El camino que le habían indicado en el asentamiento no era precisamente sencillo. Esteban llevaba varias horas caminando cuando llegó a la primera bifurcación importante. Se detuvo frente a los tres pasillos que se extendían ante él, sacó la libreta de la mochila y revisó las indicaciones que había anotado antes de abandonar el refugio. Según el mapa que le habían proporcionado, debía tomar el corredor de la derecha y continuar hasta encontrar una habitación con una puerta metálica. Desde allí, el recorrido debía conducirlo a una zona donde las paredes comenzaban a cambiar de apariencia. Al menos, eso era lo que le habían contado.
Levantó la mirada y observó el pasillo. Las luces parpadeaban de manera irregular. El zumbido de los fluorescentes parecía más intenso que en otras zonas y, a lo lejos, se escuchaba un sonido que no conseguía identificar. No le gustaba. Guardó la libreta y se acercó unos pasos, procurando no hacer demasiado ruido. Entonces lo oyó: un golpe seco, después otro, y finalmente un sonido húmedo que le recordó demasiado a las criaturas que había encontrado durante sus primeras semanas en aquel lugar. Se quedó inmóvil. No necesitaba ver a la entidad para saber que aquel camino no era seguro. Retrocedió despacio y regresó a la bifurcación.
—Por supuesto que no iba a ser tan fácil —murmuró.
Tomó el pasillo central. El asentamiento le había proporcionado una ruta aproximada, pero él había aprendido que seguir las indicaciones de otros sin comprobarlas podía ser un error. No todos habían recorrido los mismos lugares. No todos habían encontrado las mismas cosas. Y, sobre todo, no todos habían tenido la suerte de regresar. Por eso avanzaba con cautela, utilizando las marcas de las paredes y los puntos de referencia que había aprendido a reconocer. Cuando algo le parecía sospechoso, se desviaba. Si escuchaba pasos, se detenía. Si encontraba rastros de alguna entidad, buscaba otra ruta. No tenía prisa. Quería alcanzar el Nivel 1 cuanto antes, pero no a costa de cometer una estupidez. Había sobrevivido demasiado tiempo como para arriesgarlo todo por impaciencia.
A medida que avanzaba, el entorno comenzó a cambiar. Los pasillos seguían teniendo las mismas paredes amarillentas y la misma alfombra húmeda, pero cada vez encontraba más objetos desperdigados por el suelo: una silla de oficina con una pata rota, una lámpara de pie que parecía haber sido arrancada de una habitación, un escritorio con varios cajones abiertos, una maleta cubierta de polvo. Algunos objetos estaban intactos, como si alguien los hubiera dejado allí hacía apenas unos minutos. Otros se encontraban destrozados: muebles partidos por la mitad, cajas aplastadas, restos de aparatos electrónicos que no conseguía identificar.
En varias ocasiones encontró objetos incrustados parcialmente en las paredes. Una mesa cuyo extremo parecía haberse fundido con el papel tapiz. Una estantería que sobresalía de una superficie amarillenta, como si alguien la hubiera empujado desde el otro lado. Incluso encontró una puerta de madera que se hundía en la pared hasta desaparecer por completo. Se detuvo frente a ella y la observó durante unos segundos.
—¿Qué demonios...?
Pasó una mano por la superficie. La madera estaba allí; podía tocarla. Pero a partir de cierto punto parecía formar parte de la propia pared. Retiró la mano. No tenía intención de averiguar qué ocurriría si intentaba arrancarla. Tomó una fotografía, anotó la ubicación y continuó caminando.
Sin embargo, aquello no fue lo peor que encontró durante el trayecto. La primera vez que vio a una persona atrapada en una pared, creyó que se trataba de un cadáver. Había llegado a un corredor estrecho donde la iluminación era más débil que en el resto de la zona. A mitad del pasillo, algo sobresalía de la pared izquierda. Al principio pensó que era un maniquí. Después distinguió una mano. Una mano humana. Se acercó despacio. La figura estaba incrustada en la pared hasta el pecho. Solo quedaban visibles parte de los hombros, la cabeza y un brazo que colgaba sin vida hacia el suelo. La piel tenía un tono grisáceo y estaba cubierta de polvo. La ropa, desgastada y descolorida, parecía llevar allí muchísimo tiempo.
Esteban se quedó mirándola. No era la primera vez que encontraba restos humanos en los Backrooms. Había visto cuerpos abandonados en pasillos, habitaciones y lugares donde las entidades habían dejado rastros de su presencia. Pero aquello era diferente. La persona no había sido arrastrada hasta allí. No parecía haber sido devorada. Simplemente había terminado atrapada dentro de la pared, como si el propio lugar la hubiera absorbido. Tragó saliva y se acercó un poco más. El rostro estaba tan deteriorado que apenas se distinguían sus facciones. La ropa, en cambio, le llamó la atención: era antigua, mucho más que la que él llevaba puesta. No podía determinar cuánto tiempo había pasado desde la muerte de aquella persona, pero la escena le hizo pensar que quizá llevaba años allí. Quizá décadas. No tenía manera de saberlo. Apartó la mirada y siguió caminando.
Sin embargo, después de aquel primer encuentro, comenzó a prestar más atención a las paredes. Y lo que encontró lo dejó cada vez más inquieto. Había personas atrapadas por todas partes. Algunas apenas sobresalían de la superficie. Otras parecían haber quedado suspendidas a mitad de un movimiento, con los brazos extendidos o las piernas dobladas en una postura imposible. En ciertos lugares solo se veían manos. En otros, pies que sobresalían del papel tapiz. También encontró torsos, cabezas y cuerpos enteros que parecían haber quedado atrapados en el interior de las paredes, como si el lugar los hubiera engullido antes de terminar de absorberlos. La mayoría estaban muertos. Muchos eran poco más que esqueletos cubiertos por restos de ropa. Algunos llevaban prendas que parecían pertenecer a otras épocas: abrigos largos, pantalones de corte antiguo, vestidos que ya no se veían en las calles desde hacía décadas. Otros vestían ropa más moderna: sudaderas, camisetas, chaquetas deportivas. En esos casos, el deterioro era menor. Algunos parecían llevar allí mucho tiempo. Otros daban la impresión de haber muerto hacía apenas unos días. No podía determinarlo con certeza, pero la diferencia entre unos y otros resultaba evidente.
Se detuvo frente a una figura cuyo brazo sobresalía de la pared. La mano estaba cerrada. Los dedos parecían haberse aferrado a algo antes de quedar inmovilizados. Sintió un escalofrío. No sabía qué había ocurrido allí. No sabía si aquellas personas habían llegado al lugar por accidente, si habían intentado escapar de alguna entidad o si simplemente habían aparecido dentro de las paredes. Pero una cosa estaba clara: los Backrooms no solo estaban llenos de criaturas. También estaban llenos de personas que nunca habían conseguido salir. Y algunas de ellas habían terminado de una manera que ni siquiera podía imaginar.
La primera vez que encontró a alguien que todavía estaba vivo, se quedó paralizado. Había llegado a una zona donde las paredes presentaban numerosas irregularidades. El papel tapiz estaba deformado en varios puntos y había objetos parcialmente incrustados en la superficie. Avanzaba con la linterna encendida, atento a cualquier sonido que pudiera advertirle de la presencia de una entidad. Entonces escuchó algo: un ruido débil, tan débil que al principio creyó que era el zumbido de las luces. Se detuvo. El sonido volvió a repetirse. Un pequeño movimiento. Un roce. Giró lentamente la cabeza. Y entonces lo vio.
Una cabeza sobresalía de la pared. El resto del cuerpo estaba oculto en el interior de la superficie amarillenta, como si la persona hubiera sido absorbida hasta el cuello. Tenía el rostro demacrado y la piel pálida. Un ojo permanecía abierto. Y se movía. Esteban sintió que el estómago se le encogía.
—Dios mío...
Se acercó despacio. El ojo se desplazó hacia él. La persona intentó mover la boca. Un sonido ahogado escapó de sus labios. No era una palabra. Era apenas un intento de hablar. Se agachó frente a ella.
—¿Puedes oírme?
El ojo volvió a moverse. La persona intentó emitir otro sonido. Su rostro se contrajo en una expresión que podía ser dolor, desesperación o ambas cosas. Esteban miró la pared. No había manera de sacarla. La superficie no presentaba grietas ni huecos por donde pudiera introducir una herramienta. La cabeza estaba atrapada hasta el cuello. Y el resto del cuerpo... No quería imaginarlo.
—Tranquilo —murmuró, aunque no sabía si la persona podía entenderlo—. Voy a intentar ayudarte.
Sacó una herramienta de la mochila y trató de raspar la superficie alrededor del cuello. El material no cedió. Probó con más fuerza. Nada. Cambió de herramienta. Golpeó la pared. El sonido resonó por el pasillo. La persona se estremeció. Se detuvo inmediatamente.
—Mierda...
Volvió a mirar el rostro. El ojo seguía moviéndose. No había señales de que pudiera liberarla. No había manera de saber cuánto tiempo llevaba atrapada. Y, por lo que podía observar, tampoco parecía que fuera a morir pronto. Sintió que se le cerraba la garganta. No quería hacerlo. No quería tomar aquella decisión. Pero tampoco podía dejarla allí. No podía continuar caminando sabiendo que había una persona atrapada, consciente y sufriendo, mientras él seguía adelante como si nada hubiera ocurrido. Se quedó inmóvil durante unos segundos. Después bajó la mirada.
—Lo siento —susurró.
La decisión que tomó a continuación fue rápida. No porque resultara sencilla. Sino porque, si se detenía a pensar demasiado, quizá no sería capaz de hacerlo. Cuando todo terminó, el pasillo volvió a quedar en silencio. Permaneció agachado frente a la pared. No se movió. No dijo nada. Solo miró el lugar donde unos instantes antes había habido un ojo que todavía se movía. Había matado a muchas entidades desde que llegó a los Backrooms: Bacterias, Robapieles, criaturas que lo habían perseguido y que, de haber tenido la oportunidad, lo habrían despedazado sin dudarlo. Pero aquello no había sido una pelea. No había sido una cuestión de supervivencia. Había matado a una persona. Y aunque se repitiera que no tenía otra opción, la diferencia le pesaba de una manera que no sabía explicar. Se levantó lentamente. Guardó la herramienta. Y continuó caminando.
El segundo encuentro fue todavía peor. Esta vez no encontró un rostro. Solo un pie. Sobresalía de la pared a la altura de sus rodillas, con la suela de un zapato desgastado apuntando hacia el pasillo. Estuvo a punto de pasar de largo. Hasta que vio moverse los dedos. Se detuvo en seco. Los observó. Se movieron de nuevo. Una vez. Después otra. Cerró los ojos durante un instante.
—No...
Se acercó con cautela. No había nada más visible. Ni una pierna. Ni una mano. Ni siquiera una parte del cuerpo que pudiera indicarle dónde se encontraba la persona. Solo aquel pie. Y el movimiento. Apoyó una mano sobre la pared. La superficie estaba fría. No encontró ninguna abertura. No había manera de llegar hasta la persona. No podía saber si estaba consciente. No podía saber si sufría. No podía saber cuánto tiempo llevaba allí. Se quedó inmóvil durante varios segundos. Después retiró la mano. No podía hacer nada. No esta vez. Y por mucho que quisiera encontrar una solución, no podía quedarse allí eternamente. Miró una última vez el pie. Los dedos se movieron de nuevo. Apartó la mirada y siguió caminando. Cada paso le pesaba más que el anterior.
El recorrido se prolongó durante horas. En algún momento, el cansancio comenzó a hacerle perder la noción del tiempo. No sabía si había pasado medio día o si ya había transcurrido una jornada completa. Las luces seguían encendidas. Los pasillos continuaban extendiéndose en todas direcciones. Y las paredes seguían mostrando los restos de quienes habían quedado atrapados en ellas. Se detuvo en una habitación vacía para descansar. Dejó la mochila en el suelo y se sentó contra la pared, procurando no mirar demasiado a su alrededor. No había nadie allí. Al menos eso parecía. Sacó una botella de Agua de Almendras y bebió un par de tragos. Después cerró los ojos. Pero no consiguió descansar. Cada vez que lo hacía, volvía a ver el ojo de aquella persona. El movimiento de los dedos. Los cuerpos atrapados. Los esqueletos cubiertos de ropa antigua. Y la pregunta que no conseguía apartar de su mente: ¿cuántas personas habían terminado así? ¿Cuántas seguían vivas en algún lugar de aquel mundo, atrapadas en las paredes, incapaces de moverse o pedir ayuda? Apretó la botella entre las manos. No quería saberlo. No quería imaginarlo. Pero sabía que, a partir de aquel momento, nunca volvería a mirar las paredes de los Backrooms de la misma manera.
Cuando finalmente reanudó la marcha, el pasillo parecía más estrecho. Avanzaba con la mirada fija en el suelo, procurando no detenerse frente a cada nueva silueta que sobresalía. No podía ayudarlos a todos. No podía salvar a quienes ya estaban muertos. Y no siempre podía hacer algo por quienes seguían vivos. Era una realidad que le costaba aceptar. Pero tenía que hacerlo. Tenía que seguir adelante. El Nivel 1 estaba en algún lugar más allá de aquellos corredores. Y aunque no sabía qué encontraría al llegar, necesitaba continuar.
Mientras caminaba, un pensamiento se abrió paso entre el cansancio y la culpa: Sofía. La niña habría visto todo aquello. Los cuerpos. Las cabezas. Las personas atrapadas. Y él no habría sabido cómo explicarle lo que estaba ocurriendo. No habría sabido qué decirle cuando preguntara por qué no podía ayudarlos. Apretó los dientes. Había tomado la decisión correcta al dejarla en el asentamiento. No podía imaginar lo que habría ocurrido si hubiera tenido que presenciar aquellas escenas. Quizá habría terminado tan aterrorizada que no habría podido seguir caminando. Quizá él habría tenido que detenerse en cada pasillo, intentando consolarla mientras las entidades se acercaban. O quizá... No. No quería pensar en ello. Agradeció una vez más haberla dejado con Samuel y los demás. Allí estaba a salvo. Allí tenía comida, un lugar donde dormir y personas que podían cuidarla. Y él podía continuar su viaje sin exponerla a los horrores que se escondían en los niveles más profundos. Respiró hondo y se ajustó la mochila.
—Al menos tú no tienes que ver esto, pequeña —murmuró.
Después levantó la mirada. El pasillo se extendía frente a él, largo y silencioso. A lo lejos, una luz parpadeaba detrás de una esquina. Comprobó el mapa, revisó la dirección y continuó caminando. El Nivel 1 lo esperaba. Y por primera vez desde que había abandonado su refugio, comprendió que el verdadero peligro de aquel viaje no era únicamente lo que podía encontrar en el siguiente nivel. También era todo lo que tendría que dejar atrás para llegar hasta él.
Cuatro días. Quizá cinco. Esteban había perdido la cuenta exacta de las horas que llevaba caminando por los interminables pasillos. No tenía un reloj que pudiera darle una referencia fiable, y el zumbido constante de las luces hacía que el tiempo pareciera avanzar de una manera extraña. Solo podía calcularlo a partir de sus descansos, las veces que había comido y el número de ocasiones en que había tenido que detenerse para evitar a alguna entidad. El viaje estaba siendo mucho más largo de lo que había imaginado. Cuando abandonó su refugio, creyó que podría alcanzar el Nivel 1 en uno o dos días, siguiendo las indicaciones que le habían proporcionado en el asentamiento. Pero la realidad había resultado ser muy diferente.
Los pasillos parecían no terminar nunca. Cada vez que creía reconocer una ruta, encontraba una bifurcación que no aparecía en el mapa o un corredor que lo obligaba a desviarse. En ocasiones, las marcas que había dejado desaparecían antes de que pudiera regresar a ellas. Otras veces, el camino se volvía tan peligroso que no tenía más remedio que buscar una alternativa. Y así, paso a paso, el recorrido se había prolongado durante días. Fue entonces cuando comprendió que los testimonios sobre la naturaleza infinita de aquel lugar quizá no eran una exageración. No sabía si el Nivel 0 era realmente infinito. No tenía manera de comprobarlo. Pero después de caminar durante tanto tiempo sin encontrar un límite, empezó a entender por qué tantas personas lo describían de aquella manera. Era como avanzar por un espacio que nunca había sido diseñado para terminar. Un lugar donde cada pasillo conducía a otro, donde las habitaciones se repetían hasta volverse indistinguibles y donde la distancia recorrida no garantizaba que estuviera más cerca de su destino.
Aun así, continuó. No tenía otra opción. Había aprendido a administrar sus fuerzas. No caminaba durante horas sin detenerse, ni se permitía avanzar hasta que el cansancio le impidiera pensar con claridad. Cada cierto tiempo buscaba una habitación que pudiera asegurar, dejaba la mochila en el suelo y descansaba. Comía algo, bebía Agua de Almendras y revisaba el mapa. Después comprobaba sus provisiones y se preparaba para continuar. Los descansos también le servían para evitar a las entidades. En más de una ocasión había escuchado pasos o gruñidos en los pasillos cercanos y había tenido que permanecer oculto hasta que el peligro desaparecía. Ya no se sorprendía tanto como al principio. Había aprendido a reconocer ciertos sonidos, a distinguir los movimientos que no correspondían a los de una persona y a desconfiar de los lugares donde el silencio parecía demasiado profundo. No siempre acertaba. Pero cada vez cometía menos errores. Y eso era lo que le permitía seguir avanzando.
Al comienzo del quinto día, algo cambió. Esteban caminaba por un corredor particularmente largo cuando notó que las paredes ya no parecían exactamente iguales. Al principio no supo identificar qué era lo que le molestaba. El color seguía siendo amarillento. Las luces fluorescentes continuaban zumbando sobre su cabeza. La alfombra húmeda permanecía bajo sus botas. Sin embargo, había algo diferente. Se detuvo y observó la pared de su derecha. El papel tapiz presentaba una textura ligeramente distinta. Era un cambio mínimo, tan pequeño que de no haber pasado tantos días contemplando el mismo paisaje, probablemente no lo habría notado. Acercó la linterna y examinó la superficie. Las líneas del papel parecían más estrechas. El tono amarillo, aunque todavía presente, había perdido parte de su intensidad. Frunció el ceño.
—¿Qué demonios...?
Se apartó unos pasos y observó el pasillo completo. No había nada más que pudiera confirmar sus sospechas. Pero tampoco podía ignorarlas. Sacó la libreta y revisó las notas que había tomado durante el viaje. La información del asentamiento mencionaba que, en ciertas rutas, el entorno podía comenzar a cambiar antes de alcanzar el siguiente nivel. No era una transición repentina. Al menos no siempre. A veces las paredes y los pasillos empezaban a mostrar diferencias sutiles, casi imperceptibles. Volvió a mirar la superficie amarillenta. ¿Sería aquello lo que le habían descrito? No tenía manera de saberlo. Pero por primera vez en varios días sintió que quizá avanzaba en la dirección correcta. Guardó la libreta.
—Vamos a comprobarlo.
Y continuó caminando.
A medida que avanzaba, los cambios se hicieron más evidentes. Las paredes comenzaron a perder el tono amarillento que había caracterizado al Nivel 0 desde el primer momento. El papel tapiz se volvió más apagado. En algunos sectores, la superficie parecía desaparecer por completo, dejando a la vista un material grisáceo que recordaba al hormigón. La alfombra también empezó a transformarse: primero fue la textura, después el color, y finalmente, en ciertos tramos, dejó de estar allí. Se detuvo frente a una de aquellas zonas. Bajo sus botas había una superficie dura, fría y ligeramente irregular. Se agachó y pasó los dedos por ella. Era cemento. No tenía dudas. Se incorporó lentamente y miró a su alrededor. El pasillo seguía extendiéndose frente a él, pero ya no parecía pertenecer al mismo lugar. Las paredes habían perdido buena parte de su color. Las luces eran más débiles y estaban colocadas a mayor distancia. El zumbido constante de los fluorescentes había comenzado a mezclarse con otros sonidos que no conseguía identificar. A lo lejos, algo parecía funcionar de manera intermitente: un ruido mecánico, un golpeteo metálico. Esteban permaneció inmóvil unos segundos. Aquello ya no era el Nivel 0 que conocía. O al menos estaba dejando de serlo.
Se ajustó la mochila y siguió avanzando con cautela. No quería precipitarse. No quería dar por hecho que había llegado hasta estar completamente seguro. Sin embargo, a cada paso, el entorno se volvía más extraño. Las paredes amarillentas desaparecieron casi por completo. En su lugar había superficies grises, tuberías expuestas y sectores donde el techo parecía mucho más alto. La alfombra quedó atrás. Ahora caminaba sobre hormigón. Y el aire también se sentía distinto: más frío, más pesado, con un olor tenue a polvo, humedad y metal. Respiró despacio. El silencio ya no era el mismo. Había algo en aquel lugar que le provocaba una inquietud difícil de explicar, como si hubiera cruzado una frontera invisible, como si el espacio que lo rodeaba obedeciera a reglas distintas. Se detuvo y miró hacia atrás. El pasillo por el que había llegado conservaba todavía algunos rastros del Nivel 0, pero la transición era tan evidente que no necesitaba comprobarla de nuevo. Las paredes amarillentas habían quedado atrás. El hormigón se extendía a su alrededor. Y el zumbido de las luces ya no era el único sonido que llenaba el lugar.
Esteban tragó saliva.
—Así que... aquí estamos.
Sacó la libreta y anotó la hora aproximada, la apariencia del entorno y los cambios que había observado durante el recorrido. Después escribió una frase al final de la página: Posible entrada al Nivel 1. Transición gradual desde el Nivel 0. Se quedó mirando aquellas palabras. Había tardado casi cinco días en llegar. Cinco días de caminar, esconderse, descansar y buscar rutas alternativas. Cinco días en los que había encontrado cuerpos atrapados en las paredes y había tenido que tomar decisiones que todavía le pesaban. Pero finalmente había alcanzado su objetivo. El Nivel 1.
Antes de continuar, volvió a mirar hacia el pasillo por el que había llegado. No podía ver el asentamiento. Ni el refugio. Ni siquiera podía distinguir el lugar donde había comenzado su viaje. Pero sabía que en algún punto de aquel interminable laberinto había personas esperándolo: Samuel, Daniel, Valeria, Laura. Y Sofía. La pequeña que se había quedado aferrada a su peluche, intentando aparentar que no le dolía verlo partir. Bajó la mirada. Recordó la promesa que le había hecho: que regresaría, que si encontraba una salida no la dejaría atrás. No sabía cuánto tiempo tardaría en cumplirla. Tampoco sabía si sería capaz de encontrar el camino de vuelta. Pero ahora que había alcanzado el siguiente nivel, su prioridad tendría que ser descubrir cómo volver. No podía olvidarse de ella. No podía olvidarse de los demás. Y sobre todo, no podía permitir que el viaje terminara allí.
Se ajustó las correas de la mochila y apretó los labios.
—Ahora tengo que encontrar la manera de volver.
Su voz se perdió entre las paredes de hormigón. Respiró hondo y se giró hacia el nuevo entorno. El Nivel 1 se extendía frente a él, inmenso y desconocido. No sabía qué encontraría en sus pasillos. No sabía cuántas entidades habitaban aquel lugar. Ni cuánto tiempo tendría que caminar antes de encontrar una salida. Pero había llegado hasta allí. Y no pensaba retroceder. Con la linterna en una mano y la mochila bien ajustada a la espalda, dio el primer paso. El zumbido familiar quedó atrás. Y el sonido de sus botas sobre el hormigón se convirtió en lo único que acompañaba su avance. El viaje hacia lo desconocido acababa de comenzar.