Toda la plaza estaba esperando que se repitiera lo del chico del Bosque de Monstruos, hasta los guardias lo dijeron en voz baja. Y Anna se arrodilla a juntar la jarra. La que manda en esta historia es la memoria de Valdoria, que ya tenía la escena escrita antes de que ella bajara del carruaje. Apuesto a que lo de la rodilla vendada entra al salón antes que ella.
Capítulo 14: El Umbral del Legado
El carruaje avanzaba con un ritmo constante por el camino empedrado que conducía a la ciudad.
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Toda la plaza estaba esperando que se repitiera lo del chico del Bosque de Monstruos, hasta los guardias lo dijeron en voz baja. Y Anna se arrodilla a juntar la jarra. La que manda en esta historia es la memoria de Valdoria, que ya tenía la escena escrita
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El carruaje avanzaba con un ritmo constante por el camino empedrado que conducía a la ciudad.
Dentro, el espacio era amplio pero silencioso, apenas iluminado por la luz gris que se filtraba por las pequeñas ventanas laterales. El traqueteo de las ruedas y el sonido rítmico de los caballos eran lo único que rompía la quietud.
O al menos… lo habrían sido.
Si Eliana hubiera estado callada.
—Mira esto —dijo de repente, sacando algo de su mochila con evidente entusiasmo.
Anna, sentada frente a ella, mantenía la espalda recta y las manos reposando con elegancia sobre su falda, intentando sostener una imagen de serenidad que correspondiera al apellido que llevaba.
—Eliana…
—Es importante —continuó la joven como si no la hubiera escuchado—. Planeé todo el viaje.
La mochila parecía un abismo sin fondo. De ella comenzaron a salir objetos uno tras otro: un pequeño cuaderno, un mapa doblado varias veces, una bolsa con dulces envueltos en papel y hasta un pequeño frasco de tinta.
—Aquí está la agenda —anunció con orgullo, abriendo el cuaderno frente a Anna—. Primera parada: la plaza central. Dicen que hay un mercado increíble los días de fiesta.
Anna cerró los ojos un instante.
Respiró.
—Eliana… vamos a un baile noble.
—Lo sé —respondió ella con total naturalidad—. Pero no vamos a pasar todo el tiempo encerradas en un salón lleno de gente aburrida.
Pasó la página del cuaderno.
—Después de eso quiero ver el puerto. Y también hay una pastelería famosa por sus tartas de manzana.
Anna la miró fijamente.
—Eliana.
—¿Sí?
—Estamos regresando a la ciudad donde intentaron destruir mi nombre.
Eliana ladeó la cabeza.
—Sí.
—…y tú estás planeando turismo.
—Bueno —respondió ella encogiéndose de hombros—, si vamos a sobrevivir al infierno, al menos deberíamos aprovechar el viaje.
Durante un segundo Anna intentó mantener su expresión impasible.
Luego, para su propia sorpresa, respondió.
—No pienso caminar por el puerto.
Eliana levantó una ceja.
—Entonces la pastelería.
—Tampoco.
—¿La plaza?
—Eliana.
La joven suspiró dramáticamente.
—Eres muy difícil.
En el otro extremo del carruaje, la guardiana que había sido asignada para acompañarlas durante el viaje permanecía sentada con la espalda rígida.
Era una mujer joven, vestida con el uniforme de los guardias de la casa principal. Sus manos descansaban sobre la empuñadura de su espada, y sus ojos se mantenían atentos… aunque claramente confundidos.
No era lo que esperaba.
Cuando recibió la orden de escoltar a Lady Anna d’Valrienne desde el interior del carruaje, había imaginado un viaje silencioso.
Frío.
Quizás incluso tenso.
Después de todo, la reputación de aquella mujer era bien conocida en la ciudad.
Pero en lugar de eso…
Estaba escuchando a una sirvienta discutir sobre pasteles.
La guardiana parpadeó.
No supo muy bien cómo reaccionar.
Fue entonces cuando Anna giró ligeramente el rostro hacia ella.
—Lo siento.
La guardiana se quedó inmóvil.
—Mi… lady?
Anna suspiró levemente, mirando de reojo a Eliana, que en ese momento estaba intentando volver a meter todos sus objetos en la mochila.
—Por mi sirvienta.
Eliana levantó la cabeza de inmediato.
—¡Oye!
Pero la guardiana seguía demasiado sorprendida como para reaccionar.
Porque acababa de escuchar algo que jamás había esperado oír de boca de Anna d’Valrienne.
Una disculpa.
Durante unos segundos no encontró palabras.
Y en ese pequeño silencio, el carruaje continuó avanzando hacia la ciudad que aún recordaba el nombre de Anna con miedo.
El carruaje continuó avanzando por el camino, el sonido constante de las ruedas sobre la piedra marcando el paso del viaje.
Dentro, la conversación había disminuido un poco después del intercambio anterior.
Eliana seguía inclinada sobre su cuaderno, murmurando para sí misma mientras repasaba su “agenda de viaje”, como si estuviera planeando una excursión y no la entrada a un campo lleno de nobles que preferirían verla desaparecer.
Anna la observó un momento.
Luego dejó escapar un suspiro leve.
—A veces olvido que la veo todos los días… —murmuró en voz baja— y aun así sigo sin acostumbrarme.
Eliana levantó la vista del cuaderno.
—¿Acostumbrarte a qué?
—A tu energía.
—Ah —respondió con orgullo—. Es una virtud.
Anna negó levemente con la cabeza, aunque una pequeña curva apareció en la comisura de sus labios antes de desaparecer.
La guardiana que las acompañaba seguía sentada frente a ellas, manteniendo su postura recta. Sin embargo, ahora observaba la escena con una mezcla de cautela y curiosidad.
Anna giró ligeramente hacia ella.
—No creo haber preguntado tu nombre.
La joven pareció tensarse apenas, como si no esperara ser incluida en la conversación.
Luego inclinó la cabeza con respeto.
—Lyria, mi lady. Lyria Varell.
Su voz era firme, aunque todavía cargaba una ligera reserva.
—Me asignaron para escoltarla durante su estancia en la ciudad.
Anna asintió lentamente.
—Lyria.
La guardiana parecía esperar algo más. Una orden, quizá.
Pero Anna simplemente continuó hablando.
—¿Es tu primera vez viajando con alguien de mi familia?
La pregunta tomó a Lyria por sorpresa.
—Sí, mi lady.
Anna apoyó la espalda contra el asiento.
—Entonces entiendo tu incomodidad.
Lyria parpadeó.
—¿Incomodidad?
Anna desvió la mirada brevemente hacia la ventana del carruaje, donde el paisaje comenzaba a cambiar lentamente.
—No es necesario fingir que no existe —dijo con calma—. Mi reputación en esa ciudad es… bastante clara.
El silencio se instaló durante un momento.
Lyria dudó.
Había sido entrenada para mantener la neutralidad frente a los nobles, para no mostrar emociones que pudieran interpretarse como juicio.
Pero ahora, frente a aquella mujer que hablaba con una franqueza inesperada, no sabía muy bien qué respuesta era correcta.
—Yo… —comenzó.
Pero no llegó a terminar la frase.
Desde el exterior del carruaje se escuchó la voz de uno de los guardias que cabalgaban junto al vehículo.
—¡La ciudad a la vista!
El sonido del caballo desacelerando acompañó el anuncio.
Eliana levantó la cabeza de inmediato.
—¿Ya?
Anna giró lentamente hacia la ventana.
La niebla comenzaba a disiparse, revelando poco a poco las murallas de piedra que se alzaban en la distancia, enormes y antiguas, rodeando la ciudad como si intentaran contener siglos de historia dentro de sus muros.
Las torres sobresalían por encima de los edificios más cercanos, y el gran portón de entrada se distinguía claramente incluso desde esa distancia.
Durante unos segundos, Anna no dijo nada.
Solo observó.
La ciudad.
El lugar donde había gobernado.
Donde había sido odiada.
Y donde ahora regresaba.
El carruaje continuó avanzando.
Directo hacia las puertas.
—Entrada a la ciudad de Valdoria—
El carruaje descendió lentamente por el último tramo del camino empedrado.
Frente a ellos se alzaban las murallas de la ciudad.
Altas, antiguas, construidas con bloques de piedra que habían visto pasar generaciones de gobernantes y guerras. Sobre el arco principal de la puerta estaba grabado el nombre que había dominado aquella región durante siglos.
Valdoria.
La capital del territorio de la Casa d’Valrienne.
Los guardias apostados en la entrada se enderezaron cuando vieron acercarse el carruaje.
No tardaron en reconocer el emblema grabado en la madera negra.
El sello plateado.
Una rosa estilizada atravesada por una espada.
El símbolo personal de Anna.
Aquel sello le había sido otorgado por su padre cuando cumplió catorce años, una ceremonia solemne que marcaba su entrada oficial en la nobleza gobernante. Era más que un adorno.
Era una declaración.
Poder.
Linaje.
Autoridad.
Y también… memoria.
Uno de los guardias murmuró al ver el emblema.
—No puede ser…
El otro frunció el ceño.
—Ese sello…
El carruaje pasó bajo la sombra de la muralla.
La noticia corrió más rápido que las ruedas.
Primero entre los soldados.
Luego entre los comerciantes.
Después entre los ciudadanos.
Cuando el carruaje entró en las calles principales, las conversaciones comenzaron a detenerse una tras otra.
Un herrero dejó de golpear el hierro.
Una mujer que vendía frutas en el mercado levantó la cabeza.
Un grupo de nobles que conversaban frente a una cafetería se quedó en silencio.
Todos veían el mismo símbolo.
Y todos lo reconocían.
Los susurros comenzaron a extenderse como una corriente invisible.
—¿Ese… no es el carruaje de la casa d’Valrienne?
—No… mira bien el sello.
—Imposible…
Un hombre mayor escupió al suelo.
—Esa maldita volvió.
El carruaje avanzaba lentamente entre las calles.
Dentro, Anna permanecía sentada con la mirada fija hacia adelante.
Pero afuera…
la ciudad hablaba.
—¿No la habían desterrado? —murmuró una mujer desde un balcón.
—Eso creía yo —respondió otro—. Pero parece que el duque volvió a abrir la jaula.
Un comerciante cerró su puesto con un golpe seco.
—Deberían haberla dejado pudrirse fuera de estas murallas.
Más adelante, un grupo de guardias observaba el carruaje pasar.
Uno de ellos habló en voz baja.
—Escuché que hizo desaparecer a un niño por ensuciarle el vestido.
Otro respondió con amargura.
—Eso no es lo peor que hizo.
Un tercer guardia negó con la cabeza.
—Si vuelve a gobernar esta ciudad…
No terminó la frase.
No era necesario.
Entre los ciudadanos el ambiente era aún más hostil.
Un panadero que observaba desde la puerta de su tienda murmuró con rabia:
—Mi hermano perdió su negocio por uno de sus caprichos.
Una mujer abrazó con más fuerza a su hijo.
—Aléjate del camino.
—¿Por qué?
—Porque ese carruaje lleva a un monstruo.
Algunas miradas estaban llenas de odio.
Otras de miedo.
Pero ninguna era amable.
El carruaje continuó avanzando entre las calles de Valdoria, atravesando un mar de murmullos que parecían seguirlo como una sombra.
Dentro, Eliana miraba por la ventana con el ceño fruncido.
—Son más ruidosos de lo que imaginaba.
La guardiana Lyria mantenía la mirada fija al frente.
Pero su mano descansaba cerca de la empuñadura de su espada.
Anna no dijo nada.
Solo escuchaba.
Cada palabra.
Cada susurro.
Cada recuerdo que la ciudad escupía al verla regresar.
Valdoria no había olvidado.
Y ahora que ella había cruzado sus puertas…
tampoco estaba dispuesta a perdonar.
Llegada al castillo
El carruaje continuó avanzando por las calles de Valdoria hasta que los edificios comenzaron a cambiar.
Las casas de comerciantes quedaron atrás, reemplazadas por avenidas más amplias, estatuas de mármol y jardines perfectamente podados. La piedra de las calles estaba más limpia, más cuidada, como si el simple hecho de acercarse al castillo obligara a la ciudad a mostrarse más refinada.
Y finalmente apareció.
—El castillo central—
Sus torres se elevaban por encima de la ciudad como una corona de piedra antigua. Los muros blancos reflejaban la luz gris del cielo, y los estandartes de las distintas casas nobles ondeaban en los balcones superiores, anunciando la reunión que estaba a punto de celebrarse.
El baile de mayoría de edad de Lady Selene había reunido a nobles de todo el territorio.
Carruajes elegantes ocupaban la plaza principal frente al castillo. Hombres y mujeres vestidos con telas costosas conversaban en pequeños grupos mientras aguardaban la apertura oficial del salón.
Pero cuando el carruaje negro con el sello de Anna apareció en la entrada…
El silencio cayó.
Primero fue un murmullo.
Luego otro.
Y después… nada.
Las conversaciones se apagaron una tras otra.
Las miradas comenzaron a dirigirse hacia el vehículo que acababa de detenerse frente a la escalinata principal.
Un noble de barba perfectamente recortada frunció el ceño.
—Ese carruaje…
Una mujer a su lado palideció ligeramente.
—No puede ser.
Otro hombre, más joven, entrecerró los ojos.
—Pensé que estaba desterrada.
—Lo estaba.
Los murmullos crecieron en la plaza.
—Entonces… ¿por qué está aquí?
Nadie respondió.
Porque todos sabían la respuesta.
Era sangre D’Valrienne.
Y el baile de Selene exigía la presencia de todos los miembros del linaje.
Las miradas se concentraron en la puerta del carruaje.
Los nobles sabían exactamente lo que esperaban ver.
La Anna que recordaban.
Una mujer envuelta en vestidos lujosos, cubiertos de bordados y joyas que brillaban bajo la luz. Una sonrisa arrogante en los labios. Una mirada de desprecio hacia cualquiera que no perteneciera a su círculo.
La misma mujer que había gobernado la ciudad como si el resto del mundo existiera solo para servirla.
El cochero abrió la puerta.
El silencio se volvió absoluto.
Y entonces…
Anna descendió.
Pero no era la imagen que esperaban.
No había vestidos extravagantes.
Ni joyas brillando en su cuello.
Ni perfumes costosos que anunciaran su presencia antes de que siquiera apareciera.
Vestía un traje sencillo de viaje, gris y sobrio. Su cabello estaba recogido sin adornos, y su postura, aunque firme, carecía completamente de aquella arrogancia teatral que solía acompañarla.
Durante un segundo, nadie habló.
La mujer que acababa de bajar del carruaje…
se parecía a Anna.
Pero al mismo tiempo…
era como ver a un fantasma.
Uno de los nobles murmuró casi sin darse cuenta:
—¿Qué…?
Otro respondió con incredulidad.
—Eso no puede ser ella.
Pero lo era.
Anna levantó la mirada hacia las escalinatas del castillo sin prestar atención a los murmullos que la rodeaban.
Y detrás de ella descendió Eliana.
La misma sirvienta que durante años había sido vista caminando siempre dos pasos detrás de su señora, con la mirada baja, la expresión apagada y el cuerpo tenso como si temiera el siguiente capricho cruel.
Pero ahora…
Eliana caminaba con la cabeza en alto.
Y sonreía.
Una sonrisa tranquila, casi desafiante, mientras se colocaba a la espalda de Anna como una sombra protectora.
Un noble susurró a su acompañante:
—Esa es su sirvienta.
—Sí… la recuerdo.
El hombre frunció el ceño.
—Pero no la recuerdo sonriendo.
La incomodidad comenzó a extenderse entre los presentes.
Porque lo que estaban viendo…
no coincidía con la historia que todos conocían.
Y cuando una leyenda deja de comportarse como se espera…
el mundo no sabe muy bien cómo reaccionar.
Anna dio el primer paso hacia las escalinatas del castillo.
Sin mirar a nadie.
Sin responder a ningún susurro.
Y la plaza entera la observó avanzar… como si estuvieran viendo el regreso de algo que creían haber enterrado para siempre.
El silencio que siguió a la llegada de Anna no se rompió de inmediato.
Los nobles permanecían inmóviles en la plaza frente al castillo, como si nadie quisiera ser el primero en hablar. Algunos la observaban con abierta desconfianza, otros con un interés casi morboso, esperando ver en cualquier momento a la mujer que recordaban.
Pero Anna no reaccionaba.
Solo avanzaba hacia las escalinatas del castillo con paso firme, ignorando los murmullos que comenzaban a extenderse nuevamente entre los presentes.
Fue entonces cuando ocurrió.
Desde uno de los lados de la plaza, entre los sirvientes que se movían con rapidez para preparar el baile, una pequeña figura apareció.
Era una niña.
No tendría más de cinco o seis años, vestida con un uniforme de sirvienta demasiado grande para su tamaño. Sostenía con ambas manos una jarra de agua que claramente pesaba más de lo que debería cargar alguien tan pequeño.
Probablemente había sido acogida recientemente por la casa como ayudante en la cocina o en las labores menores del castillo.
Y todavía era torpe.
Demasiado torpe.
La niña caminaba apresurada, intentando atravesar la plaza sin llamar la atención.
Pero no vio a Anna.
Ni vio el carruaje.
Ni vio la multitud que observaba.
Y entonces tropezó.
Todo ocurrió en un segundo.
Su pie se enredó con el borde de su propio vestido.
La jarra se inclinó.
Y el agua cayó.
El líquido se derramó directamente frente a Anna, empapando la piedra… y salpicando los zapatos de la noble.
La jarra rodó por el suelo con un sonido hueco.
La niña cayó de rodillas.
El suspiro colectivo fue inmediato.
Un sonido largo, pesado, que recorrió la plaza como un escalofrío.
Porque todos recordaban.
La última vez que algo así había ocurrido.
Un niño.
Un accidente parecido.
Y la decisión de Anna.
El niño había sido entregado a los guardias y abandonado en el Bosque de Monstruos.
Nunca volvió a saberse de él.
Los murmullos comenzaron a crecer.
—No…
—Esa niña…
—¿Quién la dejó salir?
Entre los sirvientes del castillo, una mujer corrió hacia adelante con el rostro completamente pálido.
Era la encargada de supervisar a los aprendices.
Se arrodilló de inmediato frente a Anna, inclinando la cabeza hasta casi tocar el suelo.
—¡Mi lady, por favor! —dijo con voz temblorosa—. ¡Es solo una niña! ¡Acaba de llegar al castillo, aún no aprende bien sus tareas!
La pequeña sirvienta permanecía congelada en el suelo, demasiado asustada para moverse.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
La plaza entera contenía la respiración.
Eliana dio un paso hacia adelante, tensa.
Los guardias del castillo observaban con el ceño fruncido, preparados para intervenir si era necesario.
Anna no habló.
Solo miró el agua derramada.
Luego miró a la niña.
Durante un segundo, la escena pareció repetirse exactamente como en el pasado.
La misma situación.
La misma plaza.
La misma mirada de todos esperando el mismo desenlace.
Anna comenzó a moverse.
Y cuando se inclinó…
varios nobles ya podían imaginar el sonido del golpe.
Pero el golpe nunca llegó.
Anna se arrodilló frente a la niña.
El murmullo de la plaza murió de inmediato.
Anna tomó la jarra del suelo y la colocó con cuidado a un lado.
Luego extendió la mano hacia la pequeña.
—¿Te hiciste daño?
La niña parpadeó, confundida.
No parecía entender lo que estaba pasando.
Anna la ayudó a ponerse de pie con un gesto suave.
Después sacudió el polvo de su vestido con naturalidad, como si aquello fuera lo más normal del mundo.
—Ten más cuidado la próxima vez —dijo con una voz tranquila que casi nadie en esa plaza recordaba haber escuchado antes.
La niña asintió rápidamente, todavía demasiado sorprendida para hablar.
El silencio que siguió fue absoluto.
Un noble murmuró en voz baja:
—¿Desde cuándo la duquesa se agacha por una sirvienta?
Nadie respondió.
Porque nadie tenía una respuesta.
Anna se levantó lentamente.
El agua seguía empapando la piedra a sus pies.
Pero ella no parecía preocuparse por eso.
Lo que preocupaba a todos los presentes… era otra cosa.
La mujer que acababan de ver actuar frente a ellos…
no se parecía en nada a la Anna que recordaban.
La niña seguía temblando.
Sus pequeñas manos se aferraban al borde de su vestido mientras intentaba contener el llanto, demasiado asustada para siquiera levantar la cabeza.
Anna la observó un instante más.
Luego, sin decir nada, se inclinó nuevamente.
Pero esta vez no fue solo para ayudarla a levantarse.
La tomó con cuidado por debajo de los brazos y la levantó con una naturalidad que hizo que varios de los presentes contuvieran el aliento.
La niña apenas pesaba.
Anna la sostuvo contra su costado con una paciencia tranquila, casi maternal, como si aquello fuera un gesto cotidiano.
—Tranquila —dijo con voz suave—. Solo fue una caída.
La niña parpadeó, todavía confundida.
Eliana, que ya estaba preparada para algo así, se agachó inmediatamente frente a ellas.
—Déjame ver —murmuró.
Tomó la pequeña pierna de la niña con cuidado y apartó ligeramente la tela del uniforme.
Allí estaba.
Una pequeña mancha roja comenzaba a formarse sobre la rodilla raspada.
—Ah… —dijo Eliana—. Solo es un rasguño.
Sacó algo de su mochila con rapidez. Nadie se sorprendió demasiado al verla hacerlo; después de todo, aquella mochila parecía contener absolutamente de todo.
En cuestión de segundos limpió la herida y colocó una pequeña venda con movimientos hábiles.
La niña observaba todo con los ojos muy abiertos.
Anna inclinó ligeramente la cabeza hacia ella.
—Debes tener más cuidado —dijo con calma—. Si corres demasiado rápido, terminarás cayendo otra vez.
La niña asintió con timidez.
—Aprende poco a poco —continuó Anna—. Nadie nace sabiendo hacer las cosas bien.
Un murmullo recorrió la plaza.
Las palabras parecían simples… pero saliendo de su boca tenían un peso completamente distinto.
Anna entonces levantó la mirada hacia la mujer que seguía arrodillada cerca del suelo, la encargada de los aprendices.
—Creo que esta pequeña te pertenece.
La mujer levantó la cabeza con cautela.
Anna extendió a la niña hacia ella con cuidado.
La encargada la recibió rápidamente entre sus brazos, inclinándose de inmediato.
—Mi lady… gracias… —murmuró con evidente alivio.
Anna simplemente asintió.
Pero el silencio que rodeaba la plaza seguía siendo extraño.
Demasiado pesado.
Porque nadie había esperado aquello.
Nadie.
Fue entonces cuando una voz descendió desde lo alto de las escalinatas.
Grave.
Fría.
—Vaya… —dijo—. La duquesa que se agacha por una sirvienta.
Las cabezas se giraron al mismo tiempo.
En lo alto de la escalinata del castillo, una figura observaba la escena.
Damien d’Valrienne.
Su presencia era inconfundible.
Alto, elegante, vestido con un traje oscuro perfectamente ajustado, su porte irradiaba la autoridad natural de quien había gobernado aquella ciudad durante años.
Descendió lentamente un escalón.
Luego otro.
Sus ojos grises se fijaron directamente en Anna.
—Debo admitir que esto es… inesperado.
El murmullo de los nobles creció ligeramente alrededor de la plaza.
Damien continuó bajando las escaleras con calma, cada paso medido como si estuviera tomando posesión del espacio.
—Cuando escuché que regresarías —continuó— esperaba encontrar a la misma Anna de siempre.
Se detuvo a pocos escalones del suelo.
—La que todos recordamos.
Anna sostuvo su mirada sin apartarse.
El viento movía ligeramente el borde de su abrigo.
Durante unos segundos ninguno habló.
Finalmente Damien ladeó la cabeza con una leve sonrisa fría.
—Dime, hermana… —preguntó—.
¿Debo darte la bienvenida como familia…
o como enemiga?
El silencio que siguió fue absoluto.
Anna respiró lentamente.
Luego respondió.
—Tal vez… como algo que aún no tiene nombre.
Damien la observó con atención.
Sus ojos no mostraban emoción.
—Los nombres pueden cambiar —dijo finalmente—.
Pero las cicatrices…
no.
Anna desvió brevemente la mirada hacia las puertas del castillo.
—Y aun así vine.
Sus palabras fueron tranquilas.
Firmes.
—Porque algunas cosas solo se enfrentan… regresando.
Las puertas del castillo comenzaron a abrirse lentamente detrás de Damien.
El sonido de los antiguos goznes resonó en la plaza.
Y Anna dio el primer paso hacia las escalinatas.
Thoughts
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PermalinkVenía de la despedida y ahora esto. A Anna media sala la va a odiar igual, con niña alzada y todo, y la otra media ya la perdonó.
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PermalinkEl silencio de la plaza cuando Anna se arrodilla, con toda la ciudad esperando lo del chico del bosque. Y arriba Damien, diciendo que los nombres cambian y las cicatrices no. Me quedé con que él la va a probar en el baile antes que los demás nobles. Gracias por seguir subiendo esto! ¿Vas a publicar el próximo capítulo con Damien?
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PermalinkToda la plaza estaba esperando que se repitiera lo del chico del Bosque de Monstruos, hasta los guardias lo dijeron en voz baja. Y Anna se arrodilla a juntar la jarra. La que manda en esta historia es la memoria de Valdoria, que ya tenía la escena escrita antes de que ella bajara del carruaje. Apuesto a que lo de la rodilla vendada entra al salón antes que ella.
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