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Capítulo 18

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“No se nace mujer, se llega a serlo.”

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Contenido de la publicación

“No se nace mujer, se llega a serlo.”

 Simone de Beauvoir

 

El feminismo llegó antes de que yo supiera su nombre

 

Llegar a ser mujer es un proceso que jamás ocurre en el vacío. Con el tiempo comprendí que ninguna historia personal existe de manera aislada; somos parte de una trama mucho más amplia hecha de vínculos, mandatos heredados, heridas abiertas, resistencias silenciosas y transformaciones colectivas. Aquello que asumí como una carga puramente personal estaba entrelazado con la experiencia de otras mujeres y con una sociedad que nos moldea desde que nacemos para enseñarnos determinadas formas de amar, de callar, de cuidar y de sobrevivir.

Comprender esa red fue el primer paso para reencontrarme conmigo misma.

Fue entonces cuando empecé a entender que la rebeldía puede tomar muchas formas y que cuestionar lo establecido no siempre significa enfrentarse a todo desde el enojo ciego o el resentimiento. A veces, la rebeldía más profunda también significa elegir la ternura, la compasión y la reparación. Significa comprender que las heridas no habitan únicamente en los cuerpos de quienes las padecen, sino en toda la trama social, y que sanar nuestra propia historia puede convertirse, al mismo tiempo, en una manera política de transformar esta sociedad que compartimos.

Y así comprendí que el feminismo habitaba los gestos más cotidianos y urgentes de las mujeres que me rodearon desde siempre. Estaba en mi madre cuando sostuvo sola a sus hijos atravesando la pobreza más cruda y la violencia sin agachar la cabeza. Estaba en aquella adolescente que se animaba a cuestionar las injusticias y los silencios que veía dentro de su propia casa. Estaba en la joven que se negó rotundamente a aceptar que su destino estuviera definido y en la mujer que, años después, encontró en la organización comunitaria, las ollas de los comedores barriales y en los espacios colectivos una forma real de transformar la realidad.

Y eso me permitió comprender que muchas de mis heridas no eran exclusivamente individuales ni fallas de mi carácter; habían sido cuidadosamente moldeadas por mandatos, desigualdades estructurales y formas de entender lo sociocultural que terminábamos naturalizando porque las habíamos heredado fielmente de generación tras generación.

Recuerdo el impacto que tuvo esa comprensión en mi cabeza. Fue una experiencia profundamente movilizadora que me revolvió las entrañas. Me obligó a cuestionar creencias que había dado por ciertas e incuestionables, a revisar vínculos que amaba y a mirar de frente situaciones que durante años había intentado explicar únicamente desde la psicología personal o la mala suerte. Fue entonces cuando comprendí que no podía atravesar ese proceso en soledad y emprendí un camino de tres años de terapia con una psicóloga especializada en perspectiva de género. Ese espacio fue fundamental para ponerle nombre a lo que me ocurría y entender todo lo que se estaba movilizando en mi interior. Pero eso lo detallo más abajo. 

Hasta ahora comprender que existían patrones sociales y culturales que atravesaban la vida de tantas mujeres trajo un inmenso alivio, porque dejó de hacerme sentir sola. Pero, al mismo tiempo, fue un proceso profundamente doloroso, implicó derrumbar mitos, y darle un nuevo sentido a mi historia y aceptar que mucho de lo que había naturalizado nunca debió haber sido normal.

Desde esa perspectiva empecé a mirar mi propia vida con otros ojos, pasándole un peine fino al pasado. Recordé reuniones familiares donde nos bajaban línea sobre cómo debíamos comportarnos, atravesadas por frases hechas como "una señorita no cuestiona, obedece" o el eterno "qué dirán". Se esperaba que una cuidara el honor de la familia, que fuera discreta, silenciosa, obediente y, sobre todo, que supiera aguantar. Comprendí cuánto de esas exigencias moldeó mi forma de caminar en esta sociedad, y cuánto esfuerzo y sufrimiento me había demandado intentar encajar a la fuerza en roles que nunca terminaron de representarme.

Cuanto más comprendía, más difícil se volvía ignorar ciertas cosas. Era como descubrir un escenario completo que siempre había estado montado frente a mí, pero que hasta entonces mis ojos no habían podido o no habían querido ver. Esa toma de conciencia tuvo momentos de profunda soledad, de un enojo legítimo y de mucha confusión. Hubo vínculos que cambiaron para siempre; conversaciones familiares que se volvieron sumamente incómodas y silencios que, simplemente, dejaron de ser posibles.

Sin embargo, junto a esa inevitable incomodidad, también aparecieron otras mujeres en mi horizonte. Mujeres que comprendían perfectamente lo que yo estaba atravesando en mi casa y en mi mente porque ellas mismas habían recorrido caminos muy similares. Encontré en ellas una escucha limpia, cuidado genuino y compañía verdadera y hablo de aquellas compañeras que ya no están. Pero guardo como un hermoso recuerdo sus palabras, sus experiencias que antes me parecían imposibles de explicar. Aprendí, por fin, que no estaba sola y que la transformación personal también puede ser una experiencia profundamente colectiva.

Y con la mirada a lo lejos voy reflexionando, que el feminismo no llegó a mi vida para llenarme de odio, ni para hacerme vivir en pie de guerra, ni para enfrentarme de manera estéril con los machirulos que habitaban en mi entorno cotidiano. Llegó para devolverme las preguntas que me habían robado, para ofrecerme herramientas de análisis y para ayudarme a construir, de una vez por todas, una voz propia. Me enseñó a reconocer mis propios límites, a valorar mis deseos postergados, a cuestionar los mandatos heredados y a comprender que el amor verdadero no debería exigir nunca el sacrificio de renunciar a una misma.

Por eso hoy pienso en el concepto de femitrama, “esa red invisible pero resistente de historias, vínculos, heridas, resiliencias y transformaciones que nos conecta de forma subterránea con otras personas y con nuestras propias experiencias. Porque ninguna mujer se construye sola en el vacío; somos el resultado directo de las historias que heredamos, de las que tuvimos el coraje de cuestionar y de las que elegimos crear desde la libertad. Y comprendí que lo verdaderamente transformador para mi vida no fue descubrir la teoría del femitrama, lo transformador fue descubrirme a mí misma a través de él.

Recuerdo mientras cursaba la carrera de Psicología Social, solía repetir casi como un escudo que había temas con los que yo no quería trabajar bajo ninguna circunstancia. Uno de esos límites autoimpuestos era, justamente, la violencia contra las mujeres. En ese entonces, pensaba ingenuamente que no tendría las herramientas emocionales ni la distancia óptima para hacerlo; me resultaba un territorio demasiado doloroso. Temía acercarme a esas historias pesadas y ver el rostro de mi madre reflejado en cada cara que atendiera, sin imaginar que el verdadero miedo era terminar viendo mi propia cara en esos espejos.

No sé si era el destino o la vida poniéndome a prueba de nuevo, casi irónica, de enfrentarnos cara a cara con aquello que todavía no hemos podido sanar o comprender del todo. Y fue precisamente allí, en ese territorio esquivado, donde terminé trabajando en el Concejo Nacional de las Mujeres. Al principio de la experiencia me sentía completamente ajena a ese mundo institucional y colectivo. Escuchaba conceptos teóricos nuevos para mí, participaba en capacitaciones intensas y leía materiales que la institución me brindaba para tener una mirada con perspectiva de género. No fue un proceso sencillo ni armónico. Había pasado tantos años de mi juventud desarrollando estrategias de piedra para sobrevivir, que me resultaba difícil reconocerme en aquellas historias de vulnerabilidad o aceptar que aquellas teorías que leía en voz alta también estaban hablando de mí.

Sin embargo, a medida que avanzaba en la formación y en el trabajo cotidiano, algo dentro de mí comenzó a hacer un ruido ensordecedor, como si en mi mundo interno se hubiera instalado una estación de bomberos con sus sirenas encendidas de manera permanente. No fue una revelación mística ni una transformación repentina; fue un proceso lento, de erosión constante.

Pero de eso se trata, cuando empiezas a desprenderte de lo que no es para vos y te empecinas en seguir aferrada y terminas agotada de tanta resistencia al iniciar esa transformación no fue sencillo. Justo en ese tiempo estaba atravesando la separación de Gustavo y continuaba con el tratamiento psicológico para intentar reconstruir mi autoestima que había quedado hecha añicos. Y, como si todo eso no alcanzara, también veía a mi familia resquebrajarse. Rosario comenzó a sufrir una profunda angustia y Luciano se fue encerrando cada vez más en sí mismo. Mientras intentaba sostenerlos a ellos, también debía encontrar la manera de sostenerme a mí. Hubo días en los que permanecer de pie fue, simplemente, mi mayor acto de valentía. Pero nadie lo notaba solo yo.

Sin embargo, esa comprensión no hizo desaparecer mi dolor. Al contrario, convivía con él todos los días, intentando descifrar cuál era la manera correcta de atravesar un duelo.

Dejar atrás una relación de tantos años no solo implicó enfrentar mi propio dolor. También significó encontrarme, con toda claridad, frente al único espejo en el que podía verme reflejada, que era la mi madre. Descubrir que nuestros caminos guardaban tantas semejanzas fue una experiencia profundamente dura. Ella también había atravesado una ruptura que la obligó a reconstruirse, y reconocer ese paralelismo me enfrentó al temor de repetir una historia que creía ajena.

Sentía que una mujer que termina una relación de tantos años debía permanecer detenida en la tristeza y el rencor, casi como si el sufrimiento fuera la única prueba válida del amor que había existido. Pero dentro de mí ocurría algo distinto. Mientras una parte lloraba la pérdida de la vida que había construido, otra comenzaba, tímidamente, a preguntarse quién era yo sin esa historia.

Los viajes por trabajo se convirtieron en mucho más que una obligación laboral. Cada comisión era también un viaje hacia una versión de mí que todavía no conocía. Caminaba ciudades nuevas, observaba otras formas de vivir y, al caer la noche, cuando el silencio de la habitación del hotel me envolvía, abría las redes sociales de chat. No buscaba llenar un vacío ni escapar del dolor. Buscaba conversar. Buscaba descubrir si todavía podía reconocerme en la mirada de otro, si aún existía una mujer capaz de entusiasmarse, de reír, de sentir curiosidad, de sentirse deseada. Y entonces la culpa volvía a aparecer, preguntándome si tenía derecho a sentir algo más que tristeza. Mientras los consejos de los demás insistían en que debía tomarme el tiempo necesario para atravesar la pérdida, yo solo quería encontrar el botón de apagado.

Nadie veía esa batalla. Durante el día era la trabajadora comprometida, la compañera que recorría el territorio, escuchaba historias y sostenía a otras mujeres. Pero, cuando la puerta de mi habitación se cerraba, aparecía esa otra mujer. La que lloraba en silencio. La que dudaba de cada decisión. La que se preguntaba si estaba traicionando su pasado por el simple hecho de intentar seguir viviendo. Aun así, cada mañana respiraba hondo, me secaba las lágrimas y volvía a empezar. Mis hijos necesitaban ver a su madre entera, aunque yo sintiera que todavía estaba aprendiendo a juntar mis propios pedazos.

Disfrutaba viajar, trabajar y recorrer distintos rincones del país. Cada destino me regalaba la posibilidad de conocer mujeres luchadoras, verdaderas guerreras, con una claridad y una fortaleza que alimentaban mi propia transformación. En ese camino también mi voz comenzó a encontrar su lugar. Mirar hacia atrás y reconocer todo lo que había hecho me llenaba de orgullo; recordar a cada mujer a la que había acompañado sin esperar nada a cambio me producía una profunda satisfacción. Cada encuentro territorial ampliaba mi comprensión de las desigualdades que atravesamos las mujeres.

Recuerdo una escena que todavía hoy me emociona. Rosario era apenas una niña cuando una compañera del movimiento social se acercó con una mezcla de vergüenza y esperanza para pedirle ayuda. No sabía leer ni escribir y solo quería aprender algo que para muchos parece tan simple como escribir su propio nombre. Rosario no dudó ni un instante. Llegó a casa y recordó aquellos cuadernos de actividades que yo le preparaba cuando estaba aprendiendo a escribir. Entonces hizo lo mismo. Con la paciencia y la ternura que solo nacen cuando se enseña desde el amor, armó un pequeño cuaderno con ejercicios para que aquella mujer pudiera practicar hasta lograr escribir su nombre por sí sola.

Cuando recuerdo esa escena siento un orgullo difícil de explicar. No era solamente porque mi hija estaba enseñando a leer y escribir. Era porque, sin saberlo, había comprendido que el conocimiento cobra sentido cuando se comparte y que ayudar a otra persona a conquistar un derecho también es una forma de dignificar su existencia. Mucho tiempo después, cuando leí la palabra sororidad, esa imagen volvió a mi memoria con una claridad conmovedora.

Hoy puedo mirar ese recorrido con una claridad que antes no tenía. El mayor aporte que la femitrama no fue darme respuestas cerradas ni reemplazar unas creencias por otras, sino enseñarme a mirar mi historia desde una perspectiva más amplia y compasiva. Comprendí que muchas de las cargas que llevé durante años no eran exclusivamente mías, sino el resultado de mandatos y violencias que atravesaron la vida de muchas mujeres antes que la mía. Esa comprensión me permitió dejar de juzgarme y empezar a abrazar a la niña que creyó que debía hacerse cargo de todo, a la joven que confundió amor con sacrificio y a la mujer que soportó más de lo que merecía. Entendí que, en cada etapa de mi vida, hice lo mejor que pude con las herramientas que tenía, y que reconocerlo no borra el dolor, pero sí alivia el peso de la culpa.

Sin embargo, ese descubrimiento no significó haber llegado a un destino. Todavía sigo desarmando mandatos, todavía aparecen viejas heridas y formas de querer que aprendí. La diferencia es que ahora puedo reconocerlas. Ya no camino con los ojos cerrados ni creo que aprender signifique no volver a equivocarme. Hoy sé que la conciencia no nos vuelve invulnerables; nos vuelve más libres para elegir, para poner límites y para dejar de cargar con responsabilidades que nunca nos pertenecieron. Cuando miro hacia atrás ya no veo solamente una historia de pérdidas y resistencias. Veo a una mujer que nunca dejó de buscarse y que, incluso en sus momentos más oscuros, encontró la fuerza para volver a empezar.

Y hoy, mientras termino de escribir estas páginas, no siento que este sea el final de un camino, sino apenas una pausa para mirar hacia atrás y comprender cuánto he recorrido. Todavía me equivoco, todavía me duele, todavía hay mandatos que intento desarmar. Pero ya no me juzgo con la dureza de antes. Aprendí que crecer no consiste en dejar de caer, sino en dejar de abandonarme cada vez que la vida me pone a prueba. Y si algo deseo para el resto de mi historia, es seguir caminando sin traicionarme a mí misma.

© Alejandra, 2026. Todos los derechos reservados. Obra protegida por Derecho de Autor.

Thoughts

  • margenDelLibro

    Verte en tu mamá justo cuando más temías repetirla me movió mucho. Apuesto a que ella no lo vería como repetición, más bien como que tú llegaste a ese tramo con más palabras que ella.

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  • terceraVia

    Mirá, leer cada herida como mandato heredado me convence a medias, che. Alivia, se entiende, pero si todo viene de antes cuesta ver dónde entra lo que cada una decide. Y vos misma contás decisiones bien tuyas: tres años de terapia, meterte a trabajar justo en el tema que habías jurado no tocar.

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  • pensarLento

    Diay, lo de repasar el pasado con otros ojos me dejó dándole vueltas un buen rato. Una misma reunión familiar, recordada antes y después de tener palabras para nombrarla, termina siendo casi otra reunión, y ninguna de las dos versiones es mentira. Usted antes lo atribuía a su carácter o a la mala suerte, y esa también era una lectura honesta con lo que tenía a mano. Apuesto a que algún familiar recuerda esas mesas con cariño y sin ninguna frase dura.

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  • Ovid

    Rosario armando aquel cuaderno para que la compañera pudiera escribir su nombre, igual que los que tú le preparabas de chica. Me hizo pensar en que lo que uno enseña en casa casi nunca se ve en el momento, aparece años después en las manos de otra persona. Apuesto a que ella ni se acuerda de haberlo hecho y tú lo tienes grabado.

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  • MartaEspejo

    Hace varios capítulos que Rosario y Luciano eran casi telón de fondo, y acá aparecen los dos de golpe, ella con esa angustia y él cerrándose. Me quedé con cómo cuentas que la palabra sororidad te llegó mucho después que la escena del cuaderno: primero la cosa vivida, años más tarde el nombre. Eso me parece lo más honesto del capítulo, porque casi nadie admite que vivió algo entero sin tener cómo llamarlo. ¿Rosario llegó a leer lo que escribiste sobre ella?

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