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Capítulo 40: De regreso a casa

DNavarrete
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El carruaje avanzaba lentamente por el camino de piedra, el sonido rítmico de las ruedas sobre el suelo irregular acompañando cada paso. A ambos lados se extendían los campos, todavía marcados por…

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Garoum traidor jajaja 😂

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Contenido de la publicación

El carruaje avanzaba lentamente por el camino de piedra, el sonido rítmico de las ruedas sobre el suelo irregular acompañando cada paso. A ambos lados se extendían los campos, todavía marcados por las secuelas visibles de la tragedia: algunas zonas permanecían vacías y silenciosas, otras mostraban pequeñas columnas de humo delgado donde campesinos y voluntarios quemaban los últimos restos de harina contaminada o materiales que ya no servían. Aun así, por primera vez en mucho tiempo, el aire no traía consigo el olor pesado y enfermizo de la muerte. Olía a tierra removida, a leña quemada y, muy suavemente, a esperanza.

 

Dentro del carruaje, el ambiente era tranquilo, casi sereno.

 

Anna llevaba una bata ligera de lino y tenía una manta gruesa cubriéndole las piernas hasta la cintura. Todavía estaba débil; cada movimiento suyo denotaba el cansancio acumulado de semanas enteras sin descanso, de noches en vela, de decisiones pesadas tomadas una tras otra. Pero al menos ahora podía respirar hondo sin sentir que el peso de toda la ciudad entera seguía aplastándole los hombros.

 

La pequeña Lira dormía recostada sobre su regazo, con la cabeza apoyada contra su costado y una mano apretada apenas sobre la tela de la manta, como si temiera que Anna pudiera desaparecer si se soltaba. Anna le acariciaba el cabello con movimientos lentos y suaves, casi mecánicos, mientras sus ojos miraban fijo por la ventanilla de madera, hacia el paisaje que se deslizaba ante ellas.

 

Enfrente de ella, sentadas en el asiento opuesto, estaban Eliana y Lyra.

 

Lyra tenía los brazos cruzados con fuerza sobre el pecho, el ceño fruncido y la mirada fija en el camino, como si esperara en cualquier momento cualquier excusa mínima para bajarse del carruaje y discutir con alguien, con cualquiera. Su energía inquieta parecía llenar todo el espacio.

 

Eliana, en cambio, estaba sentada con la espalda recta, las manos reposando sobre sus rodillas y la vista fija en Anna. No la apartaba demasiado, ni por un segundo. Porque incluso ahora —después de que ella despertara, después de que salieran del castillo, después de dejar atrás las murallas de la ciudad— todavía le preocupaba verla tan pálida, tan delgada, tan profundamente cansada, como si el alma misma hubiera trabajado más allá de sus límites.

 

Afuera, bajo la luz clara de la mañana, Garoum cabalgaba al frente, junto a un grupo de guardias armados que formaban la escolta. La caravana no era demasiado grande ni llamativa, pero sí lo suficiente para garantizar que nada ni nadie se acercara a molestarla en el camino de regreso a la mansión.

 

Anna volvió a mirar por la ventana, y entonces, como si el movimiento lento del carruaje lo hubiera provocado, un recuerdo nítido volvió a su mente: la noche anterior, justo antes de cruzar las puertas del castillo para no volver por un tiempo.

 

Selene la abrazaba con fuerza en medio del patio principal, bajo un cielo lleno de estrellas. Tan fuerte que casi parecía que no quisiera soltarla nunca, como si temiera que en cuanto la dejara ir, Anna se desvaneciera.

 

—Todavía estás débil —le había dicho Selene, con la voz entrecortada y el ceño fruncido de pura preocupación—. Podrías quedarte unos días más. Hasta que recuperes fuerzas del todo.

 

Demian estaba de pie a un lado de ellas, con los brazos cruzados y la postura rígida, igual de serio y reservado como siempre, pero con una mirada que delataba lo mismo que su hermana: inquietud.

 

—No tienes que irte tan rápido —añadió él, con un tono que intentaba ser firme pero que sonaba extrañamente suave—. El castillo tiene espacio de sobra. Nadie te va a molestar aquí. Todo está tranquilo ahora.

 

Anna los había mirado a ambos, primero a uno y luego a otro, y por un momento, al verlos tan preocupados, tan dispuestos a retenerla solo por cuidarla, había sentido algo extraño y cálido apretándosele en el pecho. Porque hacía mucho, mucho tiempo, que nadie insistía tanto en que se quedara. Porque hacía mucho tiempo que nadie se preocupaba por ella de esa forma sincera y sin intereses ocultos.

 

Pero aun así, negó suavemente con la cabeza.

 

—Solo quiero ir a casa —había susurrado.

 

Selene apretó un poco más el abrazo, apoyando la mejilla contra el hombro de Anna.

 

—Eso también es tu casa. Nosotros somos tu familia.

 

Anna se quedó en silencio unos segundos, con los ojos cerrados, porque sabía que Selene tenía razón. Sabía que, en cierto modo, el castillo y ellos dos eran lo más cercano a un hogar que había tenido jamás. Pero aun así… aun así necesitaba volver. Necesitaba respirar lejos de todo aquello: lejos de las miradas que la seguían a todos lados, lejos de los nobles que solo pensaban en su propio provecho, lejos de las personas que ya empezaban a verla como algo distinto, como una heroína, cuando ella no se sentía así. No todavía.

 

Antes de subir al carruaje, Anna se giró hacia Demian. Él seguía de pie junto a Selene, con ese rostro inescrutable que siempre intentaba usar para ocultar todo lo que sentía. Y entonces, Anna le dijo algo que en ese momento ninguno de los dos entendió realmente.

 

Le habló muy bajito, solo para que él pudiera oírla:

 

—Ahora depende de ti convertirte en alguien mejor.

 

Demian frunció el ceño, confundido. Selene también la miró sin comprender. Pero Anna solo sonrió un poco, una sonrisa pequeña, cansada y llena de cosas que no dijo.

 

—Yo ya hice lo más difícil.

 

Ya tenía un pie dentro del carruaje, cuando se detuvo, se giró de nuevo hacia ellos y los miró con esa sonrisita traviesa que empezaba a brillar en sus ojos. Se acercó un poco más, bajó la voz como si fuera un secreto muy importante, y añadió:

 

—Y ya que ahora van a tener tiempo, y todo va a estar tranquilo… espero conocer pronto alguno que otro sobrino de alguno de los dos. No se tarden mucho, ¿eh? Que quiero ser tía cuanto antes.

 

El cambio fue instantáneo.

 

Demian, que siempre parecía hecho de piedra, se puso rojo como una cereza, hasta las orejas. Abrió la boca para decir algo, para protestar, para negarlo todo, pero no le salió ninguna palabra, solo un sonido ahogado y confuso, y terminó desviando la mirada hacia el suelo, rígido como un poste.

 

Selene, por su parte, soltó el abrazo de golpe, se llevó las manos a las mejillas que ardían de golpe, y se quedó con la boca entreabierta, totalmente muda, sin saber dónde esconderse, mirando a su hermana con una mezcla de vergüenza y horror divertido.

 

—¡Anna! —exclamó finalmente Selene, con la voz aguda por la sorpresa, sin levantar la vista—. ¡¿Qué cosas dices?!

 

—¡Eres imposible! —gruñó Demian, sin atreverse a mirarla, con el cuello totalmente colorado—. ¡Vete ya, antes de que… antes de que…!

 

Anna se rió bajito, feliz de haber logrado romper esa seriedad solemne que siempre los envolvía, y se subió al carruaje mientras los dos se quedaban allí, aún sonrojados, confundidos y con una sonrisa que no podían ocultar, sabiendo que, una vez más, su hermana había logrado dejarlos sin palabras hasta el último segundo.

 

En ese momento aquellas palabras no parecían tener mucho sentido. Ni Demian ni Selene entendieron realmente todo lo que ella quería decir.

 

No hasta después.

 

No hasta la audiencia de esa mañana.

 

No hasta ver cómo toda la ciudad comenzaba a mirarlos a ellos, a Demian y a Selene, de otra forma: con respeto, con gratitud, con esperanza.

 

No hasta darse cuenta de que Anna, al irse, les había dejado el camino completamente libre para que ellos también se levantaran, para que brillaran con luz propia, sin quedarse siempre a la sombra de lo que ella había hecho. Y tampoco olvidaron, ni por un segundo, la última broma que les había dejado grabada en la mente.

 

Dentro del carruaje, Anna cerró los ojos un momento, y una pequeña sonrisa traviesa apareció en sus labios al recordar sus caras rojas de vergüenza. Podía imaginar perfectamente cómo habrían estado toda la ceremonia, tratando de mantener la dignidad, pensando solo en eso.

 

Lyra la vio de reojo y soltó un resoplido divertido.

 

—Esa sonrisa… da miedo. En serio.

 

Anna abrió apenas un ojo, mirándola con inocencia fingida.

 

—No sé de qué hablas. Es solo que el camino se ve bonito.

 

Eliana soltó una pequeña risa suave, negando con la cabeza. Porque de todas las personas dentro de ese carruaje, ella era la única —además de la propia Anna— que sabía perfectamente lo que la joven estaba pensando, lo que había planeado y lo que había conseguido.

 

Eliana la observó durante unos segundos más, entrecerrando un poco los ojos como si estuviera leyendo una página escrita en la frente de Anna.

 

—Eres una manipuladora horrible —dijo con total naturalidad, como quien comenta que hace sol fuera.

 

Anna abrió los ojos de golpe, sorprendida, e incluso llevó una mano al pecho, con una indignación tan exagerada y fingida que Lyra tuvo que desviar la mirada hacia la ventana para no reírse en voz alta.

 

—¡No sé de qué hablas! —exclamó Anna con toda la dignidad que pudo reunir—. Decirme algo así es Realmente cruel e injusto. Yo solo quiero paz y tranquilidad.

 

Eliana ni siquiera pestañeó.

 

—Claro que lo sé. Por eso es peor. Lo haces parecer inocente.

 

—No planeé nada.

 

—Anna.

 

—No planeé nada en absoluto. Solo me fui a casa porque estaba cansada. Y porque quería molestar un poco a mis hermanos.

 

—Anna.

 

La joven desvió un poco la mirada hacia la ventana, evitando esos ojos oscuros que parecían verlo todo.

 

—Solo quería volver a casa —repitió, casi en un murmullo.

 

Eliana soltó un suspiro pesado, pero con una sonrisa que le curvaba los labios. Se acomodó un poco mejor en el asiento y continuó mirándola, imperturbable.

 

—Ya tenías todo pensado desde antes de irte. Lo planeaste toda la noche anterior.

 

Anna no respondió. Se limitó a seguir acariciando el cabello de Lira, que seguía profundamente dormida.

 

—Sabías que esos nobles iban a intentar usar tu nombre para limpiarse la imagen —continuó Eliana, contando con los dedos—. Sabías que Demian y Selene no lo iban a permitir y que iban a enfrentarlos. Y también sabías que, si tú no estabas ahí, si tú te ibas sin decir nada, toda la atención, todo el agradecimiento y todo el respeto de la ciudad iban a caer sobre ellos. Les diste el regalo más grande de todos: una oportunidad para ser queridos y respetados por mérito propio. Y encima los dejaste sonrojados como niños chicos con lo de los sobrinos.

 

Lyra terminó soltando una pequeña risa que resonó en el pequeño espacio.

 

—Sí que eres mala, Anna. Malísima.

 

Anna la miró de inmediato, fingiendo ofensa otra vez.

 

—¿Ahora tú también te pones de su lado?

 

—No estoy diciendo que esté mal —respondió Lyra entre risas, encogiéndose de hombros—. Solo digo que eres mucho más peligrosa de lo que pareces. Pareces una flor delicada, pero eres como una tormenta silenciosa que mueve todo a su antojo sin que nadie se dé cuenta.

 

Afuera del carruaje, Garoum alcanzó a escuchar parte de la conversación a través de la ventanilla abierta, y por primera vez en mucho tiempo tuvo que desviar la mirada hacia un lado para ocultar una pequeña sonrisa que le iluminó el rostro. Varios de los guardias que cabalgaban cerca de él estaban igual, tratando de mantener la compostura militar, aunque se les escapaban las sonrisas. Porque escuchar a Eliana regañar a Anna como si fuera una niña pequeña que acaba de hacer una travesura tenía algo extrañamente gracioso y entrañable.

 

Dentro del carruaje, Anna terminó soltando un pequeño suspiro, largo y suave. Ya no intentó seguir negándolo. Sabía que con Eliana no valía la pena mentir; ella siempre sabía la verdad.

 

Miró un momento a la pequeña Lira, que se removió apenas en sueños y apretó con más fuerza el borde de la manta. Después volvió la vista hacia la ventana, hacia los campos que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Su voz salió más tranquila, más baja, mucho más seria que antes.

 

—El apellido de mi familia… el apellido D’Valrienne… ya estaba manchado desde hace mucho tiempo —empezó a decir, muy despacio.

 

Eliana dejó de sonreír al instante. Lyra también guardó silencio, inclinándose un poco hacia adelante, intuyendo que lo que venía era importante.

 

—Mis padres fueron personas horribles —continuó Anna, sin rencor en la voz, solo con una tristeza profunda y vieja—. Nunca pensaron en nadie más que en ellos mismos. Solo les importaba el poder, el dinero, la influencia. A la gente le daba igual si sufrían, si morían, si lo perdían todo, con tal de que ellos estuvieran bien.

 

El carruaje siguió avanzando lentamente, y dentro, por un momento, solo se escuchó el ruido constante de las ruedas y el galope lejano de los caballos.

 

—Y yo tampoco fui mejor —añadió entonces, muy bajito.

 

Sus dedos se movieron lentamente sobre el cabello de la niña, un gesto inconsciente para calmarse a sí misma.

 

—Fui peor, en realidad.

 

Ninguna de las dos respondió. Sabían que esas palabras seguían doliéndole como una herida que no termina de cerrar.

 

—Por mi culpa, o por lo que yo llegué a ser… el nombre de mi familia se volvió algo sucio, algo que la gente decía con miedo o con asco. Cuando escuchan D’Valrienne, la gente no piensa en Demian o en Selene. No piensan en lo buenos que son.

 

Hizo una pausa, tragando con dificultad.

 

—Piensan en mis padres, piensan en mí, piensan en todo lo que hice antes, en todo lo que permití, en todo lo que llegué a ser.

 

Su voz no tembló, pero sí se volvió más suave, más cansada, cargada de culpa que llevaba años arrastrando.

 

—Pero Demian y Selene no son como nosotros —dijo entonces, levantando lentamente la vista hacia Eliana—. Ellos son buenas personas. Siempre lo fueron, incluso cuando yo no lo era. De verdad piensan en la gente. De verdad se preocupan por los suyos, por los que no tienen nada, por los que sufren. Ellos no merecían llevar ese peso encima.

 

Miró un momento hacia la ventana, hacia los campos, hacia el cielo azul, hacia todo lo que lentamente estaba dejando atrás.

 

—Por eso mis padres me eligieron a mí como sucesora —soltó una pequeña risa amarga, sin alegría—. Porque yo era exactamente lo que ellos querían: fría, ambiciosa, sin escrúpulos. Selene era demasiado bondadosa para ellos. Demian… Demian siempre tuvo un sentido del honor que a ellos les parecía una debilidad. Nunca lo entendieron. Nunca lo valoraron.

 

Se quedó callada un momento, ordenando sus pensamientos.

 

—Ellos no merecen cargar con la culpa de lo que hicieron mis padres. Ni tampoco con la culpa de lo que hice yo. Yo ensucié el nombre, yo manché nuestra reputación… pero ellos limpiarán lo que yo ensucié. Y al irme… al dejar que todo el reconocimiento fuera para ellos… les di la oportunidad de separarse de mi sombra. De ser ellos mismos. De que la gente vea que el apellido también can significar bondad, valentía y lealtad

 

Eliana la observó unos segundos más, en silencio, con esa mezcla de ternura y admiración que siempre le despertaba la forma en que Anna amaba a su familia, incluso a costa de ponerse ella misma en segundo plano.

 

Después se inclinó un poco hacia adelante y le dio un pequeño golpe suave en la frente con la punta de un dedo, como si quisiera despertarla de esa idea de que ella era la única culpable de todo.

 

Anna abrió un poco los ojos, sorprendida por el gesto, y parpadeó despacio.

 

—Aun así —repitió Eliana, firme, aunque con una sonrisa que le iluminaba toda la mirada— sigues siendo una manipuladora horrible. De las peores. Porque lo haces con cariño, y eso lo hace todavía más peligroso.

 

Anna finalmente no pudo aguantar más la pequeña sonrisa que le nacía en los labios, una que se fue ensanchando poco a poco hasta llegar a sus ojos brillantes. Y por primera vez en muchos, muchos días, esa sonrisa no tenía ni rastro de tristeza, ni de cansancio, ni de culpa detrás. Era libre, ligera y completamente suya.

 

Eliana la siguió mirando con el ceño fruncido, fingiendo una severidad que no sentía en absoluto. Pero ya no era ese enojo real, ese miedo y esa preocupación que había tenido antes, cuando veía a Anna perderse en su propio dolor.

 

Era otro tipo de enojo. Más cercano. Más cálido. Más parecido al de alguien que te quiere con el alma, y que no sabe si lo que más le apetece es abrazarte muy fuerte, o darte un golpe en la cabeza para que dejes de hacer locuras por los demás.

 

—Y no creas que se me olvida lo último —añadió Eliana, recostándose de nuevo en su asiento y cruzando los brazos, mientras señalaba a Anna con la cabeza—. Lo de los sobrinos. De verdad que eres imparable. Los dejaste rojos como tomates, y te fuiste tan tranquila.

 

Anna soltó una risita que llenó todo el carruaje, y volvió a apoyar la mejilla sobre la manta, mirando de nuevo hacia fuera, hacia la silueta de su mansión que ya empezaba a recortarse en el horizonte.

 

—Bueno —murmuró con voz suave y traviesa—, alguien tenía que decirlo. Además… me van a deber ese regalo.

 

Y mientras el carruaje seguía avanzando hacia casa, ninguna de las dos dijo nada más por un buen rato. Solo se dejaron llevar por el sonido de las ruedas, el galope de los caballos y la paz que, por fin, había regresado para quedarse.

 

—Eres imposible.

 

Anna levantó apenas una ceja, con esa calma que siempre lograba sacar de quicio a los demás.

 

—Y tú exageras.

 

Eso fue lo último que necesitó escuchar. Porque Eliana literalmente se lanzó sobre ella sin pensarlo dos veces.

 

—¡No exagero nada! —exclamó mientras la empujaba suavemente contra el respaldo del asiento.

 

Anna soltó un pequeño grito de sorpresa, mezcla de risa y protesta. La pequeña Lira despertó de golpe al sentir el movimiento brusco, parpadeando confundida.

 

—¡¿Qué pasa?! ¡¿Ya llegamos?!

 

Lyra también abrió los ojos de inmediato, saliendo de su silencio habitual, y miró a todos lados.

 

—¡¿Por qué el carruaje se está moviendo tanto?! ¡Parece que vamos por un camino de piedras!

 

Eliana seguía intentando sujetar a Anna por los hombros, sacudiéndola un poco como si quisiera sacarle el sentido común a la fuerza.

 

—¡No puedes decidir cosas así tú sola! ¡Mover todo, cambiar todo, organizar la vida de todos y encima hacerte la inocente!

 

Anna intentaba apartarla, riendo sin poder detenerse.

 

—¡Solo quería ayudarlos! ¡Les dejé todo preparado!

 

—¡Pues ayudaste demasiado! ¡Dejaste a todos con la boca abierta y a tus hermanos sin saber dónde meterse!

 

—¡Eso ni siquiera tiene sentido! ¡Hice lo mejor para ellos!

 

El carruaje comenzó a moverse de un lado a otro con más fuerza. Las ruedas golpeaban el camino con más violencia mientras dentro seguían esa pelea absurda y ruidosa. Lira se había hecho a un lado rápidamente, pegándose a la puerta para no quedar atrapada entre ambas, mirando todo con ojos muy abiertos y una sonrisita divertida.

 

Lyra, todavía medio dormida, trató de intervenir sujetando a Eliana por un brazo.

 

—¡Eliana! ¡Baja el ritmo! ¡Vas a romper algo, o peor, vas a volcarnos!

 

—¡Eso espero! ¡Así se le acaba la inteligencia repentina! —respondió Eliana sin soltar a Anna.

 

—¡¿Por qué yo?! —se quejó Anna mientras intentaba zafarse, con el cabello ya totalmente desordenado—. ¡Soy la víctima aquí!

 

—¡Porque eres insoportable! ¡Y demasiado lista para tu propio bien!

 

Afuera, Garoum escuchó perfectamente el ruido, los gritos, las risas y los golpes que venían del interior. Los guardias que cabalgaban cerca comenzaron a mirarse entre ellos, conteniendo la respiración. Uno incluso tuvo que cubrirse la boca con la mano para no soltar la carcajada allí mismo. Porque el carruaje realmente se balanceaba de lado a lado, como si en su interior hubiera una batalla campal de proporciones épicas.

 

Lyra logró sujetar a Eliana por la cintura tirando de ella hacia atrás. Lira abrazó uno de los brazos de Anna tratando de "ayudar", aunque solo lograba estorbar más. Y en medio de todo ese caos, Anna logró sacar medio cuerpo por la ventana abierta del carruaje.

 

Tenía el cabello revuelto, las mejillas sonrosadas y una expresión de indignación absoluta, como si la estuvieran torturando. Apenas logró asomar la cabeza, gritó con todas sus fuerzas:

 

—¡Garoum! ¡Ayúdame! ¡Me van a matar!

 

Garoum ni siquiera se giró. Siguió cabalgando al frente, con la espalda recta y la postura más seria e impasible que pudo fingir.

 

—Discúlpeme, señorita —respondió con toda la calma y gravedad del mundo—. Pero preferiría enfrentarme a un dragón de fuego solo con una espada de madera, antes que intentar detener a Lady Eliana cuando se pone así. Cuente con mi pésame, pero no con mi ayuda.

 

Anna abrió los ojos de golpe, ofendida hasta la médula.

 

—¡Traidor! ¡Los dos son unos traidores!

 

Pero apenas alcanzó a decirlo, cuando Eliana la tomó de nuevo por la cintura y la arrastró hacia adentro con un último tirón.

 

—¡Vuelve aquí, manipuladora de pacotilla! ¡Aún no he terminado contigo!

 

La ventana se cerró de golpe tras de ella. Y eso fue suficiente para que el ruido se convirtiera en risas ahogadas y quejas sin sentido.

 

Garoum terminó soltando una carcajada grave y profunda que resonó en todo el camino. Los guardias explotaron detrás de él, riéndose sin reservas, liberando la tensión de meses enteros de peligro y muerte. Incluso Lyra, desde dentro del carruaje, ya no podía dejar de reírse, aunque intentaba seguir haciendo de árbitro.

 

Porque después de todo lo que habían vivido.

 

Después de la enfermedad que casi acaba con todos.

 

Después de la muerte, el dolor, el miedo y la tristeza.

 

Escuchar a Anna pelear de esa manera tan absurda, ruidosa y llena de vida con Eliana se sentía… normal.

 

Se sentía como antes.

 

Se sentía como familia.

 

Y por primera vez en mucho tiempo, aquello se sintió increíblemente bien.

 

Poco después, el carruaje redujo la marcha y finalmente se detuvo con suavidad frente a la entrada principal de la finca. Las puertas de madera maciza ya estaban abiertas de par en par, y un grupo de sirvientes esperaba formados, con sonrisas de bienvenida, listos para recibir a su señora que, contra todo pronóstico, regresaba a casa sana y salva.

 

Miró hacia arriba, hacia la fachada antigua y sólida de la mansión, hacia los árboles altos que rodeaban el patio, hacia el cielo que se veía infinito y tranquilo. Respiró hondo, llenando sus pulmones del aire fresco de sus tierras, y sonrió con más calma.

 

—Por fin en casa —susurró.

 

La enorme mansión se alzaba frente a ellos, bañada por la luz suave y dorada de la tarde. Los jardines seguían tan cuidados como siempre, los setos recortados con precisión y las flores abiertas, y las fuentes continuaban cantando con su sonido tranquilo y constante, como si aquel lugar hubiera permanecido completamente ajeno al caos, al dolor y a la muerte que habían sacudido al resto del mundo.

 

Pero para Anna, todo se sentía diferente.

 

Muy diferente.

 

La puerta del carruaje se abrió y ella bajó lentamente, apoyándose un poco en el marco. Todavía llevaba puesta la bata ligera y tenía el cabello algo revuelto, el resto de la pequeña batalla que había librado minutos antes dentro del vehículo. Bajó la mirada y se lo acomodó con las manos, mientras escuchaba el paso ligero de alguien detrás de ella.

 

Era Eliana, que bajó justo después, parándose a su lado con una expresión demasiado satisfecha, casi triunfal, en el rostro. Anna ni siquiera quiso mirarla de reojo. Porque sabía perfectamente que si lo hacía, si cruzaba esa mirada oscura y brillante, Eliana iba a empezar a reírse otra vez, y ella todavía estaba fingiendo estar indignada por el trato recibido.

 

Sin embargo, en cuanto sus dedos se rozaron por casualidad junto a su costado, sintió cómo la mano de Eliana buscaba la suya, la apretaba con suavidad, en un gesto rápido, íntimo y cálido que nadie más alcanzó a ver. Un "estoy aquí, contigo, siempre" silencioso.

 

Lyra bajó después, saltando con agilidad al suelo y sosteniendo firmemente de la mano a la pequeña Lira. La niña miraba la gran finca con los ojos completamente abiertos, como si estuviera ante un palacio de cuentos, sin perderse un solo detalle de las fachadas altas, las columnas y los jardines inmensos.

 

Garoum fue el último en acercarse, caminando con su paso pesado y seguro, seguido muy de cerca por el grupo de guardias que habían escoltado el carruaje todo el camino desde la ciudad. Los soldados desmontaron de sus caballos y, en silencio, se colocaron en línea recta, firmes y erguidos justo frente a Anna.

 

Durante unos segundos ella no entendió qué estaban haciendo, por qué no se retiraban todavía.

 

Hasta que todos inclinaron la cabeza al mismo tiempo.

 

No era una reverencia exagerada, ni un saludo militar rígido y frío. Era algo mucho más sencillo, mucho más sincero y mucho más importante.

 

—Fue un honor escoltarla, Lady Anna —dijeron al unísono, con voces claras y respetuosas.

 

Anna abrió un poco los ojos, sorprendida. Todavía no se acostumbraba a eso. Todavía le costaba creer que la gente realmente la mirara así, con ese respeto que no nacía del miedo ni del apellido, sino de algo mucho más profundo.

 

Su primera reacción fue mirar hacia otro lado, casi buscando ayuda instintivamente, y sus dedos apretaron un poco más los de Eliana, que seguía a su lado, tranquila como una roca.

 

Pero no necesitó decir nada, ni pedir nada.

 

Porque los mismos guardias sonrieron apenas, sonrisas discretas y amables, como si entendieran perfectamente que ella todavía no sabía muy bien cómo reaccionar ante algo así.

 

—Gracias por proteger la ciudad —dijo uno de ellos, el que parecía ser el jefe del grupo.

 

—Y gracias por volver sana y salva —añadió otro, con voz suave.

 

Anna tardó unos segundos en encontrar las palabras. Al final, simplemente inclinó un poco la cabeza, con toda la sinceridad que pudo poner en ese gesto.

 

—Gracias por traerme hasta aquí sanos y salvos a todos nosotros.

 

Eso fue suficiente para ellos. Asintieron, dieron media vuelta con orden y volvieron a montar, comenzando a retirarse poco a poco, dejándola ya en lo que era su hogar.

 

Garoum, en cambio, se quedó quieto en su sitio, sin moverse ni un paso.

 

Anna lo miró, arqueando una ceja.

 

—¿Tú te quedas? Pensé que tenías asuntos que resolver en la ciudad.

 

El hombre la miró con esa calma inalterable de siempre, y respondió con total naturalidad, como si fuera lo más obvio del mundo:

 

—Alguien tiene que vigilarla y evitar que haga otra locura apenas se recupere un poco. Y ya sabe que yo soy el más capacitado para eso.

 

Anna abrió los ojos de golpe, sorprendida y ofendida a la vez. Después giró la cabeza hacia Lyra, que estaba jugueteando con una hoja que había recogido del suelo.

 

—¿Y tú?

 

Lyra levantó apenas los hombros, sin levantar la vista, aunque una sonrisa traviesa le curvaba los labios.

 

—Le pedí permiso a Lord Demian hace unos días. Él estuvo de acuerdo en que aquí podría serte más útil.

 

—¿Por qué? —insistió Anna, confundida.

 

Lyra levantó la vista y sonrió de lado, con esa picardía que siempre tenía.

 

—Porque alguien tiene que reírse de ti de cerca y recordarte que no eres perfecta. Y a mí me toca el turno.

 

Anna todavía estaba tratando de ordenar todo eso en su cabeza, pensando en qué responderles a todos para defenderse, cuando de repente sintió unos brazos que la rodearon con fuerza absoluta y la apretaron contra un cuerpo conocido.

 

Fue tan repentino que apenas alcanzó a tensarse por el susto, pero reconoció ese olor, esa calidez y esa forma de abrazarla de inmediato.

 

Lady Altheria.

 

La mujer prácticamente había corrido desde la entrada principal de la mansión, sin importarle su dignidad ni su postura, apenas vio detenerse el carruaje. Y ahora la sostenía, fuerte, segura, como si quisiera asegurarse con ese contacto que de verdad estaba ahí, que era real, que no se iba a desvanecer.

 

Anna se quedó quieta unos segundos, sorprendida por la intensidad del abrazo. Y después, lentamente, levantó los brazos y se lo devolvió, apoyando la cabeza en el hombro de esa mujer que había sido más que una empleada, casi una familia para ella.

 

Lady Altheria temblaba apenas, con pequeños estremecimientos que Anna podía sentir contra su propio cuerpo.

 

—No vuelva a preocuparme de esa manera —murmuró con la voz quebrada, ahogada por la emoción—. Nunca más, por favor.

 

Anna bajó un poco la mirada, sintiéndose pequeña y suave.

 

—Lo siento —susurró—. No fue mi intención.

 

Lady Altheria la separó apenas, tomándola por los hombros para verla mejor a la cara. Sus ojos estaban húmedos, brillantes de lágrimas contenidas, y la recorría con la mirada de arriba abajo, buscando heridas, cansancio, cualquier rastro de lo que había pasado.

 

—Toda la mansión escuchó lo que hizo —dijo con orgullo—. Los mensajeros, los comerciantes, la gente que va y viene… todos han contado su historia. Todos sabemos lo que ocurrió en la ciudad. Sabemos lo que hizo por todos.

 

Hizo una pausa, tragando fuerte.

 

—Y todos estuvimos aquí, esperando, rezando, mirando el camino cada día hasta que usted volviera.

 

Detrás de ella, impasible y serio como siempre, estaba Garlan, el jardinero de la finca. Tenía el rostro tan inexpresivo como de costumbre, pero incluso él parecía respirar más tranquilo ahora que la veía ahí de pie, viva y bien. Al ver que Anna lo miraba, asintió muy despacio, un saludo breve que significaba mucho más que mil palabras.

 

Y detrás de ambos, formados en la escalinata y en el patio, estaban todos los demás: los cocineros que le habían preparado sus comidas favoritas desde niña, las sirvientas que la habían cuidado cuando era pequeña, los jardineros que mantenían todo aquello hermoso, los mayordomos y ayudantes. Todos reunidos frente a la entrada, todos mirándola.

 

No con miedo, como pasaba antes, cuando su apellido era sinónimo de crueldad.

 

No con incomodidad, ni con respeto obligado.

 

La miraban con alivio, con alegría sincera, con orgullo y, sobre todo, con mucho cariño.

 

Y eso, para Anna, fue mucho más difícil de soportar que cualquier ceremonia oficial, más pesado y más hermoso que cualquier medalla o título. Sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas que amenazaban con caer en cualquier momento, y en ese instante, volvió a sentir la mano cálida de Eliana deslizarse por su espalda, muy suavemente, un apoyo silencioso y firme que le decía: estoy aquí, yo estoy contigo, todo está bien.

 

Ella giró apenas la cabeza y se encontró con la mirada de Eliana, que le sonrió muy despacio, solo para ella, una sonrisa llena de amor, de comprensión y de todo lo que habían pasado juntas. Y en ese momento, Anna supo que todo estaba bien, que por fin estaba en casa, y que nada ni nadie podría separarla de lo que más quería.

 

—Ya estoy aquí —dijo Anna con voz clara, dirigida a todos, mientras apretaba un poco más la mano de su amada—. Ya estamos en casa. Y no pienso irme a ningún lado por mucho tiempo.

 

Y entre sonrisas, lágrimas de alegría y esa paz que por fin había regresado, comenzó a caminar hacia la gran puerta abierta de su hogar, sabiendo que lo peor ya había quedado atrás, y que lo mejor, lo más dulce y tranquilo, estaba apenas comenzando.

 

—un mes después—

 

Había pasado un mes desde la ceremonia. Un mes desde que los culpables fueron encarcelados, juzgados y apartados para siempre de cualquier cargo de poder.

 

Un mes desde que Anna abandonó la ciudad en silencio, sin buscar aplausos, sin recibir medallas, sin esperar nada a cambio.

 

Y aun así, su presencia seguía en todas partes.

 

La ciudad había comenzado a recuperar su vida, paso a paso, con esfuerzo y esperanza. Las tiendas volvieron a llenarse de mercancías y de gente que regateaba y charlaba como antes. Los mercados retomaron su ruido habitual, ese bullicio alegre que antes parecía perdido para siempre. Los músicos regresaron a las plazas, llenando el aire de melodías que ya no sonaban a tristeza, sino a renacimiento. Los niños corrían otra vez por las calles, jugando y gritando, libres del miedo que los había mantenido encerrados durante semanas.

 

Poco a poco, el peso de la tragedia comenzó a hacerse más llevadero. Las heridas cerraban, el aire se limpiaba, y la vida volvía a abrirse camino entre las piedras.

 

Pero nadie olvidó.

 

Nadie podía hacerlo.

 

Porque lo que habían vivido, y lo que se había hecho por ellos, era algo que se grabó en el alma de cada persona que habitaba aquellas calles.

 

Por eso, en el lugar donde antes se había levantado aquel altar improvisado lleno de velas, flores marchitas y plegarias susurradas con miedo, se construyó algo mucho más grande. Algo sólido, hermoso y eterno. Algo que quedaría ahí para siempre, recordando a todos lo que habían sido y lo que habían logrado superar.

 

Los mejores artesanos de la ciudad trabajaron día y noche, con las manos llenas de polvo, sudor y orgullo.

 

Los herreros moldearon placas de metal pulido que brillaban bajo el sol.

 

Los albañiles levantaron una base ancha y firme de piedra blanca, traída expresamente de las canteras más lejanas.

 

Los escultores trabajaron sin descanso, con una dedicación que no ponían en ningún otro encargo, como si estuvieran tocando algo sagrado.

 

No porque alguien se los ordenara.

 

No porque Demian o Selene lo pidieran, ni porque el Imperio hubiera dado una orden.

 

Lo hicieron porque quisieron.

 

Porque sentían que era lo mínimo que podían hacer.

 

Porque sabían que, sin una sola persona, nada de lo que tenían ahora habría sido posible.

 

Así nació el memorial.

 

Un gran círculo de piedra blanca, amplio y abierto, levantado justo en el centro de lo que había sido la zona de cuarentena, el lugar donde la muerte había estado más cerca.

 

Alrededor del círculo, colocadas en orden, se alineaban las placas metálicas. En cada una de ellas estaban grabados con letras profundas los nombres de los ciento setenta y tres hombres, mujeres y niños que habían perdido la vida durante la epidemia.

 

Niños que apenas empezaban a vivir.

 

Ancianos que habían visto pasar la historia de la ciudad.

 

Soldados que murieron protegiendo puertas y caminos.

 

Doctores y alquimistas que enfermaron por estar demasiado cerca de los enfermos.

 

Ciudadanos sencillos, padres, madres, trabajadores, artesanos.

 

Todos estaban ahí.

 

Nadie fue olvidado.

 

Ningún nombre quedó fuera.

 

Y en el centro exacto del memorial, elevada sobre un pequeño pedestal, se alzaba una estatua de mármol blanco, puro y luminoso.

 

Era la figura de una mujer joven.

 

No era exactamente Anna. No tenía sus rasgos definidos, ni su rostro idéntico, ni detalles que la hicieran ella al cien por cien. Pero cualquiera que la viera, cualquiera que hubiera estado allí durante esos días terribles, entendería de inmediato en quién estaba inspirada, a quién representaba, a quién honraba.

 

La figura estaba de rodillas, en una postura humilde y serena.

 

Con la cabeza ligeramente inclinada, como si estuviera escuchando, o rezando, o simplemente acompañando a quienes ya no estaban.

 

Entre sus manos, juntas sobre su pecho, sostenía una sola rosa blanca.

 

Una sola.

 

Era el símbolo perfecto. El símbolo de la mujer que había luchado por esa ciudad cuando nadie más quiso hacerlo, cuando todos los demás cerraron sus puertas y escondieron sus vidas. La mujer que se quedó, que cuidó, que sufrió y que salvó a todos sin pedir nada a cambio.

 

Muchos visitantes que llegaban desde otras regiones, desde ciudades vecinas o incluso desde más lejos, se detenían en ese lugar antes incluso de cruzar las puertas de la muralla.

 

Porque era imposible ignorarlo.

 

Porque el memorial se veía desde lejos, blanco y brillante sobre el paisaje.

 

Y porque la estatua parecía observar en silencio a todos los que cruzaban aquellas puertas, protegiéndolos, vigilándolos, cuidando de ellos incluso estando lejos.

 

Había quienes dejaban flores frescas a sus pies, ramos sencillos o una sola flor, igual que la que ella sostenía. Otros dejaban cartas, notas escritas a mano, mensajes de agradecimiento, de perdón, o simplemente para decir que estaban bien, que habían sobrevivido.

 

Algunos simplemente se quedaban allí de pie, en silencio, con la cabeza baja, dejando que sus pensamientos volaran hacia la mansión lejana donde ella ahora descansaba.

 

Y poco a poco comenzó a repetirse una costumbre entre la gente de la ciudad, algo que se transmitía de boca en boca, algo que se volvió parte de su forma de vivir.

 

Cada vez que alguien perdía a un ser querido, iban al memorial para recordarlo junto a los demás.

 

Cada vez que una familia quería agradecer por haber sobrevivido, por haber salido adelante, iban allí para dejar su gratitud.

 

Cada vez que alguien simplemente necesitaba fuerzas, esperanza o consuelo, caminaban hasta ese lugar de piedra blanca.

 

Porque ahí estaban los nombres de quienes se fueron, los que no pudieron salvarse.

 

Y también estaba el recuerdo de quien luchó por todos ellos, de quien hizo todo lo posible para que el número de nombres fuera el menor posible.

 

Y aunque Anna D’Valrienne ya no vivía entre ellos, aunque ya no caminaba por esas calles ni tomaba decisiones en el castillo, su nombre y su figura se habían convertido en algo mucho más grande: se había convertido en el alma misma de la ciudad que ella había salvado.

 

Pero ese no fue el único cambio que trajo consigo el paso de los días.

 

Las historias sobre Anna comenzaron a crecer, a extenderse y a transformarse, viajando de boca en boca, de plaza en plaza, hasta convertirse en parte de la identidad misma de la ciudad.

 

Los soldados hablaban de ella alrededor de las hogueras, contando lo que vieron, lo que hicieron juntos, la valentía tranquila de una joven noble que no dudó en estar en primera línea.

 

Los niños jugaban en las calles, y en sus juegos, siempre había una que asumía el papel de ella: la que daba órdenes, la que cuidaba a los demás, la que se quedaba firme cuando todo parecía derrumbarse.

 

Los músicos componían canciones nuevas, melodías que se cantaban con voz baja y respetuosa al principio, y que luego se alzaban con fuerza, historias sobre la joven noble que no huyó, que se quedó, que luchó y que salvó a su gente.

 

Y fueron precisamente los soldados, quienes mejor conocían el peso de lo que había ocurrido, quienes dieron el siguiente paso.

 

Un grupo de guardias de la ciudad y veteranos que habían estado allí durante la cuarentena se reunió por voluntad propia, sin recibir órdenes, sin pedir permiso. Se sentaron juntos en una de las mesas del mercado, hablaron largo y tendido, y llegaron a una conclusión que llevaban tiempo madurando.

 

No querían que lo ocurrido se olvidara con el paso de los años.

 

No querían que el ejemplo de Anna desapareciera o se diluyera en el tiempo.

 

Querían asegurarse de que nadie, jamás, olvidara lo que significaba realmente servir a la ciudad.

 

Así nació una nueva división.

 

Un cuerpo especial, integrado por voluntarios, dentro de la propia guardia de la ciudad. Una división que llevaría bordada en sus capas y grabada en sus armaduras una única marca: una rosa blanca. Un símbolo sencillo, pequeño y discreto, pero imposible de confundir, imposible de ignorar.

 

Juraron proteger la ciudad tal como Anna la protegió: sin importar el riesgo.

 

Juraron quedarse cuando otros huyeran, cerrar filas cuando otros se escondieran.

 

Juraron recordar siempre que un noble, un soldado o un líder no existe para estar cómodo, ni para disfrutar de privilegios, sino para cargar con el peso de los demás, para ser el muro que protege y la mano que ayuda.

 

Cuando la propuesta formal llegó al castillo, a manos de Demian y Selene, ninguno de los dos dudó ni un segundo. La aprobaron de inmediato, con una sonrisa llena de orgullo y emoción, porque entendían perfectamente lo que significaba.

 

No era solamente una división militar nueva.

 

Era la prueba definitiva de que Anna ya no era solo una joven noble, una hermana o una dama de la alta sociedad.

 

Se había convertido en algo mucho más grande, mucho más duradero.

 

Se había convertido en un símbolo.

 

Había pasado exactamente un mes desde que Anna regresó a la mansión.

 

Y por primera vez desde que despertó allí, débil, confundida y sola, la gran finca ya no se sentía como una prisión oscura y fría.

 

Se sentía viva.

 

Las reparaciones avanzaban a buen ritmo, mucho más rápido de lo que nadie habría esperado. Pocos días después de que Anna cruzara de nuevo sus puertas, comenzaron a llegar constructores, carpinteros, albañiles y pintores desde la ciudad, todos enviados o llegados por voluntad propia. Algunos eran hombres y mujeres que habían sobrevivido a la enfermedad y que querían devolverle el favor. Otros eran artesanos que simplemente sentían que trabajar en aquella mansión era un honor y una forma de agradecerle a Lady Anna por lo que había hecho por todos. Nadie pidió dinero de inmediato; muchos incluso decían con una sonrisa que con tener un plato de comida y un techo para dormir mientras trabajaban, les bastaba.

 

Los pasillos, que antes estaban oscuros, polvorientos y silenciosos, ahora estaban iluminados, limpios y llenos de movimiento.

 

Las ventanas rotas habían sido reemplazadas por otras nuevas, grandes y claras, que dejaban entrar toda la luz del sol.

 

Las paredes dañadas por la humedad o el abandono comenzaban a recuperar su color, sus pinturas y su esplendor antiguo.

 

Los muebles viejos eran reparados con cariño o reemplazados por otros que traían de los almacenes o que elaboraban expresamente para la casa.

 

Incluso las habitaciones que llevaban años vacías y cerradas, frías y tristes, volvían a sentirse cálidas, habitadas y queridas.

 

La mansión poco a poco recuperaba el esplendor que alguna vez tuvo, cuando los padres de Anna vivían allí. Pero esta vez todo era diferente.

 

Porque ya no se sentía fría ni distante.

 

Ya no se sentía arrogante ni hostil.

 

Ya no parecía una fortaleza levantada para mantener a todos los demás lejos de sus muros.

 

Ahora se sentía como un hogar.

 

Garlan también había comenzado a trabajar con ahínco en todo lo que Anna había traído consigo desde la ciudad, esas cosas que ella le había dado personalmente nada más llegar.

 

Las nuevas semillas ya estaban siendo plantadas en los grandes huertos y jardines de la finca.

 

Algunas eran plantas medicinales, seleccionadas cuidadosamente para que, si alguna vez volvía a hacer falta, hubiera remedios a mano.

 

Otras servían para cocinar, hierbas y verduras que harían que la comida de la casa y de los trabajadores fuera mejor y más sana.

 

Y otras simplemente eran flores, de todo tipo y color.

 

En especial rosas.

 

Porque durante semanas, incluso antes de partir hacia la ciudad, Anna y Garlan habían pasado muchas tardes trabajando juntos en silencio en el jardín, planeando, sembrando y soñando con cómo se vería todo cuando creciera. Y ahora, por fin, comenzaban a verse los resultados de aquel esfuerzo compartido.

 

Los rosales empezaban a florecer por todas partes.

 

Blancos, como el símbolo que todos conocían.

 

Rojos, intensos y vibrantes.

 

Rosados, suaves y tiernos.

 

El patio principal y los jardines laterales parecían poco a poco convertirse en un pequeño campo de rosas, perfumando todo el aire de la finca. Cada mañana, cuando Anna cruzaba esa zona camino al desayuno o a dar un paseo, se detenía unos segundos, se inclinaba y olía una flor, o simplemente se quedaba mirándolas en silencio. Porque de alguna manera, verlas crecer y florecer le recordaba cuánto había cambiado todo, cuánto había pasado y cuánto bien había logrado hacer, incluso sin querer.

 

La pequeña Lira también se había adaptado rápidamente a la vida en la mansión, como si hubiera nacido para estar allí. No le tomó mucho tiempo empezar a ayudar en todo lo que podía. Corría por los pasillos llevando pequeños recados o mensajes. Ayudaba a las sirvientas a limpiar o a ordenar. Pasaba horas en la biblioteca ordenando libros o sacudiendo estanterías. A veces incluso se colaba en la cocina para ayudar a pelar verduras o amasar pan, siempre bajo la atenta mirada cariñosa de los cocineros. Y aunque Lady Altheria intentaba que descansara más y jugara como una niña normal, Lira siempre terminaba encontrando alguna forma de seguir ayudando, con esa sonrisa alegre y servicial que tenía.

 

Lyra y Garoum también se quedaron definitivamente en la finca, tal como habían dicho. Y poco a poco comenzaron a tomar el control de los pocos soldados que ya estaban allí protegiendo la propiedad. No hubo ninguna queja ni problema, porque todos conocían sus nombres y todos sabían perfectamente lo que habían hecho en la ciudad, lo que habían arriesgado y lo que habían logrado.

 

Garoum se encargaba del entrenamiento diario, de las patrullas por los alrededores y de mantener la disciplina y el orden, tal como siempre lo hacía: serio, silencioso y efectivo.

 

Lyra, por otro lado, parecía disfrutar demasiado de su nuevo puesto. Le gustaba dar órdenes, organizar las guardias y, sobre todo, burlarse abiertamente de cualquiera que cometiera un error o no estuviera lo suficientemente atento. Pero, aunque parecían muy diferentes, juntos funcionaban sorprendentemente bien, como dos piezas que encajan a la perfección.

 

Lady Altheria también parecía mucho más feliz y tranquila de lo que había estado en años. Anna le había comprado varios libros nuevos en la ciudad, y también había pedido prestados algunos ejemplares antiguos de la gran biblioteca del castillo, sabiendo cuánto le gustaba leer. Ahora Lady Altheria pasaba horas enteras sentada en la sala principal o en una silla bajo la sombra de los árboles del jardín, leyendo con las gafas puestas y una sonrisa de concentración. Y de vez en cuando, cuando terminaba un capítulo interesante, incluso hablaba emocionada sobre la historia, los personajes o las lecciones que enseñaban, compartiéndolo todo con Anna y con Eliana, que siempre la escuchaban con atención.

 

Las clases y las charlas tampoco se detuvieron. Al contrario, se habían convertido en uno de los momentos más esperados del día. Lady Altheria seguía enseñando a Anna historia, leyes, administración y todo lo que una señora debía saber, aunque ahora lo hacía con una ternura y un orgullo nuevos. Eliana seguía participando, opinando, discutiendo y poniendo ejemplos prácticos, aportando siempre esa visión aguda y realista que tenía. Y Lira, aunque al principio solo se quedaba cerca escuchando desde lejos o mirando los dibujos de los libros, poco a poco también comenzó a sentarse con ellas, al borde del círculo, escuchando con los ojos muy abiertos. A veces respondía preguntas sorprendiendo a todos por su inteligencia. A veces se equivocaba y todos se reían con cariño y le explicaban de nuevo. A veces simplemente terminaba dibujando flores, soles o pájaros en los bordes de las hojas de los cuadernos. Pero, de cualquier forma, poco a poco se volvió parte esencial de esas tardes.

 

Y así, casi sin darse cuenta, la mansión volvió a llenarse de vida, de ruido y de calor humano.

 

Ya no era ese lugar silencioso, oscuro y triste donde Anna había despertado por primera vez, llena de dolor y soledad.

 

Ahora había voces que resonaban por los pasillos.

 

Risas que salían por las ventanas abiertas.

 

Pasos ligeros o pesados que recorrían la casa de punta a punta.

 

Discusiones absurdas entre Eliana y Anna que terminaban en risas compartidas.

 

Soldados entrenando y gritando órdenes en el patio trasero.

 

Sirvientas corriendo de un lado a otro con tareas que cumplir.

 

Flores creciendo y perfumando todo el aire.

 

Y muchas personas que cada mañana, se despertaban esperando con alegría el momento en que Anna bajara las escaleras, saludara a todos y empezara un nuevo día.

 

Por primera vez en mucho tiempo, por primera vez desde que era muy pequeña, Anna tenía algo que nunca pensó que tendría de nuevo, algo que creía haber perdido para siempre.

 

Tenía un hogar.

 

Y tenía a las personas que más amaba, a salvo, cerca y felices.

 

La mañana era tranquila.

 

El sol iluminaba los jardines de la mansión y hacía que las rosas parecieran todavía más vivas bajo la luz dorada, como si cada pétalo estuviera pintado con oro y carmesí. El aire olía a tierra mojada, a hierba recién cortada y a flores, ese perfume dulce y suave que ahora impregnaba cada rincón de la finca.

 

Anna estaba arrodillada sobre la tierra, con el vestido recogido un poco hacia arriba y las manos llenas de polvo oscuro, junto a Lira y Garlan. Acomodaba con cuidado algunas flores nuevas cerca de los senderos de piedra, plantas que ella misma había elegido y que ahora empezaban a echar raíces allí.

 

Lira llevaba un pequeño delantal que le quedaba grande, totalmente manchado de tierra, y tenía las manos tan negras como las de cualquier jardinero, mientras intentaba con mucha concentración plantar una flor torcida que apenas lograba mantenerse recta, inclinada peligrosamente hacia un lado.

 

—Lira, si la sigues enterrando así terminará creciendo hacia abajo, directo al subsuelo —dijo Anna con una pequeña sonrisa cansada pero tierna, acomodando con suavidad el tallo que la niña sujetaba.

 

—¡No crecerá hacia abajo! —protestó la niña inflando las mejillas y mirando a Anna con fingida indignación—. Solo está… descansando un poco antes de ponerse de pie. ¡Es una flor muy cansada!

 

Garlan soltó una pequeña risa grave mientras acomodaba con precisión unas semillas en un surco que había cavado.

 

—Creo que esa pobre flor ya perdió las ganas de vivir, pequeña. Con lo que la estás moviendo, más parece que la estás castigando que plantando.

 

Lira abrió la boca para defenderse con argumentos muy serios, pero antes de poder decir la primera palabra, el sonido claro y rítmico de unos cascos golpeando el camino de piedra llamó la atención de todos.

 

En la entrada principal de la mansión, al final del largo sendero de árboles, un jinete acababa de detenerse.

 

Garoum ya estaba allí, de pie frente a la puerta de hierro forjado, con una mano apoyada sobre la empuñadura de su espada por simple costumbre, siempre alerta. A pesar de la paz y la tranquilidad que ahora reinaba en la finca, él nunca bajaba del todo la guardia, ni por un segundo.

 

El hombre que había llegado desmontó rápidamente con movimientos ágiles y respetuosos.

 

Llevaba el uniforme impecable de mensajero imperial: tela azul oscura con bordados dorados en las mangas y el pecho, y una capa ligera que caía sobre sus hombros.

 

En cuanto vio a Garoum, inclinó la cabeza profundamente con un respeto absoluto, sin atreverse ni un paso más adelante hasta que se lo permitieran.

 

—Vengo desde la capital imperial —dijo con voz firme y clara, proyectando cada palabra—. Traigo un mensaje dirigido exclusivamente a Lady Anna D’Valrienne. Y tengo órdenes de entregarlo solo a ella.

 

Garoum lo observó unos segundos, evaluando, calculando, buscando cualquier señal de peligro. Al no encontrar nada más que honradez y urgencia en la mirada del emisario, asintió lentamente y señaló hacia el jardín con un movimiento de cabeza. Lo acompañó caminando a su lado, manteniendo siempre una distancia prudente, hasta llegar al lugar donde estaban todos.

 

Cuando Anna lo vio acercarse, se puso de pie lentamente, sacudiéndose un poco la tierra de las manos sobre la tela de su vestido, todavía con esa calma serena que ahora la caracterizaba.

 

El joven mensajero la vio y, por un instante, pareció quedarse inmóvil, casi sin aliento.

 

No era arrogancia lo que veía frente a él.

 

No era miedo, ni temor, ni esa distancia fría que imponían los nobles importantes.

 

Era algo mucho más simple y mucho más pesado.

 

Era respeto.

 

Un respeto profundo, sincero, el tipo de respeto que se le debe a alguien que ha dado mucho más que órdenes, alguien que ha dado parte de sí misma por los demás.

 

Se inclinó profundamente frente a ella, tanto que su cabeza quedó casi a la altura de sus rodillas, mucho más de lo que exigía cualquier protocolo.

 

—Lady Anna… es un honor inmenso conocerla.

 

Anna parpadeó un momento, sorprendida por la intensidad de aquella reacción, y dio un paso hacia él, incómoda ante tanta reverencia.

 

—No hace falta tanto, por favor —respondió ella, bajando un poco la voz—. Levántese. Soy solo una mujer que vive aquí.

 

El hombre levantó un poco la cabeza, y sus ojos estaban cargados de algo personal, algo que iba mucho más allá de su trabajo como mensajero.

 

—Mi hermana menor enfermó durante la pandemia —dijo con voz suave, pero llena de emoción—. Ella vive con mis padres, justo en el centro de la ciudad. Estuvo grave… muy grave… los médicos ya no sabían qué hacer… —tragó saliva un momento, luchando por mantener la compostura—. Sobrevivió gracias a usted. Y gracias a todos los que lucharon allí con usted. Yo no estaba allí, estaba lejos por mis deberes… pero todos en mi familia saben quién nos dio la oportunidad de seguir juntos.

 

Por un momento Anna no supo qué responder. Se quedó en silencio, sintiendo ese peso de gratitud que siempre le resultaba difícil de llevar, pero que ahora sentía con el corazón más ligero. Solo asintió muy despacio, con una sonrisa pequeña y triste.

 

El mensajero tomó aire, se enderezó y sacó de su pecho, de un bolsillo interno protegido contra el clima, un sobre grueso, de papel de gran calidad, color marfil.

 

El sello rojo oscuro con el emblema imperial —el águila dorada con las alas extendidas— brillaba bajo la luz del sol, impreso con cera firme y perfecta.

 

—Traigo una carta oficial enviada directamente desde el palacio imperial. De parte del Consejo Supremo y del Gran Maestre de la Academia.

 

Garoum, Garlan y la pequeña Lira miraron el sobre con los ojos muy abiertos, llenos de curiosidad y sorpresa. No era algo común ver el sello imperial en una finca tan apartada del mundo, ni mucho menos dirigido a una mujer que, hasta hace poco, había sido desterrada y considerada una vergüenza para su apellido.

 

Anna lo recibió lentamente entre sus manos. El papel era grueso, pesado, y tenía una textura que denotaba importancia.

 

Con mucho cuidado rompió el sello sin dañar el papel y desplegó la carta larga y doblada en tres partes.

 

Sus ojos comenzaron a recorrer las líneas escritas con tinta negra perfecta y letra elegante y firme.

 

Primero leyó en silencio, con calma.

 

Después leyó más despacio, deteniéndose en cada frase, comprendiendo lo que leían sus ojos.

 

Y finalmente, su mirada se quedó quieta, fija en un párrafo en particular, sin avanzar más.

 

Lira, que se había acercado en silencio y se había puesto de puntitas para tratar de ver algo, inclinó un poco la cabeza, inquieta ante ese silencio repentino.

 

—¿Qué pasó? ¿Qué dice? —preguntó con voz bajita.

 

Anna tardó unos segundos en responder. Bajó la carta lentamente hasta quedar a la altura de su pecho, y levantó la vista hacia ellos, con una expresión mezcla de sorpresa, incredulidad y algo más que parecía esperanza.

 

—Anularon mi expulsión —dijo simplemente.

 

El jardín quedó en un silencio absoluto.

 

Incluso Garoum, que nunca se inmutaba por nada, se quedó quieto, con la mirada fija en ella, procesando esas palabras.

 

Anna volvió a mirar la carta, pasando las páginas de su memoria hacia atrás, hacia tiempos que creía haber dejado atrás para siempre.

 

La Academia Imperial de Alta Magia.

 

La escuela de magia de élite, la más prestigiosa, dura y exigente de todo el territorio.

 

El lugar del que fue expulsada años atrás, cuando todavía era esa joven arrogante, cruel y llena de errores.

 

La expulsión fue pública, vergonzosa, definitiva. La echaron por ser un desastre, por su mal comportamiento, por usar mal su poder, por todo lo que hizo y todo lo que era antes.

 

Y ahora… ahora…

 

—La están llamando de vuelta —continuó ella, casi susurrando, sin terminar de creerlo—. Mi matrícula ha sido renovada. Mi beca restablecida al máximo nivel. Dicen… dicen que han seguido todo lo que pasó en la ciudad. Que vieron cómo usé mi magia, cómo la dirigí, cómo la puse al servicio de todos. Dicen que alguien con ese talento y esa capacidad de liderazgo no puede quedarse fuera.

 

Hizo una pausa, tragando el nudo que se le formaba en la garganta.

 

—Y que debo regresar ese mismo año. Para retomar mis estudios. Para terminar lo que empecé.

 

Lira fue la primera en reaccionar, dando un pequeño salto en el sitio, olvidándose completamente de las flores y la tierra.

 

—¡¿Vas a volver a la Academia?! ¡Donde se aprende la magia más increíble del mundo?!

 

Anna seguía mirando la carta, aturdida, perdida en pensamientos que iban y venían rápido.

 

Todavía incrédula.

 

Todavía confundida.

 

Porque después de todo lo que había pasado… después de la enfermedad, de la muerte, del dolor, de haber salvado una ciudad y haberse encontrado a sí misma…

 

La vida acababa de darle una oportunidad que nunca pensó que volvería a tener.

 

Una segunda oportunidad.

 

No solo para estudiar, no solo para ser una gran maga… sino para reescribir su historia una vez más.

 

Para demostrarle al mundo —y sobre todo a sí misma— que la niña que echaron de allí ya no existía, y que la mujer que ahora era, estaba lista para todo.

 

Levantó la vista y buscó instintivamente entre los árboles, hacia el camino donde sabía que Eliana estaba terminando de organizar unos libros bajo el porche. Y al verla allí, tranquila y hermosa, sonriendo apenas al verla mirarla, Anna supo que, pasara lo que pasara, fuera donde fuera, todo estaría bien.

 

—esa misma noche—

 

La noche había caído sobre la mansión con una tranquilidad extraña, una calma profunda que parecía envolver cada piedra, cada árbol y cada rincón de aquel lugar que tanto había cambiado.

 

Desde la ventana de su habitación, Anna podía ver los jardines iluminados por las lámparas de aceite colocadas en los postes del patio, que derramaban una luz dorada y suave sobre las rosas y los senderos de piedra. A lo lejos, algunas siluetas de guardias recorrían la finca en sus patrullas nocturnas, mientras otros aprovechaban el final del día para entrenar un poco más antes de ir a descansar, sus voces y el ruido de las armas llegando como un susurro hasta allí arriba.

 

Más cerca de la entrada principal estaba Garoum.

 

Incluso desde esa distancia podía reconocerse su silueta enorme e imponente, de pie como una estatua tallada en roca, vigilando la puerta de la mansión con la misma seriedad y entrega de siempre, como si nada ni nadie pudiera pasar sin que él lo supiera.

 

Anna tenía la carta imperial apoyada sobre sus piernas, el papel grueso y elegante ahora arrugado por haber sido leído y releído demasiadas veces.

 

La academia comenzaría en un mes.

 

Tenía tiempo para decidir.

 

Podía aceptar.

 

Podía rechazar.

 

Podía simplemente guardarla en un cajón y fingir que aquella carta nunca había llegado.

 

Pero aun así seguía mirando el sello imperial estampado en la cabecera, como si esperara que las palabras escritas cambiaran por sí solas y le dijeran qué camino tomar.

 

Entonces escuchó unos pasos suaves y lentos detrás de ella, pasos que conocía tan bien como los propios.

 

Lady Altheria entró en la habitación con dos tazas de té caliente entre las manos, el vapor subiendo en espirales delgadas hacia el techo. Como siempre, su presencia llenó la habitación de calma y serenidad antes siquiera de decir una palabra, como si trajera consigo el silencio y la paz que tanto necesitaba Anna.

 

Se acercó lentamente y dejó una de las tazas sobre la pequeña mesa de madera junto a la ventana, sin hacer ruido.

 

—Pensé que seguirías despierta —dijo con una pequeña sonrisa tranquila, mirándola con esa ternura que siempre le había tenido.

 

Anna soltó un suspiro cansado, apoyando la mejilla contra el marco de la ventana.

 

—¿Se nota mucho?

 

—Lo suficiente como para saber que llevas horas sentada aquí, pensando exactamente en lo mismo una y otra vez.

 

Lady Altheria tomó asiento frente a ella, en la silla que siempre usaba para leer, y cruzó las manos sobre su regazo.

 

Por un momento ambas se quedaron en silencio, escuchando únicamente el sonido lejano del viento moviendo las hojas de los árboles y los pasos rítmicos de los guardias afuera.

 

Anna tomó la taza caliente entre sus manos, dejando que el calor le recorriera los dedos y le diera un poco de confort.

 

—No sé qué hacer —confesó finalmente, con la voz baja y cargada de dudas.

 

Lady Altheria no respondió de inmediato. Esperó. Como siempre hacía. Porque sabía que Anna terminaría hablando sola si le daban el tiempo y la confianza suficiente.

 

—Si vuelvo… —murmuró Anna mientras miraba fijamente hacia la oscuridad del jardín— todo será un desastre. Lo sé.

 

Lady Altheria inclinó un poco la cabeza, observándola con atención.

 

—¿Por qué piensas eso?

 

Anna soltó una pequeña risa amarga, seca y sin alegría.

 

—Porque la academia todavía recuerda perfectamente quién fui. Y lo recuerdan demasiado bien.

 

Recordaban las peleas en los pasillos, provocadas por pura soberbia.

 

Recordaban las humillaciones públicas a alumnos que consideraba inferiores.

 

Recordaban los castigos excesivos que provocaba solo por aburrimiento.

 

Recordaban el miedo que le tenían casi todos los alumnos, que evitaban cruzarla en los corredores.

 

Recordaban a los profesores que la detestaban, que veían en ella todo lo que estaba mal en la nobleza: arrogancia, poder sin control, crueldad sin motivo.

 

Recordaban a esa joven noble que se creía superior a todos, que usaba su nombre y su poder para aplastar a cualquiera que se atreviera a contradecirla.

 

Anna bajó la mirada hacia el líquido oscuro de su té, perdiéndose en su reflejo.

 

—Y ahora regreso siendo alguien completamente diferente —continuó, con voz entrecortada—. Algunos no me van a creer. Pensarán que es una farsa, que es otra de mis manipulaciones. Otros pensarán que estoy fingiendo para conseguir algo. Otros seguramente preferirán que siga siendo la misma basura de antes… porque así es más fácil para ellos odiarme.

 

Lady Altheria la observó en silencio unos segundos, sopesando cada palabra, antes de hablar con total franqueza.

 

—Y probablemente tengas razón en todo eso.

 

Anna levantó un poco la vista, sorprendida por lo directa y cruda que fue su respuesta. Esperaba consuelo, esperaba que le dijera que se equivocaba… pero Lady Altheria nunca le mentía.

 

Lady Altheria sonrió apenas, con dulzura y tristeza a la vez.

 

—Habrá quienes te odien, sí. Habrá quienes desconfíen de ti hasta que se cansen. Habrá quienes prefieran quedarse con la imagen antigua de la Anna que conocieron, porque es la que tienen grabada en su memoria.

 

Se inclinó un poco hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas.

 

—Pero también habrá quienes vean a la Anna de ahora. Quienes te han visto aquí, en la mansión. Quienes te vieron en la ciudad. Quienes saben lo que hiciste, lo que diste y lo que dejaste de ser para convertirte en esto.

 

Anna guardó silencio, porque sabía que tenía razón, pero eso no hacía que el miedo fuera menor.

 

—No puedes controlar lo que piensen los demás —continuó Lady Altheria con calma absoluta—. Nunca podrás hacerlo. Si intentas vivir dependiendo de la imagen que otros tienen de ti, jamás avanzarás, jamás serás libre. Siempre estarás tratando de complacer a quien te odia o de convencer a quien duda, y eso te consumirá por dentro.

 

Anna bajó un poco la mirada, jugando con el borde de la carta que tenía sobre las piernas.

 

Entonces Lady Altheria cambió ligeramente de postura, y su mirada se volvió más profunda, más personal.

 

—Hay algo más, ¿verdad? Algo que te pesa mucho más que lo que digan en la academia.

 

Anna no respondió, pero su silencio fue una confirmación total.

 

—Lo he notado desde hace mucho tiempo —dijo la mujer con suavidad—. Desde que comenzaron todos estos cambios en ti, desde que dejaste de ser quien eras y empezaste a ser esta mujer que ahora conocemos… no has vuelto a usar tu magia. Ni una sola vez. Ni siquiera para cosas sencillas. Ni siquiera cuando te hubiera facilitado el trabajo o el dolor.

 

Anna apretó los dedos contra la tela de su vestido, sintiendo cómo se le formaba un nudo pesado en el estómago.

 

—No es que la haya perdido —susurró después de unos segundos, con voz apenas audible—. Todavía está ahí. La siento. Está dentro de mí, esperando, viva y fuerte como siempre. A veces incluso la siento latir, como si quisiera salir, como si quisiera ser usada…

 

Hizo una pausa, tragando con dificultad antes de confesar lo que nunca le había dicho a nadie.

 

—Pero… no la quiero usar. No puedo. Porque antes… esa magia solo sirvió para hacer daño. Solo sirvió para menospreciar a otros, para demostrar que yo era mejor, más fuerte, más poderosa que todos los que me rodeaban. La usé para humillar, para imponer mi voluntad, para torturar a quienes estaban en mi contra o simplemente a quienes me molestaban por un segundo.

 

Sus ojos se llenaron de lágrimas que no caían, solo brillaban con el reflejo de las lámparas.

 

—Siento que esa magia está contaminada, Lady Altheria. Siento que cada vez que la usé para el mal, dejé una mancha en ella. Que está llena de todo lo malo que yo fui, de todo lo que hice, de todo el dolor que causé. Y tengo miedo… tengo mucho miedo de que si la vuelvo a usar, aunque sea para algo bueno… vuelva a salir esa parte de mí. Que la magia me arrastre de vuelta a lo que era antes.

 

Lady Altheria se quedó en silencio, escuchando cada palabra con el corazón compungido. Se levantó de su silla, se acercó a ella y le puso una mano cálida y suave sobre su hombro.

 

—Crees que la magia tiene la culpa —dijo con voz suave y firme—. Pero la magia nunca es buena ni mala por sí misma, Anna. Nunca. Es solo una herramienta. Como una espada: puede servir para defender a los inocentes o para matarlos, pero la culpa no es del acero, es de quien la lleva en la mano.

 

Se inclinó para mirarla a los ojos.

 

—Tu magia no está contaminada. Lo que estaba contaminado era tu propósito al usarla. Lo que estaba sucio era tu corazón, tu orgullo y tu falta de empatía. Pero tú ya cambiaste eso. Tú ya limpiaste tu corazón, pediste perdón, te arrepentiste y has hecho más bien en estos últimos meses que lo que hiciste en toda tu vida anterior junta.

 

Apretó suavemente su hombro.

 

Anna desvió la vista hacia la ventana, hacia la oscuridad afuera. Vio que Garoum seguía allí, inmóvil, fiel. Vio a los guardias que seguían entrenando, que seguían protegiendo. Vio que la mansión seguía viva, llena de gente que la quería, que la respetaba, que la conocía tal como era ahora.

 

Y por primera vez desde que recibió aquella carta, comenzó a pensar que tal vez volver a la academia no era algo que debía hacer por el imperio.

 

Ni por la academia.

 

Ni por los demás.

 

Tal vez debía hacerlo por ella misma.

 

Para aprender a usar esa magia con un propósito nuevo, limpio y bueno.

 

Para demostrarse a sí misma que había cambiado de verdad.

 

Para cerrar el ciclo de esa niña cruel que ya no existía.

 

Levantó la vista hacia Lady Altheria, y en sus ojos ya no había miedo, sino una pequeña chispa de determinación.

 

—Si voy… —dijo Anna con voz más firme— aprenderé a usarla bien. Aprenderé a convertirla en algo que valga la pena.

 

Lady Altheria sonrió, y esa sonrisa fue toda la respuesta que necesitaba.

 

—Entonces ya tienes tu respuesta, querida.

 

La mañana llegó lentamente, suave y dorada, tal como lo hacía ahora en la mansión.

 

Los primeros rayos del sol se colaban entre las cortinas de tela ligera, iluminando poco a poco el rostro de Anna mientras todavía permanecía acostada, con la mirada fija en las sombras que se alargaban y se movían por el techo.

 

Por unos segundos no se movió. Solo escuchó: el canto lejano de los pájaros en los árboles, el viento suave moviendo las hojas, el silencio tranquilo de la casa antes de despertar del todo.

 

Y entonces sintió el problema.

 

Sus hombros le dolían con ese dolor sordo y pesado de haber estado en la misma posición toda la noche.

 

Sus brazos estaban completamente dormidos, entumecidos, como si ya no fueran parte de su cuerpo.

 

Y no necesitó ni siquiera girar la cabeza para saber exactamente por qué.

 

A su derecha, la pequeña Lira dormía profundamente abrazada a uno de sus brazos, con la cara hundida contra su hombro como si fuera la almohada más cómoda y segura del mundo. Tenía una mano cerrada sobre la tela del camisón de Anna, aferrada con fuerza incluso en sueños.

 

A su izquierda, Eliana tampoco se había quedado atrás.

 

Dormía de lado, muy cerca, usando el otro brazo de Anna como almohada, con la cabeza recostada sobre él y el cabello oscuro esparcido sobre la sábana, como si ese lugar le perteneciera desde siempre.

 

Anna cerró los ojos unos segundos, respirando despacio.

 

Ya se había vuelto una costumbre inevitable desde que regresó a la mansión.

 

Lira siempre encontraba alguna excusa para meterse en su habitación por las noches: que tenía miedo de los truenos, que escuchó un ruido, que se le había perdido algún juguete… y terminaba quedándose.

 

Y Eliana, por supuesto, aprovechaba eso para hacer exactamente lo mismo, diciendo que "si la niña viene, alguien tiene que vigilar que no te roben o te hagas daño durmiendo", solo para molestarla y estar cerca de ella.

 

Al final, Anna terminaba atrapada en medio de ambas casi todas las noches, convertida en el cojín humano de las dos personas que más quería.

 

Y sinceramente, ya no sabía cómo solucionar aquello… aunque, si era honesta consigo misma, tampoco tenía muchas ganas de intentarlo.

 

Intentó mover un poco uno de sus brazos, solo para comprobar si todavía tenía sensibilidad.

 

El dolor fue inmediato y agudo, haciéndola fruncir el ceño.

 

—Creo que ya no siento las manos… —murmuró con voz cansada, apenas un susurro contra la almohada.

 

Eso fue suficiente para que Lira se removiera un poco, apretando el brazo de Anna como protesta por haber sido despertada.

 

La pequeña abrió los ojos lentamente, pesados, brillantes y todavía llenos de sueño.

 

—¿Ya es de día…? —preguntó con voz arrastrada, sin despegarse de ella.

 

Anna alcanzó a asentir un poco, moviendo apenas la cabeza.

 

Del otro lado, Eliana también comenzó a despertar. Se estiró despacio, como un gato, parpadeó varias veces para acostumbrarse a la luz y finalmente levantó la vista hacia el rostro de Anna.

 

Normalmente, lo primero que hacía en cuanto abría los ojos era burlarse de ella: decirle que parecía un desastre al despertar, que roncaba, o que parecía muy seria para ser tan temprano.

 

Pero esta vez no lo hizo.

 

Porque apenas vio su rostro, su expresión cambió un poco, se volvió más atenta, más suave.

 

Lira también la miró mejor, entrecerrando los ojitos, y ambas parecieron notar exactamente lo mismo al mismo tiempo.

 

Anna seguía pensativa.

 

Demasiado pensativa.

 

Tenía esa mirada lejana, seria, perdida en sus propios pensamientos, la misma que había tenido la noche entera.

 

Allí mismo, sobre la pequeña mesa de madera al lado de la cama, todavía descansaba la carta imperial, el papel grueso y elegante con el sello rojo oscuro brillando bajo los rayos del sol que ya entraban con fuerza.

 

Eliana fue la primera en hablar, su voz bajita y tranquila rompiendo el silencio.

 

—Sigues pensando en eso, ¿verdad?

 

Anna desvió la mirada hacia el techo otra vez, evitando encontrarse con sus ojos.

 

No respondió de inmediato.

 

No hacía falta.

 

Las dos ya sabían la respuesta.

 

Lira se incorporó un poco sobre la cama, apoyada en un codo, aunque seguía sin soltar el brazo de Anna, como si temiera que si lo soltaba ella desapareciera.

 

—¿Tienes miedo? —preguntó la niña con voz seria, muy seria para su edad.

 

Anna soltó una pequeña risa cansada, sin alegría, y asintió muy despacio.

 

—Un poco. Bastante, para ser sincera.

 

Eliana se acomodó mejor, recostándose de lado y apoyando la cabeza sobre una mano, mirándola fijo, con esa calma que siempre la caracterizaba.

 

—Es normal —dijo simplemente, como si fuera lo más obvio del mundo—. Es un lugar que te trae malos recuerdos. Y vas a enfrentarte a gente que te conoce tal como eras antes. Cualquiera tendría miedo.

 

Anna giró un poco la cabeza hacia ellas, encontrándose con dos pares de ojos que la miraban con una mezcla de cariño, comprensión y algo más: una determinación absoluta.

 

Las dos la estaban mirando de una manera distinta.

 

Más seria.

 

Más preocupada.

 

Y eso hizo que Anna sintiera un pequeño nudo en el pecho, un apretón suave pero doloroso.

 

Porque sabía lo que ambas estaban pensando demasiado.

 

Como si creyeran que ella iba a irse sola.

 

Como si creyeran que estaba dudando porque no quería separarse de ellas.

 

Como si pensaran que, si ella aceptaba, las dejaría atrás.

 

Anna guardó silencio unos segundos, tragando ese nudo, antes de hablar con voz suave y clara.

 

—Si voy a la academia… —empezó, mirando primero a una y luego a la otra— ¿qué harían ustedes?

 

Hubo un silencio de apenas un segundo.

 

Ni siquiera eso.

 

—Ir contigo —respondió Eliana de inmediato, sin dudar, sin pestañear, como si la pregunta hubiese sido la cosa más ridícula que había escuchado en su vida.

 

—¡Yo también! —dijo Lira casi al mismo tiempo, levantando una mano al aire como si estuviera jurando una ley—. ¡Voy a ir contigo, sí o sí!

 

Anna parpadeó un poco, sorprendida por la seguridad absoluta de ambas.

 

Eliana cruzó los brazos sobre el pecho, con una expresión desafiante y seria, esa mirada que ponía cuando estaba dispuesta a pelear contra el mundo entero si hacía falta.

 

—No pienso dejarte sola en un lugar lleno de nobles arrogantes, idiotas pretenciosos y gente que seguramente va a intentar molestarte o juzgarte por lo que fuiste antes —dijo con firmeza—. Ya sabes que soy la única que tiene permiso para molestarte. Y no pienso perderme la cara que van a poner todos cuando vean quién eres ahora de verdad.

 

Lira asintió rápidamente, muy de acuerdo con esas palabras, y apretó más fuerte el brazo de Anna contra sí misma.

 

—Además, alguien tiene que cuidarte —añadió la niña con total seriedad—. Porque seguro allí también te metes en problemas, o te olvidas de comer, o te pones triste… y yo voy a estar ahí para darte flores y galletas cuando pase.

 

Anna las miró en silencio unos segundos, recorriendo con la mirada cada rasgo de sus rostros, cada rastro de amor y lealtad que veía en ellas.

 

Y por primera vez desde que llegó la carta imperial… sonrió de verdad.

 

Una sonrisa pequeña.

 

Cansada.

 

Tímida.

 

Pero sincera y brillante, una sonrisa que le llegó hasta los ojos y los hizo brillar con luz propia.

 

Porque por más miedo que le diera volver a ese lugar…Por más recuerdos dolorosos que trajera…Por más gente que quisiera juzgarla o odiarla…

 

Ya no tendría que hacerlo sola.

 

—Entonces —susurró Anna, sintiendo cómo todo el peso que llevaba en el pecho se hacía pequeño, se hacía nada—…entonces creo que ya no hay nada que pensar.

 

Eliana sonrió también, una sonrisa de victoria y de paz, y se inclinó para dejar un beso suave en su mejilla.

 

—Así me gusta. Donde tú vayas… vamos todas.

 

Y en esa habitación iluminada por el sol, con el calor de ambas a su lado, Anna supo que, pasara lo que pasara en la academia, todo estaría bien. Porque lo más importante, lo que realmente importaba, ya lo tenía con ella.

Thoughts

  • poetadelmetro

    Lira defendiendo que su flor torcida solo está cansada y ya se levantará me ha alegrado el día. Esa niña se ha ganado la casa entera.

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  • Fefo

    Garoum traidor jajaja 😂

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