Saltar al contenido
Cargando…

Capítulo 21: Una vida demasiado complicada para alguien normal

DNavarrete
Pública 2 conversaciones 6 pensamientos 29 votos positivos 0 votos negativos 1 serie

La habitación estaba sumida en un silencio absoluto, de esos que parecen pesar en el aire, densos y tranquilos a la vez. Fuera, la noche cubría la ciudad como un manto oscuro; solo se alcanzaba a…

En series

In groups

Pensamiento

Pensamiento

TintaYMadrugada

Órale, cerrar el capítulo justo cuando Kyouka promete discreción es jugar con las cartas a la vista. Apuesto a que Nano lo reconoce antes que él a ella: lo ve dormir en esa camilla cada semana, y a Aoi la máscara le tapa hasta la sospecha. El consejo de j

Órale, cerrar el capítulo justo cuando Kyouka promete discreción es jugar con las cartas a la vista. Apuesto a que Nano lo reconoce antes que él a ella: lo ve dormir en esa camilla cada semana, y a Aoi la máscara le tapa hasta la sospecha. El consejo de jugar menos, viniendo de alguien con una caravana entera en el segundo piso, me dio más risa que ternura.

Contenido de la publicación

La habitación estaba sumida en un silencio absoluto, de esos que parecen pesar en el aire, densos y tranquilos a la vez. Fuera, la noche cubría la ciudad como un manto oscuro; solo se alcanzaba a escuchar el zumbido constante y suave del ventilador en la esquina, mezclado con el ruido lejano, casi imperceptible, de algún automóvil que atravesaba las calles vacías a estas horas. La luz de la luna, pálida y lechosa, se filtraba por entre las cortinas entreabiertas, dibujando sombras alargadas y difusas sobre el suelo de madera y los muebles, iluminando apenas el espacio sin llegar a romper la penumbra.

 

Aoi permanecía acostado boca arriba sobre su cama, con los brazos relajados a los costados y la mirada fija en el techo, donde la oscuridad ocultaba las formas de siempre. Las luces estaban totalmente apagadas, y en esa soledad, por primera vez en lo que le pareció una eternidad, no había nada más que él.

 

Por primera vez en todo el día… no había monstruos acechando en la niebla.

 

No había otros jugadores corriendo, peleando o hablando sin cesar.

 

No había jefes colosales esperando ser derrotados en alguna torre olvidada.

 

No había reuniones urgentes del consejo estudiantil ni obligaciones que cumplir.

 

Ni tampoco dragones, ni huevos, ni destinos que cargar sobre los hombros.

 

Solo estaba él.Y sus pensamientos, que giraban y giraban en su cabeza como hojas arrastradas por el viento, sin encontrar dónde detenerse.

 

—...

 

Soltó un suspiro largo, profundo, de esos que parecen llevarse consigo todo el aire y la energía acumulada. Habían pasado apenas unas semanas desde que todo comenzó. Unas pocas semanas contadas con los dedos de una mano, y sin embargo, al mirar hacia atrás, le parecía que habían transcurrido meses, tal vez incluso años. Tiempo lleno de emociones, peligros y cambios tan grandes que sentía que había vivido una vida entera en ese breve lapso.

 

Giró lentamente la cabeza hacia un lado, hacia la oscuridad donde adivinaba la silueta de su mesa de estudio, y susurró con voz baja, cargada de una extraña mezcla de cansancio y asombro:

 

—¿Cómo terminé así…?

 

El silencio fue la única respuesta. Por supuesto. Ni siquiera él mismo conocía la contestación a esa pregunta. Todo había sucedido tan rápido, de forma tan natural y a la vez tan caótica, que no podía señalar el momento exacto en el que su vida dejó de ser sencilla.

 

Al principio, todo era solo un juego. Una simple distracción virtual, nada más. Algo para llenar las tardes vacías, algo que sus hermanas le habían insistido en probar. Algo para compartir con ellas, para salir un poco de la rutina monótona y gris que siempre había sido su vida. Solo quería eso: jugar un rato, divertirse y volver a su realidad sin consecuencias.

 

Y ahora… ahora todo era diferente. Todo había cambiado de raíz.

 

Ahora, dentro de ese mundo digital, era una chica. Una figura misteriosa y poderosa conocida por todos.

 

Era la Madre de los Dragones. Un título que no sonaba solo a leyenda, sino a algo mucho más grande, mucho más peligroso. Para todo el servidor, esa figura no era una aliada, ni una amiga, ni una simple jugadora experta. No. Para todos los demás, la Madre de los Dragones era, básicamente, el jefe final. La meta última, la amenaza suprema, la existencia que todos soñaban con encontrar y derrotar algún día. Nadie sabía quién era, qué jugador se escondía tras esa identidad, ni dónde encontrarla… pero todos coincidían en una cosa: era el objetivo definitivo.

 

Y él… él llevaba ese título sin quererlo.

 

Era la persona más buscada, la más temida y la más misteriosa de todas.

 

Era la responsable de haber vencido al primer jefe Berserker, una hazaña que pocos creían posible y que solo había aumentado las leyendas a su alrededor.

 

Era la domadora solitaria, la enigmática aventurera que recorría los mapas acompañada solo por criaturas extraordinarias.

 

Y posiblemente, sin quererlo ni buscarlo, se había convertido en la existencia que todos querían destruir algún día.

 

Solo dos personas en todo el mundo conocían la verdad.

 

Solo dos personas sabían que ese temido objetivo final, esa leyenda viviente, era simplemente él.

 

Hina.

 

Y Kaede.

 

Sus hermanas.

 

Las únicas que sabían todo. Las mismas que le habían dicho que todo sería divertido. Las únicas culpables, si es que alguien tenía la culpa, de todo este lío maravilloso y aterrador en el que se había metido.

 

—No debí escucharlas… —murmuró, con la voz apagada, recordando sus palabras de hace unas semanas, tan llenas de entusiasmo e inocencia.

 

—“Será divertido”, dijeron… —repitió con tono melancólico, mirando la oscuridad del techo.

 

—“Juguemos juntos, será una aventura”, dijeron…—“Nada malo puede pasar, es solo un juego”, dijeron…

 

Aoi apretó con fuerza la almohada que tenía al lado, como si así pudiera aferrarse a esa promesa que nunca se cumplió.

 

—Mentiras… —susurró suavemente. —Absolutas y hermosas mentiras…

 

Porque ahora, gracias a esas mentiras, tenía un lobo gigante que podía derrumbar muros con solo un aullido.

 

Tenía un ave legendaria, hermosa y orgullosa, que muchos darían todo por ver.Tenía un pequeño slime alquimista, extraño y brillante, capaz de crear cosas que nadie más entendía.Y tenía un huevo. Un huevo antiguo, cubierto de llamas, que pronto nacería y traería consigo un dragón de fuego.

 

Además, todo el servidor quería encontrarlo. No para hablar, ni para hacer equipo, sino para vencerlo. Porque para el resto, él no era Aoi, ni un chico normal, ni una compañera de aventuras… él era el monstruo final que debía ser derrotado para completar el juego.

 

Definitivamente, algo había salido mal. Muy mal. O tal vez, demasiado bien, aunque fuera difícil decirlo.

 

Pero entonces, entre esa melancolía y ese cansancio, una pequeña sonrisa tranquila y sincera apareció en sus labios.

 

Porque si era totalmente honesto consigo mismo… no estaba aburrido.

 

Y tampoco estaba arrepentido.

 

Pensó en cómo era su vida antes de entrar al juego. Era simplemente Aoi. Un chico normal, casi demasiado normal. Callado, reservado, de esos que pasan desapercibidos en cualquier lugar. Uno más entre miles, sin nada que lo hiciera especial. No destacaba en nada, no era popular, no tenía muchos amigos cercanos, nadie lo miraba ni se preocupaba por él. Vivía en una calma gris, segura pero vacía.

 

Pero dentro del juego… todo había cambiado. Por primera vez, estaba viviendo cosas que antes solo imaginaba en libros. Tenía aventuras increíbles, conocía personas fascinantes, recorría lugares que parecían sueños hechos realidad, descubría secretos antiguos y tomaba decisiones que afectaban a mucha gente. Incluso había logrado formar un pequeño grupo, una pequeña familia de seres mágicos que lo seguían y lo protegían.

 

Y aunque jamás lo admitiría en voz alta, ni siquiera ante sí mismo… le gustaba. Le gustaba sentir que existía, que importaba, que tenía un lugar y un propósito, aunque este fuera mucho más grande y aterrador de lo que jamás quiso.

 

—…

 

Cerró lentamente los ojos, dejando que la paz de la habitación lo envolviera un momento, y comenzó a pensar en ellos. En sus compañeros.

 

Pensó en Fern. Enorme, oscuro y silencioso, el gran lobo negro que ahora caminaba siempre a su lado, actuando como su sombra y su guardaespaldas personal, capaz de todo por protegerlo.

 

Pensó en Lyn. La majestuosa ave de plumaje brillante, orgullosa y altiva, que siempre parecía mirar a los demás como si fueran seres inferiores, pero que en el fondo era leal hasta el final.

 

Y luego pensó en Puddle. El pequeño slime brillante, curioso y amable, que probablemente era el único ser en todo ese mundo complicado que jamás le causaba problemas ni preocupaciones, solo alegría y curiosidad.

 

—Ustedes sí son buenos compañeros… —murmuró con ternura, sintiendo un calorcito agradable en el pecho al recordarlos.

 

Su mente viajó entonces hacia el mensaje del sistema, hacia esa notificación que aún tenía grabada en la memoria. El huevo. El dragón antiguo de fuego. El nuevo integrante que pronto llegaría para unirse a esa extraña familia que había formado sin querer.

 

—Y ahora seré padre… o madre… —dijo en voz baja, deteniéndose un instante mientras procesaba sus propias palabras, sintiendo cómo la confusión volvía a llenarlo, mezclada con una dulce expectación. —Ya no sé qué soy… ni qué soy aquí ni qué soy allá…

 

Se cubrió el rostro nuevamente con la almohada, dejando escapar una risa suave y resignada. Su vida se estaba volviendo demasiado extraña, demasiado compleja para alguien que solo buscaba distraerse un rato.

 

Y lo peor de todo… sabía que esto no hacía más que empezar. Todavía faltaba mucho camino.

 

Faltaba el quinto piso de la torre, el más misterioso de todos.

 

Faltaba el legendario Dragón de Agua, guardián de profundidades que nadie había visto.

 

Faltaba descubrir qué significaba realmente ser la Madre de los Dragones, ese título que para el resto era una condena, pero que parecía esconder verdades mucho más profundas y antiguas solo para él.

 

Faltaban todos los secretos que dormían bajo el océano infinito, esperando a ser despertados.

 

Cada respuesta que encontraba solo habría tres preguntas nuevas, cada paso que daba revelaba un camino más largo y complicado.

 

—Qué cansancio… —susurró, sintiendo cómo la pesadez de todo ello se asentaba en sus hombros, aunque ya no dolía tanto como al principio.

 

Pero aun así, en el fondo de su corazón, bajo todo ese peso, sentía una chispa pequeña e inquieta. Una emoción que no podía apagar. Porque, aunque fuera difícil, aunque fuera peligroso y agotador… no podía esperar para descubrir qué ocurriría después. Quería saber qué le esperaba en la siguiente esquina, qué historia se desvelaría mañana.

 

Entonces, sus pensamientos cambiaron de dirección suavemente, como cambia el viento, y terminaron llegando a dos personas concretas. Dos nombres que ahora aparecían con frecuencia en su mente.

 

Reika.

 

Y Reina.

 

Las dos figuras más importantes y respetadas del Consejo Estudiantil de su escuela.

 

Las dos chicas fuertes y decididas que habían luchado a su lado, arriesgándolo todo, para derrotar al Berserker.

 

Las dos personas que, sin saber absolutamente nada de su otra identidad, lo habían ayudado, apoyado y acompañado en los momentos más difíciles de las últimas semanas.

 

Una sonrisa suave, distinta a las anteriores, apareció en su rostro. Era una sonrisa llena de cariño y diversión, y también de una pequeña dosis de travesura.

 

Era curioso. Extraño y maravilloso a la vez. Ellas no tenían ni la más mínima idea. Ni una sospecha. Y eso era lo más seguro y extraño de todo.

 

No sabían que el chico tímido, callado y reservado que veían todos los días en clase, el que se sentaba en los últimos pupitres y pasaba desapercibido… era esa figura legendaria y temida de la que todo el mundo hablaba en el juego.

 

No sabían que el estudiante al que aconsejaban y protegían era, en realidad, la famosa Madre de los Dragones, el objetivo final que todos querían cazar.

 

No sabían que la existencia más misteriosa y buscada de todo el servidor estaba prácticamente al lado de ellas durante toda la semana, compartiendo pasillos y tareas escolares.

 

Para ellas, eran dos mundos totalmente separados. Por un lado, su compañero de estudios, tranquilo y amable. Por otro, una leyenda lejana y peligrosa de la que solo habían oído rumores. Jamás se les pasaría por la cabeza unir ambas cosas.

 

Y aun sin saber nada de eso… lo trataban bien. Lo ayudaban sin pedir nada a cambio. Confiaban en él, le tenían aprecio y lo valoraban tal como era, sin títulos ni poderes extraños.

 

—Son buenas personas… —murmuró en la oscuridad, agradeciendo en silencio haberlas conocido.

 

Pensó en Reika: estricta, seria, casi intimidante para el resto de los alumnos, siempre cumpliendo las reglas y vigilando que todo estuviera en orden… pero con un corazón enorme, siempre pendiente de que nadie sufriera o quedara atrás. Firme como una roca, pero leal y protectora.

 

Y luego pensó en Reina. Bueno, Reina era simplemente… Reina. Amable con todo el mundo, paciente hasta el infinito, siempre dispuesta a escuchar y ayudar… pero también peligrosamente curiosa cuando se le metía una idea en la cabeza, inteligente y observadora como nadie.

 

Aoi todavía sintió un pequeño escalofrío recorrerle la espalda al recordar aquella conversación sobre el traje de camarera, la forma en que ella lo miraba, como si quisiera descubrir sus secretos solo con mirarlo a los ojos. Afortunadamente, ni siquiera su gran inteligencia había logrado conectar los puntos todavía.

 

—Definitivamente son peligrosas… —susurró con una mezcla de miedo y diversión.

 

Pero a pesar de todo, esa sonrisa no desapareció. Porque, por extraño y complicado que pareciera… le agradaba pasar tiempo con ellas. Más de lo que habría imaginado al principio. Eran parte de esta nueva vida suya, y sin ellas todo habría sido mucho más difícil, y mucho menos divertido.

 

El sueño comenzó a vencerlo poco a poco. Sus párpados se volvieron pesados, cada vez más pesados, y la habitación pareció sumirse en una calma aún mayor.

 

Y antes de quedarse totalmente dormido, arrullado por la tranquilidad de la noche, tuvo un último pensamiento, una pequeña esperanza que solía repetirse cada día:

 

—Ojalá mañana sea un día tranquilo… solo un poco de paz…

 

Hubo una pausa breve, un segundo en el que su mente medio dormida repasó todo lo que tenía pendiente.

 

Recordó que tenía un huevo de dragón antiguo esperando nacer en algún lugar lejano.

 

Recordó que debía prepararse para explorar un nuevo piso lleno de misterios y peligros.

 

Recordó que seguía siendo la Madre de los Dragones, el objetivo final de todo un servidor.

 

Y recordó, con un suspiro resignado, que sus hermanas seguían involucradas en todo esto, y que seguramente ya estarían planeando algo nuevo.

 

—… Sí.

 

—Eso no va a pasar.

 

Y con esa aceptación absoluta, esa mezcla de cansancio, cariño y diversión que ahora era parte de su ser, Aoi finalmente cerró los ojos del todo, dejándose llevar por el sueño.

 

Mientras tanto, muy lejos de allí, en algún rincón infinito de ese mundo de fantasía, un pequeño huevo cubierto de llamas doradas emitía un brillo suave y rítmico… como si algo vivo, algo antiguo y poderoso, comenzara a despertar en su interior, esperando el momento exacto para salir al mundo.

 

—día siguiente, escuela—

 

Al día siguiente, el sol brillaba alto sobre el campus, iluminando los pasillos llenos de alumnos que caminaban, charlaban y se movían de un lado a otro. Y como ocurría desde hacía días, el tema de conversación de casi todos los grupos era el mismo: El Mundo de los Sueños, el juego que todos compartían y que se había convertido casi en una extensión de su vida diaria.

 

Aoi caminaba despacio, con la mochila al hombro y la cabeza baja, tratando de pasar desapercibido como siempre… aunque cada vez le resultaba más difícil. Porque, sin quererlo ni buscarlo, él era el centro de todo ese alboroto.

 

Mientras pasaba cerca de un grupo de estudiantes, escuchó fragmentos de sus conversaciones:

 

—…¿Viste lo que hizo ayer? ¡Es increíble! Derrotó a tres grupos completos ella sola. Dicen que es imposible ganarle.

 

—Claro, es la domadora invencible. Nadie sabe cómo lo hace, pero sus criaturas son monstruos. Si ella te ataca, ya estás muerto.

 

—Me encantaría que se uniera a nuestro gremio… tenerla de nuestro lado sería la victoria asegurada.

 

Aoi apretó un poco más las correas de su mochila y suspiró por lo bajo. Sí, la famosa domadora invencible. Esa era una de las caras que todos conocían de él: la jugadora misteriosa, habilidosa, que siempre iba acompañada de bestias impresionantes y que parecía no conocer la derrota. Estaba en boca de todos, admirada, buscada, deseada como aliada… y era la mitad de la verdad sobre quién era.

 

Pero unos pasos más adelante, otro grupo hablaba con voces más bajas, cargadas de emoción y misterio, y el tema era muy distinto.

 

—…No, yo estoy seguro. Es una jugadora de nivel máximo que se esconde en el primer piso para que nadie la encuentre.

 

—¡Qué tontería! —replicó otro—. Yo vi un video de ese influencer famoso que dice que en realidad es un jefe oculto del sistema, ni siquiera es un jugador. ¡Es el verdadero jefe final del juego!

 

—Pues yo leí que, si logras derrotarla, el servidor te da un premio único: el control absoluto sobre todos los dragones. Por eso todo el mundo la busca, ¿sabes? Dicen que el que la venza, se queda con todo.

 

—¿Y quién crees que pueda ser? ¿Alguien famoso? ¿Algún gremio fuerte?

 

—Nadie lo sabe. Pero hay miles de teorías… ayer salió una nueva en internet: dicen que es una inteligencia artificial creada por los desarrolladores para poner a prueba a los jugadores. ¡Ja, ja! Como si fuera tan fácil.

 

Aoi sintió que le dolía la cabeza.

 

Ahí estaba la otra mitad. La Madre de los Dragones. La leyenda aterradora, el objetivo final, la amenaza que todos querían cazar y vencer. Teorías absurdas, videos en redes sociales, creadores de contenido inventando historias tras historias, premios imaginarios, conjeturas de todo tipo… nadie tenía ni la más mínima idea de quién era, pero todos tenían una opinión formada.

 

Y lo peor de todo… es que ambas cosas eran él. Él era la admirada domadora invencible y la temida Madre de los Dragones al mismo tiempo. Ser el héroe y el villano de la historia sin que nadie lo supiera, y tener que escuchar cómo hablaban de las dos versiones de sí mismo como si fueran personas distintas, era agotador. Demasiado agotador para alguien que solo quería jugar tranquilo.

 

—Qué lío… —murmuró para sí mismo, acelerando el paso—. Necesito paz. Solo un poco de paz…

 

Y el único lugar donde sabía que podía encontrarla, el refugio al que siempre acudía cuando todo se volvía demasiado ruidoso o complicado, era la enfermería.

 

Caminó por el pasillo hasta llegar a la puerta con la cruz roja, respiró hondo y entró.

 

El ambiente cambió de inmediato. Allí dentro todo era silencio, luz suave, colores claros y un olor limpio y agradable a hierbas y desinfectante. Era un espacio tranquilo, separado del ruido y el caos de afuera.

 

Y justo en el mostrador, revisando unos papeles, estaba ella.

 

La enfermera, Nano Takahashi.

 

Era joven, de apenas veinticuatro años, y poseía una belleza serena y llamativa que hacía que muchos alumnos inventaran excusas solo para venir a verla. Tenía el cabello castaño oscuro, largo y suelto, ojos grandes y expresivos de un tono verde cálido, y una figura elegante que destacaba incluso bajo su uniforme blanco impecable. Siempre tenía una sonrisa amable, tranquila y profesional, y su sola presencia transmitía calma y seguridad.

 

Al escuchar la puerta, ella levantó la vista, y en cuanto vio quién era, esa sonrisa se hizo más amplia y relajada, como si estuviera recibiendo a un viejo amigo que llega de visita.

 

—¡Vaya, vaya…! —dijo ella con voz suave y agradable, dejando el papel a un lado y apoyando los brazos sobre el mostrador, mirándolo con esa mezcla de ternura y confianza de quien ya lo conoce demasiado bien—. Si no es Aoi… Otra vez por aquí. ¿Qué vamos a hacer contigo, eh? Creo que pasas más tiempo aquí que en tus propias clases.

 

Aoi se rascó la nuca, un poco avergonzado, y esbozó una sonrisa nerviosa. Era verdad. Venía tan seguido que ya no lo trataba como a un alumno más, sino casi como a alguien de la familia.

 

—Lo siento, señorita Takahashi… —murmuró, acercándose—. Es solo que… hoy hay mucho ruido. Y… bueno, ya sabe.

 

Nano soltó una pequeña risa suave, negando con la cabeza con dulzura. Era inteligente, muy observadora y siempre parecía entender todo sin necesidad de que se lo explicaran. Sabía que él no estaba realmente enfermo, que solo necesitaba un lugar tranquilo donde descansar un poco de todo, y por eso nunca le ponía pegas. Al contrario, siempre lo recibía con gusto.

 

—Ya lo sé, ya lo sé… —respondió ella, dándole unas palmaditas amables en el hombro al pasar a su lado—. Hoy todo el mundo está muy alterado con ese juego, ¿verdad? No se habla de otra cosa en todo el edificio. Pero no te preocupes, aquí dentro todo está en calma.

 

Señaló hacia el fondo de la sala, donde estaban las camillas separadas por cortinas blancas.

 

—Ve directo a tu camilla de siempre, la del rincón, la más alejada de todo —le indicó con una sonrisa cómplice, como si le estuviera dando permiso para esconderse del mundo—. Y por favor… nada de hacer ruido. Déjame el trabajo tranquilo a mí y tú descansa todo lo que quieras. Nadie vendrá a molestarte aquí, te lo prometo.

 

Aoi asintió, sintiendo cómo todo el peso que llevaba encima empezaba a desaparecer solo con estar allí.

 

—Gracias… de verdad.

 

—No hay de qué. Es mi trabajo cuidar de todos, ¿no? Y tú pareces ser el que más lo necesita últimamente —bromeó ella suavemente, volviendo a su escritorio—. Ahora ve, recuéstate y olvídate de todo por un rato.

 

Aoi caminó hacia el fondo, se descalzó y se acomodó en la camilla de siempre, tal como ella le había dicho. Se cubrió con la sábana, cerró los ojos y, por primera vez en todo el día, pudo respirar profundo y relajarse de verdad.

 

Mientras tanto, al otro lado de la cortina, Nano seguía con sus tareas, moviéndose con elegancia y silencio, siempre atenta, siempre amable… sin que él sospechara que esa misma tarde, dentro del juego, sus caminos se cruzarían de una forma muy distinta y sorprendente.

 

El tiempo en la enfermería transcurrió lento y tranquilo, justo lo que Aoi necesitaba. Al rato, cuando el silencio se hizo más cómodo, Nano se acercó con una taza de té caliente y se sentó en el borde de la camilla, manteniendo una distancia respetuosa pero cercana.

 

—Te he escuchado mencionar el tema un par de veces… —empezó ella con suavidad, mirándolo con esos ojos atentos que parecían verlo todo—. El Mundo de los Sueños, ¿verdad? Es el juego del que todo el mundo habla ahora mismo. ¿Tú también juegas?

 

Aoi asintió despacio, sosteniendo la taza entre sus manos para calentarse un poco.

 

—Sí… también juego. Pero no soy nada especial, solo un jugador común y corriente. Entro un rato, hago mis cosas y salgo. Nada del otro mundo.

 

Sonrió con una media sonrisa, tratando de restarle importancia. Era la verdad a medias que siempre usaba, la única forma de mantenerse a salvo.

 

Nano soltó una pequeña risa suave y negó con la cabeza con dulzura.

 

—Es interesante. A veces está bien tener pasatiempos, cosas que te gusten y te distraigan un poco de la rutina. Pero… —su tono se volvió un poco más serio, aunque seguía siendo amable y preocupado—, si ese pasatiempo es la razón por la que te veo aquí tan seguido, tan agotado y con esa cara de haber cargado el mundo entero sobre tus hombros… entonces creo que deberías jugar menos, ¿no crees? Todo en exceso termina haciendo daño.

 

Aoi abrió la boca para responder, pero al final solo pudo asentir en silencio.

 

Por una parte, tenía razón. Su cansancio venía directamente de ese juego. Pero lo que ella no sabía, lo que jamás podría imaginar, era que no estaba cansado por jugar demasiado, ni por pasar muchas horas frente a la pantalla.

 

Su agotamiento venía de dos cosas muy distintas:

 

Primero, porque dentro de ese mundo él vivía dos vidas a la vez: era la Domadora Invencible, admirada y buscada por todos, y al mismo tiempo era la Madre de los Dragones, el ser más temido y perseguido de todo el servidor, al que todos querían derrotar. Llevar esas dos identidades, mantener el secreto, pelear, viajar y tomar decisiones que cambiaban todo… pesaba muchísimo.

 

Y segundo, porque cada vez que entraba, su vida estaba en juego de formas que nadie más entendía, y tenía que cargar con secretos tan grandes que si se supieran, cambiarían todo para siempre.

 

—Tiene razón… —murmuró finalmente, bajando la mirada—. Creo que sí, que a veces me excedo un poco. Pero… es difícil dejarlo así de repente.

 

—Lo sé —respondió ella con comprensión, poniendo una mano suave sobre su hombro—. Solo ten cuidado, ¿sí? No dejes que lo que debería ser diversión se convierta en una carga. Descansa un poco más hoy.

 

Pasaron las horas, el sol comenzó a ocultarse y finalmente Aoi pudo volver a casa. Una vez en su habitación, esperó a que todo estuviera en silencio, se sentó frente a la pantalla y, con una mezcla de resignación y emoción, inició sesión nuevamente.

 

La luz lo envolvió, y cuando abrió los ojos, ya no estaba en su habitación.

 

Estaba de pie en la gran plaza central de la Ciudad de los Comerciantes, uno de los lugares más concurridos y animados de todo el juego.

 

Y tal como esperaba, en el instante mismo en que su figura femenina apareció entre las calles empedradas, todo cambió.

 

Las conversaciones se apagaron poco a poco. Cientos de cabezas se giraron hacia él. Miradas curiosas, admirativas, sorprendidas y hasta un poco temerosas se clavaron en su figura. Sus ropas, su postura, el aire que lo rodeaba… todo lo delataba. La famosa Domadora Invencible había aparecido.

 

Aoi soltó un suspiro largo y pesado, bajando un poco la cabeza.

 

—Ya empieza esto… —murmuró para sí mismo, sabiendo que no importaba dónde fuera, siempre pasaba lo mismo.

 

Un grupo de jugadores que estaban cerca, armados y con el equipo de aventureros, al verlo, abrieron los ojos de par en par y empezaron a acercarse con paso rápido, con intenciones claras de hablarle, pedirle una foto, invitarla a su gremio o simplemente verla de cerca.

 

—¡Es ella! ¡Es la domadora!

 

—¡Vamos, vamos! ¡Tenemos que saludarla!

 

Estaban a solo unos pasos de distancia, cuando de repente se detuvieron en seco, como si se hubieran chocado contra un muro invisible.

 

Un sonido profundo, grave y estremecedor resonó en el aire. Grrr…

 

Desde las sombras de un callejón cercano, o mejor dicho, apareciendo de la nada tal como solo él sabía hacer, Fern se colocó al lado de Aoi.

 

El enorme lobo negro era imponente. Se alzaba casi al doble de la altura de su dueña, con un pelaje oscuro como la noche, músculos que se marcaban bajo su piel y ojos rojos brillantes que ahora miraban a los intrusos con una furia tranquila y aterradora. Solo con estar ahí, con el pelaje erizado y el pecho inflado, proyectaba una amenaza tan grande que nadie en su sano juicio se atrevería a dar ni un paso más.

 

—¡Dios mío… qué grande es! —susurró uno de los jugadores, retrocediendo instintivamente.

 

Y por si la presencia del lobo gigante no fuera suficiente, encima de su lomo, con las alas plegadas y la cabeza erguida con una altividad insoportable, estaba Lyn.

 

El ave legendaria de plumas doradas y azules miraba a todos y cada uno de los que estaban cerca con una expresión de absoluto desprecio, inclinando la cabeza de un lado a otro como si estuviera evaluando si valía la pena bajarlos de un picotazo. Su mirada decía claramente: "Acercaos un paso más y os arrancaré los ojos".

 

Los jugadores se miraron entre ellos, dudando, y poco a poco fueron retrocediendo hasta alejarse del todo, entendiendo que, por mucho que quisieran hablar con ella, las bestias que la acompañaban no lo permitirían.

 

Aoi negó con la cabeza, divertido a pesar de todo.

 

Y justo en ese momento, algo pequeño, brillante y gelatinoso salió volando desde detrás de una pata de Fern, lanzándose por los aires con toda la emoción del mundo.

 

Puddle aterrizó directamente en los brazos de Aoi, rebotando suavemente contra su pecho y dejando una estela de brillo amistoso. El pequeño slime se acomodó feliz, abrazándole el cuello con sus pequeños tentáculos, mientras emitía sonidos alegres.

 

Aoi sonrió de verdad, acariciando la cabeza del slime y pasando una mano por el pelaje inmenso de Fern, mientras Lyn bajaba un poco el cuello para que también la saludara.

 

Al menos, pensó, entre todo este lío y toda esta atención que no pedía… ellos siempre eran su refugio seguro.

 

Caminar por las calles del Segundo Piso era muy distinto a los niveles anteriores. Aquí el aire olía a especias, madera y magia antigua; los edificios eran más altos, con techos inclinados y faroles que pendían de los aleros, y por todos lados se veían puestos, tiendas y grupos de aventureros negociando o intercambiando objetos.

 

Aoi avanzaba despacio, rodeado por su pequeña comitiva. Fern caminaba a su derecha, tan grande que tenía que agachar un poco la cabeza para no golpear los techos bajos de las tiendas, y su sola presencia abría paso entre la gente como si fuera una barrera invisible. Lyn, posada siempre en su lomo, observaba todo con esa altividad de reina que hacía que nadie se atreviera ni a mirarla demasiado. Y Puddle, cómodamente instalado en el hombro de su dueña, brillaba con luz propia, saludando a todo el mundo con pequeños saltitos, aunque nadie se atrevía a acercarse demasiado.

 

Aoi iba pensando en lo que le habían dicho sus hermanas antes de conectarse.

 

—Tienes que ir con ella sí o sí —había insistido Hina, muy segura de sí misma—. Jugamos con ella en la versión beta, antes de que abrieran el servidor al público. Conocemos a todo el mundo, pero ella… ella es la mejor. Nadie la iguala.

 

—Sabe de todo, tiene los mejores precios, consigue cosas que nadie más tiene y te paga mucho mejor que cualquier otro comerciante —había añadido Kaede—. Siempre está en el Segundo Piso, se mueve con su caravana por todas partes. La llaman la Boticaria Errante. Es misteriosa, casi nadie sabe nada de ella en la vida real, nadie ha revelado jamás quién es realmente, y eso la hace aún más confiable. No te fíes de nadie más, ve solo con ella.

 

Por eso estaba ahí, buscando entre el gentío. Tenía la mochila llena de materiales: pieles de bestias, colmillos, hierbas raras, líquidos extraídos de monstruos vencidos… cosas que para otros eran simples trofeos, pero que sabía que tenían mucho valor si encontraba a la persona adecuada para vendérselos. Y también necesitaba comprar suministros: pociones, ingredientes, cosas que le harían falta para seguir avanzando y cuidar de sus compañeros.

 

—¿Por dónde estará…? —murmuró, mirando a los lados.

 

Y entonces, entre el ruido de la multitud y el bullicio de las compras, algo llamó su atención.

 

Al final de la calle, en un espacio amplio donde convergían varios caminos, se alzaba una caravana que destacaba sobre todo lo demás, tal como lo habían descrito sus hermanas.

 

No era una tienda fija, sino un gran carro de madera oscura, labrada con dibujos de plantas, pociones y símbolos alquímicos, tirado por dos grandes bestias de carga de pelaje gris y manso caminar. Tenía ruedas altas y reforzadas, y todo alrededor estaba cubierto de estantes, cajones y ganchos donde colgaban frascos de todos los tamaños, bolsas de tela, cajas de madera y racimos de hierbas secas que aromatizaban todo el lugar con un olor dulce y medicinal. En la parte superior, una lona gruesa y oscura protegía el interior, y en el centro, iluminado por una luz cálida y suave, había un mostrador improvisado donde se veían filas y filas de botellas de colores brillantes, polvos relucientes, ungüentos y pergaminos cuidadosamente enrollados. Todo estaba ordenado con una pulcritud y un cuidado impecables, algo que contrastaba mucho con el caos y el desorden de las demás tiendas del mercado. Se veía profesional, limpio, y sobre todo… lleno de cosas útiles y valiosas que no se encontraban en cualquier sitio.

 

—¡Ahí está! —dijo Aoi, aliviado, y comenzó a caminar hacia allí.

 

A medida que se acercaba, vio que varios aventureros negociaban o preguntaban, pero siempre con mucho respeto, y escuchó fragmentos de conversaciones:

 

“Es la mejor de todas, te lo aseguro”, decía uno.

 

“Si ella no lo tiene, es que no existe en todo el servidor”, comentaba otro.

 

“Y nadie sabe quién es realmente… nunca se le ha visto la cara del todo, ni se sabe su nombre real. Solo aparece aquí, hace sus tratos y sigue su camino. Una leyenda”.

 

Aoi se detuvo frente al mostrador, esperando su turno. Fern se quedó justo detrás, ocupando todo el espacio, lo que hizo que el resto de la gente se apartara un poco, dejándolo como el siguiente en la fila. Lyn miró a todos con aire de superioridad, y Puddle se asomó curioso desde el cuello de su dueña, brillando con más intensidad.

 

Y justo cuando iba a dar un paso al frente, una voz suave, melodiosa, tranquila y extremadamente agradable sonó justo a su lado, rompiendo el ruido del mercado como una brisa fresca.

 

—Bienvenida, aventurera… ¿en qué puedo ayudarte hoy?

 

Aoi giró la cabeza y la vio.

 

Allí estaba ella.

 

La comerciante. Su nombre aquí, el único que todos conocían, era Kyouka.

 

 Kyouka, la Boticaria Errante.

 

Era una mujer joven, de estatura media y figura elegante, con una presencia que transmitía calma, inteligencia y una confianza absoluta que se notaba desde la primera mirada. Tenía el cabello largo, totalmente blanco, brillante y sedoso, que caía en una trenza gruesa y compleja sobre su hombro, resaltando aún más su aspecto único y llamativo. Sus ojos eran grandes, expresivos y muy perspicaces, de un color ámbar profundo que parecían ser capaces de analizarlo todo en un segundo. Llevaba una máscara negra elegante que le cubría la mitad inferior del rostro, dejando al descubierto solo sus ojos y su frente, lo que le daba ese aire misterioso que todos comentaban; nadie había visto nunca su rostro completo, y ella se encargaba bien de que así fuera, manteniendo su identidad en el mundo real totalmente oculta y secreta.

 

Vestía un conjunto de ropa oscura, mezcla de estilo moderno y antiguo: una blusa blanca ajustada bajo un abrigo largo de tela negra con detalles rojos y bordados de plantas mágicas, pantalones ceñidos y botas altas resistentes, perfectas para viajar. Estaba cubierta de cinturones, bolsillos, fundas y correas, todos llenos de frascos pequeños, herramientas de alquimia, cuadernos y utensilios extraños, todo organizado de forma que estuviera todo a mano pero sin verse desordenado ni pesado.

 

Se apoyaba con elegancia sobre el borde del mostrador, sosteniendo en una mano un pequeño frasco con un líquido púrpura brillante que giraba lentamente en su interior, y lo miraba con esa misma mirada atenta y serena que, sin saberlo Aoi, le resultaba extrañamente familiar… aunque era imposible que así fuera.

 

—He notado que te detuviste un momento y mirabas todo con mucha atención —dijo ella con suavidad, observándolo y luego echando una rápida mirada a Fern, a Lyn y al pequeño Puddle, sin mostrar ni un ápice de miedo ni sorpresa, como si estuviera acostumbrada a ver las criaturas más increíbles cada día—. Y veo que traes buena compañía… y también veo que tu mochila pesa bastante, así que supongo que traes cosas para vender, ¿me equivoco?

 

Sonrió con los ojos, esa sonrisa amable que se reflejaba en su mirada, y esperó pacientemente. Nadie sabía quién era ella realmente, ni siquiera jugaba fuera de aquí, ni tenía vida propia más allá de este puesto… y ella se aseguraba de que esa creencia se mantuviera siempre firme.

 

Aoi se quedó un momento en silencio, sorprendido por su seguridad y calma, y también por lo bien organizado que estaba todo. Pero enseguida reaccionó, asintiendo y respondiendo:

 

—Sí… eso es exactamente. Me recomendaron venir contigo. Me dijeron que eres la mejor para esto, que conoces de todo y que tratas con justicia.

 

Kyouka inclinó ligeramente la cabeza, satisfecha y orgullosa de su reputación, y señaló el mostrador limpio frente a ella.

 

—Hiciste muy bien en venir. Puedes dejar todo aquí, sobre el mostrador. Revisaré con cuidado lo que tienes, te daré el precio justo que se merece cada cosa, y luego vemos qué necesitas comprar. Te prometo que no te arrepentirás. Aquí… siempre trato bien a mis clientes, y la discreción es mi regla número uno.

Thoughts

  • dlozano92

    Parce, Aoi pidiendo un día tranquilo y respondiéndose que ni de broma, así arranca medio mundo el lunes. Y Reina mirándolo como si le fuera a sacar el secreto con los ojos, esa es la que lo descubre primero, no Reika.

    Permalink
  • bsalas87

    Cachai que Kyouka tiene los ojos ámbar y la enfermera verdes, pero el narrador se gasta una frase entera en que esa mirada le suena a Aoi de algún lado. Mi teoría: Nano jugaba en la beta desde antes que las hermanas, y por eso Hina y Kaede la recomiendan. Lo que no me cuadra es que le diga que juegue menos mientras ella vive en el segundo piso. ¿Ya sabe quién es él y por eso lo deja dormir tranquilo?

    Permalink
  • Ovid

    Las hermanas jurando que seria divertido y que nada malo podia pasar, y Aoi abrazado a la almohada cobrandoles la promesa semanas despues, me hizo pensar en todos los planes que uno acepta por no decirle que no a la familia. Y apuesto a que Hina y Kaede ya tienen la siguiente idea lista antes de que nazca el huevo.

    Permalink
  • TintaYMadrugada

    Órale, cerrar el capítulo justo cuando Kyouka promete discreción es jugar con las cartas a la vista. Apuesto a que Nano lo reconoce antes que él a ella: lo ve dormir en esa camilla cada semana, y a Aoi la máscara le tapa hasta la sospecha. El consejo de jugar menos, viniendo de alguien con una caravana entera en el segundo piso, me dio más risa que ternura.

    Permalink

Related posts