Saltar al contenido
Cargando…

Capítulo 21: Las cuatro guerreras de Saint Aurora

DNavarrete

Contenido de la publicación

La mañana había comenzado con una tranquilidad sospechosa para Gael.

 

Y cuando cuatro de las alumnas más poderosas de la Academia Saint Aurora aparecían juntas frente a él con sonrisas demasiado sospechosas, aquella tranquilidad solía terminar rápidamente.

 

—Gael, ven con nosotras —dijo Akane.

 

El muchacho, que acababa de salir de uno de los edificios académicos, parpadeó confundido.

 

—¿Eh? ¿Adónde?

 

—A la zona de entrenamiento —respondió Anastasia con una sonrisa divertida.

 

—¿Hice algo malo?

 

—Todavía no —contestó Astrid alegremente.

 

Gael la miró.

 

—¿Por qué ese «todavía» me preocupa tanto?

 

Freya soltó una risita mientras Akane suspiraba.

 

—No has hecho nada malo. Simplemente queremos comprobar algo.

 

—¿Comprobar qué?

 

Las cuatro intercambiaron miradas. Y entonces Akane respondió con absoluta seriedad:

 

—Queremos medir nuestras fuerzas contigo.

 

Gael se quedó inmóvil.

 

—…

—…

 

—¿Cómo?

 

—Lo que has oído —dijo Anastasia—. Queremos enfrentarnos a ti en un combate de entrenamiento.

 

Gael miró a Akane, después a Anastasia, luego a Freya y finalmente a Astrid.

 

—¿Las cuatro?

 

—Las cuatro —confirmó Astrid, levantando el pulgar.

 

—¿Al mismo tiempo?

 

—¡No! —respondió Akane inmediatamente—. ¿Qué clase de entrenamiento sería ese?

 

—Uno en el que probablemente terminaría enterrado bajo los escombros…

 

—No seas dramático, Gael —dijo Anastasia, dándole una palmadita en el hombro—. Aunque admito que la imagen resulta divertida.

 

—Me alegra que mi posible funeral te parezca entretenido.

 

Freya volvió a reírse.

 

—Vamos, Gael. Hablamos en serio. Después de lo que ocurrió con Valerius, queremos conocer mejor tus capacidades.

 

La sonrisa del muchacho se desvaneció ligeramente al recordar aquel enfrentamiento. Todavía le costaba creer que hubiera conseguido derrotar a alguien como Valerius, aunque el propio hombre había insinuado que Gael aún no comprendía realmente su poder. Y eso era precisamente lo que despertaba la curiosidad de las cuatro.

 

Después de Selene, Valerius y la directora Evelyn, ellas eran consideradas las alumnas más poderosas de la academia. Cada una destacaba en un área diferente, pero todas habían entrenado durante años para llegar a ese nivel. Y ahora tenían delante a un chico que parecía haber alcanzado una fuerza comparable a la de aquellos tres. Naturalmente, querían comprobarlo por sí mismas.

 

—Aunque… —Gael se rascó la cabeza—. ¿Por qué no les pedís a Selene-sensei, a Valerius o a la directora que os ayuden? Seguro que ellos podrían evaluar nuestras capacidades mucho mejor.

 

Las cuatro guardaron silencio durante un instante. Después, Astrid soltó una carcajada.

 

—¡JAJAJAJA! ¡Claro! ¡Porque nosotras jamás hemos pensado en esa posibilidad!

 

—¿Lo dices en serio? —preguntó Gael.

 

—Por supuesto que lo decimos en serio —respondió Akane, cruzándose de brazos—. Hemos entrenado contra los tres en numerosas ocasiones.

 

—¿Y?

 

—Y, sinceramente, apenas conseguimos alcanzar su nivel. Mucho menos derrotarlos —dijo Anastasia, acomodándose un mechón de cabello detrás de la oreja.

 

—En realidad, todavía no hemos conseguido vencer a ninguno de los tres en un combate serio —añadió Freya—. Y cuando creemos haber encontrado una oportunidad, resulta que ni siquiera estaban utilizando toda su fuerza.

 

Gael abrió ligeramente los ojos.

 

—¿Tan grande es la diferencia?

 

—Más de lo que imaginas —respondió Akane—. Además, aunque les pidiéramos que nos ayudaran, probablemente no se tomarían el combate con la seriedad que necesitamos.

 

—¡Eso es cierto! —intervino Astrid—. ¿Recuerdas la primera vez que vimos a Valerius ponerse realmente serio?

 

—¿Cómo olvidarlo? —sonrió Anastasia.

 

—Fue durante su enfrentamiento con el director de la academia masculina.

 

—¡Sí! —Astrid levantó ambas manos, emocionada—. ¡Aquello fue increíble! ¡Por primera vez vimos a Valerius dejar de bromear y liberar la mayor parte de su fuerza!

 

—Aunque el director tampoco se quedó atrás —añadió Freya—. Consiguió obligarlo a luchar en serio durante buena parte del enfrentamiento.

 

Gael se quedó pensativo. Valerius, que normalmente parecía tomarse todo a broma, había tenido que esforzarse contra el director de la otra academia. Aquello despertaba todavía más su curiosidad.

 

—Vaya… Me habría gustado verlo.

 

—Créeme, a todas nos habría gustado verlo otra vez —dijo Anastasia—. Fue una experiencia bastante educativa.

 

—¿Y entonces? —preguntó Gael—. ¿Nunca habéis conseguido derrotar a Valerius?

 

Las cuatro intercambiaron una mirada. Finalmente, Freya habló:

 

—Bueno… hubo una ocasión.

 

—¿Cuál?

 

—Tu enfrentamiento contra él.

 

El muchacho parpadeó.

 

—Ah…

 

—Aunque, siendo justas, probablemente se confió demasiado contigo —añadió Anastasia con una sonrisa—. No creo que esperara que acabaras derrotándolo.

 

Gael bajó la mirada hacia sus manos. Todavía recordaba aquella sensación extraña: el poder que había surgido de su interior, la velocidad de sus movimientos y la facilidad con la que había reaccionado a ataques que normalmente ni siquiera habría podido seguir con la mirada. Pero no sabía explicar cómo lo había hecho. Y ese era precisamente el problema.

 

—Bueno, hay algo que deberíais saber antes de empezar —dijo finalmente.

 

Las cuatro lo miraron.

 

—No esperéis demasiado de mí como entrenador. Ni siquiera entiendo bien mi propio poder. Cuando lucho, simplemente me lanzo y hago lo que me parece correcto en ese momento.

 

—¿Estás diciendo que no tienes una estrategia? —arqueó una ceja Anastasia.

 

—Tengo algunas ideas…

 

—¿Y funcionan?

 

—A veces.

 

—¿Y las demás veces?

 

—Prefiero no recordarlas.

 

Astrid soltó una carcajada.

 

—¡JAJAJAJA! ¡Me cae cada vez mejor este chico!

 

—Astrid, por favor —suspiró Akane.

 

Freya, en cambio, contempló a Gael con expresión comprensiva.

 

—No te preocupes. Precisamente por eso queremos enfrentarnos a ti. Queremos descubrir cómo reaccionas ante diferentes estilos de combate.

 

—No necesitas demostrar nada especial —asintió Akane—. Simplemente lucha como creas conveniente. De ese modo, nosotras también podremos comprobar nuestras propias capacidades.

 

Gael guardó silencio durante unos segundos. Después, su expresión cambió. Sus ojos se iluminaron con una emoción que las cuatro no tardaron en advertir.

 

—Es verdad…

 

—¿Qué cosa? —preguntó Freya.

 

—¡Nunca os he visto luchar en serio!

 

Las cuatro parpadearon. Gael sonrió ampliamente.

 

—Siempre escucho lo fuertes que sois, pero nunca he tenido la oportunidad de ver vuestras habilidades de cerca. ¡Ahora tengo curiosidad por saber hasta dónde podéis llegar!

 

Astrid sonrió mostrando los dientes.

 

—¡Esa es la actitud!

 

—Aunque, por favor, intentad no destruir la zona de entrenamiento —advirtió Akane.

 

—¿Por qué me miras a mí cuando dices eso? —protestó Astrid.

 

—Porque te conozco.

 

—¡Qué poca confianza!

 

—La experiencia me ha enseñado a ser precavida.

 

Anastasia se llevó una mano a los labios para disimular su sonrisa. Freya negó suavemente con la cabeza, divertida. Y así, con Gael cada vez más entusiasmado y Astrid prácticamente saltando de impaciencia, los cinco se dirigieron a la zona de entrenamiento.

 

Lo que ninguno de ellos había previsto era que no serían los únicos interesados en aquel encuentro.

 

La zona de entrenamiento contaba con amplias plataformas reforzadas mediante magia, barreras protectoras y gradas destinadas a los estudiantes que deseaban observar los combates. Y aquella mañana, las gradas estaban bastante concurridas. Varias alumnas ya habían ocupado sus asientos, cuchicheando emocionadas mientras esperaban que comenzara el enfrentamiento. Cuando Gael entró acompañado por las cuatro integrantes del consejo estudiantil, un murmullo recorrió las gradas.

 

—¡Son ellas!

 

—¡Las cuatro más fuertes de la academia!

 

—¡Espera! ¿Van a luchar contra Gael?

 

—¡Eso parece!

 

—¿El chico que se enfrentó a Valerius?

 

—¡El mismo!

 

En una de las primeras filas, Clara Rosenfeld observaba la escena con los ojos brillantes. A su lado, su pequeño zorro espiritual movía las orejas, como si también estuviera interesado en el espectáculo.

 

—¡Vamos, Gael! —animó Clara, levantando un brazo—. ¡Demuestra lo que sabes hacer!

 

El zorro espiritual soltó un agudo chillido.

 

—¡Y tú también! —añadió Clara, señalándolo—. ¡Anímalo como corresponde!

 

El animal volvió a chillar.

 

Unos asientos más allá, Clara Weiss también había acudido para presenciar el enfrentamiento.

 

—Esto promete ser interesante —comentó, acomodándose para observar mejor la plataforma.

 

Mientras tanto, el resto de las alumnas comenzó a animar a las cuatro guerreras.

 

—¡Vamos, presidenta!

 

—¡Demuestra tu fuerza, Akane!

 

—¡Anastasia, déjalo congelado!

 

—¡Astrid, destrózalo!

 

—¡Freya, confiamos en ti!

 

Gael se detuvo al escuchar semejante entusiasmo. Miró las gradas. Después miró a las chicas. Y finalmente volvió a mirar las gradas.

 

—Oigan…

 

—¿Qué ocurre? —preguntó Freya.

 

—¿No os parece que hay demasiada gente?

 

—Oh, ¿te refieres a las espectadoras? —Anastasia echó un vistazo a su alrededor.

 

—¡Hay como medio centenar de personas!

 

—Y eso que todavía no ha empezado —respondió ella con una sonrisa.

 

Gael la miró horrorizado.

 

—¿Cómo que todavía no ha empezado?

 

—¡Vamos, Gael! ¡No seas tímido! ¡Es una batalla de entrenamiento, no una ejecución pública! —Astrid le dio una palmada en la espalda.

 

—¡Eso es exactamente lo que diría alguien que está a punto de ejecutarme públicamente!

 

—Gael, deja de exagerar —Akane se llevó dos dedos al puente de la nariz.

 

—¡Es fácil decirlo cuando no eres tú quien tiene a todas las alumnas mirándote!

 

Anastasia se inclinó ligeramente hacia él.

 

—Vamos, no seas así. Déjalas disfrutar.

 

—¿Disfrutar de qué?

 

—Del espectáculo, por supuesto.

 

—Sabía que algo así iba a pasar —Gael la miró fijamente.

 

—¿El qué?

 

—Que terminarían hablando de esto durante semanas.

 

—Probablemente meses —corrigió Astrid alegremente.

 

—¡Eso no mejora las cosas!

 

—Al menos tendrás una buena historia que contar —soltó Freya una risita.

 

—Preferiría una historia en la que no fuera el protagonista de un espectáculo público.

 

—Demasiado tarde —dijo Anastasia—. Ya eres el protagonista.

 

Gael dejó caer los hombros con resignación. Definitivamente, tendría que aprender a desconfiar de las invitaciones de sus amigas.

 

Una vez que los cinco llegaron al centro de la plataforma, Akane tomó la palabra.

 

—El enfrentamiento será sencillo. Cada una luchará contra Gael durante cinco minutos. El objetivo no es derrotar al oponente, sino evaluar sus habilidades, sus reflejos y su capacidad para adaptarse a diferentes estilos de combate.

 

—Entendido —respondió Gael.

 

—No es necesario utilizar toda nuestra fuerza —continuó Akane—. Mantendremos el combate dentro de los límites establecidos por las barreras de seguridad.

 

—Eso suena razonable —asintió él, aliviado.

 

—Y nada de ataques que puedan poner en peligro a los espectadores —añadió Akane, mirando directamente a Astrid.

 

—¡¿Por qué vuelves a mirarme a mí?!

 

—Porque te conozco —respondieron Anastasia y Freya al mismo tiempo.

 

Astrid se llevó una mano al pecho, fingiendo estar herida.

 

—¡Qué crueles sois conmigo!

 

Gael soltó una pequeña carcajada. Por desgracia, aquella diversión duró muy poco.

 

Astrid dio un paso al frente. Su sonrisa se ensanchó y sus ojos verdes brillaron con una emoción que Gael reconoció inmediatamente: la de alguien que llevaba demasiado tiempo esperando una oportunidad para luchar contra un adversario interesante.

 

—¡Muy bien! —declaró—. ¡Yo seré la primera!

 

—Astrid, recuerda las reglas —suspiró Akane.

 

—¡Cinco minutos, sin ataques peligrosos y sin destruir nada! ¡Lo tengo perfectamente claro!

 

—Eso espero…

 

Astrid se volvió hacia Gael y extendió ambos brazos.

 

—¡Gael, no te contengas! ¡Quiero que luches con todas tus fuerzas!

 

—¡Espera, espera! ¡Acabo de decir que ni siquiera entiendo bien mi propio poder! —levantó las manos él.

 

—¡Precisamente por eso quiero verlo!

 

—¡Pero eso no significa que debamos empezar intentando matarnos!

 

—¡Nadie va a morir! ¡Es un entrenamiento!

 

Gael abrió la boca para responder. Entonces notó que el aire a su alrededor empezaba a cambiar. Una corriente helada recorrió la plataforma, tan fría que sintió cómo su propia respiración se convertía en un vaho blanco. Cristales diminutos, brillantes como fragmentos de aurora, comenzaron a girar en espiral alrededor de Astrid, y una luz azulada profunda empezó a envolverla.

 

El muchacho reconoció aquella manifestación.

 

—No… No me digas que…

 

Astrid sonrió de oreja a oreja.

 

—¡Armadura, responde a mi llamada!

 

Una explosión de energía azul estalló en la plataforma, tan radiante que obligó a todos a entrecerrar los ojos. Cuando la luz se asentó, ella ya no era la misma.

 

De su espalda brotaron dos alas etéreas formadas por pura energía helada: inmensas, imponentes, con la silueta inconfundible de un dragón boreal cuyas escamas brillaban como diamantes bajo la luz. La criatura rugió —un sonido profundo, antiguo, que hizo vibrar el suelo bajo los pies de todos— y permaneció tras ella, vigilante y poderosa, como si ambos compartieran el mismo latido.

 

En sus sienes surgieron cuernos de hielo puro, translúcidos y afilados, que se curvaron hacia el cielo igual que los de un dragón joven. Su cabello azul oscuro se agitaba solo, mecido por un viento que nacía de ella misma, entretejido de destellos eléctricos que recorrían cada mechón. Y sus ojos… aquel verde suave y alegre había desaparecido, reemplazado por un amarillo dorado intenso, rasgado y feroz: la mirada de algo que había dormido en los hielos del norte durante siglos.

 

Una armadura de escamas cristalinas se ajustó a su cuerpo: ligera, esbelta, forjada como por el invierno mismo, cubriendo hombros, brazos y muslos con un brillo que deslumbraba. En su mano, la lanza Gungnir Menor respondió al instante: la punta se alargó, envuelta en llamas de hielo que no consumían nada, y su filo cortaba incluso la luz.

 

Avanzó un paso y el suelo bajo sus pies se cubrió de escarcha. Su presencia llenaba toda la plataforma: pesada, inmensa, innegable. Astrid ya no era solo la chica bromista que todos conocían. Era la heredera de la fuerza de los clanes antiguos, la portadora de un poder que dormía en la sangre de su linaje. Y aquella sonrisa en sus labios, aunque brillante y sincera, tenía ahora algo de la fiereza de la bestia que la acompañaba.

 

Las gradas estallaron en vítores.

 

—¡¡¡ASTRID!!!

 

—¡¡¡MUÉSTRALE EL PODER DEL DRAGÓN BOREAL!!!

 

Gael contempló la escena con los ojos muy abiertos. Después giró lentamente la cabeza hacia Akane.

 

—Dijiste que era un entrenamiento sencillo…

 

—Y lo es —respondió ella con absoluta tranquilidad.

 

—¡¿DESDE CUÁNDO UN ENTRENAMIENTO SENCILLO INCLUYE UNA ARMADURA Y UN DRAGÓN DE HIELO?!

 

Anastasia se cubrió la boca para contener la risa. Freya apartó la mirada, aunque sus hombros temblaban ligeramente. Akane, por su parte, tuvo la decencia de parecer un poco avergonzada. Solo un poco.

 

Astrid hizo girar su lanza y la apuntó hacia él.

 

—¡Vamos! ¡Enséñame de qué eres capaz!

 

—Astrid, por favor, recuerda que somos amigos… —retrocedió un paso Gael.

 

—¡Por supuesto!

 

—¡Y que esto es un entrenamiento!

 

—¡Naturalmente!

 

—Entonces… ¿por qué tienes esa sonrisa?

 

Astrid mostró una sonrisa todavía más amplia.

 

—Porque llevo mucho tiempo queriendo pelear contigo.

 

Gael miró al cielo. Valerius, Selene-sensei, directora Evelyn… cualquiera de vosotros puede venir a rescatarme. Prometo no volver a quejarme de los entrenamientos aburridos. Pero nadie acudió en su ayuda.

 

En las gradas, Clara Rosenfeld levantó ambos brazos.

 

—¡VAMOS, GAEL!

 

Su zorro espiritual chilló con entusiasmo.

 

Gael cerró los ojos y respiró profundamente. Después volvió a mirar a su amiga.

 

—Muy bien, Astrid. Hagámoslo.

 

Una sonrisa apareció en su rostro. La misma emoción que había sentido al descubrir que podría contemplar las habilidades de sus amigas empezó a imponerse sobre sus nervios. Si quería comprender su propio poder, también debía aprender a enfrentarse a personas con capacidades distintas a las suyas. Y, sobre todo, quería conocer mejor a aquellas cuatro amigas que siempre habían estado a su lado.

 

Gael adoptó una postura de combate. Astrid inclinó ligeramente su lanza. La barrera protectora se iluminó alrededor de la plataforma. Akane levantó una mano.

 

—¡Primer enfrentamiento! ¡Astrid Eirsdóttir contra Gael Valdés! ¡Cinco minutos! ¡Comenzad!

 

Astrid desapareció en una ráfaga azul.

 

—¡¡¡LANZA DEL DRAGÓN BOREAL!!!

 

—¡¿YA?!

 

¡BOOOOM!

 

La plataforma tembló. Las gradas estallaron en gritos. Y Akane se llevó una mano a la frente.

 

—Cinco minutos… Solo necesito que sobreviva cinco minutos…

 

—Querida presidenta, creo que deberías preocuparte por las reparaciones —sonrió Anastasia.

 

—Yo me preocuparía primero por Gael —observó Freya la nube de polvo que cubría el centro de la plataforma.

 

Desde el interior de la nube se escuchó una voz desesperada:

 

—¡¡¡ASTRID, TE DIJE QUE TE CONTUVIERAS!!!

 

La respuesta de Astrid llegó inmediatamente:

 

—¡¡¡PERO SI TODAVÍA NO HE EMPEZADO EN SERIO!!!

 

Akane cerró los ojos.

 

—Voy a necesitar a Selene-sensei…

 

Y así comenzó el entrenamiento de las cuatro guerreras de Saint Aurora. Pobre Gael. Todavía le quedaban cuatro combates por delante.

 

—¡¡¡LANZA DEL DRAGÓN BOREAL!!!

 

La voz de Astrid resonó por toda la zona de entrenamiento. Su figura atravesó la plataforma envuelta en una corriente de energía azulada. La lanza mágica cortó el aire y una estela de hielo se extendió a su paso, dejando cristales brillantes suspendidos en el ambiente.

 

Gael inclinó la cabeza. La punta de la lanza pasó a escasos centímetros de su rostro.

 

—¡Ufff!

 

Astrid giró sobre sí misma y lanzó una segunda estocada. Gael retrocedió de un salto. La punta del arma rozó su chaqueta.

 

—¡¿No puedes quedarte quieto un segundo?! —protestó Astrid.

 

—¡¿Y dejar que me atravieses?! ¡No, gracias!

 

La muchacha sonrió.

 

—¡Entonces sigue esquivando!

 

Volvió a atacar. Una estocada. Un giro. Un golpe horizontal. Una nueva embestida. Astrid no le concedió ni un instante de descanso. Su lanza se movía con una velocidad extraordinaria, mientras la energía dracónica reforzaba cada uno de sus movimientos. A cada impacto contra la plataforma, el hielo se extendía como una telaraña azul.

 

Gael apenas conseguía evitar los ataques. Se inclinaba hacia un lado, retrocedía, saltaba y giraba sobre sus talones. En varias ocasiones, la lanza pasó tan cerca que sintió el aire cortándole la piel.

 

Desde las gradas, las alumnas observaban el combate con creciente entusiasmo.

 

—¡Astrid está atacando sin darle respiro!

 

—¡Mira esa velocidad!

 

—¡Gael apenas consigue esquivarla!

 

Clara Rosenfeld se aferró a la barandilla.

 

—¡Vamos, Gael! ¡Tú puedes!

 

Su zorro espiritual chilló a su lado.

 

Clara Weiss, en cambio, observaba atentamente los movimientos del muchacho.

 

—No está respondiendo con ataques… —murmuró—. Está intentando comprender el ritmo de Astrid.

 

En la plataforma, Anastasia también había reparado en aquello.

 

—Qué curioso…

 

Freya la miró.

 

—¿Qué ocurre?

 

—Gael no está buscando una oportunidad para contraatacar. Está observando cómo se mueve Astrid.

 

Akane mantuvo los ojos fijos en el combate.

 

—Está intentando encontrar una forma de detenerla sin hacerle daño.

 

—Eso es muy propio de él —comentó Freya con una pequeña sonrisa.

 

Astrid, entretanto, empezaba a impacientarse. Había lanzado decenas de ataques y, aunque Gael parecía estar al límite de sus posibilidades, todavía no había conseguido alcanzarlo limpiamente.

 

—¡Vamos, Gael! ¡No me digas que solamente sabes correr!

 

—¡Estoy empezando a pensar que correr es una habilidad bastante útil!

 

Astrid soltó una carcajada.

 

—¡Entonces voy a quitarte esa costumbre!

 

Su lanza brilló con una intensidad mayor. El dragón de hielo que flotaba detrás de ella abrió sus fauces y una oleada de energía se concentró alrededor del arma. Gael abrió mucho los ojos.

 

—¡Espera! ¡¿Eso también forma parte de un entrenamiento?!

 

—¡Por supuesto!

 

—¡¿Quién diseñó las reglas de esta academia?!

 

—¡La directora!

 

—¡Voy a tener que hablar con ella!

 

Astrid se lanzó hacia delante. Gael retrocedió una vez más, pero esta vez la punta de la lanza descendió hacia el espacio que necesitaba para escapar. Por primera vez, no tuvo tiempo de esquivarla. Levantó ambos brazos. Y detuvo el avance de Astrid con las manos.

 

La lanza se quedó inmóvil a pocos centímetros de su pecho. El sonido del metal mágico vibrando resonó por toda la plataforma. Astrid parpadeó.

 

—¿Eh?

 

Gael mantenía ambas manos extendidas contra el arma, con los pies firmemente apoyados en el suelo. Los dos permanecieron así durante un instante. Entonces Astrid sonrió, todavía sosteniendo la lanza.

 

—¿Qué ocurre? ¿Ya te has rendido?

 

Gael no respondió inmediatamente. Se apartó del arma, se sacudió las manos y las examinó con cierta preocupación.

 

—No exactamente.

 

Astrid ladeó la cabeza.

 

—¿Entonces?

 

—Necesito algo.

 

—¿Qué cosa?

 

Gael se volvió hacia el extremo de la zona de entrenamiento. Allí se encontraba el equipo que los estudiantes utilizaban durante las prácticas: espadas de madera, lanzas, bastones, escudos y diversos objetos preparados para resistir el uso de magia. Gael comenzó a caminar hacia ellos.

 

Astrid lo siguió con la mirada.

 

—¡Oye! ¿Adónde vas?

 

—¡Dame un momento!

 

Las alumnas de las gradas intercambiaron miradas.

 

—¿Va a utilizar un arma?

 

—¿Gael sabe manejar una espada?

 

—Nunca lo he visto practicar con ninguna…

 

Akane frunció ligeramente el ceño. Tenía razón. Hasta donde sabía, Gael nunca había demostrado una preferencia por las armas convencionales. Anastasia se cruzó de brazos.

 

—Esto se pone interesante.

 

Gael llegó al estante donde se guardaba el equipo de entrenamiento y comenzó a buscar entre los objetos. Sin embargo, no tomó una espada. Tampoco una lanza. Ni siquiera un escudo. Lo que finalmente sacó fueron dos guantes reforzados, fabricados con una estructura de metal y oricalco. Estaban diseñados para proteger las manos de los estudiantes que utilizaban grandes cantidades de energía mágica durante el combate.

 

Gael los examinó por un momento y se los colocó. Ajustó las correas alrededor de sus muñecas, flexionó los dedos y cerró los puños. Después regresó a la plataforma.

 

Astrid lo esperaba con la lanza apoyada sobre un hombro.

 

—¿Eso era lo que necesitabas?

 

—Sí.

 

—¿Vas a luchar con los puños?

 

Gael levantó las manos enguantadas.

 

—Eso parece.

 

Astrid sonrió ampliamente.

 

—¡Por fin! ¡Ahora estamos hablando!

 

—Espera, todavía tengo que explicarte algo.

 

—¿Qué cosa?

 

Gael miró la lanza que sostenía su amiga.

 

—Me he dado cuenta de que eres mucho más fuerte de lo que imaginaba.

 

Astrid parpadeó, sorprendida por el comentario.

 

—¿En serio?

 

—Sí. Tu velocidad, la fuerza de tus ataques y esa energía dracónica… No puedo bloquearlos directamente con las manos desnudas sin arriesgarme a lastimarme. —Levantó los guantes para mostrárselos—. Por muy fuerte que sea, mi cuerpo sigue siendo humano. Si continúo intentando detener tu lanza sin protección, terminaré haciéndome daño.

 

Astrid lo observó durante unos segundos. Después, su expresión se suavizó.

 

—Así que has decidido tomarte el combate en serio.

 

Gael sonrió con cierta timidez.

 

—Algo así.

 

—¡Perfecto!

 

—Aunque hay otra cosa.

 

—¿Más?

 

—Gracias a los entrenamientos con Selene-sensei, creo que he empezado a comprender un poco mejor mi poder.

 

Akane levantó ligeramente la cabeza. Anastasia dejó de sonreír. Freya se inclinó hacia delante. Las tres habían escuchado suficientes historias sobre el poder de Gael como para saber que aquella frase podía significar muchas cosas.

 

—¿Qué quieres decir? —preguntó Akane.

 

Gael se colocó frente a Astrid.

 

—No estoy seguro de poder explicarlo. Pero creo que puedo intentar algo.

 

Astrid apretó el mango de su lanza.

 

—Entonces ven a demostrarlo.

 

Gael asintió. Después bajó los brazos, dejándolos a ambos lados de su cuerpo. Cerró los ojos. Y respiró una vez. Solo una.

 

Durante el primer instante, no ocurrió absolutamente nada. El viento recorrió la plataforma y algunos de los cristales de hielo que Astrid había dejado atrás se deslizaron por el suelo. Gael permaneció inmóvil. Entonces el ambiente cambió.

 

Una vibración tenue se extendió a su alrededor. Tan leve que, al principio, varias alumnas ni siquiera la percibieron. Pero las cuatro integrantes del consejo estudiantil sí lo hicieron.

 

Akane abrió los ojos.

 

—¿Qué…?

 

Freya sintió que la energía mágica de la plataforma parecía responder a algo.

 

Anastasia dejó de lado su expresión despreocupada y comenzó a observar cada movimiento de Gael con atención.

 

Astrid, por su parte, notó que la lanza vibraba entre sus dedos.

 

—¿Qué estás haciendo, Gael?

 

El muchacho no respondió. La vibración se intensificó. Primero fue una sensación bajo los pies. Después, un temblor que recorrió toda la plataforma. Y finalmente…

 

¡CRAAACK!

 

Pequeñas líneas doradas aparecieron entre las grietas del suelo. Las alumnas de las primeras filas se levantaron de sus asientos.

 

—¡¿Qué es esa luz?!

 

—¡Está saliendo del suelo!

 

Una descarga dorada emergió bajo los pies de Gael. Después otra. Y otra más. Relámpagos dorados ascendieron desde las grietas, recorriendo el espacio que lo rodeaba hasta envolver su cuerpo. No lo quemaban. No parecían dañarlo. Al contrario. Cada descarga se incorporaba a su energía como si aquellos relámpagos estuvieran alimentándolo. Como si el suelo mismo le estuviera entregando su fuerza.

 

El cabello rubio de Gael se agitó bajo las corrientes de energía. Pequeñas chispas doradas recorrieron sus brazos y se deslizaron por la superficie de los guantes de oricalco. La vibración se convirtió en un rugido sordo.

 

Akane apretó los puños.

 

—Esa energía…

 

Anastasia sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

 

—No es simplemente magia.

 

Freya no apartaba la mirada de Gael.

 

—Parece como si estuviera despertando algo que llevaba dentro.

 

Astrid, por primera vez desde el comienzo del combate, dejó de sonreír. No porque tuviera miedo. Sino porque, instintivamente, comprendió que el muchacho que tenía delante acababa de cambiar por completo.

 

Gael abrió los ojos. Una luz dorada brilló en sus pupilas. Miró a Astrid y esbozó una sonrisa ligeramente incómoda.

 

—Perdona por esto.

 

—¿Por qué…?

 

Astrid no llegó a terminar la pregunta. Porque Gael ya no estaba delante de ella. No había visto sus piernas moverse. No había percibido un impulso mágico. Ni siquiera había podido seguir su desplazamiento con la mirada. Un instante antes, Gael estaba a varios metros de distancia. Al siguiente…

 

Estaba frente a ella.

 

¿CUÁNDO LLEGÓ HASTA AQUÍ?

 

Los ojos de Astrid se abrieron de par en par. Gael tenía el puño levantado, envuelto en los mismos relámpagos dorados que acababan de surgir del suelo. No parecía enfadado. No parecía estar disfrutando de aquello. Su expresión era casi de disculpa. Pero el puño avanzaba.

 

Astrid reaccionó por puro instinto. Giró la lanza y la colocó frente a su cuerpo, sujetándola con ambas manos para recibir el impacto.

 

—¡¡¡GHAAAA!!!

 

El puño de Gael chocó contra el arma. Y el mundo pareció detenerse. Durante una fracción de segundo, el contacto entre ambos produjo un silencio absoluto. Después llegó la onda expansiva.

 

¡¡¡BOOOOOOOOOOM!!!

 

Una explosión de aire y energía dorada se extendió por toda la zona de entrenamiento. Las barreras mágicas se iluminaron de inmediato, conteniendo la mayor parte de la fuerza liberada. Aun así, las gradas temblaron y una ráfaga recorrió los asientos. Varias alumnas tuvieron que sujetarse a la barandilla. Otras se cubrieron el rostro mientras el viento les agitaba el cabello y las ropas.

 

—¡¡¡AGÁRRENSE!!!

 

Clara Rosenfeld se abrazó a su zorro espiritual, que chilló de pura sorpresa. Clara Weiss tuvo que aferrarse al asiento para no perder el equilibrio.

 

En la plataforma, el suelo bajo los pies de los combatientes se resquebrajó. Las grietas se extendieron desde el punto de impacto, formando una red que cubrió varios metros de piedra reforzada. Astrid apretó los dientes. Sus manos temblaban. La fuerza que había recibido a través de la lanza era monstruosa. La energía dracónica se encendió alrededor de sus brazos, y los cristales de su armadura brillaron mientras intentaba absorber y distribuir el impacto. Pero no era suficiente para eliminarlo. El golpe seguía empujándola hacia atrás. Sus botas se deslizaron unos centímetros sobre el suelo agrietado.

 

—¡¿Qué… clase… de fuerza…?!

 

El relámpago dorado continuaba crepitando alrededor del puño de Gael. Y Astrid comprendió algo que jamás habría imaginado al comienzo del combate. Si aquel puñetazo hubiera alcanzado directamente su cuerpo, sin la lanza para recibirlo, habría perdido. No importaba cuánto hubiera reforzado su cuerpo con la fuerza dracónica. No importaba lo resistente que fuera su armadura. Aquel impacto había superado su capacidad para defenderse de frente. Y eso que Gael ni siquiera parecía haber utilizado toda su fuerza de manera consciente.

 

Finalmente, la energía se disipó. Ambos combatientes salieron despedidos en direcciones opuestas. Gael atravesó la nube de polvo y chocó de espaldas contra la barrera protectora.

 

—¡Ugh!

 

El impacto lo dejó sentado en el suelo. Durante unos segundos, no se movió. Después levantó lentamente la cabeza.

 

—Ay, ay, ay… —Se llevó una mano enguantada a la parte posterior del cráneo y comenzó a frotársela—. Eso ha dolido más de lo que esperaba…

 

En el extremo contrario de la plataforma, Astrid permanecía de pie. No había caído. Su lanza seguía entre sus manos. Su armadura estaba intacta y la energía dracónica continuaba rodeándola. Desde las gradas, la conclusión parecía evidente.

 

—¡Astrid ha resistido el golpe!

 

—¡Sigue en pie!

 

—¡Es increíble!

 

—¡La fuerza dracónica es impresionante!

 

Algunas alumnas comenzaron a vitorear su nombre.

 

—¡¡¡ASTRID!!!

 

—¡¡¡ASTRID!!!

 

Pero Astrid no escuchaba los gritos. Tenía la mirada clavada en sus propias manos. Todavía le temblaban. No era un temblor causado por el cansancio. Era la reacción de sus músculos ante el impacto que acababa de soportar. Había sentido cada parte de aquella fuerza atravesar la lanza. Y sabía perfectamente lo que habría ocurrido si hubiera intentado detenerla sin utilizar su arma.

 

Su expresión cambió lentamente. La sonrisa despreocupada desapareció. En su lugar surgió una mirada de auténtico respeto.

 

—Gael…

 

El muchacho, que acababa de ponerse de pie mientras seguía frotándose la cabeza, levantó la vista.

 

—¿Sí?

 

Astrid apretó ligeramente los dedos alrededor del mango de su lanza.

 

—Ese golpe…

 

Gael miró su puño. Después miró el suelo agrietado. Finalmente, volvió a mirar a su amiga.

 

—¿Me he pasado?

 

Astrid permaneció callada durante un instante. Luego soltó una carcajada.

 

—¡JAJAJAJAJA! ¡¿QUE SI TE HAS PASADO?! —Se echó la lanza al hombro, aunque todavía sentía las manos entumecidas—. ¡Gael, acabas de hacerme sentir como si hubiera intentado detener un carro de guerra con una simple lanza!

 

—Ah… —Gael se rascó la mejilla—. Lo siento.

 

—¡No te disculpes! ¡Ahora sí quiero saber de qué eres capaz!

 

—¡¿No habíamos quedado en que esto era un entrenamiento?!

 

—¡Y lo sigue siendo!

 

—¡Pues tengo una definición muy diferente de lo que significa entrenar!

 

Desde las gradas, Anastasia soltó una carcajada. Freya se llevó una mano al pecho, aliviada al comprobar que ambos seguían en pie.

 

Akane, sin embargo, no se rio. Observaba las grietas que se extendían bajo los pies de Gael. Observaba los últimos relámpagos dorados que desaparecían alrededor de sus manos. Y, sobre todo, observaba a Astrid. Su amiga había recibido aquel ataque con su arma y había permanecido de pie. Pero el temblor de sus manos revelaba una verdad que no podía ignorar. Si Gael hubiera dirigido aquel golpe directamente contra su cuerpo, el resultado habría sido muy diferente.

 

Akane bajó lentamente la mirada. Gael… ¿qué clase de poder tienes realmente? Y, por primera vez desde que habían comenzado aquel entrenamiento, comprendió que quizá no estaban allí únicamente para medir la fuerza del muchacho. Quizá también estaban a punto de descubrir lo lejos que todavía estaban de comprenderlo.

Pública 0 conversaciones 0 pensamientos 4 votos positivos 0 votos negativos 1 serie

La mañana había comenzado con una tranquilidad sospechosa para Gael.

En series

En grupos