🌸 CapÃtulo 5 — La caja
Esa noche no pude dormir.
Me quedé despierta mirando el techo de mi cuarto, con la mente dando vueltas sin parar. Cada vez que cerraba los ojos, volvÃa a ver la caja. Las fotografÃas. Las cartas. La expresión de nuestros padres cuando dijeron que tenÃan que contarnos "toda la historia".
HabÃa algo que no me estaban diciendo.
Algo que llevaban años guardando.
Y yo no podÃa dejar de preguntarme qué era.
A la mañana siguiente, me desperté antes de que sonara la alarma. Bajé a la cocina y encontré a mi mamá tomando café, con la mirada perdida en la ventana.
—¿No dormiste bien? —le pregunté.
—Poco.
Se quedó callada un momento.
—¿Y vos?
—Tampoco.
Mi mamá me miró con una expresión que no supe descifrar.
—Elizabet... hay cosas que pasaron hace mucho tiempo que nunca te contamos.
Me senté frente a ella.
—¿Qué cosas?
—Cosas que tienen que ver con la familia de Alaric.
—¿Por qué nunca me dijeron que los conocÃan?
Mi mamá suspiró.
—Porque algunas historias son más complicadas de lo que parecen.
—¿Y por qué ahora s�
—Porque llegó el momento.
Me quedé mirándola.
—¿Quién decidió eso?
—El abuelo de Alaric.
Sentà un escalofrÃo.
—¿Él?
—SÃ.
Mi mamá dejó la taza sobre la mesa.
—Antes de morir, dejó instrucciones. Dijo que cuando llegara el momento, tenÃamos que darles la caja.
—¿Y por qué a nosotros?
—Porque dentro de esa caja hay cosas que les pertenecen a ustedes dos.
Me quedé sin palabras.
—¿Qué hay dentro?
—No lo sé con seguridad. Solo sé que el abuelo de Alaric querÃa que ustedes la abrieran juntos.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—¿Cuándo?
—Hoy. Después de la escuela, vamos a la casa de Alaric.
Asentà lentamente.
—Está bien.
Pero por dentro, sentÃa que algo importante estaba a punto de suceder.
La escuela pasó lentamente.
No podÃa concentrarme en nada. Ni en las clases, ni en lo que decÃan mis amigos, ni siquiera en las bromas de Milagros, que normalmente me sacaban una sonrisa.
Alaric tampoco estaba bien.
Lo vi llegar con los ojos cansados y la mirada distraÃda. Se sentó en su lugar sin hablar con nadie, y durante toda la mañana apenas cruzamos un par de palabras.
Mis amigos notaron que algo estaba pasando.
—¿Qué les pasa a ustedes dos? —preguntó Milagros durante el recreo.
—Nada —respondÃ.
—Mentira.
—De verdad.
Milagros me miró fijamente.
—Eli, te conozco desde hace años. Sé cuándo me estás mintiendo.
Suspiré.
—Es complicado.
—¿Qué es complicado?
Miré hacia donde estaba Alaric.
—Anoche descubrimos que nuestras familias se conocÃan desde hace mucho tiempo.
—¿Y?
—Y que Alaric y yo nos conocÃamos de chicos.
Los ojos de Milagros se abrieron de par en par.
—¿¡Qué!?
—Shhh. No grites.
—¡Pero Eli! ¿Cómo no me contaste esto antes?
—Porque lo descubrà anoche.
Ian se acercó.
—¿Qué pasa?
—Elizabet y Alaric se conocÃan de chicos —dijo Milagros.
Ian levantó las cejas.
—¿En serio?
—SÃ.
—¿Y no se acordaban?
—No.
Yulia y Juana se acercaron también.
—¿Qué está pasando? —preguntó Juana.
Milagros se encargó de resumir todo.
—Resulta que las familias de Eli y Alaric eran amigas. Y ellos dos se conocÃan cuando eran pequeños. Pero no se acordaban.
—¿¡Qué!? —dijo Juana.
—Lo sé. Es increÃble.
Yulia se quedó pensando.
—¿Y por qué no se acordaban?
—No sé —respond×. Eso es justamente lo que queremos descubrir.
Ian cruzó los brazos.
—¿Y qué tienen que ver sus padres en todo esto?
—Mucho más de lo que nos han contado.
Todos se quedaron en silencio.
Milagros me miró con seriedad.
—Eli, si necesitás algo, avisanos.
—Gracias.
—En serio. Estamos para lo que sea.
SonreÃ.
—Lo sé.
Pero en el fondo, sabÃa que esto era algo que tenÃa que descubrir por mà misma.
Después de la escuela, mi mamá me llevó a la casa de Alaric.
Era una casa grande, con un jardÃn que parecÃa haber sido cuidado con mucho esmero. HabÃa árboles, flores y un camino de piedras que llevaba hasta la puerta principal.
Me quedé mirando el jardÃn durante unos segundos.
Algo me resultaba familiar.
Como si hubiera estado ahà antes.
Pero no podÃa recordarlo.
Mi mamá tocó el timbre.
La puerta se abrió.
Era la mamá de Alaric.
—Hola —dijo con una sonrisa—. Pasen.
Entramos.
La casa era cálida y luminosa. HabÃa fotografÃas en las paredes, libros en los estantes y un aroma a algo horneado que llenaba el ambiente.
Alaric estaba sentado en el living.
Cuando me vio, se levantó.
—Hola.
—Hola.
Nos quedamos mirando por un momento.
—¿Listos? —preguntó su mamá.
—Sà —respondió Alaric.
Su papá entró al living llevando la caja.
La puso sobre la mesa.
Todos nos sentamos.
El silencio llenó la habitación.
Mi papá fue el primero en hablar.
—Creo que es hora de contarles la verdad.
Alaric y yo nos miramos.
—¿Qué verdad? —preguntó él.
Nuestros padres intercambiaron una mirada.
Finalmente, mi mamá comenzó a hablar.
—Hace muchos años, nuestras familias eran muy cercanas. Pasábamos los fines de semana juntos, hacÃamos asados, viajábamos. Ustedes dos crecieron jugando juntos desde que eran muy pequeños.
—¿Y por qué se separaron? —pregunté.
Mi mamá respiró profundamente.
—Hubo un problema. Un problema que no tuvo que ver con ustedes, sino con nosotros.
—¿Qué tipo de problema?
Mi papá intervino.
—Hubo un malentendido. Algo relacionado con dinero y con decisiones que no nos correspondÃan a nosotros.
—¿Y por eso dejaron de verse?
—SÃ.
—¿Durante todos estos años?
—SÃ.
Alaric frunció el ceño.
—¿Y el abuelo? ¿Qué tiene que ver él en todo esto?
Su papá miró la caja.
—Tu abuelo fue quien intentó arreglar las cosas. Pero para cuando logró hacerlo, ya era demasiado tarde. Las familias se habÃan distanciado y ustedes ya habÃan crecido.
—¿Y por eso guardó la caja?
—SÃ. Guardó recuerdos de ustedes dos. FotografÃas, cartas, dibujos. Todo lo que querÃa que ustedes vieran algún dÃa.
Alaric miró la caja.
—¿Y por qué no nos la dio antes?
—Porque querÃa esperar el momento adecuado. Y porque querÃa que ustedes la abrieran juntos.
Me quedé mirando la caja.
TodavÃa estaba cerrada.
—¿Podemos abrirla? —pregunté.
—Sà —dijo su papá—. Es de ustedes.
Alaric y yo nos acercamos.
Nuestras manos se posaron sobre la tapa.
Nos miramos.
—¿Lista? —preguntó él.
—SÃ.
Levantamos la tapa juntos.
El interior estaba lleno de cosas.
HabÃa fotografÃas, sobres, dibujos y pequeños objetos que parecÃan tener años.
Alaric tomó la primera fotografÃa.
Era una imagen de dos niños pequeños sentados en un jardÃn.
Éramos nosotros.
—Es la misma foto de anoche —dije.
—SÃ.
La dejó a un lado y tomó otra.
En esa aparecÃamos jugando con bloques de colores.
En otra, estábamos comiendo helado.
En otra, dormÃamos en el mismo sillón, con la cabeza apoyada el uno en el otro.
—No puede ser... —murmuré.
Alaric sonrió.
—Éramos muy amigos.
—Parece que sÃ.
Tomé una de las cartas.
Era un sobre amarillento, con una letra cuidada y elegante.
—¿Qué dice? —preguntó Alaric.
Abrà el sobre con cuidado.
Dentro habÃa una carta escrita a mano.
La leà en voz baja.
"Querido Alaric:
Si estás leyendo esta carta, significa que ha llegado el momento de que conozcas la verdad.
Hay muchas cosas que no te conté en vida. No porque no quisiera, sino porque no sabÃa cómo hacerlo.
Pero hay una cosa que siempre supe: que vos y Elizabet estaban destinados a encontrarse.
Cuando ustedes eran pequeños, yo veÃa cómo se miraban, cómo se reÃan, cómo se buscaban el uno al otro. Y sabÃa que esa conexión era especial.
No sé qué pasará cuando leas esta carta. Quizás ustedes ya no sean amigos. Quizás ni siquiera se conozcan.
Pero si alguna vez tienen la oportunidad de volver a encontrarse, no la dejen pasar.
Porque hay personas que llegan a nuestra vida para quedarse. Y ustedes dos son asÃ.
Cuida a Elizabet. Y deja que ella te cuide a vos.
Con todo mi amor, Tu abuelo."
Cuando terminé de leer, me quedé sin palabras.
Alaric también estaba en silencio.
—¿Hay más cartas? —preguntó su mamá.
AsentÃ.
Tomé otro sobre.
Este tenÃa mi nombre escrito.
"Para Elizabet."
Lo abrà con manos temblorosas.
"Querida Elizabet:
Quizás no me recuerdes. Cuando nos conocimos, eras muy pequeña.
Pero yo te recuerdo perfectamente.
Recuerdo tu risa, tus preguntas, la forma en que iluminabas el jardÃn cuando jugabas con mi nieto.
Alaric es un niño especial. Guarda muchas cosas dentro y no siempre sabe cómo expresarlas.
Pero contigo siempre fue diferente. Contigo se reÃa, hablaba y se sentÃa libre.
No sé si algún dÃa volverás a cruzarte con él. Pero si lo hacés, quiero que sepas algo:
Vos fuiste una de las personas más importantes de su infancia.
Y aunque el tiempo pase, eso nunca va a cambiar.
CuÃdalo, Elizabet. Y deja que él te cuide a vos.
Con cariño, El abuelo de Alaric."
Cuando terminé de leer, sentà que los ojos se me llenaban de lágrimas.
—¿Qué dice? —preguntó Alaric.
Se la pasé.
Él la leyó en silencio.
Cuando terminó, levantó la mirada.
—Mi abuelo te conocÃa.
—SÃ.
—Te querÃa.
—Parece que sÃ.
Nos quedamos mirando por un momento.
HabÃa tantas cosas que no sabÃamos.
Tantas historias que se habÃan perdido con el tiempo.
Y sin embargo, ahà estábamos, descubriéndolas juntos.
Seguimos revisando la caja.
HabÃa más fotografÃas.
Más cartas.
Dibujos que habÃamos hecho cuando éramos pequeños.
Uno de ellos me llamó especialmente la atención.
Era un dibujo de dos figuras tomadas de la mano.
Debajo, con letra infantil, decÃa:
"Alaric y Eli. Mejores amigos para siempre."
Me quedé mirando el dibujo.
—¿Quién lo hizo? —pregunté.
Alaric lo tomó.
—Creo que fui yo.
—¿Te acordás?
—No... pero es mi letra.
SonreÃ.
—Mejores amigos para siempre.
—Parece que sÃ.
—¿Y qué pasó?
Alaric me miró.
—¿Qué pasó con qué?
—Con el "para siempre".
Se quedó en silencio.
—Supongo que el tiempo lo cambió todo.
—¿Y ahora?
—¿Ahora qué?
—¿Qué pasa con el "para siempre"?
Alaric me miró durante unos segundos.
—No sé. Pero quizás todavÃa no es tarde.
SonreÃ.
—Quizás no.
Seguimos revisando la caja hasta que encontramos algo más.
Era un pequeño sobre con una fotografÃa adentro.
Cuando la vi, me quedé completamente quieta.
Era una foto de nuestros padres.
Pero no eran los padres que conocÃa ahora.
Eran jóvenes.
Muy jóvenes.
Estaban sentados juntos, sonriendo, con los brazos alrededor de los hombros.
—¿Cuándo fue esto? —pregunté.
Mi mamá se acercó a mirar.
—Hace muchÃsimos años.
—¿Antes de que naciera yo?
—SÃ.
—¿Y por qué están todos juntos?
Mi papá respondió.
—Porque éramos amigos.
—¿Y qué pasó?
—Ya te lo contamos. Hubo un problema.
—¿Qué tipo de problema?
Nuestros padres se miraron.
Esta vez, nadie respondió inmediatamente.
Alaric fue el que insistió.
—Queremos saber la verdad.
Su papá suspiró.
—Hubo una discusión. Una discusión muy fuerte.
—¿Por qué?
—Por dinero.
—¿Dinero?
—SÃ.
Mi mamá bajó la mirada.
—Hubo un negocio que salió mal. Y cada uno culpó al otro.
—¿Y por eso dejaron de hablarse?
—SÃ.
—¿Durante todos estos años?
—SÃ.
Alaric negó con la cabeza.
—Todo por dinero.
—No fue solo por el dinero —dijo su papá—. Fue por el orgullo.
—¿Y el abuelo?
—Tu abuelo intentó arreglarlo. Pero para cuando logró hacerlo, ya era demasiado tarde.
—¿Por qué?
—Porque nosotros ya nos habÃamos mudado. Y porque el orgullo no nos dejó dar el primer paso.
El silencio llenó la habitación.
Yo miré la fotografÃa.
—¿Y ustedes? —pregunté—. ¿Se arrepienten?
Mi papá me miró.
—Todos los dÃas.
—¿Y por qué no lo arreglaron?
—Porque a veces es más fácil guardar rencor que pedir perdón.
—¿Y ahora?
Mi papá miró al papá de Alaric.
—Ahora... creo que es hora de dejar el orgullo de lado.
El papá de Alaric asintió.
—SÃ. Creo que es hora.
Se levantaron.
Se dieron la mano.
Y después se abrazaron.
Yo miré a Alaric.
Él me miró a mÃ.
—¿Viste? —dijo.
—¿Qué?
—A veces las cosas se pueden arreglar.
SonreÃ.
—SÃ. Parece que sÃ.
Pasamos el resto de la tarde en la casa de Alaric.
Revisamos toda la caja.
HabÃa decenas de fotografÃas.
Cartas.
Dibujos.
Recuerdos.
Cada uno contaba una parte de una historia que habÃamos olvidado.
Pero que, poco a poco, estábamos volviendo a descubrir.
Cuando llegó la hora de irme, me despedà de todos.
Alaric me acompañó hasta la puerta.
—Gracias por venir —dijo.
—Gracias por invitarme.
—¿Y qué vas a hacer con todo esto?
Miré la caja.
—No lo sé. Pero creo que es algo que tenemos que descubrir juntos.
Alaric asintió.
—SÃ.
Nos quedamos mirando por un momento.
—Buenas noches, Ari.
—Buenas noches, Pecas.
SonreÃ.
Y me fui.
Pero mientras caminaba hacia el auto, no podÃa dejar de pensar en todo lo que habÃa descubierto.
En las cartas del abuelo.
En las fotografÃas.
En la historia de nuestras familias.
Y en una pregunta que seguÃa dando vueltas en mi cabeza:
¿Qué más nos estaba esperando en esa caja?
Porque estaba segura de que todavÃa no habÃamos descubierto todo.
A la mañana siguiente, llegué a la escuela con la mente llena de preguntas.
Milagros me vio entrar y corrió hacia mÃ.
—¡Eli! Contame todo.
—¿Todo qué?
—¡Todo! ¿Qué pasó con la caja? ¿Qué habÃa adentro?
Suspiré.
—Muchas cosas.
—¿Como qué?
—FotografÃas. Cartas. Dibujos.
—¿Y?
—Y descubrimos que nuestras familias eran muy amigas.
—¿Y por qué se separaron?
—Por una discusión. Por dinero y por orgullo.
Milagros abrió los ojos.
—¿Y ahora?
—Ahora... creo que lo están arreglando.
—¿En serio?
—SÃ.
Milagros sonrió.
—Eso es genial.
—SÃ.
—¿Y vos? ¿Cómo estás?
—No lo sé. Es mucha información.
—Te entiendo.
Me puso una mano en el hombro.
—Pero estoy acá para lo que necesites.
SonreÃ.
—Gracias, Mili.
Durante la clase, no pude dejar de mirar a Alaric.
Él también parecÃa distraÃdo.
Cuando nuestros ojos se encontraron, sonrió.
Yo también sonreÃ.
HabÃa algo diferente entre nosotros ahora.
Algo que no existÃa antes.
No sabÃa exactamente qué era.
Pero sentÃa que nuestras historias estaban conectadas de una manera que todavÃa no terminaba de entender.
Al final del dÃa, Alaric se acercó a mÃ.
—Eli.
—¿S�
—¿Querés venir a mi casa hoy?
—¿Para qué?
—Hay algo más que quiero mostrarte.
—¿Qué?
—No te puedo decir.
—¡Alaric!
Se rio.
—Es una sorpresa.
Lo miré con curiosidad.
—Está bien. Voy.
—Te espero después de la escuela.
—Listo.
Y mientras caminaba hacia mi casa, no podÃa dejar de preguntarme qué era lo que Alaric querÃa mostrarme.
Algo me decÃa que todavÃa quedaban muchas cosas por descubrir.
Y que nuestra historia apenas estaba comenzando.