. Todavía no. Pero hoy alguien le había recordado algo importante: quien realmente lo veía, podía reconocerlo incluso bajo todo aquello. Y eso era suficiente para seguir avanzando.

 

El sol de la tarde caía suave sobre las calles de la ciudad, tiñendo los edificios de tonos dorados y alargando las sombras sobre el asfalto. La gente caminaba tranquila, con las prisas suavizadas por el final del día. Yuuto seguía avanzando despacio, con las manos metidas en los bolsillos y el pequeño adorno apretado entre los dedos. La tienda ya quedaba muy atrás, pero él no tenía prisa por llegar a ningún lado. Había algo en el aire, algo ligero, como si una pequeña parte del peso que llevaba encima desde hacía años se hubiera desprendido sin que se diera cuenta. Quería disfrutar esa sensación un poco más. Quería simplemente caminar.

 

A unas pocas calles de allí, Nano Fujimoto se había detenido en seco.

 

El corazón le dio un vuelco tan fuerte que pensó que iba a salírsele por la boca. Se apartó del paso de la gente, buscó el primer callejón vacío que encontró y se refugió en su sombra, apoyando la espalda contra la pared fría y rugosa. El aire le faltaba. Respiraba entrecortadamente, como si algo le apretara el pecho con fuerza, impidiéndole tomar una bocanada completa.

 

—No puede ser… —susurró, aunque no había nadie que la escuchara.

 

Lo había visto. No había duda. No era un error, ni un parecido pasajero, ni su imaginación jugándole malas pasadas. Había estado ahí, junto al mostrador, bajo la luz cálida de la tienda. Y cuando se quitó la capucha… el mundo de Nano se había venido abajo.

 

Cerró los ojos con fuerza, pero la imagen no desapareció. Al contrario, se hizo más nítida: el cabello plateado cayendo suelto sobre sus hombros, brillando con un resplandor suave que no podía confundirse con ningún otro tono; el rostro delicado, de rasgos finos y equilibrados, que durante tanto tiempo habían visto en fotografías tomadas a escondidas y discutido con curiosidad; y aquellos ojos, de un violeta claro y profundo, que miraban con una ternura tan sincera que dolía en el alma.

 

—Mika…

 

El nombre le tembló en los labios. La chica misteriosa, la desconocida que aparecía y desaparecía sin dejar rastro, la figura que había despertado la curiosidad de todo el club y la obsesión creciente de Sakura… no era ninguna desconocida. Era alguien que llevaba mucho tiempo caminando a su lado.

 

Era Yuuto.

 

El mismo chico del que hablaban en voz baja por los pasillos. El que siempre iba encogido, con la capucha echada y la mirada en el suelo. El que todos señalaban con el dedo, del que se contaban historias terribles, al que habían convertido en el centro de todos los rumores. El que Sakura había destrozado en aquellas hojas impresas que habían repartido por toda la escuela.

 

Nano sintió que el estómago le daba un vuelco. Se llevó una mano a la boca y tragó saliva con dificultad. Las piernas le fallaron. Se deslizó lentamente por la pared hasta quedar sentada en el suelo frío, con las rodillas pegadas al pecho y los brazos rodeándolas con fuerza, como si intentara protegerse de lo que acababa de comprender.

 

Todo encajaba ahora. Demasiado. Las veces que lo habían visto salir de lugares distintos, las ocasiones en que alguien decía haberlo visto con una apariencia diferente, las fotos borrosas que mostraban a una chica que no podía ser real… no era que Yuuto ocultara un secreto oscuro, ni que fuera alguien peligroso, ni que mintiera sobre quién era para engañar a todos.

 

Lo que ocultaba era su propia cara.

 

Nano apretó los párpados y las lágrimas se escaparon de todos modos, resbalando lentamente por sus mejillas. Recordó cómo lo miraban en la escuela. Recordó cómo bajaba la cabeza cuando pasaba cerca de grupos que reían y señalaban. Recordó cómo se aferraba a su mochila como si fuera un escudo. Recordó que nunca levantaba la voz, que nunca se quejaba, que nunca pedía nada.

 

—Tenía miedo —susurró, y la voz se le quebró—. Solo tenía miedo.

 

Comprendió entonces por qué siempre iba cubierto. No era misterio lo que lo rodeaba. Era protección. Aquella ropa amplia, la capucha, el cubrebocas, los guantes… no eran para llamar la atención. Eran para pasar desapercibido. Para no ser visto. Para desaparecer.

 

Y ellas… habían tomado precisamente eso y lo habían convertido en un arma.

 

Nano hundió la cara entre las manos. Le ardían los ojos. Sentía vergüenza, una vergüenza tan grande que le costaba respirar. Habían juzgado sin conocer. Habían aceptado rumores como verdades. Habían construido una imagen de él basada en nada más que en lo que otros decían, en lo que les parecía extraño, en lo que no entendían. Y lo habían hecho sin siquiera intentar hablar con él. Sin mirarlo a los ojos. Sin preguntarle ni una sola vez cómo se sentía.

 

—No sabíamos… —murmuró, intentando buscar una excusa que sonara convincente. Pero ni ella misma se la creyó.

 

Porque la verdad era otra: no habían querido saber. Les había sido más fácil creer lo que convenía. Más fácil pensar que él era el problema. Más fácil no cuestionar nada, no dudar, no detenerse un segundo a pensar en lo que él podía estar sintiendo.

 

Recordó las palabras que habían dicho entre ellas. Las bromas sobre su apariencia. Las sospechas sobre su pasado. La certeza de que escondía algo malo. Todo eso lo habían dicho sin saber que aquello que escondía era simplemente él: su rostro, su cabello, su forma de ser, todo aquello que el mundo le había hecho sentir que debía ocultar.

 

—Lo juzgamos —dijo en voz baja, y el dolor de las palabras la atravesó de parte a parte—. Sin siquiera conocerlo.

 

La imagen de Reika defendiéndolo con tanta furia volvió a su mente. Antes no lo había entendido. Había pensado que quizá se había encariñado demasiado, que estaba perdiendo la objetividad. Ahora comprendió: Reika había visto algo que ellas no habían querido ver. Había visto a una persona herida que necesitaba protección, no a un monstruo que merecía ser atacado. Y había sabido defenderlo cuando nadie más lo hacía.

 

Nano miró hacia la entrada del callejón, hacia la calle donde la gente seguía pasando como si nada hubiera cambiado. Yuuto ya no estaba. Se había ido, caminando despacio, llevando consigo ese pequeño brillo de esperanza que acababa de encontrar en la tienda, sin saber que alguien lo había descubierto. Sin saber que alguien lo había visto tal como era.

 

Y ahora ella tenía que hacer algo. Tenía que contárselo a Sakura. Aquel pensamiento, que minutos antes la habría llenado de emoción —¡hemos encontrado a Mika!—, ahora le resultaba aterrador. Sabía lo que significaba. Sabía que si se lo decía, la información se convertiría en otra arma. Que Sakura podría usarla para dañarlo aún más. Que el secreto de Yuuto, su refugio, su forma de protegerse, quedaría expuesto a todos.

 

Nano abrazó sus rodillas con más fuerza. Las lágrimas le caían sin freno. Por primera vez en mucho tiempo no sabía qué hacer. No quería encontrar a Mika. No quería tener la exclusiva ni la revelación del año. Quería encontrar a Yuuto. Quería acercarse a él, mirarlo a los ojos y decirle que lo sentía. Decirle que no sabían. Que no tenían idea de lo que estaban haciendo. Que si pudieran volver atrás, las cosas habrían sido diferentes.

 

Pero no podían volver atrás. Las palabras ya estaban dichas. Los panfletos ya estaban repartidos. El daño ya estaba hecho.

 

Se quedó allí sentada, en el suelo frío y sombrío, mientras la tarde se volvía noche poco a poco, sin saber hacia dónde ir, sin saber qué decir, con la certeza de que la historia que habían estado contando no era sobre él… era sobre ellas. Sobre su propia ceguera. Sobre su propio miedo a lo diferente. Sobre todo lo que no habían querido ver.

 

Y en el silencio del callejón, con el corazón roto por la culpa y la comprensión tardía, Nano solo pudo susurrar, tan bajo que nadie la oyó:

 

—Perdón… Yuuto… perdónanos.

 

El parque respiraba una calma que Yuuto apenas conocía. El sol caía entre las ramas de los árboles, dibujando manchas doradas sobre el césped y el agua del pequeño lago. Los botes se deslizaban despacio, dejando estelas suaves; las aves bajaban a la orilla con pasos cautelosos; y a lo lejos, las risas de los niños y las voces bajas de las familias se mezclaban con el susurro del viento entre las hojas.

 

Yuuto se sentó apoyando la espalda contra el tronco grueso y fresco de un árbol. No tenía prisa. No tenía que estar en ningún sitio. Y por primera vez en mucho tiempo, no sentía la urgencia de volver a casa encerrándose tras la puerta.

 

Abrió su bolso, sacó un cuaderno de hojas blancas y su estuche de lápices. Lo colocó todo sobre sus rodillas con cuidado.

 

—Aquí está bien… —susurró bajito.

 

Comenzó a dibujar sin pretensiones. El contorno del lago, las orillas curvas, los árboles reflejados, los botes pequeños como manchas lejanas, las aves, las siluetas difusas de la gente que paseaba. Líneas sencillas, suaves, siguiendo lo que sus ojos veían. El sonido del lápiz rozando el papel se mezclaba con el viento, y con cada trazo sentía que el pecho se le aliviaba un poco más.

 

Y entonces recordó el primer dibujo que había hecho en su vida.

 

A su abuelo, agachado sobre el capó de su coche viejo, aquel vehículo que cuidaba como si fuera un palacio. Todavía estaba en el garaje de su casa, reluciente, intacto. Su madre sabía conducir, pero casi nunca lo sacaba. Yuuto había pensado más de una vez en decírselo: deberíamos usarlo, ir juntos a algún sitio. Quizá algún día…

 

Recordó las tardes en el garaje. Su abuelo intentando enseñarle mecánica.

 

—Mira, Yuuto, esta pieza es importante porque…

 

—Abuelo… no entiendo nada.

 

—¿Nada en absoluto?

 

—Nada.

 

—Pues entonces tendrás que aprender.

 

—¿Para qué?

 

—Para que algún día sepas arreglar tu propio coche.

 

Yuuto infló las mejillas.

 

—Pero no quiero.

 

Su abuelo soltó una carcajada.

 

—Pues entonces tendrás que buscarte una esposa fuerte que lo haga por ti. Alguien que sepa arreglar coches, levantar cosas pesadas y todo lo que tú no quieras hacer.

 

—¡Eso no tiene sentido! —protestó el niño—. ¡Y yo no quiero ser la esposa!

 

—Pero si tienes toda la pinta —se rio él—. Cada día pareces más una niña.

 

—¡Abuelo! —le golpeó suavemente en la espalda, indignado, y terminaron riendo los dos.

 

Yuuto sonrió ahora, con la mirada fija en su dibujo.

 

—Al final… quizá tenías razón.

 

Una mujer fuerte… alguien que no teme enfrentarse a nadie. Alguien que se pone delante para protegerte sin dudarlo.

 

La imagen surgió sola: cabello oscuro, mirada firme, voz serena pero inquebrantable. Reika.

 

Se quedó helado. Las mejillas se le encendieron de golpe.

 

—¡¿Qué estoy pensando?!

 

Sacudió la cabeza con fuerza, como si pudiera espantar el pensamiento. Miró a un lado y a otro, temiendo que alguien hubiera leído lo que pasaba por su mente.

 

—Fue cosa tuya, abuelo… —murmuró avergonzado.

 

Intentó volver al dibujo, pero las manos le temblaban ligeramente. El rostro le ardía. Y entonces una sombra oscura cubrió el papel por completo.

 

Yuuto levantó la vista de golpe.

 

Un hombre estaba de pie frente a él, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Detrás, varias personas de las familias que paseaban se habían detenido y lo miraban.

 

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó con tono severo.

 

Yuuto se quedó sin aire.

 

—Llevo un rato observándote —continuó el hombre—. Estás sentado solo, cubierto de esa manera, miras a la gente y haces algo que parece sospechoso. Algunas personas se sienten incómodas.

 

—¿Sospechoso…? —alcanzó a susurrar.

 

Miró a su alrededor. Las miradas pesaban. Se sentía pequeño, expuesto, juzgado otra vez. Quería explicar, mostrar su cuaderno, decir que solo dibujaba… y entonces lo recordó.

 

Su cuaderno de notas, el que usaba para escribir cuando las palabras se le atascaban… lo había dejado en casa.

 

Abrió la boca.

 

—Yo…

 

La voz no salió. Se le quedó atrapada en la garganta, seca y temblorosa. Cuanto más nervioso estaba, más difícil era hablar. Y cuanto menos decía, más culpable parecía.

 

El hombre sacó su teléfono.

 

—Creo que voy a llamar a la policía.

 

El corazón de Yuuto se desbocó. No… no ahora… Quería gritar, explicar, suplicar, pero las palabras no acudían. Solo sentía el pánico subirle por la garganta, ahogándolo. La libertad que apenas había empezado a saborear se desvanecía en un instante.

 

—Espere, por favor.

 

La voz llegó desde un sendero cercano. El hombre se giró. Un joven se acercaba con paso tranquilo. Yuuto lo reconoció de inmediato: Ryouji Takamura, compañero de su escuela, y presidente del comité disciplinario.

 

Takamura se colocó entre él y el hombre.

 

—Comprendo su preocupación, pero creo que está malinterpretando lo que pasa.

 

—¿Lo conoce? —preguntó el hombre con desconfianza.

 

—Sí. Estudia en la misma escuela que yo.

 

Takamura lo miró un instante con amabilidad.

 

—Es muy reservado, casi no habla con nadie. Pero no hace daño a nadie. Le gusta dibujar. Eso es todo lo que estaba haciendo.

 

Se giró hacia Yuuto y le tendió una mano.

 

—¿Me dejas ver tu dibujo?

 

Yuuto dudó, pero le entregó el cuaderno con manos temblorosas. Takamura lo abrió y se quedó inmóvil. Sus ojos recorrieron las líneas, las sombras, el reflejo del agua, la suavidad con la que había capturado la luz de la tarde.

 

—Vaya… —dijo bajito, genuinamente asombrado—. Dibujas increíblemente bien.

 

El hombre se acercó.

 

—Déjeme ver.

 

Takamura le mostró la página. Las personas que miraban se acercaron también.

 

—Qué hermoso… —murmuró una mujer.

 

—¿Lo hizo él? —preguntó otra.

 

—Sí —respondió Takamura—. Estaba dibujando el paisaje. Nada más.

 

La expresión del hombre se suavizó. Bajó el teléfono lentamente.

 

—Lo siento de verdad —dijo mirando a Yuuto—. No debí suponer nada sin saber.

 

Yuuto asintió despacio, sin saber qué decir.

 

—Pero te doy un consejo —añadió el hombre con tono más suave—. La próxima vez, si puedes, deja que se vea lo que haces. Algunas personas se asustan cuando no entienden lo que ven. No por ti, sino porque no saben.

 

Se marchó explicando a los demás lo ocurrido. Poco a poco la calma volvió al parque.

 

Yuuto seguía sentado, con el corazón aún latiendo fuerte. Quería dar las gracias, pero la voz seguía sin salir. Takamura se sentó en el césped a cierta distancia, respetando su espacio.

 

—Tranquilo —le dijo con una sonrisa suave—. No tienes que decir nada.

 

Le devolvió el cuaderno.

 

—De verdad… no sabía que dibujabas así. Deberías seguir haciéndolo. Tienes talento.

 

Yuuto lo miró. Las palabras no llegaron, pero sus ojos sí. Asintió despacio, y por primera vez en mucho tiempo sonrió con toda sinceridad.

 

Takamura se levantó.

 

—Voy a irme. Cuídate, Yuuto.

 

Se marchó por el sendero. Yuuto se quedó solo otra vez, abrazando su cuaderno contra el pecho. Había pasado de todo: el miedo, la vergüenza, el alivio… y también algo nuevo. Alguien lo había visto de verdad. No como un rumor, ni como una apariencia extraña, ni como alguien sospechoso. Solo como Yuuto. Un chico sentado bajo un árbol, dibujando el mundo.

Thoughts

  • serie2011

    Uf, Nano en el callejón.

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  • Anselma

    Fíjate, el encargado que lo reconoce por la forma de caminar y no le pregunta nada. Mi papá tenía una tlapalería y así era con la gente, sabía quién era quién aunque llegaran tapados.

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