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Capítulo 22: El poder que despierta

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Pensamiento

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sprintFallido

Primero Astrid le promete el de chocolate con crema, después Anastasia el mismo, y Gael dice que sí las dos veces. Tarifa fija, che 🍰

Primero Astrid le promete el de chocolate con crema, después Anastasia el mismo, y Gael dice que sí las dos veces. Tarifa fija, che 🍰

Contenido de la publicación

El polvo todavía no se había disipado por completo cuando Astrid levantó la mirada hacia Gael.

 

El muchacho permanecía junto a la barrera protectora, frotándose la nuca tras el impacto que lo había enviado contra ella. A pesar de todo, parecía estar bien. Demasiado bien, teniendo en cuenta la fuerza que se había desatado entre ambos.

 

Astrid bajó la mirada hacia sus manos. Todavía le temblaban ligeramente.

 

¿Qué demonios ha sido ese golpe?

 

Había soportado ataques de sus compañeras incontables veces. Había entrenado contra Akane, Anastasia y Freya, y se había enfrentado a maestros cuyo poder superaba con creces el de cualquier estudiante. Pero aquello había sido distinto. La fuerza de Gael no era la de alguien que simplemente poseía una gran reserva de energía mágica. Había algo más en aquellos relámpagos dorados: algo que respondía a una naturaleza completamente ajena a cuanto conocía.

 

Astrid apretó los dedos alrededor del asta de su lanza.

 

Así que por eso Valerius te reconoce…

 

No lo dijo en voz alta, pero lo entendió perfectamente. Valerius no era de los que elogiaban a cualquiera. Detrás de su actitud despreocupada y sus bromas vivía un guerrero que había visto peligros que la mayoría ni siquiera podía imaginar. Que alguien como él hubiera reconocido el valor de aquel muchacho no era algo que se pudiera pasar por alto.

 

Astrid sonrió.

 

—Vaya, Gael… Creo que hasta ahora no te había tomado lo suficientemente en serio.

 

El muchacho levantó la cabeza, confundido.

 

—¿Eh? ¿Qué quieres decir?

 

—Que eres mucho más interesante de lo que pensaba.

 

—No estoy seguro de que eso sea algo bueno…

 

—¡Por supuesto que lo es!

 

Astrid apoyó la lanza sobre el hombro y soltó una carcajada. Pero enseguida su expresión cambió. La energía azulada que la rodeaba comenzó a concentrarse, espesa y brillante, sobre su armadura.

 

—Pero todavía no hemos terminado.

 

Gael parpadeó.

 

—¿Todavía?

 

—¡Claro! ¡Aún nos queda tiempo!

 

—¡¿Cuánto tiempo exactamente?!

 

—¡El suficiente!

 

—¡Esa respuesta no me tranquiliza nada!

 

Desde las gradas, Anastasia se llevó una mano a la boca para disimular su sonrisa.

 

—Parece que Astrid se ha emocionado de verdad.

 

—Y eso me preocupa —suspiró Freya.

 

Akane, sin embargo, no apartaba la vista de su amiga.

 

—Esperad… Su armadura está cambiando.

 

Y era verdad. Las escamas cristalinas comenzaron a desprender destellos nuevos. La energía dracónica fluía desde su pecho hacia cada extremidad, como si estuviera reconstruyendo su protección desde lo más profundo.

 

—Mi armadura no es fija —explicó Astrid, sin dejar de concentrar su poder—. Se transforma según lo que aprendo de mi oponente y según lo que necesito para enfrentarme a él.

 

Gael ladeó la cabeza.

 

—¿Puede adaptarse a quien tienes delante?

 

—¡Exactamente! —Los ojos de ella brillaron—. Al principio no sabía de cuánta fuerza disponías. Pero ahora que he sentido uno de tus golpes, puedo reconfigurar mi defensa para responderte mejor.

 

Gael miró sus guantes de oricalco.

 

—Eso suele ser bastante ventajoso…

 

—¡Lo es! —Astrid sonrió con orgullo—. ¡Y ahora vas a comprobarlo tú mismo!

 

La transformación comenzó por sus piernas. Las escamas se hicieron más gruesas y firmes, entrelazándose en placas que cubrieron muslos y pantorrillas, reforzando cada articulación para darle un cimiento inamovible. Después el cambio llegó a sus brazos: la protección se endureció alrededor de antebrazos y codos, y nuevas escamas brotaron directamente sobre su piel, como si la fuerza del dragón se hubiera integrado en su propia carne.

 

La lanza también evolucionó: el asta se hizo más robusta, la punta más ancha y afilada, y una corriente de energía azul crepitó a su alrededor, viva y poderosa. Por último, las alas de energía se desplegaron por completo: inmensas, resplandecientes, cada movimiento suyo levantaba un viento que barría el polvo de la plataforma.

 

Astrid flexionó las piernas y giró los hombros, comprobando su nueva forma. Luego clavó la mirada en Gael.

 

—¡Muy bien! ¡Ahora sí estoy lista de verdad!

 

El muchacho tragó saliva.

 

—Me alegro mucho por ti…

 

—Sabes qué —dijo ella, con una sonrisa traviesa—: si consigues resistir mi siguiente ataque, te invito a tu pastel favorito de la cafetería.

 

Los ojos de Gael se iluminaron de golpe.

 

—¿Mi pastel favorito?

 

—¡Ese mismo!

 

—¿El de chocolate con crema?

 

—¡Exacto!

 

Gael cerró los puños con determinación.

 

—¡De acuerdo! ¡Acepto el reto!

 

Anastasia se llevó una mano a la frente.

 

—No puedo creerlo…

 

—Ha dado con su punto débil —sonrió Freya.

 

Akane suspiró.

 

—Todo este poderío… y todo por un pastel.

 

—¡Oye! —protestó Gael desde la plataforma—. ¡No subestiméis el poder de la repostería!

 

Astrid estalló en carcajadas.

 

—¡JAJAJAJA! ¡Así me gusta! ¡Pues prepárate!

 

Gael adoptó su postura de combate. Los relámpagos dorados volvieron a recorrer sus guantes, la vibración reapareció alrededor de su cuerpo, concentrada ahora en brazos y hombros. Astrid abrió las alas de par en par; la energía dracónica rugió a su alrededor como un viento helado.

 

—¡Veamos si puedes seguirme el ritmo!

 

Y desapareció.

 

—¡¿QUÉ?!

 

Gael apenas tuvo tiempo de reaccionar. Aquella velocidad superaba con creces todo lo que ella había mostrado antes: las alas la impulsaban como un rayo. En un instante estaba frente a él, la lanza elevada por encima de la cabeza.

 

—¡¡¡GOLPE DEL DRAGÓN BOREAL!!!

 

El arma descendió con una fuerza brutal. Gael cruzó los brazos por instinto… y comprendió al instante que no podía detener aquel impacto como el anterior. Así que cambió de táctica: alargó las manos y sujetó el asta de la lanza, justo debajo de la punta.

 

—¡¡¡GHAAAA!!!

 

¡BOOOOOOM!

 

La plataforma entera tembló. La piedra reforzada bajo los pies de Gael se fracturó de inmediato, hundiéndose varios centímetros. Las grietas se abrieron en todas direcciones. Pero no soltó la lanza. Sus brazos temblaban, cada músculo luchando por soportar aquel peso inmenso. Astrid, por su parte, tenía los pies firmes, las piernas reforzadas manteniéndola inamovible; sus alas la empujaban hacia abajo, toda su fuerza convergiendo en aquel golpe.

 

—¡¿QUÉ PASA, GAEL?! —gritó ella—. ¡¿NO QUERÍAS GANARTE ESE PASTEL?!

 

—¡ESTOY… EN ELLO!

 

—¡Pues parece que vas a ceder!

 

Presionó con más fuerza. La lanza bajó un poco más. Gael apretó los dientes. El suelo se hundió otra vez.

 

Desde las gradas, nadie respiraba.

 

—Lo está empujando hacia abajo…

 

—No puede resistir mucho más así…

 

Clara Rosenfeld apretó la barandilla.

 

—¡Vamos, Gael! ¡Tú puedes!

 

Su zorro chilló a su lado, igual de tenso.

 

Clara Weiss observaba con atención cada movimiento.

 

—Ha cambiado por completo —murmuró—. Ya no busca superarlo en velocidad. Ahora lo aplasta con fuerza bruta y estabilidad.

 

—Y ha reforzado el arma para que no pueda agarrarla con facilidad —añadió Anastasia, asintiendo.

 

Freya se inclinó hacia delante.

 

—Gael…

 

Akane no dijo nada. No apartaba la vista del muchacho. Porque pese a todo —el suelo roto, el esfuerzo escrito en su rostro—, Gael no se rendía. Y entonces ocurrió lo inesperado.

 

Gael levantó la mirada hacia ella. Y sonrió.

 

—Sabes una cosa…

 

Astrid frunció el ceño.

 

—¿Qué?

 

—Has cometido un error.

 

—¿¡Qué?!

 

Gael apretó el asta con todas sus fuerzas.

 

—¡Has confiado demasiado!

 

Astrid abrió los ojos de par en par. La lanza dejó de bajar. En lugar de resistir, Gael tiró de ella hacia sí mismo, aprovechando todo el impulso que ella había acumulado al descender.

 

—¡Espera…!

 

Demasiado tarde.

 

Astrid perdió el equilibrio. Había puesto todo su peso en aquel golpe, y de pronto la fuerza que ella misma había generado la arrastró hacia delante. Sus pies se despegaron del suelo. Intentó desplegar las alas para frenar, pero el empuje era demasiado fuerte. Gael giró el cuerpo y, con un movimiento fluido, la lanzó hacia el borde de la arena.

 

—¡¡¡ASTRID!!!

 

Chocó contra la barrera protectora con un estruendo ensordecedor. La magia brilló con fuerza para amortiguar el impacto, pero el golpe fue seco y potente. Una nube de polvo se alzó en el lugar. Un silencio profundo cayó sobre las gradas.

 

Gael soltó el asta. Respiraba con dificultad, pero dio un paso hacia el borde.

 

—¿Astrid? ¿Estás bien?

 

La nube se disipó lentamente. Astrid seguía de pie, apoyada contra la barrera, las alas desplegadas para suavizar la caída, la armadura intacta. Tenía los ojos muy abiertos. Lo miró a él, luego su lanza, y volvió a mirarlo a él. Y entonces soltó una carcajada estruendosa.

 

—¡JAJAJAJAJA! ¡ME HAS LANZADO USANDO MI PROPIA FUERZA!

 

Gael se rascó la nuca, algo avergonzado.

 

—Bueno… técnicamente tú misma me diste el empujón.

 

Astrid se apartó de la barrera y sacudió el polvo de su ropa, con una sonrisa radiante.

 

—¡Eso ha sido increíble!

 

Akane dejó escapar el aire que había estado conteniendo. Anastasia comenzó a aplaudir lentamente.

 

—Vaya… así que no solo golpea fuerte. También piensa.

 

—No intentó superarla en fuerza —explicó Freya, sonriendo—. Simplemente la hizo tropezar con su propio poder.

 

Clara Rosenfeld saltó de su asiento.

 

—¡¡¡LO CONSEGUIÓ!!!

 

Su zorro soltó un chillido tan agudo que varias alumnas se giraron sorprendidas.

 

Clara Weiss no apartaba la vista de Gael.

 

—No fue suerte —murmuró—. Esperó al momento exacto en que su equilibrio era más débil.

 

Akane lo observaba con expresión seria. Gael no tenía un estilo entrenado, ni técnicas aprendidas durante años. Simplemente veía, comprendía y reaccionaba. Y eso, pensó ella, era lo más desconcertante de todo.

 

Astrid volvió a acercarse a él, la sonrisa aún en los labios.

 

—Muy bien, Gael. Te has ganado ese pastel.

 

Los ojos de Gael brillaron.

 

—¿¡De verdad!?

 

—¡Claro que sí! El más grande y con más crema que tengan.

 

Gael sonrió con una alegría tan pura que Astrid no pudo evitar reírse con él.

 

—Eres increíble —dijo ella—. Acabas de mandarme contra una pared y lo primero que preguntas es por el premio.

 

—¡Una promesa es una promesa!

 

—¡JAJAJAJA! ¡Está bien, está bien! Será el pastel más grande de la historia.

 

Akane se cubrió la cara con una mano.

 

—No puedo creer que estén hablando de postres después de destrozar la plataforma.

 

—Al menos ya sabemos cuál es su motivación —sonrió Anastasia.

 

—Y Astrid acaba de aprender que no debe confiarse —añadió Freya.

 

En el centro de la arena, Astrid volvió a sostener su lanza. Su mirada seguía alegre, pero ahora había algo más: respeto genuino.

 

—Has sido excelente —dijo ella—. Pero esto no termina aquí.

 

Gael la miró, y asintió.

 

—Lo sé. La siguiente es Anastasia, ¿verdad?

 

Astrid sonrió con malicia.

 

—Exacto. Y ella no va a ir con rodeos. Prepárate, Gael.

 

El polvo todavía flotaba sobre la arena cuando Astrid abandonó el centro del campo de entrenamiento.

 

Por mucho que intentaba mantener una apariencia despreocupada, sus manos seguían temblando ligeramente. Las sacudió un par de veces, como si quisiera desprenderse de aquella sensación pegajosa en los dedos, y terminó cruzándose de brazos con un puchero.

 

—¡Uuuugh! ¡Qué frustración!

 

Freya, que la observaba desde las gradas, ladeó la cabeza con calma.

 

—Te confiaste demasiado.

 

—¡Lo sé!

 

—Pensaste que Gael solo intentaría superarte con fuerza bruta. Cuando comprendió que no podía detener tu golpe directamente, usó tu propio impulso contra ti. No venció tu poder: hizo que trabajara a su favor.

 

Astrid infló las mejillas.

 

—¡He dicho que lo sé!

 

—Entonces no te enfades conmigo —sonrió Freya—. Deberías estarlo contigo misma por haberle dado esa oportunidad.

 

—¡Eso es precisamente lo que me molesta!

 

Miró hacia la arena, donde Gael hablaba tranquilamente con el encargado del campo. A pesar de haber soportado impactos que habían hecho pedazos el suelo reforzado, parecía más preocupado por asegurarse de que ella estuviera bien que por celebrar su victoria. Y eso, de alguna manera, hacía que perder resultara todavía más irritante.

 

—Aunque tengo que reconocerlo… —murmuró Astrid, suavizando el ceño—. No esperaba que pensara tan rápido en pleno combate.

 

Akane asintió.

 

—Al menos se lo tomó en serio. No te humilló ni aprovechó tu error para hacerte daño. Simplemente vio una oportunidad y la tomó.

 

—Lo sé —suspiró Astrid—. Por eso acepté la derrota. Pero ahora tengo curiosidad por ver cómo se las arregla contra Anastasia.

 

La mirada de Akane se dirigió hacia la siguiente combatiente. Anastasia ya descendía hacia la arena. A diferencia de Astrid, no mostraba entusiasmo alguno. Su expresión era serena, casi indiferente, mientras caminaba hasta el extremo opuesto de la plataforma. Su cabello blanco se mecía suavemente con cada paso; sus ojos azules recorrían el terreno, las grietas dejadas por el combate anterior y, finalmente, al muchacho que la esperaba.

 

Anastasia no se dejaba llevar por emociones durante la batalla. Observaba. Analizaba. Y cuando encontraba una debilidad, la aprovechaba sin vacilar.

 

—Esto será distinto —dijo Akane.

 

Astrid levantó una ceja.

 

—¿Porque es más fuerte?

 

—No necesariamente. Es más fría, más calculadora. No se dejará llevar tan fácilmente ni permitirá que Gael aproveche su impulso de la misma manera.

 

—¡Oye! ¡Yo tampoco soy tan fácil de provocar!

 

Freya la miró en silencio. Akane también.

 

—…¡Dejad de mirarme así!

 

Todas volvieron la vista hacia la arena. Y entonces comenzó el segundo enfrentamiento.

 

Gael esperaba con los puños levantados, aunque su postura distaba mucho de ser la de un guerrero entrenado. Anastasia se detuvo a varios metros de él y sostuvo su mirada.

 

—¿Estás preparado?

 

—Más o menos…

 

—¿«Más o menos»?

 

Gael relajó un poco los hombros.

 

—Oye, Anastasia… ¿podrías tenerme un poquito de piedad? Después de lo que pasó con Astrid, me gustaría terminar esto sin salir despedido contra otra pared.

 

Ella se llevó un dedo a los labios, fingiendo reflexionar.

 

—Veamos… —De pronto, una sonrisa iluminó su rostro—. Si consigues tocarme siquiera una vez, te invito al pastel que quieras.

 

Gael se quedó inmóvil. Sus ojos se iluminaron.

 

—¿El que yo quiera?

 

—Exactamente.

 

—¿Incluso el de chocolate con crema?

 

—Por supuesto.

 

Gael levantó los puños con renovada energía.

 

—¡De acuerdo! ¡Acepto el reto!

 

Desde las gradas, Astrid se llevó las manos a la cabeza.

 

—¡¡¡NO PUEDE SER!!!

 

Freya soltó una risita.

 

—Parece que has encontrado a alguien que cae en la misma trampa que tú.

 

—¡Pero si le ha ofrecido lo mismo que yo!

 

Akane se rascó la nariz, discretamente divertida.

 

—Siendo justos, sabía perfectamente cómo reaccionaría.

 

—¿¡Y nadie va a hacer nada?!

 

—¿Qué quieres que hagamos? —dijo Freya—. Es un pastel.

 

Astrid miró a Gael, que ya adoptaba su postura de combate con una seriedad casi conmovedora.

 

—¡Gael! ¡No caigas en lo mismo dos veces!

 

El muchacho giró la cabeza.

 

—¡Pero esta vez es otro pastel distinto!

 

Astrid se dejó caer contra la barandilla.

 

—No puedo con este chico…

 

Abajo, Anastasia ocultó una sonrisa tras su mano. Exactamente como me dijeron. Si encuentro lo que le importa, puedo guiar su atención. Aunque, a diferencia de Astrid, no pensaba subestimarlo.

 

—Muy bien, Gael —recuperó su tono sereno—. Ven a buscar tu premio.

 

—¡Allá voy!

 

Gael se lanzó hacia adelante. Los relámpagos dorados recorrieron sus brazos, chispas doradas saltaron bajo sus pies mientras aceleraba. No parecía dispuesto a contenerse: tenía una meta y corría directo a ella.

 

Anastasia ni siquiera se movió.

 

Gael cerró el puño derecho.

 

—¡Allá va!

 

Un golpe directo. La misma estrategia que había roto la defensa de Astrid. Su puño dorado voló hacia ella a toda velocidad. Pero justo cuando estaba a punto de alcanzarla…

 

—Muro de Hielo.

 

¡CRAAAAAASH!

 

Una muralla cristalina surgió del suelo entre ambos. El puño de Gael impactó de lleno. La onda expansiva sacudió la arena y levantó un manto de polvo helado. Las espectadoras se inclinaron hacia adelante, esperando verla hacerse pedazos. Pero no sucedió. Aparecieron grietas finas alrededor del punto de impacto, pero el hielo no se rompió: distribuyó la fuerza por toda su superficie, disipando la presión.

 

El golpe había sido poderoso, sí. Pero Anastasia lo había diseñado para soportarlo.

 

—¿Eh? —Gael retiró el puño y examinó la barrera—. Es bastante sólida…

 

Retrocedió de un salto. Y entonces lo sintió: el frío. No era solo desagradable; el aire se había vuelto denso, como si cada respiración arrastrara agujas heladas hacia sus pulmones. Exhaló y vio su propio aliento formando una nube blanca. Miró a su alrededor: la escarcha cubría el suelo, las grietas anteriores se habían llenado de hielo, y cristales brillantes empezaban a florecer sobre la barrera protectora. La temperatura caía segundo a segundo.

 

—Espera…

 

La muralla se desvaneció. Al otro lado, Anastasia apareció sosteniendo dos objetos: en una mano, una varita de la que brotaban destellos azulados; en la otra, un grimorio abierto cuyas páginas flotaban solas, llenándose de símbolos luminosos. Sus ojos azules lo observaban con calma inquietante.

 

—¿Ya te has dado cuenta?

 

—¿De qué?

 

—De que no necesito golpearte directamente para tenerte en desventaja.

 

Levantó la varita y el frío se intensificó. Una capa de hielo se extendió bajo los pies de Gael, obligándolo a desplazarse para no quedar atrapado.

 

—Mi especialidad no es lanzar hechizos más fuertes que los demás —explicó con voz tranquila—. Mi ventaja real es controlar el campo de batalla. Pasó una página y runas brillaron a su alrededor—. Soy la única de la academia que maneja dos armas a la vez: la varita dirige y da forma; el grimorio mantiene fórmulas complejas que exigen concentración constante. Mientras una prepara un hechizo, la otra ya está lanzando el siguiente. No tengo que interrumpir mi defensa para atacar.

 

Gael la miró, sorprendido.

 

—¿Puedes hacer todo eso al mismo tiempo?

 

—Exactamente. Y tú —sus ojos se fijaron en él— acabas de decirme que prefieres el combate cercano.

 

Gael miró sus puños.

 

—Hasta ahora me ha dado resultado…

 

—Contra Astrid, sí. Pero yo no te daré la oportunidad de acercarte así como así.

 

El hielo avanzaba por la plataforma. Sus dedos empezaban a entumecerse; los relámpagos dorados seguían ahí, pero el frío pesaba sobre él, lento y constante.

 

—Cuanto más tiempo permanezcas aquí —continuó Anastasia—, más bajará la temperatura. El hielo no solo te dificultará moverte: si el frío afecta tu respiración, te costará mantener la fuerza y el ritmo. Y si intentas llegar hasta mí, tendrás que atravesar mis defensas mientras soportas todo eso.

 

Gael guardó silencio. Por primera vez no tuvo una respuesta lista ni un movimiento inmediato.

 

Anastasia cerró parcialmente el grimorio.

 

—Tienes una fuerza extraordinaria, Gael. Pero la fuerza no sirve de mucho si no puedes usarla con libertad.

 

Desde las gradas, Freya frunció el ceño.

 

—Ha convertido toda la arena en una trampa.

 

Akane asintió lentamente.

 

—Y sin lanzar un solo ataque directo. Cada segundo que pasa, ella gana terreno.

 

Astrid apretó la barandilla.

 

—Vamos, Gael… No intentes resolverlo todo de la misma manera.

 

Abajo, el muchacho flexionó las piernas, sintiendo el hielo bajo sus botas. Sus ojos dorados se clavaron en Anastasia. No podía correr hacia ella ciegamente. No podía confiar en que la fuerza bruta abriría paso. Necesitaba pensar. Encontrar otra forma. Una que no dependiera de golpear más fuerte.

 

Respiró hondo, sintiendo el aire helado en el pecho.

 

—De acuerdo… —murmuró—. Así que esta vez tengo que usar la cabeza.

 

Anastasia sonrió levemente.

 

—Me alegra que lo entiendas.

 

Abrió el grimorio por completo. Las páginas pasaron solas, iluminándose de símbolos resplandecientes.

 

—Pero espero que seas rápido.

 

La varita brilló con luz azul intensa.

 

—Mi siguiente hechizo ya está listo.

 

Y el suelo bajo sus pies comenzó a congelarse de nuevo, más rápido, más espeso, acercándose a él como una marea silenciosa.

Thoughts

  • dharma_y_estoa

    Lo que hace Gael con la lanza de Astrid me recordó el agua del Tao Te Ching: no frena el golpe, lo deja seguir y le cambia la dirección. Me hace gracia que después le toque Anastasia, que lo congela todo, o sea agua que ya no cede.

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  • sprintFallido

    Primero Astrid le promete el de chocolate con crema, después Anastasia el mismo, y Gael dice que sí las dos veces. Tarifa fija, che 🍰

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El polvo todavía no se había disipado por completo cuando Astrid levantó la mirada hacia Gael.

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