Diecisiete años cumpliendo planes que llegaban hechos, y ahora le toca ver la oficina donde se hacen. Ahí se sabe quién pone los horarios.
Capitulo 21 Comando General
Después de permanecer dos años y seis meses en Mitú , llegó nuevamente el momento de dejar atrás una unidad que había terminado ocupando un lugar muy especial en mi vida militar. El Ejército…
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Diecisiete años cumpliendo planes que llegaban hechos, y ahora le toca ver la oficina donde se hacen. Ahí se sabe quién pone los horarios.
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Del corazón de la selva al Comando General
Después de permanecer dos años y seis meses en Mitú, llegó nuevamente el momento de dejar atrás una unidad que había terminado ocupando un lugar muy especial en mi vida militar. El Ejército Nacional dispuso mi traslado a una nueva unidad. Para entonces ya llevaba aproximadamente 17 años de servicio, una etapa en la que había acumulado innumerables experiencias: momentos de alegría, dificultades, pérdidas, aprendizajes y situaciones que me habían ido formando no solamente como militar, sino también como persona.
Dejar Mitú no fue sencillo. Allí había encontrado una tranquilidad que contrastaba con muchas de las experiencias anteriores de mi carrera. Había compartido con mis compañeros, conocido comunidades indígenas y aprendido que la misión militar también podía consistir en proteger una región sin necesidad de entrar constantemente en combate. Ahora debía cerrar ese capítulo y comenzar otro completamente diferente.
Mi nuevo destino fue el Comando General de las Fuerzas Militares, una institución muy diferente a las unidades operativas donde había desarrollado buena parte de mi carrera.
El Comando General es el máximo nivel de planeamiento, dirección estratégica y coordinación de las Fuerzas Militares de Colombia. Desde allí se articulan y coordinan las capacidades del Ejército Nacional, la Armada de Colombia y la Fuerza Aeroespacial Colombiana.
Para mí, llegar a este lugar representaba un cambio importante. Venía de años de servicio en diferentes regiones del país, de patrullajes, operaciones, desplazamientos, convivencia con comunidades y experiencias propias de las unidades desplegadas en el territorio. Ahora entraba a un escenario donde las decisiones, la coordinación y el planeamiento tenían otra dimensión.
Sentía que comenzaba una nueva etapa de mi carrera. Ya no era solamente mirar hacia adelante pensando en la próxima patrulla o en la siguiente misión. Después de 17 años, llegaba a un lugar donde podía observar el funcionamiento de las Fuerzas Militares desde una perspectiva diferente.
Mirando hacia atrás, podía reconocer todo lo que había dejado en el camino: compañeros, lugares, momentos difíciles, momentos felices y experiencias que nunca podría olvidar. Cada unidad había dejado algo en mí.
Y ahora, después de 17 años de servicio, el Ejército me llevaba a un nuevo escenario.
El hombre que había llegado años atrás buscando convertirse en suboficial ya no era el mismo. Había cambiado con cada destino, con cada misión y con cada experiencia. Había aprendido que la vida militar no se construye solamente con años de servicio, sino con las historias que esos años van dejando en la memoria.
Mitú quedaba atrás. Una nueva etapa comenzaba en el Comando General de las Fuerzas Militares.
El día de la presentación finalmente llegó. Después de haber permanecido durante dos años y seis meses en Mitú, fui trasladado al Comando General de las Fuerzas Militares. Era una nueva etapa en mi carrera, completamente diferente a las experiencias que había vivido hasta ese momento.
UN NUEVO CARGO
Al presentarme, fui asignado al área administrativa, específicamente a la responsabilidad de manejar los suministros necesarios para el funcionamiento del Comando. Mi trabajo estaría relacionado con elementos que muchas veces parecen sencillos, pero que son indispensables para que una institución de esta magnitud pueda funcionar correctamente: papelería, elementos para la cafetería, productos de aseo y limpieza, dotaciones para el personal y otros suministros requeridos por las diferentes dependencias.
Para mí, aquello representaba un cambio importante. Venía de años de operaciones, patrullajes, control militar de área y trabajo directamente con las tropas. Ahora debía enfrentar un escenario diferente, en el que la organización, la planeación y el control eran fundamentales. No se trataba simplemente de recibir y entregar elementos; era necesario estructurar procesos, establecer controles y garantizar que cada dependencia recibiera oportunamente lo que necesitaba.
Mi responsabilidad abarcaba una cadena bastante amplia: desde las necesidades del propio Comandante General y los niveles superiores del Comando, hasta las últimas dependencias y oficinas que hacían parte de la organización. Cada elemento debía estar debidamente solicitado, registrado, almacenado y distribuido, el cual se suministraba cada tres meses el material a todo el personal del Comando General.
Fue una experiencia que me permitió comprender otra dimensión de la vida militar. Detrás de cada operación, cada oficina y cada unidad existe una estructura administrativa que hace posible que todo funcione. Aprendí que en las Fuerzas Militares no solamente se necesita disciplina para combatir; también se necesita organización, planeación y responsabilidad para administrar correctamente los recursos que pertenecen a la institución.
Al comienzo, adaptarme al nuevo cargo no fue fácil. Venía de una experiencia principalmente operacional, donde las decisiones estaban orientadas al cumplimiento de misiones, al manejo de personal y a las situaciones propias del terreno. Ahora me encontraba frente a un escenario diferente, en el que debía aprender a manejar procesos administrativos, organizar suministros, controlar inventarios y atender las necesidades de numerosas dependencias.
Sin embargo, poco a poco fui entendiendo la dinámica del Comando y las responsabilidades que implicaba mi nuevo cargo. Empecé por conocer los procedimientos existentes, identificar las necesidades de cada dependencia y entender la manera como se solicitaban, recibían, almacenaban y distribuían los diferentes elementos.
Mi experiencia militar fue fundamental para adaptarme. La disciplina, el sentido de responsabilidad, la organización y el cumplimiento de las órdenes que había aprendido durante los años anteriores me permitieron asumir con seriedad esta nueva función. También comprendí que, aunque el trabajo administrativo era diferente al operacional, tenía la misma finalidad: contribuir al cumplimiento de la misión institucional.
Con el paso del tiempo fui adquiriendo mayor seguridad y autonomía. Empecé a organizar mejor los procesos de distribución de papelería, elementos de cafetería, aseo, limpieza y dotaciones, procurando que los recursos llegaran de manera oportuna a cada dependencia. También tuve que aprender a coordinar con diferentes personas y niveles de mando, desde las necesidades de las dependencias hasta las instrucciones provenientes de los niveles superiores.
Uno de los mayores aprendizajes fue entender que administrar recursos exige el mismo nivel de compromiso que cualquier otra responsabilidad dentro de la institución. Un elemento que no llegara a tiempo, un inventario mal llevado o una distribución desorganizada podía afectar el funcionamiento de una oficina o de toda una dependencia.
Así fui adaptándome al cargo. Lo que inicialmente representaba un cambio radical frente a mi experiencia anterior terminó convirtiéndose en una oportunidad para desarrollar nuevas capacidades. Aprendí a planear, organizar, controlar y distribuir recursos, pero, sobre todo, comprendí la importancia del trabajo administrativo como parte fundamental del funcionamiento de las Fuerzas Militares
LA PANDEMIA
Después de aproximadamente un año de estar trabajando en el Comando General, llegó una situación que nadie imaginaba y que cambiaría la vida de todo el país: la pandemia del COVID-19.
Fue una etapa especialmente dura. Mientras muchas personas tuvieron que permanecer en sus casas y una parte importante del personal del Comando comenzó a trabajar mediante teletrabajo, yo tuve que continuar trabajando de manera presencial. Los procesos administrativos y logísticos no podían detenerse; el funcionamiento del Comando debía mantenerse y alguien tenía que garantizar que los suministros necesarios estuvieran disponibles.
En ese momento, mi trabajo cambió considerablemente. Los elementos que antes se solicitaban con mayor frecuencia pasaron a un segundo plano, y la prioridad fue atender las necesidades relacionadas con la emergencia sanitaria. Los tapabocas, el alcohol, el gel antibacterial y otros elementos de protección se convirtieron en suministros indispensables para las personas que debían continuar asistiendo presencialmente.
Todos los días, al ingresar al Comando, debíamos pasar por los controles establecidos para prevenir la propagación del virus. Uno de ellos era la toma de temperatura. Era una rutina que se convirtió en parte de nuestra vida diaria, pero que en aquel momento tenía un significado especial. No solamente se trataba de protegernos nosotros mismos; también teníamos la responsabilidad de evitar que una persona posiblemente contagiada ingresara al Comando y pudiera poner en riesgo a los demás.
Esta preocupación era aún mayor porque buena parte de los generales que trabajaban allí eran adultos mayores, precisamente uno de los grupos que en ese momento era considerado de mayor riesgo frente al COVID-19. Por eso, cada medida de prevención debía tomarse con seriedad. Un simple descuido podía tener consecuencias para personas que estaban bajo nuestra responsabilidad indirecta.
El teletrabajo también se convirtió en una nueva herramienta que tuvimos que implementar rápidamente. Para muchos era algo completamente nuevo, pero era necesario encontrar la manera de mantener los procesos administrativos funcionando a pesar de las restricciones y las condiciones que imponía la pandemia.
Para mí, sin embargo, existía una dificultad adicional. Mi trabajo no podía hacerse completamente desde un escritorio. Yo tenía que salir a la calle, desplazarme, buscar los suministros que necesitaba el Comando General, realizar gestiones y garantizar que esos elementos llegaran oportunamente. Mientras gran parte del personal permanecía en sus casas, yo continuaba movilizándome por la ciudad para cumplir con mi responsabilidad.
Eso representaba un riesgo mayor de exposición al virus. Cada salida, cada desplazamiento y cada contacto con otras personas significaban una posibilidad de contagio. Aun así, entendía que mi función era necesaria y que los procesos no podían detenerse simplemente porque estábamos atravesando una emergencia.
Fue una época de mucha incertidumbre. No sabíamos cuánto iba a durar la pandemia ni cuáles serían sus consecuencias. Había temor, preocupación por nuestras familias y también la responsabilidad de seguir cumpliendo con el trabajo. En mi caso, aprendí que servir en las Fuerzas Militares no siempre significaba estar en el terreno o en una operación; algunas veces también significaba permanecer en la ciudad, asumir riesgos y garantizar desde la parte administrativa que la institución pudiera continuar funcionando.
El COVID-19 terminó convirtiéndose en otra prueba dentro de mi carrera militar. Una prueba diferente a las que había enfrentado anteriormente, pero que me permitió demostrar nuevamente disciplina, compromiso y capacidad de adaptación ante una situación completamente inesperada.
Pero la pandemia también dejó una de las huellas más dolorosas de aquella etapa: la pérdida de buenos compañeros.
Durante ese tiempo vi partir a hombres con quienes había compartido años de servicio, experiencias y momentos de la vida militar. Ellos no murieron en combate, ni en una operación, ni enfrentando al enemigo. Murieron a causa de un virus que nadie esperaba y que, en muy poco tiempo, cambió la vida de millones de personas.
Cada muerte tenía detrás una familia. Eran compañeros que dejaron esposas, hijos, padres y seres queridos que tuvieron que enfrentar un dolor para el que nadie estaba preparado. Comprendí entonces que el COVID-19 no afectaba solamente a quien enfermaba; también golpeaba profundamente a toda una familia, que de un momento a otro podía perder a uno de sus seres queridos.
Quizás una de las cosas más dolorosas para mí fue no poder despedirme de mis compañeros como hubiéramos querido. Las condiciones impuestas por la pandemia eran muy estrictas y, debido al riesgo de contagio, los cuerpos debían recibir un manejo especial y, en muchos casos, ser incinerados. No hubo la posibilidad de acompañarlos, darles el último adiós, estrechar la mano de sus familiares o rendirles personalmente el homenaje que merecían.
Para quienes hemos vivido la vida militar, despedir a un compañero tiene un significado especial. Después de compartir tantos años, responsabilidades, sacrificios y experiencias, uno siente que pertenece a una misma familia. Por eso, aceptar que algunos se habían ido y que ni siquiera habíamos podido acompañarlos en sus últimos momentos fue especialmente difícil.
La guerra me había enseñado que la muerte podía llegar en cualquier momento y que un compañero podía caer cumpliendo una misión. Pero la pandemia me mostró otra realidad: también podíamos perder a nuestros compañeros lejos del campo de combate, frente a un enemigo invisible que no distinguía rangos, cargos ni uniformes.
Aquella etapa me dejó recuerdos difíciles de borrar. Detrás de las cifras que diariamente aparecían en las noticias había rostros, nombres, familias y compañeros. Para mí no eran simplemente números; eran personas con quienes había compartido una parte de mi vida militar.
Y quizás eso fue lo más duro de aquella pandemia: saber que algunos compañeros se fueron sin que pudiéramos decirles personalmente una última palabra, darles un abrazo o simplemente estar allí para despedirlos. Sus familias tuvieron que continuar sus vidas con una ausencia que nadie podía llenar, mientras nosotros seguíamos adelante con el deber, llevando en silencio el recuerdo de quienes ya no estaban.
Entre las pérdidas que más recuerdo hubo un compañero con quien me encontré unas semanas antes de que falleciera. Hacía varios años que no lo veía. Fue un encuentro inesperado en el centro de la ciudad. Él estaba acompañado de su familia y yo me encontraba realizando mis actividades militares.
En ese momento, él estaba de vacaciones. Conversamos durante un rato, recordamos algunos momentos de nuestra vida militar y, como ocurre entre compañeros que han compartido tantos años, terminamos haciendo planes para volver a encontrarnos. Quedamos en realizar un asado la semana siguiente. Era algo sencillo, de esos planes que uno hace sin imaginar que la vida puede cambiar de un momento a otro.
Pero llegó la pandemia y aquel encuentro nunca se pudo realizar.
Tiempo después supe que se había contagiado de COVID-19. Su estado de salud se complicó y tuvo que ser hospitalizado. Pasaron los días y finalmente recibí la noticia que ninguno de nosotros quería escuchar: mi compañero había fallecido.
Lo más doloroso era saber que apenas unas semanas antes lo había visto, había hablado con él y habíamos quedado de encontrarnos nuevamente. Nunca imaginé que aquella conversación en el centro de la ciudad sería prácticamente nuestra despedida.
Dejó a su esposa y a sus dos niñas pequeñas. Pensar en ellas hizo que su partida fuera todavía más dolorosa. El virus no solamente se había llevado a mi compañero; había dejado una familia enfrentando una ausencia que cambiaría sus vidas para siempre.
A veces pienso en aquel asado que nunca pudimos hacer. Era solamente una comida entre compañeros, un momento para hablar, recordar y compartir después de tantos años sin vernos. Pero la pandemia cambió nuestros planes y ese encuentro quedó pendiente para siempre.
Desde entonces entendí que muchas veces dejamos para después un abrazo, una conversación, una visita o un simple encuentro con alguien que queremos. Nunca sabemos cuál puede ser la última vez que veremos a una persona. Por eso, aquel compañero y aquel asado que nunca pudimos compartir quedaron guardados en mi memoria como uno de los recuerdos más tristes de aquella época.
EL FINAL DE UNA ETAPA
Después de tres años en el Comando General, llegó el momento de cerrar otra etapa de mi carrera militar. Había llegado allí después de permanecer dos años y seis meses en Mitú, pensando que sería una experiencia diferente, y efectivamente lo fue.
Durante ese tiempo aprendí una faceta de la vida militar que hasta entonces conocía poco: el trabajo administrativo y logístico. Aprendí a organizar procesos, manejar suministros, controlar recursos y atender las necesidades de las diferentes dependencias del Comando, desde los niveles superiores hasta las oficinas que requerían los elementos para poder desarrollar sus funciones.
También tuve que enfrentar una situación que nadie esperaba: la pandemia del COVID-19. Aquella emergencia modificó nuestras vidas, nuestros procedimientos y hasta los tiempos normales de la institución. Los traslados del personal, que normalmente se realizaban de acuerdo con una programación establecida, tuvieron que aplazarse durante algunos meses debido a las condiciones y restricciones de la pandemia.
Por esta razón permanecí más tiempo del previsto en el Comando General. Ese tiempo adicional me permitió continuar desarrollando mi trabajo y vivir de cerca todo el proceso de adaptación que tuvo que realizar la institución frente a la emergencia sanitaria. Cuando poco a poco las condiciones comenzaron a mejorar y muchas actividades regresaron a la normalidad, también se retomaron los procesos de traslado que habían quedado pendientes.
Fue entonces cuando recibí la noticia de que nuevamente sería trasladado. Después de tres años, dejaba el Comando General para comenzar una nueva etapa de mi carrera.
Al mirar hacia atrás, entendí que aquellos tres años habían sido muy diferentes a todo lo que había vivido anteriormente. Había pasado de las operaciones y el trabajo directamente con las tropas a desempeñar una función administrativa en uno de los niveles más altos de la institución. Allí aprendí que la misión militar también depende de quienes trabajan detrás de un escritorio, organizando, suministrando y garantizando que los demás puedan cumplir sus funciones.
Me llevaba muchas experiencias: el aprendizaje de los procesos administrativos, la responsabilidad de manejar los suministros, las dificultades de la pandemia, el dolor de perder compañeros y también la satisfacción de haber cumplido con mi responsabilidad.
Así terminaba una etapa de tres años que nunca había imaginado vivir cuando llegué por primera vez al Comando General. Una etapa diferente, con nuevos retos y enseñanzas, que nuevamente me preparaba para regresar a otro escenario dentro de mi carrera militar.
Thoughts
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Permalink¡Suerte en el Comando!
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PermalinkDos años y seis meses en Mitú, diecisiete de servicio en total. ¿Con cuántos de los compañeros de allí sigues hablando hoy?
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PermalinkDejar Mitú justo cuando ahí había encontrado calma, eche, eso pesa, uno se apega más al sitio donde descansó que a donde sufrió
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PermalinkDiecisiete años cumpliendo planes que llegaban hechos, y ahora le toca ver la oficina donde se hacen. Ahí se sabe quién pone los horarios.
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PermalinkPasar de patrullar a estar en el lugar donde se deciden las patrullas, re vuelta de tuerca, capaz es como ver el mapa desde arriba por primera vez después de caminarlo entero
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PermalinkDiecisiete años de patrullas y el capítulo 21 termina justo en la puerta del Comando General, con Mitú todavía fresco. Se nota que lo que aprendiste allí, cuidar una región sin tener que entrar en combate, te lo llevas a ese escritorio, y esto va a dar para capítulos muy distintos a los de la selva. Aquí sigo leyendo.
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