El fuego de la chimenea rugía, pero era una batalla perdida. El calor subía directamente hacia el boquete del techo, escapando hacia el cielo nocturno, mientras el aire gélido de la montaña descendía como una cascada invisible sobre el cuerpo inerte de Amaya.
Stefan golpeó los troncos con el atizador, desesperado por ver una llama más alta.
Cada vez que el viento soplaba, la nieve entraba en remolinos por el hueco que Lachi había abierto en su furia.
—Si no tapamos eso, la fiebre la matará antes de que amanezca —sentenció Stefan, mirando hacia arriba con impotencia.
Zaira, que no se había separado del costado de la mesa donde yacía Amaya, levantó la vista. Sus ojos color miel brillaron con una determinación gélida.
—Ve a la habitación contigua —ordenó con la autoridad de quien ha levantado campamentos en medio de la tormenta—. Rompe la cómoda, el marco de la cama, lo que sea. Usa la madera como tapa. Yo me encargaré de lo demás.
Mientras Stefan se dirigía a la habitación trasera, el sonido de la madera crujiendo y cediendo bajo su fuerza empezó a llenar la cabaña. Zaira, por su parte, se movió con eficiencia silenciosa.
Recogió la nieve limpia que se acumulaba bajo el hueco del techo y la puso en frascos de botica vacíos que encontró en los estantes polvorientos. Los colocó cerca de las brasas para derretir el hielo; necesitaba agua, no solo para hidratar a Amaya, sino para limpiar las impurezas del cambio que aún marcaban su piel.
Momentos después, Stefan regresó cargando tablas astilladas y restos de muebles viejos. Con un esfuerzo atlético, trepó por una de las vigas maestras que cruzaba la estancia, usándola como una escalera improvisada hacia la abertura. Se colgó de la estructura, con las piernas aseguradas para no caer sobre la mesa donde descansaba la joven.
—Pásame las maderas —pidió Stefan, extendiendo una mano hacia abajo.
Zaira fue entregándole uno a uno los tablones. Luego, le pasó ramas secas que habían sobrado de la leña y trozos de telas amarillentas y polvorientas que Stefan usó para sellar las grietas, creando una costra irregular, pero sólida contra el viento.
Abajo, el calor empezó a acumularse por fin. El sudor de la fiebre en la frente de Amaya brilló bajo la luz del fuego.
Sin embargo, fuera de la cabaña, el movimiento no pasó desapercibido.
El desconocido, oculto tras la corteza de un abeto milenario, observó la silueta de Stefan recortada contra la claridad que emanaba del techo. Vio cómo el payo se esforzaba, vulnerable y distraído por la reparación.
«El guardián está arriba», pensó el hombre, cuya mano enguantada apretaba el mango de un látigo de cuero y plata. «Y la Bari está sola».
Si Yeray descubría que Zaira ya no estaba en el campamento, Varko sería exiliado de su gente y su familia por inepto. Yeray no aceptaba deserciones, y Zaira Zalazar regresaría al campamento esa misma noche, aunque fuera arrastrada por la nieve.
Aprovechando el ruido de los golpes de Stefan contra la madera del techo, el desconocido dio el primer paso hacia el umbral. Sus botas no hicieron ruido.
La balanza estaba a punto de inclinarse y, esta vez, el peso no sería de cristal, sino de acero.
El estrépito de la madera rota en el techo ocultó el sonido de la puerta al ceder. Pero no ocultó la presencia.
Zaira lo sintió antes de verlo: un cambio en la presión del aire, el olor a tabaco rancio y a ese metal barato que usaban los rastreadores del campamento.
Varko «Eco» Krehlin, de los Rukali, entró en la cabaña con la arrogancia de quien se sabe superior ante una mujer mayor y un payo colgado de una viga.
El apodo de «Eco» no era gratuito; era el hombre que repetía las órdenes de Yeray hasta que se hacían realidad a base de golpes.
—Baja de ahí, payo, si no quieres que te use de diana —gruñó Varko, sin siquiera mirar a Stefan, manteniendo los ojos fijos en la espalda de Zaira—. Y tú, señora... se acabó el paseo por el bosque.
Stefan, colgado aún de la viga, se tensó.
—¡Zaira, voy abajo! —gritó Stefan, soltando una de las maderas para intentar descolgarse.
—¡Ni se te ocurra, payo! —le cortó Zaira sin girar la cabeza, con una voz que sonó como un látigo—. Termina de cerrar ese maldito hueco. Encárgate de tu problema arriba, que yo me encargo de este mocoso intruso.
Zaira se giró lentamente.
Sus manos, que hacía un momento limpiaban con ternura el rostro de Amaya, ahora descansaban con una calma aterradora sobre su churi. El mango de la daga gitana asomaba entre los pliegues de su túnica blanca, y la plata de sus anillos brilló con el reflejo de las brasas.
—Varko Krehlin de los Rukali... o mejor dicho, «Eco» —dijo ella, pronunciando cada sílaba con un desprecio que hizo que el hombre se detuviera en seco—. Sé quién eres y sé quién es tu gente. ¿Crees que porque me llamen paria en Katar Sasté he olvidado cómo huelen los cobardes que necesitan un látigo para sentirse hombres?
Varko apretó los dientes, visiblemente molesto al ser reconocido y nombrado con tanta precisión. La autoridad de Zaira, incluso en el exilio, seguía pesando.
—Déjate de tonterías, Zaira —escupió Varko, dando un paso al frente y desenrollando el látigo de su cintura—. Yeray no tiene paciencia esta noche. Me acompañarás al campamento ahora mismo. Puedes escoger: o vuelves por las buenas, caminando como la esposa del Drao que alguna vez fuiste... o vuelves por las malas, arrastrada por la nieve como la loca que dicen que eres.
Zaira no retrocedió.
Al contrario, se interpuso físicamente entre la camilla de Amaya y el rastreador, desenvainando apenas un centímetro de la hoja de su churi, lo suficiente para que el acero captara la luz del fuego.
—Inténtalo, Eco —desafió ella en un susurro—. Intenta ponerle una mano encima a la mujer que te vio nacer en el barro. A ver si tu látigo es más rápido que mi memoria.
Arriba, Stefan trabajaba frenéticamente, cerrando el último espacio del techo, mientras el aire entre Zaira y Varko se volvía una carga eléctrica a punto de estallar en violencia.
El aire en la cabaña se hizo denso, como antes de una tormenta de nieve.
Varko olfateó el miedo que esperaba encontrar en Zaira y solo encontró acero frío y decisión.
—Tu memoria no detiene un látigo, vieja —escupió, y la tira de cuero y plata silbó en el aire.
Pero no le dio tiempo a caer.
Zaira se movió antes de que terminara la frase.
No fue un gesto amplio, sino el movimiento corto y económico de quien ha desollado animales y hombres por igual en la oscuridad. El churi salió un palmo más, y el acero cantó contra el cuero.
Un corte limpio.
El látigo de Varko cayó al suelo como una serpiente muerta.
El sonido del cuero al golpear la madera ahogó el jadeo de Varko. Por primera vez, sus ojos se desviaron de Zaira.
Miedo real.
No al arma, sino a la calma con la que ella la usaba.
—Te vi nacer, Eco —dijo ella, sin subir la voz—. Te vi llorar porque tu padre te pegaba con la hebilla de su cinturón. No me vengas con teatro de macho ahora.
Arriba, Stefan terminó de encajar la última tabla.
El hueco quedó sellado con una costra torpe de madera, tela y ramas. El viento dejó de entrar en remolinos.
El calor, por fin, se quedó abajo.
—Hecho —dijo Stefan, bajando de un salto y aterrizando entre Zaira y Varko, con las manos vacías, pero el cuerpo listo para interponerse—. No toques a ninguna de las dos.
Varko miró al payo, luego a Zaira y después al churi que aún brillaba.
Calculó.
Los rastreadores como él siempre calculan cuando la pelea deja de ser segura.
Yeray lo mataría por volver sin Zaira.
Pero Zaira lo mataría allí mismo si intentaba algo más.
—Esto no se queda así —gruñó, retrocediendo hacia la puerta—. Cuando Yeray sepa que te escondes con payos y herejes, vas a rogar por volver arrastrada.
—Cuando Yeray sepa que dejaste que una vieja paria te desarmara con un cuchillo de cocina, vas a rogar que te exilie —replicó Zaira.
La puerta cedió de nuevo al cerrarse.
El silencio volvió, solo roto por el crepitar del fuego y la respiración agitada de Amaya.
Stefan se dejó caer de rodillas junto a la mesa, las manos temblando por la adrenalina.
—Está sellado —dijo, más para sí mismo que para ellas—. El calor se queda.
Zaira no respondió de inmediato.
Guardó el churi con el mismo cuidado con el que había limpiado el rostro de Amaya. Luego se acercó a la frente de la joven y tocó su piel con el dorso de la mano.
—La fiebre es baja —murmuró—. Todavía.
Se volvió hacia Stefan.
Sus ojos miel no tenían triunfo, solo cansancio y algo más duro.
—Si Yeray viene, no va a venir solo. Y no va a negociar.
—Entonces nos quedamos aquí —dijo Stefan, sin dudar—. No la muevo de esta mesa hasta que pueda caminar.
Zaira lo miró largo rato.
Asintió una vez.
—Bien. Entonces que arda el fuego. Y que ellos vengan si quieren quemarse.
Varko no regresó a Katar Sasté de inmediato.
La montaña convirtió el trayecto en una marcha lenta y miserable.
La nieve le llegaba hasta los tobillos en algunos tramos y, en otros, lo obligaba a desviarse para evitar las pendientes más peligrosas. El látigo roto colgaba de su cintura como una bandera de derrota.
Había ido a buscar a una mujer.
Regresaba sin ella.
Y con una historia que tendría que explicar muy bien si Yeray decidía no creerle.
Cuando finalmente las primeras luces del campamento aparecieron entre los árboles, Varko aceleró el paso.
No había recuperado el aliento cuando cruzó el límite de las tiendas.
Y, para su desgracia, Yeray ya estaba despierto.
El Drao se encontraba frente a su fuego, inmóvil.
Algo lo había despertado antes de que llegaran los guardias.
El silencio.
Zaira cantaba todas las noches.
A veces eran canciones antiguas.
A veces, nanas que nadie en el campamento entendía del todo.
Incluso cuando estaba enfadada, incluso cuando no quería hablar con nadie, cantaba.
Pero aquella noche no había cantado.
Yeray esperó.
Nada.
No había escuchado una sola nota.
Finalmente, se había levantado y caminado hasta el carromato de Zaira.
La puerta estaba abierta.
El interior, vacío.
El cofre de abedul que ella había conservado durante veinte años también estaba abierto.
Los guardias habían llegado poco después, encontrando el campamento demasiado alterado para seguir fingiendo que aquello era una simple ausencia.
Ahora, mientras Varko se acercaba, Yeray no apartó la mirada del hombre.
—¿Dónde te metiste... y dónde está Zaira?
Varko bajó la cabeza.
—La encontré.
Yeray no reaccionó.
—Eso no responde a mi pregunta.
Varko tragó saliva.
—Estaba en la montaña.
—¿Sola?
Una pausa.
—No.
Los ojos de Yeray se estrecharon.
—Continúa.
Varko comenzó a explicar lo ocurrido.
La neblina extraña.
El camino que habían seguido los lobos.
La cabaña cerca de la Cueva del Olvido.
El payo que decía hablar con la Luna.
Una joven.
El ataque de Zaira con el churi.
Su látigo roto...
Y, finalmente, su derrota.
Yeray no lo interrumpió hasta el final.
Entonces dio un paso hacia él.
—Dijiste que había un payo.
—Sí.
—¿Qué hacía con Zaira?
—La estaba ayudando.
—¿Ayudándola a qué?
Varko vaciló ante el tono bajo que había adoptado la voz del Drao.
—A proteger a una muchacha.
Yeray ladeó apenas la cabeza.
—¿Qué muchacha?
—No lo sé.
La respuesta hizo que el silencio se volviera todavía más pesado.
—Pero... Zaira sí lo sabía.
Varko asintió.
—La miraba como si...
Se detuvo.
—Como si fuera algo sagrado.
La palabra quedó suspendida entre ambos.
Sagrado.
Para Zaira, aquello no era un adjetivo cualquiera.
Era una sentencia.
Yeray caminó lentamente hasta el fuego.
—¿La muchacha estaba herida?
—Sí.
—¿El payo la estaba curando?
—Sí.
—¿Zaira estaba protegiéndola?
—Sí.
Yeray se giró.
—¿Y tú perdiste contra una mujer mayor mientras el payo reparaba el techo?
Varko apretó la mandíbula.
—No fue una pelea limpia.
—No te pregunté eso.
Silencio.
Yeray bajó la mirada hacia el látigo roto.
Después volvió a observar a Varko.
—Todo lo que acabas de contar coincide con lo que dijeron los guardias.
Varko levantó lentamente la cabeza.
—La neblina...
—La ausencia de Zaira —lo corrigió Yeray—. El carromato vacío. Los lobos. Y ahora tú regresando con ese látigo.
Varko bajó nuevamente la mirada.
Sabía que Yeray todavía no terminaba de creer su historia.
Pero tampoco podía demostrar que estuviera mintiendo.
—¿Y la muchacha? —preguntó Yeray.
—Sigue en la cabaña.
—¿Con Zaira?
—Sí.
—¿Y el payo?
—También.
Yeray permaneció unos segundos en silencio.
Ahora las piezas comenzaban a encajar.
No era una fuga impulsiva.
Zaira había encontrado algo.
Algo por lo que estaba dispuesta a abandonar Katar Sasté.
Algo que consideraba más importante que su posición.
Incluso más importante que él.
—Ve y tráela —dijo finalmente.
Su voz fue baja, sin grito alguno.
Eso hizo que Varko sintiera más miedo que cualquier amenaza.
—Esta vez no irás solo.
Yeray señaló a los hombres que aguardaban cerca del fuego.
—Lleva tantos como necesites. Armas. Cuerdas. Antorchas.
Varko tragó saliva.
—¿Y si se resiste?
Yeray lo miró directamente a los ojos.
—No se lo preguntes.
El rastreador asintió.
—Y no esperes a que se muevan primero.
Varko se giró y comenzó a reunir hombres.
Esta vez no cometería el mismo error.
No iría solo.
Dentro del carromato, Yeray se quedó a solas con el olor de la lana del clan ajeno y el vacío del cofre de abedul.
Pasó los dedos por la tela que todavía colgaba de una pared.
Lana teñida con los tintes de su clan.
Bordados que él mismo había mandado hacer.
Ropa que Zaira nunca usó.
El baúl de los obsequios seguía cerrado, sin un rasguño.
Como si nunca hubiera existido para ella.
Pero el pequeño cofre de madera de abedul, el que había llevado consigo hacía veinte años, estaba abierto y vacío.
Se había llevado solo lo que era suyo.
Yeray cerró lentamente la mano.
Zaira no había huido como una rata.
Había elegido.
Y se había llevado lo único que él no podía reemplazar.
Se arrodilló frente al cofre vacío y pasó los dedos por el borde de la madera.
—Si crees que puedes proteger algo sagrado y alejarte de mí... —susurró—, entonces vas a descubrir qué pasa cuando Katar Sasté decide que algo le pertenece.
Se levantó.
La calma se había roto.
Ahora venía fuego contra fuego.