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Capítulo 13: Rostro en la Despedida

DNavarrete
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La habitación estaba en silencio.

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Pensamiento

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bsalas87

Yo apostaba a que la sombra era la Anna villana de antes. Cuando le dice en la puerta que no va a aparecer ninguna de las dos, se me cayó la teoría al tiro. ¿La sombra la puede ver alguien más aparte de ella?

Yo apostaba a que la sombra era la Anna villana de antes. Cuando le dice en la puerta que no va a aparecer ninguna de las dos, se me cayó la teoría al tiro. ¿La sombra la puede ver alguien más aparte de ella?

Contenido de la publicación

La habitación estaba en silencio.

No era el silencio tranquilo de las noches en la mansión, ni el de las mañanas antes de que los sirvientes comenzaran su rutina. Era otro tipo de quietud, una que parecía contener algo más profundo… como si las paredes mismas supieran que aquel momento era una despedida.

Sobre la cama, una pequeña maleta de viaje permanecía abierta.

Anna terminaba de acomodar las últimas prendas con movimientos tranquilos, revisando cada detalle una vez más. No llevaba mucho. Un par de vestidos sencillos, algunas mudas limpias, lo necesario para un viaje corto. Nada de los excesos que alguna vez habrían llenado tres baúles completos.

Habían pasado tres días desde la llegada del mensajero.

Tres días desde que la carta con el sello de la casa principal había entrado en aquella mansión.

El mensajero había regresado al día siguiente, tal como era costumbre en asuntos nobles, esperando una respuesta formal. Y la había recibido.

Lady Anna d’Valrienne asistiría al baile.

Ahora el carruaje aguardaba frente a la entrada principal.

Anna cerró la maleta con suavidad y permaneció un instante quieta antes de levantarse. Caminó hasta el espejo alto que descansaba junto al armario y observó su reflejo con calma.

Vestía un traje de viaje sencillo, de tela gris oscuro, ajustado sin ostentación. La falda caía recta hasta sus tobillos, y el abrigo ligero marcaba su figura con sobriedad. No llevaba joyas. Ninguna cadena, ningún anillo brillante.

Ni siquiera perfume.

Su cabello estaba recogido en una trenza baja, práctica, lejos de las elaboradas decoraciones que alguna vez había usado para llamar la atención en los salones nobles.

La mujer del reflejo parecía… distinta.

Más simple.

Más real.

Durante unos segundos, Anna sostuvo su propia mirada.

Entonces el espejo cambió.

No fue un movimiento brusco ni una ruptura violenta. Fue algo más sutil, como si la superficie del cristal hubiera sido perturbada por una corriente invisible.

Y detrás de su reflejo apareció otra figura.

La misma silueta.

Los mismos ojos.

Pero con una sonrisa torcida que no pertenecía a la mujer frente al espejo.

La sombra.

La otra Anna apoyó un hombro contra el marco imaginario del espejo, observándola con una mezcla de diversión y desprecio.

—Así que realmente vas a ir —murmuró con un tono ligero, casi entretenido—. A la boca del lobo… y por decisión propia.

Anna no se movió.

—Qué fascinante —continuó la sombra—. Podrías quedarte aquí. Nadie te obligaría a regresar. Podrías esconderte en esta pequeña granja disfrazada de mansión, jugando a ser buena persona con jardineros y sirvientas.

Sus labios se curvaron un poco más.

—Pero no. Prefieres caminar directo hacia ellos.

Anna seguía observando el espejo en silencio.

—¿Sabes lo que te espera allí? —prosiguió la otra Anna, inclinando ligeramente la cabeza—. Nobles que recuerdan cada uno de tus errores. Familias que aún celebran tu caída. Sonrisas dulces con veneno detrás.

Su mirada se volvió más oscura.

—Te van a destrozar.

No habrá misericordia.

No habrá segundas oportunidades.

Solo recordarán a la villana que fuiste.

El silencio de Anna fue absoluto.

La sombra esperó una reacción. Una discusión. Una negación.

Pero no llegó.

Los segundos pasaron.

Y la mujer frente al espejo simplemente… siguió respirando con calma.

La sonrisa de la sombra se tensó apenas.

—¿Nada? —preguntó finalmente, con una leve irritación—. Ni siquiera vas a defenderte.

Anna tomó su maleta del borde de la cama y caminó hacia la puerta.

Sus pasos eran tranquilos.

Seguros.

La sombra la observó avanzar, cruzándose de brazos con una sonrisa cargada de burla.

—Qué patético —murmuró—. Vas directo a tu ejecución y ni siquiera tienes algo que decir.

La mano de Anna alcanzó el picaporte.

Lo sostuvo durante un segundo.

Luego habló.

Sin girarse.

—No eres tú quien aparecerá allí.

La sombra se quedó en silencio.

—Ni tú… ni la Anna que ellos creen conocer.

Anna abrió la puerta.

La luz del pasillo se filtró en la habitación.

—Así que ni tú… ni los nobles de esa casa… saben realmente qué va a pasar.

Por primera vez, la sonrisa de la sombra desapareció.

Anna salió de la habitación.

La puerta se cerró con suavidad detrás de ella.

Y el espejo volvió a mostrar solo un reflejo vacío.

El pasillo estaba silencioso cuando Anna cerró la puerta de su habitación.

La mansión aún no había despertado del todo, pero tampoco dormía. Ese momento extraño entre la mañana y el día pleno hacía que cada paso resonara con más fuerza de lo habitual.

Anna caminó con la maleta en la mano.

Sus pasos eran tranquilos, medidos, como si aquel trayecto fuera algo que ya hubiera recorrido muchas veces antes. Y en cierto modo… lo había hecho.

Mientras avanzaba por el corredor, las paredes parecían devolverle recuerdos que preferiría haber olvidado.

Las fiestas.

Los grandes salones iluminados por candelabros de cristal, el sonido de las copas chocando suavemente, los vestidos brillando bajo la luz dorada. Recordaba cómo los nobles se acercaban a ella uno tras otro, inclinando la cabeza con sonrisas perfectamente ensayadas.

Elogios.

Palabras dulces.

Promesas disfrazadas de admiración.

Pero nunca eran para ella.

Eran para el apellido.

Para el poder.

Para lo que podían ganar si lograban captar su atención.

La antigua Anna había disfrutado cada segundo de aquello.

Había saboreado esas miradas como si fueran una confirmación de su superioridad.

Había creído, sin dudarlo, que el mundo giraba a su alrededor.

Anna siguió caminando.

El sonido de sus pasos se mezclaba ahora con otro recuerdo.

Mucho más frío.

Mucho más silencioso.

El día en que sus hermanos la desterraron.

Recordaba perfectamente el momento en que la decisión fue anunciada en la sala principal de la ciudad que la Casa d’Valrienne gobernaba. Sus hermanos mayores habían permanecido de pie frente a ella, sus rostros duros, inquebrantables, como si ya hubieran aceptado aquella decisión mucho antes de pronunciarla en voz alta.

Para la antigua Anna… aquello no había significado nada.

Había escuchado las palabras sin verdadero peso en el pecho, como si el mundo entero fuera demasiado pequeño para afectarla.

Pero lo que vino después…

Eso sí lo recordaba.

Las miradas.

Cuando fue escoltada fuera de la ciudad.

Los nobles observaban desde los balcones con expresiones cuidadosamente controladas. Algunos fingían compasión. Otros ni siquiera se molestaban en ocultar el desprecio.

Los ciudadanos llenaban las calles.

Gente común.

Comerciantes.

Trabajadores.

Personas que habían sufrido bajo las decisiones de la mujer que alguna vez gobernó sobre ellos.

Sus ojos no estaban llenos de tristeza.

Ni de sorpresa.

Eran miradas frías.

Pesadas.

Miradas que decían sin palabras que aquello era lo mínimo que merecía.

Incluso los guardias que la escoltaban la observaban de reojo.

No con respeto.

Sino con una mezcla amarga de alivio y desdén.

Anna descendió un escalón.

Luego otro.

Cada recuerdo seguía allí.

Clavado en algún lugar profundo de su memoria.

Y ahora…

regresaba al mismo lugar.

No como la señora arrogante que había sido expulsada de aquella ciudad.

Sino como alguien que aún debía enfrentarse a todo lo que dejó atrás.

Su mano se apretó ligeramente alrededor del asa de la maleta.

Pero esta vez…

no había vacío en su pecho.

Solo una verdad simple.

Había elegido regresar.

Anna siguió caminando por el corredor sin prisa, con la maleta en la mano y los pasos marcados por un ritmo que no nacía de la seguridad, sino del esfuerzo por mantenerla.

A pesar de la decisión que había tomado… la duda seguía allí.

No era miedo al viaje.

Ni siquiera al baile.

Era algo más profundo, más difícil de nombrar.

Mientras avanzaba, sus pensamientos se enredaban unos con otros, preguntándose si todo aquello realmente tenía sentido. Si los cambios que había intentado construir en aquella mansión significaban algo para alguien más que para ella misma. Si, cuando llegara a ese lugar donde su nombre era recordado con desprecio, todo aquello que había intentado reparar tendría algún peso… o si simplemente sería devorada por el recuerdo de lo que fue.

Sus dedos se apretaron alrededor del asa de la maleta.

Quizás nada de lo que había hecho cambiaría realmente la forma en que el mundo la veía.

Quizás, para todos ellos, seguiría siendo la misma mujer que había dejado ruinas detrás de su paso.

Tan absorta estaba en esos pensamientos que no se dio cuenta de cuándo cruzó el umbral de la mansión.

La luz gris de la mañana la envolvió de repente.

El carruaje esperaba frente a la entrada principal, oscuro y silencioso, con los caballos inmóviles como estatuas bajo el cielo cubierto de nubes.

Anna no lo vio.

Siguió caminando.

Garlan fue el primero en romper el silencio.

—…Por favor, cuídese, señorita.

Anna se detuvo.

Pero no se giró.

Su mirada permanecía fija al frente, hacia el carruaje oscuro que aguardaba bajo el cielo cubierto. Durante un segundo, el mundo pareció quedarse suspendido en ese instante entre el pasado y lo que vendría después.

Entonces lo escuchó.

Primero fue un murmullo leve.

Casi imperceptible.

Luego otro.

Las sirvientas.

Varias de ellas habían juntado las manos entrelazadas frente al pecho, inclinando ligeramente la cabeza mientras murmuraban oraciones en voz baja. No eran palabras formales ni frases elegantes como las que se escuchaban en los templos de la ciudad.

Eran plegarias sencillas.

Tímidas.

Pedían por su regreso a salvo.

Más atrás, alguien intentó contener un sollozo.

Otra voz susurró algo parecido a un “que vuelva pronto”.

Incluso los guardias de la mansión, que normalmente mantenían una postura rígida y distante, parecían tensos. Permanecían firmes, como correspondía a su deber, pero sus ojos seguían cada uno de los movimientos de Anna con una inquietud que no intentaban disimular demasiado bien.

Anna escuchó todo.

Cada palabra.

Cada respiración contenida.

Pero no se giró.

Sus manos aún sostenían la maleta con fuerza, y por un momento los nudillos permanecieron blancos por la presión. Sin embargo, poco a poco, casi imperceptiblemente, el color comenzó a regresar a sus dedos.

El agarre se relajó.

Su rostro, en cambio, estaba lejos de la calma.

Sus ojos se habían abierto ligeramente más de lo normal, como si estuviera tratando de contener algo que amenazaba con escapar sin su permiso.

Y aun así… las lágrimas comenzaron a caer.

Silenciosas.

Deslizándose por sus mejillas sin ruido alguno.

Los únicos que podían verla desde ese ángulo eran los dos guardias que aguardaban junto al carruaje enviado por el duque. Ambos se miraron brevemente, sorprendidos, sin saber muy bien qué hacer con lo que estaban presenciando.

La mujer de la que habían escuchado historias durante años… estaba llorando.

Anna no se giró.

No quería hacerlo.

No quería que el último recuerdo que aquella gente tuviera de ella fuera el de una mujer quebrándose frente a ellos.

Respiró con cuidado.

Luego levantó ligeramente una manga del abrigo y, con un gesto rápido y casi torpe, limpió su rostro.

Las lágrimas desaparecieron.

Su postura volvió a enderezarse.

El carruaje seguía esperando.

Anna dio un paso hacia adelante.

Y continuó caminando.

Los dos guardias enviados por el duque permanecían a cada lado del carruaje.

Sus posturas eran firmes, perfectas, como correspondía a hombres entrenados para representar la autoridad de la casa principal. Ninguno se movía más de lo necesario, y sin embargo ambos habían presenciado la escena completa frente a ellos.

Las sirvientas rezando.

Los trabajadores del jardín observando en silencio.

Los guardias de la mansión tensos como si la partida de Anna fuera algo que realmente temieran.

Y la propia Anna… tratando de mantener la compostura mientras las lágrimas caían sin que nadie más las viera.

No era lo que esperaban encontrar.

Cuando recibieron la orden de viajar hasta esa mansión para escoltar a Lady Anna d’Valrienne al baile de la casa principal, ambos habían imaginado algo muy distinto.

Habían esperado encontrar un lugar frío.

Un sitio donde los sirvientes obedecieran por miedo.

Donde nadie lamentara la partida de su señora.

Después de todo, esa era la imagen que la nobleza conservaba de ella.

Pero lo que tenían frente a los ojos… no encajaba con esas historias.

El guardia más joven carraspeó ligeramente, incómodo.

—Esto… —murmuró en voz baja a su compañero— no era lo que dijeron.

El otro no respondió.

Solo observaba a Anna acercarse.

Había algo extraño en aquella escena. Algo que ninguno de los dos sabía explicar.

Porque la mujer que caminaba hacia el carruaje no parecía una noble arrogante.

Ni tampoco una villana.

Parecía… alguien que estaba dejando atrás algo importante.

Anna ya estaba a pocos pasos del vehículo.

El cochero había abierto la puerta, esperando con paciencia profesional mientras ella se acercaba.

Un paso más.

Luego otro.

Y entonces…

¡PUM!

Un golpe seco resonó desde la entrada de la mansión.

El sonido fue tan inesperado que varios de los presentes levantaron la cabeza al mismo tiempo.

—¡ESPERA!

La voz llegó medio segundo después.

Una figura apareció corriendo desde el umbral de la casa, con el cabello ligeramente desordenado y una mochila colgando de los hombros que rebotaba con cada paso.

Eliana.

Corría directamente hacia el carruaje sin la menor intención de detenerse.

Uno de los guardias frunció el ceño, confundido.

—¿Qué…?

Eliana frenó justo frente a Anna, respirando un poco más rápido de lo normal.

—¿En serio planeas irte así sin más? —dijo, mirándola con una mezcla de reproche y determinación.

Anna parpadeó.

—Eliana…

La joven acomodó la mochila sobre su hombro como si aquello fuera la cosa más natural del mundo.

—Porque si pensabas que ibas a enfrentar ese lugar sola… —continuó con toda tranquilidad— entonces estabas completamente equivocada.

Luego señaló el carruaje con el pulgar.

—O me llevas… o te obligo.

El silencio que siguió fue absoluto.

Los sirvientes miraban.

Los guardias parpadeaban, sin entender muy bien qué estaba pasando.

Anna la observó durante un largo segundo.

Y entonces, con un pequeño suspiro que parecía liberar algo que llevaba demasiado tiempo contenido…

asintió.

Eliana sonrió de inmediato.

—Perfecto.

Y sin esperar permiso de nadie más, subió al carruaje de un salto.

Los guardias intercambiaron una mirada.

Definitivamente…

nada de aquello estaba saliendo como lo habían imaginado.

Desde el segundo piso de la mansión, Lady Altheria lo había visto todo.

El balcón de su estudio ofrecía una vista completa del patio central y del camino que conducía hacia la entrada principal. Desde allí había observado la llegada del carruaje aquella mañana… y también la forma en que toda la casa, poco a poco, había terminado congregándose alrededor de la despedida.

Sostenía una taza de té entre las manos.

Pero el vapor ya no se elevaba.

El té se había enfriado hacía rato.

Sus ojos grises permanecían fijos en el carruaje.

Había visto el momento en que Anna salió de la mansión con su maleta, caminando con esa calma cuidadosamente aprendida durante las largas lecciones que habían compartido en las últimas semanas.

Había visto cómo se detenía cuando Garlan habló.

Había escuchado los rezos de las sirvientas.

Había visto las lágrimas silenciosas que Anna intentaba ocultar.

Y también había visto a Eliana irrumpir como una tormenta inesperada, saltando dentro del carruaje como si aquel viaje fuera la cosa más natural del mundo.

Altheria dejó escapar un suspiro leve.

—Terca… —murmuró para sí misma.

Pero no había reproche en su voz.

Solo una mezcla de cansancio y algo que se parecía demasiado al orgullo.

El carruaje comenzó a moverse.

Las ruedas crujieron sobre la grava mientras los caballos avanzaban lentamente hacia el portón de la mansión.

Los sirvientes seguían allí, observando en silencio.

Algunos levantaron la mano.

Otros inclinaron la cabeza.

Garlan permanecía inmóvil junto al jardín, la pala aún apoyada en el suelo, como si aquel lugar fuera ahora una especie de guardia silenciosa.

Lady Altheria apoyó la taza sobre la baranda del balcón.

Su mirada siguió el carruaje hasta que comenzó a alejarse por el camino principal.

Durante años había creído que la niña que conoció había desaparecido para siempre.

Que la Anna que quedó en su lugar era solo una sombra cruel moldeada por el orgullo de su familia.

Pero en los últimos meses…

algo había vuelto.

No exactamente la misma niña.

No la inocencia perdida.

Algo distinto.

Algo más fuerte.

—Ahora veremos… —susurró en voz baja.

El carruaje cruzó finalmente el portón de la mansión.

El sonido de las ruedas comenzó a desaparecer en la distancia.

Lady Altheria permaneció en el balcón unos segundos más, mirando el camino vacío.

Luego cerró los ojos brevemente.

—Regresa con vida, niña.

Y cuando volvió a abrirlos…

la mansión d’Valrienne ya se sentía demasiado silenciosa.

Thoughts

  • bsalas87

    Yo apostaba a que la sombra era la Anna villana de antes. Cuando le dice en la puerta que no va a aparecer ninguna de las dos, se me cayó la teoría al tiro. ¿La sombra la puede ver alguien más aparte de ella?

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  • Ovid

    El té de Altheria enfriándose en la baranda mientras no le quita los ojos al carruaje. Semanas de lecciones con Anna y al final no baja a despedirla. Apuesto a que es la que más miedo tiene de toda la casa, y por eso se despide sola en el balcón. Me recordó a la gente que quiere mucho y no sabe decirlo. ¡Qué ganas de ver ese baile!

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  • versoenservilleta

    Me dejó un nudo en la garganta todo el capítulo, y eso que es una despedida nada más. Me quedo con Anna limpiándose la cara con la manga, rápido y torpe, para que la gente de la casa no se quede con esa imagen de ella quebrándose. Antes llenaba tres baúles para lucirse y ahora lo único que cuida es el recuerdo que se llevan los demás. Hay gente que cambia de verdad y lo último que quiere es que se note. Qué despedida tan bonita.

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