Solo habían pasado tres días desde que Regulus había abierto los ojos en el fondo del lago de lava, pero para el grupo parecía que había transcurrido mucho más tiempo. Fueron tres jornadas de entrenamiento intenso, recorriendo zonas profundas y peligrosas del Primer Piso, poniendo a prueba cada habilidad que habían aprendido.
Puddle perfeccionó sus ataques acuáticos: ahora el agua que lanzaba salía con mayor presión, más concentrada y con un alcance mucho mayor; incluso había logrado crear pequeñas nubes húmedas que cubrían amplias zonas. Regulus, por su parte, descubría cada día algo nuevo sobre su propio cuerpo: lo más divertido y peligroso era que podía escupir fuego sobre prácticamente cualquier cosa que le llamara la atención. En esos tres días había quemado una mochila vieja, chamuscado las copas de dos árboles y, en un descuido, había alcanzado la cola de Fern.
Afortunadamente, el enorme lobo tenía una resistencia natural al fuego casi absoluta. Sin embargo, la mirada que le dedicó al pequeño dragón después del incidente fue suficiente para que Regulus pasara los siguientes veinte minutos escondidos detrás del cuerpo gelatinoso de Puddle, asomando solo la punta de su hocico con expresión culpable.
A pesar de esos pequeños percances, el resultado era claro: ambos habían crecido. Puddle era más rápido y preciso; Regulus controlaba mejor su calor y su magia. El resto del equipo también había mejorado, coordinándose mejor en cada movimiento.
Y ahora, finalmente, había llegado el momento.
Frente a ellos se alzaba la entrada a las Ruinas Eternas, imponente y silenciosa como una montaña de piedra antigua. Dos puertas colosales, talladas con símbolos desgastados por siglos de tiempo, marcaban el límite entre el Segundo Piso y el dominio de Argos. Más allá de ese umbral no había caminos señalizados ni zonas seguras: solo un laberinto de pasillos interminables, cámaras oscuras y la presencia inamovible del gigante de piedra que custodiaba este nivel.
Aoi se detuvo unos pasos antes de cruzar el arco de entrada y observó la escena con calma. A su izquierda, Fern permanecía en silencio, sus músculos tensos bajo el pelaje negro, listo para moverse en cualquier momento. A la derecha, Lyn descansaba sobre una columna caída, limpiándose una pluma con el pico, aunque sus ojos dorados no perdían detalle de nada. Más cerca, Puddle rebotaba suavemente sobre la hierba, brillando con una luz azulada que indicaba que tenía toda su energía lista. Y entre los brazos de su avatar —una figura de cabello plateado que usaba dentro del juego— Regulus miraba todo con curiosidad infantil, moviendo la cola con impaciencia, sin saber aún la magnitud de lo que iban a enfrentar.
Detrás de ellos, a unos metros de distancia, estaban Kaede y Hina. Ya hacía varios días que se conocían bien, tanto dentro como fuera del juego; eran sus amigas más cercanas, y por eso habían insistido tanto en acompañarlo hasta allí.
—Todavía podemos ir contigo —repetía Hina, con preocupación en la voz—. Sería mucho más fácil si vamos todos juntos.
—Y mucho más seguro —añadía Kaede, cruzándose de brazos—. Argos no es un enemigo cualquiera; incluso grupos completos de jugadores experimentados suelen salir heridos o retirarse a medias.
—Lo sé perfectamente —respondió Aoi con suavidad, sin dejar de mirar las puertas de piedra.
—Entonces, ¿por qué insistes en hacerlo solo?
—Porque esta vez tengo que dar este paso por mí mismo —dijo con firmeza, pero sin dureza—. Ustedes son mis hermanas, me han ayudado desde el primer día y siempre estaré en deuda con eso. Pero si quiero seguir creciendo, si quiero conocer realmente hasta dónde puedo llegar, tengo que enfrentar esto con mis propias fuerzas.
Ambas suspiraron, sabiendo que su decisión ya estaba tomada. Lo conocían lo suficiente para saber que no cambiaría de opinión.
—Vale —dijo Kaede, acercándose para darle un leve golpecito en el hombro—. Entonces ve y demuestra de lo que eres capaz.
—Y si necesitas ayuda, solo tienes que llamar —agregó Hina con una sonrisa—. Aunque sea solo para gritar que te has metido en otro lío.
Aoi sonrió, agradecido, y con un gesto de despedida, se volvió hacia la entrada.
Respiró hondo, llenando sus pulmones con el aire fresco que soplaba entre las ruinas. No había nervios paralizantes, solo una sensación clara de propósito.
—Bueno —dijo en voz baja, para que todos lo escucharan—. Llegó la hora.
Fern respondió con un gruñido grave y firme, golpeando una vez el suelo con su pata delantera. Lyn extendió sus alas, lista para alzar el vuelo en cuanto fuera necesario. Puddle rebotó más alto de lo habitual, emitiendo un sonido alegre y lleno de energía. Y Regulus, levantando la cabeza desde los brazos de su dueño, soltó un pequeño rugido agudo pero decidido:
—¡Rrrr!
—Tomaré eso como una aprobación —sonrió Aoi.
Como si fuera una señal, todos respondieron al unísono:
—¡Pui! —gritó Puddle, brillando con más intensidad.
—¡Rrr! —repitió Regulus, moviendo las alas con fuerza.
Fern golpeó el suelo una vez más, y Lyn lanzó un chillido agudo que resonó entre las piedras.
Sí. Estaban listos. O al menos, tan listos como podían estar.
—Entonces vamos.
Con ese paso firme, Aoi caminó hacia adelante y cruzó el umbral de las puertas.
En el instante mismo en que sus pies pisaron el suelo de piedra más allá de la entrada, el sistema de todo el juego se activó. Primero apareció una notificación en su propia interfaz, pero en cuestión de segundos la misma información se desplegó en miles de pantallas en todo el servidor, apareciendo en ventanas flotantes, en tablones de anuncios y en las pantallas de transmisión pública.
━━━━━━━━━━━━━━━
📢 EVENTO ESPECIAL ACTIVADO
🔹 Jugador detectado dentro del Dominio de Argos.
🔹 Desafío al Jefe del Segundo Piso iniciado.
🔹 Transmisión en vivo automática habilitada para todo el servidor.
━━━━━━━━━━━━━━━
Un segundo después, millones de ojos en todo el mundo virtual se detuvieron en seco. Lo que aparecía en las pantallas era la imagen clara y nítida del avatar de Aoi: esa figura de cabello plateado que ya se había hecho un nombre en poco tiempo. A su lado avanzaba el enorme lobo negro Fern, por encima de ellos planeaba Lyn con sus alas doradas, saltaba a su lado el slime brillante Puddle, y en sus brazos iba la pequeña criatura roja y escamosa que ocultaba su verdadera identidad gracias al anillo.
En cada rincón del juego, la actividad se detuvo. Grupos de exploradores dejaron de discutir sus rutas, mercaderes interrumpieron sus tratos, entrenadores apartaron sus espadas y todos, sin excepción, dirigieron su atención hacia esa transmisión.
Porque desafiar a Argos no era algo cotidiano. Hasta ese momento, solo los jugadores más veteranos, con años de experiencia y equipos de alto nivel, se atrevían a intentarlo, y casi siempre lo hacían en grupos de cuatro o cinco personas para asegurar la victoria. Y ahora, todos veían a la misma jugadora que apenas unas semanas atrás había llamado la atención por derrotar al jefe del Primer Piso, entrar en el dominio del gigante de piedra completamente sola: sin otros jugadores, sin refuerzos, sin ayuda externa, solo acompañada de sus cuatro compañeros domesticados.
El impacto fue inmediato. Los foros oficiales, las salas de chat públicas y los canales de discusión explotaron en cuestión de minutos.
—¡¡ES ELLA!! ¡La que llaman la Domadora!
—¿Va a enfrentarse a Argos SOLA? ¿Sin ningún otro jugador más que sus mascotas?
—¡Eso es una locura! Ni siquiera los mejores del servidor se atreven a hacerlo así.
—¿De verdad cree que unos pocos monstruos pueden sustituir a un equipo de guerreros, magos y sanadores?
—Espera... hace poco la vimos con otras compañeras, ¿por qué no fueron con ella ahora?
—Si lo logra, va a cambiar todas las reglas que conocemos sobre este jefe.
—Y si fracasa... bueno, será una lección de humildad.
En la tienda de objetos del Segundo Piso, Kyouka estaba apoyada en su mostrador limpiando un frasco cuando la notificación apareció frente a ella. Al ver el nombre y el lugar, se detuvo en seco y soltó un leve suspiro.
—Realmente se fue —murmuró, viendo en la pantalla cómo avanzaban entre las columnas antiguas.
Luego una sonrisa tranquila y confiada apareció en sus labios.
—Espero que hayas escuchado cada palabra de lo que te expliqué, Aoi. Si alguien puede hacerlo, eres tú.
En el mundo real, en las instalaciones de la Academia de Aventureros, Reika y Reina estaban en su sala de descanso, igual que cualquier otro día. Ya hacía varios días que se habían hecho amigas de Aoi. Por eso, cuando apareció la notificación en sus pantallas, no les sorprendió ver su nombre, pero sí lo que venía después.
━━━━━━━━━━━━━━━
🔹 Jugador: Aoi
🔹 Ubicación: Dominio de Argos
🔹 Desafío al jefe iniciado
🔹 Transmisión en vivo activada
━━━━━━━━━━━━━━━
Ambas abrieron la imagen al instante. Allí estaba él, avanzando con paso firme entre las ruinas, rodeado de sus compañeros, pero sin ningún otro jugador humano a su lado.
—No puede ser... —susurró Reina, con los ojos muy abiertos—. ¿Va a enfrentarse al gigante de piedra solo?
—Es lo que vemos —respondió Reika, con voz cargada de asombro—. Sabíamos que era valiente, pero esto... esto es demasiado.
—Hace solo unos días que derrotó al jefe del Primer Piso y ya quería intentar esto, pero pensamos que iría acompañado. ¡Nadie hace esto solo!
—Y sin embargo ahí está —dijo Reina, mirando fijamente la pantalla—. Ese chico tan tranquilo que se sienta al fondo del aula y casi no habla... está a punto de intentar algo que nadie más se ha atrevido a hacer.
Ambas se quedaron en silencio, con la respiración contenida, sintiendo cómo crecía la emoción y la inquietud al mismo tiempo. Lo conocían, confiaban en él, pero lo que estaba a punto de enfrentar superaba cualquier lógica que hubieran aprendido hasta ahora.
Y en cada rincón del juego, en cada pantalla, en cada comentario y en cada mirada,odos esperaban con el aliento contenido, sabiendo que lo que ocurriera a continuación marcaría un antes y un después en la historia de quienes exploraban este mundo.
En el estudio de transmisiones oficiales, el ambiente ya estaba cargado de expectación. Allí estaban Mireya y Darius, los comentaristas más veteranos y queridos del servidor, encargados de narrar cada evento importante desde hacía años. Frente a ellos, la gran pantalla mostraba la entrada al laberinto cambiante de las Ruinas Eternas, y decenas de miles de espectadores seguían en directo cada palabra.
—¡Muy buenas a todos! ¡Bienvenidos una vez más a esta transmisión especial! —comenzó Mireya con energía, señalando la imagen—. Y qué momento tenemos hoy ante nosotros. Hace apenas unas semanas, todos vivimos un hito histórico: un grupo de cinco jugadoras logró derrotar al jefe orco en su modo Berserker, algo que nadie había conseguido antes. Y en el centro de esa hazaña estaba ella: la Domadora, esa jugadora misteriosa que confía por completo en sus compañeros.
—¡Exacto, Mireya! —intervino Darius, apoyándose en el borde de la mesa con una sonrisa confiada—. Pero hoy la cosa cambia totalmente. Ya no va acompañada de otras jugadoras, de guerreros ni de magos. ¡Ha entrado en el Dominio de Argos completamente sola! Solo ella y sus cuatro bestias.
—Y lo primero que tiene que superar —añadió Mireya, poniéndose seria— es el famoso Gran Laberinto. No es un camino fijo: cambia de forma cada cierto tiempo, está lleno de paredes falsas, trampas ocultas y monstruos que aparecen de la nada. Incluso los equipos más fuertes tardan horas en cruzarlo, y muchos terminan dándose la vuelta.
—Y aquí está la gran pregunta que todos nos hacemos —dijo Darius, cruzándose de brazos—: ¿Cómo lo hará? Porque si hay algo que todos damos por hecho, es que avanzará despacio, abriéndose paso con la fuerza de sus compañeros. Que Fern rompa paredes si hace falta, que Lyn vigile desde arriba, que se defiendan de cada enemigo que aparezca... es lo lógico, ¿no? Ir paso a paso, con cuidado y usando el poder de sus criaturas.
—Sí, es la única forma que todos conocemos —asintió Mireya—. No hay otra manera. Al menos, hasta ahora.
En la pantalla, la imagen se acercó. Aoi se detuvo justo en el inicio, donde los pasillos se ramificaban en decenas de direcciones idénticas, sin ninguna señal ni referencia. Sin perder tiempo, se acercó a Fern y, con un movimiento ágil, se subió con firmeza sobre su lomo, instalándose en la parte más alta.
—¡Ahí va! —comentó Darius—. Se sube al lobo. Seguramente para moverse más rápido y tener mejor visión.
Pero entonces ocurrió algo que nadie esperaba. Lyn descendió suavemente desde el aire, se posó con una precisión increíble sobre la cabeza de Fern y se quedó completamente inmóvil, con las alas plegadas y sin mover ni una sola pluma. Al mismo tiempo, Aoi levantó ambas manos y se tapó los oídos con fuerza, cerrando también los ojos con una concentración absoluta.
—¿Qué hace? —preguntó Mireya, frunciendo el ceño—. ¿Se tapa los oídos y cierra los ojos justo al entrar en un lugar lleno de peligros? ¡Eso no tiene sentido!
—No lo entiendo... —murmuró Darius, inclinándose hacia adelante, con la mirada fija en la pantalla—. ¿Acaso se va a guiar a ciegas?
En ese instante, Aoi sacó de su inventario un abanico de madera con grabados antiguos, lo abrió de golpe y lo sostuvo en alto. Una luz dorada y cálida envolvió a Fern y a Lyn al instante, reforzando el vínculo entre los tres.
—¡Es el Abanico de Resonancia! —gritó Mireya al reconocerlo—. Aumenta la conexión mental y la coordinación, pero... ¿para qué usarlo aquí?
Antes de que pudiera terminar la frase, Fern alzó la cabeza y soltó un aullido profundo, potente y vibrante. No era un sonido de ataque ni de advertencia, sino una onda sonora limpia y continua que atravesó las paredes de piedra como si fueran papel, recorriendo cientos de metros por todos los pasillos.
El sonido chocaba contra cada roca, cada muro sólido, cada hueco oculto y cada trampa, y regresaba como un eco suave y distinto según lo que encontraba en su camino. Y Lyn, que seguía inmóvil en la cabeza del lobo, recibía todas esas ondas de retorno, las procesaba y las enviaba directamente a la mente de Aoi gracias al vínculo fortalecido.
Fue entonces cuando Darius comprendió todo de golpe. La sorpresa fue tan grande que, sin darse cuenta, mientras tomaba un vaso de agua escupio directamente sobre la cara de Mireya que tenía a su lado.
—¡¡¡ECOLOCALIZACIÓN!!! —exclamó con los ojos muy abiertos, golpeando la mesa con ambas manos— ¡¡ES ECOLOCALIZACIÓN!! ¡¿Cómo no lo vi antes?!
Mireya se limpió la cara rápidamente con una mueca, pero ni siquiera le importó el detalle, porque ella también acababa de entenderlo y tenía la boca abierta de par en par.
—¡¿Qué?! ¡¿Pero cómo...?! —balbuceó, olvidándose por completo de lo que acababa de pasar— ¡Fern emite las ondas sonoras, Lyn actúa como un receptor sensorial perfecto, y gracias a esa conexión, Aoi no necesita ver ni escuchar con sus propios sentidos! ¡Siente todo el entorno a través de los ecos!
—¡Exacto! —seguía Darius, totalmente fuera de sí por la sorpresa— ¡Puede distinguir si es un muro macizo o uno falso, si hay un pozo profundo, ¡dónde está una trampa o incluso si hay enemigos ocultos! ¡No necesita mapas, no necesita fuerza para abrirse paso, no tiene que ir despacio comprobando cada rincón! ¡Está dibujando todo el laberinto en su cabeza en tiempo real!
—¡Es increíble! —gritó Mireya, recuperando la emoción y olvidando ya el susto— ¡Todos, absolutamente todos, entran aquí pensando en usar el poder de sus criaturas para avanzar a golpes, para romper obstáculos o luchar contra todo lo que se cruce! ¡Incluso nosotros esperábamos que fuera así! ¡Y ella... ella usa la inteligencia! ¡Convierte las habilidades naturales de sus compañeros en un sistema de navegación que nadie había imaginado jamás!
En la pantalla, Aoi movía ligeramente la cabeza, todavía con los ojos cerrados y los oídos tapados, como si estuviera leyendo un mapa invisible. Luego dio una orden mental suave.
Fern comenzó a caminar con paso firme y seguro, sin dudar ni un segundo. Giró a la derecha justo cuando el camino parecía terminar, esquivó un pozo oculto que habría caído a cualquiera, pasó por delante de una trampa de flechas sin que esta llegara siquiera a activarse y siguió adelante como si conociera cada centímetro del lugar. Puddle saltaba alegremente a su lado y Regulus, acurrucado entre los brazos de su dueño, dormía plácidamente sin preocuparse por nada.
—¡Miren eso! ¡Mírenlo bien! —decía Darius, todavía con la voz un poco agitada por la emoción—. ¡No es la fuerza bruta lo que le abre camino, es la estrategia! ¡Esa es la diferencia! Mientras todos piensan en golpear más fuerte, ella piensa en usar lo que tiene de la forma más inteligente posible. ¡Y lo que parecía un obstáculo imposible se ha convertido en un camino claro y seguro!
—¡Y pensar que nosotros mismos esperábamos que avanzara despacio, luchando contra todo lo que saliera al paso! —añadió Mireya, sonriendo con admiración—. ¡Nos ha dejado a todos con la boca abierta! Si ha resuelto el problema más difícil de esta forma, ¿qué más nos tiene preparado para cuando llegue el momento de enfrentarse al propio Argos?
Y así, ante la mirada atónita de millones de espectadores que veían cómo el laberinto cambiante dejaba de ser una amenaza para convertirse en algo que Aoi podía "leer" a su antojo, quedó más claro que nunca: su mayor fortaleza no estaba en las garras de sus compañeros ni en sus ataques, sino en su mente.
Mientras Aoi seguía avanzando con paso firme y sin vacilaciones por los pasillos que cambiaban de forma constantemente, la reacción en todo el servidor se desbordaba con cada segundo que pasaba.
En cada pantalla, en cada taberna, en cada gremio y en cada rincón donde hubiera un jugador conectado, la misma escena se repetía: el lobo gigante caminaba seguro, esquivaba trampas antes de que se activaran y recorría distancias que a otros les habrían llevado horas en apenas minutos. Y cuando de repente aparecían grupos de goblins de roca, escorpiones de piedra o criaturas guardianas que salían de las paredes, la respuesta era inmediata y contundente.
Fern no necesitaba ataques complicados ni magia elaborada. Simplemente se detenía, bajaba la cabeza y, con su enorme peso y su fuerza bruta, embestía o aplastaba a los enemigos antes de que estos pudieran siquiera reaccionar. Un solo golpe de su cuerpo derribaba a varios a la vez; una pisada certera los inmovilizaba o los reducía a escombros. Rápido, limpio y sin perder ni un segundo de tiempo.
—¡Miren eso! —gritaba un jugador en una taberna de la capital, señalando la pantalla con la copa en la mano— ¡No pierden tiempo en peleas largas! Si aparece algo, Fern lo elimina en un abrir y cerrar de ojos y siguen adelante como si nada.
—Es como si el laberinto ya no existiera para ellos —añadía otro, con la boca abierta—. Mientras nosotros damos vueltas, nos perdemos y tenemos que luchar contra todo lo que sale, ella avanza recto y sin problemas.
Y poco a poco, entre todos los comentarios, las preguntas comenzaron a cambiar de asombro a reflexión.
¿Por qué nadie había hecho esto antes?
Era la duda que aparecía en todos los foros, en los chats generales y en las conversaciones entre jugadores veteranos. La técnica era clara, la lógica tenía todo el sentido del mundo: usar la capacidad de emisión de sonido de una criatura, la sensibilidad de otra para captar los ecos y aprovechar el vínculo para percibir el entorno. ¿Por qué nadie lo había pensado? ¿Por qué nadie lo había probado?
De vuelta en la cabina de transmisión, Mireya y Darius también lo estaban analizando en voz alta, respondiendo a esa misma duda que todos compartían.
—Ya lo ven —decía Darius, ya recuperado del susto y limpiándose la cara con una sonrisa cómplice—. Ahora que lo vemos hecho, parece tan sencillo, ¿verdad? Uno piensa: “¿Por qué no se me ocurrió a mí?”. Pero la respuesta no está en la dificultad de la técnica, sino en la mentalidad de todos nosotros.
—Exacto —intervino Mireya, asintiendo con seriedad—. Primero: nadie lo pensó. Todos entran al laberinto con una sola idea en la cabeza: “Tengo que encontrar el camino, tengo que abrirme paso, tengo que tener fuerza para vencer lo que salga”. Nadie se detiene a preguntarse “¿cómo puedo ver sin mirar? ¿cómo puedo saber dónde estoy sin mapa?”. Siempre buscamos la solución más directa, la que hemos usado siempre, y pasamos por alto las habilidades naturales de las criaturas.
—Y hay una razón mucho más profunda —añadió Darius, bajando un poco el tono, como si revelara un secreto que todos conocían, pero nadie decía en voz alta—. El título de Domador nunca ha sido una clase respetada ni deseada en este juego.
La frase hizo que muchos se quedaran en silencio, escuchando con atención.
—Es así —continuó—. Desde que empezamos a jugar, nos han enseñado que las clases fuertes son las de guerrero, mago, arquero, paladín... las que tienen estadísticas altas, armas poderosas, hechizos devastadores. La clase de domador siempre se ha visto como algo secundario, “para los que no tienen talento para pelear”, como dicen muchos. Se cree que no sirven para nada más que para tener mascotas que distraigan un poco al enemigo mientras los verdaderos guerreros hacen el trabajo.
—Y por eso nadie invierte en ella, nadie se toma la molestia de entender cómo funciona el vínculo, de estudiar las habilidades de cada criatura —agregó Mireya—. Si no valoras la clase, no buscas sacarle provecho. Si crees que es débil, nunca vas a pensar en estrategias complejas. La mayoría de los domadores que hay en el servidor solo usan a sus bestias como escudos de carne o como atacantes básicos, sin ir más allá.
—¡Y ahí está la diferencia! —exclamó Darius, señalando la pantalla donde Aoi seguía avanzando, todavía con los ojos cerrados pero con una seguridad absoluta—. Esta chica no ve a sus compañeros como herramientas de combate. Los ve como seres con capacidades únicas. No usa solo sus garras o sus colmillos, usa lo que son: el lobo que tiene un aullido que recorre kilómetros, el ave que tiene una audición mil veces mejor que la nuestra. Y gracias a que ella ha desarrollado ese vínculo al máximo, puede usar todo eso a su favor.
En los foros, los mensajes se multiplicaban confirmando lo que decían los comentaristas:
“Es verdad… yo elegí domador al principio, pero todos me decían que era una clase inútil, que nunca llegaría a nada. Así que la cambié por guerrero”
“Nadie se toma en serio a un domador. Cuando uno entra a un grupo, lo primero que le preguntan es si puede cambiar de clase, porque ‘no aporta nada’”
“Yo nunca pensé que podrían usarse para algo más que pelear. Nunca se me ocurrió que sirvieran para navegar o para explorar”
“¡Esto cambia todo! Si la clase de domador puede hacer esto, ¿qué más estaremos perdiendo por no saber mirar?”
Mientras tanto, en la pantalla, Aoi ya había recorrido más de la mitad del recorrido por el laberinto. Sin detenerse, sin perderse, sin gastar energía en peleas innecesarias, avanzaba a un ritmo que ningún equipo había logrado jamás. Y cada paso que daba hacía que más y más jugadores empezaran a ver esa clase, y a esa jugadora, con unos ojos totalmente nuevos.
Ya no era solo “la domadora misteriosa”. Ahora se estaba convirtiendo en la prueba viviente de que, a veces, la mayor debilidad que uno tiene no está en su personaje, sino en lo que cree que puede hacer.
Aoi no tardó ni treinta minutos en atravesar el laberinto. Mientras que incluso los equipos más organizados y experimentados necesitaban al menos dos horas para recorrerlo, ella lo hizo en menos de la mitad del tiempo, sin perderse ni una sola vez y sin detenerse en peleas largas. Incluso, guiándose por las ondas de sonido, logró detectar pasadizos secretos y cámaras ocultas que nadie había encontrado antes, donde recogió cofres antiguos, materiales raros y pociones valiosas que guardó con calma en su inventario.
Cuando finalmente cruzó el arco de piedra que marcaba el final del recorrido, entró en una sala mucho más amplia que los pasillos anteriores: una cámara circular, con techos altos y paredes lisas, construida totalmente con bloques de roca oscura. En cuanto puso el pie en el centro, las puertas por donde había entrado se cerraron de golpe con un estruendo sordo y pesado, sellándose por completo.
—Ahí está —dijo Darius, con la voz cargada de expectación en la transmisión—. Es la sala de enfrentamiento. No es inmensa, pero tiene el tamaño justo para este combate. Recuerden: Argos, el Golem de Piedra, es lento y pesado, así que no necesita kilómetros de espacio para moverse, pero cada uno de sus golpes tiene el poder de derrumbar una muralla entera.
De repente, el suelo comenzó a temblar con una vibración profunda que recorría todo el lugar. Las grietas se abrieron bajo los pies de Aoi y Fern, y de entre la tierra y la roca emergieron grandes bloques de piedra unidos por líneas brillantes de energía mágica. Uno por uno, se fueron ensamblando hasta formar una figura imponente, de más de cinco metros de altura, con una mirada vacía y amenazante grabada en su rostro pétreo.
Era Argos, el jefe final del segundo piso.
En todas las pantallas, la emoción estalló. Nadie creía realmente que una sola jugadora pudiera vencer a esa mole de roca, pero después de todo lo que habían visto hasta ahora, el respeto era inmenso.
—¡Ánimo, domadora! —gritaban en las tabernas, levantando las copas—. ¡Ya llegaste más lejos que nadie solo! ¡Dale todo lo que tengas!
—Sabemos que es casi imposible —decía un veterano en un gremio—, pero verla llegar hasta aquí sola ya es una victoria.
Entonces, Argos inclinó la cabeza y soltó un rugido grave, metálico y resonante, que hizo vibrar hasta los huesos. Sin más aviso, levantó su brazo derecho, una masa sólida de roca del tamaño de un carro, y lo descargó contra el suelo con toda su fuerza. El impacto levantó nubes de polvo y fragmentos de piedra, agrietando el terreno en un radio de varios metros.
Pero Aoi ya se había movido. Montada sobre Fern, aprovechó la agilidad y la velocidad del lobo para deslizarse a un lado en un movimiento fluido y rápido, esquivando el golpe sin esfuerzo. Mientras el polvo se asentaba, el resto de sus compañeros ya estaban en posición.
En lo alto, Lyn y Regulus sobrevolaban la sala. Gracias al anillo que Kaede le había entregado, el pequeño wyvern mantenía ocultos sus rasgos de dragón, pareciendo simplemente una criatura voladora de tipo fuego sin mayor importancia, esperando en silencio las órdenes.
En el suelo, Puddle comenzó a actuar. Desde una distancia segura, lanzó chorros continuos de agua clara y potente, que chocaban directamente contra el cuerpo de Argos, empapando su superficie por completo.
—Ah, ya veo —comentó Mireya, con un tono de reconocimiento—. Está usando la estrategia habitual. Todos saben que el agua puede debilitarlo con el tiempo, al entrar en sus juntas y enfriar su energía.
—Sí —asintió Darius—, pero es un proceso lento. El agua resbala sobre la piedra lisa y no penetra bien en los conductos mágicos que lo mantienen en pie. Se necesita muchísima cantidad y mucho tiempo para notar algún cambio. Y además, el golem no se queda quieto esperando.
Muchos espectadores asintieron, confirmando lo mismo.
—Esa es la táctica que todos usan —decían en los chats—. Llenarlo de agua poco a poco hasta que pierda fuerza. Pero es muy difícil mantenerlo durante tanto tiempo sin recibir golpes.
Sin embargo, en cuanto la superficie del golem quedó completamente empapada, Aoi dio una orden corta y firme.
—¡Regulus! ¡Ahora!
El pequeño wyvern descendió en picado y abrió sus fauces, lanzando un chorro intenso de fuego que cubrió todo el cuerpo de Argos. Las llamas envolvieron a la criatura de piedra en cuestión de segundos.
En la transmisión y en todo el servidor, se escucharon risas y comentarios de confusión al instante.
—¿¡Fuego contra un golem de piedra!? —exclamó un jugador en la plaza— ¡Ese es el ataque más inútil que existe! ¡Solo calienta la roca y no hace ningún daño real!
—Se le acabaron las ideas —decía otro—. Primero agua, ahora fuego… no tiene sentido. Solo está gastando energía sin lograr nada.
—Parece que solo está ganando tiempo —añadía Mireya, frunciendo el ceño—. No veo qué pretende con esta combinación.
Y así transcurrieron unos diez minutos. El combate parecía una repetición sin fin: Puddle lanzaba agua, Regulus seguía con sus llamas, Argos atacaba con golpes lentos pero devastadores que Fern esquivaba con facilidad, y Lyn vigilaba desde arriba por si aparecía alguna grieta o movimiento extraño. Todo parecía no tener ningún efecto.
Hasta que, poco a poco, los espectadores empezaron a notar algo.
El siguiente golpe de Argos no cayó con la misma fuerza de antes. Su brazo se levantó con un pequeño retraso, y al impactar contra el suelo, el temblor fue mucho menor. Luego, al girar el cuerpo para seguir a Fern, su movimiento se volvió más pesado, más torpe, como si algo le frenara las articulaciones.
—¿Están viendo eso? —preguntó Mireya, con la voz llena de duda—. ¿Por qué se mueve más lento? ¿Está agotado? ¡Los golems no se cansan nunca!
Fue entonces cuando Darius, que no apartaba la vista de las líneas brillantes que recorrían el cuerpo del monstruo, golpeó la mesa con la mano, abriendo los ojos como platos, comprendiendo al fin.
—¡NO ES AGOTAMIENTO! —gritó, emocionado— ¡¡Miren el vapor!!
Todos fijaron la mirada. Entre las llamas y el agua, se veía una fina niebla blanca que salía de todas las rendijas, las uniones y los huecos entre los bloques de piedra.
—¡Ella no quería atacar directamente con el agua! —explicó el comentarista, hablando rápido para que todos entendieran—. ¡Si solo le lanzas agua fría, esta resbala y se evapora rápido sin entrar! Pero si primero lo empapas bien y luego le aplicas calor intenso… ¡el agua se convierte en vapor! Y el vapor se expande con tanta fuerza que se mete por todos los huecos más pequeños, por las juntas mágicas, por los conductos de energía donde el agua líquida no podía llegar.
Mireya se quedó sin palabras, mirando la pantalla con una mezcla de asombro y admiración.
—¡Entonces… el vapor no solo entra, sino que al enfriarse de nuevo se condensa adentro, llenando cada espacio! —terminó ella, entendiendo el mecanismo—. Con el tiempo, la humedad acumulada apaga poco a poco la energía que lo mantiene unido, endurece las articulaciones y hace que cada movimiento sea más difícil… ¡No es fuerza bruta! ¡Es química y física aplicada al combate!
En los chats y en las tabernas, el silencio dio paso a una oleada de exclamaciones atónitas.
—¡Qué genialidad! ¡Todos intentamos meter el agua por la fuerza y ella la convierte en gas para que entre sola!
—Así que el fuego no era para atacar… ¡era solo una herramienta para cambiar el estado del agua!
—¡Ya no sé qué esperar de esta chica! Cada vez que creemos que sabemos lo que hace, nos sorprende con algo nuevo.
Mientras tanto, en la sala de combate, Argos intentaba seguir atacando, pero cada movimiento le costaba el doble de esfuerzo. Sus brazos ya no se levantaban con rapidez, sus piernas parecían atascadas en su propio cuerpo y las líneas de luz que recorrían su piel brillaban con menos intensidad que al principio.
La estrategia funcionaba a la perfección. Y ahora, Aoi solo tenía que esperar a que el vapor hiciera su trabajo completo, sabiendo que, una vez debilitado, el verdadero momento para terminar la batalla estaría cada vez más cerca.