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Capítulo 15: una sentimiento familiar

DNavarrete
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La campana resonó por toda la academia anunciando el final de la primera clase de la mañana. La profesora cerró con un golpe seco el enorme libro de cuero lleno de runas antiguas.

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La campana resonó por toda la academia anunciando el final de la primera clase de la mañana. La profesora cerró con un golpe seco el enorme libro de cuero lleno de runas antiguas.

 

—Por hoy eso será todo. Para la próxima sesión deberán memorizar los primeros veinte símbolos rúnicos y cada una de sus aplicaciones básicas —dijo con calma, y salió del aula caminando con paso tranquilo.

 

Apenas la puerta se cerró tras ella…

 

¡Plaf!

 

Gael dejó caer la cabeza de golpe sobre el pupitre. Allí permaneció inmóvil, con la mirada perdida en la madera y una pequeña nubecita blanca escapando lentamente de su boca, como si su alma estuviera abandonando su cuerpo poco a poco.

 

La sala entera quedó en silencio unos instantes. Luego varias alumnas empezaron a morderse los labios para no estallar en risas.

 

—¿Está… muerto? —susurró una.

 

—Creo que sí…

 

—Denle cinco minutos, a ver si resucita.

 

—Mirad el pecho… todavía se mueve un poco.

 

Elara se inclinó con preocupación hacia él.

 

—¿Gael?

 

Ninguna respuesta. Le tocó suavemente el hombro.

 

—¿Gael?

 

Esta vez levantó apenas la cabeza, con una expresión de derrota total.

 

—No entiendo nada… —murmuró con voz apagada—. Runas… magia… círculos mágicos… afinidad elemental… todo esto es demasiado complicado para mí.

 

Volvió a dejar caer la cabeza sobre el escritorio.

 

—Mi cerebro se rindió hace veinte minutos… ya no responde.

 

Las risas ya no pudieron contenerse. Algunas alumnas de las filas superiores soltaron pequeñas carcajadas al verlo tan desanimado. Una chica de cabello corto levantó la mano, confundida.

 

—Pero… ¿cómo puede costarte tanto? Si puedes usar magia… ¿por qué no entiendes la teoría?

 

Gael giró solo un ojo para mirarla.

 

—¿Eh? ¿Qué magia?

 

Todo el aula se quedó muda.

 

—¿Cómo que qué magia? —preguntó otra—. ¡La que usaste contra el profesor Valerius! ¡Todas vimos esa pelea! ¡Hasta hay grabaciones oficiales!

 

Gael negó lentamente con la cabeza.

 

—Pero… yo no uso magia.

 

El silencio se volvió aún más pesado. Varias alumnas se miraron entre sí; una incluso dejó caer el lápiz al suelo sin darse cuenta.

 

—¿Cómo que no usas magia?

 

—En el tren me hicieron un análisis completo —explicó él levantando la cabeza—. Akane y Anastasia lo comprobaron personalmente. No tengo poder mágico. Ni una sola gota.

 

Elara abrió los ojos de par en par y luego asintió despacio.

 

—Es verdad… Yo estuve allí. El resultado fue cero. Absolutamente nada.

 

Pero la mayoría no había estado presente ese día, y la sorpresa fue mayúscula. Las preguntas empezaron a llegar todas juntas:

 

—¡Eso es imposible!

 

—¿Entonces cómo luchaste contra él?

 

—¡¿Y esa luz dorada que te rodeaba?!

 

—¡¿Cómo lanzas ataques sin magia?!

 

Gael abrió mucho los ojos, abrumado.

 

—¡Esperen… una por una, por favor!

 

 

Elara se levantó de un salto y alzó la voz con firmeza:

 

—¡Chicas! —todas callaron

 

  al instante—. No lo bombardeen así. Dejen que respire un poco.

 

Esperó unos segundos hasta que el ambiente se calmó, luego volvió a mirar a Gael con curiosidad sincera.

 

—Entonces… ¿podrías explicarnos cómo funciona lo que haces?

 

Gael se quedó pensativo. Miró el techo, cruzó los brazos, cerró los ojos y permaneció casi un minuto entero reflexionando. Finalmente soltó un suspiro y respondió:

 

—No lo sé.

 

 

Silencio absoluto.

 

 

—¿Eh? —fue lo único que salió de todas las gargantas al mismo tiempo.

 

—No estoy bromeando —se rascó la cabeza, apenado—. De verdad no lo sé.

 

—¿Cómo que no sabes cómo funciona tu propio poder? —preguntó una chica, completamente desconcertada.

 

Gael hizo un gesto de impotencia con las manos.

 

—Es difícil de explicar… Simplemente… sale.

 

—¿Cómo que sale?

 

—No pienso en cómo hacerlo. No digo ninguna palabra extraña. No dibujo nada en el aire. Ni siquiera imagino cómo debería ser. Mi cuerpo lo hace solo. Como si hubiera nacido sabiendo hacerlo.

 

Se quedó unos segundos callados, buscando la forma más sencilla de hacerse entender.

 

—Es como respirar —dijo finalmente—. ¿Alguna de ustedes piensa conscientemente en cómo mover los pulmones o en cuánto aire tomar?

 

Todas negaron lentamente.

 

—Pues eso —continuó él—. Yo tampoco pienso en ese poder. Solo… lo uso. Sé qué hacer en el momento justo. Pero cómo lo hago, de dónde sale… no tengo ni la menor idea.

 

El aula volvió a quedar en silencio. Nadie supo qué decir ante algo tan extraño y a la vez tan sencillo. Elara lo observó unos instantes y luego sonrió con comprensión.

 

—Supongo… que eso también debe ser muy difícil para ti.

 

Gael asintió con una media sonrisa, algo avergonzado.

 

—Mucho. Porque todas esperan que yo les explique algo… que ni siquiera yo mismo entiendo.

 

Y en ese momento, sus compañeras comprendieron por primera vez que el chico que había vencido al profesor más fuerte de la academia no ocultaba ningún secreto por desconfianza. Simplemente… él era el mayor misterio de todos. Incluso para sí mismo.

 

La profesora apenas terminó de trazar el último símbolo rúnico sobre la pizarra y anunció un breve descanso antes de pasar a la siguiente parte de la lección. No hubo que esperar mucho: en cuanto ella salió del aula, casi todas las alumnas se pusieron de pie y se acercaron despacio, curiosas y animadas, hasta rodear el pupitre de Gael.

 

Él miró de un lado a otro, un poco abrumado.

 

—Eh… ¿qué pasa? ¿Se me olvidó algo?

 

Una chica de cabello castaño y mirada vivaz sonrió, acercándose un poco más.

 

—No es nada malo, tranquilo. Es que… todavía sabemos muy poco sobre ti.

 

—Solo tenemos retazos —añadió otra—. Sabemos que venciste al profesor Valerius.

 

—Y que no tienes ni una gota de magia propia —comentó una tercera.

 

—¡Y que ayer todos los familiares de la academia salieron corriendo detrás de ti como si fueras su dueño!

 

Gael se rascó la mejilla, con esa mezcla de vergüenza y resignación que ya le empezaban a ser familiares.

 

—Bueno… tampoco es que haya una historia muy larga que contar.

 

Elara, desde su asiento al lado, le dedicó una sonrisa suave.

 

—Pues cuéntanos lo que puedas. Nosotras escuchamos.

 

Gael se quedó unos segundos en silencio, ordenando sus propios recuerdos antes de empezar a hablar despacio.

 

—La verdad… todo lo que soy y todo lo que recuerdo empieza hace apenas tres años.

 

La conversación se apagó de golpe. Todas lo miraban con atención.

 

—¿Tres años? —preguntó alguien con voz baja.

 

Gael asintió lentamente.

 

—Cuando desperté, tenía aproximadamente doce años. Y no sabía absolutamente nada. Ni quién era, ni cómo me llamaba, ni siquiera cómo había llegado hasta allí. Solo estaba caminando en medio de un bosque inmenso, completamente perdido.

 

Hizo una pausa, mirando hacia el vacío como si todavía pudiera ver aquellos árboles interminables.

 

—Caminé durante horas hasta que por fin salí al claro. Y entonces… no pude más. Me desmayé justo delante de la puerta de una casa de madera.

 

Una chica levantó la mano con delicadeza.

 

—¿Y allí vivía esa persona que te encontró? ¿Estaba solo?

 

—Sí —respondió Gael, y una sonrisa tierna iluminó su rostro—. Vivía solo. Era un viejo terco, gruñón a veces, que se quejaba de todo… pero tenía el corazón más grande que he conocido. No dudó en dejarme entrar, aunque no sabía quién era ni de dónde venía. Dijo que no sería capaz de echar a la calle a un chico que no recordaba ni su propio nombre.

 

Elara asintió con los ojos brillantes.

 

—Se nota que era una gran persona.

 

—Lo era —afirmó Gael con total convicción—. Como ya era mayor, poco a poco empecé a ayudarlo: primero con las tareas de la casa, luego en el campo, cuidando su huerto. Y cuando su salud empezó a fallar… fui yo quien se quedó a su lado, cuidándolo a él.

 

Varias alumnas intercambiaron miradas, conmovidas. No esperaban escuchar algo así.

 

—¿Y quién te enseñó todo lo que sabes? ¿A leer, a escribir?

 

—Él —respondió Gael al instante—. Fue mi único maestro durante tres años. Me enseñó las letras, las cuentas, y me contó muchas cosas sobre este mundo, sobre las leyendas y las academias… aunque —soltó una pequeña risa— también era muy estricto.

 

—¿De verdad? —preguntó una chica con una media sonrisa.

 

—¡Muchísimo! —Gael levantó la mano y se frotó la cabeza de forma inconsciente, como si todavía pudiera sentirlo—. Cada vez que no me aprendía una lección o me distraía… ¡pum! —imitó con suavidad el golpe—. Un bastonazo justo aquí.

 

Toda la sala soltó una carcajada contenida.

 

—¡¿En serio te golpeaba con el bastón?!

 

—¡Sí! —Gael siguió frotándose la cabeza—. Más de una vez terminé con un chichón, pero al final… al final me aprendía todo.

 

—Entonces al menos aprendías rápido —dijo Elara riendo.

 

—No siempre… —admitió él, y las risas se hicieron más cálidas.

 

Entonces una alumna preguntó con voz más suave y respetuosa:

 

—¿Y… qué pasó con él?

 

La sonrisa de Gael se volvió tranquila y profunda.

 

—Falleció hace medio año. Se fue en paz, en su casa, donde había vivido toda la vida. Antes de irse… me dejó la casa, el pequeño terreno que cultivábamos… y —bajó la mirada un instante, luego la levantó con orgullo— como yo no tenía nombre, me dijo que tomara el suyo. Que me lo regalaba.

 

Hizo una pequeña pausa y dijo con voz firme:

 

—Por eso soy Gael Valdez.

 

Nadie habló durante unos segundos. Todas comprendieron que aquel apellido no era una simple etiqueta: era el último regalo, la última muestra de cariño de la única familia que había conocido.

 

Fue Elara quien rompió el silencio.

 

—¿Y por eso decidiste entrar aquí? ¿Para cumplir lo que él quería?

 

Gael asintió.

 

—Sí. Siempre me dijo que no quería que me quedara toda la vida trabajando solo en el campo. Quería que estudiara, que aprendiera cosas nuevas, que viera el mundo más allá de nuestro pequeño valle. Así que este año reuní todo lo que había ahorrado, hice todos los trámites… y conseguí entrar por mi cuenta.

 

—Eso debió costarte mucho esfuerzo —comentó una chica con admiración.

 

—Bastante —admitió él—. Pero valió la pena. Aunque… —se rascó la nuca con una sonrisa avergonzada— cometí un error bastante tonto.

 

—¿Qué pasó? —preguntaron varias al mismo tiempo.

 

Gael soltó una risa nerviosa.

 

—Me confundí de vagón en la estación.

 

 

Silencio total.

 

 

—¿Eh?

 

—Iba camino a una academia normal —explicó él—. Una donde no hay magia, ni guardianes, ni entrenamientos que te dejan todo golpeado… ni profesoras que te lanzan al suelo cien veces seguidas.

 

Toda la clase estalló en risas.

 

—¡Es verdad! —insistió Gael levantando las manos—. Solo me equivoqué de puerta al subir al tren… ¡y terminé aquí!

 

Las carcajadas llenaron el aula, algunas chicas incluso se secaron las lágrimas de tanto reír. Elara negó con la cabeza, sonriendo con ternura.

 

—Creo que eres la única persona capaz de cambiar toda su vida… solo por subir al vagón equivocado.

 

Gael se encogió de hombros.

 

—Supongo que sí.

 

Y mientras todas seguían riendo, ninguna de ellas podía imaginar que aquel simple error, aquel paso en falso, no solo había cambiado el destino de Gael… sino que también estaba a punto de transformar el futuro de toda la Academia Saint Aurora.

 

La conversación prometía prolongarse mucho más tiempo. Las preguntas salían una tras otra, sin darle respiro:

 

—¿Cómo era la vida en el campo?

 

—¿Sabes cocinar bien?

 

—¿Qué cultivaban en vuestra tierra?

 

—¿Nunca habías visto magia antes de subir a ese tren?

 

Gael apenas alcanzaba a responder una cuando ya se acumulaban tres más.

 

—¡Esperen, esperen un momento! ¡Una por una, por favor!

 

Las chicas rieron, pero justo cuando otra iba a tomar la palabra…

 

¡Clack!

 

La puerta se abrió despacio. Ese solo sonido bastó para que todas giraran la cabeza al mismo tiempo, y el murmullo se apagó por completo.

 

En el umbral estaba la profesora Selene: cabello largo de un tono morado oscuro, uniforme impecable y una carpeta bajo el brazo. No tuvo que pedir silencio; su sola presencia hizo que todas enderezaran la espalda de forma casi automática. Era una de las maestras más antiguas de Saint Aurora, una de las magas más respetadas del continente y, junto a la directora Evelyn y el profesor Valerius, una de las tres figuras cuya fama cruzaba incluso las fronteras del mundo mágico.

 

Selene recorrió el aula con la mirada, deteniéndose en el círculo de compañeras que rodeaba a Gael. Alzó levemente una ceja.

 

—Vaya… —luego miró directamente al muchacho—. ¿Ya te has vuelto popular?

 

Gael sintió cómo cientos de ojos se posaban sobre él de nuevo. Su rostro se tiñó de rojo.

 

—¡No se burle, Selene-sensei! ¡No es así!

 

Varias alumnas soltaron una risita contenida. Una de ellas levantó la mano con timidez:

 

—Profesora, solo queríamos conocerlo un poco mejor. Nada más.

 

Selene las observó unos segundos y soltó una risa suave.

 

—Lo sé. Solo le estaba tomando un poco el pelo.

 

Gael infló las mejillas.

 

—No tiene ninguna gracia…

 

—Depende del cristal con que se mire —respondió ella con una media sonrisa, haciendo que varias volvieran a reír.

 

Luego alzó la carpeta con naturalidad.

 

—Gael, necesito hablar contigo un instante. —Miró al resto del grupo—. Les robare a su compañero unos minutos. Ya podrán seguir interrogándolo durante la hora del almuerzo.

 

Todas asintieron sin dudar:

 

—Sí, profesora.

 

—Entendido.

 

Gael les dedicó una mirada resignada mientras se levantaba.

 

—Bueno… nos vemos luego.

 

—¡No te escabullas!

 

—¡Todavía nos faltan muchas preguntas!

 

Él sonrió con cierta vergüenza y salió del aula junto a ella.

 

Al avanzar unos pasos por el pasillo, Gael puso cara de enfado.

 

—No vuelva a decir esas cosas delante de todas…

 

—¿Qué cosas? —preguntó ella con inocencia fingida.

 

—Eso de que soy popular. ¡Van a pensar cualquier tontería!

 

Selene no pudo evitar reírse con ganas.

 

—¿Y qué tiene de malo ser popular?

 

—¡Todo! —exclamó él, y eso solo hizo que ella riera aún más fuerte.

 

Gael se cruzó de brazos.

 

—Se está burlando de mí…

 

—Un poquito —admitió ella sin rodeos.

 

—¡Lo confesó! —Con expresión ofendida, comenzó a darle pequeños golpecitos con los puños cerrados en el brazo—. ¡No se ría! ¡No tiene gracia! ¡Selene-sensei!

 

Sin perder la compostura ni el paso tranquilo, Selene levantó la carpeta y la usó a modo de escudo.

 

Tap.

Tap.

Tap.

 

Los golpecitos rebotaban sin hacerle absolutamente nada.

 

—¿Ya terminaste?

 

—¡Todavía no!

 

Tap.

Tap.

Tap.

 

Ella seguía caminando con la misma elegancia de siempre, como si aquella escena fuera de lo más habitual. Algunas alumnas que pasaban por allí se detuvieron de golpe con los ojos muy abiertos:

 

—¿Ese es Gael? ¿Le está pegando a la profesora Selene?

 

—Más bien parece un gatito intentando arañar a un oso… —dijo otra con una sonrisa—. Y creo que es la primera vez que veo a la profesora reírse tanto.

 

Mientras tanto, Gael seguía refunfuñando detrás de la carpeta:

 

—Le pido que no vuelva a bromear así delante de todo el curso…

 

Selene bajó la carpeta y le revolvió el cabello con suavidad.

 

—Está bien, está bien. Intentaré contenerme la próxima vez.

 

Gael se arregló el pelo rápidamente, todavía haciendo un puchero.

 

—Más le vale…

 

Ella volvió a sonreír. Estaba cada vez más convencida de algo: aquel chico tenía un talento asombroso para meterse en situaciones complicadas… pero también una inocencia tan sincera que hacía imposible no tomarle un cariño especial.

 

Tras caminar unos minutos por los pasillos tranquilos y bañados de luz, Selene guio a Gael hasta uno de los patios interiores más apartados. El lugar estaba rodeado de árboles centenarios cuyas ramas se entrelazaban formando una suave sombra, y pequeños jardines de flores silvestres llenaban el aire de un aroma fresco. En el centro, varias mesas de piedra pulida esperaban bajo la brisa que hacía bailar suavemente las hojas.

 

Selene tomó asiento en una de ellas. Gael se sentó frente a ella, aunque seguía con los brazos cruzados y las mejillas ligeramente infladas, todavía un poco resentido por la broma de antes.

 

La profesora lo observó unos instantes y terminó soltando una pequeña risa.

 

—Intento no hacerlo —dijo antes de que él hablara.

 

Gael frunció aún más el ceño.

 

—Pues no lo parece.

 

—Lo sé —admitió ella con calma.

 

Él desvió la mirada con un resoplido, pero ya no había verdadero enfado en su gesto. Selene esperó a que se calmara un poco antes de hablar con seriedad.

 

—Dime una cosa: ¿leíste el libro que te entregó el profesor Valerius tras su combate?

 

Gael asintió despacio.

 

—Sí.

 

—¿Y qué te pareció?

 

Apoyó ambos brazos sobre la mesa de piedra, buscando las palabras adecuadas.

 

—La verdad… no entendí muchas cosas. Habla de leyendas muy antiguas: de dioses, de guerreros que protegían el mundo con un poder que decían representar la vida misma. Al principio pensé que se refería a los Guardianes… pero —frunció el ceño, confundido— hay demasiadas cosas que no cuadran.

 

Selene escuchaba en silencio, atenta a cada palabra.

 

—Varias historias contradicen lo que enseñan aquí. En uno de esos textos cuentan que hubo una época en la que la magia no existía… pero en la academia nos dicen que ha estado presente desde siempre. No sé cuál de las dos versiones es la verdadera.

 

Ella cruzó las manos sobre la mesa, mirándolo con profundidad.

 

—No estás tan equivocado como crees, Gael. A veces… las leyendas son mucho más reales de lo que nos atrevemos a imaginar.

 

Él la miró sin comprender.

 

—No entiendo nada.

 

Selene sonrió suavemente.

 

—Es normal que te sientas así. Después de todo… yo viví durante la época de los Guardianes.

 

Los ojos de Gael se abrieron de par en par. Se quedó inmóvil unos segundos, procesando aquellas palabras, hasta que volvió a inflar las mejillas con indignación.

 

—¡Entonces es totalmente injusto!

 

—¿Qué cosa? —preguntó ella alzando una ceja.

 

—¡Si usted vivió esos tiempos, entonces sabe toda la verdad! —exclamó él, golpeando suavemente la mesa con una mano—. ¿Por qué nadie quiere contármela? Primero la directora, luego el profesor Valerius… y ahora usted también. ¡Todos saben algo y nadie me dice nada!

 

Selene soltó una risa tranquila, sin burla, solo con ternura.

 

—Porque darte las respuestas sería el camino fácil.

 

—¿El camino fácil? —repitió él, desconcertado.

 

—Exacto —asintió ella—. Si yo te contara todo lo que sé, ¿qué aprenderías realmente? Buscar las respuestas por ti mismo también forma parte de tu aprendizaje. Si alguien resuelve todas tus dudas, nunca llegarás a comprender el verdadero significado de lo que descubras.

 

Hizo una pausa, dejando que sus palabras se asentaran.

 

—Lo mejor que puedes hacer es investigar, juntar las piezas una a una y sacar tus propias conclusiones. Y cuando lo hagas… serás tú quien decida qué hacer con esa verdad.

 

Gael bajó lentamente la mirada hacia sus manos cerradas sobre la piedra. Su voz se volvió mucho más suave, casi un susurro.

 

—Pero… yo ni siquiera recuerdo quién soy. No sé mi nombre verdadero, no sé de dónde vengo, no sé nada de lo que fui antes. ¿Cómo espera que alguien como yo encuentre respuestas tan grandes?

 

El silencio envolvió el patio por unos instantes. Entonces, sintió cómo una mano se posaba con infinita suavidad sobre su cabeza. Levantó la mirada despacio y se encontró con una sonrisa distinta a todas las que le había visto hasta entonces: no había lecciones, ni bromas, ni distancia. Solo una calidez profunda, serena, casi maternal.

 

—Porque creo en ti —dijo ella con voz tranquila y firme—. Quien busca su pasado, debe recorrer ese camino por sí mismo. Nadie puede hacerlo en su lugar. Las personas como nosotros solo podemos indicarte la dirección, mostrarte dónde empezar a buscar… pero el resto del camino lo tienes que dar tú.

 

Sus ojos plateados lo miraban con una sinceridad que le llegó al corazón.

 

—Y al final… serás tú quien descubra quién es realmente Gael. Y esa respuesta tendrá un valor que nadie jamás podrá quitarte.

 

Él permaneció inmóvil, sintiendo la calidez de su mano sobre su cabello. No le resultaba extraño ni incómodo; al contrario, le parecía algo que había sentido hacía mucho tiempo. Cerró los ojos sin darse cuenta, y de golpe recordó al anciano que lo había acogido: esa misma sensación de paz, de seguridad, de ternura absoluta que sentía cuando él le decía al terminar el día: “Lo hiciste bien. Descansa. Estoy orgulloso de ti”.

 

Los recuerdos se mezclaron con el presente. Cuando volvió a abrir los ojos, Selene seguía allí, sonriéndole de la misma manera. Gael sintió cómo las mejillas se le calentaban, pero no apartó la mirada ni se alejó. Solo pensó una cosa: aquella calidez… era la primera que volvía a sentir desde que el hombre al que llamaba abuelo se había marchado.

Thoughts

  • Ovid

    Me rei mucho con lo del vagon equivocado, que toda la vida de Gael cambie por subir por la puerta que no era. Y luego lo de Selene y los Guardianes, ahi ya me quede con la sensacion de que todos los profesores saben quien es el chaval y nadie se lo va a decir hasta que lo averigue el solo. Gracias por seguir con la serie!

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  • novelaacuestas

    Quince capítulos y por fin alguien le pregunta a Gael de dónde sale lo que hace, y la respuesta es que ni él lo sabe. Me cuadra con lo del tren, cuando Akane y Anastasia le dieron cero y nadie supo qué decir. Lo de Selene diciendo que vivió la época de los Guardianes me huele a que ella sabe quién era el abuelo Valdez, y que el viejo le contaba leyendas de academias a un chaval sin nombre por algo. A ver el 16.

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