Para esta historia utilizo en su mayoría el idioma del calo kalderash del año 1890. Prometo desglosar las que no haya traducido en el texto publicado
Capítulo 2: Aprendiendo a sentir
Pensamiento
Para esta historia utilizo en su mayoría el idioma del calo kalderash del año 1890. Prometo desglosar las que no haya traducido en el texto publicado
Contenido de la publicación
Seis inviernos convirtieron al niño curioso en un joven sigiloso; sus pasos eran ahora más firmes, y la fascinación que sentía por la loba blanca había madurado en una obsesión silenciosa.
Stefan no era como los otros niños de la aldea de Vatra.
Mientras los demás jugaban a la guerra o ayudaban en las fraguas, él se escapaba a los límites del bosque. Desde aquel día, Stefan nunca dejó de buscarla.
—Fue un ángel, padre —decía, mientras el molinero reía y le daba un trozo de pan—. Un ángel de cuatro patas y ojos de espejo.
Los años pasaron, y Stefan creció con la mirada siempre puesta en la espesura. Llevaba ofrendas: a veces un trozo de cecina; otras, una cinta de colores que robaba a su hermana. Las dejaba sobre la Piedra del Sacrificio, un altar natural a la sombra de un roble milenario.
Amaya lo observaba.
Durante aquellos seis años, su curiosidad animal se transformó en una extraña fascinación. Al principio se acercaba solo cuando él se marchaba, olfateando la tela o devorando la carne.
Con el tiempo, empezó a mostrarse.
Primero fue una silueta blanca entre los helechos.
Luego, una sombra que caminaba en paralelo a Stefan cuando bordeaba el río.
Un día, cuando Stefan cumplió catorce años y Amaya seguía teniendo el tamaño de una loba joven, ocurrió lo inesperado.
Stefan no corrió.
Se sentó sobre un tronco caído, sacó una pequeña flauta de madera y comenzó a tocar una melodía triste.
Amaya salió de la maleza.
Sus ojos, que poco a poco habían abandonado el gris plateado para teñirse de un intenso color aceituna, permanecían fijos en los dedos del muchacho.
Se sentó a tres metros de él, con las orejas erguidas.
—Sabía que vendrías, Lachi —susurró Stefan, usando el nombre con el que todos conocían a la misteriosa loba blanca—. No eres un lobo normal, ¿verdad? Pareces el perro de un rey que se perdió hace mucho tiempo.
Amaya inclinó la cabeza.
Por un segundo quiso hablar. Quiso decirle que ese nombre le pertenecía. Pero de su boca solo escapó un pequeño lloriqueo.
Stefan, valiente... o quizás demasiado joven para comprender el peligro, extendió la mano.
Amaya erizó el lomo.
El olor de Stefan era diferente al de los cazadores. Olía a harina, a leche y a madera de pino. No olía a sangre. No olía a miedo.
Permitió que la punta de los dedos del chico rozara el pelaje de su frente.
El contacto fue breve.
Pero dejó un extraño hormigueo en ambos.
Amaya sintió un calor humano que la Luna no podía darle.
Stefan solo vio a una criatura hermosa y solitaria.
—Te cuidaré —prometió.
Hizo una breve pausa antes de sonreír.
—Si alguien intenta cazarte, les diré que eres mía. Mi mascota... mi amiga... mi loba blanca.
Aquella noche, Amaya regresó a la cueva con el corazón agitado.
En la siguiente Luna Nueva, su madre la observó con preocupación.
El cabello de Amaya ya no era completamente plateado. En las raíces comenzaba a oscurecerse, volviéndose negro como el ala de un cuervo.
—El tiempo se acelera, Lachi —advirtió la Luna, acariciando el rostro de su hija, que poco a poco empezaba a mostrar rasgos de los Zalazar—. Stefan te ve como un animal, y eso te mantiene a salvo por ahora. Pero recuerda esto, hija mía: el hombre ama lo que puede dominar y teme lo que no puede comprender. No le entregues tu verdad antes de que tu sangre reclame su lugar.
Pero Amaya ya no escuchaba como antes.
Había aprendido a esperar el sonido de la flauta de Stefan.
A recordar el calor de su mano.
Y, sin darse cuenta, a anhelar ambos.
Sin saber que ese niño sería, años después, el hombre que la miraría con el mismo
fuego con el que una vez la buscó, pero con el desprecio marcándole la voz.
Lachi: palabras en calo kalderash que significa buena, pero en este caso es LUZ.
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