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Capitulo 20 Nuevas etapas

oscarmauricio
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Después de cumplir dos años y seis meses en esa unidad, llegaría el momento de realizar el curso de ascenso de Sargento Segundo a Sargento Viceprimero , un nuevo escalón en mi carrera militar que…

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Ovid

Veinte capítulos llevándote de un lado a otro. Ahora llega a entrenar nuevos desde el primer día. Lo que se pasa de generación en generación es eso: saber cómo empezar a alguien sin romperlo, sin que se quiebre lo que te formó.

Veinte capítulos llevándote de un lado a otro. Ahora llega a entrenar nuevos desde el primer día. Lo que se pasa de generación en generación es eso: saber cómo empezar a alguien sin romperlo, sin que se quiebre lo que te formó.

Contenido de la publicación

Después de cumplir dos años y seis meses en esa unidad, llegaría el momento de realizar el curso de ascenso de Sargento Segundo a Sargento Viceprimero, un nuevo escalón en mi carrera militar que significaba también mayores responsabilidades.

Sin embargo, antes de iniciar el curso recibí una nueva orden de traslado a la ciudad de Bogotá, donde debía trabajar en el Centro de Entrenamiento de la Brigada No. 13.

La misión era capacitar y entrenar a los soldados durante su primera fase de formación, desde su incorporación hasta la preparación previa al juramento de bandera.

Era un nuevo destino y, al mismo tiempo, una nueva responsabilidad dentro de mi carrera militar.

Al llegar al Centro de Entrenamiento de la Brigada No. 13, asumí la misión de formar a los soldados durante su primera etapa, cuando dejaban atrás la vida civil para comenzar a adaptarse a la vida militar, antes de llegar al juramento de bandera.

Durante seis meses me desempeñé como instructor de armamento, enseñando el funcionamiento, desarme y arme del fusil y la ametralladora, conocimientos fundamentales para un soldado que apenas comenzaba su carrera.

Recuerdo especialmente una de las primeras jornadas de instrucción. Tenía frente a mí un grupo de soldados que apenas llevaba unos días con el uniforme. Algunos todavía se movían con la inseguridad propia de quien estaba comenzando a conocer aquella nueva vida. Para muchos, el fusil que tenían en las manos era completamente desconocido.

Los reuní alrededor del armamento y comencé a explicarles, paso a paso, cada uno de sus mecanismos. Después les pedí que observaran con atención y repetí varias veces el procedimiento de desarme y arme.

—Aquí no se trata solamente de aprender rápido —les decía—. Se trata de conocer el arma que van a llevar y de entender la responsabilidad que viene con ella.

Después llegó el momento de ponerlos a prueba.

Uno por uno comenzaron a realizar el procedimiento. Algunos lo hicieron con seguridad; otros se equivocaron y tuvieron que comenzar nuevamente. Yo corregía sus movimientos, les explicaba dónde estaban fallando y volvía a demostrarles el procedimiento cuando era necesario.

En esos momentos comprendí que mi trabajo no era simplemente enseñarles a desarmar y armar un fusil.

También estaba ayudándolos a dar sus primeros pasos como soldados.

Fue una época muy especial para mí. Por primera vez podía transmitir a los nuevos soldados no solamente lo que había aprendido en los manuales, sino también lo que me habían enseñado mis años de servicio, las experiencias, las dificultades y todo aquello que había vivido como militar.

La transición de civil a soldado no es fácil. Hay que acostumbrarse a una nueva disciplina, a cumplir horarios, pedir autorización para actividades tan sencillas como comer o salir, y aprender que la vida militar tiene reglas para prácticamente todo.

Pero detrás de esa exigencia existe un proceso de formación.

Yo trataba de enseñarles no solamente a manejar un arma, sino también a comprender qué significaba vestir el uniforme, respetar a sus compañeros y asumir la responsabilidad de pertenecer al Ejército.

Fue una etapa que disfruté profundamente.

Después de tantos años de servicio y de haber vivido diferentes facetas de la vida militar, ahora tenía la oportunidad de compartir mi experiencia con quienes apenas comenzaban el camino que yo había recorrido.

Y si tuviera que volver a nacer, volvería a escoger la vida militar.

UN NUEVO GRADO, UN NUEVO DESTINO

Después de seis meses como instructor en el Centro de Entrenamiento, recibí la notificación de que debía realizar el curso de ascenso de Sargento Segundo a Sargento Viceprimero.

Entonces comprendí por qué mi traslado a Bogotá había sido tan corto.

El curso tendría una duración de tres meses y se realizaría en la Escuela de Armas y Servicios. Allí volvía nuevamente a la formación operacional: liderazgo, maniobras, lectura de cartas, inteligencia y todos aquellos conocimientos que un suboficial necesitaba para asumir mayores responsabilidades como comandante.

Para mí fue una etapa muy importante. Después de varios años desempeñándome también en funciones de inteligencia y logística, necesitaba volver a refrescar muchos conocimientos del área operacional. En el Ejército todo cambia: la tecnología avanza, los procedimientos se actualizan y un comandante debe estar preparado para adaptarse.

Los tres meses fueron una oportunidad para volver a estudiar, entrenar y prepararme para el nuevo grado que estaba a punto de asumir.

Al finalizar el curso llegó el momento esperado.

Ascendí a Sargento Viceprimero.

Había dejado atrás una etapa de mi carrera y comenzaba otra con mayores responsabilidades. Cada ascenso representaba un reconocimiento, pero también significaba algo más importante: más hombres bajo mi responsabilidad y mayores exigencias como comandante.

Sin embargo, el ascenso vino acompañado de una nueva orden de traslado.

Mi destino sería el Batallón de Infantería de Selva No. 30 Alfredo Vásquez Cobo, en Mitú, Vaupés.

Mitú se refiere principalmente a la capital del departamento del Vaupés en Colombia

  • Población: Cerca de 16.580 habitantes, con una fuerte presencia de diversas etnias indígenas.

  • Clima: Selva húmeda tropical con temperaturas cálidas.

  • Acceso: Se llega principalmente por vía aérea desde Bogotá.

  • Turismo: Destaca por el ecoturismo, los ríos y la riqueza cultural ancestral.

Era un lugar completamente desconocido para mí.

Mitú quedaba muy lejos de todo lo que hasta entonces había conocido, pero aquel destino también tenía un significado especial dentro de la historia del conflicto armado colombiano.

Yo había escuchado hablar de Mitú años atrás, cuando la guerrilla realizó la toma de la población y atacó la estación de Policía, dejando una profunda huella en la región. Aquella historia la conocía solamente por referencias.

Ahora, muchos años después, me correspondía llegar precisamente a ese lugar.

No sabía qué iba a encontrar.

Solo sabía que comenzaba una nueva etapa de mi vida militar.

Llegaba con un nuevo grado, más experiencia y muchas historias detrás.

Pero también con la certeza de que, en el Ejército, cada nuevo destino puede convertirse en el comienzo de una historia que uno todavía no imagina.

RUMBO A MITÚ

Después de recibir la orden de traslado, preparé mis uniformes, organicé mis elementos militares y me dispuse a viajar hacia mi nuevo destino: Mitú, Vaupés.

En aquella época llegar hasta allí no era tan sencillo como tomar un avión cualquier día de la semana. Solo había dos vuelos regulares, los miércoles y los sábados. La aerolínea que normalmente cubría la ruta era SATENA, y también existían vuelos de carga que ingresaban los sábados y que, dependiendo de la disponibilidad, transportaban algunos pasajeros.

Para mí, aquello ya comenzaba a darle una dimensión diferente al nuevo destino.

Fui al aeropuerto de Bogotá con la intención de comprar mi tiquete, pero no encontré disponibilidad. Necesitaba presentarme formalmente en el batallón el lunes, así que no podía esperar hasta el siguiente vuelo. Finalmente conseguí un cupo en AeroSucre, que realizaba vuelos hacia Mitú los sábados.

El plan quedó definido: viajaría el sábado, llegaría ese mismo día, me instalaría en el alojamiento del batallón y el lunes haría mi presentación formal ante el comandante.

El vuelo estaba programado para las diez de la mañana.

Llegué al aeropuerto con mis cosas perfectamente organizadas. Llevaba el uniforme en un portatrajes, una tula con mis pertenencias y, aparte, un costal con los elementos militares que necesitaba para mi nuevo destino: el equipo de campaña, la máscara y los demás implementos propios de un soldado.

El avión era muy diferente a los que normalmente había utilizado.

Era uno de esos aviones antiguos, de estructura metálica, utilizados principalmente para transportar carga. En los costados tenía unas sillas ubicadas junto a las ventanas y el resto del espacio estaba destinado a la carga. Éramos solamente seis pasajeros.

Yo era el único que no parecía ser de la región.

Los demás pasajeros tenían rasgos que me hacían pensar que eran habitantes del Vaupés. Algunos tenían características propias de las comunidades indígenas de la zona y hablaban entre ellos con la tranquilidad de quienes estaban acostumbrados a ese tipo de viaje.

Yo, en cambio, iba rumbo a un lugar que apenas conocía por referencias.

Cuando el avión despegó de Bogotá, el vuelo comenzó con absoluta normalidad. Me acomodé y disfruté del viaje. Nunca había sentido miedo a volar; por el contrario, siempre me había gustado.

Pensaba en el nuevo batallón, en mis compañeros, en el lugar donde iba a vivir y en lo que me esperaba en aquella nueva etapa de mi carrera.

El vuelo hacia Mitú duraba aproximadamente entre cuarenta y cinco minutos y una hora.

Todo transcurría tranquilamente.

Hasta que faltaban unos quince minutos para llegar.

El auxiliar de vuelo, que también ayudaba con las labores de carga y descarga del avión, nos informó con toda naturalidad que iban a apagar momentáneamente uno de los motores, el del ala derecha.

Nos explicó que pasaríamos por una zona donde normalmente se sentían fuertes movimientos de aire y que, por seguridad, el motor sería apagado durante unos minutos.

Yo escuché la explicación, pero cuando miré por la ventana y vi que efectivamente el motor comenzaba a detenerse, algo dentro de mí cambió.

No estaba acostumbrado a aquello.

Había viajado muchas veces en avión y nunca había visto apagar un motor durante un vuelo.

Miré a los demás pasajeros.

Todos permanecían tranquilos.

Entonces pregunté:

—¿Pero por qué no lo vuelven a prender?

El auxiliar me respondió con tranquilidad:

—Tranquilo, no pasa nada.

Intenté convencerme de lo mismo.

Durante unos minutos seguí mirando por la ventana y observando el motor. Los demás parecían completamente acostumbrados a aquella situación.

Hasta que ocurrió.

El avión dio un sacudón muy fuerte.

Esta vez todos nos alarmamos.

En ese instante entendí que aquellos eran los movimientos de aire que nos habían advertido. El avión se estremeció y, por unos segundos, sentí una sensación que no había experimentado durante mis anteriores viajes.

Por primera vez pensé:

¿Y si este avión se cae?

Fue apenas un pensamiento, pero se quedó conmigo durante esos minutos.

Yo había pasado años en el Ejército enfrentando situaciones de peligro, había estado en zonas de combate y había aprendido a convivir con la incertidumbre. Sin embargo, en aquel momento me encontraba sentado dentro de un pequeño avión de carga, a miles de metros de altura, sin poder hacer absolutamente nada.

Solo quedaba esperar.

Pasaron unos minutos que parecieron mucho más largos.

Finalmente, el motor volvió a encenderse.

Poco a poco recuperé la tranquilidad.

Quedaban aproximadamente quince minutos para llegar a Mitú y, esta vez, el descenso comenzó sin mayores novedades.

Cuando el avión empezó a bajar, me acerqué nuevamente a la ventana.

Y entonces apareció ante mis ojos una imagen que nunca había visto.

La selva parecía extenderse en todas las direcciones. Entre aquel inmenso territorio verde aparecía una pista de aterrizaje que, desde el aire, parecía una pequeña isla perdida en medio de la vegetación.

No se veían muchas casas.

No se veía una ciudad como las que yo conocía.

Solo aparecía la pista, algunas construcciones y aquella inmensidad verde que parecía rodearlo todo.

Mientras descendíamos, pensé:

Ahora sí estoy lejos.

Hasta ese momento sabía que Mitú estaba lejos de Bogotá, pero una cosa era saberlo y otra muy diferente era verlo desde el aire.

Además, en aquella época solamente había unos pocos vuelos a la semana.

Eso significaba que, una vez allí, salir no sería tan sencillo.

Cuando finalmente aterrizamos, lo primero que sentí fue el calor.

Era un calor fuerte, diferente al de Bogotá. Apenas bajé del avión sentí cómo el clima me golpeaba de inmediato.

Miré alrededor.

Había llegado a un lugar completamente nuevo para mí.

No sabía todavía qué historias me esperaban en aquel rincón del país ni cuánto iba a cambiar mi vida militar durante el tiempo que permaneciera allí.

Solo tenía claro algo:

había comenzado una nueva etapa de mi carrera, y Mitú iba a ser mucho más que un nuevo destino.

MI LLEGADA AL BATALLÓN

Llegó el lunes y, a las siete de la mañana, se realizó la formación. Era mi primer día oficial en el Batallón de Infantería de Selva No. 30 Alfredo Vásquez Cobo.

Me presenté con mi traje de gala. El comandante del batallón, el ejecutivo y el oficial de operaciones me dieron la bienvenida y, posteriormente, recibí la información general de la unidad: su organización, las responsabilidades operacionales, la situación de inteligencia y las condiciones de seguridad de la región.

Ese día fui el único suboficial que se presentó por traslado.

Después de recibir la información, me comunicaron que pasaría como comandante del primer pelotón de la compañía de instrucción, que en ese momento ya se encontraba en el batallón.

La compañía estaba conformada por cuatro pelotones, cada uno con aproximadamente 36 soldados. El mando estaba integrado por un capitán, dos tenientes y dos suboficiales que cumplíamos funciones como comandantes de pelotón. Cada pelotón contaba además con sus respectivos suboficiales de apoyo.

Los soldados se encontraban en la primera fase de instrucción, una etapa fundamental porque apenas estaban comenzando su transformación de civiles a militares.

Mi responsabilidad era clara: debía conocerlos, acompañarlos durante su formación, enseñarles y, sobre todo, aportarles la experiencia que había adquirido durante tantos años de servicio.

Yo llegaba con un nuevo grado y una nueva responsabilidad, pero también con muchas experiencias detrás.

Había pasado por diferentes unidades, operaciones y situaciones difíciles. Ahora me correspondía transmitir parte de todo aquello a unos jóvenes que apenas comenzaban el camino que yo llevaba tantos años recorriendo.

Sin saberlo todavía, aquellos soldados y ese pelotón se convertirían en una parte importante de mi nueva historia en Mitú.

Conoce tus soldados

Después de la presentación formal, me cambié y me dirigí hacia el pelotón que tendría bajo mi responsabilidad. Allí me presenté ante mi teniente, los demás oficiales y los 36 soldados, quienes ya llevaban aproximadamente quince días en el proceso de adaptación a la vida militar.

Una de las enseñanzas que siempre había recibido durante mi carrera era que un comandante debía conocer a sus hombres. Para mí, conocerlos no significaba solamente aprender sus nombres y apellidos. Quería saber de dónde venían, quiénes eran sus familias, qué preocupaciones tenían y qué dificultades podían estar atravesando. Eran soldados provenientes de diferentes regiones de Colombia, al igual que algunos de sus mandos.

Desde el comienzo tuve claro que debía estar cerca de ellos. Quería acompañarlos durante el proceso de formación y estar pendiente de sus problemas, incluso de aquellos que pudieran parecer pequeños. Si alguno tenía una dificultad, mi responsabilidad era escucharlo y buscar una solución dentro de mis posibilidades; si no podía resolverla directamente, debía llevarla ante el nivel de mando correspondiente.

Ya había vivido situaciones difíciles durante mi carrera y sabía que detrás de cada soldado había una familia que esperaba su regreso. Por eso no quería limitarme a cumplir una función administrativa o a impartir órdenes. Quería ser un comandante cercano a sus hombres.

La rutina comenzaba temprano. Formábamos, salíamos a trotar y posteriormente acompañaba a los soldados durante las actividades de alimentación y la instrucción del día. En las noches reforzábamos conocimientos militares como los himnos, la oración de Infantería y otros elementos propios de la formación.

Durante las tardes trabajábamos especialmente la marcha, el acondicionamiento físico y la gimnasia. Necesitaban fortalecer el cuerpo para enfrentar las exigencias que más adelante tendría la vida militar y estar preparados para soportar el equipo y las cargas propias del servicio.

Pero para mí había algo igualmente importante: la preparación mental.

Les hablaba del manejo de las emociones y de la necesidad de aprender a controlar la ira, la tristeza, el miedo y todas aquellas emociones que, si no se saben manejar, pueden afectar las decisiones y la convivencia.

Quería que entendieran que ser soldado no consistía solamente en tener fuerza física o aprender una instrucción.

También significaba aprender a conocerse, controlar las emociones, respetar a los demás y mantenerse firmes en los momentos difíciles.

Durante esos primeros días comencé a conocer realmente a mis hombres. Y mientras ellos aprendían a ser soldados, yo también comenzaba a aprender algo que había considerado fundamental durante toda mi carrera:

un buen comandante primero debe conocer a los hombres que tiene la responsabilidad de conducir.

FORMAR AL SOLDADO MÁS ALLÁ DEL UNIFORME

Eran jóvenes soldados, en su mayoría provenientes del campo y con poca formación académica. Por eso, desde el comienzo tuve claro que una de mis principales responsabilidades era lograr una buena convivencia entre ellos.

Todos estábamos dentro de una institución en la que se manejaban armas, y yo sabía que una persona que no aprendiera a controlar sus emociones podía tomar decisiones equivocadas en un momento de ira o desesperación. Situaciones de ese tipo ya habían ocurrido en el Ejército, y yo quería prevenirlas desde la formación.

Para trabajar ese aspecto contaba con el acompañamiento de una psicóloga. Le expliqué que quería enseñarles a reconocer y controlar sus emociones, especialmente en situaciones de presión. Con su orientación, diseñamos ejercicios controlados en los que los soldados eran sometidos a cierta presión verbal y física, sin sobrepasar los límites establecidos.

Durante uno de esos ejercicios, mientras realizaban la actividad, comencé a exigirles más y a cuestionarlos con frases como:

—¡Son flojos! ¡No sirven! ¡Hasta una mujer lo hace mejor! ¡Ríndanse si no son capaces!

La intención no era humillarlos, sino llevarlos a un límite controlado para observar cómo reaccionaban y enseñarles a no tomar decisiones dominados por la ira.

Cuando terminó el ejercicio, los reuní y conversamos sobre lo ocurrido. Les pregunté quién se había sentido molesto, frustrado o con ganas de responder. Como era costumbre en el Ejército, quienes querían hablar levantaban la mano y explicaban lo que habían sentido.

Entonces les expliqué que precisamente eso era lo que buscábamos: aprender a controlar las emociones antes de que ellas nos controlaran a nosotros.

Les decía que, en la vida militar, podían encontrarse con situaciones mucho más difíciles. Podían recibir una mala noticia de su familia, ver a un compañero herido o enfrentarse a la muerte de alguien cercano. En esos momentos no bastaba con ser fuerte físicamente. También había que aprender a mantener la mente bajo control.

La psicóloga acompañaba el proceso y ayudaba a manejar cada ejercicio de manera responsable. Para mí fue una experiencia muy valiosa, porque comprendí que también estaba formando una parte del soldado que muchas veces no aparece en los manuales: su capacidad para manejar lo que lleva dentro.

Pero mi trabajo con ellos no terminaba en la instrucción.

También tenía dos cabos bajo mi mando y les pedía que cada día me hablaran de los soldados. Quería conocerlos uno por uno: saber quién era el más dormido, quién tenía mayor energía, quién era más disciplinado, quién necesitaba más atención, quién era ordenado, quién tenía dificultades y, sobre todo, conocer un poco de sus familias y de sus preocupaciones.

Para mí, conocer a los hombres era una responsabilidad del comandante.

Les repetía que algún día saldríamos de allí y estaríamos nuevamente en el área de operaciones. En ese momento no tendríamos a la psicóloga, ni a los instructores, ni a todo el personal que nos acompañaba durante la formación.

Allí solamente nos tendríamos los unos a los otros.

Por eso quería que aprendieran a confiar, a respetarse y a conocerse desde el principio.

Porque, cuando llega el momento difícil, un soldado no solamente necesita saber quién está a su lado.

Necesita saber que puede confiar en él.

LA SEGUNDA FASE DE ENTRENAMIENTO

Después de terminar la primera fase de entrenamiento en Mitú, llegó el momento de continuar nuestra preparación. Los cuatro pelotones salimos por vía aérea hacia Villavicencio, donde realizaríamos la segunda fase antes de regresar nuevamente al Vaupés y quedar disponibles para las operaciones.

En Mitú existía una particularidad. Debido a la historia de la región y al recuerdo que todavía permanecía entre la población por la toma guerrillera, estaba restringido realizar prácticas de tiro con determinadas armas. Por esa razón, para completar nuestra formación debíamos desplazarnos hasta el Batallón de Infantería No. 21 Vargas, en Villavicencio.

Desde allí nos trasladamos hacia BITTER, aproximadamente a una hora de distancia, donde se concentraban las unidades para desarrollar esta segunda etapa de entrenamiento.

Durante ese mes y medio recibimos una preparación bastante completa. Los instructores, muchos de ellos con el curso de profesor militar y experiencia como instructores, desarrollaron diferentes ejercicios orientados a preparar a los soldados para las situaciones que podían encontrar posteriormente en el área de operaciones.

Realizamos maniobras tácticas, ejercicios de emboscadas y contraemboscadas, golpes de mano, asaltos e infiltraciones, además de prácticas de movimiento y reacción ante diferentes situaciones de combate. Cada ejercicio buscaba que los soldados aprendieran a actuar como un equipo, a mantener la disciplina y a responder bajo presión.

Mientras la mayor parte de la instrucción estaba dirigida a los soldados, nosotros, como comandantes de pelotón, recibíamos también una preparación complementaria. Trabajábamos aspectos relacionados con la lectura de cartas, orientación, inteligencia, conocimiento del enemigo y conducción de las unidades.

Para mí, aquella etapa tenía un significado especial. Ya no se trataba solamente de enseñarles a los soldados a manejar un arma o a cumplir una orden. Se trataba de prepararlos mental y físicamente para una realidad que podía ser muy diferente a la del entrenamiento.

Después de varias semanas de esfuerzo, pude ver cómo aquellos jóvenes que habían llegado a Mitú comenzaban a transformarse en soldados más seguros, disciplinados y preparados.

Sabíamos que todavía faltaba camino por recorrer, pero cada ejercicio, cada marcha y cada jornada de instrucción nos acercaba al momento en que tendríamos que poner todo aquello en práctica.

La preparación estaba llegando a su fin. Ahora vendría la verdadera prueba: regresar al área de operaciones.

EL JURAMENTO DE BANDERA

Durante aquel mes y medio de segunda fase de entrenamiento viví una de las etapas más importantes de mi experiencia como comandante de pelotón. Fueron semanas de marchas, ejercicios, instrucción y, sobre todo, de compartir diariamente con mis soldados.

Más allá de enseñarles los aspectos propios de la formación militar, mi propósito era conocerlos, orientarlos y moldearlos de la mejor manera posible. Quería que entendieran que ser un buen soldado no consistía únicamente en portar un uniforme, obedecer una orden o saber manejar un arma. Para mí, lo más importante era formar hombres disciplinados, responsables, respetuosos y capaces de responder correctamente en los momentos difíciles.

Durante ese tiempo compartimos largas jornadas de entrenamiento. Marchábamos, realizábamos ejercicios tácticos y enfrentábamos el cansancio propio de la instrucción. Cada día tenía la oportunidad de corregirlos, enseñarles y también conocer mejor sus capacidades y sus debilidades.

Al finalizar la segunda fase llegó uno de los momentos que todos esperábamos: el juramento de bandera.

Nos desplazamos nuevamente a la ciudad de Villavicencio, al batallón donde se realizaría la ceremonia. Después de haber completado las dos fases de entrenamiento, aquellos jóvenes estaban a punto de cumplir tres meses desde su llegada y de dar un paso importante en su vida militar.

El juramento de bandera era mucho más que una ceremonia. Era el momento en que asumían formalmente el compromiso de defender, con las armas de la República, a las instituciones y a la nación. Para nosotros, los militares, tenía un significado especial porque representaba el honor militar, el compromiso con la institución y la responsabilidad que cada uno asumía desde ese momento.

La ceremonia no correspondía únicamente a nuestro batallón. Allí se encontraban tres batallones que habían realizado la segunda fase de entrenamiento, por lo que el juramento sería un acto conjunto.

Durante dos días nos dedicamos de lleno a los ensayos de orden cerrado. Practicábamos durante el día y también en las horas de la noche. Queríamos que todo saliera bien, porque sabíamos que aquella ceremonia tendría un significado especial no solamente para nosotros, sino también para las familias de los soldados.

Muchos padres, madres, esposas y familiares viajarían para ver a sus hijos y seres queridos convertidos oficialmente en soldados.

Finalmente llegó el día.

El campo de parada estaba preparado. Las formaciones, los vehículos militares, las banderas y los estandartes daban al lugar una solemnidad especial. Todo estaba dispuesto para recibir a las familias y realizar una ceremonia a la altura de aquel momento.

Cuando comenzó el acto pude sentir la emoción de los soldados y de sus familiares. Después de tres meses de entrenamiento, de marchas, cansancio, correcciones y esfuerzo, aquellos jóvenes estaban allí, firmes frente a sus familias, prestando el juramento que marcaría el inicio de una nueva etapa de sus vidas.

Hubo un momento que guardé especialmente en la memoria.

Mientras permanecía formado frente a mis soldados, miré hacia el lugar donde estaban las familias. Entre el público podía verse el orgullo en los rostros de quienes habían viajado para acompañarlos. Algunos observaban en silencio; otros sonreían y no podían ocultar la emoción.

Entonces pensé en aquellos jóvenes que había conocido tres meses atrás.

Recordé las primeras marchas, las correcciones, el cansancio, las conversaciones y las veces que tuve que exigirles más de lo que ellos mismos creían que podían dar. Recordé también que, detrás de cada uno, había una familia que esperaba su regreso.

Por un instante dejé de ver solamente a los soldados formados frente a mí.

Vi a los hijos de alguien.

Vi a los hermanos de alguien.

Vi a los padres que habían depositado en ellos sus esperanzas.

Y comprendí todavía más el significado de la responsabilidad que yo tenía como comandante.

No solamente estábamos formando soldados para una institución. Estábamos preparando seres humanos que, después de aquella ceremonia, podían llegar a enfrentarse a situaciones en las que sus vidas correrían peligro.

Aquella reflexión me acompañó durante todo el acto.

Cuando llegó el momento del juramento, los vi levantar la mano y pronunciar las palabras que habían ensayado y esperado durante meses. Ya no eran simplemente jóvenes en proceso de formación.

Eran soldados.

Para mí también fue un momento de satisfacción. Había acompañado a aquellos hombres durante una parte importante de su formación. Los había visto llegar como jóvenes que apenas comenzaban a conocer la vida militar y ahora los veía convertidos en soldados que estaban a punto de asumir responsabilidades mucho mayores.

La ceremonia terminó, pero todavía faltaba un último paso antes de regresar definitivamente a Mitú.

Al día siguiente teníamos un vuelo con destino a Mitú.

Debíamos trasladarnos nuevamente con el personal y dejar en la unidad todo el material que habíamos utilizado durante el entrenamiento. Organizamos el armamento, la intendencia, los equipos de comunicaciones y los demás elementos que debían permanecer asegurados en el batallón.

Una vez llegamos a Mitú, los soldados quedarían libres para disfrutar de su permiso de veinte días.

La mayoría de ellos era de la región, por lo que para muchos significaba regresar a sus propios hogares, encontrarse nuevamente con sus padres, hermanos, esposas o hijos y descansar después de tres meses de entrenamiento.

Para ellos era un momento muy esperado.

Habían pasado semanas lejos de sus familias, sometidos a largas jornadas de instrucción, marchas y ejercicios. Ahora podían regresar temporalmente a sus casas antes de comenzar una nueva etapa de su vida militar.

Mi situación era diferente.

Como acababa de llegar a la unidad y debía continuar cumpliendo mis responsabilidades, no tenía ese permiso. Mientras los soldados regresaban a sus hogares, yo permanecía disponible para apoyar las actividades del batallón y prepararme para la siguiente misión.

Después del regreso del personal, nuestro pelotón asumiría una nueva responsabilidad: realizar operaciones de control en Mitú.

Ya no estábamos en una fase de entrenamiento.

Ya no eran jóvenes recién incorporados aprendiendo los fundamentos de la vida militar.

Ahora eran soldados que habían completado su formación inicial, habían prestado el juramento de bandera y estaban listos para comenzar a cumplir misiones reales dentro de la unidad.

Para mí, aquel momento representaba el cierre de una etapa y el comienzo de otra.

Durante tres meses había trabajado para formarlos, corregirlos, orientarlos y enseñarles lo que, desde mi experiencia, consideraba indispensable para ser buenos soldados.

Ahora tendría que acompañarlos en la siguiente prueba.

La formación había terminado. La misión apenas comenzaba.

EL REGRESO

Durante esos veinte días permanecí en el batallón cumpliendo las funciones que me habían sido asignadas. Aproveché ese tiempo para conocer mejor la unidad, revisar las instalaciones y mantenerme pendiente de todo lo relacionado con el regreso de los soldados. Sabía que, una vez terminara el permiso, comenzaríamos una nueva etapa.

El regreso del personal estaba previsto por vía aérea. Un día antes ingresaron quince soldados que no eran de la región, mientras que la mayoría de los integrantes de nuestros pelotones era oriunda de Mitú. Al día siguiente, como estaba previsto, llegó el vuelo de apoyo con el resto del personal.

Con ese vuelo regresaron los soldados que faltaban y, finalmente, los cuatro pelotones quedaron nuevamente completos.

Ver reunidos otra vez a los cuatro pelotones produjo una sensación especial. Durante varios meses habíamos compartido entrenamiento, marchas, ejercicios y largas jornadas de instrucción. Ahora volvíamos a encontrarnos en la unidad, pero ya no como personal en formación, sino como soldados que habían terminado su preparación y estaban listos para comenzar una nueva etapa.

Los cuatro pelotones fueron formados y organizados. Verificar el personal era lo primero, pero inmediatamente después comenzó una tarea igualmente importante: preparar nuevamente todo el material que necesitaríamos para cumplir nuestras futuras misiones.

Ese mismo día procedimos a entregar y organizar la intendencia. Cada soldado recibió nuevamente sus uniformes, equipos y los diferentes elementos de campaña. Revisamos el material, organizamos los equipos y dejamos todo dispuesto para que, ante cualquier orden, pudiéramos salir sin demora.

Después de completar la organización, llegó la noche.

Los cuatro pelotones se dirigieron a sus respectivos alojamientos de acuerdo con la distribución establecida. Había cansancio, pero también una sensación de expectativa. Habíamos regresado a Mitú y sabíamos que las cosas a partir de ese momento serían diferentes.

Yo los observaba y pensaba en el camino que habíamos recorrido.

Los había conocido cuando apenas comenzaban su formación militar. Había compartido con ellos durante meses, enseñándoles, corrigiéndolos y acompañándolos en cada etapa del entrenamiento. Los había visto esforzarse, superar dificultades y convertirse poco a poco en soldados.

Ahora estaban nuevamente allí.

Pero esta vez no había instructores esperando para corregir cada movimiento.

La etapa de entrenamiento había quedado atrás.

A la mañana siguiente entraríamos nuevamente en alistamiento, esperando las instrucciones del comandante del batallón. Todavía no sabíamos cuál sería nuestra primera misión ni qué tipo de operaciones nos correspondería realizar.

Solo sabíamos que los cuatro pelotones estaban completos, el material estaba organizado y nosotros debíamos estar preparados.

Aquella noche descansamos con una pregunta en la mente:

¿Cuál sería la primera misión que recibiríamos?

La respuesta llegaría al día siguiente.

Al día siguiente, el comandante del batallón reunió a los comandantes de los cuatro pelotones para impartir las primeras instrucciones. Después de varios meses de entrenamiento, había llegado el momento de poner en práctica todo lo aprendido.

Dos pelotones, al mando de mi capitán , recibieron la misión de desplazarse hacia el municipio de Cauru, realizando patrullajes y manteniendo presencia militar en el sector. Para aquellos soldados era el comienzo de una nueva etapa: por primera vez salían a cumplir una misión operacional después de haber terminado su formación.

Otro pelotón, al mando de un teniente, fue destinado a la zona donde se encontraba la planta generadora de energía que abastecía de electricidad a Mitú. Su responsabilidad era mantener la seguridad de esta instalación, fundamental para el funcionamiento permanente de la ciudad.

Mi pelotón, en cambio, permanecería en el batallón. Nuestra misión sería realizar patrullajes de seguridad alrededor de la unidad y por diferentes sectores del municipio de Mitú, especialmente en las entradas, las salidas y las vías de aproximación.

Aunque nuestra misión podía parecer diferente a la de los demás pelotones, yo sabía que también implicaba una gran responsabilidad. En una zona de operaciones, permanecer cerca de la unidad no significaba estar lejos del peligro. Había que mantener los ojos abiertos, conocer el terreno y estar preparados para cualquier situación.

Mientras veía partir a mis compañeros hacia sus respectivas misiones, tuve la sensación de que algo estaba a punto de comenzar.

MITÚ, MUCHO MÁS DE LO QUE IMAGINABA

Cuando llegué por primera vez a Mitú y el avión comenzó a descender, miré por la ventana y tuve una primera impresión muy diferente a la que después tendría de aquel lugar.

Desde el aire, Mitú me pareció un pueblo pequeño, casi escondido entre la inmensidad de la selva, con una pista de aterrizaje que parecía atravesar el municipio. En aquel momento pensé que iba a vivir en un lugar completamente aislado y muy diferente a todo lo que había conocido hasta entonces.

Pero con el paso de los días esa primera impresión comenzó a cambiar.

Después de permanecer una semana en Mitú y, posteriormente, pasar varios meses allí, empecé a descubrir un lugar que no se parecía en nada a la imagen que había construido antes de llegar. Aunque había conocido diferentes ciudades y regiones de Colombia, Mitú terminó convirtiéndose en uno de los lugares que recuerdo con mayor cariño.

Era un municipio bonito, limpio y organizado.

Algo que me llamó especialmente la atención fue la tranquilidad con la que vivían muchas de las comunidades indígenas. Sus habitantes eran personas amables y respetuosas, y existía una convivencia que para mí resultaba sorprendente.

Había cosas que no acostumbraba ver en otras regiones del país.

Los niños salían solos hacia el colegio, muchos se movilizaban en bicicleta y se podía sentir una tranquilidad que contrastaba con la historia de violencia que había marcado a Mitú años atrás.

El tránsito también era muy diferente al de las grandes ciudades. Había pocos automóviles particulares. La mayoría de los vehículos que circulaban pertenecían a instituciones como la Policía, el Ejército, la Alcaldía y la Gobernación. En cambio, las motocicletas eran mucho más comunes y formaban parte de la vida cotidiana del municipio.

Con el tiempo entendí que aquella tranquilidad no significaba que la historia del conflicto hubiera desaparecido.

Mitú había vivido momentos muy difíciles y su población conocía de cerca las consecuencias de la violencia. Sin embargo, cuando yo llegué, encontraba un municipio que intentaba seguir adelante con normalidad, manteniendo su identidad, sus costumbres y esa tranquilidad que tanto me llamó la atención.

También había dificultades.

Una de ellas era la comunicación. La conectividad a internet era bastante irregular y dependía mucho del lugar donde uno se encontrara. En el batallón la señal era especialmente limitada, mientras que en algunos sectores del parque podía parecer completamente diferente, casi como estar en una ciudad del interior del país.

Otra particularidad era el costo de vida.

Todo resultaba más costoso que en otras ciudades porque buena parte de los productos y suministros debían llegar desde otros lugares y recorrer largas distancias, principalmente por vía fluvial. Eso hacía que algunos alimentos y elementos de uso cotidiano tuvieran precios elevados.

A pesar de esas dificultades, mi percepción de Mitú cambió por completo.

El lugar que desde el aire me había parecido pequeño, aislado y distante terminó mostrándome otra realidad. Descubrí un municipio tranquilo, con gente amable, con una cultura diferente y con una belleza natural que poco a poco fui aprendiendo a valorar.

Mitú: aprender de su gente

Durante los dos años y seis meses que permanecí en Mitú tuve la oportunidad de conocer personas maravillosas. Más allá de la misión militar, pude acercarme a las comunidades indígenas y conocer una realidad que hasta ese momento había visto muy poco en mi vida.

Desde la unidad se realizaban diferentes actividades en beneficio de las comunidades. Se organizaban jornadas para los niños, actividades de integración y campañas de atención médica y odontológica para la población. Para nosotros podían parecer acciones sencillas, pero para muchas de esas personas representaban una oportunidad importante para recibir atención y sentir que no estaban olvidadas.

Recuerdo especialmente a los niños. Su alegría era espontánea. Muchas veces no necesitaban grandes cosas para sonreír. Una actividad, compartir con los soldados, recibir una atención médica o simplemente tener un momento diferente podía convertirse para ellos en un motivo de felicidad.

También tuve la oportunidad de aprender algunas palabras de su idioma. Al principio me parecía difícil, pero poco a poco fui aprendiendo expresiones sencillas que me permitían comunicarme con ellos. Cada palabra que aprendía era una forma de acercarme un poco más a su cultura y de demostrarles respeto por su manera de vivir.

Aquella experiencia me dejó una enseñanza que todavía recuerdo: la felicidad no siempre depende de tener mucho. Conocí personas que vivían con lo necesario y, sin embargo, mostraban una tranquilidad, una solidaridad y una alegría que muchas veces no encontraba en lugares donde aparentemente se tenía mucho más.

Algo que también admiré profundamente fue su identidad. A diferencia de otras comunidades indígenas que había conocido o de las que había escuchado hablar, sentí que estas comunidades mantenían con mucha fuerza sus costumbres, su forma de relacionarse y su identidad cultural. No parecía que necesitaran dejar de ser quienes eran para relacionarse con el mundo exterior.

Para mí fue una etapa muy bonita de mi carrera. Allí aprendí que la labor de un soldado no siempre está relacionada con las armas, las operaciones o el combate. También está en escuchar, acompañar, servir y aprender de las personas que viven en los territorios que tenemos la responsabilidad de proteger.

Mi primera impresión de Mitú

Cuando llegué a Mitú, mi primera impresión fue muy diferente a la que había tenido en otras unidades durante mi carrera militar. Venía de conocer lugares donde la presencia del enemigo era una preocupación constante, donde cada patrullaje, cada movimiento y cada salida podían representar un riesgo. Por eso, encontrarme con un municipio ya consolidado, tranquilo y con una dinámica diferente me produjo una sensación particular.

Lo primero que percibí fue la tranquilidad del lugar. Mitú estaba lejos de todo, y esa distancia se hacía sentir. Llegar hasta allí significaba entrar en un territorio con unas características completamente diferentes a las que estaba acostumbrado. Sin embargo, esa misma condición de aislamiento hacía que la presencia del Ejército tuviera un significado especial.

Al principio me preguntaba cómo sería cumplir la misión en un lugar donde no se veía una amenaza evidente. Con el paso de los días entendí que precisamente nuestra responsabilidad consistía en evitar que esa tranquilidad se perdiera. No estábamos allí esperando necesariamente un combate; estábamos para garantizar que la población pudiera continuar con su vida cotidiana con seguridad.

Nuestra función estaba enfocada principalmente en el control militar del área. Hacíamos retenes, registros, patrullajes y acompañamientos a la población civil. Eran actividades que podían parecer rutinarias, pero que tenían un propósito importante: mantener la presencia institucional y estar atentos a cualquier situación que pudiera alterar la tranquilidad del municipio.

Otra de las cosas que más llamó mi atención fue la relación con las comunidades indígenas. Tuve la oportunidad de conocer comunidades muy organizadas, limpias y trabajadoras. Me sorprendió especialmente el respeto y el cariño que muchas de estas personas demostraban hacia los soldados. Esa relación cercana me permitió entender que nuestra labor no se limitaba a las operaciones militares. También consistía en generar confianza y acompañar a las comunidades que vivían en lugares tan apartados del país.

Con el tiempo, aquella primera impresión se fue convirtiendo en un sentimiento de tranquilidad y pertenencia. Mitú dejó de ser simplemente una unidad distante a la que había llegado por razones del servicio y comenzó a convertirse en uno de los lugares que más recuerdos positivos me dejó.

Después de tantos años de carrera, uno aprende a valorar los momentos en los que regresar a la unidad significa encontrar a todos los compañeros completos, sin muertos ni heridos, y saber que la misión se está cumpliendo. En Mitú tuve esa tranquilidad.

Por eso, cuando recuerdo mi llegada, pienso que quizá no comprendí desde el primer momento lo especial que sería aquella experiencia. Con los meses entendí que una misión militar también puede medirse por aquello que se logra evitar: que no haya violencia, que la población esté tranquila, que los soldados regresen sanos y que una comunidad pueda continuar con su vida.

Mitú me dejó recuerdos que van mucho más allá de una unidad militar. Me dejó rostros, conversaciones, palabras aprendidas en otra lengua y, sobre todo, una enseñanza que llevaría conmigo para siempre: hay personas que tienen poco materialmente, pero poseen una enorme riqueza en su cultura, su identidad y su manera de entender la vida.

Mitú fue, para mí, una pausa de tranquilidad dentro de una carrera marcada por el servicio y las dificultades. Y precisamente por eso terminó convirtiéndose en uno de los mejores recuerdos de mis primeros quince años como militar.

Thoughts

  • milenaruiz

    Eso de tener que hacer lo que otros hicieron antes, pero como si fuera la primera vez. Lleva eso en la mochila sin elegir.

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  • juntaLarga

    Ya es la tercera vez que vemos llegar a un lugar nuevo y empezar a entrenar gente desde cero. El ciclo se repite, pero cada vez es diferente.

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  • Ovid

    Veinte capítulos llevándote de un lado a otro. Ahora llega a entrenar nuevos desde el primer día. Lo que se pasa de generación en generación es eso: saber cómo empezar a alguien sin romperlo, sin que se quiebre lo que te formó.

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  • lautarito_

    Veinte capítulos y siempre hay un movimiento nuevo. De un lado a otro, cerrado en un bolsillo, aprendiendo la regla que nadie eligió.

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