Saltar al contenido
Cargando…

Capítulo 25: una Autómata demasiado eficiente

DNavarrete
Pensamiento

Pensamiento

pasaporteVencido

Ciento veintisiete personas y cañas de a una. Con el pez de Nara comen hoy y mañana, pero el lunes están igual que antes.

Ciento veintisiete personas y cañas de a una. Con el pez de Nara comen hoy y mañana, pero el lunes están igual que antes.

Contenido de la publicación

El sol caía sobre el océano tiñendo las olas de un dorado profundo. Desde lo alto del acantilado, el mar parecía una inmensa lámina de oro y azul, que se rompía con estruendo contra las rocas muchos metros más abajo. El aire traía el olor a sal y bruma, y el viento soplaba con fuerza suficiente para alborotar el cabello de todos los que estaban allí reunidos.

 

La noticia del regreso de Kizara había transformado por completo el ánimo de la isla. Desde el amanecer no se había dejado de trabajar: se preparaban fogones, se limpiaban los espacios alrededor de la gran cueva, y se hablaba en voz baja de aquellos padres que no habían regresado, pero cuyo recuerdo seguía vivo en cada rincón. Aquella celebración era alegría y también despedida, gratitud y memoria.

 

Antes de que cayera la noche, sin embargo, hacía falta comida. Por eso Kizara había bajado hasta el saliente rocoso junto a los pescadores, para probar las cañas nuevas que habían traído. Nara caminaba a su lado, observando todo con la misma atención que siempre.

 

Allí, sentados cerca del borde del acantilado, con las cañas tendidas sobre el agua, esperaban. Cuando el primero consiguió sacar un pez, todos aplaudieron satisfechos. Pero Nara permanecía de pie, con la mirada fija en el pequeño recipiente donde depositaban las capturas. Su mente procesaba cifras, ritmos, rendimiento… y encontraba que aquello no era suficiente.

 

—¿Por qué utilizan este método? —preguntó de pronto.

 

Kizara la miró sin comprender.

 

—¿Qué quieres decir?

 

—La pesca con cañas, una por una —explicó Nara señalando el mar—. La cantidad obtenida es demasiado reducida. No alcanzaría para alimentar a ciento veintisiete personas.

 

Uno de los pescadores soltó una risa amarga.

 

—Es lo que podemos hacer. Las redes grandes se rompieron hace años, y no tenemos material para tejer otras.

 

—¿Y por qué no capturan ejemplares de mayor tamaño? —insistió ella.

 

Kizara suspiró.

 

—Porque no es tan sencillo, Nara. Los peces grandes tienen mucha fuerza. Si algo demasiado fuerte tira de la caña, esta se romperá antes de que podamos sacarlo del agua. Incluso estas nuevas tienen su límite.

 

Nara guardó silencio. Sus ojos brillaron levemente mientras sus sensores recorrían la superficie del mar: temperatura, salinidad, profundidad, composición de las corrientes… y algo más.

 

—Detectado ejemplar de gran tamaño —dijo con voz tranquila—. Especie: pez espada. Longitud estimada: dos metros treinta centímetros. Posición: a ciento veinte metros de la costa. Se dirige hacia aquí.

 

Todos la miraron confundidos.

 

—¿Y qué propones? —preguntó Kizara.

 

Nara no respondió. Simplemente caminó hasta el borde del acantilado. Varios metros más abajo, las olas golpeaban con fuerza contra las rocas afiladas.

 

—Nara… —empezó a decir Kizara, dando un paso hacia ella—. ¿Qué vas a hacer?

 

La androide se giró apenas la cabeza.

 

—Optimizar la obtención de alimento.

 

Y sin más, se lanzó al vacío.

 

—¡¡NARA!!

 

El grito de Kizara se mezcló con el estruendo del mar. Nara cayó recta, como una flecha, sin intentar frenar ni abrir nada que la sostuviera. Desapareció en la espuma con un chapoteo profundo.

 

Durante lo que pareció una eternidad, nada se movió. Solo el vaivén de las olas y el viento que aullaba entre las rocas. Kizara se asomó al borde con el corazón latiéndole desbocado. Los pescadores se pusieron de pie, alarmados, preparándose para bajar y buscarla.

 

—¡Allí! —gritó uno señalando el agua.

 

Debajo de la superficie, una sombra inmensa se movía con velocidad inusitada. El agua comenzó a removerse con violencia, como si algo enorme estuviera luchando contra una fuerza invisible.

 

Entonces estalló la superficie.

 

Un cuerpo alargado, brillante y poderoso se elevó por encima de las olas. Era un pez espada gigantesco, de más de dos metros, con su característica espada apuntando hacia adelante y sus aletas desplegadas en toda su envergadura. Y agarrada con firmeza a la base de su aleta dorsal… estaba Nara.

 

Se había aferrado a él en el momento exacto en que emergió, sosteniéndose con una fuerza que no parecía posible en unas manos tan delgadas.

 

El pez volvió a caer al agua con estruendo, y comenzó a nadar con furia, arrastrándola consigo. Se sumergió hondo, giró bruscamente, se elevó de nuevo intentando sacudírsela… pero Nara no se soltaba. Sus pies apenas rozaban la cresta de las olas; su ropa empapada se pegaba al cuerpo; el viento y el agua azotaban su rostro… y sin embargo, su expresión no cambiaba. Ni un gesto de esfuerzo, ni una mueca de dolor. Solo mantenía la mirada fija y la mano cerrada con una fuerza absoluta.

 

—¡Está loca! —alcanzó a decir uno de los pescadores, con la boca abierta.

 

—¡No lo suelta! —exclamó otro—. ¡El pez la está arrastrando!

 

El animal luchaba con toda su fuerza. Sacudía el cuerpo, se sumergía, cambiaba de dirección en cada instante, buscando deshacerse de aquella carga imposible. Pero Nara se adaptaba a cada movimiento: cuando el pez se hundía, ella se dejaba llevar sin oponer resistencia brusca; cuando giraba, su cuerpo seguía el giro como si formara parte del suyo; cuando saltaba, ella se tensaba solo lo necesario para no ser lanzada lejos. Leía cada sacudida, predecía cada dirección, soportaba la presión del agua y la velocidad creciente… y esperaba.

 

Minutos que parecieron horas transcurrieron así. El mar se encrespaba alrededor de ambos. La espuma blanca los envolvía una y otra vez. Poco a poco, sin embargo, los movimientos del pez se volvieron más lentos, menos bruscos. Su velocidad disminuía. La fuerza que lo impulsaba empezaba a agotarse. Nara, en cambio, seguía igual: respiración constante, pulso imperturbable, agarre firme y calculado.

 

—Resistencia física considerable —comentó en voz alta, como si estuviera anotando un dato cualquiera.

 

El pez hizo un último esfuerzo desesperado, saltando con violencia fuera del agua. Fue entonces cuando Nara actuó. Con un movimiento rápido y preciso, pasó la otra mano a su espalda y se impulsó hacia arriba.

 

Y entonces ocurrió algo que ninguno de los presentes olvidaría jamás.

 

Nara no esperó a que el pez cayera. Mientras aún estaba en el aire, ella tiró con fuerza, se elevó por encima del animal y, aprovechando el impulso, saltó hacia el acantilado. Atravesó los metros de distancia sobre el agua, con el pez sostenido en brazos como si pesara apenas unos kilos, y aterrizó suavemente sobre la roca, justo al lado del grupo.

 

Lo depositó en el suelo con cuidado. El enorme animal aún se agitaba débilmente, su espada golpeando la piedra con lentitud, hasta que finalmente se quedó quieto.

 

Nara se giró hacia todos. Su ropa goteaba agua salada; el cabello blanco empapado le caía sobre el rostro; no parecía haber sufrido ni el más mínimo rasguño. Miró a Kizara, luego al pez, y volvió a mirarla.

 

—¿Esto servirá?

 

Nadie dijo nada. El silencio fue absoluto. Todos miraban aquel pez que habría alimentado a una familia durante semanas… y a ella, que lo había traído desde el fondo del mar con sus propias manos, como si hubiera recogido una fruta del suelo.

 

El primero en reaccionar fue uno de los niños, que soltó un grito de asombro:

 

—¡ES GIGANTE!

 

Uno de los pescadores se acercó despacio, pasando la mano por el lomo brillante del animal.

 

—Nunca vi uno tan grande… —murmuró—. Con esto… comemos todos hoy. Y sobra para mañana.

 

Kizara la miró sin dar crédito, con los ojos aún muy abiertos y el aliento recuperándose poco a poco.

 

—¿Acabas de lanzarte de un acantilado… y atrapar un pez espada a mano limpia?

 

—Sí —respondió Nara con total naturalidad.

 

—¿Y no se te ocurrió avisarnos antes de tirarte al vacío?

 

—No era necesario para cumplir el objetivo.

 

Kizara se llevó ambas manos al rostro, soltando un suspiro entre alivio y exasperación.

 

—Algún día vas a matarme del susto…

 

—No está dentro de mis objetivos —respondió ella con seriedad.

 

Los pescadores seguían rodeando al ejemplar, aún sin dar crédito a lo que habían visto.

 

—¿Cómo lo hiciste? —preguntó uno, mirándola con respeto y asombro—. Ese animal habría arrastrado a tres hombres al agua.

 

—Lo sujeté —dijo Nara, como si fuera la explicación más sencilla del mundo.

 

—Eso ya lo vimos… —murmuró el hombre, sacudiendo la cabeza.

 

Los niños reían señalando el enorme pez, y poco a poco los adultos empezaron a sonreír también, entre incrédulos y divertidos. Nara seguía sin comprender qué había de gracioso en todo aquello.

 

Mientras empezaban a cargar el pez para llevarlo al campamento, Kizara se acercó a ella y le dio un suave golpe en el hombro.

 

—La próxima vez… avísame antes de lanzarte al mar desde veinte metros de altura.

 

—Entendido.

 

—Y no vuelvas a hacerlo sin decirme nada.

 

—Entendido.

 

Kizara empezó a alejarse, pero se detuvo y volvió a mirarla.

 

—Lo digo en serio, Nara. Sin avisar, nada de esto.

 

—Entendido.

 

—¿Me estás escuchando de verdad?

 

—Sí.

 

Nara miró por última vez el animal que yacía sobre la roca, y concluyó con su calma habitual:

 

—Aunque debo admitir que el método fue eficiente.

 

Kizara soltó una carcajada, sacudiendo la cabeza.

 

—¡Ese es exactamente el problema contigo!

 

El regreso al campamento fue recibido con una mezcla de alegría y absoluta incredulidad. Los hombres que habían acompañado a Kizara todavía no terminaban de asimilar lo que sus ojos habían visto. Y cuando el enorme pez espada fue depositado sobre una plataforma de madera para que todos lo vieran de cerca, el asombro se apoderó del lugar.

 

—¡¿Eso lo atrapó ella?!

 

—¡Con sus propias manos!

 

—¡Yo vi cómo se lanzaba desde lo alto del acantilado! ¡Pensé que se hacía pedazos!

 

—¡Yo también! ¡Y salió de ahí como si nada!

 

Incluso los pescadores más experimentados seguían mirando a Nara de reojo, como si esperaran encontrar alguna explicación lógica a lo que acababan de presenciar. Los niños, en cambio, no sentían duda ni temor: solo admiración pura.

 

—¡Es gigante! —decía uno con los ojos muy abiertos.

 

—¡Comeremos durante días! —añadía otro.

 

—¡Nara atrapó un monstruo marino! ¡Es increíble!

 

Kizara sonreía mientras veía cómo empezaban a preparar el pescado para la celebración. Había sido un día extraño, caótico, aterrador en más de un momento… pero definitivamente había valido la pena.

 

Sin embargo, lo que nadie esperaba era que el verdadero problema apenas comenzaba.

 

Nara se había apartado un poco del grupo. Su uniforme estaba empapado; el agua goteaba de cada dobladillo, pegando la tela a su cuerpo y volviéndola pesada e incómoda. Ella lo observó unos segundos, analizó la situación y llegó a una conclusión lógica e inmediata.

 

—Mi vestimenta está mojada —anunció con tranquilidad.

 

Kizara, que estaba conversando con la Abuela Mira, asintió distraída.

 

—Sí… se secará pronto.

 

—Debo retirarla para colocarla a secar —continuó Nara, desabrochando con calma la parte exterior del uniforme.

 

Kizara tardó un segundo en procesar la frase. Luego giró la cabeza de golpe.

 

—¿Qué?

 

Pero ya era tarde. Nara seguía desabrochando su ropa sin la menor prisa ni turbación, justo en medio del campamento, a plena vista de todos.

 

Varias personas se quedaron petrificadas. Uno de los hombres dejó caer al suelo lo que llevaba en las manos. Otro se quedó con la boca abierta, sin saber dónde mirar. El silencio se extendió de golpe.

 

Kizara sintió cómo la sangre le subía al rostro de golpe.

 

—¡¡NARA!! —gritó corriendo hacia ella con las mejillas ardiendo.

 

La androide detuvo sus manos y ladeó levemente la cabeza.

 

—¿Sucede algo?

 

—¡¿Qué estás haciendo?! —susurró Kizara llegando a su lado, desesperada por ocultarla con sus propias manos.

 

—Retirando mi vestimenta mojada para secarla —respondió ella con total naturalidad.

 

—¡Aquí no! ¡No puedes hacerlo aquí!

 

Nara miró a su alrededor, confundida.

 

—¿Existe algún peligro en este lugar? No detecto amenazas ni riesgos físicos inmediatos.

 

—¡No estoy hablando de peligro! —exclamó Kizara, sintiendo que se pondría roja hasta las orejas.

 

Una de las mujeres que había presenciado la escena se acercó conteniendo la risa. Había comprendido perfectamente lo que ocurría: aquella joven no tenía malicia ni malas intenciones; simplemente no entendía por qué aquello era incorrecto.

 

—Ven con nosotras, querida —le dijo suavemente tomándola del brazo—. Te buscaremos algo seco.

 

Nara la miró sin comprender.

 

—Pero mi ropa continúa mojada. Es incómoda y podría causar enfermedades.

 

—Lo sabemos —respondió la mujer riendo bajito—. Pero no necesitas quitártela aquí, delante de todos.

 

—¿Existe una ubicación designada para cambiarse de ropa? —preguntó Nara con curiosidad.

 

—Sí —le indicó otra mujer tomándola del otro lado—. Dentro de una casa, donde nadie te vea.

 

—Entendido —asintió Nara, aceptando la explicación.

 

Kizara la tomó rápidamente del brazo y prácticamente la arrastró hacia una de las cabañas más cercanas.

 

—¡Vamos! ¡Ya!

 

Una vez dentro, al cerrarse la puerta tras ellas, el aire fresco y la luz tenue las envolvieron. Afuera, en cambio, los hombres permanecieron inmóviles unos segundos más, sin saber bien qué hacer ni hacia dónde mirar.

 

—Creo… —dijo uno soltando el aire que había estado conteniendo—, que casi me da algo.

 

—A mí también —admitió otro dejándose caer sobre un banco.

 

El pescador más anciano negó lentamente con la cabeza, mirando hacia la cabaña.

 

—Primero pesca un pez espada a mano limpia… y después casi nos mata del susto por algo completamente distinto.

 

Las mujeres que quedaban afuera soltaron una carcajada.

 

—¡Pobres! —decían entre risas.

 

—¡No se rían! —reclamó uno de ellos avergonzado—. ¡Nadie nos avisó que era así!

 

Mientras tanto, dentro de la cabaña…

 

Kizara estaba sentada sobre una mesa, llevándose una mano al pecho e intentando recuperar el aliento. Su corazón todavía latía con fuerza.

 

—Dios mío… —susurró cerrando los ojos.

 

Nara la observó con atención.

 

—Tu ritmo cardíaco sigue elevado. ¿Sufres alguna dolencia? ¿Debo realizar una evaluación médica?

 

—¡No! —respondió Kizara abriendo los ojos de golpe—. ¡Estoy bien! Es decir… el problema soy yo.

 

—¿Tú? —inclinó la cabeza Nara.

 

—Nunca te enseñé estas cosas —admitió Kizara llevándose las manos al rostro, avergonzada—. Nunca pensé que tendría que explicarte… decencia.

 

Las mujeres que las acompañaban, buscando ropa seca en un rincón, soltaron risitas ahogadas.

 

—Perdona —dijo una de ellas acercándose—, pero es bastante gracioso.

 

—¡No es gracioso! —protestó Kizara, aunque una pequeña sonrisa empezaba a asomar en sus labios.

 

—Un poquito sí —corrigió la mujer con dulzura.

 

Nara las miró una a una, intentando dar sentido a todo aquello.

 

—¿Existe un protocolo específico para cambiarse de vestimenta? —preguntó con seriedad.

 

—Sí —le explicó otra mujer extendiendo una camisa limpia sobre la cama—. Primero buscas un lugar privado, donde nadie te vea. Después te cambias. Y jamás lo haces en medio de un campamento lleno de personas.

 

Nara procesó la información en silencio unos segundos.

 

—Comprendido.

 

Kizara levantó un dedo, mirándola con seriedad.

 

—Y especialmente… no delante de hombres.

 

Nara la miró fijamente.

 

—¿La restricción depende del género?

 

Las mujeres se miraron entre sí y estallaron en risas.

 

—Esto va a ser más difícil de lo que imaginábamos —dijo una entre risas.

 

Kizara dejó caer la cabeza entre sus manos, soltando un suspiro que terminó convirtiéndose en risa.

 

—¿Por qué nunca se me ocurrió que tendría que enseñarte esto?

 

Nara respondió con absoluta calma:

 

—Porque dichas normas no habían sido consideradas relevantes para el cumplimiento de mi función principal.

 

Kizara levantó la cabeza y la miró a los ojos. Luego, poco a poco, una sonrisa cálida se dibujó en su rostro.

 

—Bueno… pues ahora sí lo son.

 

Nara asintió.

 

—Entonces las registraré como información esencial.

 

—Perfecto —Kizara se levantó y se acercó a ella, mirándola con ternura—. Primera lección de supervivencia social: nunca te cambies de ropa delante de todo el pueblo.

 

—Registrado —respondió Nara al instante.

 

Una de las mujeres le entregó finalmente una muda de ropa seca, sencilla pero limpia y suave.

 

—Aquí tienes, querida. Y tranquila —añadió con una sonrisa—, no eres la primera persona que tiene que aprender estas cosas.

 

Kizara la miró con curiosidad.

 

—¿Ah sí? ¿Y quién fue la primera?

 

La mujer soltó una carcajada y se señaló a sí misma.

 

—Yo. Cuando llegué aquí hace años, hice algo parecido. Nadie me lo había enseñado tampoco.

 

Todas rieron juntas. Nara, mientras tanto, sostenía la camisa seca entre sus manos, completamente seria. Su sistema acababa de añadir una categoría nueva y desconocida en su base de conocimientos: Normas sociales humanas.

 

Y al repasar lo ocurrido en apenas unas horas, llegó a una conclusión lógica imperturbable:

 

Atrapar un pez espada de dos metros y medio era tarea sencilla. En cambio… comprender por qué no debía quitarse la ropa mojada delante de la gente… eso resultaba infinitamente más complicado.

 

La puerta de la cabaña se abrió de golpe, aunque con suavidad. La Abuela Mira apareció en el marco, apoyándose en su bastón y con una sonrisa traviesa que le iluminaba todo el rostro.

 

Entró despacio, miró de arriba abajo a Nara que acababa de terminar de abotonarse la camisa seca, y luego se acercó a Kizara dándole un suave empujoncito con el hombro.

 

—Vaya, vaya… —le susurró con voz burlona—. Menos mal que llegué a tiempo, porque me parece que ibas a tener que darle lecciones hasta de cómo respirar.

 

Kizara se puso ligeramente colorada.

 

—Abuela… —se quejó en voz baja.

 

La anciana soltó una risita y le dio unas palmaditas cariñosas en la mejilla.

 

—Está bien, está bien… no te pongas así. Solo digo lo que todo el mundo ve. —Luego miró a su alrededor y añadió, ya con tono más tranquilo—: Kizara… ¿podrías acompañarme un momento? Necesito hablar contigo a solas.

 

Kizara suspiró, sintiendo que ya nada podía sorprenderla aquel día.

 

—Claro.

 

Se levantó de la mesa y, antes de salir, señaló a Nara con un dedo, mirándola muy seriamente.

 

—Tú. Quédate aquí. Y no salgas sin ropa puesta. ¿Entendido?

 

Nara asintió inmediatamente, con la mayor compostura del mundo.

 

—Orden recibida. Permaneceré vestida en este recinto hasta tu regreso.

 

Kizara salió sacudiendo la cabeza, mientras la Abuela Mira contenía una sonrisa divertida. Al alejarse de la puerta por el sendero que atravesaba el bosque, la anciana no pudo resistirse y le dio otro pequeño empujón amistoso.

 

—Parece que has tenido bastante trabajo enseñándole cómo funciona el mundo, ¿verdad?

 

Kizara soltó una pequeña risa resignada.

 

—No tienes ni la más remota idea.

 

Ambas caminaron en silencio unos instantes. A lo lejos se escuchaba el bullicio alegre del campamento: voces que llamaban, risas de niños, el golpeteo rítmico de mesas y tablas. Por primera vez en mucho tiempo, la isla entera respiraba esperanza.

 

Entonces Mira suavizó su expresión y dijo:

 

—Cuéntame… ¿qué ocurrió después de que te fuiste de aquí?

 

Kizara guardó silencio unos segundos. Luego comenzó a hablar. Le contó del viaje interminable, de la pérdida que la dejó sola, de los años de supervivencia en tierras áridas. Le habló del anciano que la recogió cuando ya no tenía fuerzas, del hombre que le enseñó a reparar cualquier cosa, a buscar agua, a defenderse… a no depender de nadie para sobrevivir.

 

Mira escuchaba sin interrumpirla, asintiendo de vez en cuando con los ojos llenos de compasión.

 

—Así que él fue quien te formó… —murmuró cuando terminó.

 

—Sin él… probablemente no estaría aquí —admitió Kizara con voz suave.

 

—Me alegra saber que encontraste bondad en el camino —dijo Mira apretándole el brazo—. Eso dice mucho de ti.

 

Llegaron a un claro elevado. Desde allí se divisaba casi toda la isla y el océano infinito que se fundía con el cielo. Se sentaron bajo la copa de un árbol antiguo, y por un instante solo se escuchó el viento entre las hojas.

 

Entonces Mira habló de nuevo.

 

—Es una joven encantadora.

 

Kizara parpadeó.

 

—¿Quién?

 

La anciana la miró de reojo y sonrió.

 

—¿Quién crees?

 

Kizara sintió el calor subirle al rostro.

 

—¿Nara?

 

—¿Quién más? —Mira soltó una risita—. Sí, es bastante especial. Un poco despistada, claro. A veces parece una niña que acaba de descubrir el mundo entero.

 

—Porque, en cierto modo, es así —respondió Kizara con ternura.

 

—Pero hay algo que me llamó mucho la atención —continuó Mira, volviéndose más seria—. Para ella, tú siempre eres lo primero. No importa lo que ocurra: si hay peligro, te protege. Si tienes hambre, busca alimento. Si alguien te amenaza… bueno, ya vimos lo que ocurre.

 

Kizara rio entre dientes.

 

—Sí. Definitivamente no le gusta que me amenacen.

 

—Y tú tampoco puedes negar que ella se ha convertido en alguien muy importante para ti —insinuó Mira, observándola con ojos sabios.

 

Kizara bajó la mirada.

 

—Es mi compañera.

 

—¿Solo eso? —arqueó una ceja la anciana.

 

—Sí —respondió Kizara, demasiado deprisa.

 

Mira sonrió con dulzura.

 

—Claro. Si tú lo dices…

 

—Lo digo en serio, abuela.

 

—Por supuesto que sí.

 

Kizara se puso roja.

 

—Abuela…

 

—Parece que el corazón de nuestra pequeña Kizara fue conquistado por cierta muchacha de cabello blanco —dijo Mira entre risas.

 

—¡¿Qué?! —Kizara ardió en colores—. ¡No es eso!

 

—No tienes por qué avergonzarte, hija.

 

—¡No me estoy avergonzando!

 

—Tu cara dice algo muy distinto —señaló la anciana divertida.

 

Kizara se cubrió parte del rostro.

 

—No es así…

 

Mira dejó de reír y la miró fijamente.

 

—Entonces mírame y dime que no sientes nada por ella.

 

Kizara abrió la boca. Pero ninguna palabra salió. Se quedó allí, con los labios entreabiertos, sin poder pronunciar ni una sola negativa.

 

Mira no necesitó escuchar nada más.

 

—Eso pensaba.

 

Kizara volvió a mirar el suelo, confundida.

 

—No sé qué siento —confesó en un susurro.

 

La anciana tomó su mano entre las suyas.

 

—Y precisamente por eso debes tener cuidado. Nara puede ser una máquina… pero no está vacía. Está aprendiendo. Cada día descubre algo nuevo sobre este mundo. Y mientras más aprende sobre nosotros, más va a comprender lo que sentimos: el cariño, la alegría, la tristeza, el miedo… y también el amor.

 

Hizo una pausa.

 

—Para nosotros, los sentimientos ya son bastante difíciles. Imagina lo que deben ser para alguien que apenas empieza a descubrirlos.

 

Kizara sintió un nudo en la garganta.

 

—No quiero hacerle daño.

 

—Lo sé —dijo Mira con suavidad—. Y ella confía en ti por completo. También lo sé. Por eso tienes que entender qué sientes tú… antes de permitir que ella avance más de lo que tú puedes acompañarla.

 

Kizara apretó los dedos.

 

—¿Y si no sé qué siento?

 

Mira sonrió con infinita ternura.

 

—Entonces empieza por preguntarte algo sencillo: ¿qué sentirías si mañana Nara desapareciera de tu vida para siempre?

 

Kizara se quedó inmóvil. La sola idea le provocó un vacío helado en el pecho, una punzada tan aguda que le cortó la respiración. No necesitó hablar. Mira lo leyó en sus ojos.

 

—Ya sabes la respuesta.

 

A lo lejos se escucharon las primeras notas y risas que anunciaban la celebración. Pero Kizara permaneció allí, pensando.

 

Mira se levantó despacio y le tendió la mano.

 

—No tienes que responderme hoy. Solo asegúrate de responderte a ti misma… algún día.

 

Kizara tomó su mano y se puso de pie. Antes de volver, miró hacia la cabaña donde Nara la esperaba. Y por primera vez, sintió miedo: miedo de que cuando Nara finalmente comprendiera lo que era amar, ella todavía no hubiera descubierto lo que ya llevaba en su corazón.

Thoughts

  • no_pica_nada

    ¡Un pez espada entero para la fiesta y nadie dice cómo lo van a preparar! Yo ya lo estoy viendo en esos fogones, con limón y algo que pique.

    Permalink
  • pasaporteVencido

    Ciento veintisiete personas y cañas de a una. Con el pez de Nara comen hoy y mañana, pero el lunes están igual que antes.

    Permalink
  • TintaYMadrugada

    Toda la primera mitad es Nara siguiendo órdenes al pie de la letra: se tira del acantilado porque nadie le dijo que avisara, se desabrocha el uniforme porque nadie le dijo dónde. Y después Mira le da la vuelta sin que se note, porque la que no sabe las normas ahora es Kizara, que no sabe qué siente. Me da la impresión de que lo próximo que Nara registre como información esencial va a ser algo que Kizara no le enseñó a propósito, y ahí se arma.

    Permalink
  • RubenOrtega

    Un pez espada de dos metros con caña fina se lleva la caña y medio brazo, en eso el pescador tiene toda la razón. Yo lo vi en los pesqueros de altura: hacían falta tres hombres y un gancho para subir uno así, y aun así alguno se iba con la mano abierta. Lo de las redes rotas sin material para tejer otras me parece lo más cierto del capítulo, pasa en cualquier costa pobre.

    Permalink

Related posts

  • Capítulo 17: Rumbo al horizonte

    El deslizador antigravedad avanzaba en silencio, deslizándose suavemente sobre el inmenso valle desolado. No había carreteras ni caminos marcados, solo kilómetros y kilómetros de tierra agrietada,…

  • Capitulo 11: la doncella guerrera

    El zumbido de carga de las armas del robot de combate llenó toda la habitación, un sonido grave y vibrante que hacía que el polvo bailara en el suelo y los dientes dolieran. La máquina, una mole de…

  • Capítulo 5: Bajo las ruinas del mundo

    La motocicleta de antigravedad se deslizaba silenciosamente entre los esqueletos de concreto de la antigua ciudad, moviéndose como una sombra fluida a través de calles que el tiempo había olvidado.…

  • Capítulo 7: un recuerdo dulce

    La puerta de madera de la tienda quedaba entreabierta, dejando pasar una franja de luz grisácea y polvorienta del exterior. A través de esa rendija, se podía ver su silueta recortada contra el…

  • Capitulo 6: ecos en el núcleo

    El bullicio del mercado seguía presente al otro lado de las paredes, un zumbido constante y lejano que parecía pertenecer a otro mundo, pero dentro de la pequeña tienda del Viejo, la calma había…

  • Capítulo 18: Ecos de la Resistencia

    El enorme centro de mando permanecía sumido en una calma tensa, casi pesada. Las luces tenues iluminaban solo las superficies de trabajo, mientras decenas de pantallas a lo largo de las paredes…

  • Capítulo 12: El corazón de la utopía

    Miles de kilómetros al sur, lejos de las ruinas donde la unidad de combate A-9 había sido reducida a chatarra inerte, el mundo seguía girando bajo el mismo gobierno invisible.

Pública 3 conversaciones 7 pensamientos 29 votos positivos 0 votos negativos 1 serie

El sol caía sobre el océano tiñendo las olas de un dorado profundo. Desde lo alto del acantilado, el mar parecía una inmensa lámina de oro y azul, que se rompía con estruendo contra las rocas muchos…

En series

En grupos