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Capítulo 19: La Calamidad del Segundo Reloj

DNavarrete
Pensamiento

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Sabina

Valerius dice sobrevivimos donde todos dirían ganamos. Al que dice sobrevivimos casi nunca le preguntan cómo fue

Valerius dice sobrevivimos donde todos dirían ganamos. Al que dice sobrevivimos casi nunca le preguntan cómo fue

Contenido de la publicación

El camino que ascendía hacia las montañas discurría en un silencio muy distinto al de otras veces. Gael caminaba junto al profesor Valerius por un sendero de piedra que serpenteaba entre árboles cada vez más espesos, dejando atrás los edificios de la Academia Saint Aurora. Por primera vez en mucho tiempo, ninguno de los dos intercambiaba comentarios mordaces. Y eso, por sí solo, ya era bastante extraño.

 

Gael lo miró de reojo. Valerius mantenía la vista fija hacia delante, con el rostro impasible y los brazos cruzados.

 

—Profesor…

 

—¿Qué?

 

—Está nervioso.

 

Valerius tardó unos segundos en responder.

 

—No estoy nervioso.

 

—Camina más rápido de lo normal.

 

—Eso no significa que esté nervioso.

 

—Y lleva diez minutos sin insultarme.

 

Valerius se detuvo en seco. Gael también. El profesor lo miró fijamente a los ojos.

 

—¿Quieres que empiece ahora mismo?

 

—No, gracias —respondió Gael retrocediendo un paso.

 

—Entonces deja de analizarme.

 

Gael esbozó una pequeña sonrisa que se desvaneció poco después. Algo en el ambiente había cambiado: el aire se sentía más denso, como si una presión invisible fuera aplastándolo lentamente. No era frío, ni miedo… era algo que no sabía explicar con palabras.

 

Y no eran los únicos que sentían aquello. Unos metros más atrás caminaban cuatro figuras: Akane, Anastasia, Astrid y Freya.

 

Valerius se giró de golpe hacia ellas.

 

—¿Puedo saber por qué vienen las cuatro?

 

Las chicas se miraron entre sí. Akane fue la primera en responder:

 

—Curiosidad.

 

—Y queríamos ver qué problema nos traería Gael esta vez —añadió Anastasia con una media sonrisa.

 

—Yo vine para asegurarme de que no hiciera ninguna estupidez —dijo Astrid con voz firme.

 

—Y yo también tenía curiosidad —concluyó Freya encogiéndose de hombros.

 

Valerius las miró en silencio unos instantes.

 

—Esa no es una respuesta.

 

—Es la que tenemos —respondió Anastasia sin dudarlo.

 

Gael se giró indignado.

 

—¡Oigan! ¡Yo no busco problemas!

 

—Es cierto —convino Anastasia levantando un dedo—. No los buscas tú.

 

—¿Ven? —dijo Gael esperando respaldo.

 

—Ellos te encuentran —remató ella.

 

Las otras tres asintieron al unísono.

 

—Exactamente.

 

Gael abrió la boca, la cerró, volvió a abrirla… y no encontró nada que decir.

 

—…Eso es totalmente injusto.

 

Valerius soltó un suspiro profundo.

 

—No voy a discutir esto con ustedes. Vamos.

 

Continuaron el ascenso en silencio. Minutos después, los árboles comenzaron a desaparecer y ante ellos se reveló la montaña… y algo más.

 

Una estructura inmensa de piedra blanca parecía surgir de la propia roca. Columnas monumentales sostenían lo que quedaba de una fachada tallada, con escalinatas que subían hacia una entrada oscura y profunda. El diseño recordaba a los templos más antiguos que Gael había visto en libros, construidos a escala de dioses… y gran parte de él parecía haber estado enterrado durante siglos.

 

Gael se detuvo, con los ojos muy abiertos.

 

—¿Es… un templo?

 

—Sí —respondió Valerius sin detenerse.

 

—¿Quién lo construyó?

 

—Una historia demasiado larga.

 

—¿Y usted la conoce?

 

—Sí.

 

—Entonces cuéntemela.

 

—No.

 

—¿Por qué?

 

—Porque no tengo ganas. Y además… algunas historias es mejor dejarlas enterradas.

 

Aquellas últimas palabras hicieron que la sonrisa de Gael desapareciera por completo. Valerius guardó silencio el resto del camino hasta que llegaron frente a las enormes puertas de piedra.

 

Akane respiró hondo al llegar.

 

—Hace años que no venía aquí.

 

—Cuando estábamos en el consejo estudiantil teníamos autorización para acercarnos hasta cierto punto —recordó Anastasia—. Pero nunca entramos del todo.

 

—Y nunca nos acostumbramos a lo que se siente aquí —añadió Astrid mirando hacia la oscuridad del interior.

 

—Ni siquiera después de varias visitas —completó Freya, que no apartaba la vista de la entrada.

 

Gael las miró confundido.

 

—¿A qué se refieren?

 

Akane señaló hacia las sombras que aguardaban tras el umbral.

 

—A eso.

 

Gael volvió la mirada. No veía nada… pero lo sentía. Una presión pesada, antigua, como si algo inmenso y dormido estuviera esperando al otro lado.

 

—Las Calamidades no son criaturas comunes —explicó Akane con voz suave—. En el mundo mágico moderno nadie ha logrado explicar de dónde vienen.

 

—Se sabe que pueden destruir naciones enteras en poco tiempo —continuó Anastasia—. Se dice que son como desastres naturales… pero que tienen voluntad propia.

 

Gael frunció el ceño.

 

—¿Y nadie ha podido vencerlas?

 

Valerius respondió entonces, con una gravedad que rara vez mostraba:

 

—Nadie. Hasta ahora, la humanidad solo ha logrado contenerlas. No eliminarlas. Simplemente… encerrarlas.

 

Gael lo miró sorprendido.

 

—¿Ustedes lo hicieron? ¿Hace quinientos años?

 

—La directora, Selene, yo… y muchos más —respondió Valerius bajando la mirada—. Pero no fue una victoria.

 

—¿Qué quiere decir?

 

Valerius dudó unos instantes antes de hablar.

 

—Muchos murieron. En aquella época no sabíamos qué eran, ni por qué aparecían. Solo sabíamos que si no hacíamos algo, desaparecería todo lo que conocíamos. Así que luchamos.

 

—¿Y las sellaron?

 

—Sí.

 

—Entonces… ganaron.

 

Valerius negó lentamente con la cabeza.

 

—No. Solo conseguimos sobrevivir.

 

Nadie dijo nada. Aquellas palabras pesaban más que la piedra del templo mismo.

 

—Hasta hoy seguimos investigando su origen —continuó Valerius—. Pero tras siglos, no tenemos respuestas.

 

Gael dejó de escuchar. Su mirada estaba fija en la oscuridad de la entrada. Akane notó que se quedaba inmóvil.

 

—¿Gael?

 

Él no respondió.

 

—Gael, ¿estás bien?

 

Una lágrima rodó por su mejilla. Gael parpadeó, confundido, y se la secó con la mano. Al verla húmeda, abrió los ojos con sorpresa.

 

—¿Qué…? ¿Estoy llorando?

 

Akane se acercó preocupada.

 

—Sí. ¿Te duele algo? ¿Sientes malestar?

 

—No… no sé qué me pasa —respondió él limpiándose otra lágrima, avergonzado—. De verdad, no lo sé.

 

Astrid y Freya intercambiaron una mirada inquieta. Valerius permanecía inmóvil, observándolo con atención.

 

Gael volvió a mirar hacia la oscuridad. Y esta vez lo sintió con mucha más fuerza. No era miedo. No era ira. Era una tristeza infinita, antigua, como si proviniera de un tiempo que no lograba recordar. Se llevó una mano al pecho.

 

—Siento… que está sufriendo.

 

Todos guardaron silencio.

 

—¿Quién? —preguntó Anastasia en un susurro.

 

Gael señaló hacia el interior del templo.

 

—Lo que está ahí.

 

Akane sintió un escalofrío.

 

—Gael… esa Calamidad lleva sellada siglos. Nadie ha sentido nada desde entonces.

 

—Lo sé —respondió él con voz quebrada—. Pero puedo sentirlo. Está solo.

 

Nadie dijo una palabra. Por primera vez, ninguno lo veía como aquel muchacho que siempre se metía en líos. Estaban viendo algo distinto: alguien capaz de sentir el dolor de algo encerrado en la oscuridad desde hacía quinientos años.

 

Valerius lo miró fijamente. Y entonces sintió algo que creía haber olvidado hacía siglos: un reconocimiento. Aquellas palabras… "está sufriendo"… las había escuchado antes. Hace muchísimo tiempo. En una época que prefería no recordar.

 

Apretó los puños con fuerza.

 

—Gael.

 

El muchacho levantó la vista, secándose el rostro.

 

—¿Sí?

 

Valerius miró las puertas oscuras del templo y luego a los ojos de Gael.

 

—No te alejes de nosotros.

 

Gael asintió. Y por primera vez, ninguno de los seis tuvo ganas de bromear. Frente a ellos estaba la entrada al lugar donde dormía la segunda Calamidad. Y por alguna razón que ninguno lograba comprender… parecía que aquella presencia llevaba siglos esperándolo a él.

 

Las enormes puertas del templo se cerraron lentamente tras ellos. El sonido retumbó por los pasillos de piedra y se perdió en la oscuridad como un eco lejano. Los seis comenzaron a avanzar, y a cada paso que daban, el ambiente se volvía más denso y pesado.

 

Akane caminaba pegada a Anastasia; Astrid y Freya iban un poco más atrás. Las cuatro intentaban mantener la compostura, pero ninguna lograba ocultar por completo la tensión que se reflejaba en sus rostros. No era la primera vez que entraban allí: como antiguas miembros del consejo estudiantil habían obtenido permisos para acceder a ciertas zonas. Pero nunca habían llegado tan lejos. Y ahora entendían perfectamente por qué aquel lugar estaba prohibido.

 

Era una sensación antigua, instintiva. Algo en lo más profundo de sus seres les gritaba que dieran media vuelta, que corrieran, que se alejaran antes de que fuera demasiado tarde.

 

Freya se abrazó a sí misma, temblando levemente.

 

—No me gusta nada esto…

 

—Yo tampoco —coincidió Astrid, vigilando cada sombra a su alrededor.

 

Akane respiró hondo varias veces.

 

—Sigan caminando. No se detengan.

 

Anastasia la miró con los ojos muy abiertos.

 

—¿Cómo pueden estar tan tranquilas?

 

Y entonces se fijó en los otros dos. Valerius avanzaba con paso firme, como si nada estuviera ocurriendo a su alrededor. Y Gael… Gael caminaba a su lado, aparentemente ajeno a todo aquello. No parecía sentir la presión que aplastaba a los demás. No parecía escuchar aquella voz interior que les decía que huyeran.

 

—¿Gael? —lo llamó Anastasia en voz baja.

 

—¿Sí? —respondió él girando levemente la cabeza.

 

—¿No sientes nada?

 

Gael lo pensó un instante y negó con naturalidad.

 

—¿Sentir qué?

 

Las cuatro intercambiaron una mirada confusa.

 

—Nada —dijo Akane finalmente, sin saber qué más decir.

 

Valerius no dijo una palabra, pero en su interior sabía perfectamente que aquello era extraño. Excesivamente extraño.

 

Continuaron avanzando hasta que el corredor se abrió de golpe en una inmensa cámara circular. En el centro del suelo se extendía un sello de proporciones colosales, formado por círculos concéntricos llenos de símbolos grabados en piedra.

 

Freya se acercó cautelosamente, observando las inscripciones.

 

—Es griego antiguo… una lengua que casi nadie domina hoy en día —dijo ella, perdiéndose entre los trazos—. Aquí habla de contención… de que las cadenas jamás deben romperse. Y más allá… dice que aquello que duerme en el interior no debe ser despertado jamás.

 

Su voz perdió fuerza al llegar al centro del dibujo.

 

—Hay algo más… pero no logro descifrarlo.

 

Antes de que pudieran preguntar, varias cadenas hechas de luz pura se elevaron desde el sello, cruzaron el aire y convergieron en un único punto en medio de la sala. Allí, sujeta por ellas, había una figura arrodillada. Completamente inmóvil. Con la cabeza inclinada hacia el suelo. Sin emitir el más mínimo sonido.

 

Astrid entrecerró los ojos intentando calcular su tamaño.

 

—Si se pusiera de pie… mediría más de dos metros… quizá mucho más.

 

Pero no era su estatura lo que helaba la sangre de todos. Era su apariencia. Vestía una armadura imponente, de tonos dorados y oscuros, ahora agrietada y manchada por una energía violácea que parecía brotar desde dentro como una herida que jamás cicatriza. Una niebla oscura y brillante se retorcía a su alrededor, como si aquella fuerza intentara consumirlo sin lograrlo. Sobre su cabeza, un casco con dos enormes cuernos curvados hacia arriba dejaba el rostro sumido en sombras; de aquella oscuridad solo brillaban dos puntos de luz púrpura, fijos y vacíos, como si hubieran olvidado todo lo que alguna vez sintieron. Su armadura, antaño majestuosa, ahora parecía deformada por dentro, revelando que algo mucho más antiguo y terrible se había apoderado de quien la portaba.

 

Anastasia tragó saliva.

 

—¿Eso… es la Calamidad?

 

Valerius dio un paso al frente. Su voz había perdido todo rastro de ligereza.

 

—Sí. Es la cuarta Calamidad que apareció en estos últimos trescientos cincuenta años. Casi destruyó todo este territorio antes de que lográramos encerrarla. Si no hubiera sido sellada entonces, nada de lo que conocíamos seguiría en pie.

 

Akane no apartaba la vista de aquella figura inmóvil.

 

—Pero está quieta… no hace nada.

 

—Que permanezca en silencio no significa que sea débil —advirtió Valerius señalando el sello—. Miren lo que se necesita solo para mantenerla contenida. Eso les dirá todo lo que necesitan saber sobre su poder.

 

Freya seguía mirándola con asombro y temor.

 

—¿Cómo puede tener semejante fuerza… y estar simplemente de rodillas?

 

Valerius guardó silencio. Porque tampoco él tenía una respuesta para eso.

 

Mientras todos hablaban, Gael se había alejado del grupo. Se detuvo justo en el borde del sello, con la mirada fija en la figura central. No parpadeaba. No se movía.

 

Akane lo notó.

 

—Gael… ¿estás bien?

 

Él no respondió.

 

Anastasia se acercó a Valerius y bajó la voz.

 

—¿Por qué lo trajo aquí?

 

—Orden directa de la directora —respondió él sin rodeos.

 

—¿Para qué?

 

—Para que viera con sus propios ojos aquello contra lo que nos estamos preparando.

 

Akane frunció el ceño, confundida.

 

—No cuestiono las decisiones de la directora, pero él no tiene recuerdos. No sabe nada de esto. Solo conoce las Calamidades por lo que ha leído en libros.

 

—Además —añadió Anastasia cruzándose de brazos—, ningún alumno puede entrar aquí. Nosotras tenemos autorización especial y nos costó años conseguirla. ¿Por qué traer precisamente a un estudiante de primer año?

 

Valerius suspiró.

 

—Yo tampoco conozco todas las razones. Solo cumplo órdenes.

 

Las cuatro iban a insistir cuando algo las detuvo en seco. Un gemido ahogado.

 

Se giraron de golpe. Gael estaba inclinado hacia adelante, apretándose el pecho con una mano y sujetándose la cabeza con la otra. Su rostro estaba contraído por el dolor.

 

—¡Gael! —gritó Akane dando un paso hacia él.

 

Entonces ocurrió.

 

Una explosión de energía salió de su cuerpo de golpe.

 

—¡¡NO SE ACERQUEN!!

 

La onda expansiva golpeó a todos con fuerza. Akane, Anastasia, Astrid y Freya salieron despedidas hacia atrás y chocaron contra el suelo a varios metros de distancia.

 

Valerius clavó los pies en la piedra para no ser arrastrado. Su capa se agitaba violentamente a su alrededor.

 

—¡GAEL! ¡Intenta controlarlo!

 

Gael temblaba de pies a cabeza, respirando con dificultad.

 

—¡No puedo! ¡Me duele!

 

Una segunda explosión sacudió la cámara entera. Gael se llevó las manos a la cabeza y gritó. Su mente se inundó de golpe con miles de imágenes que pasaban a una velocidad aterradora: batallas, personas cayendo, armaduras relucientes, ciudades destruidas, manos extendidas pidiendo ayuda, rostros que no lograba reconocer… cientos, miles de vidas y muertes pasando ante sus ojos en un instante.

 

Akane intentó levantarse.

 

—¡Tenemos que ayudarlo!

 

—¡No podemos acercarnos! —advirtió Freya. La energía que rodeaba a Gael era demasiado intensa; cuanto más se acercaban, más fuerte las empujaba hacia atrás.

 

Valerius luchaba contra aquella fuerza invisible.

 

—¡Estoy intentando contenerlo!

 

Y entonces, algo cambió.

 

Un sonido metálico profundo y resonante llenó toda la cámara.

 

Clang.

 

Todos se quedaron helados. Las cadenas de luz que sujetaban a la Calamidad acababan de moverse.

 

—No… —susurró Astrid horrorizada.

 

Otra cadena vibró con fuerza.

 

Clang.

 

La figura arrodillada, que había permanecido inmóvil durante siglos, levantó lentamente la cabeza. El casco se alzó hasta quedar apuntando directamente hacia Gael. No se veían sus ojos, pero cada persona en aquella sala sintió lo mismo: los estaba mirando a él. Solo a él.

 

Una oscuridad densa y profunda comenzó a emanar de su cuerpo. Las cadenas comenzaron a tensarse como si fueran a romperse en cualquier momento.

 

—¡Se está liberando! —gritó Astrid.

 

—¡No todavía! —respondió Valerius, aunque él mismo no estaba seguro de lo que estaba ocurriendo.

 

Gael volvió a gritar de dolor. Y la Calamidad respondió. No con palabras ni con un rugido. Simplemente su aura oscura creció más y más, como si hubiera reconocido algo que llevaba siglos esperando.

 

Valerius miró a uno y luego a otro. Su expresión se endureció por completo.

 

—Esto se ha vuelto demasiado peligroso. Tengo que detenerlo.

 

Se quitó lentamente la capa y la dejó caer al suelo. Cerró los ojos y comenzó a concentrar su poder. Una energía oscura comenzó a rodearlo, y su ropa fue sustituida poco a poco por una armadura de tonos profundos y oscuros, de líneas elegantes pero imponentes, que brillaba tenuemente como si tuviera estrellas atrapadas entre sus piezas. Sobre su espalda se desplegaron unas enormes alas de sombra que se movían solas, como si tuvieran vida propia. Su rostro permanecía al descubierto, igual de firme y serio que siempre, pero ahora había algo en él que jamás habían visto: una antigüedad y una fuerza que había ocultado durante siglos.

 

Las cuatro chicas se quedaron sin aliento.

 

—¿Una armadura…? —alcanzó a susurrar Freya.

 

Valerius abrió los ojos.

 

—Después les explicaré todo.

 

Y en un parpadeo, desapareció. Reapareció justo frente a Gael antes de que nadie pudiera reaccionar.

 

—Perdóname —le dijo en voz baja.

 

Le asestó un golpe preciso en el abdomen. Gael perdió el conocimiento al instante y cayó hacia adelante, pero Valerius lo sostuvo antes de que tocara el suelo.

 

Casi de inmediato, la energía que rodeaba al muchacho comenzó a desvanecerse. La presión desapareció. Las cadenas dejaron de vibrar. La oscuridad que emanaba de la figura se replegó lentamente hacia ella. Y la Calamidad volvió a bajar la cabeza, recuperando su postura inmóvil de antes.

 

El silencio regresó a la cámara. Valerius comprobó el pulso de Gael.

 

—Está vivo. Solo está inconsciente.

 

Akane corrió hacia ellos, furiosa y asustada.

 

—¡¿Qué le hizo?!

 

—Lo dejé inconsciente para detener esa reacción —respondió él con seriedad.

 

—¡¿Por qué?!

 

Valerius miró primero a la figura sellada y luego al muchacho en sus brazos.

 

—Porque si no lo hubiera hecho… no me atrevo a imaginar qué habría ocurrido.

 

Nadie dijo una palabra. Todos volvieron la vista hacia la figura arrodillada en la oscuridad. Había ignorado su presencia por completo. No había reaccionado ante las chicas, ni ante Valerius, ni ante nadie. Solo lo había hecho ante él. Ante Gael.

 

Mientras Valerius cargaba al muchacho fuera del templo, una sola pregunta resonaba en la mente de todos, pesada y llena de misterio:

 

¿Qué era Gael en realidad para que aquella existencia encerrada en la oscuridad durante siglos, lo hubiera reconocido al instante?

 

Las puertas de la sala subterránea se abrieron lentamente. Valerius entró solo. El lugar era completamente distinto al resto de la Academia Saint Aurora: sin ventanas, sin antorchas, sin ningún tipo de decoración. Solo una inmensa cámara de piedra bañada por una luz tenue y azulada que parecía brotar de las propias paredes. Era un sitio que casi nadie conocía. Solo tres personas tenían autorización para poner un pie allí: Valerius, Selene y Evelyn.

 

La directora permanecía de pie al fondo de la sala, frente a una fila de colosales pilares que se elevaban hasta perderse en la oscuridad del techo. Su rostro quedaba parcialmente oculto entre las sombras.

 

—¿Qué ocurrió? —preguntó ella al verlo llegar solo.

 

Valerius avanzó hasta quedar a su lado y soltó un suspiro profundo.

 

—La reacción fue mucho más intensa de lo que esperábamos. Tuve que traerlo inconsciente.

 

Evelyn se giró lentamente hacia él.

 

—Explícate.

 

—Gael reaccionó en cuanto nos acercamos a la Calamidad. Al principio comenzó a llorar… dijo que podía sentir que aquello estaba sufriendo.

 

Evelyn guardó silencio unos instantes. Valerius continuó:

 

—Y después perdió el control. Su poder se manifestó con una fuerza que jamás le había visto. Las cuatro chicas salieron despedidas hacia atrás. Yo apenas logré mantenerme en pie.

 

La expresión de Evelyn se tensó.

 

—¿Y la Calamidad?

 

Valerius tardó en responder.

 

—Despertó.

 

Los ojos de Evelyn se abrieron levemente.

 

—¿Despertó…?

 

—Solo unos segundos. Levantó la cabeza y dirigió toda su atención hacia él. Su aura también se manifestó con fuerza.

 

La preocupación se hizo evidente en el rostro de la directora.

 

—Sabía que llevarlo allí podía provocar alguna reacción… pero jamás imaginé que una Calamidad reaccionaría directamente ante él.

 

Valerius apretó los dientes.

 

—Si no lo hubiera dejado inconsciente a tiempo, creo que habría terminado liberándose.

 

—¿Estás seguro de ello?

 

—No —negó él lentamente—. Pero tampoco estoy dispuesto a arriesgarnos para descubrirlo.

 

Evelyn asintió con gravedad.

 

—Entonces no volverá a acercarse a ese templo. Bajo ninguna circunstancia.

 

Hubo un breve silencio.

 

—¿Dónde está ahora?

 

—En la enfermería. Las cuatro chicas lo acompañan y Selene ya está allí con él para vigilarlo.

 

Evelyn dejó escapar un suspiro, esta vez algo más suave.

 

—Por supuesto que sí. Ella no tardaría en llegar.

 

Valerius asintió y ambos volvieron la mirada hacia aquellos enormes pilares que se alzaban frente a ellos.

 

—¿Crees que lo que vimos fue suficiente advertencia? —preguntó Valerius—. Si vuelve a acercarse, la próxima vez podría ser mucho peor.

 

—Lo sé —respondió ella cruzándose de brazos—. Por eso debemos mantenerlo alejado de ese lugar. Aún no comprendemos qué clase de vínculo existe entre él y las Calamidades.

 

Valerius no apartaba la vista de las piedras antiguas.

 

—Sin embargo… hay algo que me preocupa todavía más.

 

Evelyn no respondió de inmediato. Sus ojos estaban fijos en uno de los pilares.

 

—¿Qué cosa?

 

—Cuando sentí la energía de Gael desbordarse… uno de ellos se iluminó.

 

Valerius la miró con sorpresa.

 

—¿Qué?

 

—Uno de los pilares —repitió ella con firmeza.

 

—¿Estás completamente segura?

 

Evelyn levantó lentamente una mano y señaló hacia el fondo de la sala.

 

—Ese.

 

Valerius siguió su mirada. Se quedó en silencio unos segundos.

 

—¿De verdad… reaccionó?

 

—Sí. Y Selene también lo vio. En cuanto sintió aquella energía, desapareció de aquí hacia el templo.

 

Valerius comprendió de golpe.

 

—Por eso llegó justo cuando salíamos…

 

—Parecía una madre corriendo tras su hijo —dijo Evelyn con una pequeña sonrisa.

 

Valerius soltó una risa breve, pero sincera.

 

—Eso sí que me habría gustado verlo.

 

—Créeme… hacía siglos que no veía a Selene moverse con tanta prisa.

 

Pero aquella pequeña alegría se desvaneció pronto. Porque frente a ellos, en la superficie de aquel pilar, una luz dorada y tenue brillaba suavemente. Una luz que no estaba allí antes.

 

Valerius recuperó la seriedad.

 

—Evelyn…

 

—Lo sé.

 

La directora dio unos pasos hacia adelante. La luz dorada iluminó las inscripciones antiguas grabadas en la piedra, y la oscuridad que ocultaba su forma comenzó a desvanecerse. Tallado en la piedra apareció el contorno de una criatura majestuosa: cuatro patas firmes sobre la base, una espesa melena rodeando el rostro, y la cabeza alzada con orgullo.

 

Un león.

 

Valerius sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

 

—Esto no puede ser…

 

Evelyn tampoco apartaba la mirada. Aquellos pilares habían permanecido allí durante siglos, inmóviles y silenciosos, esperando. Sellados en un lugar que nadie conocía. Y ahora, por primera vez en cientos de años, uno de ellos había respondido.

 

La luz dorada brilló con un poco más de fuerza. Evelyn murmuró:

 

—Parece que uno de los antiguos relojes acaba de reconocerlo.

 

Valerius apretó los puños con fuerza.

 

—Entonces ya no estamos hablando simplemente de un vínculo con las Calamidades.

 

Evelyn lo miró de reojo, con una expresión completamente seria.

 

—No. Estamos hablando de algo mucho más antiguo.

 

La luz del león volvió a pulsar. Una vez. Dos veces. Y luego se atenuó hasta quedar apenas como un brillo débil. Pero ninguno de los dos necesitó decir nada más. Lo sabían. Algo que había permanecido dormido desde el principio de los tiempos… acababa de empezar a despertar.

Thoughts

  • Sabina

    Valerius dice sobrevivimos donde todos dirían ganamos. Al que dice sobrevivimos casi nunca le preguntan cómo fue

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  • OsvaldoFierro

    Valerius pidiéndole perdón en voz baja antes de pegarle. Así pega uno cuando ya no le queda otra, y después no lo cuenta nunca.

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