Aoi abandonó el Segundo Piso a la mañana siguiente, cuando la luz del sol apenas comenzaba a iluminar las calles de piedra. Por lo general, su instinto le habría dicho que se quedara, que siguiera explorando las ruinas o investigando más detalles sobre Argos y sus peligros. Pero ahora tenía una prioridad mucho más clara, una misión que, aunque parecía más sencilla, era la clave de todo lo demás: entrenar a Puddle.
Mientras caminaban hacia los portales de regreso, el pequeño slime rebotaba a su lado, brillando con una luz tenue y quejándose en su propio idioma.
—Todavía no entiendo por qué tengo que ser yo el que entrene... —murmuró Aoi, más para sí mismo que para él, aunque le divertía la situación.
—Pui... —sonó bajo y quejumbroso, como si llevara el peso del mundo encima.
—Porque eres la pieza clave de todo esto —explicó con paciencia—. Sin ti, no tenemos forma de debilitar a ese gigante de piedra.
—Pui... —repitió, ahora con un tono un poco más dramático.
—Y porque Kyouka dijo que funcionaría, y hasta ahora no se ha equivocado con nada —añadió Aoi, sonriendo levemente.
—Pui... —el slime desinfló su cuerpo ligeramente, claramente no convencido de que aquello fuera una buena idea, pero siguiéndolo de todos modos.
Durante los siguientes días, el grupo recorrió cada rincón de las zonas marcadas con tinta azul en el mapa que la comerciante les había entregado. Fueron a lagos de aguas cristalinas donde el reflejo del cielo se mezclaba con la vegetación sumergida; recorrieron ríos de corrientes rápidas que bajaban entre rocas lisas y cubiertas de musgo; atravesaron pantanos espesos, donde el aire era húmedo y pesado, y el suelo se hundía bajo los pies; llegaron hasta cascadas que caían con estruendo desde alturas inmensas, rociando todo el entorno con una fina lluvia perpetua; y exploraron cuevas oscuras, llenas de estalactitas y charcas profundas que brillaban con bioluminiscencia.
En cada uno de estos lugares, el escenario se repetía casi idéntico:
Aoi se sentaba sobre una roca o bajo la sombra de un árbol frondoso, sacaba sus cuadernos y materiales de estudio. Fern se acostaba a su lado, inmenso y tranquilo, con el pelaje negro brillando bajo la luz filtrada, vigilando que nada extraño se acercara demasiado. Lyn planeaba en círculos por encima de ellos, deslizándose entre las corrientes de aire con elegancia, sus plumas doradas y azules destellando como joyas, observando todo desde las alturas.
Y en el centro de todo, el protagonista involuntario: Puddle, que era empujado suavemente hacia el frente para hacer el trabajo duro.
—Vamos, ve —decía Aoi, señalando hacia el grupo de criaturas que se movían en el agua.
—Pui... —el slime avanzaba muy despacio, arrastrándose casi, como si cada centímetro fuera un sacrificio enorme.
—Puedes hacerlo, sé que puedes —lo animaba, con una sonrisa de confianza.
—Pui... —se detuvo un momento, mirando hacia atrás con ojos suplicantes.
—Confío en ti.
—Pui... —suspiró en su idioma y siguió avanzando.
Su primer objetivo fue un grupo de Peces Saltadores, criaturas de escamas plateadas y brillantes que vivían en las orillas, saltando fuera del agua para atrapar insectos o atacar presas pequeñas. Eran rápidos, ágiles y trabajaban en grupo.
Puddle se detuvo al borde del agua, temblando levemente.
De repente, tres peces salieron disparados hacia él al mismo tiempo, como flechas.
¡SPLASH!
El impacto fue inmediato. Puddle fue empujado hacia atrás, rodó por la hierba y terminó cubierto de escamas resbaladizas y agua salpicada. Pero no se rompió, no se rindió. Se estiró, recuperó su forma y contraatacó, envolviendo a uno, luego a otro, disolviéndolos poco a poco con su cuerpo gelatinoso y absorbiendo su esencia.
Fue una pelea desigual, caótica y muy divertida de ver, pero al final, Puddle quedó solo en la orilla, sacudiéndose el exceso de agua y escamas, brillando con una luz más intensa que antes.
—¡Pui! —gritó triunfante, inflándose de orgullo.
—¡Bien hecho! —aplaudió Aoi, genuinamente contento.
El slime brilló con fuerza, girando sobre sí mismo de alegría.
Al día siguiente pasaron a las Ranas de Cristal, y aquello fue mucho más complicado y difícil. Eran criaturas de piel transparente como el vidrio, musculosas y fuertes, capaces de saltar distancias enormes en un segundo y de lanzar bolas de agua comprimida que golpeaban con la fuerza de una piedra.
Puddle lo pasó muy mal.
Fue golpeado por el primer proyectil antes de darse cuenta. Salió despedido rodando colina abajo, dando vueltas y vueltas hasta chocar contra una roca grande y lisa. Quedó aturdido, confundido, y en su intento por levantarse, resbaló y cayó dentro de un arbusto espinoso, quedando atrapado entre las ramas.
—... —Aoi observaba todo sin intervenir, aunque le costaba no correr a ayudarlo.
—Pui... —sonó débil, triste y lleno de dolor.
—¿Estás bien ahí dentro? —preguntó Aoi, con tono preocupado.
—Pui... —respondió, aunque el sonido no tenía nada de convincente.
Pero entonces, el pequeño cuerpo brilló una vez más. Se deshizo de las ramas cambiando su forma, se estiró hasta salir y, a pesar de todo, volvió a rodar colina arriba, directo hacia donde estaban las ranas, dispuesto a intentarlo de nuevo.
Una y otra vez fue golpeado, lanzado, empujado y aplastado. Una y otra vez volvió a levantarse. Y cada vez que caía, aprendía un poco más: a predecir el salto, a cubrirse, a atacar cuando el enemigo se relajaba.
Hasta que finalmente, después de una hora larga y agotadora, la última rana desapareció convertida en energía.
Puddle estaba hecho un desastre, sucio, mojado y cansado, pero de pie.
Los días comenzaron a pasar uno tras otro, marcados por el sol que salía y se ponía sobre las aguas.
Uno.
Dos.
Tres.
Y mientras Puddle luchaba, aprendía y crecía, Aoi tampoco estaba quieto.
Al ver pelear a su compañero, él mismo comprendía mejor cómo funcionaban las habilidades, cómo se movían los enemigos, cómo fluía el maná en el entorno. Subía de nivel poco a poco, mejoraba sus propias estadísticas, su resistencia, su control. Recolectaba cada material que dejaban las criaturas derrotadas: escamas, membranas, líquidos, partes de plantas acuáticas... y por las noches, bajo la luz de la luna, sacaba los libros que Kyouka le había vendido.
Intentaba entender las recetas, las mezclas, los procesos. Y aunque avanzaba, seguía siendo terrible comparado con su pequeño compañero.
—No entiendo nada de esta parte... —se quejaba, señalando un diagrama complicado en el libro.
—Pui —hizo Puddle, saltando sobre la página y señalando un círculo.
—¿Qué significa "destilación mágica por presión"? —preguntó, mirándolo esperanzado.
—Pui pui —respondió el slime, moviendo sus tentáculos como si estuviera explicando una fórmula matemática compleja.
—No puedes responder todo con "pui", eso no es una explicación —se quejó Aoi, frotándose la frente.
—Pui —dijo el slime, como si fuera la respuesta más obvia del mundo.
—Eso tampoco ayuda.
Fern soltó un gruñido profundo y vibrante, claramente divertido por la situación. Lyn, posada en una rama cercana, inclinó la cabeza y emitió un suave chillido, como si estuviera decepcionada de que su domadora fuera tan mal estudiante.
Fue al cuarto día, cerca de una laguna de aguas quietas y profundas, cuando todo cambió.
Puddle acababa de derrotar y absorber a un grupo de Slimes de Agua, criaturas de cuerpo líquido y transparente, casi idénticos a él pero de naturaleza puramente acuática. Había sido una pelea extraña, casi como verlo pelear contra sí mismo, pero muy útil.
Justo cuando terminó de asimilar la última energía, su cuerpo se detuvo en seco. Una luz azul brillante comenzó a formarse en su interior, recorriendo cada parte de su forma gelatinosa, haciéndolo brillar como una lámpara de cristal.
—¿Pui? —emitió con sorpresa, mirándose a sí mismo.
Aoi se puso de pie de un salto, dejando caer el libro.
—¿Qué pasa? ¿Te sientes mal?
—¿Pui? —ahora había asombro en su sonido.
La luz creció en intensidad, envolviéndolo todo, y luego, de repente, se desvaneció, dejando a Puddle igual que antes, pero diferente.
Frente a los ojos de Aoi, una ventana brillante del sistema apareció flotando en el aire:
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✅ Nueva habilidad adquirida.
[Cuchilla de Agua]
Genera una hoja afilada de agua comprimida, capaz de cortar y dañar objetivos a distancia con gran precisión.
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Aoi abrió los ojos de par en par, sintiendo una oleada de alegría.
—¡Lo lograste! ¡Lo conseguiste!
—¡Pui! —el slime saltó hasta el doble de su altura, rebotando por la orilla, girando y brillando de felicidad.
Fern golpeó el suelo con la cola, fuerte y rítmicamente, su forma de celebrar. Lyn bajó en picada desde el cielo, dando un par de vueltas alrededor de Puddle, emitiendo un pequeño chillido agudo de aprobación y orgullo.
Por fin. Habían conseguido la primera habilidad. La primera pieza del rompecabezas estaba en su lugar.
Pero no se detuvieron ahí. Sabían que una sola habilidad no era suficiente para lo que se venía. Necesitaban más, mucho más.
Siguieron adelante, buscando enemigos más grandes, más fuertes, con mayor afinidad al agua.
Y dos días después, mientras luchaban contra las Tortugas de Río, criaturas pesadas, blindadas y con un control del agua muy desarrollado, volvió a suceder.
Puddle había logrado envolver a una de ellas, absorbiendo su energía acumulada, cuando la energía azul volvió a aparecer. Subió desde su base, llenó todo su cuerpo y estalló hacia afuera, brillando con una luz cegadora.
Otra ventana apareció ante ellos:
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✅ Nueva habilidad adquirida.
[Chorro de Agua]
Dispara un potente flujo concentrado de agua a alta presión, capaz de dañar, empujar y humedecer grandes áreas o objetivos masivos.
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—¡¡PUII!! —el grito fue largo, fuerte y lleno de victoria.
—¡Otra más! ¡Lo hiciste otra vez! —exclamó Aoi, sintiendo que el corazón le latía rápido de emoción.
Ahora sí. Ahora estaban en el camino correcto.
Puddle había conseguido exactamente lo que necesitaban: una habilidad ofensiva precisa para combatir, y otra perfecta para empapar, cubrir y afectar a objetivos enormes como Argos.
El pequeño slime, lleno de energía y ganas de probar su nuevo poder, comenzó a disparar chorros de agua al aire, haciendo arcos brillantes que salpicaban todo alrededor.
Uno de esos chorros, por desgracia, se desvió y golpeó directamente en el pecho de Fern.
El enorme lobo, que estaba tranquilo y relajado, quedó completamente empapado de la cabeza a la cola. El agua le goteaba por el pelaje negro, pesado y mojado.
Hubo un silencio absoluto.
—...
—Pui... —el sonido fue diminuto, tímido y muy, muy arrepentido.
Fern giró lentamente la cabeza hacia él. Sus ojos rojos brillaron con una mezcla de seriedad y algo muy parecido a "te voy a comer".
Puddle se quedó rígido como una estatua de gelatina. Y al segundo siguiente, salió disparado a toda velocidad, escondiéndose detrás de las piernas de Aoi, asomando solo un poquito su cuerpo.
Lyn, que lo había visto todo, comenzó a reírse con esos chillidos agudos y alegres que emitía cuando le pasaba algo gracioso a los demás, y siguió riéndose durante varios minutos.
Y por primera vez en días, viendo a su equipo así, caótico, mojado y feliz, Aoi también terminó riendo, sin poder contenerse.
Aunque todavía faltaba mucho para enfrentarse al gigante de piedra.
Aunque aún quedaban semanas de entrenamiento y mejora.
Y aunque el misterioso huevo de dragón de fuego seguía esperando, quieto y silencioso, a que llegara su momento...
Por fin sentía que estaban avanzando.
Paso a paso.
Juntos.
Y eso era más que suficiente por ahora.
El viaje de regreso hacia la montaña volcánica fue mucho más rápido de lo habitual. Aoi ya conocía cada sendero, cada curva y cada peligro del camino; después de todo, aquel lugar no era solo un punto en el mapa, sino el sitio que había cambiado su vida para siempre. Allí, entre rocas calientes y aire denso, había encontrado el huevo misterioso que ahora llevaba consigo. Allí había descubierto uno de los secretos más grandes y antiguos de todo el juego. Y allí, en ese mismo corazón de fuego, estaba a punto de conocer al nuevo miembro de su pequeña familia.
—¿Crees que funcionará de verdad? —murmuró Aoi, mirando fijamente el huevo que brillaba tenuemente en su interior, protegido en su inventario.
—Pui —respondió Puddle, rebotando a su lado con total seguridad.
—Eso no responde exactamente a la pregunta, ¿sabes? —sonrió Aoi con suavidad.
—Pui —repitió el slime, esta vez con un tono que parecía decir "confía en mí, sé lo que digo".
—Gracias por intentarlo de todas formas.
Fern caminaba a su derecha, imponente y silencioso, sus patas grandes y fuertes haciéndose cargo del terreno difícil, siempre atento a cualquier amenaza. Por encima de ellos, Lyn sobrevolaba la zona en amplios círculos, deslizándose entre las corrientes de aire caliente, vigilando desde las alturas con sus ojos afilados. Y entre ambos, Puddle avanzaba alegremente, rebotando aquí y allá, brillando con luz propia y sin preocuparse por nada.
Los cuatro llegaron finalmente al gran arco de entrada: la inmensa caverna volcánica que se abría bajo la montaña.
El aire allí era abrasador, cargado de calor y olor a azufre. Las paredes de roca oscura brillaban con vetas rojizas y anaranjadas, como si la propia montaña estuviera viva y latiendo. Y en el centro, ocupando casi todo el espacio, seguía allí, inmenso y majestuoso: el lago de lava. Un mar de fuego líquido que se movía lentamente, burbujeando y lanzando chispas al aire, el mismo lugar exacto donde Aoi había encontrado el huevo semanas atrás, el lugar donde un antiguo dragón había descansado durante siglos.
Aoi se detuvo al borde, sintiendo el calor golpearle el rostro. Observó la superficie incandescente durante unos segundos, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. Estaba nervioso, extrañamente nervioso. No era el mismo miedo o emoción que sentía al descubrir un tesoro o enfrentar un monstruo. Esta vez era distinto: no estaba buscando ni encontrando una criatura, estaba esperando a alguien.
Con mucho cuidado, abrió su almacenamiento personal. Una luz roja y cálida apareció flotando frente a él, y poco a poco, el enorme huevo emergió, suspendido en el aire antes de caer suavemente en sus manos. Seguía siendo hermoso, imponente y misterioso. Las grietas de energía roja recorrían toda su superficie como venas de fuego que latían al ritmo de una vida que esperaba para salir.
—Ya es hora —susurró Aoi, acariciando suavemente la cáscara rugosa.
Lo sostuvo entre sus brazos unos segundos más, sintiendo el calor que emanaba, una calidez que no quemaba, sino que reconfortaba. Luego caminó despacio hasta el borde mismo del lago, donde la roca se fundía con el fuego, y con el mayor cuidado y respeto posible, lo dejó reposar sobre la lava líquida.
El huevo no se hundió de inmediato. Flotó, ligero y estable, balanceándose suavemente sobre las olas de fuego como si estuviera en su lugar natural. Pasaron unos instantes, y entonces comenzó a descender, lenta y majestuosamente, hundiéndose poco a poco hasta desaparecer por completo bajo la superficie incandescente, tragado por el calor.
—...
—Pui... —incluso Puddle parecía nervioso ahora, su sonido bajito y lleno de expectación.
Pasaron unos segundos largos, interminables. Nada ocurría.
Pasaron más. El silencio en la cueva era absoluto, solo roto por el burbujeo de la lava.
Y entonces...
El lago entero pareció estremecerse.
¡¡BOOOOM!!
Una columna inmensa de lava, fuego y ceniza salió disparada hacia el techo alto de la caverna, iluminando todo con una luz cegadora. El sonido fue ensordecedor, como un trueno atrapado bajo tierra.
Fern dio un paso al frente, pelaje erizado y cuerpo tenso, listo para proteger.
Lyn descendió en picada inmediatamente, batiendo las alas con fuerza para mantenerse estable.
Aoi levantó ambos brazos para cubrirse el rostro del calor intenso que de repente llenó todo el aire.
Algo acababa de salir. Algo increíblemente rápido.
Una silueta roja cruzó la caverna como un cometa en pleno vuelo. Pasó entre las inmensas columnas de piedra, giró alrededor de las estalactitas del techo, atravesó una nube de humo y ceniza y continuó volando de un lado a otro, trazando líneas de fuego en el aire.
—¿Qué fue eso? —alcanzó a decir Aoi, con los ojos muy abiertos.
—¡Pui! —gritó Puddle, señalando con sus tentáculos, igual de impresionado.
—¡Yo tampoco lo vi bien, iba demasiado rápido!
La criatura siguió moviéndose varios segundos más, veloz, ágil, dando vueltas y giros cerrados, como si acabara de descubrir que podía volar y quisiera probarlo todo a la vez. Estaba emocionada, llena de energía, de vida, de curiosidad.
Poco a poco, comenzó a disminuir la velocidad. Sus alas batieron más despacio hasta quedar suspendida en el aire, flotando suavemente frente a ellos.
Era pequeña. Mucho más pequeña de lo que Aoi había imaginado o esperado. Apenas tenía el tamaño de un perro joven, ligera y delgada, pero con una presencia que llenaba todo el espacio.
Su cuerpo estaba cubierto por escamas de un rojo oscuro y profundo, brillantes como metal pulido, con pequeños patrones dorados que recorrían sus alas y su espalda, dibujos antiguos que brillaban con luz propia. Dos cuernos cortos y curvados sobresalían de su cabeza, y una cresta de escamas bajaba por su cuello. Pero lo que más llamaba la atención eran sus ojos: grandes, redondos y brillantes como oro fundido, profundos y antiguos, cargados de inteligencia.
La pequeña criatura se quedó quieta, observando todo a su alrededor con una mezcla de confusión y maravilla. Miró las paredes rocosas, miró el lago de fuego, miró las inmensas columnas de piedra, miró a Fern con su tamaño imponente, miró a Lyn que flotaba cerca, miró a Puddle que brillaba curioso...
Y finalmente, sus ojos se detuvieron en Aoi.
El tiempo pareció detenerse por completo.
El pequeño dragón abrió los ojos más grandes si cabía.
Aoi también.
Durante unos segundos que parecieron minutos, simplemente se observaron mutuamente. No hubo miedo, ni duda, ni sorpresa. Fue como si ambos entendieran algo que nadie más en el mundo podía comprender, como si se reconocieran desde mucho antes de este momento.
Entonces ocurrió.
Las alas del pequeño dragón se abrieron por completo, extendiéndose con elegancia. Y sin la menor duda, sin dudar ni un segundo, se lanzó hacia adelante.
—¡Eh! —Aoi apenas tuvo tiempo de levantar las manos.
La pequeña criatura cruzó el espacio en un parpadeo e impactó directamente contra su pecho, suavemente, sin hacer daño. Lo abrazó con sus patas delanteras diminutas pero fuertes, enroscó su cola alrededor de su brazo y comenzó a frotar la cabeza contra su ropa, contra su cuello, contra sus manos, con ternura y alegría, como si lo hubiera estado buscando desde siempre, como si hubiera sabido exactamente quién era él desde el primer momento.
—¿Eh? ¿Qué...? —Aoi estaba confundido, con el corazón latiéndole ahora de emoción pura.
El dragón emitió un sonido pequeño, grave y ronroneante, lleno de felicidad.
—Rrrr...
Luego se acomodó mejor, enroscándose entre sus brazos y recostando la cabeza sobre su hombro, completamente tranquilo, completamente seguro, completamente feliz. Como si aquel lugar, justo ahí, fuera exactamente donde debía estar desde el principio de los tiempos.
Aoi bajó lentamente la mirada. Observó cada detalle de aquellas escamas rojas, de aquellos dibujos dorados, de aquellos ojos que ahora lo miraban con amor absoluto.
El dragón levantó la cabeza. Sus ojos dorados brillaron con intensidad, y entonces, frente a ambos, apareció una ventana luminosa del sistema, flotando en el aire:
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Vínculo establecido con éxito.
🐉 Nuevo compañero obtenido: Dragón Antiguo de Fuego
📊 Estado: Recién Nacido
💫 Afinidad: MÁXIMA
❤️ Nota: Reconoce a la Domadora como su madre.
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Aoi se quedó inmóvil, leyendo y releyendo la última línea.
—...
—¿Madre? —repitió en voz alta, más sorprendido que nunca.
El sistema no parpadeó, no cambió, no se corrigió. La palabra seguía ahí, brillando con claridad.
El pequeño dragón soltó otro sonido alegre, volvió a abrazarlo con más fuerza y escondió el hocico en su cuello, caliente y suave.
—Rrrr.
Fern observó la escena con tranquilidad, moviendo la cola pesadamente de lado a lado.
Lyn inclinó la cabeza, bajó un poco más y soltó un suave chillido aprobatorio.
Puddle rebotó una vez, luego dos, brillando con fuerza, feliz por el nuevo amigo.
Y los tres parecieron llegar exactamente a la misma conclusión silenciosa, mirando a Aoi y luego al dragón:
Sí. Definitivamente, ese era otro hijo de Aoi.
—...
—No digan nada —pidió Aoi, sintiendo cómo se le sonrojaban las mejillas, aunque no podía dejar de sonreír.
—Pui —dijo Puddle, con un sonido que claramente significaba "te lo dije".
—Tú tampoco, Puddle.
El pequeño dragón ignoró completamente la conversación. Se acomodó mejor entre los brazos de su nueva madre, cerró los ojos y se dejó llevar por el calor y la seguridad, como si después de tanto tiempo esperando encerrado dentro de aquel huevo, después de siglos de sueño y silencio... por fin hubiera llegado a casa.
El viaje de regreso fue mucho más tranquilo. O al menos, tan tranquilo como podía ser cuando llevabas un dragón recién nacido entre los brazos y este se negaba rotundamente a separarse de ti ni un solo segundo.
Desde el momento en que había salido del lago de lava, la pequeña criatura de escamas rojas y dibujos dorados no se había apartado de Aoi. Cuando intentó dejarlo en el suelo para que caminara por su cuenta, el dragóncito simplemente trepó por su ropa hasta instalarse cómodamente sobre su cabeza. Cuando trató de dejarlo sobre el lomo de Fern para descansar un poco, salió volando en el acto y regresó a su hombro, soltando unos pequeños sonidos que claramente sonaban a reclamo. Y cada vez que intentaba dejarlo sobre una roca o un tronco, el pequeño ser regresaba inmediatamente a sus brazos, enroscándose como si fuera el lugar más seguro del universo.
—Creo que me adopté a mí misma sin querer —murmuró Aoi, sintiendo el calorcito que emanaba su cuerpo.
—Rrrr... —respondió el dragón, frotando su cabeza contra su mejilla con cariño.
—Sí, sí, definitivamente me adoptaste. No hay vuelta atrás.
Puddle rebotaba alegremente a su lado, brillando de luz divertida y observando toda la escena con mucha curiosidad. Fern, por su parte, simplemente aceptó la situación con su habitual calma: un nuevo miembro, una responsabilidad más, otro pequeño que proteger. Y Lyn cerraba la marcha, sobrevolando a poca altura, vigilando los alrededores con elegancia y manteniendo a salvo a su grupo.
Al menos, así fue hasta que llegaron a las cercanías de la ciudad. Allí, justo donde el camino se abría hacia las primeras murallas, dos figuras los estaban esperando, saltando de emoción.
—¡Aoi! —gritó la primera, corriendo a toda velocidad.
Era Hina, con el cabello revuelto y una sonrisa enorme. Detrás de ella venía Kaede, igual de entusiasta. Ambas llegaron casi al mismo tiempo y, sin siquiera detenerse a saludar o preguntar cómo había ido, sus ojos se clavaron en una sola cosa: la pequeña criatura roja que dormitaba en los brazos de su amiga.
—¡Nació! —exclamó Hina, con las manos juntas bajo la barbilla, totalmente fascinada.
—¡Es increíblemente adorable! —añadió Kaede, acercándose mucho para verlo mejor—. ¡Déjenme verlo bien!
—¡Yo lo vi primero! —protestó Hina, empujándola suavemente.
—¡No es cierto, yo estaba más cerca!
Aoi apenas tuvo tiempo de parpadear antes de que ambas estuvieran prácticamente encima de él, invadiendo su espacio personal con una mezcla de emoción y curiosidad.
El pequeño dragón abrió un ojo, observó a las dos jóvenes con sus pupilas doradas, inclinó la cabeza a un lado como si estuviera evaluando la situación... y de repente, giró sobre sí mismo y se escondió por completo detrás del cuello de Aoi, asomando solo la punta de su cola.
—... —Hubo un silencio breve.
—Nos rechazó —dijo Hina, con una mano en el pecho, fingiendo dolor.
—Duele un poco, sí —asintió Kaede, con una mueca de tristeza exagerada.
—Mucho, mucho —coincidió la otra.
Aoi suspiró largamente, acariciando el lomo de la pequeña criatura para calmarlo.
—Acaba de nacer hace apenas unas horas. No conoce a nadie, solo a mí.
—¿Y por qué te conoce a ti? —preguntó Kaede con una sonrisa pícara.
—Yo tampoco lo conocía y me eligió a mí desde el primer segundo —se defendió Aoi.
—Eso es porque eres su madre, claro está —dijo Hina, como si fuera la cosa más obvia del mundo.
—No empieces otra vez con eso —replicó Aoi, sintiendo cómo se le calentaban las mejillas.
Kaede soltó una carcajada clara, seguida rápidamente por la de Hina. Aoi decidió ignorarlas por completo, convencida de que era lo mejor para su salud mental y su tranquilidad.
—Por cierto... —dijo Kaede, cambiando de tema y metiendo la mano en su bolsa de inventario—. Sabíamos que vendrías hoy y que traerías algo muy especial. Así que te trajimos esto.
Sacó un pequeño objeto brillante y se lo entregó. Era un anillo de plata fina, sencillo pero elegante, con una pequeña gema roja incrustada en el centro que brillaba con luz propia.
—¿Qué es? ¿Qué hace? —preguntó Aoi, dándole vueltas entre sus dedos.
—Es un objeto raro que conseguimos hace tiempo —explicó Hina—. Oculta la verdadera naturaleza de las criaturas que llevas contigo.
—¿En serio?
—Sí —continuó Kaede, seria ahora—. Si no te lo pones, en cuanto entres a la ciudad, media población se dará cuenta de que llevas contigo un Dragón Antiguo de Fugo. Y créeme, no quieres llamar esa atención ahora mismo. Sería un problema enorme.
Aoi abrió los ojos, comprendiendo al instante el peligro. Tenía razón. Una criatura así era codiciada por todos: coleccionistas, gremios poderosos, cazadores... y tenerlo a la vista era peligroso.
—Me lo pondré inmediatamente —dijo, y se deslizó el anillo en el dedo.
En cuanto hizo contacto con su piel, la joya brilló suavemente con una luz roja tenue que se extendió hacia afuera, envolviendo al pequeño dragón en un velo imperceptible. Al instante, su apariencia cambió sutilmente: el color intenso de sus escamas se volvió un poco más apagado, los dibujos dorados se difuminaron hasta parecer simples manchas, sus cuernos parecieron encogerse y sus alas se volvieron más pequeñas y discretas.
Seguía siendo una criatura hermosa y exótica, algo que llamaba la atención, pero ya no gritaba a los cuatro vientos "SOY UN DRAGÓN LEGENDARIO".
—Mucho mejor —asintió Aoi, aliviada.
—Rrrr? —el pequeño dragón levantó la cabeza, confundido por el cambio de luz y sensaciones.
—Es por seguridad, pequeño —le susurró ella, acariciando su hocico—. Para que nadie te moleste.
—Rrr... —pareció entenderlo, o simplemente no le importó demasiado, y volvió a recostarse cómodo. Después de todo, apenas tenía unas horas de vida.
—Bien —Kaede cruzó los brazos y miró fijamente a la criatura—. Ahora, lo más importante. ¿Cuáles son sus estadísticas? ¿Qué capacidades tiene?
—Buena pregunta... —Aoi abrió el panel de estado que flotaba siempre a su alcance y buscó la ficha de su nuevo compañero. Las tres se inclinaron para leer la información que aparecía brillante y clara:
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🐉 Dragón Antiguo de Fuego
🔹 Estado: Recién Nacido
🔹 Nivel: 1
🔹 HP: 120
🔹 MP: 180
🔹 Fuerza: 12
🔹 Defensa: 10🔹
Velocidad: 15
🔹 Magia: 22
📜 Habilidades:•
✈️ Vuelo Básico•
🔥 Resistencia Absoluta al Fuego•
💨 Aliento Ígneo Menor
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Hubo un breve silencio mientras procesaban los números.
—Bueno... —empezó Hina, rompiendo el momento—, es un bebé. Literalmente nació hace una hora.
—Cierto —asintió Kaede—. No esperaba que fuera capaz de derrotar jefes de nivel alto todavía.
Aoi asintió también, analizando los datos con calma. Las estadísticas eran normales para su nivel, nada exagerado, nada que pareciera roto o sobredimensionado. Era, sencillamente, un recién nacido. Pero aunque los números fueran bajos por ahora, el nombre de su especie y el valor de su magia le decían una cosa muy clara: tenía un potencial infinito. Era una semilla pequeña, pero de un árbol inmenso y antiguo.
El pequeño dragón bostezó ampliamente, mostrando unos dientes diminutos y afilados, y volvió a acomodarse entre los brazos de Aoi, cerrando los ojos con tranquilidad.
—Rrrr... —ronroneó suavemente.
Kaede sonrió, mirándolo con ternura, y luego miró a su amiga con una expresión más seria pero divertida.
—Ahora viene la parte difícil, la decisión más importante de todas.
—¿Cuál? —preguntó Aoi, acariciando las escamas rojas.
—Ponerle un nombre.
Aoi se quedó inmóvil.
Se quedó mirando a Kaede.
Luego a Hina.
Luego de nuevo a Kaede.
Ambas se quedaron calladas, esperando. Porque era verdad. Hasta ese momento, todos se habían referido a él simplemente como "el dragón", "el pequeño", "la criatura" o el genérico "oye tú". Pero eso ya no servía. Él era parte del grupo, era familia, la primera criatura que la había reconocido como madre. Merecía mucho más que eso. Merecía una identidad.
El pequeño ser levantó la cabeza al notar el cambio de ambiente. Sus ojos dorados, profundos y brillantes, se fijaron directamente en los de Aoi. Esperaba. Confiaba. Parecía saber que algo importante estaba a punto de ocurrir, algo que definiría quién era él en este mundo.
Aoi bajó la mirada, sintiendo el calor de su cuerpo, la suavidad de sus escamas, la fuerza tranquila que emanaba a pesar de su tamaño diminuto. Y por primera vez desde que había nacido, pensó seriamente en ello.
Porque un nombre no era solo una palabra. Era identidad. Era pertenencia. Era familia. Era el comienzo oficial de una nueva historia que escribirían juntos. Y esa decisión... esa decisión le pertenecía únicamente a ella.
Pensó en las estrellas, en el fuego antiguo, en la fuerza que llevaba en la sangre, en esa luz dorada que siempre brillaba en sus ojos. Pensó en constelaciones, en leyendas, en nombres que significaban grandeza, pero también protección.
Entonces sonrió. La respuesta apareció clara y brillante en su mente, como si siempre hubiera estado ahí.
—Se llamará Regulus —dijo Aoi, con voz firme y suave al mismo tiempo.
El pequeño dragón parpadeó. Inclinó la cabeza, y al escuchar el sonido, sus ojos se iluminaron con una alegría nueva. Emitió un sonido más fuerte, más claro, más seguro.
—¡Rrrr-gul! —pareció repetir, tropezando con las sílabas pero lleno de felicidad.
—¿Regulus? —repitió Hina, probando el nombre—. Me gusta. Suena antiguo, fuerte... y brillante. Como una estrella.
—Es perfecto —coincidió Kaede, asintiendo con aprobación—. Un nombre digno de un dragón antiguo.
Regulus se acomodó de nuevo en el hueco de los brazos de Aoi, cerró los ojos satisfechos, y por primera vez, supo exactamente quién era: Regulus, el Dragón Antiguo de Fuego, y parte de esta familia extraña y maravillosa que ahora tenía.
Y Aoi supo, en ese momento, que aunque el camino fuera largo y peligroso, con Regulus a su lado, todo sería mucho más brillante.