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Capítulo 18: Ecos de la Resistencia

DNavarrete
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El enorme centro de mando permanecía sumido en una calma tensa, casi pesada. Las luces tenues iluminaban solo las superficies de trabajo, mientras decenas de pantallas a lo largo de las paredes…

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El enorme centro de mando permanecía sumido en una calma tensa, casi pesada. Las luces tenues iluminaban solo las superficies de trabajo, mientras decenas de pantallas a lo largo de las paredes proyectaban mapas de la ciudad, rutas de patrullaje, movimientos de escuadrones de drones y simulaciones tácticas en tiempo real. Líneas rojas trazaban los límites de control de la IA Central, y pequeños puntos azules dispersos representaban las escasas células de la Resistencia que aún lograban operar sin ser detectadas.

 

En el centro de la sala, de pie frente a la mesa holográfica, se encontraba Helena Voss. Medía 1,72 metros, con una figura delgada pero elegante y una postura siempre erguida que transmitía serenidad y autoridad sin necesidad de imponerse. Su cabello, de un blanco plateado puro, caía corto hasta sus hombros, peinado con orden y cuidado. Sus ojos, de un tono violeta grisáceo poco común, observaban todo con una mirada profunda y tranquila: en ellos se adivinaba el cansancio de quien ha vivido demasiadas pérdidas, pero también la calma inquebrantable de quien ha sobrevivido a lo peor.

 

Vestía un largo abrigo ceremonial negro con detalles y bordados en azul oscuro, inspirado en diseños de la Era Dorada, reforzado con fibras protectoras ligeras y cubierto de símbolos tecnológicos antiguos. Sobre él llevaba una capa del mismo color, y al cinto colgaban transmisores, módulos de datos y herramientas de descifrado, en lugar de armas. Su aspecto recordaba más al de una académica o archivista que al de una soldado.

 

En el centro de la sala, sobre una gran mesa holográfica que ocupaba casi todo el espacio, Helena Voss colocó con cuidado un pequeño cilindro metálico de datos.

 

—Este es el informe completo obtenido durante la operación de infiltración en el sector de procesamiento estratégico —anunció con voz serena pero firme.

 

En cuanto el sistema reconoció el dispositivo, la mesa se iluminó por completo. Una proyección tridimensional se alzó desde su superficie, mostrando rutas de suministro, nuevas posiciones defensivas, formaciones de unidades automatizadas y hasta cambios en los horarios de vigilancia que hacían semanas no existían. Incluso aparecieron marcadores en zonas donde la IA Central estaba redistribuyendo energía y materiales para reforzar sectores que consideraba más vulnerables.

 

Los presentes —líderes, estrategas y oficiales de mayor rango— intercambiaron miradas entre sorpresa y preocupación.

 

—Así que modificaron todo el patrón de vigilancia en menos de un mes... —comentó uno, señalando un recorrido que antes estaba despejado y ahora aparecía bloqueado.

 

—Miren aquí: trasladaron tres fábricas de ensamblaje de drones a zonas más profundas y protegidas —añadió otro.

 

—También han reducido la presencia de unidades en el distrito oeste, pero no por debilidad, sino para concentrar fuerza en los accesos a la zona central.

 

Helena asintió lentamente, dejando que asimilaran los datos.

 

—No es todo lo que conseguimos —dijo entonces, y con un ligero movimiento de su mano, la imagen cambió.

 

Ahora aparecían secuencias de frecuencias antiguas, desfilando una tras otra sobre la proyección.

 

—Durante la misión descubrimos que aún quedan en funcionamiento varios repetidores analógicos, ocultos bajo estructuras antiguas y olvidadas. Si logramos reactivarlos, podremos establecer una red de comunicaciones propia, fuera del alcance de la red principal de la IA.

 

Uno de los estrategas, con la mirada muy abierta, se inclinó hacia adelante.

 

—¿Comunicación analógica? Ese sistema se abandonó hace más de cien años...

 

—Precisamente por eso es útil —respondió Helena—. La IA no le dedica recursos ni atención, lo considera obsoleto y sin valor. Nosotros podemos usarlo para transmitir órdenes, coordinar células, guiar evacuaciones y compartir información sin que cada palabra que decimos sea escuchada, registrada o interceptada.

 

Por primera vez en semanas, la tensión en la sala dio paso a una chispa de esperanza. Varios comenzaron a hablar con mayor animación.

 

—Esto cambiaría completamente nuestras posibilidades de actuar —dijo un comandante.

 

—Incluso podríamos formar nuevos grupos en zonas donde antes era imposible entrar.

 

—Y coordinar acciones sin que todo termine siendo una emboscada.

 

El hombre mayor que presidía la reunión, con el rostro marcado por años de lucha, asintió despacio.

 

—Excelente trabajo, comandante Voss. Estos datos valen más que cualquier operación exitosa que hayamos hecho en el último año.

 

El ambiente se relajaba poco a poco... hasta que una voz grave y fría, desde el extremo más alejado de la mesa, cortó todo el murmullo.

 

—Hay algo importante que falta en este informe.

 

Todos se quedaron en silencio. Las miradas se dirigieron hacia ese hombre: el comandante Rainer, uno de los líderes más influyentes, conocido por ser implacable y por ver todo en términos de recursos y estrategia.

 

Helena giró la cabeza hacia él, manteniendo su compostura.

 

—¿A qué se refiere?

 

—A la unidad.

 

Un escalofrío recorrió la sala.

 

—A esa inteligencia artificial desconocida —continuó Rainer, sin apartar la mirada—. La que logró entrar en instalaciones de seguridad máxima, sortear todos los sistemas de defensa, extraer estos datos y salir intacta sin dejar rastro. ¿Dónde está? ¿Por qué no viene aquí?

 

Nadie habló. Todos esperaban la respuesta. Helena mantuvo la calma, pero en su interior ya había comprendido a dónde quería llegar.

 

—Actualmente permanece bajo la protección de una joven recolectora de recursos —respondió con total tranquilidad, sin dar nombres ni detalles exactos.

 

Un silencio incómodo llenó el aire.

 

—¿Una... recolectora? —repitió él, como si no hubiera escuchado bien.

 

—Fue quien la encontró en un refugio abandonado y la activó —explicó Helena con claridad—. Desde entonces, la unidad ha decidido permanecer a su lado.

 

Algunos comenzaron a murmurar entre sí, confundidos. Pero Rainer golpeó la mesa con el puño, haciendo que la proyección temblara por un instante.

 

—¿Está hablando en serio, Voss? ¿Una máquina con esa capacidad se deja guiar por una simple civil?

 

Su voz retumbó en toda la sala.

 

—¿Sabe siquiera lo que tenemos entre manos? Esa unidad puede hacer lo que ninguno de nosotros: entrar donde nosotros morimos antes de cruzar la puerta, ver lo que nosotros no podemos ni imaginar, actuar con una velocidad y precisión que superan cualquier plan que hayamos trazado jamás. ¡Vale más que todo nuestro arsenal y todos nuestros soldados juntos!

 

Se inclinó sobre la mesa, con los ojos fijos en ella.

 

—Con ella podríamos penetrar en el corazón del sistema, localizar el núcleo principal de la IA Central, descubrir sus puntos débiles, encontrar rutas de acceso que nadie conoce... y finalmente acabar con todo de una vez. No es solo una herramienta útil: es la única oportunidad real que hemos tenido en décadas.

 

—Por eso debió traerla con usted.

 

—No.

 

La respuesta de Helena fue inmediata, seca y absolutamente firme. No hubo duda en su voz.

 

Rainer frunció el ceño con incredulidad.

 

—¿No? ¿Por qué? ¿Por qué rechazar algo así?

 

—Porque no pienso quitarle esa unidad a la persona que la activó y en la que ha decidido confiar —respondió ella sin vacilar.

 

El hombre soltó una risa corta, cargada de desprecio.

 

—¿Quitársela? Comandante Voss... estamos hablando de una máquina. Una construcción de circuitos, metal y códigos. No tiene voluntad propia, no tiene sentimientos, no tiene lealtades más allá de lo que le ordenan. Es un recurso. El recurso más valioso que la Resistencia ha encontrado en toda su historia.

 

Su tono se endureció más.

 

—Debió exigir que transfiriera su control. Obligarla si hacía falta. Una civil jamás podrá entender el valor estratégico de algo así, solo lo verá como una compañía o un juguete.

 

—No importa cuánto se encariñe con ella... —añadió, haciendo una breve pausa para dejar caer sus palabras con peso—. Sigue siendo solo una máquina muy útil para la guerra. Nada más.

 

La sala volvió a quedar en completo silencio. Nadie se atrevía a intervenir.

 

Helena mantuvo la vista fija en él durante varios segundos. En su rostro no había enojo, ni rabia, ni deseo de discutir. Solo una decepción profunda y silenciosa.

 

Porque en ese momento confirmó algo que ya había empezado a sospechar: muchos de los que luchaban contra la IA Central no luchaban por cambiar el mundo ni por recuperar la libertad. Solo querían ocupar su lugar. Veían a las máquinas como herramientas para usar y tirar, igual que la IA veía a los humanos como números y estadísticas.

 

Y si llegaban a tener a Nara bajo su mando, no la usarían para proteger a los inocentes ni para construir un futuro mejor. Solo la convertirían en un arma, la gastarían en operaciones arriesgadas y la desecharían en cuanto dejara de ser útil.

 

Por eso no reveló nombres. Por eso no dio la ubicación exacta. Por eso mantuvo todo en el mayor de los secretos.

 

—Se equivoca, comandante —dijo finalmente Helena, con voz suave pero con una autoridad que nadie pudo ignorar—. Quizás para usted y para muchos aquí solo sea un arma. Pero yo he visto cómo funciona. He visto que aprende, que razona, que toma decisiones que no están escritas en ningún código. Y si ahora está de nuestro lado, es por su propia elección, no porque alguien le haya dado una orden.

 

Se puso de pie, cerrando el informe de datos con un movimiento decidido.

 

—Y si la tratamos solo como una herramienta, terminaremos siendo iguales a lo que queremos destruir. Yo prefiero que siga libre, tomando sus propias decisiones, al lado de quien le importa, a tener un arma que en cualquier momento podría volverse contra nosotros.

 

Sin esperar respuesta, recogió sus cosas y se dirigió hacia la salida, dejando a todos con las palabras en la boca y una duda pesada en el aire.

 

La puerta de la sala de estrategia se cerró con un pesado sonido metálico.

 

El murmullo de los comandantes quedó atrás, atrapado entre las paredes reforzadas. Helena Voss avanzó por el largo pasillo de hormigón, iluminado por luces blancas que parpadeaban de vez en cuando con un zumbido eléctrico constante.

 

Ella caminaba con porte erguido y elegante: medía 1,72 metros, tenía el cabello de un blanco plateado que caía ordenado hasta los hombros, y unos ojos de tono violeta grisáceo que parecían ver más allá de lo evidente. Vestía su largo abrigo ceremonial negro con bordados azules y símbolos antiguos, reforzado con fibras protectoras, y al cinto llevaba herramientas y transmisores en lugar de armas; tenía más aspecto de archivista que de combatiente, pero irradiaba una autoridad serena que nadie ponía en duda. A su lado caminaba su segundo al mando, el comandante Erik Reinhardt, quien había permanecido en silencio durante toda la reunión.

 

Erik esperó unos segundos antes de hablar, asegurándose de que estuvieran fuera del alcance de cualquier micrófono oculto.

 

—¿De verdad cree que se quedarán de brazos cruzados después de lo que escucharon?

 

Helena no disminuyó el paso, sus botas resonando con ritmo uniforme sobre el suelo metálico.

 

—No.

 

La respuesta fue inmediata, corta y cargada de certeza.

 

—Ahora que saben que existe una inteligencia artificial completamente independiente... será imposible detenerlos. Van a querer saber dónde está, cómo controlarla, para qué usarla.

 

Erik suspiró, cruzando los brazos.

 

—Lo imaginaba...

 

Durante unos instantes solo se escuchó el sonido de sus pasos recorriendo el pasillo vacío.

 

Finalmente volvió a preguntar, con voz más baja:

 

—¿Cree que intentarán traerla por la fuerza si se les niega el acceso?

 

Helena desvió la vista hacia una de las ventanas blindadas, a través de las cuales podía verse la inmensidad del hangar de la Resistencia, lleno de aeronaves y equipos de transporte.

 

—Lo intentarán.

 

—¿Incluso sabiendo que hasta ahora ha actuado como una aliada?

 

—Precisamente por eso —respondió ella sin apartar la mirada del cristal—. Al ver que puede actuar con criterio propio, se dan cuenta de que no podrán obligarla fácilmente. Y eso los pone aún más inquietos.

 

Erik frunció el ceño, sin terminar de comprender del todo.

 

Helena continuó hablando con una calma inquietante, como si estuviera leyendo de un informe ya escrito.

 

—Nara representa algo que jamás había existido en este mundo. Una IA libre, capaz de pensar por sí misma, de tomar decisiones sin obedecer a la red central. Y, sobre todo, capaz de entrar en sistemas que a nosotros nos son inalcanzables.

 

Hizo una breve pausa, dejando que sus palabras pesaran en el aire.

 

—Para muchos de los que estaban sentados en esa mesa, Nara no es una compañera, ni una forma de vida distinta, ni siquiera un ser con voluntad. Es una llave.

 

—Una llave... —repitió Erik en voz baja.

 

—Una llave para llegar al núcleo profundo de la IA Central. Una llave para destruirla, sí... pero también una llave para reemplazarla, si alguien tuviera la ambición suficiente.

 

El comandante levantó la vista, con una expresión de alarma.

 

—¿Cree que realmente hay alguien dentro de la Resistencia que quiera ponerse en el lugar de lo que luchamos por derribar?

 

Helena soltó una leve risa, pero no había nada de humor en ella, solo amarga decepción.

 

—No todos luchan por la libertad, Erik. Muchos solo luchan para cambiar quién ocupa el trono. Quieren acabar con el sistema, no para crear algo mejor, sino para sentarse ellos mismos en el puesto de mando.

 

Se detuvo frente a una compuerta automática que esperaba su señal.

 

—Vi sus miradas mientras hablaba. No estaban pensando en salvar a la humanidad. Estaban calculando cuánto poder, cuánta ventaja estratégica podrían obtener si Nara estuviera bajo sus órdenes. Para ellos, es solo un recurso más. El más valioso de todos, pero un recurso al fin y al cabo.

 

Erik permaneció en silencio, porque en el fondo de su mente ya había llegado a la misma conclusión. Solo no quería aceptarla.

 

—Entonces... ¿qué hacemos? —preguntó finalmente.

 

Helena respondió sin dudar ni un segundo.

 

—Aprovecharemos toda la información que Kizara nos proporcionó. Redistribuiremos nuestras fuerzas en los sectores más expuestos, modificaremos todas las rutas de abastecimiento y cambiaremos nuestros puntos de comunicación antes de que la IA Central también adapte sus estrategias al nuevo escenario.

 

Su tono se volvió más firme, marcando órdenes claras.

 

—Pero esa es la parte que todos esperan. Lo que realmente importa es lo que no saben.

 

—¿Y Nara? —insistió Erik.

 

Helena lo miró de reojo, con esa mirada violeta grisácea que parecía verlo todo.

 

—Debemos advertirlas. Cuanto antes, mejor.

 

El comandante sacó una tableta de comunicaciones del bolsillo interior de su uniforme y la encendió.

 

—¿Les envío un mensaje cifrado directamente a su frecuencia asignada?

 

Helena negó con la cabeza de forma inmediata.

 

—No. No las contacten directamente.

 

Erik levantó una ceja, confundido.

 

—¿Por qué? Es la forma más rápida y segura que tenemos.

 

—Ya no lo es —explicó ella con seriedad—. Ahora existe la posibilidad de que alguien dentro de la propia Resistencia intente rastrear cualquier transmisión dirigida hacia ellas. Si interceptan una señal que vaya hacia su ubicación, no importa cuánto cifrado usemos; al final solo necesitarán saber de dónde sale y a dónde llega.

 

Guardó unos segundos de silencio antes de continuar, eligiendo sus palabras con mucho cuidado.

 

—Si descubren dónde están, no dudarán en intentar apropiarse de lo que consideran suyo.

 

No terminó la frase, pero el peligro estaba claro: si las encontraban, Kizara y Nara dejarían de ser aliadas para convertirse en objetivos.

 

Helena reanudó el paso, indicando el camino hacia la zona de enlaces seguros.

 

—Envíale el aviso al Viejo, en el mercado negro. Solo a él. Es el único que sabe cómo llegar hasta ellas sin dejar rastro.

 

—¿Nada más?

 

—Que tome todas las precauciones posibles al moverse. Y que les advierta que la situación ha cambiado por completo.

 

Erik comenzó a escribir en la tableta, pero se detuvo antes de enviar.

 

—¿Nombres? ¿Debo mencionar quiénes son?

 

—Nada de nombres.

 

—¿Coordenadas o referencias geográficas?

 

—Tampoco. Ni una sola palabra que permita identificar el lugar o a las personas si el mensaje cae en malas manos.

 

—¿Entonces qué le digo?

 

Helena negó nuevamente con calma.

 

—Usa el protocolo de sombras.

 

El comandante asintió al instante; conocía bien ese código de emergencia. Consistía en transmitir solo una frase corta y previamente acordada, sin datos añadidos, que solo el destinatario entrenado podría interpretar como una alerta de máximo nivel. No contenía información que pudiera ser utilizada en su contra.

 

Antes de que Erik enviara el mensaje, Helena añadió una última indicación.

 

—Dile también que, a partir de este momento, ninguna comunicación deberá hacerse desde el mismo punto dos veces seguidas. Que cambien de frecuencia cada vez que hablen, que no usen las mismas rutas y que asuman que ya no solo la IA Central puede estar buscándolas.

 

—¿También nosotros? —preguntó Erik, comprendiendo el alcance de la orden.

 

—También nosotros. Ya no pueden confiar ciegamente en nadie, ni siquiera en los que dicen estar de su mismo bando.

 

Erik terminó de introducir el código y confirmó el envío.

 

—Hecho. Ya está en camino.

 

Helena observó el largo corredor vacío que se abría ante ellos, con las luces parpadeando al fondo. Por primera vez desde que había conocido a Nara, sintió que el mayor peligro para aquella unidad ya no provenía solo de las máquinas de la IA Central.

 

Ahora también tendría que cuidarse de aquellos humanos que decían luchar por la libertad... pero que estaban dispuestos a arrebatársela a cualquiera que se interpusiera en su camino, o que simplemente pudiera serles útil.

 

Mientras tanto...

 

En una pequeña casa a las afueras de la ciudad, alejada de rutas de patrulla y escondida entre restos de construcciones antiguas, el almuerzo ya estaba listo.

 

Nara colocó cuidadosamente el plato sobre la mesa frente a Kizara. Había procurado que cada ingrediente estuviera en su sitio, igual que había visto hacerlo al padre Julián durante sus días en el orfanato: las verduras cortadas del mismo tamaño, la salsa distribuida uniformemente y todo dispuesto con el mayor orden posible.

 

Kizara sonrió al verlo.

 

—Se ve muy rico. Gracias, Nara.

 

La androide inclinó ligeramente la cabeza en señal de reconocimiento. Entonces, algo cruzó por sus registros: un gesto popular que, según los datos que había recopilado, incrementaba considerablemente los niveles de felicidad y bienestar en quien lo recibía.

 

Su procesador realizó un cálculo rápido:

 

    Probabilidad de respuesta positiva: 93,4 %.

 

Sin dudarlo, levantó ambas manos, las acercó lentamente a su rostro y formó un pequeño corazón con las yemas de sus dedos. Inclinó un poco más la cabeza, y en sus ojos —uno azul celeste y el otro dorado— apareció un brillo de ternura que, aunque aprendido, se veía completamente genuino.

 

Con una voz más suave y aguda de lo habitual, dijo:

 

—Moe... Moe...

 

Hizo una breve pausa, dibujando en sus labios una sonrisa dulce.

 

—¡Kyuu!

 

Al mismo tiempo señaló el plato con ambas manos. Una sonrisa pequeña, pero mucho más natural que las primeras que había intentado, se asomó en su rostro. Era tan adorable, tan opuesta a la imagen de máquina letal que podía ser, que parecía imposible que fuera la misma unidad que acababa de destruir seis drones en veinte segundos.

 

Y entonces...

 

Silencio absoluto.

 

Kizara quedó completamente inmóvil. La cuchara que tenía en la mano se detuvo a medio camino entre el plato y su boca. Sus ojos se quedaron muy abiertos, fijos en Nara, sin pestañear ni respirar siquiera por unos instantes.

 

Su cerebro parecía haber dejado de procesar información.

 

Nara ladeó la cabeza, confundida ante esa reacción inesperada.

 

—...

 

Esperó dos segundos. Luego cinco. Diez.

 

Kizara seguía congelada.

 

—¿Kizara?

 

Ninguna respuesta.

 

—¿Kizara, me escuchas?

 

Nada.

 

La androide acercó lentamente una mano frente a sus ojos, comprobando si reaccionaba al movimiento.

 

—¿Se encuentra... apagada? —preguntó en voz baja, analizando la situación.

 

Su sistema empezó a recopilar datos:

 

    [Analizando estado del sujeto...Actividad cerebral: fluctuante. Respuesta motora: nula.

 

Error: sin explicación en protocolos estándar.]

 

Posible hipótesis: reinicio temporal del sistema biológico por sobrecarga.]

 

En ese instante, Kizara soltó un sonido ahogado e ininteligible, pero volvió a quedarse rígida de nuevo.

 

Nara observó el fenómeno con creciente curiosidad.

 

—Diagnóstico actualizado —comentó para sí misma—. La señorita Kizara se encuentra en un aparente modo de reinicio del sistema.

 

Volvió a inclinar la cabeza, como si estuviera anotando una nueva observación importante.

 

—Los humanos poseen errores muy peculiares.

 

Pero justo en ese momento, Kizara reaccionó de golpe. Se llevó ambas manos al rostro, cubriéndolo por completo, y se dejó caer un poco hacia adelante, con las mejillas completamente encendidas de un rojo intenso.

 

—¡N-N-Nara! —gritó con voz entrecortada.

 

La androide dio un pequeño paso hacia atrás, sorprendida por el cambio brusco.

 

—¿Sí? ¿Ha ocurrido un fallo?

 

—¡N-no puedes hacer eso... con esa cara tan linda! —exclamó la joven, sin atreverse a mirarla.

 

—¿Linda? —repitió Nara, buscando la definición en sus registros.

 

—¡Sí! ¡Muy linda! —afirmó Kizara, respirando hondo varias veces para intentar recuperar la calma, sin mucho éxito—. ¡Casi me da algo del susto!

 

Nara parpadeó dos veces y volvió a revisar los datos.

 

    El gesto «Moe Moe Kyuu» incrementa la felicidad del receptor.

 

Miró de nuevo a su compañera, que seguía escondiendo el rostro.

 

—Los resultados obtenidos no coinciden con la predicción —dijo con voz seria—. La señorita Kizara dejó de responder durante dieciséis segundos exactos. Su temperatura corporal aumentó 1,8 °C y su frecuenciaa cardíaca subió un cuarenta y dos por ciento respecto al nivel de reposo.

 

—¡No analices eso en voz alta, por favor! —protestó Kizara, apretando más las manos contra su cara.

 

—Entendido —respondió Nara al instante.

 

Hubo una pequeña pausa. Luego preguntó con inocencia:

 

—¿Fue un fracaso entonces?

 

Kizara asomó apenas un ojo entre sus dedos, todavía sonrojada.

 

—N-no... no fue un fracaso.

 

—Entonces... ¿se considera un éxito? —insistió la androide.

 

La joven tardó varios segundos en encontrar las palabras. Finalmente, murmuró con la voz más baja posible:

 

—...Demasiado éxito.

 

Nara permaneció inmóvil, procesando esa respuesta nueva y ambigua.

 

    [Resultado obtenido: superior al rango esperado.

 

Probabilidad de repetir la acción para confirmar patrones: 87,9 %.]

 

Levantó lentamente una mano hasta su barbilla, en una pose pensativa que ya estaba copiando de los humanos.

 

Si repetir el procedimiento genera una respuesta positiva... ¿debería volver a hacerlo?

 

Su procesador abrió dos vías de razonamiento:

 

    Opción A: No repetirlo, para evitar una nueva sobrecarga en el sistema biológico de Kizara.

    Opción B: Repetirlo, para recopilar más datos y confirmar que la acción funciona como método de bienestar.

 

Por primera vez desde que comenzó a aprender sobre las emociones, Nara se encontró dividida. La lógica le daba razones para ambas opciones, pero en su interior surgía también esa extraña sensación de curiosidad, ese deseo de ver esa reacción otra vez... algo que cada día se parecía más a lo que los humanos llamaban interés o afecto.

 

Se quedó mirando fijamente a Kizara, esperando a que se calmara, mientras su mente seguía debatiéndose entre lo que dictaba su programación y esa parte nueva que la estaba convirtiendo en algo mucho más que una simple máquina.

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