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Capítulo 33: Después de la tormenta, la calma… ¿o no? Pregunta Sin responder

DNavarrete
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La puerta del Comité de Disciplina se cerró finalmente.

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La foto para la mamá.

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Contenido de la publicación

La puerta del Comité de Disciplina se cerró finalmente.

 

El sonido metálico de la cerradura al encajarse fue lo único que rompió el silencio absoluto que reinaba en la sala, sellando el espacio y dejando atrás, al otro lado de la madera, todo el caos, las risas y la energía del grupo de Yuuto.

 

Poco a poco, el ruido de las voces fue alejándose por el pasillo, convirtiéndose en ecos lejanos que se desvanecían entre los muros fríos del edificio.

 

—¡¡Te dije que no te apoyaras en la puerta!! —se escuchó la voz de Kaito, mezcla de indignación y diversión, perdiéndose en la distancia.

 

—¡¡Tú también estabas escuchando, no te hagas el santo!! —le respondió Shiori.

 

—¡Y ustedes por qué tenían que estar justo ahí parados! —se quejó Airi.

 

—¡¡Yo cumplía una función importante, era el soporte estructural del grupo!! —bramó Goro, con ese tono grave que se oía hasta en el otro extremo del colegio.

 

—¡¡Nadie te pidió ser una pared humana, grandullón!! —le gritó alguien más, antes de que todo quedara definitivamente en silencio.

 

Un silencio denso, pesado y ordenado, tal como les gustaba a quienes habitaban esa sala.

 

Por unos segundos que parecieron eternos, ni Takamura ni Mizuki se movieron ni pronunciaron una sola palabra. Ambos mantuvieron la mirada fija en la puerta de madera oscura que acababa de cerrarse, la misma puerta contra la que hacía apenas unos minutos se había derrumbado una pila humana entera, motivada por una sola cosa: el miedo y el cariño hacia un chico callado y tímido.

 

Mizuki Saegusa fue la primera en romper la quietud. Se quitó los lentes de marco rectangular y comenzó a limpiar los cristales con el borde de su blusa, con movimientos lentos, precisos y meditados, tal como hacía con todo en su vida.

 

—Bueno... —empezó ella, con voz serena pero cargada de significado.

 

Takamura levantó apenas la vista desde su sitio, sus ojos grises tan inescrutables como siempre.

 

—¿Qué opinas? —le preguntó, más como una confirmación que como una duda real.

 

La vicepresidenta no tardó ni un segundo en responder. Levantó la vista y clavó sus ojos violetas en él, directa, sin rodeos, sin suavizar ni una sola sílaba.

 

—Opino que es imposible que ese chico haya hecho ni una milésima parte de las cosas horribles que dicen de él.

 

Ryouji Takamura permaneció en silencio, esperando que continuara. Sabía que Mizuki no hablaba por impulsos ni por lástima.

 

—Y no lo digo porque me dé pena, ni porque me caiga bien, ni por compasión —aclaró ella, volviendo a guardar el paño y dejando los lentes sobre la mesa con un golpe seco y suave—. Lo digo porque analicé cada uno de sus movimientos, cada parpadeo, cada temblor y cada palabra escrita durante toda la reunión. No perdí detalle.

 

Se recostó ligeramente en el respaldo de su silla y comenzó a enumerar, levantando un dedo por cada observación, como si estuviera leyendo un informe técnico y perfecto.

 

—Vi miedo. Una ansiedad que casi se podía tocar con las manos. Inseguridad en cada paso que daba. Una hipervigilancia constante, como si esperara que en cualquier momento alguien fuera a gritarle o a atacarlo. —Hizo una pausa, bajó la mano y su expresión se tornó más firme—. Pero agresividad... violencia... malicia... ni una sola vez. Ni un atisbo. Ni en sus ojos, ni en su postura, ni en lo que escribió.

 

Miró hacia la carpeta cerrada que estaba sobre la mesa, justo en el centro, como si fuera el centro de todo el problema.

 

—Las acusaciones son demasiado grandes, demasiado oscuras y demasiado peligrosas para el chico que acabamos de tener frente a nosotros. Esas historias no encajan ni por asomo con la persona real.

 

Se hizo un silencio largo y pesado.

 

Takamura deslizó sus manos enguantadas sobre la mesa hasta cerrar definitivamente la carpeta principal. El nombre escrito en la portada destacaba con tinta negra impecable: Yuuto Kanzaki.

 

—Estoy de acuerdo contigo —dijo él con calma, pero con una seguridad absoluta.

 

Mizuki arqueó una ceja, sorprendida por la inmediatez de su respuesta.

 

—Eso ha sonado demasiado fácil y rápido. Casi como si ya lo tuvieras decidido antes de que entrara aquí.

 

—Porque llevo meses pensando exactamente lo mismo, Mizuki —reveló Takamura, con un tono que dejaba ver que esa conclusión le había costado tiempo y desgaste—. Al principio, cuando empezaron a llegar los primeros reportes, pensé que simplemente era otro caso más de rumores estúpidos típicos de las escuelas. Cosas de chicos, habladurías sin sentido. Lo archivé porque no encontré nada.

 

Su mirada se endureció levemente al recordar el proceso.

 

—Pero luego comenzaron a llegar más informes. Más acusaciones. Más rumores cada vez más graves, más elaborados, más detallados... —Su voz bajó de tono, volviéndose más fría—. Y mientras más investigaba, más profundizaba en su expediente, más hablaba con profesores y alumnos... menos encontraba.

 

Mizuki asintió lentamente. Ella había revisado todo eso con él. Sabía que tenía razón.

 

Era extraño. Terriblemente extraño.

 

Por regla general, cuando un estudiante acumulaba tantas quejas, tantos comentarios negativos y tanta fama de "peligroso", siempre aparecía algo. Una pelea, una discusión, una infracción pequeña, una mala nota, cualquier cosa que pudiera justificar mínimamente lo que se decía.

 

Pero en el caso de Yuuto...

 

—Nada —murmuró Mizuki, completando su pensamiento—. Absolutamente nada. Es como intentar atrapar una sombra con las manos. Cuanto más intentas agarrarla, más se escapa. Todo es aire. Todo es palabras.

 

—Y eso fue lo que me hizo sospechar desde el principio —admitió Takamura.

 

Se levantó lentamente de su asiento, el sonido de la silla deslizándose rompió la quietud. Caminó con pasos pausados y silenciosos hacia la gran ventana que daba al patio principal. Desde allí, con la altura suficiente, podía observar gran parte del campus escolar.

 

Vio cientos de figuras pequeñas moviéndose entre los edificios. Hablando, riéndose, corriendo, viviendo sus vidas escolares como si nada más existiera.

 

—Toda sociedad, por pequeña que sea, necesita una oveja negra —dijo Takamura, con la mirada perdida en la distancia, observando el movimiento de los estudiantes—. Es una regla no escrita, pero siempre se cumple.

 

Mizuki permaneció en silencio. Sabía exactamente hacia dónde iba aquella conversación, y no le gustaba nada a dónde llevaba.

 

—Alguien a quien señalar con el dedo. Alguien a quien culpar cuando algo sale mal o cuando la tensión aumenta. Alguien que sirva de ejemplo negativo, para que el resto sepa qué camino no tomar.

 

Sus manos se cruzaron detrás de su espalda, rígidas y serias.

 

—«No seas como él» —recitó con voz neutra, pero cargada de una crítica profunda—. «Mira lo que ocurre cuando no te esfuerzas lo suficiente». «Mira lo que pasa cuando eres diferente, cuando eres raro». «Mira lo que sucede cuando no encajas en el molde que te han hecho».

 

Mizuki bajó lentamente la mirada hacia sus manos, apoyadas sobre la mesa.

 

Esas clases de cosas ocurrían constantemente. No solo en las escuelas. En las familias, en las empresas, en cualquier grupo humano. Siempre había alguien que ocupaba ese puesto no deseado.

 

—Carne de cañón social —murmuró ella con desdén, odiando la realidad de esas palabras.

 

—Exactamente —asintió Takamura, girándose apenas para mirarla por encima del hombro—. Y tengo la desagradable sensación, Mizuki, la certeza casi absoluta, de que Yuuto Kanzaki ha sido elegido para ocupar ese lugar. Se ha convertido en el chivo expiatorio de esta institución.

 

La vicepresidenta soltó un largo suspiro, cargado de frustración.

 

—Yo también lo creo, Ryouji. Pero... ¿quién está detrás de todo esto? ¿Quién se beneficia de que un chico inofensivo sea visto como una amenaza?

 

Takamura volvió a caminar hacia la mesa, sus pasos resonando suavemente en el suelo de madera.

 

—El problema no es solo quién lo inició. El problema real es que alguien con autoridad permitió que ocurriera. Alguien con poder miró hacia otro lado o, peor aún, facilitó que sucediera.

 

Mizuki lo observó fijamente, comprendiendo de golpe la implicación de sus palabras.

 

—¿Crees que... el director lo sabe?

 

—Creo que es peor —respondió Takamura, y por primera vez sus ojos grises se volvieron fríos como el hielo, cortantes y duros—. Creo que lo entiende perfectamente. Creo que lo sabe, lo apoya y lo fomenta.

 

La sala quedó completamente inmóvil, como si el aire mismo se hubiera detenido ante aquella afirmación.

 

—El director está obsesionado con los resultados —explicó él, sentándose nuevamente y señalando hacia la carpeta—. Las estadísticas de disciplina, el rango académico, la competitividad, la imagen del centro ante las familias. Para él, la escuela no es un lugar de aprendizaje, es una máquina de perfeccionamiento. Y en esa máquina, todo tiene una utilidad.

 

—Un alumno problemático es una advertencia muy útil —dijo Mizuki, comprendiendo la lógica enfermiza detrás de todo.

 

—Exacto. Un ejemplo negativo educa igual o mejor que uno positivo. Un símbolo de lo que no debes ser puede ser más efectivo que cien discursos sobre reglas y normas. —Cada frase que salía de la boca de Takamura sonaba más dura y dolorosa que la anterior—. Y Yuuto... Yuuto encaja perfectamente en ese papel. Es solitario, es callado, es diferente, no se defiende... es el candidato ideal para ser el monstruo del cuento.

 

Mizuki frunció el ceño con fuerza, sintiendo ira ante la injusticia.

 

—Estás diciendo que está siendo sacrificado... simplemente para motivar a los demás, para mantener el orden y la conformidad.

 

—Estoy diciendo que, lamentablemente, su situación le resulta muy conveniente a mucha gente con poder —corrigió Takamura con gravedad—. Y eso es lo más peligroso de todo.

 

Hubo un silencio largo, pesado, donde ambos procesaron la magnitud de lo que eso significaba. Estaban hablando de pelear contra la máxima autoridad del colegio, y no tenían armas.

 

—Y el problema real —dijo Mizuki finalmente, rompiendo la quietud—, es que no tenemos pruebas de nada. Todo lo que acabamos de deducir son suposiciones, lógica, observaciones... pero nada que podamos presentar como evidencia.

 

—No.

 

—Solo sospechas y malos presentimientos.

 

—Sí.

 

Takamura pasó una mano enguantada por encima de la carpeta, acariciando el nombre de Yuuto impreso en la portada.

 

—Y las sospechas, por más ciertas que sean, no sirven para proteger a nadie contra el sistema. Si el director decide actuar contra él, nuestras palabras valdrán muy poco.

 

Mizuki observó el expediente con tristeza. Su mirada se perdió en el recuerdo de la entrevista, y de pronto, una imagen volvió a su mente con una claridad asombrosa: la cara de Yuuto escribiendo esas palabras con tanta fuerza y tanta emoción.

 

«Ahora... ahora hay gente a mi lado.»

 

Por alguna razón, esa frase seguía resonando en su cabeza, dándole vueltas una y otra vez.

 

—Al menos... —empezó ella, con la voz un poco más suave, con un matiz de esperanza que no esperaba encontrar—. Al menos ya no está solo.

 

Takamura permaneció callado unos segundos. Sus ojos grises se suavizaron imperceptiblemente, y por primera vez desde que comenzó aquella conversación tan oscura, una pequeña sensación de alivio y determinación apareció en su interior.

 

—No —coincidió él, cerrando la carpeta definitivamente, sellándola con un gesto firme—. Ya no está solo.

 

Y quizás...

 

Pensó mientras observaba nuevamente el nombre de Yuuto Kanzaki sobre el expediente, y recordaba el escándalo alegre y ruidoso de sus amigos tirados en el suelo de la entrada.

 

Quizás eso era, precisamente, lo que más les molestaba a quienes habían construido todo ese muro de mentiras a su alrededor.

 

Porque un chico solo, callado y asustado... era fácil de ignorar. Era fácil de señalar. Era fácil de destruir sin que nadie dijera nada.

 

Pero un chico que empezaba a ser escuchado, que empezaba a tener voz, que tenía gente dispuesta a caerse encima de las puertas solo por preocuparse por él...

 

Ese chico podía convertirse, sin querer, en el problema más grande para mucha gente.

 

Sala del consejo estudiantil

 

El aire en la Sala del Consejo Estudiantil era totalmente distinto al que se respiraba en el Comité de Disciplina. Aquí no había frialdad ni orden extremo; el ambiente era más cálido, con estanterías llenas de libros, pizarras con anotaciones y ventanales amplios por donde entraba la luz del sol, iluminando cada rincón con tonos dorados.

 

Yuuto se dejó caer suavemente sobre uno de los sillones tapizados que había en la zona de descanso, sintiendo cómo todo su cuerpo se relajaba de golpe, como si acabara de terminar de cargar un peso que había llevado sobre sus hombros durante horas.

 

Se pasó una mano por el cabello, ahora suelto, cayendo libremente sobre sus hombros y su espalda, sin la capucha que solía usar para ocultarse, sin nada que lo cubriera o escondiera. Su rostro estaba totalmente al descubierto, sin el cubrebocas que siempre llevaba puesto como una barrera protectora. Sus rasgos delicados, sus ojos claros y esa expresión suave, que solo mostraba cuando estaba completamente seguro, quedaban ahora a la vista de las dos únicas personas con las que se sentía capaz de hacerlo: Ayaka y Reika.

 

Reika se acercó caminando con paso tranquilo, extendiendo la mano hacia él. Entre sus dedos sostenía una lata fría de refresco, con la superficie todavía cubierta de pequeñas gotas de condensación que la hacían brillar bajo la luz.

 

—Toma. Bebe un poco, te ayudará a bajar la tensión —le dijo con suavidad, dejándola en sus manos para que él sintiera el frío del metal contra su piel.

 

Yuuto la tomó entre sus dedos, sintiendo ese frescor agradable que le ayudó a despejar un poco la mente. La abrió con un pequeño sonido y dio un trago lento, dejando que el sabor dulce y ligero le recorriera la garganta. Sus hombros, que habían permanecido tensos y rígidos durante toda la reunión, bajaron lentamente, perdiendo la rigidez.

 

—Gracias... —murmuró él, con la voz todavía un poco débil por los nervios acumulados. Levantó la vista hacia ellas, sus ojos claros llenos de gratitud—. Gracias a las dos... por haber venido. Sé que se preocuparon, y... la verdad es que yo estaba aterrado ahí adentro. Cada vez que Takamura me miraba, sentía que el corazón se me iba a salir del pecho. Sé que tiene fama de ser justo, pero... con esa cara tan seria y esa forma de hablar tan fría... no pude evitar pensar en cualquier cosa mala que pudiera pasar.

 

Ayaka, que estaba sentada a su lado, le dio unas palmaditas suaves y cariñosas en la espalda, sonriéndole con esa calma que siempre la caracterizaba.

 

—Tranquilo, Yuuto. Es completamente normal que te hayas puesto así —le dijo con voz serena y dulce—. A cualquiera le daría miedo estar frente a él. Parece que siempre está enfadado, que está a punto de regañarte por algo, que todo lo que haces está mal... Es su forma de ser, es su apariencia, pero eso no define lo que es realmente.

 

—Ayaka tiene razón —intervino Reika, sentándose al otro lado y cruzando las piernas con elegancia, apoyando el codo en el respaldo del sillón—. Takamura da miedo, eso es innegable. Incluso a nosotros, que lo hemos tratado más veces, a veces nos pone los pelos de punta solo con mirarnos. Pero tienes que creer en algo: esa seriedad, esa frialdad y esa rigidez... son precisamente las razones por las que es tan confiable.

 

Se inclinó un poco hacia adelante, mirándolo a los ojos para que entendiera bien sus palabras.

 

—No se deja llevar por rumores, ni por preferencias, ni por presiones de nadie. Siempre ha actuado bajo una sola ley: la verdad y las reglas claras. Si te llamó, fue porque tenía que hacerlo por protocolo, porque había denuncias encima de tu mesa. Pero si te dijo que no tienes problemas, entonces no los tienes. Él no miente, ni oculta cosas, ni actúa injustamente. Nunca lo ha hecho.

 

Yuuto asintió lentamente, dejando que aquellas palabras calaran en él, reemplazando poco a poco la ansiedad que todavía le quedaba en el pecho. Sabía que tenían razón, confiaba en ellas más que en nadie, pero el miedo a ser juzgado siempre había sido su mayor debilidad.

 

—Lo sé... —respondió él, bajando un poco la mirada hacia la lata que giraba entre sus manos—. Noté que no tenía malas intenciones. Había algo en su forma de mirar, en cómo me hacía las preguntas... no buscaba atraparme, buscaba entender. Pero aun así... cuando uno está acostumbrado a que todo el mundo piense lo peor de ti, es difícil creer que alguien con tanto poder esté de tu lado.

 

—Pues ahora ya sabes que lo está —aseguró Ayaka con firmeza, sonriendo con calidez—. Takamura y la vicepresidenta Saegusa han visto la verdad. Saben quién eres, saben que todo lo que dicen son mentiras, y ahora están al tanto de lo que está pasando. Eso es una gran ventaja, Yuuto.

 

Yuuto sintió cómo la tranquilidad comenzaba a instalarse definitivamente en su interior. Por primera vez en mucho tiempo, sentía que había autoridades en ese lugar que no solo no querían hacerle daño, sino que entendían su situación.

 

Sin embargo, esa sensación de alivio duró poco. La expresión de Reika cambió sutilmente, se volvió más seria, más atenta, como si estuviera pensando en algo que le pesaba mucho. Ayaka también frunció levemente el ceño, mirando por la ventana con preocupación.

 

Yuuto notó el cambio de inmediato. Conocía demasiado bien esas miradas.

 

—¿Qué pasa? —preguntó él, enderezándose en el asiento, volviendo a sentir un pequeño nudo en el estómago—. Hay algo más, ¿verdad? Ustedes... saben algo que yo no.

 

Reika suspiró suavemente y se pasó una mano por el cabello, acomodándolo con un gesto nervioso y elegante a la vez.

 

—Es cierto que Takamura ha dejado claro que no tienes nada de qué preocuparte respecto al Comité —empezó ella, bajando la voz, como si el mismo aire pudiera escucharla—. Y es una gran victoria. Pero... el problema principal no es el Comité de Disciplina. Y tampoco son los estudiantes que hablan por hablar.

 

Hizo una pausa, mirando a Ayaka, quien asintió gravemente, tomando la palabra para explicar lo que ambas temían.

 

—El verdadero problema, Yuuto... es el director.

 

El nombre flotó en el aire, pesado y oscuro.

 

—Takamura es justo, sí. Pero él trabaja dentro de una estructura —explicó Ayaka con suavidad, pero con total claridad—. Y esa estructura tiene un jefe máximo: el director. Y lamentablemente... él no piensa igual que el presidente del Comité. De hecho, todo indica que es él quien está moviendo los hilos detrás de todo esto.

 

Yuuto abrió los ojos con sorpresa, apretando la lata de refresco entre sus manos.

 

—¿El director...? ¿Por qué? ¿Qué le he hecho yo a él? Ni siquiera he hablado con él en toda mi vida aquí.

 

—No se trata de algo que le hayas hecho tú personalmente —aclaró Reika, con dureza en su voz, reflejando el rechazo que le causaba esa situación—. Se trata de lo que representas para él. Y de lo que le sirve o no le sirve a su imagen de la escuela. El Director está obsesionado con el orden perfecto, con la disciplina estricta, con que todo el mundo encaje en el mismo molde. Y tú... eres diferente. Siempre lo has sido. Y lo que es peor: ahora estás cambiando.

 

Se inclinó hacia él, hablando con total franqueza.

 

—Él fue quien presionó para que te llamaran al Comité. Él es quien ha alimentado las denuncias, quien ha dado peso a los rumores, quien ha hecho que tu expediente sea más grande y "peligroso" de lo que realmente es. Takamura tuvo que investigarte porque él se lo exigió, aunque el presidente ya sabía que no había nada malo en ti.

 

—Y ahora que sabe que el Comité no va a actuar en tu contra... —continuó Ayaka, con una sombra de preocupación cruzando su rostro—, nos tememos que no se va a quedar quieto. Él sigue moviéndose. Sigue buscando la forma de justificar lo que dice de ti, de buscar cualquier error, cualquier pequeña cosa que pueda usar en tu contra.

 

Yuuto se quedó en silencio, procesando todo aquello. Sentía que el alivio que había sentido hacía apenas unos minutos se desvanecía, reemplazado por una nueva realidad, más compleja y más peligrosa.

 

—Así que... aunque Takamura esté de mi lado... el verdadero enemigo sigue ahí afuera, buscando cómo hacerme daño —susurró él, comprendiendo la magnitud de lo que tenían enfrente.

 

—Exactamente —respondió Reika con seriedad—. Y ahora que te has empezado a relacionar con nosotros, con Goro, con Kaito, con Airi, con Shiori... ahora que ya no estás solo... le estás quitando su mayor argumento. Porque para él, "el chico solitario y misterioso" es fácil de señalar. Pero "el chico que tiene amigos, que se le ve bien, que se le ve feliz"... ese es un problema para su narrativa.

 

—Por eso es importante que tengas cuidado —añadió Ayaka, poniendo una mano sobre la suya con ternura—. Takamura te protegerá dentro de sus límites, y nosotros también estaremos contigo. Pero ahora sabes la verdad: la pelea no es contra reglas ni normas. La pelea es contra alguien que tiene poder y que ha decidido que tú eres el obstáculo o el ejemplo que necesita. Y ese alguien no va a detenerse fácilmente.

 

Yuuto miró sus manos, ahora descubiertas, sin esconderse, rodeado de las dos personas que más confiaba. Respiró hondo, apretó la lata de nuevo, y por primera vez, en lugar de miedo, sintió algo diferente.

 

Determinación.

 

—Entiendo... —dijo él, levantando la vista con más fuerza que antes—. Gracias por decírmelo. Prefiero saberlo y estar alerta, a que me caiga todo encima de golpe sin entender por qué. No sé qué va a hacer ahora, ni cómo va a intentar atacar... pero mientras tenga a Takamura vigilando, y a ustedes y a todos los demás a mi lado... no voy a volver a esconderme.

 

Reika sonrió, una sonrisa pequeña pero orgullosa.

 

—Esa es la actitud que necesitamos.

 

—Solo recuerda una cosa —añadió Ayaka con calma—: él sigue moviéndose, sí. Pero ahora, tú ya no estás solo para recibir sus golpes. Y eso... eso es lo que más le molesta de todo.

 

Un suspiro largo, profundo y sincero escapó de los labios de Yuuto, saliendo junto con toda la tensión que había acumulado durante las últimas horas. Se sentía mucho más ligero, mucho más tranquilo, ahora que sabía la verdad y sabía que, al fin y al cabo, estaba del lado de la justicia.

 

Se acomodó lentamente su ropa, se subió la capucha hasta cubrir su cabello y se ajustó bien el cubrebocas, volviendo a ser el chico que siempre caminaba discretamente por los pasillos, ocultando su rostro y sus rasgos del resto del mundo. Ya estaba listo para irse, para volver a casa, para procesar todo lo que había pasado hoy con calma. Dio el primer paso hacia la salida, y luego el segundo...

 

Pero sus pies no alcanzaron a dar el tercer paso.

 

De repente, el suelo desapareció bajo él. Sintió que el aire le faltaba un segundo y, antes de que pudiera entender qué pasaba, ya estaba suspendido en el aire, elevado del suelo como si no pesara absolutamente nada. Unos brazos enormes, duros y firmes lo habían rodeado por la cintura y lo habían levantado en un movimiento fluido y sin ningún esfuerzo, colocándolo directamente sobre un hombro ancho y sólido como una roca.

 

Yuuto se aferró instintivamente a la tela de la chaqueta que tenía debajo suyo, sorprendido, y al levantar la vista para ver quién era, se encontró directamente con la nuca de Goro, que seguía tan tranquilo como si no estuviera cargando a una persona sobre el hombro como si fuera una simple mochila.

 

—¡¡Eh...!! —alcanzó a murmurar, un poco desorientado, y al girar la cabeza vio que justo a su lado estaban Kaito y Airi, caminando con las manos en los bolsillos y sonriendo con total naturalidad, como si aquello fuera lo más normal del mundo.

 

Yuuto los miró a todos, con los ojos muy abiertos detrás de los lentes, y con la mano libre hizo un gesto de confusión, señalando hacia abajo, hacia sí mismo, preguntando con la mirada: «¿Qué están haciendo? ¿Por qué me levantas así?».

 

Fue Kaito quien respondió por todos, encogiéndose de hombros con esa sonrisa relajada y traviesa que siempre tenía.

 

—¿Qué crees? Nada del otro mundo. Ya terminaron las clases, saliste de la reunión sano y salvo, y como hoy el día ha sido tan largo y pesado... decidimos que íbamos a pasar el rato todos juntos. —Se inclinó un poco hacia él, con brillo de diversión en los ojos—. Nos iremos todos juntos a casa, pero antes pasaremos un buen rato en el centro comercial. Hay una sala de juegos enorme con máquinas nuevas, ¡y vamos a ir a los arcades!

 

—¡¡Sí, sí, sí!! —gritó Airi, saltando un par de veces en el sitio y aplaudiendo con entusiasmo, asintiendo tan rápido que casi se le cae el lazo del cabello—. ¡Hace siglos que no vamos! Y dicen que pusieron una máquina de carreras nueva que es increíble, ¡tienes que verla, Yuuto!

 

Goro, sin bajarlo ni un segundo y manteniéndolo perfectamente equilibrado sobre su hombro, también asintió con la cabeza, muy despacio, y soltó su voz grave y potente, llena de seguridad.

 

—...Y yo te enseñaré cómo ganar en el de golpe de fuerza. Nadie le gana a mí.

 

Yuuto se apresuró a sacar su libreta y su pluma, que llevaba siempre consigo, y apoyó la carpeta directamente sobre la espalda de Goro para escribir, aprovechando que tenía una superficie dura y estable ahí mismo. Escribió rápido, con trazos rápidos y claros, y giró la hoja para que todos pudieran leer:

 

    «Gracias por la invitación, de verdad, es muy amable de su parte... pero tengo que irme a casa hoy. Mi mamá me espera y no quiero que se preocupe si tardo mucho. Otro día, ¿sí?»

 

Pero no le dio tiempo de escribir nada más, ni de intentar bajar del hombro de su amigo, ni de añadir ninguna disculpa. Apenas terminó de mostrarles el papel, Goro simplemente apretó un poquito más suavemente la agarre, se agachó un poco, y de repente... ¡comenzó a correr!

 

—¡¡¡VAMOS, CORRAN!!! —gritó Kaito de golpe, echando a correr a su lado inmediatamente.

 

—¡¡¡A LA CARRERAAAA!!! —chilló Airi, adelantándose a todos a toda velocidad, con el cabello y los lazos ondeando detrás de ella.

 

De un segundo a otro, todo se convirtió en un torbellino de movimiento, risas y aire corriendo por los pasillos vacíos del colegio. Goro corría con una agilidad sorprendente para su tamaño, sin tambalearse ni un milímetro, llevando a Yuuto sujeto con total seguridad como si fuera lo más fácil del mundo. Yuuto tuvo que agarrarse con ambas manos a la ropa de Goro para no caerse con los brincos que daban, sintiendo cómo el viento le golpeaba la cara a pesar de la capucha, y escuchando las risas y los gritos de sus amigos resonando a su alrededor.

 

—¡¡ESPEREN, ESPEREN!! —trataba a escribir con una mano temblorosa en la libreta, aunque nadie lo leía ni le hacía caso, demasiado ocupados corriendo y divirtiéndose—. ¡¡DE VERDAD TENGO QUE IRME A CASA!!

 

—¡¡YA TE ESCUCHAMOS, PERO HOY NO TE ESCAPAS, KANZAKI!! —le gritó Kaito riendo, mientras corría mirándolo por encima del hombro—. ¡¡Hoy nos toca divertirnos y punto!!

 

Yuuto negó con la cabeza, pero poco a poco, la sensación de protesta se fue convirtiendo en algo muy distinto. A pesar de la velocidad, de la situación absurda en la que estaba, de que lo llevaban secuestrado "a la fuerza" a jugar... no podía evitar que una sonrisa pequeña y oculta creciera bajo su cubrebocas.

 

Allí estaba él, siendo arrastrado por los pasillos, volando casi, rodeado de ruidos, de gritos, de energía y de gente que simplemente no le permitía estar solo. Y por primera vez en mucho tiempo, la idea de llegar tarde a casa... no le pareció tan mala como siempre.

 

Casa de Yuuto – esa tarde

 

En la cocina, todo estaba listo. El olor de la cena recién hecha llenaba el ambiente, cálido y acogedor, y la madre de Yuuto terminaba de acomodar los cubiertos sobre la mesa. Mientras lo hacía, su mente se fue lejos, repasando estos últimos meses, tan difíciles antes y tan diferentes ahora.

 

Sonrió para sus adentros, sintiendo por fin una paz real. Antes, cada mañana que él salía de casa era una angustia; se quedaba esperando, mirando el reloj, temiendo que volviera cabizbajo, triste o con algún problema nuevo. Pero ahora... ahora todo había cambiado. Verlo ir a clases ya no era motivo de miedo, sino de tranquilidad. Sabía perfectamente que ya no caminaba solo, que había gente ahí dentro que lo cuidaba, que lo protegía y que, sobre todo, lo trataba con cariño. Esa certeza era el mayor regalo que podía haber recibido.

 

Levantó la vista hacia la repisa, donde descansaba una vieja fotografía enmarcada: su padre, el abuelo de Yuuto, con esa sonrisa tranquila y sabia que siempre lo caracterizó.

 

—Papá... si vieras lo feliz que está ahora... —murmuró con ternura, acariciando con la mirada la imagen—. Estarías tan contento...

 

Iba a volver a la cocina para revisar la comida, cuando el sonido del teléfono sobre la encimera la detuvo. Un mensaje.

 

Lo tomó con calma, esperando ver un texto breve como siempre, pero al desbloquear la pantalla, se encontró con una imagen. Una fotografía que la hizo parpadear varias veces, primero confundida, y luego con una sonrisa inmensa empezando a crecerle en la cara.

 

La foto había sido tomada desde atrás, en movimiento, un poco inclinada, como si alguien la hubiera sacado al pasar caminando. Pero se veía todo perfectamente.

 

Ahí, ocupando casi la mitad de la imagen, estaba la espalda inmensa y ancha como una montaña de Goro. Se distinguía claramente su nuca ancha, sus hombros gigantescos y esa espalda imponente que parecía no tener fin. Y justo encima de ese hombro, sentado como si fuera lo más natural del mundo, iba Yuuto.

 

Pero lo mejor, lo que hizo que la madre se llevara una mano a la boca para no soltar la carcajada ahí mismo, fue la expresión de su hijo.

 

Aunque llevaba su ropa habitual y la capucha puesta, se había subido un poquito el cubrebocas o lo había bajado solo lo suficiente para que, quien estuviera mirando la foto, pudiera verle perfectamente los ojos. Y vaya que se le veían.

 

Sus grandes ojos claros miraban directamente a la cámara —y por lo tanto, a ella— con una expresión dramática, cómica y totalmente desesperada. Tenía las cejas levemente arqueadas hacia arriba, dándole una mirada de súplica absoluta, de «¡Mamá, sálvame! ¡Me han secuestrado! ¡No tuve la culpa!». Parecía estar pidiendo disculpas con la sola mirada, como diciendo: «Lo siento mucho, de verdad quería venir directo a casa, ¡pero este gigante no me deja bajar!».

 

Más adelante, caminando delante de la "montaña humana", se veían las siluetas de Kaito con las manos en los bolsillos, caminando relajado como si nada pasara, y de Airi, que iba un poco más adelante, saltando y agitando los brazos, seguramente hablando a mil por hora sobre cualquier cosa. Era evidente: iban todos de paseo, muy tranquilos, llevándose a Yuuto "a la fuerza" de la forma más cariñosa y divertida posible.

 

Debajo de la imagen, el mensaje de texto era cortito, tal como él solía escribir:

 

    "Llegaré un poco tarde hoy... Pasaremos a los arcades. Lo siento mucho :("

 

Solo eso. Pero esa mirada en la foto valía por mil excusas.

 

La madre de Yuuto se quedó mirando la imagen unos segundos más, fijándose en esa cara de "pobre de mí, qué mala suerte tengo" que su hijo había puesto a propósito para la foto, tratando de parecer una víctima inocente secuestrada por una banda de locos. Y entonces, ya no pudo aguantar más.

 

Soltó una carcajada sonora, alegre y llena de alivio, que resonó por toda la cocina, limpiándose una lagrimita de risa que se le escapaba.

 

—¡Ay, hijo mío! —exclamó negando con la cabeza, mientras volvía a mirar la foto del abuelo—. Papá, ¿lo ves? ¡Mira qué cara de pena se pone para que no me enfade!

 

Guardó el teléfono con una sonrisa enorme en los labios y se acercó de nuevo a la mesa, arreglando los platos con calma. Ya no había prisa. Podía esperar lo que hiciera falta.

 

Porque verlo así, "secuestrado", llevado a cuestas, arrastrado a divertirse contra su "voluntad", y sobre todo, ver esa mirada suya que, aunque fingía angustia, brillaba con una luz alegre y viva... le confirmaba lo que ya sabía: su hijo estaba bien. Estaba más que bien.

 

Y eso, para ella, era lo único que importaba.

Respuestas

  • andres_de_noche

    La foto para la mamá.

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  • turismoDeQueja

    Goro llevando a Yuuto al hombro como una mochila por todo el pasillo me ha hecho reír en voz alta. Y yo soy de las que protestan si alguien me coge el bolso.

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