Capítulo 11: La música llegó a mi vida como un puente de expresión en medio del silencio misionero, cuando la madera de una guitarra prestada y la paciencia de un docente abrieron un canal de alabanza en mi corazón. En este capítulo recuerdo a Don Julio Payeska, el maestro de San Vicente que me enseñó los primeros acordes y me demostró que el arte tiene el poder divino de sanar heridas y despertar propósitos eternos.
Hay aprendizajes que comienzan mucho antes de que uno comprenda hasta dónde pueden llevarlo.
Mi relación con la música empezó en Dos de Mayo, cuando tenía alrededor de quince años. Fue allí donde conocí a Julio Payeska, un hombre que había llegado desde San Vicente y que fue contratado por la Municipalidad de Dos de Mayo, durante la gestión de Cacho Álvarez, para enseñar guitarra.
Con él aprendí las primeras notas.
No eran clases como las que tendría muchos años después en Buenos Aires. En aquel tiempo simplemente estaba descubriendo el instrumento. Aprendía los acordes, intentaba sacar canciones y me acostumbraba a la guitarra. También tuve algún acercamiento al acordeón y al piano en la Escuela Nº 270.
Julio solía decirnos una frase que quedó grabada en mi memoria:
«Es mejor estar tocando la guitarra que andar vagando.»
Para mí aquellas palabras tuvieron un significado especial. La guitarra empezó a ocupar un lugar importante en mi vida y, sin darme cuenta, aquel aprendizaje inicial terminó convirtiéndose en una herramienta que me acompañaría durante muchos años.
Cuando llegué a Buenos Aires, la música no quedó atrás.
Durante mis primeros años allí continué estudiando guitarra. Me inscribí en el Conservatorio Suárez y terminé mis estudios de guitarra. Después seguí preparándome en un conservatorio de la ciudad de Carapachay.
En 1992 llegó un momento que recuerdo especialmente: me recibí de profesor de guitarra.
Aquel título representaba mucho más que un papel. Detrás estaban las horas de estudio, la práctica y la decisión de seguir aprendiendo después de haber dejado Misiones. Había llegado a Buenos Aires siendo un joven que necesitaba trabajar y abrirse camino, pero también llevaba conmigo aquella pasión que había comenzado en Dos de Mayo.
La guitarra terminó convirtiéndose también en una manera de ganarme la vida.
Comencé a enseñar y con el dinero que obtenía de esas clases podía afrontar mis gastos. Pero había algo que para mí tenía un valor todavía mayor: esos ingresos me permitían juntar lo necesario para viajar a Misiones durante las vacaciones.
Así podía volver a Dos de Mayo.
Volver a visitar a los nuestros.
Después de estar lejos, regresar al pueblo tenía un significado especial. Buenos Aires era el lugar donde estaba construyendo mi vida y donde buscaba oportunidades, pero Dos de Mayo seguía siendo el lugar al que quería volver para encontrarme con mi familia, con los conocidos y con aquellas raíces que nunca había dejado atrás.
Cada viaje era, de alguna manera, un puente entre las dos vidas que estaba viviendo.
En Buenos Aires estudiaba, trabajaba y enseñaba guitarra. En Misiones volvía a ser aquel muchacho que conocía las calles de tierra, a su familia y a la gente con la que había crecido.
La música había conseguido algo que yo todavía no alcanzaba a dimensionar: me había dado una profesión y, al mismo tiempo, me ayudaba a mantener vivo el vínculo con mi lugar de origen.
Aquello también fue importante para mi futuro.
Porque enseñar guitarra no solamente me permitió obtener un ingreso. Me enseñó a transmitir lo que había aprendido. Para enseñar, uno tiene que conocer, tener paciencia y encontrar la manera de explicar aquello que para uno ya resulta conocido.
Esa experiencia de enseñar también fue formando en mí una capacidad que después aparecería de otras maneras en mi vida: comunicar.
Primero fueron las notas.
Después llegaron las canciones.
Más adelante vendrían los micrófonos, las radios, los programas y otros espacios de comunicación.
Pero el camino había comenzado mucho antes.
Había comenzado en Dos de Mayo, con una guitarra y las primeras enseñanzas de Julio Payeska.
Entre Buenos Aires y Dos de Mayo
Durante aquellos años aprendí a vivir con una parte de mi vida en Buenos Aires y otra en Misiones.
Buenos Aires me ofrecía trabajo y posibilidades. Dos de Mayo seguía siendo mi lugar de origen, el sitio donde estaban los nuestros.
Las vacaciones tenían entonces un sentido muy concreto: volver.
No necesitaba grandes planes. Quería ver a mi familia, compartir tiempo con ellos y reencontrarme con el lugar donde había crecido.
El dinero que ganaba enseñando guitarra ayudaba a que esos viajes fueran posibles. Cada clase que daba también significaba, de alguna manera, acercarme nuevamente a Misiones.
Hoy, con los años transcurridos, puedo mirar aquella etapa con otra perspectiva.
A veces creemos que estamos simplemente trabajando para pagar los gastos del presente. Después descubrimos que algunas de esas decisiones también estaban construyendo nuestra historia.
Yo enseñaba guitarra para ganarme la vida.
Y con ese trabajo podía regresar a Dos de Mayo.
La música me daba una profesión, pero también me ayudaba a conservar un vínculo que para mí siempre fue fundamental.
Las primeras notas de un camino más largo
No puedo saber qué habría ocurrido si aquel encuentro con Julio Payeska nunca hubiera sucedido.
Lo que sí sé es que aquellas primeras clases despertaron en mí una pasión que decidí continuar cuando llegué a Buenos Aires.
No me conformé con lo que había aprendido en Misiones. Seguí estudiando hasta recibirme de profesor de guitarra en 1992.
Ese esfuerzo tuvo sus frutos.
La guitarra pasó de ser una afición de adolescente a convertirse en una herramienta de trabajo y en una forma de transmitir conocimientos.
Y aunque todavía faltaban muchos años para que mi vida estuviera profundamente ligada a la comunicación, algunas señales ya estaban presentes.
Había aprendido a escuchar.
Había aprendido a practicar.
Había aprendido a enseñar.
Y, sobre todo, había descubierto que algo que comenzaba siendo pequeño podía crecer si uno estaba dispuesto a seguir adelante.
Las primeras notas habían sonado en Dos de Mayo.
En Buenos Aires adquirieron otra dimensión.
Y mientras avanzaba por aquel camino, cada tanto volvía a Misiones para visitar a los nuestros.
Todavía no sabía todo lo que vendría.
Pero la música ya formaba parte de mi historia.