La flor del silencio escondida en la harina, que es lo que come todo el mundo cada mañana, me hizo pensar en que el peligro más grande casi siempre entra por lo más normal del día. Apuesto a que Anna va a ir al ducado sabiendo que puede estar pidiendo ayuda a quien puso el veneno. Gracias por traernos otra entrega, aquí seguimos.
Capítulo 21: Antes del primer grito
La ciudad había despertado por completo.
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La flor del silencio escondida en la harina, que es lo que come todo el mundo cada mañana, me hizo pensar en que el peligro más grande casi siempre entra por lo más normal del día. Apuesto a que Anna va a ir al ducado sabiendo que puede estar pidiendo ayu
Contenido de la publicación
La ciudad había despertado por completo.
Las calles estaban llenas desde temprano. Los comerciantes levantaban las cortinas de sus puestos, los niños corrían entre los callejones estrechos persiguiéndose con gritos alegres, y el murmullo de las conversaciones se mezclaba con el sonido de ruedas, cascos y pregones. A simple vista, todo parecía normal.
Pero bastó con que cierto grupo apareciera en el mercado para que esa normalidad se resquebrajara.
Primero fue el silencio.
Uno breve.
Instintivo.
Como si el aire hubiera dudado por un segundo antes de seguir circulando.
Luego llegaron las miradas.
No una o dos.
Decenas.
Tal vez más.
Porque la gente conocía a Anna.
La conocía demasiado bien.
Conocían su nombre, sus excesos, sus desplantes, la ruina moral que había dejado a su paso durante años. Conocían las historias que madres y padres repetían en voz baja cuando querían advertir a sus hijos del peligro de una noble cruel. Conocían el rencor de muchos sirvientes, la amargura de algunas familias arrastradas por sus caprichos, los rumores que seguían respirando incluso después de su destierro.
Y si de Anna la ciudad sabía demasiado…
de quienes caminaban con ella sabía aún más.
Eliana iba a su lado con una cesta entre los brazos, refunfuñando porque cada vez pesaba más y porque, según ella, una casa no necesitaba tantas cosas en un solo día. Algunos de los presentes la reconocieron de inmediato.
La sirvienta.
La muchacha que durante años había sido vista entrando y saliendo de la antigua mansión con el rostro cansado, la espalda recta y el silencio de quien había aprendido a soportar demasiado. Más de una persona recordaba la forma en que Anna solía tratarla. Más de uno había visto, al menos una vez, la dureza con la que la noble descargaba su mal humor sobre ella.
Por eso verla ahora allí, caminando a su lado y respondiéndole con descaro casi familiar, era algo que muchos no lograban entender.
Más atrás iba Daeron, empujando una carreta con expresión sombría y visible descontento. Sus manos, poco acostumbradas a tareas tan mundanas, sujetaban el madero con la misma dignidad herida con la que un noble podría cargar una humillación pública. Los rumores sobre él también eran conocidos. La historia de su hermana llevaba tiempo circulando de boca en boca, distorsionada por el miedo, el morbo y la necesidad de encontrar siempre un nombre al que culpar.
Y Anna estaba en el centro de esa historia.
Tal vez no todos conocían los detalles.
Pero sí conocían el resentimiento.
Sí conocían la herida.
Así que verlo ahora empujando una carreta detrás de ella, aguantando sus comentarios con un fastidio que rozaba la costumbre, resultaba absurdo.
Y luego estaba Garoum.
Garoum, cuya sola presencia bastaba para que algunas conversaciones se apagasen a medio camino.
Su figura alta y pesada avanzaba junto al grupo como una muralla de hierro. Había quienes aún lo recordaban al frente de su batallón, firme, orgulloso, respetado. Había quienes recordaban también la tragedia. La orden. La pérdida. Los nombres que jamás regresaron a casa. Aunque muchos detalles fueron ocultados, deformados o enterrados por conveniencia, el odio no desapareció del todo. Cambió de forma. Se volvió rumor. Se volvió susurro. Se volvió ese tipo de historia que nadie repite en voz alta, pero que todos parecen conocer.
Y ahora ese mismo hombre caminaba cerca de Anna.
No con afecto.
No con paz.
Pero caminaba con ella.
Eso era suficiente para desconcertar a cualquiera.
Las voces comenzaron a levantarse en murmullos apenas contenidos.
—¿Estoy viendo bien…?
—Ese es Daeron.
—Y también Garoum.
—No puede ser.
—¿Qué está pasando?
—¿La sirvienta sigue con ella?
—Después de todo lo que le hizo…
—Esto no tiene sentido.
Anna escuchó algunos de esos susurros al pasar, pero no giró la cabeza. Siguió caminando como si no los oyera, concentrada en revisar una lista arrugada entre sus dedos.
—Nos faltan frascos para conservas, sal gruesa, dos sacos de harina, hilo, cera, jabón y algo decente para tapar la gotera del ala este —dijo con calma, como si detrás de ella no se estuviera tambaleando la lógica social de media ciudad.
Eliana soltó un resoplido.
—Claro, porque la mansión se cae a pedazos y lo urgente, por supuesto, es que las cortinas nuevas no choquen con el color de las paredes.
Anna levantó la vista de la lista.
—Nunca dije eso.
—Lo pensaste.
—Tal vez.
Daeron empujó la carreta con un gruñido.
—Yo todavía no entiendo por qué terminé aquí.
Eliana ni siquiera lo miró.
—Porque abriste la boca.
—Eso no es una razón.
—Con Anna sí.
Garoum dejó escapar un sonido bajo, casi una exhalación que por un instante pudo confundirse con una risa contenida.
Daeron giró la cabeza hacia él con indignación.
—¿Te estás burlando?
—Un poco —admitió Garoum sin rastro de vergüenza.
Anna se llevó una mano al costado vendado y soltó un suspiro tan exagerado que los tres la miraron al mismo tiempo.
—No deberían hablarme así a mí —dijo con tono sufrido—. Soy una mujer gravemente herida. Mi condición es delicada.
Eliana la observó con total falta de compasión.
—Llevas una hora regateando con comerciantes.
—Eso no significa que no esté débil.
Daeron bufó.
—Hace diez minutos discutiste cinco monedas por un saco de cebollas.
—Y gané.
—Por cansancio del vendedor.
Anna sostuvo su expresión dolida con sorprendente dignidad.
—La historia recordará mi sufrimiento.
—La historia va a recordarnos a nosotros cargando tus compras —replicó Eliana.
Algunas personas alrededor comenzaron a mirarlos no solo con confusión, sino con una incredulidad casi ofensiva.
Porque no era solo que caminaran juntos.
Era el tono.
La extraña normalidad.
La forma en que discutían, se respondían, se burlaban unos de otros con una familiaridad imposible. No parecía un grupo unido por la confianza. Tampoco por el afecto. Parecía algo mucho más extraño.
Gente rota.
Gente herida por la misma persona.
Gente que, por razones que nadie desde afuera podía comprender, seguía avanzando a su lado.
Anna alzó la cabeza un instante y notó cómo una mujer retiraba a su hijo del borde de la calle para apartarlo de su paso. Más allá, dos hombres dejaron de descargar cajas para observarlos. Una anciana frunció el ceño como si creyera estar viendo un mal presagio.
Nada de eso la sorprendió.
Nada de eso era injusto.
Porque aquel desconcierto… ella misma lo había construido años atrás.
Siguió andando.
Sin bajar la mirada.
Sin fingir que no entendía lo que esas personas pensaban.
El mercado continuaba vivo a su alrededor, pero allí donde ese extraño grupo pasaba, las conversaciones cambiaban, las miradas se afilaban y el aire parecía cargar con una pregunta que nadie se atrevía a formular directamente.
¿Qué estaba ocurriendo con Anna d’Valrienne?
Y quizá más inquietante aún…
¿por qué aquellos que más razones tenían para odiarla seguían caminando a su lado?
Anna dobló la lista entre los dedos y miró hacia el siguiente grupo de puestos.
—Bien —dijo con calma—. Ahora necesitamos pan, aceite y algo que no haga llorar a Daeron mientras lo carga.
—Entonces yo me quedo aquí —respondió él al instante.
—No, tú vienes.
—¿Por qué?
Anna sonrió apenas, con esa calma peligrosa que siempre anunciaba problemas.
—Porque estás libre y tienes brazos.
Eliana soltó una carcajada.
Garoum negó con la cabeza.
Y los cuatro siguieron avanzando entre los murmullos de la ciudad, sin saber todavía que, entre el aroma del pan recién hecho y el ruido ordinario del mercado, el primer grito de una nueva pesadilla ya estaba esperando.
Doblaron por una calle más ancha, donde los puestos de verduras comenzaban a dar paso a pequeñas tiendas de telas, zapaterías y negocios familiares con fachadas pintadas a mano. A esa hora, el mercado estaba en su punto exacto de vida: bullicioso, cálido, desordenado, lleno de olores mezclados y voces cruzadas.
Fue entonces cuando Anna vio un rostro conocido entre la multitud.
Una joven caminaba por la acera contraria con ropa sencilla, muy distinta al porte más formal con el que Anna la había visto la primera vez. Llevaba el cabello recogido de forma descuidada y una cesta pequeña bajo el brazo. Sin uniforme, sin insignias y sin la rigidez del deber, parecía incluso más joven.
Anna entrecerró levemente los ojos.
—Lyria.
La muchacha se detuvo al escuchar su nombre y giró la cabeza con visible sorpresa. Por un instante no supo si seguir caminando o fingir que no había oído nada, pero ya era tarde. Anna ya se había separado del grupo.
Eliana, curiosa, fue tras ella sin dudar.
—¿La conoces? —preguntó en voz baja, aunque ya estaba claro que sí.
—Fue la chica que me acompañó en el carruaje cuando veníamos hacia la ciudad —respondió Anna mientras avanzaba.
Lyria parpadeó varias veces al ver que no solo Anna se acercaba, sino también Eliana… y detrás, a unos pasos, Daeron y Garoum.
La expresión de la joven fue una mezcla extraña entre confusión, incomodidad y una alarma muy humana de alguien que acababa de darse cuenta de que, en su día libre, el destino había decidido castigarla.
—Lady Anna —saludó al fin, haciendo una pequeña reverencia algo torpe—. No esperaba verla aquí.
Anna observó su ropa civil y la cesta que cargaba.
—Día libre.
Lyria asintió.
—Sí. Bueno… eso intentaba que fuera.
Eliana sonrió de inmediato, como si hubiera encontrado a una víctima ideal para compartir el peso de la jornada.
—Perfecto, entonces no estás ocupada.
Lyria la miró, luego miró la carreta detrás de ellas, luego a Daeron empujándola con el alma rota, y finalmente a Garoum caminando a un lado como una muralla con piernas.
—Siento que esa frase significa exactamente lo contrario de lo que suena.
Anna inclinó apenas la cabeza.
—Ven con nosotras.
Lyria abrió la boca, pero no encontró una respuesta adecuada.
—¿Perdón?
—Vamos por pan, aceite y algunas cosas más para la casa —dijo Anna con naturalidad—. Puedes acompañarnos.
La joven siguió mirándola como si intentara descubrir si aquello era una prueba, una broma cruel o una trampa social de la que luego no podría salir.
Eliana dio un paso más cerca y le tomó suavemente el brazo.
—Vamos, será divertido.
Lyria bajó la mirada hacia la mano de Eliana y luego volvió a levantarla.
—No parece divertido.
—Con Anna nunca lo parece al principio.
—O al final —murmuró Daeron desde atrás.
Garoum soltó un leve resoplido, otra vez demasiado parecido a una risa.
Lyria seguía sin moverse.
—No creo que deba…
—Ya estás hablando con nosotras en medio del mercado —la interrumpió Anna con serenidad—. A estas alturas, la discreción ya murió.
Eliana asintió con solemnidad exagerada.
—Está muertísima.
Lyria cerró los ojos un instante, como quien acepta un destino inevitable.
—Solo un rato.
—Excelente —dijo Anna.
—Eso no fue un “sí” seguro.
—Lo fue suficiente.
Y antes de que pudiera arrepentirse, Eliana ya la había integrado al grupo con la naturalidad de quien suma una bolsa más a la compra del día.
Así, el extraño conjunto siguió avanzando, ahora con una quinta figura que miraba alrededor como si todavía esperara que alguien le explicara en qué momento exacto había perdido el control de su mañana.
—¿Siempre es así? —preguntó Lyria en voz baja a Eliana mientras caminaban.
Eliana miró a Anna, luego a Daeron, luego a Garoum.
—Sorprendentemente, hoy está tranquila.
Lyria la miró con espanto genuino.
Anna fingió no escucharlas, concentrándose otra vez en la lista arrugada entre sus dedos.
—Necesitamos una panadería buena.
—Eso reduce mucho las opciones —murmuró Daeron.
—Conocí una en esta zona —dijo Lyria al fin, quizá demasiado rápido, como si ofrecer información le diera una sensación falsa de control—. Tienen panes dulces, panecillos de crema y unos croissants con miel que siempre se acaban antes del mediodía.
Eliana giró la cabeza de inmediato.
—¿Croissants con miel?
—Sí.
—¿Por qué no dijiste eso antes?
Lyria frunció el ceño.
—Nadie me había preguntado.
Anna levantó la vista de la lista.
—Entonces vamos ahí.
Eliana ya parecía caminar con más ánimo.
—Por fin algo en esta expedición que suena civilizado.
—Lo dices como si no hubieras disfrutado forzando a Daeron a cargar sacos —comentó Anna.
—Eso también fue civilizado, a su manera.
—Yo sigo aquí, por si acaso lo olvidan —gruñó Daeron.
Garoum observaba en silencio, pero sus ojos se mantenían atentos a todo. A la gente. A los callejones. A los cambios de ritmo en el mercado. Su cuerpo parecía relajado, pero no lo estaba. Nunca del todo.
Siguieron a Lyria por una calle lateral algo más tranquila, donde los edificios se estrechaban y los negocios tenían un aire más antiguo. Allí el bullicio del mercado quedaba apenas amortiguado, como un rumor lejano que rebotaba entre los muros.
Fue entonces cuando el aroma llegó hasta ellos.
Pan recién horneado.
Mantequilla.
Miel caliente.
Una fragancia suave, envolvente, casi hogareña.
Eliana sonrió de inmediato.
—Sí, este lugar me agrada.
Lyria señaló una pequeña panadería de fachada de ladrillo y madera, con una ventana entreabierta por la que escapaba una tenue nube de vapor.
—Es aquí.
Anna redujo el paso.
No de forma brusca.
Solo lo suficiente para que Garoum lo notara primero.
Eliana, sin darse cuenta, avanzó un poco más deprisa hacia la puerta, ya con la mano medio levantada para entrar.
Y entonces Anna lo sintió.
Su expresión cambió.
No fue algo visible al principio, solo una alteración mínima, una rigidez repentina en la línea de sus hombros, una concentración total que borró el resto del mundo por un instante.
Porque debajo del aroma a pan…
había otra cosa.
Algo más tenue.
Más escondido.
Un olor familiar.
Rancio.
Torcido.
Como una nota podrida detrás de una melodía agradable.
Y mezclado con eso…
algo metálico.
Sangre.
Antes de que Eliana tocara la manilla, Anna avanzó de golpe y la sujetó de la muñeca.
El movimiento fue tan rápido que la otra joven soltó un pequeño jadeo.
—No —dijo Anna en voz baja, pero con una firmeza que detuvo a todos—. Espera.
Eliana giró hacia ella, sorprendida.
—¿Qué pasa?
Anna no respondió de inmediato.
Sus ojos estaban fijos en la puerta.
Su respiración se volvió más lenta.
Más medida.
Como si estuviera escuchando algo que los demás todavía no podían oír.
Daeron frunció el ceño.
—¿Anna?
Garoum ya había cambiado de postura. Su mano descendió de forma instintiva hacia el arma que llevaba consigo.
Lyria miró la panadería y luego a Anna, sin comprender.
—¿Qué ocurre?
Anna dio un paso al frente sin soltar del todo a Eliana.
Inspiró otra vez.
Pan.
Miel.
Mantequilla.
Y debajo de todo eso…
podredumbre.
Y sangre.
Su voz, cuando salió, fue apenas un murmullo.
—Algo está mal.
Anna apartó con suavidad a Eliana, aunque el gesto tuvo la firmeza suficiente para dejar claro que ya no era una sugerencia.
—Atrás.
No alzó la voz.
No hizo falta.
Eliana retrocedió un paso de inmediato, todavía con la sorpresa pintada en el rostro. Anna entonces giró apenas la cabeza hacia Garoum, sin apartar los ojos de la puerta.
—Mantente atento. Algo no está bien.
La frase bastó.
Garoum se tensó al instante, como lo haría cualquier hombre entrenado para reconocer el momento exacto en que una escena cotidiana dejaba de ser segura. Su mano descendió hacia su arma con un movimiento instintivo, mientras su mirada barría la calle, las ventanas, los callejones, cada punto desde donde pudiera venir una amenaza.
Lyria reaccionó casi igual.
No llevaba armadura ni uniforme, pero el cuerpo recordaba lo que la mente tardaba un poco más en ordenar. Enderezó la espalda, dejó la cesta a un lado y fijó la vista en la panadería con una rigidez inmediata, alerta, dejando atrás por completo la incomodidad casual con la que había caminado junto a ellos hacía solo unos momentos.
Daeron frunció el ceño.
—¿Qué demonios…?
Anna no respondió.
Avanzó lentamente hasta la puerta, cada músculo de su cuerpo en tensión. El sonido de la calle quedó atrás, como si el mundo mismo se hubiera retirado a la espera de lo que había al otro lado de aquella madera.
Llevó una mano hasta la manilla.
La empujó con cuidado.
La campanilla sobre la puerta sonó.
Un tintineo pequeño.
Casi ridículo.
Y entonces el aire del interior salió a recibirlos.
El golpe fue inmediato.
No era solo un mal olor.
Era una pared invisible de podredumbre, humedad corrompida y carne descompuesta, mezclada con la dulzura tibia del pan horneado hasta volverla algo grotesco. Un aroma tan antinatural que parecía trepar por la garganta y quedarse allí, raspando.
Y detrás de ese olor…
llegó la visión.
Dentro de la panadería no había movimiento.
No había saludo.
No había calor humano.
Solo muerte.
Dos cuerpos yacían detrás del mostrador.
Un hombre y una mujer.
Los dueños del local.
Sus ojos estaban abiertos de par en par, completamente inyectados en sangre, como si hubieran muerto mirando algo demasiado horrible para cerrar los párpados. Gruesos rastros carmesí se habían secado sobre sus mejillas, como lágrimas derramadas desde las cuencas mismas. Sus lenguas, grotescamente inflamadas, asomaban entre labios ennegrecidos, hinchadas hasta parecer ajenas al cuerpo. La piel había tomado un tono violáceo, sucio, invadido por manchas negras que se extendían desde el cuello hacia las manos como raíces podridas bajo la carne.
Por un segundo, nadie respiró.
Anna reaccionó primero.
Cerró la puerta de golpe con un movimiento seco, brutal, que hizo sonar otra vez la campanilla como un chillido enfermo. Al mismo tiempo sacó algo de entre sus cosas —un pequeño frasco sellado con cera y runas simples— y lo lanzó contra la madera.
El vidrio estalló.
Una capa pálida, casi traslúcida, se extendió sobre la puerta y sus rendijas como una película alquímica, sellando el borde inferior y los marcos con una rapidez viscosa. El objetivo era claro: contener, aunque fuera un poco, el aire podrido que intentaba escapar.
Pero ya era tarde.
Todos lo habían visto.
Todos lo habían olido.
Eliana fue la primera en doblarse sobre sí misma.
Se llevó una mano a la boca, dio dos pasos torpes hacia un lado y terminó vomitando contra el empedrado con los ojos llorosos y el cuerpo temblándole de pies a cabeza.
Daeron apenas resistió un segundo más.
Giró bruscamente, apoyó una mano en la pared más cercana y vomitó con violencia, respirando entrecortado como si quisiera expulsar también de su memoria la imagen que acababa de clavársele en la cabeza.
Lyria retrocedió hasta chocar con la pared opuesta del callejón. Su rostro había perdido todo color. No vomitó, pero el gesto con que apretó la mandíbula dejaba claro que apenas lo estaba conteniendo. Una mano subió a su boca por reflejo, mientras sus ojos seguían fijos en la puerta cerrada con una mezcla de horror e incredulidad.
Garoum no se movió de su sitio.
Pero su expresión se endureció.
Los músculos de su mandíbula se marcaron bajo la piel, y en sus ojos apareció esa rigidez particular de los soldados que ya han visto demasiados muertos… y aun así reconocen cuando una muerte está mal. Cuando hay algo en ella que no pertenece al campo de batalla, sino a algo más sucio. Más cobarde.
Anna retrocedió un paso de la puerta sellada, cubriéndose nariz y boca con la manga.
Su rostro estaba pálido.
Pero no de la misma manera que el de los otros.
En ella no había solo asco.
Había reconocimiento.
Eso fue lo que tensó todavía más el silencio.
Eliana levantó apenas la cabeza, con lágrimas involuntarias en los ojos y la voz quebrada por las arcadas.
—¿Qué… qué fue eso…?
Anna no respondió enseguida.
Sus ojos seguían clavados en la puerta, como si pudiera ver a través de la madera cerrada.
—No fue una muerte normal —dijo al fin, muy bajo.
Daeron se secó la boca con el dorso de la mano, todavía inclinado y respirando con dificultad.
—Eso ya lo notamos…
Anna bajó lentamente la manga de su rostro.
Su voz, cuando habló, salió más fría.
Más técnica.
Más peligrosa.
—Y tampoco fue una enfermedad cualquiera.
Garoum la miró de reojo.
—¿Lo reconoces?
Anna tardó apenas un instante en responder.
—Sí.
El viento de la calle pareció quedarse quieto.
A lo lejos seguían oyéndose voces, el rodar de carretas, el murmullo ordinario del mercado… pero allí, frente a aquella pequeña panadería de ladrillo y madera, todo eso sonaba como si perteneciera a otro mundo.
Porque el primer grito aún no había llegado.
Pero la muerte…
ya estaba allí.
Anna no perdió más tiempo.
El horror seguía suspendido en el aire, pegado a la garganta de todos, pero su mente ya había dejado atrás la impresión inicial. El espanto no servía de nada si no se convertía en acción, y Anna lo sabía demasiado bien.
Se giró primero hacia Lyria y Eliana.
—Ustedes dos, vayan por guardias. No uno, varios. Quiero esta calle cerrada de inmediato.
Ambas levantaron la vista al mismo tiempo.
Anna continuó, rápida y firme, sin dejar espacio para dudas.
—Nadie entra. Nadie sale de esta zona sin autorización. Y si alguien pregunta, digan que hay sospecha de contaminación. No permitan que se acerquen curiosos, comerciantes ni vecinos. Nadie.
Lyria asintió casi de inmediato. El tono de Anna no dejaba margen para vacilaciones, y en aquel momento ya no hablaba una noble caída ni una mujer intentando redimirse. Hablaba alguien que sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Eliana tardó un segundo más, aún pálida por lo que había visto, pero también asintió.
—Entendido.
Anna se volvió entonces hacia Garoum.
—Tú quédate aquí.
El caballero enderezó un poco más la postura.
—No dejaré pasar a nadie.
—Ni a la panadería, ni cerca de la puerta —precisó Anna—. Si alguien insiste, lo apartas. No me importa quién sea.
Garoum clavó la mirada en la puerta sellada.
—Hecho.
Fue entonces cuando Anna giró hacia la carreta.
A simple vista seguía siendo solo una acumulación absurda de compras del mercado, pero entre las cajas, las telas y los sacos había también otras cosas. Cosas que ella había adquirido por costumbre, previsión… o quizá por una desconfianza que nunca terminaba de abandonar del todo.
Apartó un rollo de tela, levantó una caja pequeña y sacó de ella un par de guantes ajustados, de tono marfil, con finas líneas grabadas en la superficie interna. Eran guantes alquímicos, fabricados para impedir el contacto directo con fluidos, toxinas y agentes infecciosos. Después sacó una mascarilla gruesa, reforzada con un pequeño filtro alquímico en la zona central.
Daeron la observó con el ceño fruncido.
—Dime que no piensas entrar sola.
Anna ni siquiera lo miró al responder.
—Eso pensaba hacer.
Daeron soltó una exhalación seca.
—Pues piensa otra vez.
Anna se colocó uno de los guantes con calma.
—No necesito que me cuiden.
—No te estoy cuidando.
Ese tono la hizo alzar la vista.
Daeron ya había dado un paso hacia ella.
—Tengo algo de conocimiento sobre enfermedades. No tanto como tú, seguramente, pero suficiente para distinguir un brote, contaminación o signos que podrían pasar desapercibidos.
Anna lo estudió un segundo.
Él sostuvo su mirada sin retroceder.
—Si vas a entrar —continuó Daeron—, me quedo contigo.
Eliana, que ya empezaba a reponerse, giró la cabeza con preocupación.
—Daeron…
—No voy a dejar que entre sola a un sitio así.
Garoum no dijo nada, pero su expresión dejaba claro que tampoco le agradaba la idea de Anna entrando sin apoyo.
Anna terminó de ajustarse el segundo guante.
—No tengo una máscara extra.
Daeron extendió una mano.
—Improvisamos.
Ella lo observó apenas un instante más. Luego rebuscó en la carreta, sacó un paño limpio, un pequeño frasco y se lo entregó.
—Empápalo con esto. Cúbrete nariz y boca. No es perfecto, pero reducirá el riesgo si no tocas nada sin permiso.
Daeron obedeció sin discutir. Vertió unas gotas del contenido, se cubrió el rostro con el paño y lo ató detrás de la cabeza.
Anna hizo un último repaso con la mirada.
—Lyria. Eliana. Guardias y cierre de calle.
—Sí —respondieron ambas al mismo tiempo.
—Garoum. La puerta.
—Nadie pasa.
Anna asintió.
Entonces, sin añadir nada más, volvió hacia la panadería.
Esta vez retiró con cuidado parte del sello alquímico que había extendido antes, solo lo suficiente para abrir la puerta sin liberar de golpe todo el aire del interior. El olor volvió a golpearlos, más contenido, pero no menos repugnante.
Anna entró primero.
Daeron fue detrás.
La puerta se cerró a sus espaldas.
El interior de la panadería parecía aún peor desde dentro.
El calor de los hornos apagados, la harina suspendida en algunas superficies, el olor dulzón del pan mezclado con aquella podredumbre imposible… todo se combinaba en una atmósfera espesa, casi tangible. La muerte no solo estaba allí. Parecía haberse impregnado en la madera, en las paredes, en los paños, en cada rincón del local.
Los cuerpos seguían detrás del mostrador.
Inmóviles.
Deformes.
Anna no fue hacia ellos primero.
Eso hizo que Daeron la mirara con sorpresa.
—¿No vas a revisar los cuerpos?
—Después.
Su voz salió amortiguada por la mascarilla.
—Primero necesito entender el origen.
Anna abrió su bolso y sacó varias herramientas pequeñas envueltas en tela: pinzas finas, una espátula corta, dos frascos vacíos, tiras reactivas, una pequeña cuchilla, un gotero y un cristal de análisis montado sobre un aro metálico.
Daeron la observó trabajar con rapidez contenida.
No había vacilación en sus movimientos.
No había asco.
Solo concentración.
Anna comenzó por las superficies más expuestas: la mesa de amasado, los utensilios cercanos, un cuenco con restos secos, el borde del mostrador. Tomaba muestras diminutas y las colocaba sobre una placa delgada, añadiendo después una gota de reactivo. El cristal cambiaba de tono, a veces apenas, a veces nada. Ella descartaba resultados en silencio.
—No fue contacto directo —murmuró.
—¿Qué?
Anna alzó apenas la vista.
—Si el agente hubiera estado en las superficies principales, ya habría rastros más claros aquí.
Siguió avanzando.
Abrió una alacena.
Luego otra.
Revisó recipientes de miel, sal, aceite, especias.
Nada.
Daeron empezó a sentir una incomodidad diferente. No era ya el horror del hallazgo, sino algo peor: la sensación de estar dentro de una escena cuidadosamente envenenada.
Anna llegó finalmente a los sacos de harina.
Había varios apilados en un rincón, bien cerrados, aparentemente normales. Pero al acercarse se quedó quieta un segundo.
Daeron lo notó.
—¿Qué pasa?
Anna no respondió. Se inclinó, abrió uno de los sacos con la cuchilla y hundió la espátula apenas unos centímetros. Sacó una pequeña cantidad de harina y la extendió sobre una placa oscura.
A simple vista parecía harina común.
Blanca.
Limpia.
Pero Anna acercó el cristal de análisis y luego dejó caer una gota de reactivo.
El cambio fue inmediato.
No violento.
Peor.
Sutil.
Un matiz morado apareció entre el blanco, tan leve que un ojo inexperto jamás lo habría notado.
Anna se quedó inmóvil un instante.
Daeron sintió cómo se le tensaba la espalda.
—¿La encontraste?
Anna acercó el cristal un poco más, observó la reacción, luego volvió lentamente la mirada hacia los cuerpos.
Los ojos inyectados en sangre.
Las lenguas inflamadas.
La coloración violácea.
Las manchas oscuras.
La respuesta encajó de golpe.
—Sí —dijo finalmente.
Su voz había cambiado.
Era más baja.
Más fría.
—La harina está contaminada.
Daeron dio un paso más cerca, pero sin tocar nada.
—¿Con qué?
Anna tomó otra muestra, repitió el reactivo, comprobó la densidad del tono y la forma en que la sustancia se adhería a los bordes.
—Somnaria Pestiflorum… variedad oculta.
Daeron frunció el ceño.
—No me suena.
—No debería.
Anna dejó la placa sobre la mesa y observó otra vez los cadáveres.
—La llaman la flor del silencio.
El nombre quedó suspendido en el aire.
—Es una toxina prohibida. Antiguamente se usó en guerras y ejecuciones encubiertas. Una vez seca y tratada, puede mezclarse con productos de molienda fina sin alterar demasiado el color ni el olor… al menos no para alguien común.
Daeron sintió un escalofrío.
—¿Y eso hizo… esto?
Anna asintió apenas.
—Si entra al cuerpo por inhalación o ingestión, primero inflama los tejidos blandos. Después provoca hemorragias, fallos respiratorios, colapso del sistema nervioso. Las víctimas intentan respirar, intentan pedir ayuda… pero el cuerpo deja de responder antes de que puedan hacer algo útil.
Daeron miró hacia los cuerpos.
Ahora la escena era aún peor, porque ya no veía solo muerte.
Veía proceso.
Sufrimiento.
Tiempo.
—¿Cómo sabes tanto sobre esa cosa?
Anna guardó silencio unos segundos.
Luego siguió trabajando, como si la respuesta no mereciera detenerla.
—Porque fue borrada de casi todos los registros oficiales. Y cuando algo desaparece de los libros públicos, suele seguir vivo en los privados.
Tomó otra muestra del saco y la selló en un frasco.
—Esto no llegó aquí por accidente.
Daeron giró la cabeza hacia ella.
—¿Estás segura?
Anna lo miró por primera vez desde que entraron.
—Completamente.
Luego señaló los sacos.
—La mezcla está demasiado bien hecha. La cantidad es suficiente para matar, pero no tan evidente como para arruinar la harina a simple vista. Quien hizo esto sabía exactamente qué estaba usando.
Daeron sintió que se le secaba la boca.
—Entonces alguien contaminó la harina de esta panadería.
Anna negó suavemente.
—No solo esta panadería.
Daeron quedó en silencio.
Anna selló otro frasco, más despacio esta vez.
—Si esta harina venía de un lote distribuido antes de ser detectada…
no terminó la frase.
No hacía falta.
El rostro de Daeron cambió.
—No.
Anna sí terminó por él.
—Entonces otros ya la consumieron.
Fuera, al otro lado de la puerta, la ciudad seguía respirando con normalidad.
La gente seguía comprando.
Seguía comiendo.
Seguía viviendo su mañana sin saber que la muerte podía estar ya servida en su mesa.
Anna cerró el frasco con firmeza.
Y cuando volvió a hablar, ya no sonó solo como una investigadora.
Sonó como alguien que había entendido la magnitud real del desastre.
—Tenemos muy poco tiempo.
Cuando Anna salió de la panadería, el aire de la calle le golpeó el rostro con una frescura que no alcanzó a limpiar del todo lo que acababa de ver.
Aun con la mascarilla puesta y los guantes manchados por restos de reactivos, parecía más rígida que antes. No era miedo lo que había en su expresión.
Era cálculo.
Garoum seguía frente a la puerta, inmóvil como una estatua de hierro. Había apartado a curiosos, detenido preguntas y soportado miradas durante todo ese tiempo sin moverse un solo paso de donde Anna le había dicho que permaneciera. Cuando la vio salir, sus ojos fueron primero al rostro de ella, luego a Daeron detrás suyo, y enseguida entendió que lo que habían descubierto era peor de lo que imaginaba.
Lyria y Eliana ya habían regresado también con varios guardias. La calle estaba siendo cerrada poco a poco, y aunque los vecinos protestaban y los comerciantes murmuraban entre sí, nadie había logrado romper el cerco. La inquietud comenzaba a crecer como una onda silenciosa entre la gente.
Garoum dio un paso al frente.
—¿Qué encontraron?
Anna no respondió de inmediato.
Se quitó primero uno de los guantes con cuidado, luego el otro. Después bajó la mascarilla hasta el cuello, inhalando aire limpio con lentitud, como si necesitara ordenar las ideas antes de ponerlas en palabras.
Sus ojos buscaron a Daeron.
—Necesito que me digas algo.
Él todavía seguía algo pálido, pero ya había recuperado la compostura suficiente para sostenerse erguido.
—Habla.
Anna sostuvo su mirada un segundo.
—La harina. ¿Cómo llega a la ciudad?
Daeron frunció el ceño, desconcertado por la pregunta.
—Llega en lotes desde otras ciudades y zonas de cultivo. A veces desde molinos locales menores, pero la mayor parte viene de fuera.
Anna guardó silencio.
Daeron continuó, aún sin entender del todo hacia dónde iba.
—Como es un bien valioso, se maneja con bastante cuidado. Es fácil de procesar, fácil de conservar y alimenta a media ciudad, así que no se trata como una mercancía cualquiera. Los lotes grandes se registran, se almacenan y se distribuyen bajo control.
Garoum entrecerró los ojos.
—¿Bajo control de quién?
Daeron respondió por pura inercia, todavía atando ideas en su cabeza.
—De la administración ducal. Hay guardias asignados a los depósitos principales, escribanos que registran entradas y salidas, supervisores de carga, responsables de los almacenes…
Su voz empezó a perder ritmo.
Porque mientras hablaba…
iba entendiendo.
Anna no apartó la mirada de él.
—Sigue.
Daeron tragó saliva.
—La harina no queda tirada en cualquier parte. No pasa por manos al azar. Una vez entra en la ciudad, queda protegida. Muy protegida.
Garoum tensó la mandíbula.
Lyria también lo comprendió casi al mismo tiempo, y su mano se cerró con fuerza alrededor del borde de su propia manga.
Eliana miró de Daeron a Anna, todavía tratando de alcanzarlos.
—¿Qué significa eso?
Daeron no respondió de inmediato.
Su rostro se endureció poco a poco, como si las palabras que estaba ordenando le disgustaran incluso antes de pronunciarlas.
—Si la harina contaminada llegó desde fuera… —murmuró, más para sí que para los demás— entonces tendría que haber salido contaminada desde otra ciudad.
Anna asintió apenas.
—Sí.
Daeron negó con la cabeza.
—Pero eso sería una locura.
Levantó la mirada de golpe.
—No una panadería. No un saco. Habrían aparecido más casos antes de llegar aquí. En los caminos. En los puntos de carga. En otras ciudades. En otras mesas.
Eliana se quedó inmóvil.
Lyria palideció aún más.
Garoum ya no parecía una estatua. Ahora parecía una amenaza a punto de romperse sobre alguien.
Daeron pasó una mano por su rostro, alterado.
—No. No puede venir así desde fuera.
Miró a Anna directamente.
—Eso significaría que alguien la contaminó aquí.
El silencio cayó sobre el pequeño grupo como una losa.
Anna no dijo nada.
No porque dudara.
Sino porque quería que él terminara de entenderlo solo.
Daeron lo hizo.
Y fue peor.
Su respiración se volvió más corta.
Más pesada.
—Pero eso también es casi imposible —dijo al fin—. Los depósitos están vigilados. Los lotes se cuentan. Los accesos están restringidos. No cualquiera puede entrar, tocar sacos o alterar mercancía sin dejar rastro.
Garoum dio un paso más cerca.
—Entonces alguien con acceso lo hizo.
Daeron lo miró.
No quería decirlo.
Pero ya no había forma de volver atrás.
—Sí.
Su voz salió más baja.
Más dura.
—Solo alguien de dentro habría podido hacerlo.
Eliana llevó lentamente una mano a su boca.
—¿Dentro de la ciudad…?
Anna corrigió, sin suavizar nada.
—Dentro del sistema que la controla.
Lyria sintió un escalofrío.
—Eso no reduce mucho la lista… ¿o sí?
Daeron dejó escapar una risa seca. Sin humor. Sin alivio.
—Sí la reduce.
Y ese era el problema.
Todos lo miraron.
Él tardó un segundo más, como si esperara que otra explicación apareciera por sí sola y le evitara decir lo que seguía.
No apareció.
Así que habló.
—Los únicos con acceso suficiente para tocar un lote así sin levantar sospechas inmediatas…
su mandíbula se tensó.
—serían los administradores del ducado, supervisores de almacén de absoluta confianza…
hizo una pausa.
—o unos pocos nobles con autoridad directa.
Garoum frunció el ceño.
—Nombra a esos “pocos”.
Daeron no respondió enseguida.
Sus ojos se desviaron hacia Anna.
Luego hacia la calle cerrada.
Luego hacia los guardias.
Finalmente volvió a hablar.
—Los hermanos de Anna…
La frase cayó con todo su peso.
Eliana abrió los ojos.
Lyria se quedó helada.
Incluso Garoum, que ya esperaba algo grave, endureció aún más la expresión.
Daeron apretó los dientes antes de continuar.
—O gente muy cercana a ellos.
El silencio que siguió no fue solo tensión.
Fue vértigo.
Porque hasta ese momento lo que tenían era una panadería convertida en tumba y una toxina prohibida en harina de uso común.
Pero ahora…
ahora había algo peor.
Una dirección.
Una estructura.
Una mano posible detrás del desastre.
Anna bajó la mirada un instante.
No por debilidad.
Sino porque la conclusión ya estaba completa en su cabeza, y aun así dolía escucharla en voz alta.
Cuando volvió a alzar el rostro, su voz salió serena.
Demasiado serena.
—Entonces ya no estamos frente a un accidente.
Garoum la observó fijamente.
—No.
Anna sostuvo su mirada.
—Estamos frente a alguien que usó alimento básico para convertir la ciudad en un campo de ejecución.
Eliana retrocedió medio paso.
Lyria miró hacia las calles más allá del cerco, donde la gente seguía moviéndose sin saber nada, comprando, cargando, hablando, viviendo.
Daeron apretó los puños.
—Si esto es cierto…
Anna lo interrumpió.
—Lo es.
No levantó la voz.
No le hizo falta.
—La flor del silencio tarda entre uno y dos días en manifestar síntomas graves. Si este lote ya fue distribuido…
dejó la frase ahí.
Garoum fue quien la completó.
—Entonces hay más.
Anna cerró los ojos un segundo.
—Sí.
Cuando los abrió otra vez, ya no había duda en ellos.
Solo decisión.
—Tenemos que avisar a Demian de inmediato.
Daeron dio un respingo apenas perceptible.
No porque la idea fuera absurda.
Sino porque ahora entendía el verdadero filo de todo aquello.
Si el responsable estaba dentro del círculo de poder…
entonces correr hacia el ducado era pedir ayuda…
o entrar directamente en la boca del lobo.
Anna también lo sabía.
Se notaba en su rostro.
Pero aun así no retrocedió.
Porque si callaba, morirían más.
Y si hablaba…
tal vez acababa de poner un pie en una guerra que apenas comenzaba.
Thoughts
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PermalinkTal cual lo de los registros borrados: lo que se saca de los libros oficiales sigue guardado en otra parte. Me suena a que Anna leyó esos libros privados de chica, en la casa de sus padres.
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PermalinkAnna con el costado vendado regatea una hora, entra a una panadería llena de veneno y ni se sienta. Apuesto a que esa herida se le abre en el próximo capítulo, causa.
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PermalinkMe reí un montón con Lyria en su día libre, arrastrada a la compra por Eliana sin que nadie le pida opinión, y con Daeron empujando la carreta como si fuera un castigo público. Por eso la panadería duele tanto después: iban hablando de croissants con miel. Da la impresión de que Lyria se va a quedar en el grupo sin haberlo pedido, igual que se quedaron todos los demás, y esa manera de ir juntando gente rota alrededor de Anna me tiene enganchada desde hace capítulos.
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PermalinkLa flor del silencio escondida en la harina, que es lo que come todo el mundo cada mañana, me hizo pensar en que el peligro más grande casi siempre entra por lo más normal del día. Apuesto a que Anna va a ir al ducado sabiendo que puede estar pidiendo ayuda a quien puso el veneno. Gracias por traernos otra entrega, aquí seguimos.
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PermalinkÓrale, el capítulo arranca con Anna regateando cebollas y se va a dormir con una toxina de guerra metida en la harina y sus hermanos como sospechosos. Apuesto a que Demian no fue, pero sí alguien a quien él defendería sin pensarlo, y ahí Anna va a tener que elegir entre la ciudad y la poca familia que tiene. Que ella reconozca la flor del silencio con solo olerla me da más miedo de su pasado que del envenenador.
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