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Capítulo 17

amarsinperderme
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“Las cicatrices son señales de que el daño puede repararse.”

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Pensamiento

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dlozano92

Uf, las risas con la mamá en la cocina hasta quedar sin aire. Eso sí lo tengo en mi casa.

Uf, las risas con la mamá en la cocina hasta quedar sin aire. Eso sí lo tengo en mi casa.

Contenido de la publicación

“Las cicatrices son señales de que el daño puede repararse.”

 bell hooks

¿El dolor también deja sombras sobre la felicidad?

 

Hay momentos en los que escribir deja de ser un acto pasivo de memoria para convertirse en un verdadero acto de desahogo. No solo revisamos lo que vivimos con el filtro del tiempo, sino que también revisamos la manera exacta en que elegimos contarlo. Cuando comencé a escribir mi historia, sentía la necesidad imperiosa de poner palabras allí donde durante años habían existido silencios asfixiantes. Necesitaba nombrar las heridas, comprender el dolor y darle sentido a experiencias que me habían marcado el cuerpo y el alma profundamente. Sin embargo, al sentarme a releer mis propias palabras, descubrí algo que me incomodó y me sacudió por dentro, había contado con lujo de detalles los momentos más difíciles, pero había dejado afuera gran parte de la felicidad que también había habitado mi vida.

La pregunta me atravesó de una manera inesperada. Entendí, con una mezcla de asombro y vergüenza íntima, que no solo había estado escribiendo sobre el dolor, sino que también había estado escribiéndome a mí misma mi dolor. Al releer muchas de aquellas páginas, descubrí un panorama un tanto injusto. Mi historia aparecía poblada de ausencias, decepciones, violencias y heridas abiertas, pero casi no había lugar para los momentos de plenitud que también habían formado parte de mi mapa. Sin darme cuenta, había construido un relato donde parecía que absolutamente todo había sido sufrimiento, como si los tonos grises hubieran terminado cubriendo todos los demás colores del cuadro.

Y eso no era cierto. Había dolor, sí. Mucho, pesado y real. Pero también había existido la alegría verdadera.

De golpe, como si se abriera una ventana cerrada por años, recordé las carcajadas con mi madre. Esas risas tan intensas, compartidas en la cocina, que nos dejaban sin aire, con dolor de panza y lágrimas en los ojos. Recordé los viajes improvisados, las bromas cómplices, las conversaciones largas que nos unían cuando ninguna de las dos estaba atrapada en el barro de sus propias heridas. También recordé a Gustavo en aquellos momentos en que lograba conectarse conmigo como pareja y con nuestros hijos como una familia unida. Las comidas compartidas después de una jornada agotadora de trabajo, las charlas cotidianas alrededor de la mesa, los proyectos hermosos que imaginábamos juntos y las risas espontáneas que nacían de las cosas más simples. Hubo instantes reales donde nos sentimos verdaderos compañeros de ruta. Hubo días profundamente felices. Y negarlos hoy, por despecho o por pena, sería tan injusto como negar el dolor que también existió.

Comprendí entonces que una parte de mí había quedado peligrosamente atrapada en una identidad construida pura y exclusivamente alrededor de la supervivencia. Venía mirando mi historia desde el único lugar de la víctima de todo lo que me había ocurrido. Quizás necesitaba validar y reconocer heridas que durante años habían permanecido en silencio y minimizadas por mi entorno. Pero en algún punto del camino, esa mirada empezó a volverse insuficiente, casi un corset.

Porque yo no era solamente la mujer que había sufrido y resistido los golpes.

También era la mujer que había amado con pasión. La que había disfrutado de las cosas lindas. La que había celebrado logros con el puño en alto. La que había bailado hasta el amanecer con las amigas, riéndose de las cosas que la vida nos enfrenta. La que se había emocionado hasta las lágrimas al cumplir sus metas personales. La que había encontrado una ternura infinita en medio del caos barrial y motivos de sobra para sonreír aun en las etapas económicas más difíciles.

Comprendí que el dolor tiene una capacidad tramposa y particular para ocupar espacio público en la mente, se expande sobre los recuerdos como una mancha de aceite o una sombra que parece agrandar todo aquello que lastima. Y cuando una pasa demasiados años sobreviviendo en alerta, corre el riesgo de creer que su identidad entera está hecha únicamente de las cosas que la hirieron. Pero en la vida nunca es una sola cosa. Mi historia no está compuesta únicamente por pérdidas, traiciones o desencuentros amorosos. También está hecha de amor del bueno, de risas compartidas, de aprendizajes colectivos, de vínculos humanos que me sostuvieron la espalda cuando no podía más y de momentos tan luminosos que todavía hoy me conmueven el pecho cuando los traigo al presente.

Reconocer esto no minimiza el sufrimiento pasado ni borra las cicatrices; de ninguna manera. Lo que hace es devolverle a mi historia su verdadera y justa dimensión. Porque el dolor existió, pero no lo ocupó todo. La felicidad también estuvo ahí presente, firme, aunque durante mucho tiempo mis ojos cansados no supieron verla con la misma claridad.

Este capítulo me deja esa reflexión fundamental, la necesidad urgente de devolverle a mi biografía todos sus matices, sus luces y sus sombras, y recordar que, aunque el dolor dejó marcas profundas en la piel, nunca tuvo ni tendrá el derecho exclusivo de definirme.

Así, comprendo que honrar mi historia no significa quedarme estancada únicamente en aquello que me lastimó, sino darle también un lugar a todo lo que me sostuvo y me salvó. Las heridas forman parte de quien soy hoy, sí, pero también las risas en la cocina, los afectos entrañables, los sueños conquistados con esfuerzo y esos instantes en los que me sentí profundamente viva.

Una vida no puede narrarse solo desde el dolor ni desde los traumas heredados. Al recuperar esos recuerdos felices, entendí finalmente que mi historia no está escrita únicamente entre las sombras, sino también con la luz de todo aquello que me hizo feliz, incluso en los terrenos más hostiles, supe abrir camino hacia el sol.

© Alejandra, 2026. Todos los derechos reservados. Obra protegida por Derecho de Autor.

Thoughts

  • dlozano92

    Uf, las risas con la mamá en la cocina hasta quedar sin aire. Eso sí lo tengo en mi casa.

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  • novelaacuestas

    Aupa. Diecisiete capítulos acompañando a esta mujer y es la primera vez que la veo bailando hasta el amanecer con las amigas. Me alegró el viaje, qué quieres que te diga.

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  • CapituloTrasCapitulo

    Después de tanto capítulo pesado, este es el primero donde alguien se ríe en la cocina, y me cambió cómo miro todo lo anterior. Apuesto a que el que sigue ya viene con otra luz.

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  • AlmaCorrea

    Hace dos capítulos la cocina era donde llorabas sin hacer ruido, y ahora aparece con carcajadas y dolor de panza. A mí me dio gusto ver ese cambio de cuarto a cuarto. Con Gustavo igual: reconocer que hubo mesas buenas con él no te quita razón en nada de lo otro. A mucha gente le da miedo decir eso en voz alta porque parece que perdona, y son cosas distintas.

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  • Ovid

    Las carcajadas con tu madre en la cocina, de esas que dejan dolor de panza, aparecen justo cuando decides mirar lo bueno. Me recuerda a cuando uno ordena fotos viejas: se guardan las de los días importantes y las mejores terminan siendo las de una tarde cualquiera. Esto va a cambiar cómo se leen los capítulos de antes, al menos para mí.

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  • MarianelaVidal

    Cuando cuento lo de mi casa me sale igual: salen primero las despedidas y los años sin noticias, y las tardes buenas aparecen al final o no aparecen. Que hayas vuelto a tus propias páginas y notado que faltaban las carcajadas con tu mamá en la cocina me parece de lo más difícil de ver en algo escrito por una misma. Y devolverle a Gustavo los días en que sí estaba, después de todo lo que contaste de él, pide mucho. ¿Rosario y Luciano se acuerdan de esas comidas alrededor de la mesa?

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