Vale pero escúchame, Ben persiguiendo al cervatillo mientras cuatro elfos lo vigilan desde los árboles con el arco listo 😅 qué combo
Capitulo 2 (reescrito)
Pensamiento
Vale pero escúchame, Ben persiguiendo al cervatillo mientras cuatro elfos lo vigilan desde los árboles con el arco listo 😅 qué combo
Contenido de la publicación
Thomas abrió los ojos de golpe, sintiendo algo cálido y rasposo deslizarse por su mejilla, y antes de que pudiera reaccionar, un olor fuerte y penetrante lo golpeó de lleno, haciéndolo arrugar la nariz con una mueca. Parpadeó confundido, todavía medio perdido entre el sueño y la vigilia, y lo primero que vio fue el rostro de Ben, tan cerca que casi se rozaban las narices, mirándolo con esos ojos grandes y brillantes, la lengua aún fuera tras haberlo lamido.
—¡Ugh, Ben! —exclamó con voz ronca por el sueño, apartando la cara con una sonrisa entre divertida y asqueada—. ¡Qué asco, amigo!
se limpio la cara y miró a su alrededor: los leves y dorada rayos de luz se filtraba por las rendijas del refugio, bañando todo con un brillo cálido y tranquilo. Ya era de día. Había logrado dormir, de verdad dormir, despues de lo ocurrido sobre ellos. Y Ben, fiel como siempre, se había quedado a su lado, sin moverse, esperando a que despertara.
El pastor aleman soltó un pequeño ladrido alegre y movió la cola con fuerza, golpeándola contra la pared de madera de uno de los estantes, orgulloso de haberlo despertado. Thomas soltó una risa suave y lo acarició detrás de las orejas, sintiendo el pelaje espeso y cálido bajo su mano.
—Está bien… ya estoy despierto —le dijo en voz baja—. Gracias.- Miro a su alrededor y dejo su rifle en el suelo a su lado y con algo de esfuerzo se puso de pie.
Sintiendo un pinchazo en su muslo al moverse tan bruscamente y se detuvo unos segundos probando que tanto podia moverse sin sentir un dolor fuerte, tomo una respiración profunda y se enderezó con cuidado y lentitud, sentía la pierna rígida pero no le dolia tanto como el dia anterior, era una buena señal la medicina habia funcionado, sonrio al estar de pie y se estiro con cuidado de no esforzar mucho su pierna y miro a Ben.
-Vamos... es hora de desayunar,... nos espera un largo dia.- Ben respondió con un ladrido alegre y se puso de pie caminado y moviendo alrededor de Thomas.
El chico se rio y negó con la cabeza acercándose a uno de los estantes improvisados y revisó entre sus pocas provisiones antes de tomar una barra de cereal añeja y un cantimplora para ambos sin olvidarse de un cuenco para vertir un poco de agua para Ben.
Partió la barra de cereal con los dedos, haciéndola crujir entre la sequedad, y le ofreció la mitad al perro antes de sentarse en el borde del lecho de paja, cuidando siempre de no apoyar peso de más en la pierna herida. Ben se sentó derecho frente a él, la cola golpeando suavemente el suelo, esperando con paciencia casi humana su turno, sin intentar arrebatárselo de las manos.
—Tranquilo, que no se va a ninguna parte —le dijo con una sonrisa suave, depositando el trozo en el cuenco junto con el resto de su comida—. Comamos despacio, que lo bueno dura poco… y esto es lo único que tenemos por ahora.
Llenó el cuenco con agua con cuidado, sin derramar ni una gota, y luego bebió él mismo un trago corto y mesurado de su cantimplora, saboreando la frescura del líquido que le devolvía la vida al cuerpo. Masticó su propia ración despacio; estaba seca y un poco dura, pero le llenó el estómago y le dio calor, y eso bastaba. Lo hacía con calma, disfrutando de ese instante de paz, consciente de que en cuanto cruzaran esa puerta, todo se volvería peligroso e incierto otra vez.
Mientras terminaba, acarició la cabeza de Ben y lo miró con gratitud, viendo cómo comía con apetito pero siempre atento a él, vigilante incluso en la tranquilidad de la mañana.
—Hemos sobrevivido un dia mas... —murmuró más para sí mismo que para el perro, con la mirada fija en la rendija por donde entraba la luz—. Y mi pierna mejora… eso es algo. Puede que hoy sea un mejor dia, ¿verdad?
Ben alzó la cabeza al oírlo y soltó un ladrido breve y firme, como dándole la razón. Thomas asintió, guardó lo que sobraba con esmero, cerró la cantimplora y respiró hondo, sintiéndose un poco más fuerte, un poco más listo para lo que viniera.
Guardó la cantimplora bien ajustada al cinturón, y se acerco a la cama para tomar su chaqueta metiendo el resto de la barra en el bolsillo interior de la chaqueta y pasó una mano por encima, asegurándose de que no se perdiera antes de ponersela. Luego se inclinó para recoger el rifle, lo apoyó entre las manos y lo revisó por costumbre: cerrojo limpio, una Bala en la camara, seguro puesto. Todo en orden.
Ben ya había terminado y estaba de pie, sacudiéndose levemente el pelaje, con las orejas erguidas y la mirada fija en la puerta, como si supiera que el momento de quedarse quietos había pasado. Thomas le dedicó una media sonrisa y le hizo una seña con la cabeza.
—Vamos —dijo, esta vez con voz más firme—. No nos quedaremos aquí esperando a que algo nos encuentre.- Rápido se inclino haciendo una mueca de dolor por su pierna y tomo de debajo de su cama su mochila de emergencia y tomo tres balas antes de volver a esconderla y ponerse de pie mientras las guardaba en su bolsillo tomando su mochila del dia anterior y empezó a moverse.
Avanzó despacio hacia la salida, probando la pierna a cada paso; ya no dolía con cada movimiento, solo una molestia sorda y constante, lo bastante manejable para caminar. Al llegar a la puerta, se detuvo un instante con la mano en el cerrojo, respiró hondo y echó una última mirada atrás al pequeño refugio que los había protegido toda la noche. No era mucho, pero les había servido.
—Gracias —susurró al aire del lugar—. Pero ya es hora de seguir.
Abrió la puerta con cuidado, dejando entrar la luz y el aire fresco de la mañana. El bosque se extendía frente a ellos, tranquilo bajo el sol que empezaba a subir. Ben salió primero, olfateando el aire con la nariz bien alta, y luego se giró a esperarlo, fiel a su lado. Thomas lo siguió, cerrando la puerta tras de sí con suavidad, y la oculto de nuevo, mirando todas las direcciones despues de hacerlo, Y al ver que Ben estaba tranquilo asintió y se enderezó dedicándole una mirada a los arañazos, y aire se le quedó un poco más pesado en el pecho al ver aquellos surcos profundos rasgados en la madera y la tierra, como si unas garras enormes hubieran querido arrancar el mismo refugio de raíz. Se quedó un instante inmóvil, recorriéndolos con la mirada y luego con la punta del rifle, comprobando lo que ya sabía: la madera estaba astillada, los goznes cedidos, y si aquella criatura volvía a empujar o golpear con fuerza, no habría nada que se interpusiera entre ellos y ella. No era un lugar seguro. No del todo.
Ben se detuvo junto a él, siguió su mirada hacia las marcas y soltó un gruñido bajo y gutural, sintiendo también la amenaza que dejaban atrás. Thomas le puso una mano sobre el lomo para calmarlo, pero su propia mente ya trabajaba a toda velocidad, anotando cada detalle con la misma claridad con la que revisaba su arma.
—Lo sé… —murmuró para ambos, con la voz tensa pero decidida—. No aguantaría otra vez. Si vuelve, nos encontraría. Y no quiero despertar con eso respirando encima.
Se pasó una mano por el rostro, frotándose los ojos para apartar la inquietud, y enderezó la espalda. Tenía dos opciones claras, grabadas a fuego ahora mismo: reforzar las paredes y la puerta con ramas gruesas y troncos, o encontrar la forma de borrar su rastro, de que aquel lugar dejara a oler a ellos. Quizás ambas.
—Hierbas fuertes, tierra húmeda, resina… lo que use el bosque para esconderse —se dijo a sí mismo, trazando el plan en voz baja—. Y tablones. Troncos. Algo que aguante. No volveremos a dormir sin protección.
Se acomodó mejor la mochila, apretó las correas, y echó una última mirada hacia el refugio, no como despedida, sino como una promesa silenciosa de volver y dejarlo seguro.
—Vamos —dijo, y esta vez su paso fue más firme—. Primero avanzamos, aun debemos recolectar provisiones para ir a la ciudad, despues nos ocuparemos de reforzar nuestro refugio.
Ben movió la cola y se puso en marcha a su lado, y Thomas siguió caminando con el peso de esa nueva tarea en la mente, pero también con algo más: la determinación de no dejar que el miedo los echara de su hogar. Lo protegería. Lo protegería a él, a Ben, y a lo que les quedaba de vida.
....
…Varis caminaba con paso calmado, sereno, aunque cada golpe que llegaba a sus oídos le hacía fruncir levemente el entrecejo. Los sonidos de la espada chocando contra la madera llegaban nítidos, cargados de rabia contenida, de frustración que no encontraba otra salida que romper y golpear. El aire alrededor de Thalion vibraba con una furia antigua, profunda, como raíces que se retuercen bajo la tierra.
El guardián no se apresuró. Sabía que la prisa solo avivaba el fuego que consumía al otro. Avanzó entre los árboles con paso ligero, sin romper ramas, sin hacer crujir la hojarasca, hasta que la figura de Thalion se dibujó entre la penumbra: frente a un tronco grueso y antiguo, con la espada desenvainada, golpeando una y otra vez, con fuerza desmedida, hasta que la madera ya mostraba decenas de cortes profundos, astillas esparcidas por todo el suelo como heridas abiertas.
—Golpear el bosque no borra lo que pasó —dijo Varis con voz suave, pero lo bastante clara para cortar el ruido de los golpes.
Thalion se detuvo de golpe, la espada levantada en el aire, los hombros temblando con la respiración agitada. No se giró de inmediato. Sus nudillos estaban blancos aferrando el puño, y una gota de sudor, o quizás de algo más oscuro, le recorría la sien.
—No estoy golpeando al bosque —respondió con voz ronca, áspera, como si las palabras le costaran salir—. Estoy… gastando esto. Antes de que rompa otra cosa.
Bajó el arma lentamente, pero no la soltó. Sus dedos seguían rígidos, como si el acero fuera la única cosa que lo mantenía anclado a la tierra. Varis dio un paso adelante, deteniéndose a una distancia respetuosa, sin invadir su espacio.
—La rabia es como la maleza —dijo el guardián, mirando los cortes en el tronco—. Si la dejas crecer sin control, ahoga todo lo demás. Incluso a ti mismo.
Thalion soltó un bufido amargo y clavó la punta de la espada en el suelo, apoyando una mano sobre el pomo. Por fin giró la cabeza hacia él; sus ojos, normalmente serenos, estaban nublados, oscurecidos por la culpa y la furia.
—¿Y qué quieres que haga? —preguntó, con una dureza que se quebraba al final—.l—. Se llevaron a dos protegidos. Dos seres que debíamos proteger fueron arrancados por esos seres despreciables… por el descuido de esos mocosos.
Varis lo miró con atención, escuchando la culpa y el dolor desgarrador que se desbordaba en sus palabras, y suspiró hondo, un suspiro que parecía llevar el peso de años de viento entre las copas de los árboles. Dio un paso más, acercándose lo suficiente para que su voz llegara clara y firme, sin perder la calma.
—¿De verdad crees que esos chicos hubieran podido hacer algo? —preguntó suavemente, pero con fuerza—. Envié a Eryn a investigar lo ocurrido y a los invasores. Lo que encontró… no fue falta de cuidado. Fue precisión y cuidado. Sabían lo que hacían, cubrieron su rastro, atacaron cuando menos esperabamos. Fueron fuerzas y experiencia que superan lo que un par de jóvenes que no están acostumbrados a lidiar con Humanos, por valientes que sean, No saben lo que conllevar tratar con ellos.
Thalion apartó la mirada, apretando los dientes con tanta fuerza que la mandíbula le dolió. Sus manos, todavía cerradas sobre el pomo de la espada, temblaban, y no solo por la rabia.
—Debí estar allí —murmuró, casi para sí mismo—. Debí vigilarlos yo. Si hubiera estado en mi puesto…- …Varis negó con la cabeza mientras se acercaba lentamente, sus pasos suaves sobre la hojarasca, sin prisa pero con firmeza, como quien coloca una piedra sobre otra para levantar la verdad.
—El resultado habría sido el mismo —dijo con tono serio, sin suavizarlo, pero sin juzgar—. Fuimos descuidados. La última vez que lidiamos con un grupo de humanos, ellos eran diferentes: estaban desesperados, entraron sin pensar, y nosotros estábamos alerta. Fue fácil tratar con ellos.
Hizo una pausa, y en su mirada se reflejaba la inquietud de quien comprende que las reglas han cambiado.
—Pero estos… no vienen huyendo. Vienen buscando. Saben esconderse, saben elegir el momento exacto, saben lo que quieren y dónde hallarlo. No se dejaron ver hasta que ya era demasiado tarde. Ni tú, ni yo, ni nadie habría podido preverlo del todo.
Thalion permanecía inmóvil, los puños cerrados con tanta fuerza que los nudillos se le habían tornado blancos. Las palabras del guardián caían sobre él pesadas y claras, desmontando poco a poco la culpa que lo había consumido.
—¿Entonces no hay nada que pudiéramos haber hecho? —preguntó, y su voz se quebró apenas, entre la rabia y la desolación—. ¿Debemos aceptar simplemente que vinieron y se los llevaron, y que no podíamos impedirlo?
—No dije eso —respondió Varis con decisión—. Dije que no pudimos evitarlo entonces. Ahora… ahora sí podemos hacer algo. Podemos entenderlos. Podemos prepararnos. Y podemos recuperarlos.
El guardián dio un paso más, acercándose hasta estar a su lado, y miró hacia el sendero donde la luz del sol se filtraba entre las ramas, como si pudiera ver más allá de los árboles.
…—Eryn sigue su rastro —continuó—. Siguen en el bosque. Ella cree que se están escondiendo, y que los protegidos siguen con vida.
Las últimas palabras cayeron como un rayo de sol entre la espesura. Thalion dio un paso adelante, los ojos encendidos, la culpa cediendo paso a una esperanza que no se atrevía a nombrar.
—¿Vivos? —repitió, casi sin aliento—. ¿Estás seguro?
—Eryn no se apresura a afirmar nada —respondió Varis con calma, pero con seguridad—. Pero las huellas que sigue no mienten. No hay rastro de violencia innecesaria, no hay señales de que… los hayan lastimado. Los llevan con ellos, sí, pero con vida. Y se mueven con cautela, como si temieran que los descubran. No avanzan hacia la salida. Se adentran.
Thalion asintió lentamente, apretando y aflojando los puños, como si su cuerpo buscara ya la acción. La rabia no desapareció, pero ahora tenía un propósito claro.
—Si se adentran… —murmuró, mirando hacia lo profundo del bosque—. Es porque buscan algo. O porque quieren que nadie los encuentre.
—Ambas cosas son posibles —dijo Varis—. Pero mientras se esconden, también pierden tiempo. Eso nos da ventaja. Y nos da esperanza.
El guerrero enderezó la espalda, respirando hondo, y la mirada que levantó ya no era la de quien se castiga por el pasado, sino la de quien lucha por el futuro.
—Entonces tenemos un camino —dijo con voz firme—. Alcanzar a esos hombres y recuperar a los nuestros… y asegurarnos de que nadie más caiga en su paso.
Varis asintió lentamente, recargando el peso del cuerpo sobre su basto de madera oscura, y la serenidad de su mirada se tornó grave, seria como la corteza de un roble antiguo.
—Sí… es correcto. Pero debemos hacerlo con cuidado. No podemos alertarlos a ellos, y mucho menos poner en peligro a los nuestros… Para ello—hizo una pausa breve, sosteniéndole la mirada sin apartar los ojos—. Deberás reparar lo ocurrido ayer con los jóvenes. No puedes perder el control de nuevo. Y mucho menos herirlos sin motivo.
Thalion se quedó inmóvil, como si las palabras lo hubieran detenido en seco. Bajó la mirada un instante, hacia la tierra removida donde había clavado la espada, y un leve rubor le subió a las mejillas, mezcla de vergüenza y reconocimiento.
—Lo sé —dijo, y su voz sonó más baja, sin defensas—. Fui injusto. Los culpé por algo que no era su culpa… y los miré con dureza cuando solo merecían protección.
Pasó una mano por el cabello, inquieto, y luego la dejó caer a su costado, apretando los dedos como si buscara la forma de expresar lo que le pesaba.
—Me cegó el miedo —reconoció—. El miedo a haber fallado. Y en lugar de cuidarlos… los juzgué. No volverá a pasar.
—Las palabras se las lleva el viento, pero las acciones dejan huella —respondió Varis con suavidad, aunque sin suavizar la verdad—. Ellos llevan miedo, cansancio, heridas… y aun así siguen adelante. Necesitan confiar en nosotros. Y la confianza no se pide: se gana.
Thalion asintió con firmeza, enderezando la espalda y levantando la vista. Ya no había furia en su mirada, solo propósito sincero.
—Lo haré bien esta vez —prometió—. Les pediré perdón. Les diré la verdad, sin ocultar el peligro, pero sin quitarles la esperanza. Y lucharé junto a ellos, no por encima de ellos.
…—Así debe ser —convino el guardián, y una tenue sonrisa le suavizó el rostro—. El bosque nos ha dado una nueva oportunidad. No la desperdiciemos. Vamos… he convocado a los exploradores en tu nombre. Ellos serán clave para encontrarlos.
Thalion asintió, sintiendo cómo la determinación lo llenaba por completo.
—Bien —dijo, desenvainando la espada un instante para mirar el brillo del acero bajo la luz—. Que se reúnan con nosotros. Cada par de ojos, cada rastro que puedan leer… nos acerca más a traerlos de vuelta.
Caminaron juntos, avanzando ya sin demora hacia donde el bosque se abría en un claro amplio y bañado por la mañana, era el lugar donde los exploradores se reunían y entrenaban.
......
Aina bostezó con sueño mientras se frotaba los ojos, había dormido profundamente, como no lo hacía desde hacía días, envuelta en la calidez de su habitación y en la certeza de que allí nada podría tocarla. Se estiró despacio, sintiendo el cuerpo ligero, sin el peso de la culpa que la había aplastado al volver la tarde anterior. El sol ya entraba generoso por la ventana, tiñendo el suelo de madera de tonos dorados, y el silencio de la casa era suave, tranquilo.
Se sentó en el borde de la cama, pasándose una mano por el cabello revuelto, y sonrió al recordar la cena, las palabras de sus padres, la mano de su madre curándole las heridas como si nunca hubieran estado. Aquel refugio era real, y el amor que lo llenaba también. Se puso de pie despacio, caminó hacia la ventana y miró hacia el bosque que se extendía allá afuera, inmenso y verde bajo la luz de la mañana.
—Hoy será distinto —susurró al aire, con voz firme y esperanzada—. Hoy lo arreglaremos.
Se dio una ducha rapido, se vistió con ropa limpia y salió de su cuarto hacia la cocina, siguiendo el aroma familiar de pan y hierbas que flotaba en el aire. Sabía que afuera seguían existiendo el peligro, la pérdida y la ira de Thalion… pero también sabía que no estaba sola. Y eso era suficiente para empezar el día con el corazón ligero.
Al entrar en la cocina, el olor a pan recién horneado y miel la envolvió por completo, tan cálido y familiar que le hizo cerrar los ojos un instante de pura gratitud. Sylora estaba junto a la mesa, acomodando platos con esa gracia suya, y al verla llegar alzó la vista con una sonrisa dulce y serena, la misma que siempre lograba calmarla sin necesidad de palabras.
—Buenos días, sol —le dijo con voz suave—. Pensé que te despertarías más tarde. Descansaste bien, ¿verdad?
Aina asintió y se acercó para abrazarla por la espalda, apoyando la mejilla contra su hombro, sintiendo la calidez y la fuerza tranquila que emanaba su madre.
—Sí… muy bien —respondió con sinceridad—.Me siento mucho mas tranquila.
Desde el otro lado de la mesa, Aelar levantó la vista de lo que estaba haciendo y le dedicó una sonrisa amplia y cariñosa.
—Eso me alegra oírlo —dijo él, señalando la silla frente a sí—. Ven, siéntate. Tu madre preparó todo lo que te gusta.
Aina se sentó de inmediato, sintiendo cómo la mesa caliente le acariciaba los antebrazos y el aroma de la comida le abría el apetito de golpe. Aelar le sirvió con cuidado una generosa porción, y le puso delante también una jarra con leche tibia y miel, todo exactamente como le gustaba.
—Hoy no hay prisas —repitió él, acomodándose en su propia silla—. Hoy el tiempo es nuestro. Come despacio, hija.
Sylora tomó asiento a su lado y, antes de empezar, posó una mano sobre la de ella con suavidad, mirándola con esos ojos verdes que parecían saberlo todo.
—Me alegra ver esa luz en tu mirada otra vez —le dijo en voz baja—. La noche pesa, sí… pero siempre se acaba. Y el sol vuelve a salir.
Aina sintió que se le llenaban los ojos de algo dulce y cálido, y apretó la mano de su madre antes de asentir con una sonrisa sincera.
—Lo sé —respondió—. Y gracias. Por todo.
Empezaron a desayunar entonces, entre el tintineo suave de los cubiertos y palabras tranquilas, sin mencionar castigos, ni criaturas, ni pérdidas. Solo eran ellos tres, en su casa, en la luz de la mañana, compartiendo pan y cariño. Y por un rato, fue suficiente para creer que todo saldría bien. Y entonces un pajarillo golpeó con cuidado la ventana, era un mensajero tenia una nota atada en una de sus patas.
El sonido suave pero insistente contra el cristal las hizo alzar la vista a la vez. Un pajarillo de plumaje oscuro y mirada viva se mantenía allí, aleteando apenas para sostenerse, con una pequeña tira de pergamino atada con hilo fino a una de sus patas. No era un ave cualquiera; todos en la aldea conocían a los mensajeros, y ver uno tan cerca de casa, y precisamente a esa hora, hizo que el aire cálido de la cocina se enfriara de golpe.
Sylora dejó el cubierto sobre la mesa con un sonido metálico leve y se enderezó despacio, aunque su expresión seguía serena —demasiado serena, como si ya supiera de qué se trataba. Aelar se puso de pie de inmediato, se acercó a la ventana con paso firme y abrió con cuidado, dejando entrar al pajarillo que se posó ligero sobre su muñeca. El animal no parecía asustado, solo cumpliendo su encargo.
—Viene de Thalion —dijo él con voz grave, apenas al ver el sello tallado en la cera que sellaba la nota.
Aina sintió cómo se le apretaba el pecho, la tranquilidad de minutos antes desvaneciéndose como niebla al sol. No esperaba nada bueno. Aelar desató el pergamino con dedos ágiles, lo desdobló y leyó en silencio. Su rostro no cambió gran cosa, pero la mandíbula se le tensó levemente, y cuando alzó la vista hacia ellas, había una mezcla de preocupación y determinación en sus ojos.
-Te esta convocando princesa, a ti, a tus compañeros y a los exploradores al campo de entrenamiento.- Aeler termino de leer el papel y miro a su esposa por unos segundos Antes de volver a mirar a su hija.
Aina sintió que el aire se le quedaba atascado en la garganta. Dejó el cubierto con un sonido casi imperceptible y se quedó mirando el pergamino que aún sostenía su padre, como si aquel trozo de papel pudiera arder en cualquier momento. No era solo una convocatoria: era Thalion llamándolos a todos juntos, al lugar donde solía entrenar, donde su voz retumbaba con más peso y donde cada palabra se sentía como sentencia.
—¿A todos? —preguntó con voz apenas audible—. ¿A Elwing, a Corin, a Valens… y a mí?
Aelar asintió despacio, doblando el pergamino entre sus dedos con cuidado, como si manejara algo frágil y peligroso a la vez.
—A los cuatro —confirmó él, y su tono era suave pero firme—. Y a los exploradores también. Dice que hay que rendir cuentas, revisar lo ocurrido y establecer nuevas reglas para que no se repita.
Sylora puso una mano sobre el hombro de su hija y la apretó con fuerza, transmitiéndole toda su calma. Miró a Aelar y luego a Aina, sin rastro de miedo en el rostro, solo esa serenidad que la hacía parecer inquebrantable.
—Iré con ella —dijo con decisión—. No irá sola a enfrentarlo. Y hablaré con Elwing también. Esto no puede resolverse solo con gritos y culpas.
Aina tragó saliva y asintió, sintiendo cómo el corazón le martilleaba contra las costillas, pero al mirar a su madre y a su padre, supo que no estaba indefensa. Eran los guardianes del bosque, sí, pero también eran su familia. Y la verdad, por pequeña que fuera, la llevaban consigo.
—Terminemos de comer —dijo Aelar, guardando la nota en el bolsillo interior de su túnica—. Y luego te acompañaremos... no te preocupes queridas, no estas sola...-
Aina tomó aire, lo soltó despacio y volvió a mirar su plato. El día había empezado tan tranquilo… y ahora el camino se volvía cuesta arriba otra vez. Pero esta vez no caminaba a ciegas ni sola. Y eso bastaba para dar un paso tras otro. Las palabras de su padre cayeron sobre ella como un abrigo cálido en medio del frío, y Aina sintió cómo el nudo que le apretaba la garganta se aflojaba un poco. No estás sola. Tres palabras sencillas, pero que de pronto pesaban más que toda la ira de Thalion junta.
Terminó su desayuno despacio, masticando cada bocado con calma, aunque el sabor se le había vuelto más tenue. Sabía que el tiempo de paz en aquella cocina estaba llegando a su fin, y por eso procuró guardar cada instante: el aroma del pan, la luz dorada sobre la mesa, la mano de su madre rozando la suya de vez en cuando, la mirada firme y tranquila de su padre. Todo eso era suyo, y nada de lo que pasara allá afuera podía arrebatárselo.
Cuando los platos quedaron vacíos, se levantó junto con ellos y se lavó las manos en el cuenco de agua junto a la puerta. Sylora le acomodó el cuello de la túnica con gesto preciso y cariñoso, y al hacerlo, le susurró bajito:
—Mantén la cabeza alta, hija. No has hecho nada por lo que avergonzarte. Las cosas pasan, y la culpa no pesa solo en un lado.
Aina asintió y se pasó una mano por el cabello, respirando hondo para reunir fuerzas. Aelar colgó su espada al cinto —no como amenaza, sino como señal de respeto y autoridad— y les abrió la puerta con un ademán serio.
—Vamos —dijo— no los hagamos esperar.- Cruzaron el umbral juntos, y el aire fresco de la mañana los recibió de lleno, limpio y vigorizante, aunque Aina sintió que el camino de pronto se hacía más largo y pesado con cada paso. El sendero serpenteaba entre árboles altos que se mecían suavemente con la brisa, como si el bosque mismo los acompañara en silencio, conocedor de cada verdad y cada secreto que guardaba la tierra.
A la distancia ya se distinguía el claro, amplio y despejado, donde solían reunirse para entrenar y recibir instrucción. Allí se veían las figuras de Elwing, Corin y Valens, de pie, esperando, con las cabezas ligeramente bajas y los hombros tensos, como si el peso de la espera ya los estuviera presionando. Junto a ellos estaban los otros exploradores, y más adelante, en el centro del claro, la figura imponente de Thalion, de espaldas, mirando hacia los árboles sin moverse. Su sola presencia llenaba el espacio de una gravedad que se sentía hasta en el aire.
Sylora caminaba erguida a su lado, sin prisa pero sin demora, y Aelar del otro lado, con la mano posada con firmeza pero sin rudeza sobre el hombro de su hija, sosteniéndola con un contacto que lo decía todo: no te apartes, aquí estamos.
—Respira —le murmuró su madre apenas, sin volver la vista—. Di lo que viste, lo que sentiste, la verdad sin adornos. Eso es suficiente.
Aina asintió con un movimiento casi imperceptible y apretó las manos a los costados para que no le temblaran. Al acercarse, el sonido de sus pasos sobre la hierba seca fue lo único que se escuchó, y Thalion se giró despacio hacia ellos. Su mirada era severa, pesada, pero cuando sus ojos se posaron en Sylora y Aelar, algo en su expresión se tensó aún más, como si no hubiera esperado encontrarlos allí, de pie junto a la muchacha y no detrás de ella.
Llegaron hasta donde estaban los demás y se detuvieron en línea con sus compañeros, sin apartarse, sin ceder terreno. Aina alzó la vista entonces, recordando las palabras de su madre, y encontró los ojos de Elwing, que le devolvió una mirada llena de inquietud pero también de comprensión. No estaban solos. Y eso, justo en ese momento, era la mayor fortaleza que tenían.
-Familia Amakiir... que sorpresa verlos a todos aqui... Syrola, Aaler si quieren pueden acompañar a los otros 'invitados' mientras hablo con los jóvenes.- Syrola Miro a su esposo confundía y luego miro la dirección donde Thalion señalaba y se sintió avergonzada al ver a Lord Varis, junto Arwen, la madre de Corin, Ivellion el padre de Valens, Y por ultimo los padres de Elwing; Haldir y Saffana.
Varis sonrio con algo de burla y con la mano le indicó a ambos padres que se acercaran.
-Syrola, Aaler... que sorpresa, que los trae a este entrenamiento intensivo para los exploradores?...- El anciano no pudo ocultar la burla en sus palabras, el habia enviado los mensajes y habia ocultado un poco la información, los chicos no estaba allí para ser juzgados, sino para recibir nuevas instrucciones y un pequeño escarmiento por el día anterior.
Sylora parpadeó un instante, desarmada por completo. Había estado preparada para enfrentar la ira, los reproches, cualquier severidad… pero no esto. No una asamblea de familias y ancianos, convocada sin que supieran el alcance real, y mucho menos con Lord Varis mirándolos con esa media sonrisa entre afable y burlona, como si todo el asunto no fuera más que una lección que se les había escapado de las manos.
Aina apretó los puños a los costados, sintiendo cómo el corazón se le desbocaba otra vez. Al ver a todos los padres allí —Arwen con la postura erguida y serena, Ivellion con esa mirada aguda que parecía verlo todo, Haldir y Saffana de pie juntos, tranquilos— comprendió que Thalion no los había llamado solo para rendir cuentas. Había algo más, algo que no se esperaba. Y Varis… él lo había orquestado todo, y les había enviado la nota sin decirles que las familias también estarían presentes.
Aelar dio un paso adelante, sin perder la compostura, aunque su voz se volvió firme y clara, llevando hasta el anciano sin alzarla.
—Nos trae nuestra hija —respondió sin vacilar—. Y la verdad. Pensamos que venía a responder por lo ocurrido, no a una reunión de la que no se nos dijo el alcance. Pero ya que estamos aquí, nos quedaremos.
Sylora recuperó el control de inmediato, enderezando la espalda y devolviéndole la mirada a Varis con la misma calma que él, sin rastro de confusión ahora.
—Entiendo que hay formas de hacer las cosas que no siempre se dicen por completo —dijo con serenidad—. Pero no se confundan. No venimos a interferir en el entrenamiento ni a cuestionar la autoridad. Venimos a estar presentes. Y a escuchar.
Varis soltó una risa suave, casi sin sonido, y asintió como si aprobara aquella respuesta. Hizo un gesto hacia los demás padres que ya estaban reunidos a un lado, observando todo con atención.
—Entonces acérquense —les indicó con tono amable pero que no admitía negativa—. No se lo perderán. Se está estableciendo lo que debió quedar claro desde el principio: que el bosque no perdona descuidos, pero tampoco castiga sin medida. Y que hay diferencias entre fallar y ser negligente… diferencias que no todos parecen dispuestos a reconocer.
Thalion permanecía rígido al frente, sin apartar la vista de los cuatro jóvenes, y Aina comprendió de golpe: no era un juicio. Era una lección. Y Varis había dispuesto que estuvieran todos allí para que se aprendiera bien, tanto por parte de ellos como de quien juzga. Respiró hondo y alzó la vista, encontrando la mirada de su madre, que le asintió con firmeza. Estaban allí. No se iban a ninguna parte. Y la verdad seguiría siendo la misma, la dijeran con reproches o con instrucciones nuevas.
-Thalion bajó la mirada un instante, la mandíbula apretada en una línea rígida y tensa. Sabía tan bien como cualquiera allí que la autoridad de Varis se alzaba por encima de todo: no era solo antigüedad ni título, era el peso de siglos viendo crecer y caer generaciones, de haber guiado al bosque en tiempos que los demás solo conocían en leyendas. Discutir con él no era perder una discusión; era hablar con la montaña y esperar que se moviera. Y las montañas no se mueven.
Se giró despacio hacia los cuatro jóvenes y los exploradores, y aunque su rostro seguía severo, aquella cólera ciega que los había golpeado en el claro parecía haberse enfriado, templada por la presencia del anciano y de todas las familias allí reunidas. No podía dictar sentencia como si fuera el único dueño de la verdad. No cuando Varis lo estaba observando todo con esa calma que no prometía piedad para nadie, ni siquiera para él.
—Entonces hablemos claro —dijo Thalion al fin, y su voz ya no tronaba, sino que cayó pesada y medida sobre el claro—. No vine aquí para destituirlos ni para echarlos. Vine porque dos de los nuestros se perdieron, y duele. Duele profundamente. Y duele más saber que pudo evitarse. Pero Lord Varis tiene razón: castigar sin mirar no es justicia, es solo ira. Y la ira no protege a nadie.
Miró a cada uno de ellos, deteniéndose un instante en Aina, en Elwing, en Corin y Valens, y por primera vez dejó ver algo más que dureza: el cansancio de quien lleva el peso de la guardia sobre los hombros demasiado tiempo.
—Lo que ocurrió fue grave —continuó—. Y tendrán que cargar con esa lección. Pero también tendrán que aprender que la confianza no se pierde en un solo día, ni se recupera en otro. Se gana paso a paso, vigilancia tras vigilancia. Y ahora… escuchen. Porque las reglas cambian, y el bosque exige más de todos nosotros.- Los exploradores se pusieron rígidos y se miraron entre si nerviosos mientras Aina miraba a espalda de Thalion a su madre en busca de apoyo.
-Deben dejarlos afrontar esto solo...- Lord Varis permaneció con su mirada al frente y les dijo a los padres.- sino siempre vendran a buscarlos cuando algo se complique.- Las palabras de Varis cayeron sobre ellos como agua fría y clara, y Sylora detuvo el gesto que estaba a punto de hacer para dar un paso hacia su hija. Se quedó inmóvil, con la mano aún suspendida en el aire, y comprendió que tenía razón, aunque le doliera aceptarlo.
Aelar asintió despacio, apretando los labios, y posó una mano sobre el brazo de su esposa para sostenerla.
—Tiene razón —dijo él en voz baja, solo para ellos dos—. Los hemos criado para que cuiden este bosque. Y para eso deben aprender a sostenerse solos. No podemos ser siempre su escudo.
Sylora respiró hondo y bajó la mano lentamente, pero no apartó la mirada de Aina. Le envió una sonrisa llena de confianza y cariño, sin palabras, solo para que supiera que seguía ahí, a su lado, aunque no interviniera.
—Lo sé —respondió ella a Varis con voz serena—. Y así será. Aprenderán a caminar por sí mismos. Pero que sepan que si alguna vez tropiezan, no están solos.
Aina, que había estado buscando los ojos de su madre con un destello de inquietud, sintió cómo el corazón se le serenaba. No la abandonaban. Solo le daban la oportunidad de crecer, de demostrar que podía valerse por sí misma, de asumir su responsabilidad con dignidad y valentía. Enderezó la espalda, apretó las manos a los costados y volvió a mirar a Thalion, lista para escuchar y para responder.
Varis asintió levemente, satisfecho con aquella respuesta.
—Exactamente —dijo—. Estar ahí no es cargarlos. Es esperarlos. Y dejar que se levanten por su propio pie cuando caigan.
-Deben estar listos para cualquier cosa, aunque estén cansados, desorientados o asustados... deben estar alertas para proteger a los nuestros...- Thalion apretó sus puños y tomo una respiración profunda.- Lo que ocurrió ayer... ya esta en pasado, pero no deben volver, nuestro trabajo es cuidar este bosque, y los animales que habitan en el, es la razón por la que madre Gaia nos trajo... no podemos fallarle...- Thalion calló un instante, y su mirada recorrió cada rostro de los jóvenes presentes, grabando aquellas palabras en ellos con la misma intensidad con la que se graba una promesa sagrada. El viento movió suavemente las hojas a su alrededor, como si el bosque mismo estuviera escuchando, atento.
—No podemos fallarle —repitió con voz más baja, pero aún más firme—. Ni a ella, ni a quienes confían en nosotros. Y fallen o no, nos levantamos. Porque aquí no hay lugar para la culpa que te destruye, ni para el miedo que te paraliza. Solo hay lugar para el deber, y para el cuidado.
Aina sintió que las palabras le llegaban al pecho y se asentaban allí, transformando lo que antes era miedo en algo más parecido a propósito. Apretó las manos a los costados, ya no con temor, sino con determinación. No iban a huir. No iban a esconderse. Iban a proteger lo que amaban, aunque fuera difícil.
—A partir de hoy —continuó Thalion—, cambian las rondas. No van solos en parejas como antes. Se cubren zonas más amplias, se turnan para vigilar y para descansar, y cada grupo informa al siguiente antes de retirarse. Ningún rincón queda sin ojos sobre él. Y si algo les parece extraño, no duden en llamar. No hay vergüenza en pedir ayuda; la hay en callar y esperar a que sea demasiado tarde.
Hizo una pausa, y esta vez su mirada se suavizó apenas, casi imperceptible.
—Lo de ayer fue una lección dura. Pero no será en vano si la aprenden. El bosque es grande, y los peligros también. Pero mientras estén unidos y alertas, no están indefensos. Ahora… descansen un poco. Y cuando salgan de nuevo, salgan con la mente clara y el corazón firme. Estamos contigo. Todos.
El silencio que siguió ya no pesaba. Era un silencio de compromiso. Aina miró a sus compañeros: Elwing la miró y asintió con la cabeza; Corin le dio una sonrisa breve pero decidida; y Valens le mostró el pulgar hacia arriba, discreto pero seguro. Estaban juntos. Y eso bastaba.
Al fondo, junto a los demás padres, Sylora y Aelar observaban con orgullo. No habían tenido que intervenir, porque sus hijos ya habían aprendido lo más importante: que la verdad y la responsabilidad valen más que cualquier escudo. Y en ese claro, bajo el sol que seguía subiendo, los cuatro jóvenes entendieron que ahora empezaba de verdad.
Arwen sonrio y se inclino un poco hacia Syrola.- Aparece que nuestros pequeños nos preocuparon en vano...- Ivellion se rio un poco por el comentario y se acerco a ambas.
-Si... Yo venia preparado para luchar con Thalion desde a ver visto a Valens ayer... Hubiera sido muy humillante haber fallado en el intento.- Sylora soltó una risa suave y tranquila, como si de pronto se le cayera un peso enorme de los hombros, y devolvió la inclinación con calidez.
—Así parece —respondió ella, mirando hacia donde estaban los cuatro jóvenes, que ahora hablaban entre ellos con gestos más relajados—. Venía con el corazón en la garganta, lista para defender a mi hija con todo lo que tengo… y resultó que no necesitaba pelear. Ni yo, ni ella.
Aelar soltó una risa baja y se acercó a ellas, sacudiendo la cabeza con alivio.
—Yo también venía preparado —confesó—. Con las palabras ya ensayadas. Y hasta con la espada lista, por si las cosas se ponían duras. Pero Varis… él sabía lo que hacía. No era castigo, era enseñanza. Y Thalion lo entendió al final.
Ivellion se rió más abiertamente, dándole una palmada ligera en el hombro a Aelar.
—¿Verdad? —dijo—. Yo venía pensando: si le pone una sola mano encima a Valens, me las veré con él. Qué tonto me siento ahora… y qué alivio, ¿no? Que estén aprendiendo, que no se rompan por un error. Eso vale más que cualquier disculpa.
Arwen asintió con una sonrisa dulce y serena, mirando a Corin a lo lejos.
—Son jóvenes —dijo suavemente—. Se equivocarán otra vez, seguro. Pero ahora saben que pueden levantarse. Y que no están solos. Eso es lo que importa.
Sylora los miró a todos, y luego a su hija, que ahora reía con sus compañeros, con la cabeza alta y la mirada brillante.
—Sí —dijo con voz llena de gratitud—. Nos preocupamos en vano… y eso es lo mejor que nos podía pasar. Porque significa que están creciendo. Y que el bosque estará en buenas manos.
Aelar cruzó los brazos sobre el pecho y le dedicó a su viejo amigo una mirada cálida y comprensiva, llena de esa confianza que solo se tiene tras años de conocerse.
—Y tú, Haldir… sé que no te has movido de aquí con el corazón tranquilo —dijo con voz amable, acercándose un poco más—. Elwing cargó con la responsabilidad de todos, y recibió lo más duro… eso pesa. Lo sé.
Haldir soltó un suspiro largo y despacio, y por primera vez relajó los hombros, aunque su expresión seguía siendo seria y reflexiva. Miró a su hija a lo lejos, donde ella hablaba con los demás, firme y entera, y una sombra de orgullo se mezcló con la preocupación que aún le quedaba.
—Es su líder —respondió con tono profundo—. Donde van ellos, va el primero. Y donde fallan, el siente que falla el doble. Así son las cosas… y así debe ser. Pero duele verlo recibir el golpe cuando no es solo culpa suya.
Saffana le posó una mano en el brazo con suavidad y miró al grupo de jóvenes con una sonrisa serena.
—Pero mira cómo está —dijo ella—. No está roto. No se ha rendido. Se levantó, escuchó y ahora sigue adelante. Eso es lo que le enseñamos, ¿no? A cargar con la responsabilidad y a no dejarse vencer por ella.
Haldir asintió lentamente, y al final una media sonrisa apareció en su rostro, tímida pero sincera.
—Tenéis razón —reconoció—. Vengo preparado para defenderlo, para decir que no merecía tanto… y el me demuestra que es más fuerte de lo que creo. A veces son ellos los que nos enseñan a nosotros.
—Siempre es así —convino Sylora con ternura—. Crecen cuando no los estamos mirando, y de pronto están ahí, de pie, enfrentando lo que les toca con más valentía que nosotros mismos.
Thalion cansado de los comentarios sentimentales de los padres miro a Varis pero el anciano simplemente se rio y miro levanto los hombros restándole importante.
-Viejo inútil...- El Guerrero tomo una profunda respiración y miro a los exploradores que se habia relajado y conversado. - ¡Mocosos atencion!.- El grito puso en alerta a todos los presentes que miraron al elfo.- No los cite aqui solo para decirles que fallaron y lamerles las heridas... No, como dijo Lord Varis antes están aqui por un entrenamiento intensivo.- Miro a los presentes y los contó mentalmente.- Son 16...- Thalion sonrio y empezó a estirar antes de mirar a Varis y asentir, intentando comunicar sus pensamiento algo que el anciano capto y solo le dedico una pequeña sonrisa, con ese pequeño gesto el guerrero miro a los padres presentes.-Aaler, Haldir, Ivellion por que no me ayudan el día de hoy...- Thalion soltó una risa seca y decidida, y se ajustó el cinturón con la espada, mientras los tres nombrados se miraron entre sí con una mezcla de sorpresa y diversión.
—¿Nos pides ayuda? —preguntó Haldir, con esa media sonrisa ya más amplia—. Pensé que tú solo podías con todo, Thalion.
—Puedo —respondió él sin dudar, pero con un brillo de desafío en los ojos—. Pero si los quiero cansar de verdad, mejor que me ayuden quienes mejor saben cómo hacerlo. Y además… —añadió, mirando a los jóvenes que de golpe se habían puesto rígidos otra vez—, así ven que sus padres no solo vinieron a preocuparse, sino a mostrarles cómo se hace.
Aelar se rio y se arremangó la túnica sin dudarlo.
—Me parece justo —dijo—. Hace mucho que no entrenábamos juntos, ¿verdad, amigos?
Ivellion asintió con entusiasmo y se acercó despojándose de su capa.
—¡Cuenta conmigo! —exclamó—. Ya verán de dónde saca Valens sus piernas rápidas.
Sylora, Arwen y Saffana se apartaron riendo hacia un lado, ocupando un lugar entre los demás observadores.
—Vamos a verlos en acción —dijo Arwen con alegría—. Y que sepan que no hay nada que temer al esforzarse.
Thalion asintió satisfecho y señaló el claro amplio que se abría tras ellos, con el suelo cubierto de hierba suave y espacio más que suficiente para moverse.
—Bien —anunció con voz potente—. Son dieciséis exploradores, y cuatro instructores. No será fácil, pero su trabajo el día de hoy es patrullar, mientras se enconden de nosotros, un explorar debe ser capaz de cuidar el bosque sin que sus enemigos los detecten, deben ser sigilosos pero letales.
—¡Exactamente! —resonó la voz de Haldir, cortando el aire con la misma fuerza con la que desenvainaría su espada—. Un explorador no es quien más fuerte golpea… es quien está allí antes de que nadie lo note, y se va sin dejar rastro. El bosque no necesita que lo conquisten, necesita que lo cuiden sin romperlo. Y eso exige ser invisible.
Los jóvenes se enderezaron por completo, con los ojos brillantes, ya no de miedo, sino de atención. Thalion caminó unos pasos entre ellos, lento y firme, mientras sus tres compañeros se colocaban a cada lado, formando un arco de respeto y autoridad.
—La regla es sencilla —continuó él—. Van a patrullar esta zona y la zona boscosa que la rodea. Deben moverse como el viento entre las hojas, como el agua sobre la piedra. Nosotros —señaló a sí mismo y a los tres padres— seremos los “enemigos”. Tenemos que encontrarlos. Si los vemos, si los oímos, si encontramos sus rastros y sabemos dónde están… han fallado. Pero si logran llegar hasta el punto más lejano del linde y volver sin que los detectemos, entonces habrán demostrado que merecen llevar el nombre de guardianes.
Aelar, Haldir e Ivellion asintieron con seriedad, y la diversión dio paso a una concentración profunda.
—No se trata de correr —añadió Aelar con voz clara—. Se trata de pensar antes de moverse. De leer el terreno. De saber dónde poner cada pie antes de levantarla. El bosque los protegerá si ustedes lo respetan.
—Y recuerden —intervino Haldir, mirando a todos con firmeza—: ser letal no significa matar. Significa estar listo. Significa que si alguien o algo amenaza este lugar, ustedes están allí, preparados, sin dudar. Pero la mejor victoria es aquella que se gana sin pelear.
Thalion cruzó los brazos y escaneó el grupo.
—Tienen hasta que el sol toque esas copas allá —señaló con la cabeza hacia los árboles del oeste—. Divídanse como siempre patrullan, en sus parejas. No se separen. Cúbranse las espaldas. Y ahora… —hizo una pausa cargada de expectativa— ¡desaparezcan!
El claro se llenó de movimiento silencioso. Aina miró a Elwing, que le asintió con determinación, y juntos se giraron hacia el bosque, siendo seguidos por Corin y Valens, ya no como quienes esperan ser juzgados, sino como quienes saben lo que tienen que hacer. Desaparecieron entre los árboles, y el silencio volvió a caer, pero ahora era un silencio distinto: lleno de vida, de propósito y de la promesa de que, pase lo que pase, estaban aprendiendo a cuidar lo que amaban.
Varis les dedico una sonrisa a los jovenes mientras desaparecian y al estar seguro de que ninguno de ellos lo escucharía su semblante cambio por uno mas serio y autoritario. El semblante de Varis se endureció por completo, perdiendo toda suavidad y humor en un instante, como si se hubiera quitado una máscara. Se apoyó con más peso en su bastón y miró a Thalion y a los tres padres con una gravedad que hizo que el aire mismo se volviera pesado y frío a su alrededor, mientras tanto Syrola intercambio una mirada preocupada con Saffana y Arwen.
—Acerquense —dijo en voz baja pero cargada de autoridad, una voz que no era la de un anciano amable, sino la de quien ha visto demasiadas cosas oscuras a lo largo de los siglos—. Lo que voy a decir ahora no debe llegar a oídos de ninguno de ellos. No mientras aún están aprendiendo a sostener la espada y a confiar en el bosque.
Se acercaron todos en un círculo cerrado, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo apenas audible. Sylora, Saffana y Arwen se integraron de inmediato, sus rostros perdiendo el color y la calidez al comprender que esto no era ninguna lección ni ejercicio.
Varis recorrió sus rostros con la mirada, lenta y pesada, como si cada palabra costara de pronunciar.
-He recibido un mensaje de Eryn...- Varis miro a Thalion y luego a los demas antes de sacar un pequeño pergamino. Syrola fruncio el seño ante la mencion de la espada de su maestro; se suponía que El anciano dos Ninfas de confianza; ella era conocida como la pluma por que lo apoyaba con todo lo relaciodo en lo político y dentro de la ciudadela, mientras Eryn era conocida como su espada, ella era una de las exploradoras mas talentosas y fuertes del bosque, y para molestia de Thalion estaba bajo las orden de Varis, Ella se encargaba del trabajo 'sucio' por el anciano- Ha encontrado un rastro, Encontro cuatro pares de huellas humanas cerca de la zona de pastoreo.- Varis se tomo unos segundo para leer de nuevo la información.
-Lord varis... Es información relacionado con el incidente de ayer?... Esos miserables aun no abandonan el bosque?....- El anciano negó a la pregunta de Haldir y los miro a todos con seriedad.
-Es lo que tememos —respondió Varis—. No pasaron de largo. Se quedaron. Se escondieron. Eryn los rastreó hasta cierto punto, y luego las huellas desaparecieron por completo, como si se hubieran desvanecido entre los árboles. Solo alguien que conoce bien el arte de ocultarse puede lograr eso. Y no confío en que sean simples viajeros perdidos.
Sylora apretó las manos con fuerza, mirando hacia la espesura donde su hija y los demás jóvenes se habían adentrado.
—Entonces no solo están aquí —dijo con voz temblorosa pero firme—. Saben ocultarse. Saben moverse sin ser vistos. Igual que nosotros… o mejor.
—Por eso este entrenamiento no es juego —advirtió Varis, recorriéndolos con la mirada—. Si esos cuatro están ahí fuera, pueden estar observándonos ahora mismo. Pueden estar escuchando. Y si nuestros hijos no aprenden a ser más sigilosos, más rápidos, más listos que ellos… serán quienes los encuentren primero. Eryn está vigilando los límites, pero no podemos enfrentarlos con la espada desenvainada sin saber quiénes son o si hay mas de ellos por llegar. Debemos movernos con cuidado, con inteligencia… y como uno solo.
Thalion asintió lentamente, comprendiendo por fin el peso completo de todo esto.
—Entonces jugamos a dos frentes —dijo con voz grave—. Los jóvenes aprenden a protegerse sin saberlo… y nosotros vigilamos las sombras por ellos.
—Exactamente —confirmó Varis—. Somos fuertes pero sin la protección de madre Gaia, Somos vulnerables, y los jóvenes no saben lo que es enfrentar a Humano experimentado... Su falta de conocimiento puede jugarles en contra... Por eso debemos usar este ejercicio para prepararlos y de paso terminar con este problema antes de que otro habitante de este bosque muera,... No los detengo mas... vayan pero con cuidado y no dejen que la rabia y el enojo nuble su juicio...
Thalion asintió con firmeza, apretando el puño sobre el pomo de su espada, y por primera vez su mirada no era de ira, sino de propósito claro.
—No lo haré —prometió con voz grave—. No dejaré que lo que siento me guíe. Me guiará lo que debo hacer: proteger este bosque y a quienes están dentro. Y si esos cuatro están aquí, los encontraremos. Pero lo haremos bien, sin precipitarnos, sin darles ventaja.
Varis lo miró con aprobación, y una sombra de alivio cruzó su rostro viejo y cansado.
—Eso es lo que necesito escuchar —dijo—. La ira los hace visibles. La prudencia los hace invisibles. Recuerden que ellos también nos están esperando, y cuanto más nos desesperemos, más fácil seremos para ellos.
Se giró hacia todos los reunidos, y su voz bajó aún más, convertida en una orden silenciosa y sagrada:
—Divídanse. No todos juntos, para no llamar la atención. Cubran los caminos principales y los senderos ocultos, busque en los claros, las cuevas. Aelar, tú y Sylora vigilen el sector oeste. Haldir y Saffana, el norte. Ivellion y Arwen, el este. Yo me quedaré aquí, en el claro, por si los jóvenes regresan antes de tiempo… y para asegurar que nadie se acerque por detrás. Thalion, tú eres el más rápido y el que mejor conoce el terreno. Ve con Eryn. Busquen donde las huellas se perdieron. Si hay rastro, ella lo encontrará, y tú sabrás qué hacer con él. Pero repito: no ataquen sin saber con qué se enfrentan. Vigilen, registren, y vuelvan. No dejen que los jovenes sepan que pasa y mantengan la facha, si los encuentran los envía de regreso... Syrola, Saffana, Arwen... si alguno de los exploradores las ve deben argumentar que se unieron al ejercicio por petición de Thalion...-
Todos asintieron en silencio, con los rostros serios y el corazón lleno de determinación. Se separaron despacio, cada pareja tomando un camino distinto, sin despedirse en voz alta, sin hacer ruido innecesario. Sylora miró una última vez hacia donde su hija había desaparecido, y luego siguió a Aelar entre los árboles, moviéndose ya no como madre preocupada, sino como guardiana del bosque, lista para lo que viniera.
Varis vio a los adultos partir mientras un pajarito se posaba en su hombro con una pequeña nota en su pierna, era un mensaje de Eryn, con curiosidad y sin demora lo abrió para ver su interior; " El Chico y el cachorro ingresaron al bosque" Varis leyó dos veces el mensaje y soltó un suspiro cansado, se suponía que el chico estaba herido y no saldria de su escondite por un tiempo pero contrario a sus planes alli estaba el, adentrándose en el bosque donde los peligros lo esperaban.
-Que chico mas problemático...- El anciano sonrio y saco un pequeño trozo de papel para escribir con el dedo."vigilalo, pero no interfieras... hazlo sólo si se cruza con los intrusos". Dobló el trozo de papel con cuidado y lo ató a la pata del mensajero, acariciando levemente el plumaje del ave antes de que alzara el vuelo en silencio hacia la espesura. Se quedó solo en el claro, apoyado en su bastón, mirando cómo la pequeña figura del pájaro se perdía entre las ramas, y dejó escapar otro suspiro, esta vez más suave, mezcla de preocupación y respeto por aquella voluntad tan firme.
—No te quedas donde estás a salvo, ¿verdad, mocoso? —murmuró al viento, con una media sonrisa que le arrugó los ojos—. Igual que todos los que caminan por aquí… el peligro no te detiene, solo te hace seguir adelante.
Sabía que no era casualidad. Thomas, herido y solo, con nada más que un perro leal y un rifle viejo, se adentraba en el mismo bosque donde acechaban los intrusos, donde las sombras guardaban secretos oscuros y donde incluso los guardianes tenían que moverse con cautela. No era imprudencia sin sentido: era necesidad. Buscaba provisiones, seguridad, una salida… o tal vez simplemente no soportaba quedarse esperando a que lo encontraran.
Varis miró hacia el linde norte, donde las huellas se habían desvanecido y donde Eryn mantenía la vigilancia. La orden estaba dada: vigilarlo, no interferir a menos que la vida estuviera en peligro. Pero el anciano sabía algo más: aquel chico no era un simple transeúnte perdido. Había sobrevivido a lo que muchos no logran ver ni en pesadillas, y caminaba con una determinación que rara vez se veía en alguien tan joven.
Se enderezó despacio, acomodó su capa y regresó al centro del claro, asumiendo su puesto. Quedarse, vigilar, ser el último respaldo si las cosas salían mal. Mientras tanto, allá dentro de los árboles, dos mundos distintos se movían sin saberlo: los jóvenes aprendices que desaparecían para proteger su hogar, los intrusos que se escondían en las sombras, y un chico con su perro, caminando paso a paso hacia lo desconocido.
....
Vince se removió entre el sueño, molesto hasta los huesos, escuchando los murmullos de sus compañeros a su espalda. Estaba agotado: había pasado toda la noche en vela, montando guardia, asegurándose de que ningún otro wendigo se acercara a la cueva, sin hacer el más mínimo ruido para no alertar a los malditos elementales. Y mientras él cumplía, esos dos idiotas dormían como troncos. Ahora era su turno de descansar, y ellos no paraban de quejarse y cuchichear, rompiendo el silencio justo cuando lograba cerrar los ojos.
Respiró hondo por la nariz, apretando los dientes con fuerza, y la mano que tenía apoyada sobre el suelo se cerró en un puño. Esos dos inútiles solo tenían que asegurarse de que el wendigo no se comiera al lince mientras él dormía. Nada más. Y ni siquiera para eso servían. Allí estaban, lloriqueando y susurrando como niños asustados, mientras esa estúpida criatura gruñía cada cierto tiempo, profundo y gutural, intentando intimidarlos. Y lo lograba, claro que lo lograba, porque no tenían agallas para enfrentar ni su propia sombra.
—¿Podéis callaros? —soltó de golpe, con voz ronca y áspera por el cansancio, sin darse la vuelta—. Si seguís así, la criatura va a saber exactamente dónde estamos. Y también los elementales. ¿Es eso lo que queréis?
Los cuchicheos cesaron al instante, pero no del todo; Vince escuchó cómo se removían, intercambiando miradas cobardes, y uno de ellos murmuró algo tan bajo que apenas se entendía.
—Dije silencio —repitió, girándose bruscamente sobre el costado para mirarlos con ojos entrecerrados, brillantes de rabia y fatiga—. No me importa si tenéis miedo. No me importa si os tiemblan las piernas. Cerrad la boca y vigilad. Para eso estáis aquí.
Señaló con un gesto seco hacia el rincón más oscuro de la cueva, donde dos pares de ojos fosforescentes brillaban entre la penumbra, fijos en ellos. El lince encogido, temblando apenas, y más allá… la sombra alta, esquelética, inmóvil como un tronco muerto, esperando.
—Esa cosa no va a atacar mientras estemos todos despiertos —dijo con dureza—. Lo que quiere es que nos pongamos nerviosos. Que cometamos errores. Y vosotros le estáis dando exactamente lo que busca.
Uno de los dos chicos tragó saliva y asintió, bajando la mirada. El otro se encogió de hombros, murmurando algo sobre que la criatura llevaba toda la noche mirándolos, que no paraba de moverse, que daba escalofríos.
—Claro que nos mira —soltó Vince, con una media sonrisa amarga—. Sabe que yo no me dejaré amedrentar tan fácil. Y eso la inquieta. Pero si seguís lloriqueando… pensará que somos débiles. Y entonces se lanzará.
Se incorporó con esfuerzo, frotándose la cara con las manos para espabilarse, y se acomodó contra la pared de roca, aunque no se puso de pie del todo. Miró hacia la entrada de la cueva, donde la luz grisácea del amanecer apenas empezaba a filtrarse, y sintió el peso de todo lo que llevaban encima: la huida, el rastro que dejaban, los que los perseguían… y muerte de Liam, la habia disfrutado pero ahora se arrepentía, tenia menos manos a su disposición y su 'mascota' era una molestia.
…—Si tanto les molesta… —Vince sacó su cuchillo de la cintura con un movimiento rápido y seco, y lo lanzó al suelo entre ambos, con un golpe seco que hizo saltar chispas contra la roca—. Mátenlo.
El metal vibró levemente clavado en la tierra, a escasos centímetros de sus pies. Los dos chicos retrocedieron de golpe, con los ojos desorbitados, pálidos como la cal. Ninguno se atrevió a tocarlo.
—¿Qué? —susurró el más pequeño, con la voz temblorosa y quebrada—. Nosotros… no podemos…
—¿No pueden? —repitió Vince, levantándose del todo ahora, con la espalda recta y la mirada gélida—. ¿Podéis sí quejarse? ¿Podéis llorar y temblar y llenar el aire de vuestro miedo? Eso sí podéis. Pero hacer algo para dejar de tener miedo… eso no.
Dio un paso hacia ellos, sin apartarles la vista, y señaló con el mentón hacia la sombra encogida en el rincón: el lince, con las orejas pegadas hacia atrás, respirando entrecortado, sus grandes ojos oscuros fijos en el cuchillo.
—Esa criatura de ahí lo quiere a él —dijo, señalando primero al lince atras ambos y luego hacia una esquina de la cueva con un gesto brusco, alli estaba el wendigo.—. Lo huele. Lo espera. Mientras él esté aquí, no se irá. Así que… si tanto les incomoda su mirada, si tanto les aterra que esa aberración se acerque… matenlo. Terminen con esto de una vez. Y dejenme dormir.
El silencio que siguió fue denso, pesado, como si el aire mismo se hubiera vuelto sólido dentro de la cueva. Los dos chicos se quedaron clavados en el sitio, con la respiración retenida, mirando alternativamente el cuchillo que aún vibraba levemente en el suelo y al lince, encogido contra la roca, temblando sin osar hacer el menor movimiento.
—No… no podemos —susurró el más alto, sacudiendo la cabeza con desesperación—. No somos asesinos.
—¿Asesinos? —Vince soltó una risa seca, carente de toda alegría—. Ahora mismo sois cobardes. Y eso nos puede costar la vida a todos.
Se agachó de un movimiento, arrancó el cuchillo de la tierra y lo guardó con un chasido metálico en su funda, sus ojos oscuros recorriéndolos con desdén.
—Bien —escupió la palabra como si le quemara la boca—. Si no tienen el estómago para hacerlo… entonces callense. Dejen de gimotear. Y vigilen. Si esa cosa sale de las sombras e intenta algo estúpido, lo matan. Sin disparos. No queremos alertar a esos malditos de orejas puntiagudas.
Las últimas palabras cayeron como un golpe frío en la penumbra. Los dos chicos asintieron maquinalmente, con la garganta seca, sin atreverse a pronunciar una sola sílaba. El chasido del cuchillo al encajar en su funda pareció resonar demasiado fuerte, y Vince mismo se detuvo un instante, con la mano aún sobre el mango, escuchando si el ruido habría llegado más lejos de lo debido.
Nada se movió afuera. Pero dentro, en el rincón más oscuro, la sombra esquelética giró lentamente la cabeza hacia ellos. Sus ojos brillaban con una luz pálida y hambrienta, y soltó un sonido suave, como un susurro rasposo que se arrastraba por las paredes de roca. Sabía que hablaban de ella. Y sabía que no eran dueños de la cueva.
Vince tensó la mandíbula, pero no se giró. Se recostó de nuevo contra la pared, dándoles la espalda, aunque su respiración se volvió más lenta, más controlada, la de alguien que no se confía ni al sueño.
—Callate bastardo... —murmuró, bajo y cortante, sin volverlos a mirar—, haz alguna estupidez y te mató...
Las palabras no fueron un grito, ni una amenaza al aire; fueron un aviso directo, lanzado a la oscuridad del rincón. Y la criatura lo entendió.
Ese sonido rasposo, como madera seca rozando contra piedra, cesó de golpe. Pero no se quedó inmóvil. Se deslizó un poco más hacia adelante, lo suficiente para que la luz del fuego de la fogata delineara su forma: extremidades demasiado largas, huesos que parecían querer romper la piel, pelaje escaso y oscuro manchado de musgo y tierra. Sus ojos, dos puntos pálidos y sin brillo, no se apartaron de Vince ni un instante.
Los dos chicos contuvieron la respiración al mismo tiempo, apretándose el uno contra el otro, sin saber si mirar a la bestia o al chico que la desafiaba así, como si fuera algo que conocía, algo con lo que ya había luchado antes.
—No te atrevas —repitió Vince, esta vez un poco más fuerte, pero sin alzar la voz—. Hazlo y terminaras como tus amigos...- Vince solo movió su cabeza hacia la otra parte de la cueva; allí estaban los cuerpos de los dos wendigos que habia matado cuando llegaron a la cueva.
La luz de la fogata lamía las paredes de roca, mostrando lo que antes estaba oculto en la penumbra: dos formas desmadejadas, inmóviles, con la piel cenicienta rasgada y los cuellos abiertos, rígidos ya por el frío de la mañana. El olor a descomposición y muerte flotaba en el aire, denso y amargo, y los ojos vacíos de ambas criaturas miraban sin ver hacia la entrada.
La criatura que tenía enfrente se detuvo en seco. Un sonido agudo, como un lamento roto, escapó de su garganta. Inclinó la cabeza hacia los cuerpos, luego hacia Vince, y por un instante la furia pareció ceder paso a algo más: reconocimiento. Dolor.
—Eso es basura… retrocede, escóndete… solo estás vivo porque el inútil de Liam era un cobarde…
Vince escupió las palabras como si le quemaran la garganta y no dijo más. Cerró los ojos con fuerza, recostándose de nuevo contra la pared fría, rígido y tenso, como si quisiera desaparecer dentro de la roca, y se obligó a sí mismo a guardar silencio, a intentar descansar aunque fuera un instante.
Por su parte, sus dos compañeros apretaron los puños hasta que los nudillos se les pusieron blancos, y cruzaron una mirada fugaz, llena de horror, antes de desviar la vista hacia la izquierda. Allí estaba el cuerpo de Liam. Bueno, lo que quedaba de él.
La luz temblorosa del fuego iluminaba lo que nadie debería ver: ropa rasgada y manchada, piel desgarrada en jirones, marcas de dientes profundas y oscuras, partes que ya no estaban, arrancadas y devoradas. El olor era insoportable, mezcla de sangre, carne y algo podrido que se aferraba a la garganta. Y lo peor… los restos de esa comida horrenda aún estaban esparcidos cerca.
Uno de los chicos se tapó la boca con la mano, ahogando un gemido, y se dobló un poco hacia adelante, luchando por no vomitar. El otro apretó los dientes y miró hacia la entrada, con lágrimas en los ojos, sin saber si temblar de frío o de espanto, Vince lo habia dejado morir, y no le importo, Liam se habia unido a ellos desde hace mas de un año, era su amigo,... Era apenas un niño.
El pensamiento giró en la cabeza del chico como un cuchillo. Apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula, miró la espalda rígida de Vince y sintió que algo se rompía dentro de él: la confianza, la esperanza, la seguridad de que al menos uno de ellos los protegería de verdad.
Liam era menor que todos. Tenía las mejillas aún redondas de niñez, solía reírse demasiado fuerte, contaba historias antes de dormir… y ahora no era más que eso, un montón de restos irreconocibles en la penumbra.
—Era tu amigo —susurró, con la voz quebrada, sin poder contenerse más—. Era tu amigo y lo dejaste… lo dejaste ahí…
Vince no se giró. No se movió. Pero su respiración se detuvo un instante, tan breve que casi no se notó, y luego volvió más lenta, más tensa.
—Era un cobarde… —respondió bajo, sin molestia, con una frialdad que dolía más que un grito—. Solo debía matar a esa cosa… —dijo refiriéndose al wendigo que se movía en la oscuridad—. Demostrar que podía hacer esa simple tarea… pero tuvo miedo… por eso murió y esa cosa sigue viva…
Las palabras cayeron como hielo sobre el fuego. El chico retrocedió un paso, con la boca entreabierta, sin saber si lo que escuchaba era crueldad pura o la mentira más desesperada que alguien había dicho para no derrumbarse.
—¿Simple…? —repitió, temblando—. ¿Llamas simple… enfrentarse a eso solo?
—No era solo —Vince se giró por fin, y sus ojos no tenían ira, sino un brillo duro, acerado, como si estuviera luchando contra algo que lo devoraba por dentro—. Le dije qué hacer. Le dije dónde golpear. Solo tenía que clavar el cuchillo y no soltarlo. Pero lo vio moverse y se quedó helado. Soltó el arma. Y corrió.
Se pasó una mano por el rostro, frotándose con fuerza, como si quisiera borrar la imagen de aquello.
—El miedo te mata antes que cualquier monstruo —continuó, con voz plana—. Él lo sabía. Yo se lo advertí. Y no sirvió de nada.
—Era un niño —susurró el otro chico, con lágrimas corriendo por las mejillas—. Solo era un niño, Vince.
—A ellos no les importa eso, Jeremy... debemos defendernos, luchar, aprender a Sobrevivir... —respondió él, cortante, pero la voz le tembló apenas—. Y si no aprendemos… terminaremos igual.
Se volvió hacia una esquina, donde la sombra del wendigo seguía allí, quieta, escuchando todo.
—Esa cosa no respeta edades —dijo, señalándola con la mirada—. No tiene piedad. No tiene amigos. Solo tiene hambre. Y si tú dudas… si tú te detienes a pensar… te come. Así de simple.
Guardó silencio, apretando los dientes, y por un instante pareció mucho más pequeño, mucho más solo de lo que quería admitir. Sus hombros cayeron un milímetro, como si el peso de todo lo que callaba estuviera a punto de vencerlo. Jeremy lo miró, con los ojos aún húmedos, sin saber si acercarse o mantenerse lejos, y la palabra se le quedó atragantada en la garganta.
En la esquina oscura, el wendigo soltó un sonido rasposo, lento, como si riera de su dureza. Vince tensó la mandíbula y aferró el cuchillo con más fuerza, clavando la vista en la sombra, sin dejar que lo viera flaquear.
—Sigue haciendo ruido, bastardo… —escupió hacia la oscuridad—. Y te mato… solo te mantengo vivo porque tu olor mantiene lejos a los demás de tu especie… pero no me importaría matarte.
Las palabras cayeron como un hachazo en el silencio. Jeremy y el otro chico abrieron los ojos de par en par, mirando alternativamente a Vince y a la sombra en la esquina. No era solo miedo lo que había entre ellos. Era un equilibrio extraño, frágil y peligroso.
La criatura soltó un gruñido más profundo, vibrante en las paredes de roca, pero no se acercó. Pareció comprender la amenaza y la promesa oculta tras ella: lo mantiene con vida, sí, pero solo mientras le sea útil. Y un instante más y todo puede cambiar.
—¿Su… olor? —susurró Jeremy, confundido—. ¿Qué quieres decir?
Vince no apartó la vista del wendigo.
—Los suyos —dijo, con voz seca—. Se reconocen entre sí. Si hay uno aquí, los demás se mantienen a distancia. No se acercan. No compiten. Mientras esta cosa esté con nosotros, no nos rodean. No nos atacan en grupo.
Bajó la mirada apenas, hacia sus propias manos, y luego volvió a clavarla en la bestia.
—Por eso no la he matado… y no la he dejado ir. Es nuestro escudo.
—¿Nuestro escudo? —repitió el otro chico, Paul horrorizado—. ¡Es una monstruosidad! ¡Se comió a Liam!
—Y si no estuviera aquí, habría otros —respondió Vince, cortante—. Muchos más. Y entonces no habría cueva que nos proteja de los elfos. Ni fuego que caliente nuestros cuerpos. Nos habrían rodeado anoche mismo.
Paul se quedó sin aire, pálido como la pared de roca detrás de él, y Jeremy se llevó una mano a la boca, sin saber si temblar de espanto o de asombro.
—Lo sé —lo cortó Vince, con una seguridad que dolía—. El olor de esa cosa cubre el nuestro, el del lince, el de todos. Los oculta. Los confunde. No pueden distinguirnos entre el hedor de la bestia.
Respiró hondo, apretando los dientes, y la mano que sostenía el cuchillo tembló apenas, imperceptible para todos menos para él.
—Por eso no nos han encontrado —continuó—. Por eso pasaron cerca anoche y no entraron. Esa cosa… nos tapa. Somos invisibles mientras estémos aqui... ninguno de esos bastardos pensaría que un humano se escondería junto a Wendigo, es prácticamente suicidio.
Las palabras cayeron frías y tajantes, como un muro que levantaba para proteger no solo su plan, sino algo mucho más profundo.
—¿Y si no es así? —preguntó Jeremy temero—. ¿Y si no lo pasaron por alto? ¿Y si saben exactamente dónde estámos?
—Si lo supieran ya estaríamos muertos —dijo, con voz plana y cerrada, dando por terminada la conversación—. Despiértenme en unas horas… mientras tanto vigilen a esa cosa. Si intenta algo… mátenla.
Cerró los ojos de golpe, como si con eso pudiera apartar todo lo demás: las dudas, el miedo, las voces que no quería escuchar. Quedó inmóvil, rígido, la respiración controlada, lenta, pero sin aflojarse ni un músculo. No dormía. Simplemente… se aisló.
Jeremy y Paul se quedaron solos de pie, mirándose entre ellos, con la garganta seca. La orden colgaba en el aire, pesada y fría. Vigilar. Matar. Como si fuera tan sencillo.
Jeremy se acercó despacio al borde del rincón, sin cruzarlo, y miró a la criatura. Ella no se había movido. Seguía allí, alta, desmadejada, con esos ojos pálidos fijos en la espalda de Vince, como si pudiera verlo a través de la roca. No gruñó. No hizo ningún movimiento. Solo… esperaba.
—No lo haríamos —susurró Paul, muy bajo, temblando—. No podemos… no sabemos cómo.
Jeremy negó con la cabeza, sin apartar la vista de la sombra.
—No nos pide que la matemos —murmuró—. Nos pide que tengamos el valor que él cree que le falta a todos menos a él.
Se sentaron juntos, hombro con hombro, lejos del fuego que empezaba a menguar, y turnaron la mirada: una vez hacia la entrada, otra hacia la criatura, otra hacia Vince, que no se movía y por ultimo al Lince a sus espalda, solo debían resistir un poco mas y salir de ese maldito bosque, y los tres dejarían todo eso atras...
.....
Thomas se sentó cansado en una roca y pasó la manga de la camisa por la frente, secándose el sudor que le escurría por las sienes, y soltó un suspiro largo, de esos que saben a cansancio pero también a alivio. El sol caía suave sobre el claro, filtrándose entre las hojas con un brillo dorado y tranquilo, y por un momento todo parecía demasiado normal, demasiado pacífico, como si el peligro no estuviera agazapado entre los árboles, habia pasado toda la mañana explorado y buscando provisiones en el bosque. Y habia llegado el momento de tomar un descanso.
Ben corría de un lado a otro, con las orejas echadas hacia adelante y la cola batiéndole con fuerza, persiguiendo una mariposa de alas azules que revoloteaba indiferente entre la hierba alta. Thomas soltó una risa baja y cálida al verlo —tan vivo, tan sin miedo— y se recargó un poco más en la roca, sintiendo cómo la piedra fresca le aliviaba la espalda y la pierna herida, que ya solo le molestaba si se movía con brusquedad.
Abrió la mochila sobre sus rodillas y empezó a sacar las cosas con cuidado, una por una, haciendo un recuento silencioso: unas raíces comestibles que reconoció gracias a lo que le había enseñado su madre antes de que todo cambiara, un manojo de hierbas secas que servían para desinflamar y calmar el dolor, un puñado de bayas dulces recogidas al borde del sendero, y dos trozos de madera seca que guardaba para el fuego. No era mucho, pero era suyo, lo había conseguido con sus propias manos, y eso le daba una sensación de calma que pocas cosas lograban.
—Vamos bien, amigo —murmuró para sí mismo, acariciando con la mano el borde de la mochila—. Algo es mejor que nada. Y esto nos durará un par de días más.
Guardó todo de nuevo con orden, acomodándolo para que no se rompiera ni se perdiera, y miró otra vez hacia Ben, que ahora había renunciado a la mariposa y olfateaba con dedicación un arbusto florido. Thomas sonrió, y saco un pequeño cuenco para dejarlo en el suelo y tomar su cantimplora sirviéndole un poco de agua a Ben.
Sirvió el agua con cuidado, dejando que el líquido cayera despacio en el cuenco sin derramar una sola gota, como si aquel agua fuera algo sagrado —y en cierto modo, lo era—. Ben levantó la cabeza de inmediato, olvidándose del arbusto, y se acercó con paso suave, sin empujar, sin prisa. Bebió con movimientos tranquilos, lamiendo el agua con esa confianza absoluta que solo tiene quien sabe que siempre será cuidado.
Thomas lo observó con una sonrisa suave, recargado en la roca, y se llevó la cantimplora a los labios para beber él también un trago corto y mesurado. El agua estaba fresca y fría, y al bajarle por la garganta le devolvió las fuerzas que el camino le había ido tomando poco a poco. Miró a su alrededor: los árboles altos, el cielo que se veía entre las ramas, el sol que ya empezaba a bajar un poco. Todo parecía en calma. Pero había aprendido que la calma puede engañar.
—Bebe despacio —le dijo en voz baja, aunque Ben ya lo hacía—. No nos apuremos. El agua no se va a ningún lado… y tampoco nosotros, por ahora.
Cuando el cuenco quedó vacío, Ben alzó la cabeza y sacudió el pelaje, luego se sentó derecho junto a la roca, apoyando el hombro contra la pierna de Thomas como si fuera el respaldo más natural del mundo. Thomas le pasó una mano por detrás de las orejas, sintiendo el calor y la vida que había en aquel cuerpo, y cerró los ojos un instante. Aquí, ahora, con el perro a su lado y provisiones para unos días, se sentía capaz de enfrentar cualquier cosa.
—Descansa un rato —murmuró—. Yo vigilo. Y cuando nos hayamos recuperado, regresamos. Antes de que caiga la noche. Antes de que salga lo que no queremos ver.
Ben apoyó la cabeza sobre sus patas, pero mantuvo los ojos entreabiertos y las orejas atentas, siempre vigilante, siempre fiel. Y así se quedaron, en silencio compartido, Thomas mantuvo su rifle cerca y acaricio la cabeza con cuidado disfrutando del momento,
Thomas pasó los dedos suavemente por el pelaje espeso y cálido de Ben, sintiendo cada respiración pausada del animal contra su pierna. Tenía el rifle apoyado al alcance de su mano, el metal fresco y firme contra la roca, y con la otra seguía acariciándolo despacio, sin prisa, como si quisiera grabarse aquel instante en la memoria. No había ruido, no había amenazas, solo el zumbido suave de los insectos, el viento moviendo las hojas arriba y el sol tibio que les caía sobre los hombros.
Cerró los ojos un momento, pero sin soltar el arma ni bajar la guardia del todo. Sabía que la paz podía romperse en un parpadeo, que el bosque guardaba sombras donde no debía confiarse… pero justo ahí, con Ben a su lado, se permitió respirar hondo y dejar que el peso del mundo se aflojara un instante en el pecho. Unos segudos despues abrió los ojos despacio, y el aire se le quedó suspendido en la garganta. A escasos centímetros de su rostro, tan cerca que casi se rozaban las narices, estaba un cervatillo esbelto y tímido, con el pelaje moteado de blanco y ojos enormes y oscuros como la noche serena. Lo miraba sin miedo, con la cabeza ladeada apenas, y respiraba suave, como si supiera que allí no había daño.
Thomas no se movió ni un milímetro, ni siquiera para pestañear con fuerza. Era la primera vez desde que empezó todo que veia un cervatillo …tan de cerca, sin miedo, sin huir. El corazón le dio un vuelco, de temor y de algo más, tibio y suave que le empezó a llenar el pecho, como la primera luz que se filtra entre las hojas al amanecer.
—Hola… —susurró, tan bajito que casi no se oyó a sí mismo, sin mover los labios más de lo necesario—. No te asustes… no voy a hacerte nada.
Ben abrió los ojos perezosamente al escuchar a Thomas y se incorporó de golpe cuando vio al cervatillo, con el pelaje erizado de emoción y la cola batiéndole con tanta fuerza que golpeaba contra la roca, y de un salto se puso en pie dando vueltas en círculos cortos, sin saber si acercarse o quedarse quieto, pero rebosante de alegría pura.
—¡Ben, tranquilo! —susurró Thomas con una sonrisa entre divertida y aterrada, extendiendo una mano hacia el perro sin apartar la vista del cervatillo—. ¡Despacio, amigo, no lo asustes!
Pero el animalito no huyó. Solo dio un pasito atrás, ladeó más la cabeza y los ojos enormes y oscuros se le abrieron un poco más, observando al perro con curiosidad en lugar de espanto. Ben, como si entendiera la advertencia, frenó en seco. Se sentó de golpe, con las orejas erguidas y la cola aún moviéndose a toda velocidad, pero sin avanzar un centímetro más, conteniendo su energía con una paciencia que rara vez mostraba, y unos segundos despues el cervatillo fue quien empezó a saltar emocionado, empezando a correr de un lado a otro, por su parte Ben movió su cola emocionado y como si pidiera permiso miro a Thomas.
—Está bien… ve, pero solo unos minutos, después tenemos que seguir —dijo Thomas con voz suave y una pequeña sonrisa.
Como si hubiera estado esperando exactamente esas palabras, Ben salió disparado tras el cervatillo, no con prisa ni cacería, sino con pura alegría desbordada. El animalito saltaba ligero como una hoja al viento, dando brincos altos y gráciles, y el perro lo seguía a la par, sin alcanzarlo nunca, dejándose llevar por el juego tanto como él. Se perseguían en círculos por el claro, entre la hierba alta y las flores silvestres, dos seres vivos y libres que olvidaban el frío, el hambre y el miedo que acechaba más allá de los árboles.
Thomas se quedó recostado en la roca, manteniendo su rifle mientras se relajaba un poco, mirando a ambos animales jugar; El sol les caía encima, dorando el pelaje de ambos y el polvo que levantaban sus pasos, y por unos instantes el mundo entero se redujo a aquel pequeño momento. Los dejo jugar tranquilos, Dejo que Ben disfrutara de la compañía pero el se mantuvo alerta, intentando no hacer ruido si esa cria de ciervo estaba allí significaba que habian elfos y ninfas cerca en la zona, lo sabia con certeza, y esa certeza, lejos de tranquilizarlo, le mantenía la espalda erguida y la mirada atenta entre las sombras de los árboles.
Sus dedos rozaron la culata, sin apretar, solo reconfortándose con su peso. No apartó la vista del juego, pero cada crujido de rama, cada sombra que se alargaba un poco más de la cuenta, le hacía tensar un músculo, se movio de manera lenta, pausada hacia un lado de la roca intentado esconderse de posibles miradas a su alrededor entre la roca y maleza, volviendo su vista a Ben cada par de segundo para tranquilizarse un poco al verlo entretenido en su juego, si el no estaba alerta significaba que no habia peligro, al menos de momento por eso relajo su agarre en el rifle y paso la mirada por el lugar mientras llevaba su mano libre dentro de la chaqueta, pero se detuvo al ver una cierva a su lado izquierdo.
La cierva estaba allí, a menos de tres pasos, inmóvil como una estatua tallada en madera y sombra. Su pelaje era de un tono castaño cálido, casi del color de la tierra seca, y la miraba con ojos grandes, serenos, sin pestañear. No mostraba miedo, ni tampoco hostilidad; solo una calma profunda, como si hubiera estado observándolo desde antes de que él mismo se diera cuenta de su presencia. Ella lo miro a los ojos con serenidad y luego el rifle en su mano y la mirada se posó en el arma un instante, larga y silenciosa, sin asomo de furia ni de espanto, asintió con lentitud al entender el mensaje, sin movimientos bruscos dejo el rifle en el suelo y levanto su mano, la otra aun estaba dentro de su chaqueta, no quería asustar, si ella alertaba a los elementales estaba muerto.
La cierva no se movió ni un ápice. Sus ojos pasaron del arma abandonada en la hierba a su rostro, y luego a la mano que aún permanecía oculta bajo la tela de la chaqueta. No retrocedió, ni dio un paso adelante; solo lo observó con aquella mirada profunda, como si pudiera ver más allá de la piel, de las cicatrices, de todo lo que él creía que era.
—No… no voy a hacerte daño —susurró, tan bajito que apenas fue un soplo de aire entre las hojas—. No quería interrumpir. Solo… solo descansamos un momento,... ya nos vamos.
La mano oculta la sacó despacio, abierta, vacía, mostrando que no sostenía nada. La cierva siguió el movimiento con la mirada, lenta, atenta, y entonces dio un paso suave hacia él, tan ligero que sus pezuñas apenas hicieron ruido sobre la tierra. Se detuvo a un solo paso de distancia, y su cabeza, grande y hermosa, se inclinó levemente hacia su chaqueta, Olisquean su interior. Thomas la miro y con un movimiento lento abrió su chaqueta y en ese momento la vio, era su media barra de cereal, un trozo pequeño, seco y sencillo, lo único que le quedaba para comer, guardado desde la mañana y que apenas había tocado.
La cierva olfateó despacio, suave, sin impaciencia, y alzó la mirada hacia él otra vez, serena, esperando. Thomas dudó un instante, luego la sacó con cuidado, partiéndola en dos con los dedos. Extendió la mano, ofreciéndole la mitad, y la otra la sostuvo a un lado, girándose hacia el cervatillo que los miraba con ojos enormes y brillantes, a pocos pasos de distancia.
—Es poco… —murmuró, con la voz suave y un poco avergonzada—. Pero es lo que tengo.
La madre dio un pasito más, rozó suavemente la palma de su mano con el hocico y tomó la porción con delicadeza, masticando despacio, sin apartar la vista de él. Entonces el pequeño se acercó, tímido pero decidido, y tomó la otra mitad con un roce ligero y rápido, como si temiera que se arrepintiera. Ben los observaba a todos, con la cola moviéndose apenas, tranquilo, aprobando cada gesto.
Thomas sintió algo cálido y apretado en el pecho, una emoción que no sabía nombrar del todo: no era grandeza, ni orgullo, sino algo mucho más humilde: la certeza de que compartir lo poco que se tiene pesa más que cualquier arma.
—Ya nos vamos… —repitió, más para sí mismo que para ellos, recogiendo el rifle con movimientos lentos, sin brusquedad—. No queremos causar problemas.
Intento ponerse de pie rapido pero la cierva lo detuvo poniendo la cabeza contra su pecho, Lo miro y movió su cabeza con lentitud haciendolo sentar de nuevo, y con el chico sentando miro a su cría y solto un suave berrido, ella movió su cabeza feliz y empezó a saltar de nuevo, invitando a Ben a seguirlo, su madre le habia dado mas tiempo de juego, Thomas miro todo en silencio sin saber como reaccionar, solo le dio un asentimiento a su compañero, Ben lo entendió al instante. Movió la cola con una alegría contenida, soltó un quejido suave de gratitud y salió tras el pequeño, dejándose llevar entre la hierba y el sol, corriendo sin prisa, sin afán de alcanzarlo, solo de acompañarlo, Thomas lo miro jugar y sonrio, dada la situación en la que vivían el olvidaba que Ben tenía apenas de 2 años y medios, aun era un cachorro y al verlo así, corriendo y saltando con esa ligereza que no pesa nada, el corazón se le apreto en el pecho. Había pasado tanto tiempo viéndolo como escudo, como guardián, como el único compañero en la oscuridad… que casi había olvidado lo joven que era, sonrio al verlo tan tranquilo y por eso miro a su lado, a la cierva.
-Gracias...- Ella como si le entendiera movió la cabeza y se sentó a su lado, mirando a su cría jugar, vigilando como el lo hacia con Ben.
Ella giró la cabeza despacio y lo miró a los ojos, y en esa mirada profunda no había compasión, sino comprensión pura. Como si supiera lo que era perder, lo que era proteger en soledad, lo que era temer que el mañana llegue con sombras y no con luz.
Se recostó un poco más, dejando que el peso del cuerpo descansara por fin, y apoyó la mano cerca de ella, sin tocarla, respetando su espacio, ofreciendo compañía sin exigencia.
—Nos parecemos, ¿verdad? —dijo con una sonrisa triste y suave—. Tú velas por él… y yo velo por el mío.
Ella soltó un suspiro suave, largo, y volvió la vista hacia el claro donde los pequeños corrían, persiguiéndose entre rayos de sol y flores silvestres. Ben saltaba, daba vueltas, dejaba que el cervatillo lo guiara, y el pequeño a su vez se acercaba para rozarlo con el hombro, como si compartieran un secreto que solo ellos entendían.
....
En los arboles Aina se mordia el pulgar sin saber que hacer; Ella y los demás habian llegado a ese claro minutos atras y habian visto la interacción, se sentia desconcertada, no sabia que hacer, miro a Elwing en un árbol cercando pero el sólo le dedico una negación de cabeza, el permanecía su vista en el claro, con su arco en la mano, por si el humano hacia un movimiento estupido, pero aun asi permanecia quieto, suspiro eso no fue de ayuda, paso a mirar a Valens y Corin pero ellos solo le dedicaron una sonrisa incomoda, ambos estaban igual que ella y solo esperaban una orden o indicacion de Elwing.
Aina apretó más fuerte el borde de su túnica, el corazón latiéndole desbocado contra las costillas. Había esperado encontrar miedo, crueldad, amenaza… y en su lugar veía esto: un muchacho recostado junto a la cierva sagrada, compartiendo su paz, mirando a los pequeños jugar con ternura, sin armas, sin malicia, cerro los ojos recordando el dia anterior, el habia protegido al perro, estaba listo para morir, y ahora hace esto.
—No tiene sentido… —susurró, apenas un hilo de voz entre las hojas—. Dicen que los humanos son peligrosos… que vienen a destruir… pero él…
Elwing giró la cabeza despacio hacia ella, sin bajar la guardia, la flecha aún lista en la cuerda, pero sus ojos no eran duros, solo cautelosos.
—No hemos visto muchos, solo sabamos lo que nos dijeron nuestros padre y superiores —respondió bajito, sin apartar la vista del claro—.Puede que algunos sean así… otros no. No podemos juzgar sin saber, pero tampoco bajar la guardia sin motivo.
Valens se inclinó un poco hacia adelante, con la expresión suave y pensativa.
—Mira cómo lo mira la cierva —señaló con voz queda—. Ella lo acepta. Si fuera amenaza, ya lo habría alejado.
Corin asintió despacio, frunciendo el ceño.
—Y compartio su comida con ellos,... Eso es normal en un humano?.
Aina bajó la mirada, luchando entre lo que le habían enseñado y lo que sus propios ojos veían. Todo lo que sabía sobre los humanos hablaba de daño, de fuego, de sangre derramada… pero aquel chico parecía tan solo, tan cansado, tan lleno de algo que se parecía mucho a bondad.
—¿Y si… y si no todos son iguales? —preguntó, con miedo a decirlo en voz alta—. ¿Qué hacemos entonces?
Elwing tardó en responder. Sus dedos se relajaron levemente sobre el arco, aunque no lo soltó.
—Esperar —dijo al final—. Ver. Y si da un paso equivocado… actuamos. Pero si no… quizá debamos darle la oportunidad de demostrarlo.
Aina volvió a mirar el claro. Thomas se había levantado despacio, la cierva a su lado, y extendía la mano hacia el cervatillo que corría a recibirlo, con Ben pisándole los talones, feliz y sin miedo.
—No quiero hacerle daño —susurró ella—. No si no lo merece...- Aina lo miro con atención, luego miro a Ben y apretó su brazo, donde Ben la habia mordido el dia anterior y el recuerdo le quemó suavemente, no de rabia, sino de comprensión. Aquella mordida no había sido de crueldad: era defensa. Ben lo había hecho para proteger a quien amaba, igual que ella habría hecho por los suyos, Valens la miro y como si leyera su mente le dijo.
—Los que aman protegen, Aina. No importa de dónde vengan.-Dijo mirando de reojo a Corin.
Ella tragó saliva, alzó la vista otra vez hacia el claro y vio a Thomas arrodillado ahora, dejando que el cervatillo le rozara la mejilla con el hocico, mientras Ben apoyaba la cabeza en su hombro, tranquilo y confiado. La cierva los observaba a todos, serena, como una guardiana. pensó en el dia anterior y su corazón se apreto, ella iba a matarlo sin remordimiento, habia jugado con el como si no fuera nada, el iba ser el primer humano que asesinaría, …pero la imagen se le clavó en el pecho, suave y terrible a la vez. No había monstruo allí abajo. Solo un chico, con las manos manchadas de tierra y de bondad, que acogía en su regazo lo que más amaba este bosque.
—Yo… —se le quebró la voz, bajando la mano que sin darse cuenta había cerrado en un puño sobre la rama—. Yo lo habría matado. Sin dudarlo.
Elwing la miró y puso una mano en su hombro en señal de apoyo, con la mirada aún fija en el claro, serena pero pesada.
—Todos lo hubiéramos hecho… lo intentamos —dijo con tono suave y firme—. Es nuestro deber, es lo que dictan las reglas de Madre Gaia… proteger a los suyos, mantener a los extraños lejos.
Hizo una pausa, tragando despacio, y sus dedos se aflojaron levemente sobre el hombro de ella, como si sus propias palabras le pesaran.
—Pero las reglas no están escritas en piedra para siempre, Aina. Se escriben con la sangre de quienes nos cuidan… y también con la compasión de quienes saben ver más allá del miedo.
Valens asintió a su lado, con la mirada en Thomas, que ahora reía bajito mientras el cervatillo le empujaba la mano con el hocico, pidiendo más caricias.
—Las reglas nos mantienen a salvo —dijo él—, pero el corazón nos enseña quién merece ser salvado es lo que siempre me ha dicho mi padre.
Aina miró de nuevo hacia abajo, y vio cómo la cierva acercaba la cabeza al hombro del muchacho, sin desconfianza, sin prisa, solo confianza pura, como si supiera algo que ellos aún tardarían en comprender. El nudo en su garganta se aflojó un poco, aunque la vergüenza aún le calentaba las mejillas.
—Entonces… —susurró—, ¿estuvimos equivocados?...- los tres se miraron sin saber que responder, era una pregunta difícil pero aun asi Elwing se atrevió a responderla.
Elwing bajó la mirada un instante, con la mandíbula tensa. Sabía que la prudencia no era cobardía, pero tampoco podía ignorar lo que veía con sus propios ojos.
—No lo sé —reconoció con sinceridad, sin disfrazar la incertidumbre—. No tengo todas las respuestas... solo debemos aspirar hacer lo correcto.- Elwing la miro y le dio una pequeña sonrisa antes de mirar cielo y luego a Thomas tomando una decisión para guiar a sus compañeros, iba a confiar.- Vamos, se esta haciendo tarde y aun debemos llegar al Linde y volver...- dijo para sorpresa de sus compañeros y simplemente se giro en dirección contraria a Thomas sin decir mas.
Aina parpadeó, sorprendida, y dio un paso instintivo hacia él, sin entender del todo:
—¿Nos… nos vamos?... no lo vigilaremos?... Si intenta algo?... si lastima al pequeño o a la madre?..-Elwing se detuvo por completo entonces, girando despacio hacia ella, y en su mirada no había prisa, solo una calma que parecía venir de muy hondo.
—Si quisiera hacerles daño… ¿no lo habría hecho ya? —respondió suavemente, pero cada palabra cayó clara y firme—. Lo hemos visto durante horas: los cuida, los comparte, los mira como si fueran lo más preciado del bosque. No se acerca con garras, sino con la palma abierta.
Aina apretó las manos, inquieta, y volvió la vista hacia el claro donde el muchacho acariciaba suavemente el lomo del pequeño.
—Pero… no lo sabemos con seguridad —insistió, con la voz temblorosa—. Las apariencias pueden engañar. Nos enseñaron…
—Nos enseñaron a proteger—la interrumpió Elwing con ternura— A vigilar... Se que lo que ocurrió ayer aun te persigue, a mi también pero si Si lo vigilamos como a un enemigo… lo trataremos como tal. Y entonces, sea quien sea, se convertirá en lo que tememos.
Valens asintió, mirando a Thomas, que ahora se apartaba un poco para dejar que la cierva descansara sin molestarla.
—Confiamos en ellos —dijo señalando con la mirada a la madre y al pequeño—. Si ellos no le temen… ¿quiénes somos nosotros para tener más miedo que quienes nacieron aquí?
Aina bajó la vista, luchando entre la inquietud y la verdad que se abría paso. Los protegidos nunca se equivocaban así… no cuando se trataba de sentir lo que hay en el corazón.
—Lo vigilaremos desde lejos, si eso te da paz —aceptó Elwing, suavizando el tono—. Sin acechar. Sin juzgar. Solo sabremos que está ahí. Y si algo cambia… estaremos aqui. Pero si seguimos aqui y nos equivocanos dejaremos otras áreas del bosque sin protección ademaa aun debemos estar alerta de Lord Thalion y nuestros padres. Dejemos que el momento respire y siga su curso.
Aina tragó saliva, miró una vez más abajo, y asintió despacio, aunque el pecho aún le dolía de incertidumbre.
—Está bien —susurró—. Confiaremos. Por ahora.
....
Thomas soltó un suspiro cansado y se recostó en el costado de la roca de nuevi mirando a Ben y el cervatillo volver a jugar, ambos parecian incansables, por su parte la cierva se sentó a su lado soltando un bostezo corto mirando a su cría con atencion, los dejaron jugar por unos minutos mas mientras los vigilaba, la cierva volvio su vista al cielo y se levanto con lentitud del lado de Thomás, sacudiendose un poco el pelaje y asi soltó un corto berrido, llamando a su cria, habia llegado el momento de irse, se estaba haciendo tarde.
El berrido fue suave, pero claro y firme, y al instante el cervatillo frenó en seco, dejando a Ben con las patas delanteras en el aire y la cola aún moviéndose a toda velocidad. Ambos se giraron hacia la madre, y el pequeño corrió a su lado con brincos rápidos y obedientes, sin dudar ni un momento.
Thomas se levantó despacio, con cuidado de no hacer ruido, y se quedó de pie junto a la roca viéndolos. No se despidió con grandes gestos, solo les dedicó una mirada cálida y respetuosa, y asintió con la cabeza.
La cierva lo miró una última vez, con esa calma, le dedico un pequeño movimiento de cabeza, y luego dio media vuelta. El cervatillo, su cría se pegó a su costado, y juntos se adentraron entre los árboles, desapareciendo poco a poco entre la espesura, como si nunca hubieran estado allí. Solo quedaba el recuerdo de su presencia y una sensación de gratitud que le llenaba el pecho.
....
Thomas soltó un suspiro cansado y se recostó en el costado de la roca de nuevi mirando a Ben y el cervatillo volver a jugar, ambos parecian incansables, por su parte la cierva se sentó a su lado soltando un bostezo corto mirando a su cría con atencion, los dejaron jugar por unos minutos mas mientras los vigilaba, la cierva volvio su vista al cielo y se levanto con lentitud del lado de Thomás, sacudiendose un poco el pelaje y asi soltó un corto berrido, llamando a su cria, habia llegado el momento de irse, se estaba haciendo tarde.
El berrido fue suave, pero claro y firme, y al instante el cervatillo frenó en seco, dejando a Ben con las patas delanteras en el aire y la cola aún moviéndose a toda velocidad. Ambos se giraron hacia la madre, y el pequeño corrió a su lado con brincos rápidos y obedientes, sin dudar ni un momento.
El castaño se levantó despacio, con cuidado de no hacer ruido, y se quedó de pie junto a la roca viéndolos. No se despidió con grandes gestos, solo les dedicó una mirada cálida y respetuosa, y asintió con la cabeza.
La cierva lo miró una última vez, con esa calma, le dedico un pequeño movimiento de cabeza, y luego dio media vuelta. El cervatillo, su cría se pegó a su costado, y juntos se adentraron entre los árboles, desapareciendo poco a poco entre la espesura, como si nunca hubieran estado allí. Solo quedaba el recuerdo de su presencia y una sensación de gratitud que le llenaba el pecho.
Ben se sentó a su lado y miró también hacia donde se habían ido, con las orejas ligeramente bajas, como si supiera que aquel momento especial había terminado. Thomas le pasó una mano por encima del lomo, apretando suavemente, y luego recogió su mochila y el rifle, asegurándose de que todo estuviera en su lugar. El sol ya estaba más bajo, y el aire empezaba a sentirse más fresco.
-Es hora, amigo -le dijo con tono sereno-. Bebe un poco de agua. despues nos iremos hay que volver a casa y prepararnos... recuerda que iremos a los resto de la ciudad al anochecer.- Dijo vertiendo un poco mas de agua en el cuenco antes de mirar al cielo, el sol así estaba en lo alto, seguramente era un poco mas tarde del medio dia.
Despuea de que Ben terminara de beber recogió el cuenco y se puso en marcha sin perder más tiempo, siguiendo el camino de regreso con paso firme pero tranquilo, no habia conseguido mucho pero era suficiente por su viaje, además de ese momento compartido con el bosque.
Guardó el cuenco con cuidado dentro de la mochila, ajustó bien las correas y echó una última mirada al claro ahora vacío, donde el sol ya no caía tan directo y la sombra de los árboles se alargaba despacio. Respiró hondo, llenando los pulmones de ese aire limpio que olía a pino y tierra húmeda, y asintió para sí mismo: habían descansado, habían compartido algo sagrado, y ahora estaban listos para lo que viniera.
-Vamos -repitió en voz baja, y Ben se puso al instante a su lado, pegándose a su pierna como si fuera su sombra-. Camina cerca, pero mantén los ojos abiertos. No sabemos qué nos encontraremos.
Emprendieron el camino de regreso paso a paso, siguiendo el mismo sendero por el que habían llegado, con el rifle listo al alcance de la mano y la mente atenta a cada sonido entre las hojas.
Aina miro por enésima vez a su espalda mientras seguía a sus compañeros, estaba nerviosa, su cabeza no dejaba de formar escenario
terribles: ¿y si el chico cambiaba de parecer y hacia algo? ¿si alguien más llegaba tras ellos? ¿si lo que habían visto era solo una máscara para engañarlos? Cada crujido a sus espaldas le hacía dar un respingo, y más de una vez estuvo a punto de girarse del todo, de correr de vuelta al claro para asegurarse de que todo seguía en su lugar.
Valens, que caminaba a su lado, lo notó y le tocó suavemente el brazo con la punta de los dedos.
—No puedes llevarte todo el miedo contigo, Aina —le dijo con voz baja y serena—. Lo hemos visto. Ha sido amable. Ha respetado. No les hizo daño.
—Lo sé… —respondió ella, apretando las manos contra el pecho—. Lo sé con la cabeza… pero aquí… —se tocó el corazón— aquí no me deja de latir tan deprisa. ¿Y si nos equivocamos? ¿Y si el bosque nos pide cuentas por confiar?
Elwing, que iba un poco más adelante, se detuvo sin girarse del todo y esperó a que la alcanzaran. Sus ojos, antes tan vigilantes, ahora se suavizaron al ver la inquietud en el rostro de la joven.
—El bosque nos da señales —dijo con tono pausado—. A veces son de alerta… y a veces son de esperanza. Hoy hemos visto ambas. Y si nos equivocamos… —suspiró despacio— entonces lo corregiremos. Pero no vivamos ya en el error antes de que ocurra.
Aina bajó la mirada, mordiéndose el labio, y asintió muy despacio. Pero antes de que pudiera decir algo más, un sonido suave y lejano llegó hasta ellos: el canto de un pájaro que no solía cantar a esa hora, claro y breve, seguido de otro más grave que respondía desde más allá de los robles.
Valens alzó la cabeza, atento, y una sombra de preocupación cruzó su rostro.
-Parece que nuestros padres han estado ocupados.. -dijo escuchando con atención a las aves, ellos les estaban avisando que Thalion y sus padres habían encontrado a sus compañeros.- cuantos equipos creen que sigan en juego además de nosotros?...- pregunto Valens intentando desviar el tema y centrarse en el ejercicio.
Elwing entrecerró los ojos, escuchando el eco de las llamadas que se entrelazaban entre las copas, y apretó levemente el puño alrededor del arco.
—Al menos dos grupos más —respondió despacio, contando mentalmente cada canto de las Aves —.Puede que el de Amarië, el nuestros, eso lo sabemos…-Aina y Corin fruncieron el ceño ante el nombre pero no dijeron nada.- y hay otro, que se mantiene oculto..
Valens asintió, con la mandíbula tensa.
—Eso me temía. Si son del bando de los exploradores estrictos… no dudarán en actuar sin preguntar. Para ellos, cualquier humano en el bosque es un enemigo antes de ser algo más.
Aina se quedó pálida, y el miedo que llevaba dentro cambió de forma: ya no era solo incertidumbre, era alarma clara y fría.
—Si lo encuentran… —empezó, con la voz temblorosa—. No les darán tiempo de explicarse.
Elwing se mantuvo en silencio por unos segundo e intento sonar indiferente.-Bueno... eso significa que su destino ya no estará en nuestras manos... Ellos tomaran la decision que nosotros no pudimos...-Aina apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en las palmas, sin soltar palabra, pero cada músculo de su cuerpo se tensó como una cuerda a punto de romperse. La mirada que le dirigió era de un dolor profundo, silencioso, como si esas palabras le hubieran arrancado algo dentro.
Valens desvió la vista hacia el suelo, tragando amargamente. No dijo nada, pero su postura se rindió, encorvada, como si de repente el aire se volviera demasiado pesado para respirar. Corin frunció el ceño, abrió la boca para objetar… y la cerró de golpe, mordiéndose la lengua, consciente de que cualquier palabra suya no cambiaría nada.
Elwing no se giró. No vio esas miradas. Siguió caminando con paso firme, rígido, como si cada pieza de su cuerpo estuviera construida para no ceder, aunque por dentro algo se le estuviera astillando.
—Sigamos —ordenó, con voz plana, sin fuerza—. Cuanto antes lleguemos, antes sabremos… y antes podremos apartarnos de esto.
Avanzaron entonces, en un silencio espeso y gélido, donde solo se oía el crujir de la hojarasca bajo sus pies. Ninguno miraba a los demás. Aina caminaba con la cabeza baja, los ojos fijos en el suelo, tragándose las lágrimas que le quemaban los párpados, pensando en el chico que había compartido su comida, que había acariciado al pequeño, que se había despedido con respeto… y que ahora estaba solo.
Escucharon un crujido y antes de que pudieran reaccionar Aelar apareció detras de Corin.- Los atrape chicos...- dijo con una pequeña sonrisa mientras le ponía la mano en la cabeza.
Corin dio un respingo tan fuerte que casi tropezó consigo mismo, girándose de golpe con la mano en el cuchillo, el corazón a punto de salírsele por la boca. Aina retrocedió un paso, parpadeando confundida, y Valens tensó todo el cuerpo, alerta. Solo Elwing se detuvo despacio, girándose con lentitud, y al verlo la expresión rígida de su rostro se le ablandó apenas, aunque la preocupación no la abandonó.
—Papa… —susurró Aina, dandose cuenta que habian fallado el ejercicio, los habian atrapado.—. ¿Cómo nos encontraste?.- Aelar se rio un poco acercandose a su hija.
-Como no hacerlo... están caminando como si nada por el bosque, están a plena vista, haciendo ruido... me sorprende que duraran tanto...- El Elfo miro al grupo y noto el ambiente tenso.-Paso algo?...- Valens y Corin miraron a Elwing un tanto inquietos sin saber que decir.
-Si... solo un poco decepcionados por fallar.- Elwing respondió dándoles una mirada para que no dijeran nada de lo que vieron ese dia.
Aelar entrecerró los ojos apenas, notando la advertencia velada en la mirada de Elwing, y cómo todos bajaban la vista de golpe, como si de repente el suelo fuera mucho más interesante que sus ojos. Se pasó una mano por el mentón, pensativo, y asintió despacio, sin insistir de inmediato.
—Ya veo… —dijo con tono suave, sin regaño—. No es tan grave como suena. Caminar despacio no es fallar, y dudar tampoco. Es parte de aprender.
Aina apretó los labios, mordiéndose las ganas de decirlo todo, de contarle lo que habían visto, lo que habían sentido… pero la mirada de Elwing seguía fija en ella, firme, clara: guárdalo. Tragó saliva y bajó la cabeza, jugando nerviosa con el borde de su túnica.
—Pero no fue solo eso, ¿verdad? —añadió Aelar, bajando la voz, y dio un paso hacia ellos, mirándolos uno por uno—. Tienen la cara de quienes llevan algo pesado encima. Algo que no saben si pueden soltar.
Elwing se interpuso suavemente entre él y los demás, con la espalda recta y la mirada serena.
—Hemos hablado de cosas difíciles —dijo con calma—. De reglas, de deberes, de lo que se espera de nosotros. Y de lo que cuesta cumplirlo cuando el corazón dice otra cosa. Nada más.
Aelar la miró largo rato, a ella primero, y luego a su hija, que lo miraba de reojo con los ojos brillantes. Suspiró suavemente, como si entendiera más de lo que decían, y sonrió con ternura.
—Eso es lo más difícil de todo —reconoció—. Cuando lo que nos enseñan y lo que vemos no van de la mano. Pero escuchenme bien: el verdadero guardián es el que respeta las reglas sin importar que, ellas nos mantienen a salvo a nosotros y a los protegidos.-Elwing asintió despacio, pero sus dedos se aferraron con más fuerza a la cuerda del arco, como si esas palabras, dichas con tanta calma, le pesaran de una manera que no sabía cómo explicar.
—Exacto —dijo el, con voz un poco más tensa de lo que quería—. Las reglas no son cadenas… son escudos. Si las rompemos, ¿quién nos protege a nosotros? ¿Quién protege a los que no pueden defenderse?
Aelar la observó en silencio un instante, y la sonrisa suave se le transformó en algo más serio, más profundo.
—Escudos sí —convino, bajando el tono—. Pero recuerda: un escudo que no se mueve cuando cambia el viento termina enterrado bajo la tierra. Las reglas nos mantienen a salvo… son un hermoso regalo de madre Gaia.
Giró la vista hacia Aina, que escuchaba con la respiración contenida, y luego hacia Valens y Corin, que asentían apenas, sin atreverse a hablar.Aina dio un pasito adelante, sin querer, y sus palabras salieron antes de que pudiera contenerse:
—¿Y si lo extraño no es malo? —preguntó, con voz temblorosa pero clara—. ¿Y si alguien viene y no trae daño, sino… bondad?
Elwing la miró rápido, pero esta vez no la calló. Solo bajó la vista, dejando que la pregunta quedara en el aire, entre todos, como una semilla que por fin se atrevía a brotar.
Aelar se volvió hacia su hija, y en sus ojos brilló algo cálido y profundo.
—Entonces, hija —dijo con ternura—, la regla no se rompe… por que seguramente esconde... no debemos confiarnos, los Humanos, las salamandra solo vienen a destruir, matar, acabar con todo y nuestro deber es impedirlo... por eso no duden, Si tienen la oportunidad... acaben con ellos, eso es lo correcto.-Las palabras cayeron como agua helada sobre todos. Aina se quedó inmóvil, la boca entreabierta, la esperanza que apenas empezaba a brotar congelada de golpe en el pecho. Sintió su boca seca y miro de reojo a Elwing, en ese momento lo entendió, no todos verían lo que ellos veia, su corazón se apreto y su mente se lleno de pregunta; ¿Su padre tenia razon? ¿Ellos se equivocaron?¿por que sentia que habia lo correcto si iba contra las reglas? Aina fingio una sonrisa lo mejor que pudo y asintió.
-Entiendo papa.. tienes razon.-Aelar le acarició la cabeza con gesto solemne, satisfecho, sin notar que la sonrisa de su hija no llegaba a los ojos, que temblaba apenas al asentir.
—Bien —dijo con voz firme—. Eso es lo que espero de ti. De todos. No dejen que el sentimiento nuble lo que la razón y el bosque nos han enseñado.
Elwing soltó un suspiro contenido, enderezando la espalda como si acabara de recuperar un rumbo que había perdido. Valens bajó la mirada, mordiéndose el labio, y Corin desvió la vista hacia la espesura, frunciendo el ceño, sin decir nada. Ninguno replicó.
Aina mantuvo la cabeza baja, las manos entrelazadas con tanta fuerza que los nudos se le blanqueaban. ¿Tiene razón? se repetía en silencio, una y otra vez, mientras caminaban. ¿Y si lo que sentimos fue solo lo que él quiso que sintiéramos? ¿Y si al confiar nos convertimos en cómplices de algo terrible?
Pero cada vez que cerraba los ojos, lo veía: el chico compartiendo su última comida, la mano suave sobre la cabeza del cervatillo, la despedida respetuosa… y el perro, tan joven, tan lleno de confianza. No lograba encajar esa imagen con la amenaza que su padre describía.
Antes de que pudiera ordenar sus pensamientos, su padre hablo de nuevo.
-Bien... Espero que mis palabras les haya ayudado un poco a aclarar sus pensamientos... ahora que les parece si volvemos...- Aina asintió de nuevo, mecánicamente, sin levantar la vista, y el gesto le dolió como una mentira dicha en voz alta.
—Sí, papá —murmuró, apenas un hilo de voz—. Volvamos.
Caminaron entonces en silencio, denso y pesado como la humedad que se aferraba a las hojas. Aelar iba delante, ligero y seguro, convencido de haberlos guiado de vuelta al buen camino; detrás, los cuatro iban como en fila, separados, cada uno en su propio pensamiento.
Aina sentía el pecho dividido en dos: por un lado, la voz firme de su padre, antigua y clara, repitiendo que el bosque se protege manteniendo a raya lo extraño; por otro, la imagen viva de Thomas, con la mano vacía y abierta, ofreciendo lo poco que tenía sin pedir nada a cambio. Ninguna de las dos encajaba con la otra, y no sabía cuál era la verdad.
De pronto, Valens rozó su brazo por un instante, muy suave, sin detenerse ni mirarla. Solo un contacto breve, como para decir no estás sola, y siguió caminando. Ella apretó las manos con más fuerza, sintiendo cómo las dudas le ardían por dentro, sin poderlas soltar.
Más adelante, Elwing bajó la cabeza y murmuró tan bajo que casi se perdió entre el crujir de las hojas:
—No olviden lo que vieron. No importa lo que digan las palabras. Las palabras cambian. Lo que hacen las personas… eso no se borra tan fácil.-Nadie respondió. Aelar no pareció oírlo. Pero Aina asintió en silencio, y por primera vez desde que su padre les habló, sintió que no estaba perdiendo el rumbo por completo...
Thoughts
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PermalinkVale pero escúchame, Ben persiguiendo al cervatillo mientras cuatro elfos lo vigilan desde los árboles con el arco listo 😅 qué combo
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PermalinkÓrale, en la mañana Thomas raciona hasta el agua de Ben y en la tarde le regala la media barra a la cierva y a la cría. Yo le apuesto a que esa media barra le va a hacer falta en la ciudad.
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