Saltar al contenido
Cargando…

Capítulo 14: La razón que nos une.

AYClover
Pensamiento

Pensamiento

TroteSuave

Las brasas frías me dieron un escalofrío. Ahí caí en que no era niebla nomás, que la Luna se la llevó en serio.

Las brasas frías me dieron un escalofrío. Ahí caí en que no era niebla nomás, que la Luna se la llevó en serio.

Contenido de la publicación

El calor de la cabaña le golpeó el rostro como una caricia demasiado brusca.

Amaya abrió los ojos y lo primero que vio fueron dos cabezas muy cerca, casi chocándose sobre la mesa.

Zaira y Stefan hablaban bajo, rápido, con los dedos trazando líneas sobre la madera, convertida en un mapa improvisado.

No se miraban a los ojos.

Miraban el espacio entre ellos, como si allí estuviera la salida.

Durante unos segundos no dijeron nada.

Solo analizaron el trazado.

Zaira continuó marcando algunos puntos.

Stefan siguió asintiendo, cada vez más convencido.

El plan no podía detenerse ni por un segundo. No ahora que, por fin, tenía menos errores.

—Si esperamos al amanecer, Varko volverá con más gente —dijo Zaira, marcando un punto al norte con la uña—. La Cabaña de los Lamentos tiene una salida por el arroyo. El agua está helada, pero nos sacará del valle sin dejar rastro.

—Amaya no puede caminar —cortó Stefan sin levantar la voz—. Y si la cargo, la fiebre volverá.

—Entonces la llevaremos como se lleva lo que no puede perderse —respondió ella—. Envuelta. Cerca del cuerpo. Así conservará el calor.

Stefan se pasó una mano por el rostro.

La adrenalina comenzaba a abandonarlo y, con ella, dejaba a la vista el temblor de sus dedos.

—Tenemos que movernos antes de que cierren el arroyo. Si Yeray manda gente a la montaña, esa será la primera trampa.

Zaira asintió y guardó la churi.

No había triunfo en su rostro. Solo la misma frialdad de quien ya había contado los muertos posibles.

Amaya no dijo nada.

No preguntó dónde estaba.

No preguntó por qué le dolía el cuerpo.

Tampoco preguntó por qué aquellos dos hablaban de ella como si fuera un paquete que debían transportar.

Solo los observó.

Hasta que Zaira levantó la vista y encontró sus ojos abiertos.

Las dos se sostuvieron la mirada durante un segundo.

Amaya cerró los ojos nuevamente. Había comprendido todo.

No hacía falta hablar.

Ya había visto suficiente.

A varias horas de camino, hacia el extremo opuesto de la montaña, se extendía la tierra de los molinos de Vatra.

Si alguien hubiera trazado aquellas distancias sobre un mapa, habría parecido que ambos lugares pertenecían a mundos distintos.

Pero la misma noche que cubría la montaña también había llegado hasta allí.

El fuego de la casa de los Dimitru escupía chispas, pero no alcanzaba.

Marta empujaba leña dentro del hogar con ambas manos, mientras el sudor le pegaba el cabello a la frente.

Afuera, el viento entraba por las rendijas y se llevaba el calor antes de que pudiera llegar al sillón.

Su padre estaba allí, cubierto hasta el cuello con mantas que ya no abrigaban.

Respiraba.

Eso era todo.

No sudaba.

No se movía.

Ni siquiera su piel respondía a las vivas lenguas de fuego que Marta acercaba hasta casi quemarse. Como si él estuviera más muerto que el frío de afuera.

La puerta se abrió de golpe, dejando entrar una ráfaga de aire helado.

Su madre entró acompañada por el doctor del pueblo. Ambos llevaban las botas cubiertas de nieve y el rostro apretado en una línea que no prometía nada.

—Déjalo respirar —dijo el doctor mientras se quitaba el abrigo con prisa—. Marta, apártate del fuego. Te vas a quemar antes de que él entre en calor.

Marta no se apartó.

Solo echó otro tronco. Como si más leña pudiera obligar a su padre a volver.

El doctor se arrodilló junto al sillón, apoyó dos dedos sobre el cuello del hombre y negó lentamente con la cabeza.

No para Marta.

Para su madre.

—Está frío por dentro —murmuró—. No es solo el aire. Algo se apagó.

A kilómetros de allí, donde el aire olía a presagios y la Señora de la Noche alimentaba la tierra con sus misterios, algo comenzaba a despertar.

Yeray se detuvo en la entrada de su carromato cuando unos ladridos rompieron la calma.

No eran ladridos de pelea.

Eran ladridos de persecución, cortos y rabiosos, contra algo que se escabullía entre las sombras.

Los perros del campamento se habían vuelto locos.

Y cuando los perros se volvían locos, los gitanos despertaban dispuestos a acabar con el barullo.

Yeray no veía nada entre las sombras. Pero los ojos amarillos estaban allí.

Rodeandolos.

Pares de puntos que aparecían y desaparecían en el borde de la luz del fuego.

Varios perros salieron disparados tras unas sombras pequeñas que se metían bajo las lonas.

Cuando levantaron una de las carpas de almacenamiento, el hedor a trigo roto y carne podrida les golpeó el rostro.

Ratas...

Pequeñas, famélicas, con los dientes clavados en los sacos.

El trigo desparramado.

El pan mordisqueado.

La carne seca desaparecida.

Las especias convertidas en un tiradero.

La naturaleza tenía hambre.

Y nunca, en ningún invierno que Yeray recordara, se había atrevido a entrar así.

---

Alrededor de la Cabaña de los Lamentos, la niebla empezó a levantarse.

No era el vaho normal del frío.

Era más peligrosa.

Subía espesa, vanzando hacia la montaña.

Hacia la Cueva del Olvido.

Lo hacía baja, pegada al suelo, y se expandía ladera abajo como si alguien la estuviera empujando.

Solo había una que podía hacer eso.

Una que podía mover el aire y el agua hasta convertirlos en una cortina blanca, como el humo de un incendio gigantesco sin una sola llama.

La Luna no se mostraba.

Aún era noche de luna nueva y quedaban pocas horas para que terminara la madrugada.

Pero estaba ayudando sin mostrarse ante los humanos.

Cubriendo con niebla aquello que no debía ser visto.

La voz no vino de ninguna boca. Sino del aire mismo.

Cargada de humedad y frío, se deslizó entre Zaira y Stefan como si hubiera estado esperándolos.

«Than kay phirel ruvni bengui».

Zaira se quedó inmóvil.

El aire se le escapó de los pulmones durante un segundo.

«El lugar donde ronda la loba demonio».

La boca del lobo.

—La Cueva del Olvido...

Stefan frunció el ceño antes de que Zaira terminara de procesarlo.

—Ahí arriba no hay abrigo. Solo viento y piedra. Y... lobos. Nos devoran antes de que logremos meter un pie dentro.

Zaira no respondió de inmediato.

Miraba la niebla que ya comenzaba a lamer el marco de la puerta.

Si Varko volvía, no habría regreso con los suyos.

Si se quedaban, Yeray los encontraría.

La cueva era muerte.

Pero quedarse era una sentencia.

La Luna no discutió.

No hacía falta.

La niebla se alzó frente a ellos. Y entonces la puerta de la cabaña se abrió de golpe.

*¡PAM!*

El viento irrumpió como una bestia, apagando parte del fuego y levantando cenizas del hogar.

Stefan se cubrió el rostro con el brazo.

—¡¿Qué...?!

No pudo terminar de hablar cuando la niebla entró detrás del viento.

En cuestión de segundos, la cabaña quedó completamente blanca.

No podían verse las manos.

No podían verse entre ellos.

Ni siquiera podían distinguir el fuego.

Zaira extendió una mano a ciegas.

—¡Amaya!

No hubo respuesta.

Solo el viento atravesando la puerta abierta.

Y durante un instante, Zaira creyó escuchar algo más.

Una respiración.

Muy cerca.

Después, silencio.

La niebla permaneció unos segundos más.

Luego comenzó a disiparse.

Primero aparecieron las paredes.

Después, la mesa.

Luego, las brasas moribundas del hogar.

Stefan parpadeó varias veces hasta recuperar la vista.

Miró hacia donde había estado Amaya.

Vacío.

—¿Dónde...?

Zaira no respondió. Aunque ya lo sabía.

La puerta seguía abierta de par en par.

Afuera, la niebla comenzaba a retirarse montaña arriba.

La Luna se había llevado a Amaya.

Stefan se acercó a la chimenea y se agachó juntando las brasas.

Extendió una mano.

La retiró inmediatamente.

Estaban frías.

No recién apagadas.

FRÍAS.

Zaira se acercó a la puerta.

No había huellas.

No había rastro.

Solo la niebla alejándose hacia la montaña.

—Voy —dijo ella.

Simple.

No había lugar al que volver si Varko regresaba con refuerzos.

—Yo también —respondió Stefan—. Pero, a la menor señal de peligro, vuelvo al molino. Por seguridad. Y para desviar a los cazadores.

Zaira asintió.

No le pidió que se quedara.

Tampoco que no tuviera miedo.

Ambas cosas eran inútiles.

Mientras la neblina se disipaba solo un poco en la montaña y al rededor.

En el campamento de Katar Sasté, el fuego creció hasta convertirse en una pared.

—Disparen —ordenó Yeray sin levantar la voz—. Incineren. Arrojen agua hervida sobre las ratas y tírenlas a la hoguera. Recojan todo lo que pueda salvarse.

El campamento se movió como una bestia de muchos brazos.

Unos dividían grupos para proteger lo que quedaba.

Otros cargaban calderos humeantes y los vaciaban sobre los depósitos saqueados.

El olor a carne quemada y trigo mojado se pegó a la ropa de todos.

Yeray observaba desde el centro.

No gritaba. No hacía falta.

Cada orden suya era un corte.

A tres cuartos del camino hacia la Cabaña de los Lamentos, Varko levantó una mano.

Seis de sus mejores hombres se detuvieron con él.

Adelante, entre los árboles, el vapor de la tierra subía espeso.

Cubría todo.

Ocultaba todo.

Los árboles parecían fantasmas.

El suelo no tenía huellas.

Pero el silencio no era limpio.

De la niebla surgían gruñidos bajos, arrastrados, demasiado pesados para pertenecer a un perro.

Más allá, una rama gruesa crujió y se partió como si algo del tamaño de un oso acabara de pasar por encima.

De vez en cuando, un golpe seco contra la nieve.

Seco.

Como astas de ciervo o alce chocando contra los troncos, asustados y ciegos.

Varko olió el aire.

Niebla.

Humo frío.

Sangre vieja.

Desenvainó el cuchillo que había reemplazado al látigo roto.

Los demás hicieron lo mismo.

Nadie iba a entrar allí con las manos vacías.

—Disparen a herir —dijo en voz baja—. Necesitamos que confiese mientras viva qué es lo que ocultaba en esa cabaña.

Hizo una pausa y miró a sus hombres.

—No por Yeray.

Bajó aún más la voz.

—Sino porque el Drao nunca nos explicó la razón por la que Zaira enloqueció hace dieciocho inviernos.

Los perros tiraron de las correas, con el pelo erizado.

La cacería comenzó.

Y la niebla no dejaba ver a más de dos pasos.

Mientras varko y sus hombres terminaban de acortar la distancias hacia la Cabaña de los Lamentos.

Zaira iba adelante, moviéndose más por memoria que por vista.

Stefan la seguía con la respiración corta y una mano sobre el cuchillo, atento a cada crujido detrás de ellos.

Los gruñidos seguían allí.

Lejanos, pero moviéndose con ellos.

No eran solo lobos.

Algo más grande se desplazaba ladera arriba, rompiendo ramas como si el bosque tuviera que apartarse a la fuerza.

Entonces sonaron los disparos secos.

Uno.

Dos.

Segundos después, un tercero.

No sabían contra qué habían disparado. El eco rebotaba en la montaña y hacía parecer que los tiros llegaban desde todas partes.

Lo que sí supieron fue lo que vino después.

Un trote.

Pesado.

Desesperado.

Algo grande huyó ladera abajo, directo hacia donde estaba Varko.

Las ramas crujían. La nieve saltaba. Una respiración animal jadeaba de pánico. Otro grupo se abrió paso hacia arriba.

Hacia ellos.

Stefan agarró a Zaira del brazo y la pegó contra la roca.

—¡Quieta! No te muevas.

El miedo era eso:

No saber si aquello que se acercaba iba a arrollarte.

Ni qué era.

Podía ser un ciervo cegado por el pánico.

Podía ser un jabalí.

O un oso herido que ahora quisiera matar todo lo que encontrara delante.

Pasó a dos metros de ellos.

No pudieron verlo.

Solo una sombra más oscura que la niebla, el olor a sudor animal y el desplazamiento violento del aire, como si un carro hubiera pasado a su lado. Se perdió ladera arriba, gruñendo bajo.

Zaira no esperó.

—Sigamos. Ahora.

La tierra cedió bajo sus pies.

El suelo comenzó a convertirse en piedra.

El aire cambió.

Olía a tierra húmeda y vieja. A algo que no había visto el sol en años.

La Cueva del Olvido estaba cerca.

Stefan se detuvo de golpe.

Abajo, entre los árboles, sonó otro disparo.

Más cerca que los anteriores.

—¿Nos vieron? —preguntó.

Zaira no miró hacia atrás. Solo señaló hacia arriba.

—Ahí está la boca.

Era una grieta negra en la roca.

Sin luz.

Sin sonido saliendo de ella.

—Than kay phirel ruvni bengui... "El lugar donde ronda la loba demonio."

Los perros ladraron una vez.

Corto.

Cerca.

Zaira empujó a Stefan hacia la entrada.

—¡Adentro! ¡Rápido!

Él dudó medio segundo.

Afuera estaban los gitanos con órdenes de herir.

Adentro estaban los lobos que una vez lo habían expulsado por orden de la Luna.

La cueva en la que había sido testigo de la verdad de Amaya.

La cueva que casi lo había vuelto loco.

Entró.

La niebla los siguió un paso hacia el interior y se cerró detrás de ellos como una puerta.

El frío de afuera no era nada comparado con el que había dentro.

En la oscuridad, algo exhaló.

El alfa soltó un ladrido seco.

Al instante, el trote de varias patas retumbó contra la piedra.

Los ojos tardaron en acostumbrarse.

Cuando lo hicieron, Zaira y Stefan distinguieron la figura imponente del alfa.

A su lado había tres subordinados más, que habían acudido al escuchar el ladrido.

Detrás, un cuarto se mantenía apartado.

El Omega.

Stefan se lo murmuró a Zaira con un silencioso te lo dije.

Ya podía imaginarse a ambos hechos pedazos contra la roca.

Pero ocurrió lo impensado.

Los tres lobos los empujaron hacia el fondo sin morderlos ni gruñirles.

Solo empujándolos.

El Omega retrocedió varios pasos y soltó una serie de ladridos cortos y bajos.

Una orden.

Una invitación clara:

«Síganme».

Stefan y Zaira avanzaron tanteando la pared para no caer.

El Omega apuraba el paso con ladridos secos y gruñidos bajos, reprendiendo la lentitud de aquellos humanos que se quedaban más de dos metros atrás.

Al llegar al fondo, la escena los dejó inmóviles.

De ensueño para cualquiera.

De pesadilla para Stefan.

Allí estaba ella.

Una chica pálida, de ojos verdes con tintes avellana, clavándoles la mirada.

Estaba rodeada por sus hermanos como si el mundo entero pudiera caerle encima.

—Amaya...

Abriga­da por sus pelajes.

Pero antes de que el silencio se volviera insoportable, Amaya dejó escapar un gruñido bajo.

Ya no era el gruñido animal de Lachi.

Era humano.

Ahogado.

El sonido de alguien tragándose el odio y clavándoselo en el estómago.

Bajó la cabeza medio segundo demasiado tarde.

La loba alfa no se lo dejó pasar.

Un gruñido bajo. Dos ladridos cortos. Y un empujón con el hocico contra la cabeza de Amaya.

«Mirala a ella. No a ellos.»

Amaya obedeció, aunque sus ojos siguieron apuñalando a Stefan y Zaira por el rabillo.

Y frente a todos, sentada como si lo hiciera sobre una silla invisible, había una mujer aún más pálida.

Porque no parecía humana.

Parecía una antorcha blanca y azulina viviente.

La Luna.

Reprendía a la jóven en una lengua extraña.

Palabras que no parecían palabras, sino sonidos que vibraban directamente en los huesos.

Entonces se dignó a mirarlos.

Sus ojos no tenían pupilas.

Solo luz fría.

—Pónganse cómodos —dijo—. Será una larga y corta noche.

La voz de la Luna no rebotó en las paredes.

Salió de todas partes y de ninguna a la vez, como si la propia cueva estuviera hablando.

—Cierren la boca —añadió—. Y no es una orden cruel. Solo un consejo práctico. El frío se mete por ahí.

Stefan hizo caso omiso.

Tenía la garganta seca.

—¿Para qué nos trajiste? —soltó antes de pensarlo.

Volvió a mirar a Zaira.

Esta vez, el te lo dije se había quedado corto.

La Luna inclinó la cabeza, como si evaluara si valía la pena responderle.

—Porque afuera hay hombres que no distinguen entre lobo y humano.

Hizo una pausa.

Sus ojos se deslizaron hacia Amaya.

—Y aquí dentro hay una niña que todavía no decide si quiere matarte o salvarte, molinero.

Amaya levantó la vista al escuchar aquello.

El odio se escurrió de sus ojos durante un segundo.

Fue reemplazado por algo más pesado.

Vergüenza.

Zaira dio un paso adelante, cubriendo a Stefan sin tocarlo.

—Entonces hable claro. ¿Qué quiere de nosotros, Señora de la Noche?

La Luna sonrió.

El gesto apenas se percibió en sus ojos.

—¿Quieres respuestas, Barvalí Nilaí?

Hizo una pausa.

—Y las vas a tener.

El aire se volvió más denso.

—Pero las respuestas cuestan.

Nadie habló, mientras la Luna señaló a Stefan.

—Tú ya sabes una parte. La viste en esta cueva.

Sus ojos volvieron a Amaya. Analizando su reacción.

—Pero la viste como hombre.

Luego miró a Zaira.

—Ahora la vas a ver como ellos la ven.

Señaló a Amaya.

—Y tú, hija mía, deja de mirarlo como si fuera tu verdugo.

Amaya no apartó los ojos.

La Luna continuó:

—Fue tu espejo...

El silencio volvió.

Y esta vez no era miedo...

—Y los espejos duelen.

Era espera.

Thoughts

  • beca7

    Me quedé con Marta echando un tronco más aunque el doctor le pide que se aparte. Esa terquedad de hija se entiende sin que nadie la explique.

    Permalink
  • dolar_bajo_el_colchon

    Varko no sube por Yeray, chamo, sube por la explicación que el Drao nunca le dio de hace dieciocho inviernos. Apuesto a que ese hombre termina cambiando de bando.

    Permalink
  • TroteSuave

    Las brasas frías me dieron un escalofrío. Ahí caí en que no era niebla nomás, que la Luna se la llevó en serio.

    Permalink

Related posts

Pública 3 conversaciones 6 pensamientos 64 votos positivos 0 votos negativos 0 series

El calor de la cabaña le golpeó el rostro como una caricia demasiado brusca.

En grupos