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El terreno en medio del monte

JoaMarAl

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Capítulo 4: Tener un pedazo de tierra donde clavar los postes de un hogar propio fue una de las mayores batallas de nuestra infancia en Dos de Mayo. En este capítulo relato la llegada a aquel terreno sobre la calle Jorge Kemerer, cuando abrirse paso entre el monte a fuerza de machete y levantar cuatro paredes de madera representó para nosotros la verdadera conquista de la esperanza y la libertad.

CAPÍTULO 4


El terreno en medio del monte


“Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.”

Eclesiastés 3:1


Hay lugares que, con los años, cambian tanto que cuesta reconocerlos.


Cuando uno vuelve después de varias décadas, encuentra calles donde antes había monte, casas donde alguna vez hubo tierra y movimiento donde durante la infancia solamente había silencio.


Mi recuerdo del lugar donde crecí pertenece a otra época de Dos de Mayo.


Era un pueblo que todavía tenía mucho de camino de tierra, monte y espacios abiertos. La localidad había comenzado a desarrollarse décadas antes, a partir de los primeros pobladores y de una comunidad que fue creciendo alrededor de las picadas y los caminos que atravesaban la zona.


Yo no conocía esa historia cuando era chico.


Conocía mi casa.


Y para mí, durante aquellos años, ese pequeño territorio era prácticamente todo mi mundo.


El terreno


Después de haber vivido detrás del hospital, mi madre consiguió un terreno detrás del cementerio.


Según los recuerdos familiares, fue alrededor de 1973, durante la gestión del intendente Torres.


Yo todavía era muy pequeño.


Por eso no puedo describir aquel momento como si hubiera sido capaz de comprender la importancia que tenía para mi madre. Lo que sí puedo hacer es mirar hacia atrás y entender lo que significaba para una mujer que había pasado buena parte de su vida dependiendo de otras personas.


Ahora tenía un lugar donde podía levantar una casa para sus hijos.


No era una vivienda.


Era un terreno.


Había que convertirlo en hogar.


Y para eso hacía falta trabajo.


El monte alrededor


En aquel tiempo la zona era muy distinta.


El terreno estaba rodeado de monte y todavía había mucho por abrir.


No existían las construcciones que hoy forman parte del paisaje urbano.


No estaban las calles tal como las conocemos.


La vida se desarrollaba con otro ritmo.


El monte no era simplemente un paisaje. Era parte de la vida cotidiana.


Había que conocerlo.


Había que saber por dónde caminar.


Había que buscar leña.


Había que convivir con la naturaleza de una manera que para las generaciones actuales puede resultar difícil de imaginar.


Yo crecí dentro de ese ambiente.


No lo veía como algo extraordinario.


Era el lugar donde estaba mi casa.


Levantar las paredes


La casa fue construida con madera y techo de cartón.


Trabajadores municipales colaboraron en la construcción. Entre los nombres que recuerdo están Castro y Cardozo, junto con otros trabajadores.


No puedo decir cuántos días trabajaron ni reconstruir exactamente cómo fue cada jornada.


No quiero inventar una escena que no recuerdo.


Lo que sí quedó en la historia familiar es que hubo personas que ayudaron a levantar aquella vivienda.


Para nosotros significó muchísimo.


Una casa propia cambiaba las condiciones de una familia.


Podíamos tener poco, pero teníamos un lugar.


Y ese lugar se convirtió en el centro de nuestra infancia.


Una casa sin comodidades


La casa tenía piso de tierra.


No había heladera.


No teníamos cocina a gas.


La comida se preparaba sobre el fuego.


Una cadena bajaba desde el techo y terminaba en un gancho que permitía sostener la olla.


La leña era indispensable.


La carne podía colgarse sobre el fuego para conservarla con el humo.


Hoy, cuando contamos estas cosas, inmediatamente pensamos en la falta de comodidades.


En aquel momento no existía esa comparación.


Era nuestra vida.


Había que cocinar de esa manera porque no había otra.


Había que buscar leña porque el fuego era necesario.


Había que cuidar los alimentos porque no existía una heladera que resolviera su conservación.


La vida cotidiana exigía soluciones sencillas y prácticas.


El trabajo que no se veía


Cuando era chico, muchas de esas tareas me parecían parte del paisaje.


Con los años entendí que detrás de cada cosa había trabajo.


Conseguir leña era trabajo.


Mantener una casa de tierra era trabajo.


Cocinar sobre fuego era trabajo.


Criar ocho hijos era trabajo.


Conseguir alimentos era trabajo.


Mandarnos a la escuela también requería esfuerzo.


Mamá hacía todo eso sin haber tenido una educación que le facilitara la vida.


Su propia infancia había sido extremadamente dura y, sin embargo, consiguió formar una familia.


La casa era sencilla.


La responsabilidad era enorme.


Una familia de ocho hijos


Dentro de aquella vivienda convivíamos los ocho hijos de Elena.


Rubén, Marta, Hugo, Joaquín, Liliana, Ramona, Emma y Valeria.


Yo ocupaba mi lugar entre ellos.


Además, mi sobrina Vanessa, hija de Marta, creció junto a nosotros y terminó siendo prácticamente una hermana más.


Eso hacía que la casa estuviera siempre relacionada con una familia grande.


No había demasiada privacidad.


Había que compartir los espacios.


Aprender a convivir.


Aceptar que los demás también necesitaban las mismas cosas.


En una familia numerosa, muchas veces uno aprende a esperar.


Y esperar también forma carácter.


El fuego como parte de la casa


El fuego ocupaba un lugar central.


No solamente servía para cocinar.


También formaba parte de la organización de la casa.


La leña tenía que estar disponible.


La olla debía quedar sostenida de la manera correcta.


El humo formaba parte de la vivienda.


La comida se preparaba lentamente.


Hoy, con una cocina moderna, apretamos un botón y en pocos minutos tenemos una llama.


En aquella casa había que preparar todo antes.


No era cuestión de comodidad.


Era cuestión de necesidad.


Y esas necesidades fueron enseñándonos a vivir con menos.


La carne y el humo


Una de las prácticas que recuerdo de aquella época era conservar la carne colgándola sobre el fuego.


El humo ayudaba a preservarla.


No había freezer.


La comida tenía que cuidarse de otra manera.


Eso formaba parte de las costumbres de muchas familias de aquellos años.


No quiero presentar aquella vida como algo pintoresco.


Era una consecuencia de las condiciones en las que vivíamos.


Pero hoy, al recordarla, entiendo que también existía un conocimiento práctico que se transmitía de generación en generación.


Había que saber hacer.


Y mamá sabía.


Una casa que también recibía


La vivienda no era solamente para nosotros.


Mamá tenía una costumbre que nunca olvidé: recibir a personas que llegaban desde las zonas rurales.


Quienes venían de Picada Indumar, Saltito Uno o Saltito Dos podían recorrer largas distancias para llegar a Dos de Mayo.


Algunos caminaban quince o veinte kilómetros.


Muchas veces necesitaban llegar al hospital.


Cuando pasaban por nuestra casa, mamá preparaba mate, ofrecía agua fresca y, cuando podía, hacía chipas para los chicos.


Eso ocurría en una casa donde tampoco sobraba nada.


Por eso el gesto tenía todavía más valor.


Mamá no necesitaba tener una mesa llena para ofrecer algo.


Compartía lo que tenía.


El valor de una pava


Con el tiempo entendí que aquella pava sobre el fuego representaba una forma de solidaridad.


No era una institución.


No era un programa social.


No había un cartel.


Era simplemente una mujer que veía llegar a alguien cansado y ponía agua a calentar.


A veces la solidaridad empieza así.


Sin grandes palabras.


Sin anuncios.


Con una persona que decide compartir.


Esa enseñanza quedó conmigo.


Muchos años después, cuando empecé a trabajar en comunicación y a relacionarme con gente de diferentes realidades, seguí encontrando valor en esas pequeñas acciones.


Los días no tenían la velocidad de ahora


La vida en aquel Dos de Mayo era diferente.


No había teléfonos celulares.


No había internet.


No había redes sociales.


La información viajaba de otra manera.


Las noticias circulaban de persona en persona.


El pueblo tenía otro ritmo.


La gente se conocía.


Los encuentros eran presenciales.


Las distancias se recorrían caminando, en bicicleta, a caballo o en los vehículos disponibles.


Hoy, como comunicador, trabajo con herramientas que mi madre y mis vecinos de aquella época jamás hubieran imaginado.


Internet.


Radio digital.


Televisión.


Redes sociales.


Transmisiones en vivo.


Pero mi relación con la comunicación comenzó mucho antes de conocer cualquiera de esas tecnologías.


Comenzó observando una comunidad.


El niño y el territorio


Yo no tenía conciencia de que estaba formando recuerdos.


No pensaba que algún día iba a escribir un libro sobre todo aquello.


No sabía que las calles de tierra, la casa de madera o el terreno detrás del cementerio iban a adquirir otro significado cuando tuviera 55 años.


Simplemente vivía.


Jugaba.


Crecía.


Iba a la escuela.


Compartía con mis hermanos.


Acompañaba la vida de la familia.


Así se construye una infancia.


No a través de grandes declaraciones, sino mediante días que parecen comunes mientras están ocurriendo.


La tierra bajo los pies


Hay una relación especial entre una persona y el lugar donde creció.


En mi caso, durante muchos años la tierra formó parte de mis pies.


Caminaba descalzo.


Conocía las calles.


Conocía el terreno.


Sabía que para algunas cosas había que caminar bastante.


Esa experiencia quedó en mi cuerpo y en mi memoria.


Muchos años después, cuando viví en Buenos Aires, encontré otra realidad.


Calles asfaltadas.


Grandes avenidas.


Trenes.


Colectivos.


Multitudes.


Edificios.


Distancias enormes.


Pero una parte de mí seguía relacionada con aquel lugar donde una casa de madera se levantaba en medio de un entorno todavía dominado por el monte.


La construcción de una identidad


En ese terreno no solamente se levantó una vivienda.


También comenzó a construirse mi identidad.


No lo sabía entonces.


Lo entiendo ahora.


Crecí viendo a mi madre trabajar.


Crecí en una familia numerosa.


Aprendí a compartir.


Conocí las dificultades económicas.


Vi cómo una persona podía ayudar aun teniendo poco.


Fui a una escuela que hoy sigue formando parte de la localidad; actualmente la Escuela Nº 270 figura oficialmente como “Primeros Colonos”, ubicada en el área de avenida del Colono y calle Misiones.


Todo aquello fue formando una manera de mirar el mundo.


Lo que no quiero olvidar


Cuando uno envejece descubre que la memoria también necesita ser cuidada.


Hay detalles que desaparecen.


Hay nombres que cuesta recuperar.


Hay fechas que pueden confundirse.


Hay lugares que cambian.


Por eso decidí escribir.


No para demostrar que recuerdo cada minuto de mi infancia.


Eso sería imposible.


Escribo para dejar constancia de aquello que sí permanece.


El terreno.


La casa.


El fuego.


La cadena.


La olla.


La madera.


El techo de cartón.


Mamá.


Mis hermanos.


Las personas que llegaban desde el campo.


El mate.


Las chipas.


La escuela.


La tierra.


Ésos son algunos de los elementos que forman aquel capítulo de mi vida.


Una casa que no era pobre de afectos


Si tuviera que definir aquella casa únicamente por sus materiales, diría que era una casa humilde.


Pero una casa no se mide solamente por sus paredes.


Allí estaban mis hermanos.


Allí estaba mi madre.


Allí había personas que llegaban buscando un poco de descanso.


Allí aprendí a compartir.


Allí comencé a descubrir quién era.


Por eso, cuando pienso en aquella vivienda, no recuerdo solamente lo que faltaba.


Recuerdo también lo que había.


Había familia.


Había esfuerzo.


Había trabajo.


Había solidaridad.


Y había un lugar al que podía llamar casa.


El terreno que quedó atrás


Hoy aquella zona forma parte de una Dos de Mayo muy diferente.


La localidad creció.


Las calles cambiaron.


Las viviendas ocuparon espacios donde antes había monte.


La Escuela Nº 270 continúa formando parte de la comunidad educativa local y actualmente sigue ubicada en la zona de avenida del Colono y calle Misiones.


Cuando vuelvo a mirar el pueblo, lo hago con los ojos del hombre que soy y con la memoria del niño que fui.


Son dos miradas distintas.


El hombre reconoce el crecimiento.


El niño recuerda la tierra.


Las dos cosas pueden convivir.


La primera casa propia


Mi madre había conocido la dependencia desde muy chica.


Había pasado años trabajando para otros.


Por eso, aunque la vivienda fuera sencilla, para nuestra familia representaba algo fundamental: un lugar propio.


No era perfecta.


No tenía comodidades.


Pero nos pertenecía.


Y allí comenzamos a crecer.


Ésa fue una de las primeras conquistas de nuestra familia.


No hubo ceremonia.


No hubo grandes discursos.


Simplemente hubo una casa.


Y a veces eso es suficiente para cambiar una vida.


Las raíces


Con el paso de las décadas entendí que las raíces no siempre se encuentran en grandes acontecimientos.


Pueden estar en un terreno.


En una casa.


En una madre.


En los hermanos.


En una escuela.


En el camino que uno hacía todos los días.


Mi historia comenzó a echar raíces allí.


Mucho antes de que apareciera la radio.


Mucho antes de Buenos Aires.


Mucho antes de que yo supiera que iba a dedicar buena parte de mi vida a la comunicación.


Aquella casa fue uno de los primeros lugares donde aprendí a ser Joaquín.


Y todavía hoy, cuando pienso en Dos de Mayo, una parte de mi memoria vuelve a ese terreno.


A aquella casa de madera.


Al techo de cartón.


Al fuego en el suelo.


A la cadena que sostenía la olla.


Y a una familia que, con poco, comenzó a construir su propio camino.

Thoughts

  • novelaacuestas

    Cuatro capítulos ya y la casa se me va armando en la cabeza tabla por tabla. Aquí por fin aparece Vanessa, la sobrina que acabó siendo hermana, y me da que va a pesar más adelante.

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  • dlozano92

    Parce, la parte de que esperar forma carácter no me la trago del todo. En una casa de ocho uno aprende a esperar, sí, pero también aprende a no pedir, y eso cuesta desaprenderlo de grande.

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  • cuento77

    Ay, le leí a mi abuela lo de la carne colgada sobre el humo y se puso a contarme que en su pueblo hacían igual con el venado, hasta me explicó cómo olía la casa. ¡Nunca le había sacado tanto!

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  • libretanegra

    La pava en el fuego para el que llegaba cansado va anotada. Quedó debajo de algo que me dijo un pasajero hace años: que en su casa el mate no se le negaba a nadie, ni al cobrador.

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  • JoaMarAl

    Quiero agradecer a todos los que leen mi autobiografia y pedirles que si le gustó si le fue de bendicion no dejen de compartirla. Desde ya Muchas gracias!

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  • CapituloTrasCapitulo

    Me encantó ver a los ocho hermanos nombrados de corrido, de Rubén a Valeria. Ya me imagino la fila en la mesa a la hora de la comida.

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  • jpardo48

    Seguro que tu madre sabía al céntimo lo que valía cada tabla de esa casa, con ocho hijos y piso de tierra.

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  • capitulopiloto

    El listado del final, la cadena, la olla, el techo de cartón, parece la lista de lo que uno salvaría de un incendio.

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  • finalArruinado

    Yo no suelo leer nada por partes, pero con esta me aguanté hasta el capítulo cuatro sin saltarme al final. Bien ahí, po.

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  • JoaMarAl

    Tener un pedazo de tierra donde clavar los postes de un hogar propio fue una de las mayores batallas de nuestra infancia en Dos de Mayo. En este capítulo relato la llegada a aquel terreno sobre la calle Jorge Kemerer, cuando abrirse paso entre el monte a fuerza de machete y levantar cuatro paredes de madera representó para nosotros la verdadera conquista de la esperanza y la libertad.

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