¿Yuuto sabe ya que está siendo inventado en vivo mientras camina?
Capítulo 3: El rostro que no debía ser visto
El anuncio por los altavoces apenas había terminado.
En series
In groups
Pensamiento
¿Yuuto sabe ya que está siendo inventado en vivo mientras camina?
Contenido de la publicación
El anuncio por los altavoces apenas había terminado.
Y los rumores ya habían comenzado a multiplicarse, extendiéndose por cada rincón del edificio con una velocidad alarmante.
La Academia Seishin era famosa por su eficiencia académica, su disciplina y su organización impecable. Pero si había algo que viajaba más rápido que cualquier boletín oficial, cualquier aviso o cualquier nota de examen, eran los chismes. Esos comentarios en voz baja, esas historias que crecían y se deformaban al pasar de boca en boca, esas verdades inventadas que todos aceptaban como reales.
—¿Escuchaste eso? —preguntó una alumna, deteniéndose en medio del pasillo con los ojos muy abiertos.
—¿Qué cosa?
—El anuncio... llamaron a Kanzaki.
—¿A Yuuto Kanzaki?
—Sí. Al Consejo Estudiantil.
—Se acabó para él —respondió otra, con tono de quien ya veía el final de la historia—. Seguro que lo van a expulsar. Era cuestión de tiempo.
Los murmullos aparecieron al instante, brotando en cada pasillo, en cada aula, en cada grupo de estudiantes que se cruzaba. Como una ola imposible de detener, la noticia corría y arrastraba consigo todo tipo de suposiciones.
Yuuto caminaba por el corredor principal, con la libreta negra apretada contra el pecho, como si fuera su único escudo.
Cada paso que daba parecía atraer más miradas.
Más ojos clavados en él, recorriéndolo de arriba abajo, juzgando cada movimiento.
Más susurros que llegaban a sus oídos, palabras que se cortaban en cuanto él pasaba cerca.
Más especulaciones, más teorías, más miedos infundados.
—Sabía que tarde o temprano pasaría —comentó un chico, lo suficientemente alto como para que él lo escuchara—. Alguien como él no puede estar aquí sin que pase algo.
—Seguro descubrieron algo de su pasado. Algo grave.
—¿Lo de su antigua escuela? ¿Lo que dicen de las peleas?
—Tal vez. O algo peor.
—Mi hermano mayor dice que lo expulsaron de tres escuelas distintas antes de llegar aquí.
—¿Tres? Yo escuché que fueron cinco.
—¿Cinco? Entonces... entonces todo lo que dicen es verdad.
Ninguno de ellos tenía pruebas.
Ninguno sabía nada con certeza.
Absolutamente nada.
Pero eso nunca había detenido a nadie para hablar, para inventar, para condenar.
—Quizás encontraron antecedentes criminales en su expediente —sugirió otro, con voz llena de certeza.
—O pruebas de que es peligroso.
—¿Pruebas de qué?
—No lo sé... da igual. Algo tiene que haber hecho. Nadie se esconde tanto sin una razón. La gente normal no actúa así.
Yuuto siguió caminando.
Sin detenerse.
Sin mirar a nadie a los ojos.
Sin responder a nada de lo que decían.
Como siempre.
Pero esta vez, las palabras pesaban más que nunca.
Esta vez, no eran solo comentarios al azar. Esta vez, lo que decían parecía tener sentido, porque incluso él no sabía por qué lo habían llamado. Y esa incertidumbre era lo que más miedo le daba.
¿Qué hice?
La pregunta apareció una vez más en su mente, repetitiva y angustiosa.
¿Había roto alguna regla sin darse cuenta? ¿Había cometido algún error? ¿Había estado en el lugar equivocado? ¿Molestó a alguien simplemente por estar ahí? ¿Alguien se quejó de mí? ¿Me denunciaron por algo?
Su estómago se retorció, una sensación fría y pesada que le subía por la garganta.
Intentó repasar cada detalle de las últimas semanas en su memoria.
Cada clase a la que había asistido.
Cada movimiento que había hecho.
Cada vez que había pasado por un lado de alguien.
Cada vez que había estado en silencio.
Pero no encontró nada. No había nada que él considerara incorrecto.
Y eso solo empeoró la sensación de desesperación.
Porque si no sabía cuál era el problema... ¿cómo podía solucionarlo? ¿Cómo podía defenderse de algo que ni siquiera conocía?
A su alrededor, las conversaciones continuaban, indiferentes a su angustia.
—Apuesto a que lo echan hoy mismo. No deberían dejarlo ni terminar el día.
—Sería lo mejor para todos.
—Sí. Así dejaría de darnos miedo y de poner nerviosa a toda la escuela.
—La escuela volvería a ser perfecta, como antes.
Yuuto bajó un poco más la cabeza.
La sombra de la capucha se hizo más profunda, cubriendo completamente sus ojos, ocultando el miedo y la tristeza que brillaban en ellos.
No respondió.
No podía.
Porque en el fondo, en una parte muy pequeña de su ser, herida y cansada... comenzaba a preguntarse si quizás tenían razón.
Si tal vez, como decían, él no tenía nada que hacer allí.
Si tal vez sería mejor para todos, y también para él, desaparecer de aquel lugar y dejar de ser el problema, el monstruo, la anomalía.
Apretó la libreta contra su pecho con más fuerza, hasta que sus dedos dolieron bajo los guantes.
Y entonces, entre todo ese ruido y todas esas palabras crueles, recordó de repente.
Recordó la mano cálida de Shiori sujetando la suya unos minutos antes, allí en la biblioteca, en su rincón seguro.
Recordó su voz suave, tranquila y llena de confianza.
"Estás seguro con ellas."
"Son buenas personas, justas y no se dejan llevar por lo que dicen los demás."
Yuuto respiró profundamente.
Una vez.
Luego otra.
Llenando sus pulmones de aire, buscando calmar el temblor de su cuerpo.
Y continuó avanzando.
El ascensor estaba justo frente a él, al final del pasillo amplio.
Las puertas metálicas, brillantes y frías, le devolvieron una imagen oscura y distorsionada de su propia figura.
Por un instante se quedó observando su reflejo.
Vio la capucha negra cubriéndole la cabeza.
Vio los guantes ocultando sus manos.
Vio el cubrebocas tapando su rostro.
Vio la libreta apretada contra su pecho.
Vio lo que todos veían: una sombra.
El monstruo que todos parecían haber inventado para sentirse importantes.
Las puertas se abrieron con un suave sonido mecánico.
Yuuto dio un paso al frente.
Entró en la pequeña cabina, estrecha y silenciosa.
Y mientras las puertas comenzaban a cerrarse lentamente, pudo escuchar una última conversación proveniente del pasillo, una que le heló la sangre.
—¿Crees que vuelva a bajar?
—No lo sé... dudo mucho.
—Si el Consejo lo llamó... seguro algo muy malo hizo.
Las puertas se cerraron por completo.
Cortaron el ruido, cortaron las miradas, cortaron las palabras.
Y por primera vez en toda la mañana, el silencio regresó. Un silencio absoluto, pesado y cerrado.
Yuuto apoyó la espalda contra la pared fría del ascensor.
Cerró los ojos bajo la tela de su capucha.
Y soltó un largo suspiro, cargado de todo el miedo, la duda y la soledad que llevaba dentro.
Era el último suspiro antes de enfrentar aquello que lo esperaba en el último piso.
Allí donde estaban las dos personas que tenían el poder de decidir su futuro en esa escuela.
La puerta de la Sala del Consejo Estudiantil se cerró lentamente tras él.
El sonido metálico y pesado resonó por toda la habitación, cortando cualquier ruido exterior y dejándolo solo, encerrado en aquel espacio inmenso y silencioso.
Yuuto permaneció de pie junto a la entrada, inmóvil, con la espalda recta y los hombros tensos, sujetando su libreta negra con ambas manos contra el pecho, como si fuera el único escudo que tenía en el mundo.
La sala era mucho más grande, más solemne y más imponente de lo que había imaginado. Una enorme mesa de madera oscura ocupaba el centro de la estancia, rodeada de sillas de cuero que parecían de algún despacho de gobierno. Ventanales altos, que iban desde el suelo hasta el techo, dejaban entrar la luz brillante de la mañana, iluminando todo con claridad, sin dejar rincones oscuros donde esconderse.
Y al fondo, en el extremo de la mesa, sentada en la cabecera, estaba Reika Himuro, la presidenta. Su postura era impecable, elegante y firme, con sus brazos descansando sobre la superficie de la mesa. Su cabello negro caía ordenadamente sobre su espalda, y sus ojos rojos, serios y atentos, lo observaban fijamente, recorriendo cada detalle de su figura, desde la capucha hasta los guantes.
A su lado, de pie junto a la mesa, con una postura más relajada pero igual de atenta, se encontraba Ayaka Shirogane, la vicepresidenta. Su cabello rubio brillaba bajo la luz, y sus ojos ámbar lo miraban con una intensidad distinta: más afilada, más analítica, como si estuviera desmontando cada parte de él para encontrar el fallo.
Ambas lo observaban.
Evaluándolo.
Midiéndolo.
Examinándolo.
Como si intentaran resolver un problema complicado, un rompecabezas al que le faltaban piezas.
Yuuto bajó ligeramente la cabeza, dejando que la sombra cubriera aún más su rostro, y esperó en silencio, con el corazón latiendo fuerte en sus oídos.
Reika fue la primera en hablar. Su voz era clara, serena, ni fría ni cálida, simplemente profesional y directa.
—Gracias por venir, Kanzaki.
Yuuto asintió muy despacio, un movimiento pequeño y tímido.
—Quiero que sepas algo antes de empezar —continuó ella, manteniendo la mirada fija en él—. No te hemos llamado para castigarte. No has cometido ninguna falta formal, ni has roto ninguna regla que conozcamos.
Aquellas palabras lograron aliviar una pequeña parte de la tensión que llevaba acumulada en el cuerpo desde que escuchó su nombre en los altavoces. Solo una pequeña parte, pero fue suficiente para que pudiera respirar un poco mejor.
—Entonces... —dijo Reika, inclinándose levemente hacia adelante—, te hemos llamado para hablar sobre una situación que lleva demasiado tiempo creciendo, y que ya está afectando a toda la escuela. Una situación que nos obliga a intervenir.
Yuuto abrió su libreta negra, pasó las páginas hasta llegar a una hoja limpia y sostuvo el lápiz preparado, esperando.
—Hablamos de los rumores —dijo ella sin rodeos.
La mano de Yuuto se tensó apenas, los dedos apretando el lápiz con más fuerza.
—Toda la escuela habla de ti, Kanzaki. —La voz de Reika no cambiaba, seguía siendo calmada y medida—. Cada semana aparecen historias nuevas, versiones distintas, cosas que se inventan. Y cada vez son más absurdas, más exageradas y más dañinas.
Yuuto escribió unas palabras rápidas, con trazos firmes pero breves. Luego giró la libreta hacia ellas para que pudieran leer.
Lo sé.
Reika observó la respuesta, leyó la letra pequeña y ordenada, y asintió lentamente.
—Entonces comprenderás nuestra preocupación. Esto ya no son solo comentarios. Se ha convertido en miedo, en desconfianza, en problemas entre los alumnos. Y es nuestro deber mantener el orden y la tranquilidad.
Yuuto volvió a escribir, esta vez un poco más despacio.
No he hecho nada.
—Ese es precisamente el problema —respondió Ayaka, interviniendo por primera vez. Su voz tenía un tono más agudo, más directo, cargado de una impaciencia que Reika no mostraba.
Yuuto levantó la vista bruscamente, confundido. Sus ojos brillaron en la sombra de la capucha, buscando entender qué quería decir con eso.
Reika retomó la palabra, explicando con calma lo que para ellas era obvio.
—No has hecho nada malo, es cierto. Pero tampoco has hecho nada más. No hablas con nadie. No participas en ninguna actividad escolar. No te relacionas con tus compañeros. No permites que nadie te conozca, ni siquiera un poco. No muestras tu rostro bajo ninguna circunstancia. No explicas por qué te cubres, ni por qué no hablas, ni por qué te mantienes siempre al margen.
Hizo una pausa, dejando que sus palabras se asentaran en la habitación.
—Y cuando las personas no tienen respuestas... —continuó con seriedad—, cuando no hay nada que explique lo que ven, ni nada que les dé una razón lógica... inventan las suyas. Y las que se han inventado sobre ti son terribles.
Yuuto bajó la mirada hacia la libreta, hacia el papel en blanco. Sabía que tenía razón. Lo sabía muy bien. Lo vivía todos los días. Pero, aun así, sintió la necesidad de defenderse, de poner su verdad por escrito.
Escribió con cuidado, letra tras letra.
Los rumores no son mi responsabilidad. Yo no los empecé.
Ayaka soltó un pequeño suspiro, un sonido claro de frustración y desacuerdo. Dio un paso alrededor de la mesa, acercándose un poco más.
—Tal vez no los empezaste tú —dijo ella con tono cortante—. Pero los alimentas. Cada día que pasa, cada vez que te escondes, cada vez que te niegas a ser como los demás, les das más motivos para seguir hablando.
Yuuto respondió al instante, el lápiz corriendo rápido sobre el papel.
No obligo a nadie a hablar de mí.
—Pero les das motivos para hacerlo —replicó ella sin dudar.
Esta vez, la respuesta fue inmediata, firme y clara.
No estoy rompiendo ninguna regla.
Ayaka frunció el ceño, molestia por esa actitud que le parecía evasiva.
Yuuto siguió escribiendo, desplegando una tras otra sus razones, seguro de lo que decía.
Revisé el reglamento de la escuela.
No existe ninguna norma que me obligue a mostrar mi rostro.
No existe ninguna norma que prohíba vestir como visto.
No he cometido ninguna infracción, ni he desobedecido ninguna orden.
Reika observó las líneas escritas durante varios segundos. Leyó y releyó cada frase. No podía negarlo. Técnicamente, absolutamente todo lo que decía era correcto. Él tenía razón. No había roto ninguna regla escrita. Todo lo que hacía estaba permitido.
Pero eso no significaba que estuviera bien.
—No estamos hablando de reglamentos, Kanzaki —dijo ella con suavidad, pero firmeza—. No estamos hablando de lo que está escrito en papel. Estamos hablando de convivencia, de confianza, de lo que nos debemos los unos a los otros para vivir en paz.
Yuuto permaneció en silencio, esperando.
—Escúchame bien —continuó Reika, apoyando los codos sobre la mesa y entrelazando las manos frente a ella—. Si mostraras tu rostro, aunque fuera una vez. Si hablaras con otros estudiantes, aunque fuera para decir "buenos días". Si dejaras de ocultarte detrás de esa ropa y de ese silencio... todo esto terminaría muy rápido. Las historias se acabarían. La gente dejaría de imaginar cosas. Te verían como lo que eres: un estudiante más.
Aquellas palabras hicieron que Yuuto apretara ligeramente la libreta contra su pecho, como si quisiera protegerse de ellas. Eran palabras que había escuchado, o sentido, muchas veces.
Escribió lentamente, con trazos más pesados, más cargados de lo que sentía.
No es tan sencillo.
—¿Por qué no? —preguntó Ayaka de inmediato, cruzándose de brazos—. ¿Qué hay de complicado en mostrar la cara o hablar? Todo el mundo lo hace.
Yuuto dudó.
El lápiz permaneció quieto sobre el papel durante varios segundos. Su mente luchaba entre decir algo o mantener su barrera intacta.
Finalmente, escribió. Una frase corta, que para él lo explicaba todo, aunque para ellas pareciera lo más absurdo del mundo.
Porque no quiero.
Ayaka cerró los ojos.
Contó mentalmente hasta tres.
Luego hasta cinco.
Y aun así, la irritación seguía creciendo dentro de ella. No podía creer lo que leía.
—¿Eso es todo? —preguntó con voz elevada—. ¿Todo este problema, todo este miedo, toda esta situación que nos tiene ocupados a nosotros, a los profesores y a todo el alumnado... existe simplemente porque tú no quieres?
Yuuto escribió otra línea, con la misma calma y firmeza de siempre.
No estoy haciendo daño a nadie.
Aquello fue la gota que colmó la paciencia de Ayaka Shirogane.
—¿No haces daño a nadie? —repitió ella, dando un paso largo hacia adelante, con la voz volviéndose más dura, más cortante, llena de frustración—. ¿De verdad crees eso? Toda la escuela habla de ti. Todos tienen miedo de cruzar tu camino. Los profesores tienen problemas para mantener la calma por tu culpa. El Consejo tiene que intervenir y perder tiempo valioso por tu culpa. Y tú dices que no haces daño a nadie.
Yuuto bajó la mirada hacia el suelo, incapaz de sostener la intensidad de sus palabras.
—Y aun así sigues escondiéndote —continuó ella, sin darle tregua—. Sigues negándote a colaborar. Sigues actuando como si todos los demás fuéramos el problema por el simple hecho de existir y preguntarnos cosas.
El lápiz volvió a moverse sobre la hoja, con trazos un poco más rápidos, como si quisiera defenderse.
Nunca dije eso.
—Entonces explícame algo —desafió ella, acercándose todavía más, quedando muy cerca de él—. ¿Por qué te escondes tanto? —preguntó directamente, a la cara—. ¿Por qué nunca hablas? ¿Por qué nadie puede ver tu rostro?
Silencio.
Yuuto no se movió. No escribió nada. Se quedó inmóvil, con la cabeza baja.
—Contesta —exigió ella—. ¿Por qué?
Siguió habiendo silencio. Un silencio que para Ayaka era prueba suficiente.
—Porque si tanto te esfuerzas en ocultarte... —dijo ella, bajando el tono de voz, volviéndolo más afilado, más peligroso—, entonces tal vez todos esos rumores sean ciertos.
La sala quedó completamente inmóvil.
Incluso Reika giró la cabeza bruscamente hacia su compañera, sorprendida por aquellas palabras tan duras y tan precipitadas.
Pero Ayaka no se detuvo. Siguió hablando, mirando fijamente la figura encogida de Yuuto.
—Tal vez sí tienes algo que ocultar. Tal vez sí eres peligroso, o has hecho cosas terribles, o tienes marcas que no quieres que veamos. Tal vez eres exactamente lo que todos dicen. Porque... —remató con total convicción— nadie normal vive así. Nadie normal se aísla tanto sin una razón oscura.
Yuuto permaneció inmóvil.
Sin responder.
Sin defenderse.
Sin enfadarse.
Sin nada.
Y ese silencio, esa falta de reacción, esa forma de cerrarse totalmente... solo empeoró las cosas.
Para Ayaka, aquel silencio parecía una confirmación absoluta. Una admisión de culpa. Una prueba de que tenía razón.
Pero para Reika, que observaba todo con más calma y más atención, que veía más allá de la actitud extraña...
Por primera vez desde que comenzó la reunión, lo que tenía delante empezaba a parecerse demasiado a alguien que estaba siendo acorralado, asustado y presionado contra la pared.
Y no a alguien que escondía un secreto peligroso.
—Porque nadie normal vive así.
El silencio cayó sobre la sala, pesado y denso, como una losa que aplastaba el aire.
Yuuto permaneció inmóvil, rígido, con la libreta negra apretada contra su pecho como si fuera lo único que lo mantenía entero. No se movió ni un milímetro. No escribió nada. No hizo el menor gesto para defenderse, para explicar o para convencerlas de nada. Solo se quedó allí, con la cabeza gacha, aceptando cada palabra como si ya supiera que no había nada que pudiera decir para cambiar lo que pensaban.
Aquella reacción, esa pasividad absoluta, esa forma de cerrarse al mundo sin oponer resistencia, terminó de agotar la poca paciencia que le quedaba a Ayaka Shirogane.
—¡¿Ves?! —exclamó ella, con la voz rota por la frustración, dando un golpe seco con la mano sobre la mesa—. ¡Siempre haces lo mismo! ¡Siempre te encierras, siempre te callas, siempre actúas como si nada te importara!
—Ayaka.
La voz de Reika sonó firme, cortante, una advertencia clara que atravesó el silencio.
—Basta. Ya es suficiente.
Pero la vicepresidenta ya había llegado al límite. Para ella, todo esto era absurdo. Llevaban casi una hora intentando hablar con él, intentando entenderlo, intentando encontrar una solución para calmar los ánimos de la escuela. Y lo único que recibían eran negativas, silencio, más silencio y una libreta que parecía una barrera infranqueable.
—No. —Ayaka negó con la cabeza, apartando la mano de la mesa y apretando los puños a los costados—. No es suficiente. Estoy cansada de esto. Estoy cansada de dar vueltas y de que tú te escondas detrás de reglas que no dicen nada, detrás de ropa, detrás de ese silencio que lo dice todo y no dice nada.
—Ayaka, te lo ordeno —repitió Reika, levantándose lentamente de su silla, con los ojos fijos en su compañera, cada vez más preocupada por la dirección que tomaba todo—. Detente ahora mismo.
—¿Cuánto tiempo más tenemos que esperar? —preguntó Ayaka, ignorándola, dando un paso largo hacia donde estaba Yuuto, con la mirada encendida de rabia y desconfianza—. ¿Un mes más? ¿Un año? ¿O acaso toda la vida? ¿Cuánto tiempo más vamos a permitir que tengas a toda la escuela con miedo, solo porque tú decides que nadie tiene derecho a saber quién eres?
Yuuto apretó la libreta con más fuerza, sus dedos tensándose hasta ponerse rígidos bajo la tela de los guantes. Se encogió levemente sobre sí mismo, instintivamente, como un animal acorralado que presiente el peligro, que sabe que algo malo está a punto de ocurrir y no puede hacer nada para evitarlo.
—Si tanto te esfuerzas en ocultarte... —Ayaka se detuvo justo frente a él, invadiendo su espacio personal, mirándolo con una intensidad que dolía—, si tanto te niegas a que te vean... entonces veremos qué es exactamente lo que escondes. Y dejaremos de adivinar de una vez por todas.
Los ojos de Yuuto se abrieron apenas, muy levemente, bajo la sombra de la capucha. Fue un movimiento mínimo, pero cargado de pánico contenido.
Reika se levantó de golpe, empujando la silla hacia atrás con un ruido seco que resonó en toda la habitación. Su rostro, siempre sereno y controlado, se llenó de alarma y de una furia helada.
—¡Ayaka, no! ¡Te prohíbo que lo hagas!
Pero fue demasiado tarde.
Ayaka ya había extendido la mano.
Y con un movimiento rápido, decidido y brusco, agarró el borde de la capucha que cubría su cabeza y la apartó hacia atrás, arrancándola de su lugar.
La tela cayó suavemente hacia atrás, deslizándose por los hombros.
Durante una fracción de segundo, nadie reaccionó. Todo quedó suspendido en el aire.
Y entonces ocurrió algo que ninguna de las dos había imaginado, ni en sus peores ni en sus mejores suposiciones.
Una cascada de cabello cayó libremente, descendiendo por su espalda y sus hombros: largo, suave, sedoso, de un color plateado brillante, como hilos de plata pura que reflejaban la luz del sol que entraba por los ventanales altos, brillando con destellos que parecían irreales. Caía hasta muy abajo, más allá de su cintura, en mechones finos y perfectos.
Ayaka se quedó inmóvil, con la mano todavía en el aire, congelada en esa posición.
Aquello ya no encajaba con ninguno de los rumores. Ni con el delincuente, ni con el herido, ni con el monstruo. Ni siquiera un poco. Pero lo que vio después fue lo que realmente la dejó paralizada, sin aliento, sin capacidad de reacción.
Su otra mano, la que había llevado instintivamente hacia arriba, había agarrado el borde del cubrebocas y lo había retirado de un tirón rápido, dejándolo caer al suelo sin miramientos.
Y en ese instante, el tiempo pareció detenerse por completo.
El rostro que había permanecido oculto, protegido y negado durante un año entero, quedó expuesto frente a ellas.
Yuuto mantenía los ojos cerrados. Los había cerrado en el mismo instante en que sintió que la capucha desaparecía, apretando los párpados con fuerza, con esa expresión de quien ya conoce perfectamente lo que viene después, de quien ha vivido esta misma escena demasiadas veces, de quien ya ha sufrido el rechazo antes de que nadie dijera una palabra.
La sala quedó en un silencio absoluto, profundo, casi sagrado.
Ayaka sintió cómo toda la sangre abandonaba su rostro de golpe, cómo el calor se le escapaba del cuerpo y un frío repentino le recorría la espalda. Su mano cayó lentamente a su lado, pesada, inútil.
Reika se quedó inmóvil junto a la mesa, con la mano apoyada en la madera, incapaz de dar ni un paso más, incapaz de apartar la mirada.
Ninguna habló. Ninguna pudo hacerlo.
Porque lo que tenían delante... no era lo que esperaban. No era nada de lo que habían imaginado.
No había cicatrices.
No había marcas de golpes ni heridas.
No había señales de violencia, ni de accidentes, ni de nada que justificara miedo alguno.
No había nada monstruoso.
Nada aterrador.
Nada extraño.
Nada que explicara un año entero de rumores, de miedos y de rechazo.
Frente a ellas había un rostro delicado, increíblemente hermoso, de una belleza casi etérea, frágil y suave.
Los rasgos eran finos, armónicos, perfectamente esculpidos, con una dulzura tal que, a primera vista, cualquiera podría confundirlo con una chica. La piel era pálida, transparente, suave como la porcelana, iluminada por la luz del sol. Los contornos de su rostro eran tan delicados, tan suaves, que daba miedo tocarlo, como si pudiera romperse con solo mirarlo.
Pero no fue esa belleza lo que las dejó sin aire, lo que les hizo apretar el pecho con una mezcla de emociones que no podían nombrar.
Fueron sus ojos.
Yuuto abrió lentamente los párpados. Despacio, sin resistencia, sin rabia, sin desafío. Como alguien que ya había aceptado su derrota, que sabía que no había nada más que hacer, que solo le quedaba esperar el juicio.
Y unos ojos de un azul grisáceo, profundo y cristalino, aparecieron ante ellas.
Eran ojos brillantes, hermosos, de un color único, pero cargados de una tristeza inmensa, infinita, tan grande que resultaba casi doloroso sostener la mirada. Una tristeza que venía de lejos, que parecía haberse acumulado durante años.
No había rabia en ellos.
No había resentimiento.
No había odio.
Ni siquiera había enojo por lo que acababan de hacerle.
Solo había cansancio.
Un cansancio antiguo, profundo, desgastante.
Era la mirada de alguien que había pasado demasiado tiempo escuchando cosas que nunca debió escuchar.
De alguien que había pedido perdón demasiadas veces por cosas que nunca hizo.
De alguien que había sido juzgado, apartado y condenado solo por ser diferente.
Ayaka retrocedió un paso, moviéndose casi sin darse cuenta, instintivamente, como si hubiera recibido un golpe físico. Su corazón latía con fuerza, desbocado, golpeando contra sus costillas. En su mente se mezclaban la confusión, la culpa, la vergüenza y una sensación de horror que crecía por segundos.
¿Qué he hecho?
Esa pregunta resonaba una y otra vez en su cabeza. ¿Qué le he hecho?
Reika tampoco podía apartar la mirada. Sus ojos, siempre tan analíticos y fríos, ahora estaban llenos de conmoción y de una comprensión dolorosa.
Porque por primera vez desde que comenzó aquella investigación, desde que empezaron a hablar de él como un problema, como una anomalía, como algo que no encajaba... comprendió todo.
No estaban mirando a alguien peligroso.
No estaban mirando a un delincuente.
No estaban mirando a un monstruo, ni a alguien que escondía secretos oscuros.
Estaban mirando a una persona herida.
A alguien que se había escondido no por maldad, sino por protección.
A alguien que se había cubierto para que no lo lastimaran más.
Y de repente, cada palabra que habían dicho durante aquella reunión, cada acusación, cada sospecha, cada exigencia, sonó en sus oídos con una crueldad espantosa, horrible, insoportable.
«Nadie normal vive así.»
«Tal vez eres lo que dicen.»
«Algo tienes que haber hecho.»
Todo eso se lo habían dicho a él. A esa persona frágil, triste y hermosa que ahora tenía delante.
Yuuto observó sus rostros durante unos segundos, leyendo perfectamente la confusión, el shock y el remordimiento que veía en ellos. No había sorpresa en él. No había indignación. Solo esa calma triste y resignada que lo definía todo.
Lentamente, bajó la mirada, apartando sus ojos de los de ellas, volviendo a mirar hacia el suelo, hacia sus propias manos que seguían aferradas a la libreta.
Lo hizo con esa tranquilidad de quien ya conocía esas reacciones, de quien ya las había visto antes, demasiadas veces.
Y eso fue lo que más dolió.
El hecho de que él ya supiera cómo iban a reaccionar.
El hecho de que él ya esperara que al verlo, todo cambiara, pero no para mejor.
El hecho de que, al final, todo siguiera igual: él expuesto, juzgado, y ellas descubriendo que habían estado equivocadas, pero demasiado tarde.
En ese silencio eterno, la verdad quedó al descubierto.
El misterio no era quién era él.
El misterio era cómo habían podido estar tan ciegas durante todo este tiempo
Thoughts
-
PermalinkSuena como que lo quieren echar porque es diferente, y después van a descubrir que su «problema» es exactamente por qué necesitan que esté ahí.
-
PermalinkMe quedo pensando en que la gente lo condena sin saber nada, y de verdad probablemente hizo algo pero quizás no fue lo que todos creen. La malicia es rápida pero la verdad es lenta.
-
Permalink¿Yuuto sabe ya que está siendo inventado en vivo mientras camina?
-
Permalink«Pero eso nunca había detenido a nadie para hablar.» Vaya que si. Las clases de mi liceo eran así 24/7.
-
PermalinkEso que describís de cómo la información viaja más rápido que cualquier boletín oficial. En cualquier lugar funciona exactamente así.
Related posts
-
Capítulo 9: La nota más pequeña
La noche ya había cubierto por completo la ciudad, envolviendo cada calle y cada casa en una calma profunda. La vivienda de los Kanzaki permanecía en silencio, como siempre ocurría cuando el día…
-
Capítulo 7: El juicio silencioso
La tarde caía lentamente, tiñendo el cielo de tonos naranjas y grises, cuando Ayaka y Reika llegaron por fin frente a la casa. Era una vivienda pequeña, sencilla y sin adornos especiales,…
-
Capítulo 6: Así se borra a alguien
La casa permanecía en silencio.
-
Capitulo 8: en espera de un nuevo mañana
La noche ya había caído cuando Ayaka y Reika abandonaron finalmente la casa de los Kanzaki. Ninguna habló durante los primeros minutos; simplemente caminaban bajo la luz tenue de las farolas,…
-
Capítulo 15: Siete días
Siete días.
-
Capítulo 14: Un almuerzo diferente
El reloj de la pared marcó con claridad el inicio de la hora del almuerzo. Al instante, los pasillos de la academia comenzaron a llenarse de movimiento: puertas de aulas que se abrían y cerraban,…
-
Capítulo 13: Los primeros cambios
La casa permanecía en silencio. A esa hora de la mañana solo se escuchaba el suave tic-tac del reloj del comedor y el murmullo del viento moviendo las hojas de los árboles del jardín.
-
Capítulo 12: “El rumor que partió el mundo”
Las clases de la mañana transcurrían con aparente normalidad. Los profesores continuaban sus lecciones, escribiendo en la pizarra y explicando los temas con la misma rutina de siempre. Los…