Theo sale de la detención sintiéndose de la Madre para siempre, y aun así lo que busca arriba son los ojos de Ceres. Él ganó su medalla delatando a Gene, y apuesto a que la que lo delata a él va a ser ella, convencida de que lo está queriendo.
Capítulo 16: Divagaciones de un Traidor y Corazones Desgarrados - parte 1
Pensamiento
Theo sale de la detención sintiéndose de la Madre para siempre, y aun así lo que busca arriba son los ojos de Ceres. Él ganó su medalla delatando a Gene, y apuesto a que la que lo delata a él va a ser ella, convencida de que lo está queriendo.
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Capítulo 16: Divagaciones de un traidor y corazones desgarrados - parte 1
aleroz · 28 min de lectura · Comenzó hace 1 mes
El colegio todavía dormía cuando el hombre comenzó a limpiar el patio. Las piedras grises, frías, resonaban bajo el chirrido húmedo de la escoba. Trabajaba con devoción, barriendo cada rincón de aquel suelo por el que un día también había caminado, antes de ser devorado por la Madre Ceres.
Cada mañana, se arrodillaba ante ella: frotaba los grifos metálicos, lustraba los inodoros, limpiaba los cristales grasientos con silencioso orgullo. No era malo cuidar de la Madre Ceres. En absoluto. Aquellos que tenían la suerte de formar parte de su personal, incluso los más humildes, como los conserjes, los técnicos y los recolectores, competían por los puestos como si fueran coronas. Eran más codiciados que los de ingeniero, químico o mecatrónico.
¿Por qué? Porque trabajar allí era, para algunos, la última oportunidad de ver a sus hijos. Hijos que todavía vivían y estudiaban bajo su techo, que aún no habían sido devorados por completo. Ver de lejos el rostro de un niño, un saludo a escondidas, una mirada distraída... Bastaba con eso para transformar un cubo y un trapo en reliquias de fe. Era un hogar. Olía a casa.
La Madre Ceres gastaba bromas. Así era ella. Para la mitad de la población, el sueño consistía en estar cerca de ella, aunque fuera limpiando el suelo. Para la otra mitad, el sueño era ser engullido por ella: ser aceptado como profesor, oficial o técnico. Todos eran examinados, todos evaluados mediante pruebas brutales, solo para conseguir un lugar dentro de ella. Ni siquiera el mayor Tomas, con su posición privilegiada, había recibido jamás la gracia de ver el rostro de sus propios hijos. Porque estar cerca de la Madre, a veces, significaba alejarse de lo poco que aún nos quedaba de humanos.
Afuera, el amanecer irrumpía como un milagro. El cielo, todavía medio oscuro, se desgarraba ante un sol tímido y dorado. El colegio se alzaba en pesados bloques, pero el espectáculo de la luz hacía que pareciera respirar.
El sol y la Madre Ceres eran eso para ellos: un legado. Una prueba de que todavía había placer y decencia en la vida. Entregarse a la Madre, servir a la Madre, era devolverle la libertad que la humanidad había olvidado. Ella, que era nuestra madre. Nuestra Madre Ceres.
Y el hombre continuaba con su ritual. Secaba el agua de los grifos, fregaba los inodoros con empeño, mientras el patio iba cobrando color. Pensaba en su hijo. Y, por un instante, creía que aquella mañana quizá sería diferente. Quizá la Madre Ceres, con su infinita astucia, le permitiría ver un rostro familiar antes de devorar a uno más.
Algunos alumnos comenzaron a salir de los dormitorios, arrastrando los pies, todavía adormilados. Los uniformes estaban bien planchados, los cabellos despeinados. En el aire frío de la mañana, iban formando pequeñas filas dispersas, caminando hacia el patio y después hacia el comedor.
A lo lejos, repartidos por los pasillos y los patios, los empleados interrumpían por un instante el movimiento de sus escobas para observarlos. Fingían seguir trabajando, pero sus ojos no mentían: buscaban, ansiosos, un rostro conocido entre la multitud.
Por eso estaban allí. Por esa oportunidad. Por esa sencilla esperanza de ver pasar a sus hijos. Algunos tenían la suerte, rara, casi sagrada, de encontrarlos. Un saludo contenido, un tímido adiós con la mano, una sonrisa discreta en el rostro de los niños. A veces, un pequeño sollozo quedaba atrapado en la garganta, oculto entre un cubo y una fregona.
Y estaban los más afortunados. Aquellos que conseguían abandonar por un instante la fregona para ofrecer un abrazo. No estaba prohibido. Nunca lo había estado, siempre que todos cumplieran con sus funciones. La Madre Ceres no era inhumana. Al contrario. Le gustaba recordarles que la humanidad seguía latiendo, incluso dentro de su boca.
Pero eran pocos. Muy pocos, en Ceres, tenían un trabajo así. Un trabajo que les permitía servir a la Madre y, al mismo tiempo, ver a sus hijos. Para los demás, solo quedaba el recuerdo. O la esperanza de un reencuentro en otra vida.
Los alumnos avanzaban uno a uno entre los empleados, que volvían a barrer el suelo con la misma devoción de antes. Sin embargo, por dentro, cada uno guardaba aquel instante como un premio. Un privilegio que jamás se atreverían a desperdiciar.
En los campos de flagball, el día ya había tomado forma. Los atletas del primer bloque calentaban en filas coordinadas, corriendo por el césped recién cortado. El fuerte olor de la hierba recién segada dominaba el aire húmedo de la mañana, mezclado con el aroma químico del cloro procedente del gimnasio de natación. Un perfume agridulce, recordatorio físico de la disciplina y la pureza que la Madre Ceres exigía a sus hijos.
Los empleados de mantenimiento cruzaban las líneas blancas con sus máquinas cortacésped y sus varas de pintura, ajustando cada detalle con esmero. No era solo trabajo. Era un ritual. El honor no consistía únicamente en servir, sino también en estar allí: compartir el mismo espacio, respirar el mismo aire, observar, aunque fuera desde lejos, la rutina de los hijos que la Madre les había confiado.
Algunos padres se permitían algo más. Al divisar a sus hijos en los bloques de atletas, en los vestuarios o simplemente caminando por el pasillo exterior, los saludaban discretamente, con una sonrisa contenida. Otros incluso se arriesgaban a acercarse un poco más: compartían una merienda rápida, una taza de café junto al campo, intercambiaban unas palabras apresuradas antes de que un silbato o una orden les recordara a ambos cuál era el límite. No estaba prohibido, siempre que se mantuviera el orden y nadie olvidara el papel que le correspondía: hijo o servidor.
Los pasillos bullían con el ir y venir de los alumnos, impecablemente uniformados, con las carpetas apretadas contra el pecho. Y por todo el colegio podían verse empleados repartidos entre patios, gimnasios, pasillos y campos. Todos ocupados en sus tareas, sí, pero con el corazón secretamente entregado a aquella pequeña posibilidad de ver, tocar y sonreír a un hijo. Al fin y al cabo, por eso habían elegido aquellos puestos tan disputados, tan valiosos.
—Gracias, Madre Ceres —murmuraban en silencio mientras empujaban un cubo, barrían una esquina o recortaban un parterre—.
Para ellos, era un privilegio mayor que cualquier cargo ostentoso. Mayor que ser ingeniero o administrador en la ciudad.
En Ceres, lo sabían, no había lugar para la vanidad. La verdadera recompensa estaba en aquel hilo invisible, en aquel contacto breve, permitido y precioso con sus propios hijos, antes de que la Madre los reclamara por completo.
Allá afuera, en otras ciudades, en otras naciones decadentes, se conocían historias de corrupción: hombres que competían por puestos, compraban votos, arrebataban a otros padres su lugar y conspiraban para acercarse a sus hijos por la fuerza. En Ceres ocurría lo contrario: no había una competencia ciega, sino devoción y una fila ordenada. Cada uno esperaba su turno, cada uno aceptaba su parte, porque así lo había querido la Madre.
Aquí, incluso en los servicios más humildes, todos se sentían ricos.
Porque nada era más valioso que aquel instante: el instante en que, durante apenas un segundo, un hijo pasaba junto a ellos, levantaba la cabeza y sonreía con una mirada serena y orgullosa.
Y ellos lo sabían: todo valía la pena.
Cora era una de aquellas privilegiadas.
Hija de Cami, la botánica responsable del paisaje urbano de Ceres, tenía el raro privilegio de verla todos los martes, cuando su madre acudía a registrar el estado de los terrenos baldíos junto al colegio. Eran terrenos que pocos se atrevían a visitar, pues, según se decía, pronto serían convertidos en una plaza para ejercicios o en un campo militar.
Cami cuidaba de la ciudad con la misma ternura con que Cora cuidaba de las semillas... y de los animales.
Siempre que podía, su madre le preguntaba cómo estaban los perros y los gatos del terreno, y ella respondía con una sonrisa avergonzada:
—El comandante Bigotes sigue mandando por allí. La capitana Croquetita está bien gordita... y Hígado, como siempre, es un peleón.
Y se reía al mencionar los extraños nombres que les había puesto a los animales:
Comandante Bigotes, un gato blanco y negro con aires de autoridad.
Capitana Croquetita, una perra amarilla que vivía robándoles la merienda a los alumnos.
Hígado, un gato pelirrojo que todos consideraban feo, pero que solo Cora encontraba hermoso.
Y también estaba la pequeña Salchicha, una perrita mestiza y flacucha que ladraba a cualquier cosa que se moviera.
Cami sonreía al escuchar aquellos relatos y, en voz baja, también le preguntaba por el viejo avión en el que Cora guardaba sus semillas de caléndula.
Era allí donde la niña soñaba con ver, algún día, toda la ciudad teñida de tonos anaranjados, aunque nadie reparara en sus pequeñas plantaciones clandestinas.
Fue entonces cuando la Madre Ceres, como siempre, gastó una de sus bromas.
En una madrugada gris, la ciudad fue invadida por espías de Arcadia. Buscaban un experimento del centro y, para ejecutar una fuga que llevaban años planeando, utilizarían precisamente aquel avión, preparado en secreto para cruzar la frontera.
Cora solo se enteró por la mañana.
El avión había sido robado a toda prisa y se había elevado hacia el cielo entre sirenas, desgarrando las nubes con un rugido metálico. Pero jamás consiguió cruzar la frontera: cayó sobre el centro como un meteorito, dejando un rastro de destrucción.
Nadie supo jamás que, junto con las piezas y los tornillos, también llovieron las semillas de caléndula de Cora.
En pocos días, germinaron.
En pocas semanas, toda la ciudad, en un radio de quince kilómetros, quedó cubierta por un mar anaranjado, denso y perfumado de flores.
Un espectáculo imposible.
Un milagro.
Los periódicos lo anunciaron como «La bendición de la Madre Ceres». Observadores de otras ciudades acudieron para verlo con sus propios ojos, sin sospechar jamás la verdad.
El avión, destrozado y envuelto en llamas en el centro, fue retirado. Quemaron todas las pruebas.
Y nadie supo jamás que todo había comenzado con una niña, un puñado de semillas... y un corazón inquieto.
Aquel martes, cuando Cami acudió al colegio, las dos caminaron lado a lado, observando el paisaje que florecía más allá de los muros.
Cora se limitó a sonreír tímidamente.
Cami le apretó la mano y, en un susurro, dijo:
—Gracias, hija mía.
Y en aquel instante, durante un segundo, Cora sintió que quizá, solo quizá... la Madre Ceres también la amaba de verdad.
Por su parte, Cora ni siquiera imagina la mitad de lo que su madre piensa de ella cuando la observa.
Todavía no tiene un «noviecito» secreto en el colegio, no por falta de oportunidades, sino porque se pone roja al menor saludo de sus compañeros. Es demasiado tímida.
No como Cami, que a los trece años ya intercambiaba notitas y risas por los pasillos, escondida detrás de las columnas del comedor.
Cora no.
Cora prefiere el silencio de los terrenos baldíos, el olor de la hierba, los gatos locos con nombres tontos como Frijolito, Bombillita y Cometa. Prefiere cuidar las flores de caléndula antes que arriesgarse a decirle «hola» a cualquier chico.
No es que no sienta curiosidad, claro que sí. A veces, mientras los demás juegan al flagball en el campo o cuchichean en el patio, imagina cómo sería sostener una mano cálida, sentir una sonrisa dirigida solo a ella, tener el valor de ponerse roja sin querer desaparecer inmediatamente después.
Pero todavía no es el momento.
Aún no está preparada para eso, ni para los chicos ni para la Madre Ceres.
Sabe que llegará su hora. Porque aquí todos tienen su momento.
Y quizá por eso Cora también cree que algún día será especial. Aprenderá a hablar sin tartamudear, aprenderá a devolver las miradas en lugar de apartarlas, aprenderá a dejarse devorar sin miedo.
Y será bueno.
Aunque al principio duela.
Por ahora, Cora solo cuida de las flores, las semillas y los animales, fingiendo que su mundo es lo bastante pequeño como para caber dentro del terreno baldío.
Por ahora, puede ser simplemente una niña de trece años, demasiado tímida para meterse en el juego de los demás.
Por ahora.
Cora todavía no tiene el valor suficiente para muchas cosas.
No para hablar en voz alta.
No para imponerse cuando tropiezan con ella en el pasillo.
Ni siquiera para admitir que, a veces, sí sueña con tener un noviecito secreto, como el que su madre tuvo un día.
Pero todavía no. Ahora no.
Es demasiado joven, demasiado tímida, y se le enciende el rostro cada vez que alguien la llama por su nombre.
Cami lo entiende porque ella misma fue así alguna vez, aunque, a la edad de su hija, tenía un poco más de atrevimiento y un poco menos de miedo.
Y sabe que ese proceso es natural: algún día, Cora crecerá, ganará valor y encontrará a alguien con quien compartir secretos...
E, inevitablemente, también será devorada.
Y eso no es malo, no de verdad.
Es el orden de las cosas.
Hasta las flores más frágiles terminan floreciendo cuando llega su hora.
Cora y Cami a veces recuerdan juntas el milagro del avión.
Aquel viejo avión ya no existe: fue quemado, destruido, olvidado.
Pero antes de desaparecer, esparció caléndulas por toda Ceres, como un campo anaranjado encendido bajo el cielo gris.
Y Cora, en lo más íntimo de su corazón, creía que aquel milagro también había sido para ella.
Un gesto dulce de la Madre Ceres, que, sin querer, le devolvió las flores que ella misma había guardado.
Como si le dijera: «Te veo, hija mía. Aunque ahora seas pequeña y tímida».
Y Cami cree que sí.
Cora será especial.
Aprenderá a enfrentarse al dolor y, aun así, seguirá siendo dulce.
Aprenderá a ser fuerte como su madre, y todavía más hermosa por dentro.
Florecerá.
Porque así es con todos en Ceres.
Y, aunque a veces sea malo, es bueno.
Demasiado bueno como para no dar las gracias.
Cami miraba a su hija, arrodillada en el terreno baldío, con las manitas sucias de tierra y algunos pétalos de caléndula prendidos en el cabello.
Un gato, Galeto, se acurrucaba perezosamente a su lado, mientras dos perros se peleaban en voz baja por una rama un poco más allá.
—Sabes... —dijo Cami después de anotar algo en su cuadernito y guardarse el bolígrafo detrás de la oreja—, creo que la Madre Ceres te concedió aquel milagro a propósito, de verdad.
Cora levantó el rostro, sorprendida.
—¿De verdad? ¿Tú crees?
—Sí, lo creo. Eres... especial. Solo que todavía no lo sabes. —Cami se agachó para quitarle un pétalo de la cara a su hija—. Yo también era así. Tímida, callada. Creía que no tenía valor para nada.
Cora sonrió tímidamente.
—Yo... yo quisiera tener valor. Como tú. O como la Madre Ceres.
Cami soltó una risita y negó con la cabeza.
—Lo tendrás. Solo hace falta tiempo, hija. Primero florecemos despacio. Después nos hacemos fuertes. Y entonces... la Madre nos devora.
Cora bajó los ojos, pero no parecía triste.
—Debe de ser bonito que te devoren...
—Es lo más bonito que existe. —Cami le acarició el cabello—. Y hasta entonces... todavía encontrarás por ahí algún noviecito secreto, ¿eh? Igual que yo encontré al mío.
Cora se puso roja.
—¡Mamá! ¡Yo no!
—Ahora no, ya lo sé... —Cami se levantó con una sonrisa—. Pero algún día. Porque vas a ser fuerte, mi florecita. Vas a aprender. Y cuando llegue el momento... será bueno. Aunque parezca malo. Será bueno.
Cora permaneció callada, contemplando las flores anaranjadas que la rodeaban, y murmuró en voz baja, como si se dirigiera a la propia Madre Ceres:
—Gracias por el milagro...
Y, a lo lejos, el viento agitó las caléndulas, como si sonriera para ella.
Los recuerdos de Theo
Theo recordaba con nitidez el olor del vestuario antes del partido decisivo en Oplan: una mezcla de sudor, el hierro de las taquillas viejas y el perfume sintético de los uniformes recién planchados.
La medalla todavía pesaba en su bolsillo, como un clavo en el pecho.
Una conquista mediante la traición. Un reconocimiento por delatar a Gene, el amigo cuyo nombre ya no se atrevía a pronunciar.
Los otros chicos reían, se estiraban y aplaudían, cargados de adrenalina antes del partido.
Pero Theo no conseguía respirar bien.
La medalla le quemaba como una fiebre contra la tela del pantalón.
Y entonces estalló.
Arrojó la mochila al suelo, sacó la medalla y, delante de todos, la aplastó con ambas manos, gruñendo como un animal herido.
Los bordes afilados le cortaron las palmas, pero no se detuvo.
Y gritó, con los ojos en llamas:
—¡No quiero regalos de la Madre Ceres! ¡Quiero que la Madre Ceres me ame como yo la amo!
Silencio.
Todo el vestuario se detuvo.
Ni siquiera se oían las respiraciones.
En aquel momento, Theo conquistó el liderazgo del grupo.
Incluso quienes no entendían exactamente lo que quería decir comprendieron el peso de sus palabras.
El dolor. La rebelión. El amor servil, incondicional.
Hasta Dark, apoyado contra la pared con los brazos cruzados, dejó escapar un silbido bajo.
Se acercó, recogió del suelo un fragmento de la medalla y dijo con aquella voz cálida e insolente:
—El príncipe de la Madre Ceres...
No era un elogio.
Era una burla. Y un deseo de destrucción.
Dark odiaba a Theo, pero no por envidia. Ni por miedo.
Dark lo odiaba porque era divertido intentar romper aquello que la Madre Ceres consideraba aceptable.
Theo era su juguete favorito.
Y Dark era el perro rabioso de la ciudad, nacido del barro, entrenado para destrozar todo lo que brillara demasiado.
Aquella actitud, por supuesto, le valió a Theo un castigo de detención.
Y algo más: una corrección.
Una palabra que siempre venía acompañada de silencio en los pasillos...
... y de comiditas líquidas servidas en bandejas de plástico.
Pero no se arrepentía.
En aquel instante, en el vestuario, delante de todos, fue como si su grito hubiera resonado por todo el estadio.
Por todo el territorio de Oplan.
Por toda Ceres.
Y aunque nadie lo dijera jamás abiertamente...
Él sabía que la Madre Ceres lo había escuchado.
La detención duró quince días.
Quince días fuera del colegio.
Lejos de las mañanas llenas de gritos.
Lejos del olor a hierba de los campos de flagball.
Lejos de las clases coreografiadas.
Lejos de las risas nerviosas en los pasillos.
Quince días lejos de Tycho, a quien no pudo ver ni una sola vez.
Quizá su hermanito le había escrito, quizá había llorado, pero nada llegaba hasta Theo.
En el centro de detención no había cartas.
Era una celda de color gris pálido, con una cama empotrada y una iluminación programada para encenderse y apagarse según el ciclo oficial de Ceres.
El tiempo estaba dictado por sensores.
No había ventanas, solo una pantalla empotrada en la pared: el Proyector Oficial de Actualización Ciudadana.
Fue a través de ella que Theo vio a sus compañeros:
Entrenando, riendo, jugando.
Parecían distantes, con una ligera granulación que hacía que todo pareciera un sueño antiguo.
Incluso Daime, con sus consejos insoportables y estúpidos, apareció riéndose durante un partido.
Y Tycho, al fondo, sentado a la sombra de un árbol con los libros del manual azul.
Todos seguían adelante.
El mundo había seguido adelante.
Y allí, tumbado, con el cuerpo dolorido por culpa de la cama dura y los músculos cada vez más débiles...
Theo la vio.
Ceres.
Aparecía dos veces al día.
Una grabación especial para la reeducación de los «comportamientos no conformes».
La pantalla mostraba su rostro inmaculado, su voz dulce, su uniforme ceremonial, la boina ligeramente inclinada y las dos llaves doradas prendidas en el pecho.
—El amor verdadero no es egoísta. El amor verdadero confía, sirve y guarda silencio.
Theo observaba en silencio.
Se sabía el discurso de memoria.
Pero cada vez que ella hablaba, algo se le revolvía en el estómago.
No era rabia.
No era miedo.
Era algo más profundo, más antiguo: hambre de pertenencia.
Durante los últimos días de detención, Theo había comenzado a memorizar los detalles más insignificantes de la grabación:
El parpadeo de los ojos, el suave movimiento de la mano, la manera en que los soldados del fondo enderezaban la postura exactamente en el mismo segundo.
Cuando terminaba la grabación, solo quedaba el silencio.
Y allí, en aquel silencio blanco y absoluto, Theo no pensaba en Gene.
Pensaba en Ceres.
El patio estaba lleno de movimiento, pero para él parecía un cuadro inmóvil:
Filas de alumnos que iban de un lado a otro, empleados recogiendo hojas caídas, un grupo de chicas riendo a carcajadas en una esquina, el sonido lejano de un silbato procedente del gimnasio.
Estaba sentado solo en uno de los bancos de hormigón, con las manos en los bolsillos y el cuerpo ligeramente encorvado.
Los ojos fijos en la nada.
El viento frío hacía que las puntas de la hierba se inclinaran en una reverencia colectiva.
Allí, a solas, Theo pensaba, por primera vez, en algo que hasta entonces jamás se había atrevido a nombrar:
¿Y si la Madre Ceres no nos ama de verdad?
La duda había brotado como una mala hierba durante los días de detención.
En el silencio de aquella celda sin ventanas, en el vacío donde los sentimientos que alguna vez había tenido hacia sí mismo parecían haber sido arrancados y sustituidos por algo duro y metálico.
No era un vacío corriente.
Se parecía más al plomo, un peso constante que lo mantenía pegado a la tierra.
La Madre Ceres le había arrebatado la sensación de ser dueño de sí mismo.
Y, a cambio, le había dado un deber tan pesado que a veces parecía imposible de soportar.
Theo nunca antes había siquiera considerado llamar a la Madre Ceres por otro nombre.
Pero, en aquel instante, sintió que su lengua ensayaba el sonido de otra palabra, una casi blasfemia que no se atrevió a completar.
Se sentía partido en dos.
Una parte gritaba que huyera, que corriera, que lo abandonara todo, que fuera libre, que se arrancara del pecho el sello dorado de la servidumbre que todos llevaban.
La otra parte, la más fuerte, la más rígida, susurraba con tono condenatorio que era un traidor, que merecía ser quemado en el patio de ejecuciones como todos los demás que habían dudado.
Que la propia duda era una herejía.
Que debía entregarse, confesar y arrodillarse.
Aquella dualidad permanecía en equilibrio, como una moneda girando en el aire.
No sabía de qué lado caería.
Y sabía, con un escalofrío en el estómago, que aquella incertidumbre ya lo había convertido en un hombre diferente.
Ya no era el mismo chico que había gritado en el vestuario semanas atrás, ni el que seguía a Daime por los pasillos con una sonrisa condescendiente, ni el mismo que abrazaba a Tycho en las mañanas heladas.
El sufrimiento de la detención había dejado un efecto secundario.
Algo dentro de él se había roto.
A lo lejos, podía oír la respiración pesada y rítmica del gimnasio.
Ceres estaba practicando sus saltos ornamentales, como siempre.
Su cuerpo cortaba el agua a la perfección, una sombra grácil e implacable, como si fuera la encarnación misma del sistema.
Inmaculada.
Intocable.
Amada.
Theo la observó durante un instante.
Y, por primera vez, no estuvo seguro de seguir queriendo que ella también lo amara.
En el patio, la silueta de la torre dominaba el horizonte a lo lejos, como un dedo acusador apuntando hacia todos.
Theo la miraba fijamente, con la mandíbula tensa, y sentía por dentro un nudo de nerviosismo que no sabía deshacer.
Una parte de él solo quería salir corriendo de allí, atravesar las puertas, desaparecer de la ciudad, olvidar para siempre los pasillos, las filas, los himnos, la torre.
Pero la imagen de su hermano Tycho siempre aparecía en su mente, indefenso y dulce, como solo él podía ser.
¿Cómo podría abandonarlo?
Y entonces regresaba el peso, aquella sensación de plomo que ahora parecía permanente en su pecho.
Aquella voz interior, fría e implacable, comenzaba a repetir dentro de él, como un verdugo recitando la sentencia:
«Gracias, Madre Ceres, que nos alimenta, nos educa y nos devora».
Pero cada vez que repetía el mantra, se sentía más dañado por dentro.
Más agrietado.
Más cerca de hacerse pedazos.
«Traidor».
«Cobarde».
«Débil».
«Quémate de una vez, traidor».
Las palabras resonaban en su mente hasta que comenzó a insultarse a sí mismo, con los dientes apretados y los puños cerrados.
Y, en un arrebato de rabia, levantó la mano y empezó a golpearse la cabeza, como si quisiera expulsar aquellos pensamientos prohibidos.
—¿Theo...? —La voz de Ceres cortó el aire a su lado.
Él se quedó paralizado.
Los ojos de ella estaban clavados en él, fríos, atentos y, por primera vez, con un matiz diferente: desconfianza.
Nunca había visto a Theo comportarse de aquella manera.
Él era el príncipe blanco de la Madre Ceres, siempre impecable... hasta ahora.
—¿Qué es esto? ¿Qué te está pasando? —preguntó ella, casi en tono de orden.
Theo respiró hondo y bajó lentamente la mano, intentando recuperar la compostura.
—No es nada, Ceres. Nada.
Pero ella no le creyó.
Ceres sentía aquella discordia en él como una espina clavada bajo la piel.
Y eso la perturbaba.
Dio un paso adelante, intentando tocarle la herida de la sien.
—Déjame ver.
Pero Theo retrocedió con un movimiento brusco, casi furioso.
Los ojos de ella se endurecieron.
Ya no estaban en sintonía.
Era como si hablaran idiomas diferentes.
—Estás ocultando algo. Lo veo. —La voz de Ceres era baja y firme, como si ya lo hubiera juzgado.
Theo inspiró profundamente, sintiendo hervir la rabia bajo la piel. Al ver a Tycho a lo lejos, al niño corriendo con su sonrisa ingenua, no pudo soportarlo.
—¡Lárgate de aquí, Tycho! ¡Ve a ocuparte de tus asuntos! —gritó bruscamente, sin siquiera mirarlo.
Su hermano se detuvo, confundido, y se alejó despacio.
Ceres observó en silencio, con una extraña opresión en el pecho.
—Ceres... lo estás entendiendo mal —dijo finalmente Theo, con la voz cargada de tensión.
—Entonces explícalo —replicó ella con frialdad.
Theo respiró, evitando aquella mirada penetrante que parecía querer devorarle el alma.
—Es solo... un efecto secundario. De la detención. Nada más.
Ceres lo observó durante unos segundos.
Sabía por experiencia propia que cada persona salía de la detención de una manera diferente: unos se volvían más sumisos, otros más inestables.
Cada mente reaccionaba a la Madre Ceres a su manera.
Por fuera, aceptó la excusa con un ligero asentimiento, sin discutir.
Pero, por dentro, la intuición le palpitaba.
En el fondo, muy en el fondo, sabía que Theo ocultaba más de lo que decía.
Y que, tarde o temprano, lo descubriría.
Devora
«Gracias, Madre Ceres, que nos alimenta, nos educa y nos devora».
Era la tercera vez que repetía el mantra aquella noche, ya sola en el dormitorio.
Pero, a diferencia de otras ocasiones, la paz habitual no llegaba.
Los ojos de Theo seguían clavados en ella, y no solo sus ojos, sino también sus manos, su piel, su respiración contra la suya.
Incluso tumbada boca abajo, sentía sobre la piel el ardor de las uñas de él, como si la hubieran marcado con hierro candente.
Y por mucho que se dijera a sí misma que aquello era bueno, que Theo también era un hijo de la Madre Ceres, que ambos eran devorados de la misma manera, había algo que no estaba bien.
Aquella tarde, en el patio, algo había cambiado en él.
Había visto el chasquido, el espasmo de la duda.
Lo había visto golpearse la cabeza, como un animal que intentara expulsar un instinto.
Y no conseguía olvidarlo.
Porque sus ojos, que siempre habían perseguido almas por toda la ciudad, habían percibido una sombra creciendo en el alma de él.
Y no era buena.
Ni siquiera ella sabía cómo llamarla, y eso la inquietaba.
Hasta la calma la asustaba.
¿Y por qué no? La Madre Ceres los había criado así: siempre alerta, incluso en tiempos de paz.
Desde las primeras clases de desmontaje y montaje de armas en menos de treinta segundos, desde los campos de simulación con balas de pintura que dolían como balas de verdad, desde los ejercicios para moverse en la oscuridad y desconfiar del enemigo incluso cuando no había ningún enemigo...
Ceres siempre había sabido, como todos los demás, que no eran ciudadanos de la paz.
Eran rehenes de la tregua.
Centinelas de la guerra.
Aunque fuera una guerra interna.
Aunque fuera una guerra destinada a impedir que alguien dijera en voz alta que había una guerra.
Una guerra consigo mismo, como la que Theo parecía estar librando ahora.
Y, por mucho que le doliera admitirlo, no sentía lástima por él.
Porque la Madre Ceres lo amaba.
Y si la Madre Ceres amaba a alguien, si devoraba a alguien, era porque lo consideraba digno de ser partido en dos y cosido de nuevo.
«Gracias, Madre Ceres, que nos alimenta, nos educa y nos devora».
Cerró los ojos e intentó apartar las dudas, pero inevitablemente el recuerdo de aquel día del desfile regresaba como un perfume demasiado intenso.
Tumbados en el gimnasio de la piscina de saltos ornamentales, entre los azulejos fríos y el olor a cloro, Theo la devoraba como un hombre que quisiera dejar una marca para siempre.
Y ella... se lo permitía.
Dejaba que sus uñas le arañaran la espalda, como si quisiera moldearlo de nuevo a su manera.
Era la primera vez que recibía algo gratis: aquella calma, aquel placer.
Y, aun así, sabía que aquello no llegaría sin espinas.
«Porque nunca había sido así antes».
«Nunca me habían dado nada gratis».
«Siempre había una prueba después del placer. Siempre una espina después del campo florido».
La Madre Ceres se lo había enseñado desde pequeña: toda cosecha cuesta sudor. Toda medalla exige rodillas raspadas y ojos secos.
Y ahora, incluso mientras revivía el calor del cuerpo de él sobre el suyo, una pequeña sombra le susurraba que aquella paz quizá no duraría.
Que aquella agradable sensación que Theo le provocaba, aquella manera de dejarse devorar por él, tan distinta de la forma en que la Madre Ceres devoraba a sus hijos, quizá fuera solo un hermoso intervalo antes de la siguiente tempestad.
A veces, en los momentos en que Theo la tomaba con furia y deseo, se sorprendía pensando que él imaginaba a la Madre Ceres en ella, simplemente porque compartían el mismo nombre.
Quizá fuera venganza.
Quizá fuera delirio.
Pero había momentos, y ella lo sentía, en los que él no la veía como realmente era.
Momentos en los que, en lo más profundo, aunque la deseara por quien era, todavía soñaba con castigar a la Madre Ceres a través de ella.
Y lo peor era que a ella no le importaba.
Por mucho que doliera.
Por mucho que supiera que aquella sombra algún día podría devorarlo por completo.
No le importaba ser la intermediaria entre la devoción y la rebelión.
Porque, al final, la Madre Ceres siempre vencía.
Y, al final, ambos no eran más que otras semillas aplastadas en la palma de su mano.
«Gracias, Madre Ceres, que nos alimenta, nos educa y nos devora».
Era la tercera vez que repetía el mantra aquella noche, ya sola en el dormitorio.
Pero, a diferencia de otras ocasiones, la paz habitual no llegaba.
Los ojos de Theo seguían clavados en ella, y no solo sus ojos, sino también sus manos, su piel, su respiración contra la suya.
Incluso ahora, tumbada boca abajo, sentía sobre la piel el ardor de las uñas de él, como si la hubieran marcado con hierro candente.
Y por mucho que se dijera a sí misma que aquello era bueno, que Theo también era un hijo de la Madre Ceres, que ambos eran devorados de la misma manera, había algo que no estaba bien.
Aquella tarde, en el patio, algo había cambiado en él.
Había visto el chasquido, el espasmo de la duda.
Lo había visto golpearse la cabeza, como un animal que intentara expulsar un instinto.
Y no conseguía olvidarlo.
Porque sus ojos, que siempre habían perseguido almas por toda la ciudad, habían percibido una sombra creciendo en el alma de él.
Y no era buena.
Ni siquiera ella sabía cómo llamarla, y eso la inquietaba.
Hasta la calma la asustaba.
¿Y por qué no? La Madre Ceres los había criado así: siempre alerta, incluso en tiempos de paz.
Desde las primeras clases de desmontaje y montaje de armas en menos de treinta segundos, desde los campos de simulación con balas de pintura que dolían como balas de verdad, desde los ejercicios para moverse en la oscuridad y desconfiar del enemigo incluso cuando no había ningún enemigo...
Ceres siempre había sabido, como todos los demás, que no eran ciudadanos de la paz.
Eran rehenes de la tregua.
Centinelas de la guerra.
Aunque fuera una guerra interna.
Aunque fuera una guerra destinada a impedir que alguien dijera en voz alta que había una guerra.
Una guerra consigo mismo, como la que Theo parecía estar librando ahora.
Y, por mucho que le doliera admitirlo, no sentía lástima por él.
Porque la Madre Ceres lo amaba.
Y si la Madre Ceres amaba a alguien, si devoraba a alguien, era porque lo consideraba digno de ser partido en dos y cosido de nuevo.
«Gracias, Madre Ceres, que nos alimenta, nos educa y nos devora».
Cerró los ojos e intentó apartar las dudas, pero inevitablemente el recuerdo de aquel día del desfile regresaba como un perfume demasiado intenso.
Tumbados en el gimnasio de la piscina de saltos ornamentales, entre los azulejos fríos y el olor a cloro, Theo la devoraba como un hombre que quisiera dejar una marca para siempre.
Y ella... se lo permitía.
Dejaba que sus uñas le arañaran la espalda, como si quisiera moldearlo de nuevo a su manera.
Era la primera vez que recibía algo gratis: aquella calma, aquel placer.
Y, aun así, sabía que aquello no llegaría sin espinas.
«Porque nunca había sido así antes».
«Nunca me habían dado nada gratis».
«Siempre había una prueba después del placer. Siempre una espina después del campo florido».
Porque, al final, la Madre Ceres siempre vencía.
Y, al final, ambos no eran más que otras semillas aplastadas en la palma de su mano.
«Gracias, Madre Ceres, que nos alimenta, nos educa y nos devora».
Lo murmuró una vez más, pero ahora ya no lo creía del todo.
«El mundo está constantemente en guerra; la paz es solo un accidente».
Eso era lo que siempre les decían.
Eso era lo que repetía en silencio, sola, tumbada, mirando el techo del dormitorio y escuchando los pasos que resonaban en el pasillo.
Eso era lo que había repetido durante años, desde la primera vez que leyó aquel cartel en el colegio.
Y, aun así, no conseguía entenderlo.
¿Por qué, entonces...? ¿Por qué somos más crueles precisamente con quienes amamos?
La pregunta escapó de sus labios en un susurro, casi una confesión.
Era un pensamiento peligroso.
Casi un crimen por el simple hecho de pensarlo, pero Ceres no pudo evitarlo.
¿Por qué la Madre, que nos devora, nos devora todavía más cuando nos atrevemos a ser buenos?
¿Por qué la ciudad enseñaba que la vigilancia comienza dentro del propio pecho?
¿Por qué él, Theo, a quien amaba como jamás se había atrevido a amar a nadie, despertaba en ella el impulso de herirlo, de apretarlo, de doblegarlo hasta romperlo, solo para demostrar que todavía le pertenecía?
¿Y por qué sentía que él hacía lo mismo con ella, devorándola con rabia, como si quisiera castigar a la Madre Ceres a través de su cuerpo?
Eran buenos hijos.
Los dos.
Criados para luchar en guerras invisibles.
Criados para herir primero, antes de que alguien los hiriera.
Criados para confundir el amor con la devoción y la devoción con la obediencia.
Quizá por eso eran así.
Más crueles, más duros, más fríos precisamente con quienes amaban.
Porque, en el fondo, no sabían amar de otra manera.
Ceres se volvió de lado, abrazando su propia almohada, con la mente atiborrada del recuerdo de Theo en el patio, golpeándose la cabeza, insultándose a sí mismo como un traidor.
Había odiado ver aquello.
Lo había odiado porque, por un instante, había querido ser ella quien lo castigara.
Y después se había odiado todavía más por sentirlo.
«Gracias, Madre Ceres, que nos alimenta, nos educa y nos devora».
El susurro volvió a escapársele, automático.
Cerró los ojos, intentando dormirse, intentando convencerse de que nada había cambiado.
Que solo era otra prueba, como siempre.
Que ella seguía teniendo el control.
Que él también lo tendría, tarde o temprano.
Y, finalmente, su respiración se calmó.
Poco a poco, el sueño se la llevó.
En el sueño, la ciudad parecía demasiado silenciosa.
El cielo era de un gris pesado e inmóvil.
Y allí estaba la torre.
Su inmensa silueta, implacable y solitaria en el horizonte.
Vigilándolos a todos.
Como un ojo que nunca parpadeaba.
Como si pudiera ver directamente a través de ella.
Como si supiera exactamente lo que estaba pensando y ya estuviera decidiendo el precio que tendría que pagar.
Incluso dormida, sintió que el corazón se le encogía.
Y, aun mientras soñaba, repitió una última vez:
«Gracias, Madre Ceres, que nos alimenta, nos educa y nos devora».
Pero esta vez, la voz le tembló un poco.
Y la torre no respondió.
Se limitó a permanecer allí, en silencio, devolviéndole la mirada.
A la mañana siguiente, la luz fría del patio parecía la misma de siempre: neutra, inmutable, impersonal.
Ceres se detuvo en el pasillo acristalado, se acomodó la gorra del uniforme y dejó que sus ojos vagaran hasta encontrarlo.
Theo estaba allí.
Como siempre.
En el mismo lugar donde todo había comenzado, donde lo había visto días atrás, con los espasmos involuntarios sacudiéndole las manos como una fiebre silenciosa.
Recordaba bien que aquella vez él estaba de lado respecto a la torre.
Era un gesto casi imperceptible, pero decía mucho...
De lado respecto a la torre, como si mantuviera con ella una relación íntima e incómoda.
Como si la temiera y la deseara en la misma medida.
Como si sus dudas fueran un secreto compartido únicamente entre los dos, demasiado pesado para compartirlo con alguien más.
Pero hoy era diferente.
Ceres tardó un instante en percibir qué había cambiado exactamente.
Entonces lo comprendió:
Estaba de espaldas a la torre.
Todo su cuerpo orientado en la dirección contraria.
Sin el menor reparo, sin siquiera mirar por encima del hombro.
¿Un atisbo de desafío?
¿O simplemente cansancio?
En aquel instante, con las manos en los bolsillos y la barbilla baja, Theo parecía indiferente a la presencia de la torre en el horizonte.
Como si no fuera nada.
Como si ignorarla fuera algo natural, aunque ella sabía que no lo era.
Nada en Ceres era natural.
Nada en Theo era indiferente.
Nada allí sería jamás una simple casualidad.
Y, aun así, él permaneció allí.
Inmóvil, de espaldas a la torre.
Como si el simple gesto de no mirarla fuera, por sí solo, una respuesta.
O un mensaje.
O quizá solo otra silenciosa petición de auxilio, imposible de pronunciar en voz alta.
Ceres sintió que algo se le oprimía por dentro.
Como si todo su cuerpo, por un instante, hubiera escuchado una alarma que nadie más podía oír.
Y, por primera vez, no estuvo segura de que la Madre Ceres aprobara la forma en que lo miraba ahora.
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Thoughts
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PermalinkTheo sale de la detención sintiéndose de la Madre para siempre, y aun así lo que busca arriba son los ojos de Ceres. Él ganó su medalla delatando a Gene, y apuesto a que la que lo delata a él va a ser ella, convencida de que lo está queriendo.
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PermalinkLa niña siembra caléndulas a escondidas, se cae un avión y el periódico se lo apunta a la Madre. Así cobra esa ciudad, neta.
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