Goro es al que todos le tienen miedo por su tamaño y resulta el mas tranquilo del grupo. Es lo mismo que le pasa a Yuuto con los rumores, solo que a Goro por lo menos se le ve la cara. Me da la sensacion de que por eso es el que mejor lo entiende sin decir casi nada. Gracias por seguir subiendo capitulos!
Capítulo 15: Siete días
Siete días.
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Goro es al que todos le tienen miedo por su tamaño y resulta el mas tranquilo del grupo. Es lo mismo que le pasa a Yuuto con los rumores, solo que a Goro por lo menos se le ve la cara. Me da la sensacion de que por eso es el que mejor lo entiende sin deci
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Siete días.
A simple vista no parecía mucho tiempo. Pero para alguien que había pasado dos años enteros viviendo en silencio, aislado y caminando solo por los pasillos, esa semana había sido como cruzar hacia un mundo completamente nuevo.
Las mañanas ya no comenzaban con esa sensación pesada de incertidumbre, preguntándose si tendría que atravesar todo el camino hasta la escuela sin encontrar a nadie conocido. Porque, casi siempre, ya había alguien esperándolo.
—¡Buenos días, Yuuto!
La voz clara y alegre de Shiori lo saludaba desde la esquina de la calle, donde lo esperaba con su mochila al hombro y una sonrisa suave. Vivía lo suficientemente cerca como para que, al principio, sus encuentros fueran pura casualidad… hasta que, sin necesidad de decírselo, comenzaron a salir un poco antes para caminar juntos.
Shiori nunca le hacía preguntas incómodas ni lo presionaba para que hablara. Iba contándole cosas sencillas: de los libros que había leído, de cómo cambiaba el clima según la estación, de los gatos callejeros que solían ver en las aceras o de cualquier detalle pequeño que le pareciera curioso. Y cuando no tenía nada más que decir, simplemente caminaban en silencio. Lo más sorprendente era que ese silencio nunca se sentía vacío ni incómodo; al contrario, resultaba relajante y seguro.
La biblioteca también dejó de ser solo un lugar lleno de estanterías y libros para convertirse en un refugio más. Yuuto seguía visitándola todos los días, y Shiori siempre lo recibía con la misma calidez.
—¿Ya terminaste con este también? —le preguntaba a veces, levantando el libro que acababa de devolver con una expresión de sorpresa divertida.
Yuuto asentía con la cabeza, y ella soltaba un leve suspiro, negando con la cabeza.
—Empiezo a creer que tendré que pedir más ejemplares de novelas solo para ti. A este ritmo se me van a agotar en un mes.
Yuuto tomaba su libreta y escribía con calma:
“No me molestaría en absoluto.”
—Ya me lo imaginaba —respondía ella riendo bajito—. Vamos, buscaremos algo que te guste.
Y así recorrían juntos los pasillos entre estanterías, recomendándose historias o simplemente mirando las portadas, sin prisa.
Si Shiori representaba la tranquilidad, Ayaka era todo lo contrario: energía, movimiento y un carácter decidido que no pasaba desapercibido.
—¡Yuuto! —lo llamaba en cuanto lo veía aparecer por cualquier pasillo, y él ya sabía que, en cuanto escuchaba esa voz, algo iba a pasar.
—Ven conmigo un momento —le decía, y aunque a veces no entendía bien el motivo, siempre terminaba siguiéndola.
Ayaka era una persona distinta según con quién estuviera. Para el resto de la escuela seguía siendo la vicepresidenta estricta, seria y capaz de hacer que todo un pasillo se detuviera con una sola mirada. De hecho, cuando los estudiantes la veían sonreír con esa expresión tranquila pero firme, solían susurrar entre ellos:
—Kamizaki-sama está sonriendo…
—Eso significa que alguien hizo algo mal…
—¡Mejor corramos antes de que nos toque a nosotros!
Porque esa sonrisa, para todos, solo anunciaba que había encontrado al culpable y que el castigo o la explicación correspondiente estaba por llegar.
Pero con Yuuto todo cambiaba. Con él, esa sonrisa se volvía genuina y juguetona. Su único objetivo era hacerlo relajarse, verlo más tranquilo o, si tenía suerte, arrancarle una pequeña sonrisa, aunque fuera por unos segundos. Para eso se le ocurría cualquier tontería, contaba anécdotas exageradas o incluso hacía comentarios que terminaban por avergonzarlo un poco, pero sin ninguna mala intención.
Y la situación se volvía aún más animada cuando aparecía Kaito.
—¡Yuuto! ¡Te encontré! —gritaba desde lejos, y por más que Yuuto intentara pasar desapercibido, Kaito siempre parecía tener un radar especial para ubicarlo.
En cuanto llegaba, no paraba de hablar:
—¿Sabías que una vez Goro intentó subir a un árbol para rescatar un gato y casi se lleva la rama entera por delante? —o bien—: ¿Te conté lo que pasó ayer en clase de educación física? ¡Fue para morirse de risa!
Ayaka, por supuesto, se sumaba de inmediato, y parecían ponerse de acuerdo sin necesidad de palabras para convertir cualquier momento en una broma.
Ante tanta atención, Yuuto solía retroceder un paso o dos, buscando instintivamente dónde esconderse… y siempre terminaba pegándose a la espalda de Goro, asomando solo la cabeza por un lado, detrás de la figura inmensa del chico.
Entonces era cuando Goro intervenía: se ponía entre los tres con su calma habitual, levantaba una mano grande y serena, y decía con su voz grave y pausada:
—Basta. Ya lo están acorralando.
Ayaka y Kaito se quedaban en silencio un segundo, y luego soltaban una risa, bajando el tono.
—Está bien, está bien —decía Kaito, levantando las manos en señal de paz—. Solo estábamos hablando.
—Sí, no te preocupes —añadía Ayaka, sonriendo con más suavidad—. Ya nos calmamos.
Y Goro, sin decir nada más, se quedaba allí, como un muro protector, dejando que Yuuto se sintiera seguro detrás de él hasta que recuperaba la compostura.
Con el paso de los días, Yuuto había descubierto algo muy curioso: casi todos en la escuela le tenían un poco de miedo a Goro por su tamaño y su expresión seria, pero en cuanto lo conocías, era imposible no quererlo y apreciarlo. Siempre estaba dispuesto a ayudar, cargaba las bandejas de todos durante el almuerzo sin que nadie tuviera que pedírselo, escuchaba a Kaito hablar durante horas sin interrumpir y nunca juzgaba a nadie por cómo era.
Otro lugar que había cambiado para bien era la enfermería. Minori-sensei, la enfermera, siempre encontraba alguna excusa para que pasara a verla:
—Solo vine a revisar si estás durmiendo bien —le decía un día.
Otro, le ofrecía una caja pequeña:
—Creo que te vendrán bien estas vitaminas, se nota que te cansas con facilidad.
Y al día siguiente simplemente le decía:
—Entra, siéntate aquí y descansa cinco minutos. No hace falta que vuelvas a clase todavía.
Yuuto sabía perfectamente que muchas veces no había ninguna razón médica real, pero también entendía que ella solo quería verlo, asegurarse de que estuviera bien y darle un lugar tranquilo donde sentirse protegido. Así, poco a poco, la enfermería dejó de parecerle un sitio para enfermos y se convirtió en otro refugio más, igual de tranquilo y seguro que la biblioteca.
Sin embargo, el cambio más notable de todos tenía que ver con Reika.
Ayaka fue la primera en notarlo, aunque no ocurrió de golpe ni con palabras llamativas. Simplemente empezó a suceder de forma natural: si Kaito hablaba demasiado rápido y alto, Yuuto terminaba sentándose al lado de Reika; si Ayaka comenzaba con sus bromas más atrevidas, inconscientemente buscaba refugio cerca de ella; y cuando el grupo caminaba por los pasillos, sin pensarlo, se colocaba justo a su lado.
Era como si su sola presencia fuera suficiente para darle calma y estabilidad. Reika nunca hacía nada especial: no le hacía preguntas, no lo obligaba a hablar, no lo presionaba de ninguna forma. Simplemente estaba allí, en silencio, con esa actitud serena y firme que la caracterizaba, y para Yuuto eso era más que suficiente.
Una semana después, el grupo se reunía como de costumbre en la azotea, el lugar más tranquilo y soleado de toda la escuela. El viento soplaba suavemente, moviendo las hojas de las macetas que había en la barandilla, y el cielo estaba completamente despejado, de un azul intenso y brillante.
Kaito hablaba animadamente de algún partido deportivo reciente, gesticulando con las manos para explicar cada detalle, mientras Ayaka discutía con él sobre las jugadas, riéndose entre comentarios. Goro escuchaba en silencio, asintiendo de vez en cuando con la cabeza, y de vez en cuando intervenía para dar su opinión en pocas palabras. Reika, por su parte, estaba sentada con la espalda apoyada en la pared, leyendo un libro con mucha concentración.
Yuuto, que ya había terminado de comer, se recostó un poco hacia atrás, soltando el aire con suavidad. Dejó escapar un pequeño bostezo, tapándose la boca con la mano.
Ayaka lo miró y sonrió.
—Alguien tiene sueño, ¿verdad?
Yuuto negó con la cabeza rápidamente, como si quisiera demostrar que estaba despierto. Pero apenas dos segundos después, volvió a bostezar, esta vez más largo y profundo.
Reika levantó apenas la vista de las páginas de su libro, sin dejar de tener esa expresión tranquila.
—Si tienes sueño, puedes dormir un rato aquí. Nadie te molestará.
Yuuto parecía dispuesto a negarse de nuevo, a decir que podía aguantar… pero el cansancio acumulado durante la mañana terminó ganando la batalla. Muy despacio, casi sin darse cuenta de lo que hacía, su cuerpo se relajó por completo y comenzó a inclinarse hacia un lado, buscando un apoyo cómodo.
Hasta que, suavemente, su cabeza terminó apoyándose sobre el hombro de Reika.
En ese instante, el ruido de las conversaciones se apagó por completo.
Kaito se quedó con la boca entreabierta, a mitad de una frase. Ayaka parpadeó varias veces, como si no estuviera segura de lo que veía. Goro simplemente observó la escena con calma, sin interrumpir. Y Reika quedó completamente inmóvil, rígida de sorpresa, sin atreverse a mover ni un solo músculo.
Poco a poco, sus mejillas comenzaron a teñirse de un tono rosado muy leve, pero no apartó la mirada. Miró de reojo hacia abajo y vio que Yuuto ya se había quedado profundamente dormido, respirando con una calma absoluta y una expresión relajada, como si aquel hombro fuera el lugar más seguro y tranquilo de todo el mundo.
Reika levantó una mano lentamente, como si fuera a apartarlo con suavidad para que no se durmiera en una postura incómoda… pero se detuvo a mitad de camino. Después de pensarlo un segundo, bajó la mano despacio y simplemente se quedó quieta, dejando que siguiera descansando sin interrumpirlo.
Ayaka observó todo con atención durante unos segundos, y luego apareció en su rostro una sonrisa suave y comprensiva. Se inclinó muy despacio hacia Reika, lo suficiente para hablarle en un susurro que no llegara a despertar a Yuuto.
—Presidenta…
Reika la miró con expresión de ligera desconfianza, esperando alguna broma.
—Creo que oficialmente te convertiste en su lugar seguro —añadió Ayaka con mucha calma, sin malicia.
Reika abrió un poco más los ojos, y respondió también en un susurro bajo y serio:
—No digas tonterías…
—Si es así, explícame por qué, de entre todos nosotros —insistió Ayaka, señalando con la mirada a todo el grupo—, eligió justamente tu hombro para descansar.
Reika no respondió nada más. Solo bajó la vista hacia el chico que seguía dormido sobre ella, respirando tranquilo y confiado. Y, casi sin darse cuenta, en sus labios apareció una sonrisa pequeña, muy leve y discreta, pero sincera y cálida.
Era una sonrisa que no tenía nada de romántico; era simplemente la satisfacción de saber que alguien confiaba en ella lo suficiente para bajar todas sus defensas y dormir con total tranquilidad a su lado.
Ayaka, que estaba atenta, fue la única en verla. Y por alguna razón, en ese momento le pareció uno de los gestos más bonitos y tranquilos que había visto en mucho tiempo.
A su lado, Goro se acomodó mejor en su sitio, y dijo en voz baja para que solo ellos escucharan:
—Déjalo descansar. Aquí está bien.
Y así, en silencio, el resto del grupo siguió hablando en tonos muy bajos, sin hacer ruido, respetando ese momento de calma que Yuuto tanto necesitaba.
El pasillo del edificio administrativo estaba prácticamente desierto. Solo resonaba el eco lejano de las conversaciones que llegaban desde el comedor, donde la mayoría de los estudiantes seguían disfrutando de su hora de almuerzo. Mientras tanto, en las oficinas y salas de reuniones, los miembros del Consejo Estudiantil ya trabajaban en la organización del evento más importante del año: el Festival Escolar.
Reika caminaba con paso firme, sosteniendo contra el pecho una carpeta gruesa llena de papeles: presupuestos, asignación de salas, horarios de actividades, solicitudes de permisos y listas de materiales. Como presidenta, casi cada decisión debía pasar primero por sus manos.
—Todavía falta revisar las propuestas del comité de deportes y confirmar los horarios de los escenarios... —murmuró para sí misma, repasando mentalmente cada tarea.
Soltó un suspiro contenido. Ser la máxima autoridad estudiantil nunca había sido un trabajo ligero, y mucho menos en fechas como esta.
Entonces, una voz suave pero cargada de doble sentido cortó el silencio.
—Vaya... Qué diligente como siempre.
Reika se detuvo en seco. Reconocería ese tono en cualquier parte, incluso entre mil voces diferentes. Levantó lentamente la vista.
Frente a ella, apoyada con naturalidad contra el marco de una ventana, se encontraba Sakura Kirishima. Tenía el cabello largo y oscuro perfectamente peinado, el uniforme impecable sin una sola arruga, y en los labios lucía una sonrisa amable, pulida y, a la vez, tan vacía como falsa.
Hubo un tiempo, no muy lejano, en que habían sido muy buenas amigas. Se confiaban secretos, compartían metas y caminaban juntas por los mismos pasillos. Pero todo cambió tras aquel incidente que marcó un antes y un después para ambas. Desde entonces, la confianza se convirtió en desconfianza y la cercanía en distancia. Ya no se soportaban.
Reika no respondió ni siquiera con un saludo. Simplemente desvió la mirada y reanudó su marcha, como si no hubiera encontrado nada más que un obstáculo insignificante.
Sin embargo, Sakura dio un paso rápido hacia adelante y se colocó justo en su camino, bloqueándole el paso.
—Qué fría te has vuelto —comentó con tono fingidamente dolido—. Antes al menos te dignabas a saludarme.
—Hazte a un lado —respondió Reika con una calma helada, sin alterarse—. Tengo trabajo que hacer.
—Ya veo —replicó Sakura, ensanchando más su sonrisa—. Aunque me da la impresión de que últimamente tienes bastante tiempo libre para otras cosas.
La expresión de Reika siguió imperturbable, pero sus ojos se volvieron más agudos.
—¿Qué quieres, Sakura? Ve al grano.
Sakura cruzó los brazos sobre el pecho y la observó con curiosidad, como si estuviera analizando un fenómeno extraño.
—Solo tenía curiosidad, nada más —hizo una breve pausa, dejando que sus palabras calaran en el silencio—. Últimamente te veo demasiado cerca de ese chico.
No hacía falta que especificara de quién hablaba. Reika ya lo sabía.
—Yuuto Kanzaki —pronunció Sakura con una naturalidad que sonó despectiva, y ese solo hecho hizo que algo en el interior de Reika se tensara de inmediato.
—No es asunto tuyo.
—¿No crees que sí lo es? —la sonrisa de Sakura se transformó en una mueca burlona—. Porque toda la escuela habla de ello. “La presidenta siempre está pegada al raro”, “la vicepresidenta le prepara la comida”, “hasta la bibliotecaria lo trata como si fuera de la familia”.
Soltó una risa suave y sin alegría.
—Debo admitir que no esperaba ver algo así en ti. Tú, que siempre te has preocupado tanto por tu reputación y por la imagen que das.
Reika mantuvo la mirada fija en ella, sin dejar que sus palabras la afectaran visiblemente.
—¿Ya terminaste?
—Todavía no —Sakura dio un paso más, reduciendo la distancia entre ambas—. Dime, Reika... ¿Ahora te gustan los chicos con un pasado tan... interesante?
Reika frunció apenas el ceño, un movimiento casi imperceptible que reveló su primera señal de desagrado.
—¿A qué te refieres?
—Vamos, no te hagas la inocente —insistió Sakura, bajando un poco la voz, como si compartiera un secreto—. Todo el mundo sabe lo que se cuenta de él. Que pertenecía a una pandilla en su antigua escuela, que se cubre todo el cuerpo para ocultar tatuajes, que por eso siempre usa ropa ancha y gruesa incluso cuando hace calor. Dicen que golpeó a varios compañeros, que causó problemas graves... y hasta que —aquí bajó el tono todavía más, cargándolo de malicia— intentó atacar a una chica.
El pasillo quedó en completo silencio. El aire pareció volverse más denso.
Reika respiró hondo, manteniendo la compostura.
—Son solo rumores.
—Quizás —se encogió de hombros con indiferencia—. O quizás no. Nadie lo sabe con certeza, ¿verdad?
—No me interesa seguir escuchando tus suposiciones.
Reika intentó rodearla para continuar su camino, pero Sakura volvió a interponerse, esta vez con una expresión más seria y la sonrisa borrada de su rostro.
—Solo me parece curioso —dijo con frialdad—. Tú, la estudiante más ejemplar, responsable y respetada de toda la academia, pegada todo el día a alguien que todos consideran un peligro o un extraño. Qué ironía tan grande.
La paciencia de Reika empezaba a llegar a su límite. Sus dedos se apretaron con más fuerza sobre el borde de la carpeta.
—Te dije que te apartes.
—¿Sabes qué pienso? —la voz de Sakura se volvió más cortante y fría—. Que ese chico estaba mucho mejor solo. Así al menos no arrastra a nadie más con él.
Reika levantó lentamente la vista. Por primera vez en la conversación, en sus ojos apareció una chispa clara de molestia y advertencia. Pero Sakura no se detuvo; sin darse cuenta, acababa de cruzar la línea que nunca debía tocar.
—Era bastante patético verlo intentar hacerse el inocente —continuó sin pensarlo—, caminando encorvado, escondiéndose detrás de sus papeles, como si realmente fuera una víctima y no alguien que trajo sus propios problemas sobre sí mismo.
La carpeta bajó despacio hasta quedar apoyada a un lado de su cuerpo. Reika no gritó, ni alzó la voz, ni hizo gestos bruscos. Al contrario, cuando habló, su tono fue inusualmente tranquilo, casi helado, y eso resultaba mucho más intimidante que cualquier grito.
—¿Ya terminaste de hablar?
Sakura sonrió con suficiencia, creyendo que la estaba ganando.
—¿Te molestó lo que dije?
Reika dio un paso al frente. La diferencia de altura entre ambas era mínima, pero la autoridad y la presión que emanaba de su presencia hicieron que incluso Sakura retrocediera instintivamente medio paso, perdiendo por un segundo su seguridad.
—Escúchame bien —dijo Reika con una serenidad que cortaba el aire—. Puedes criticarme todo lo que quieras. Puedes hablar mal de mí, cuestionar mis decisiones o decir lo que se te ocurra sobre mi persona. No me importa, no me afecta. Pero jamás vuelvas a pronunciar el nombre de Yuuto para juzgarlo como si lo conocieras. Porque tú nunca te detuviste a mirarlo realmente. Solo te limitaste a repetir las mismas palabras vacías que todos los demás.
Sakura recuperó rápidamente su compostura y volvió a esbozar esa sonrisa de superioridad.
—Qué cambio tan drástico —se burló—. Recuerda que hace no tanto tiempo, tú también pensabas exactamente lo mismo.
Esas palabras golpearon justo en el punto más sensible. Porque era verdad. Reika bajó la mirada apenas un segundo, un instante de duda y culpa que nadie más que ella notó. Pero al momento siguiente volvió a levantar la cabeza, con la mirada firme y decidida.
—Sí —admitió con claridad—. Antes pensaba igual. Y me avergüenzo de ello cada día. Pero hay una diferencia muy grande entre tú y yo.
Sakura arqueó una ceja, desafiante.
—¿Ah sí? ¿Y cuál es?
Reika respondió sin apartar ni un centímetro su mirada.
—Yo tuve el valor de detenerme, ver más allá de los rumores y admitir que estaba equivocada. Tú sigues buscando excusas para seguir creyendo lo que te conviene, porque aceptar que estabas en lo incorrecto te haría sentir menos segura.
Por primera vez en toda la conversación, la sonrisa de Sakura desapareció por completo. Su rostro se quedó rígido, marcado por la sorpresa y la ira contenida.
Sin añadir nada más, Reika simplemente la rodeó con calma, recogió su carpeta y siguió caminando por el pasillo, sin mirar atrás ni detenerse.
Mientras tanto, Sakura se quedó inmóvil en medio del corredor, con los puños cerrados a los costados y la mandíbula apretada. En su rostro se dibujaba una mezcla de rabia, frustración y algo mucho más oscuro y peligroso: un rencor silencioso que solo crecía con cada palabra que acababa de escuchar.
Antes de alejarse del todo, Reika se detuvo de nuevo. No giró el cuerpo entero, solo volvió la cabeza lentamente, y en sus ojos ya no quedaba ni rastro de la calma serena de antes. Ahora brillaban con una frialdad afilada, cargada de advertencia.
—Y una cosa más —dijo con voz baja pero firme, que resonó con claridad en el pasillo vacío—. Si se te ocurre acercarte a Yuuto, hablar de él, o hacerle daño de cualquier forma, te aseguro que te haré arrepentirte de haberlo hecho. No me importa que seas miembro del Comité Disciplinario, ni que trabajes junto a Takamura y Saegusa. Eso no te dará ninguna protección si cruzas ese límite.
Sakura entrecerró los ojos y soltó una risa corta y desafiante, aunque por dentro ya empezaba a sentir que la situación se le estaba yendo de las manos.
—¿Me estás amenazando? No creas que me intimidas, Reika. No tienes nada con lo que ganar esta vez. Si yo quisiera, no me costaría nada investigar y sacar a la luz la verdadera historia de ese chico. Recuerda que también soy parte del Club de Periodismo. Tengo acceso a archivos, a contactos y a información que otros no ven. Si me lo propongo, puedo avivar todos esos rumores que ya circulan, hacerlos crecer hasta que nadie en esta escuela vuelva a mirarlo sin desconfianza. Bastaría con publicar un solo artículo bien redactado para que su reputación quede destruida para siempre.
Al pronunciar esas palabras, Sakura esperaba ver dudas o miedo en el rostro de su rival. Pero en cuanto terminó de hablar, sintió que la temperatura del pasillo bajaba de golpe.
Reika se giró por completo. Ya no había rastro de compostura educada. Su mandíbula estaba tensa, sus hombros rígidos y su mirada era tan intensa y oscura que Sakura dio un paso atrás sin querer, sintiendo por primera vez un miedo real. Nunca en todos los años que la conocía había visto a Reika verdaderamente furiosa; siempre se había mantenido serena, incluso en los peores momentos. Pero ahora, esa furia contenida era más aterradora que cualquier grito.
—¿De verdad crees que eso te serviría de algo? —preguntó Reika, y su voz sonó grave, cortante y sin ninguna emoción aparte de la advertencia más clara—. Si cometes la estupidez de intentar algo así, de difundir mentiras o de inventar historias para dañarlo… te aseguro que seré yo misma quien se encargue de desmentir cada una de tus acusaciones, una por una, con pruebas, con hechos y ante toda la escuela. Y no solo eso: todo lo que intentes usar contra él, te lo devolveré multiplicado por diez. Usaré tus propias palabras, tus propias fuentes y tus propios errores para que termines siendo tú la que quede en evidencia. Arruinaré tu reputación, tu puesto en el comité, tu trabajo en el club y toda la confianza que hayan puesto en ti. Haré que nadie vuelva a creer ni una sola palabra que salga de tu boca.
El silencio que siguió fue absoluto. Sakura sintió un nudo en la garganta y sus manos comenzaron a temblar levemente, aunque intentó ocultarlo apretando los puños. Se dio cuenta de que no estaba bromeando: Reika hablaba con una convicción tan absoluta que no cabía duda de que cumpliría cada palabra.
—Piénsalo bien, Sakura —añadió Reika con más calma, pero sin perder ni un ápice de su firmeza—. No vale la pena arriesgarlo todo por rencor o por prejuicios. Pero si decides seguir adelante, ya sabes lo que te espera.
Sin esperar respuesta, Reika volvió a colocar bien la carpeta entre sus brazos y continuó su camino, alejándose con paso seguro y decidido, dejando a Sakura allí parada, con el corazón latiéndole con fuerza y una sensación de alarma que no podía ignorar.
Más tarde, en la azotea del edificio, el viento soplaba suave, moviendo las hojas de las macetas y trayendo consigo el calor intenso del mediodía. Pero la atmósfera entre los tres estaba cargada de algo distinto: una tensión silenciosa que no venía del calor, sino de la expresión de Reika.
Solo estaban ellos. Goro, Kaito y Shiori se habían quedado ocupados en la organización del festival, así que por primera vez en días, el espacio era solo para Yuuto, Ayaka y la presidenta.
Reika estaba visiblemente molesta. No gritaba, no golpeaba nada, pero su mandíbula permanecía levemente apretada, sus dedos aferraban con más fuerza de lo necesario el borde de su carpeta y sus ojos tenían ese brillo frío y cortante que solo aparecía cuando algo la había sacado por completo de sus casillas. Todavía llevaba en la mente cada palabra que había intercambiado con Sakura, y la rabia contenida seguía ahí, esperando a disiparse.
Ayaka, que la conocía desde que eran niñas, no necesitaba explicaciones. Sabía exactamente quién había sido la causa de ese estado, y también sabía que no era conveniente mencionarlo en voz alta. Lo que más le preocupaba era cómo reaccionaría Yuuto: siempre tan sensible, tan reservado, ver a Reika así de seria y enojada podría asustarlo o hacer que se encerrara más en sí mismo.
Así que se inclinó con suavidad hacia él, bajando un poco el tono de voz para no alterar el ambiente:
—No te preocupes, Yuuto. Solo tuvo un mal encuentro hace un rato. Se le pasará pronto, ya verás. Es solo cuestión de tiempo.
Esperaba verlo asentir tímidamente o esconderse detrás de su libreta, como hacía siempre cuando algo le generaba inseguridad. Pero lo que vio la dejó completamente desconcertada.
Yuuto no estaba tranquilo. Sus hombros estaban ligeramente tensos, sus dedos se movían inquietos sobre sus rodillas y miraba a Reika con una atención y una intensidad que nunca antes le había visto. No parecía asustado, sino más bien decidido, como si estuviera sopesando algo muy importante.
Ayaka abrió un poco los ojos, sin entender bien qué pasaba. Pero en ese momento, Yuuto tomó aire profundamente, como si estuviera reuniendo todo su valor, y comenzó a moverse.
Muy despacio, con movimientos cuidadosos que delataban lo mucho que le costaba, levantó ambas manos hasta llegar a la capucha que llevaba siempre puesta. La deslizó hacia atrás, retirándola por completo de su cabeza.
Y al instante, su cabello cayó libre: largo, liso, de un tono plateado brillante que parecía destellar bajo la luz del sol, extendiéndose por sus hombros y su espalda como un manto suave.
Ayaka se quedó con la boca entreabierta. Reika, que tenía la mirada fija en el horizonte, giró la cabeza de golpe, y su expresión de enojo se desdibujó en cuestión de segundos, reemplazada por una sorpresa tan grande que no pudo ocultarla.
Nunca se lo había quitado voluntariamente. Siempre se cubría para pasar desapercibido, para que nadie notara su diferencia, para protegerse de miradas extrañas. Verlo así, al descubierto, era algo que no esperaban ni en sus mejores sueños. Y lo más sorprendente fue que, al ver ese cabello, la tensión que había en el cuerpo de Reika comenzó a desaparecer poco a poco, como si el aire fresco se hubiera llevado consigo toda la ira que cargaba.
Pero Yuuto no se detuvo ahí.
Con la misma lentitud, llevó una mano hasta su rostro, y con un gesto firme pero delicado, deslizó el borde de su cubrebocas hacia abajo, dejándolo colgar solo de una oreja.
En ese instante, quedó completamente al descubierto.
Su rostro era aún más delicado de lo que recordaban: rasgos suaves, líneas armoniosas, pestañas largas y oscuras que enmarcaban unos ojos claros y sinceros, una nariz pequeña y unos labios finos que ahora formaban una expresión tranquila y decidida. Era un rostro que cualquiera confundiría con el de una chica, pero en él había una calma que le daba una belleza única.
Era la misma cara que habían vislumbrado por accidente aquella tarde en que se conocieron, la que casi había hecho que Yuuto saliera corriendo de pánico, avergonzado y temeroso. Pero esta vez era distinto: no había accidente, ni olvido, ni miedo. Se lo estaba mostrando por su propia voluntad.
Ambas quedaron paralizadas, como si el tiempo se hubiera detenido.
Reika lo miraba fijamente, con los ojos muy abiertos. Sentía cómo el último resto de enojo se desvanecía por completo, reemplazado por una sensación cálida que le llenaba el pecho. No entendía muy bien por qué hacía eso justo en ese momento, pero en el fondo sentía una emoción inmensa: que él decidiera dejar de lado sus protecciones ante ellas significaba que confiaba lo suficiente para mostrarse tal cual era.
Ayaka, por su parte, se llevó una mano suavemente a la boca, sin atreverse a hacer ningún comentario directo que pudiera hacerlo sentir incómodo. Su corazón se aceleró de alegría; sabía lo mucho que le costaba abrirse, y verlo así era una señal de que poco a poco se sentía seguro con ellas.
Mientras ambas lo observaban en silencio, Yuuto tomó su libreta con calma. Escribió con trazo firme y seguro, sin dudar ni borrar nada, y cuando terminó, giró la página con cuidado para que pudieran leerla claramente:
“Tengo calor.”
Ambas intercambiaron una mirada breve, entendieron la excusa, y decidieron seguirle el juego sin decir nada más.
—Es verdad —respondió Reika con voz suave y relajada, ya sin rastro de dureza—. El sol está muy fuerte hoy.
Ayaka asintió con entusiasmo, dibujando una sonrisa natural y tranquila:
—Sí, hace un calor que no se aguanta. Qué bien que te hayas quitado la ropa de más, te sentirás mucho mejor.
Por fuera, todo parecía una conversación sencilla y normal. Pero por dentro, ambas estaban llenas de una felicidad inmensa.
Reika pensaba: “Me mostraste esto… como si quisieras decirme que todo está bien, que no tienes miedo. Gracias por confiar en mí así.”
Ayaka sentía una emoción que casi le hacía llorar: “Esto es más que suficiente. Saber que se siente seguro con nosotras, que nos permite verlo tal cual es… es el regalo más grande que podía darnos.”
Yuuto las miró con calma, y al ver que no había rechazo ni sorpresa excesiva, solo aceptación, sintió que un peso enorme se le quitaba de encima. En su interior, sabía que ellas entendían más de lo que decían con palabras, y eso era todo lo que necesitaba.
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PermalinkQué bien sienta esta semana de Yuuto. Shiori y él saliendo un poco antes para coincidir en la esquina, sin que ninguno lo diga. Pues nada, aquí sigo.
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