Se me quedo dando vueltas toda la manana lo que dice Anna cuando suelta la cuchara, que quiere ayudar de verdad pero que todo lo que intenta lo empeora. Las sirvientas entienden ahi algo que ella no alcanza a decir. La primera vez que quise ayudar en una cocina ajena me pidieron por favor que me sentara, y eso pesa mas que un regano.
Capítulo 11: Pequeños Gestos, Lentas Redenciones
– cocina por la tarde –
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Se me quedo dando vueltas toda la manana lo que dice Anna cuando suelta la cuchara, que quiere ayudar de verdad pero que todo lo que intenta lo empeora. Las sirvientas entienden ahi algo que ella no alcanza a decir. La primera vez que quise ayudar en una
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– cocina por la tarde –
La cocina de la mansión D’Valrienne estaba especialmente animada aquella tarde. El sonido constante de cuchillos golpeando tablas de madera, el murmullo de las ollas hirviendo lentamente y el aroma del pan recién horneado llenaban el aire con una calidez doméstica que contrastaba con la solemnidad habitual del resto de la casa.
Pero lo que realmente tenía a todas las sirvientas en alerta no era la cena.
Era Anna.
La señora de la mansión estaba allí.
De pie junto a la gran mesa central, con un delantal blanco atado torpemente a la cintura, observando una zanahoria con una concentración casi militar mientras sostenía un cuchillo que, claramente, no sabía manejar.
Varias de las sirvientas fingían trabajar con normalidad, pero cada pocos segundos alguna levantaba la vista para observar la escena con una mezcla de incredulidad y curiosidad.
Porque durante años Anna d’Valrienne había sido una presencia lejana en la casa, alguien que caminaba por los pasillos con una elegancia fría, acompañada por sirvientes que hacían todo por ella.
Nadie habría imaginado verla en medio de la cocina.
Mucho menos… intentando ayudar.
—Bien… —murmuró Anna para sí misma mientras colocaba la zanahoria sobre la tabla de cortar—. Solo hay que hacer trozos iguales.
Levantó el cuchillo.
Bajó la mano con decisión.
El golpe fue demasiado fuerte.
La zanahoria salió disparada de la tabla, rebotó contra una cesta de cebollas y terminó rodando por el suelo.
Durante un segundo, el silencio cayó sobre la cocina.
Una de las cocineras se apresuró a recogerla mientras intentaba mantener una expresión neutral.
—No se preocupe, milady —dijo rápidamente—. Estas cosas pasan.
Anna frunció el ceño.
—Solo fue un error.
Tomó otra zanahoria.
Respiró profundamente.
Intentó de nuevo.
Esta vez el cuchillo resbaló contra la superficie de la tabla, el vegetal giró como si tuviera voluntad propia y el pequeño trozo que logró cortar salió volando directamente hacia una olla que estaba sobre la mesa.
Varias sirvientas se giraron inmediatamente hacia otro lado.
Una fingió revisar una cesta de papas con una intensidad sospechosa.
Otra carraspeó con una tos muy poco convincente.
Desde su punto de vista, la escena era casi surrealista.
La temida señora de la casa, aquella que en el pasado había sido capaz de hacer temblar a media mansión con una sola mirada, ahora luchaba contra una zanahoria con una determinación que habría sido admirable… si no fuera tan desastrosa.
Anna miró el cuchillo.
Luego la tabla.
Luego la zanahoria.
Suspiró.
—Esto es más difícil de lo que parece…
Decidió intentar otra tarea.
Una de las cocineras, con la valentía que solo nace de la costumbre, le acercó una gran olla de guiso.
—Tal vez podría remover esto, milady.
Anna tomó la cuchara de madera con seriedad.
Removió una vez.
Dos veces.
La tercera vez la cuchara golpeó el borde de la olla con un sonido seco y parte del guiso salpicó la mesa.
Una sirvienta tuvo que girarse completamente de espaldas para evitar que su risa escapara.
Otra ya se estaba mordiendo el labio inferior.
Anna dejó la cuchara sobre la mesa, cerró los ojos durante un segundo y respiró profundamente mientras intentaba mantener la dignidad.
—Quiero ayudar de verdad —dijo finalmente con una mezcla de frustración y obstinación—. Pero parece que todo lo que intento termina empeorando las cosas.
Las sirvientas intercambiaron miradas.
Porque entendían algo que Anna no decía.
Aquel cuerpo jamás había tenido que hacer nada por sí mismo.
Y el alma que lo habitaba ahora tampoco tenía demasiada experiencia doméstica.
Si acaso, lo más cercano a cocinar que había hecho en su vida era abrir un paquete de ramen instantáneo… o aceptar lo que su madre preparaba para ella.
Una de las sirvientas carraspeó suavemente.
—Milady… tal vez el problema no sea su voluntad.
Anna levantó la mirada.
—¿Entonces qué es?
Varias de ellas sonrieron de manera casi cómplice.
Una de las más jóvenes tomó algo cuidadosamente doblado de una cesta cercana y lo desplegó frente a ella.
—Su ropa.
Anna observó la prenda con curiosidad.
Era un vestido de maid.
Pero claramente no era como los que ellas usaban.
Mientras los uniformes normales de la cocina eran largos, discretos y prácticos, aquel vestido estaba diseñado de una forma completamente distinta. La tela se ajustaba más al cuerpo, el delantal era más decorativo que funcional y la falda terminaba varios centímetros por encima de las rodillas.
Lo suficiente para dejar los muslos completamente a la vista.
Anna inclinó la cabeza mientras lo observaba.
—¿Con esto podré moverme mejor?
Varias sirvientas tuvieron que cubrirse la boca para no reír.
—Mucho mejor, milady.
Anna asintió con total convicción.
—Entonces lo usaré.
Tomó el vestido y desapareció detrás de la puerta del pequeño cuarto contiguo para cambiarse.
La cocina quedó en silencio.
Una de las sirvientas murmuró en voz baja:
—No puedo creer que realmente se lo haya puesto…
Otra suspiró.
—Cuando comenzamos a coserlo pensé que solo sería una broma.
Porque era cierto.
Desde que Anna había empezado a cambiar, desde que la habían visto trabajar en el jardín o ayudar en pequeños detalles de la mansión, muchas de ellas habían empezado a verla de otra manera.
Más humana.
Más cercana.
Y en algún momento alguien había comentado que Anna se vería increíble con un uniforme de maid.
La idea había empezado como una broma.
Pero la broma había terminado convirtiéndose en un pequeño proyecto secreto.
La puerta del cuarto se abrió.
Y el efecto fue inmediato.
Anna salió acomodándose el delantal con naturalidad, completamente ajena a lo que estaba provocando.
El vestido se ajustaba perfectamente a su figura, marcando su cintura con una elegancia natural mientras la falda corta dejaba al descubierto sus piernas cuando caminaba.
Durante varios segundos nadie dijo nada.
Las sirvientas simplemente la miraron.
Una se quedó completamente inmóvil.
Otra se puso roja hasta las orejas.
Una tercera llevó la mano al pecho con expresión emocionada.
—Dioses… —susurró una de ellas con voz temblorosa—. Ya puedo morir en paz.
Su cuerpo comenzó a inclinarse hacia atrás dramáticamente.
—¡No, no, no! —exclamó otra sirvienta mientras la sujetaba de los hombros—. ¡No te vayas todavía!
—¡Regresa! —dijo otra agarrándole el brazo—. ¡Todavía tienes que terminar de pelar las papas!
—¡Pero he visto el paraíso! —declaró la mujer con expresión extática mientras sus compañeras intentaban mantenerla en pie—. ¡Nada puede superar esto!
Anna, completamente ajena al caos que había provocado, miró a su alrededor con ligera confusión.
—¿Ocurre algo?
Varias de las sirvientas desviaron la mirada de inmediato mientras intentaban recuperar la compostura.
Porque todas debían admitir algo.
Anna D’Valrienne era hermosa.
Y con aquel uniforme…
destacaba de inmediato.
Anna volvió a la mesa, tomó nuevamente el cuchillo y colocó otra zanahoria sobre la tabla.
—Bien —dijo con determinación—. Esta vez sí la cortaré correctamente.
En ese mismo momento, muy lejos de la cocina, Eliana regresaba hacia la mansión con un pequeño atado de leña entre los brazos.
Completamente inconsciente…
de lo que estaba a punto de encontrarse.
El ruido de la puerta de la cocina abriéndose pasó casi desapercibido entre el movimiento del lugar.
Eliana entró cargando un pequeño atado de leña contra el pecho, todavía con la sonrisa tranquila que llevaba desde que había salido al patio. El aire fresco de afuera le había despejado la mente, y por un momento incluso pensó que tal vez había exagerado su reacción de antes.
Quizás Anna ya habría terminado de ayudar y todo habría vuelto a la normalidad.
—Ya traje la leña para la… —comenzó a decir mientras cruzaba el umbral.
Entonces se detuvo.
Porque en ese mismo instante, Anna se agachaba frente a una mesa para recoger algo que había caído al suelo.
Desde donde estaba el lector no se veía nada fuera de lo normal.
Pero desde el ángulo en el que estaban paradas Eliana… y tres de las sirvientas más cercanas a la puerta…
la perspectiva era muy distinta.
Durante un segundo completo, el tiempo pareció congelarse.
Tres sirvientas quedaron rígidas.
Luego, casi al mismo tiempo—
—¡¿EH?!
Las tres retrocedieron un paso.
Y acto seguido cayeron hacia atrás con una sincronía casi perfecta.
—¡SANGRE!
Una de las cocineras se llevó las manos a la cara mientras la sangre comenzaba a correrle por la nariz.
Otra ya estaba en el suelo, completamente derrotada por la escena.
—¡No… puedo… con esto…! —balbuceó mientras alguien intentaba ayudarla a levantarse.
La tercera simplemente se desplomó dramáticamente contra la mesa más cercana.
—He visto demasiado… —murmuró con voz débil—. Mi alma ya está lista para partir…
El caos estalló de inmediato en la cocina.
—¡Tráiganle un paño!
—¡Agua!
—¡No se muera ahora, todavía falta preparar la cena!
En medio de todo aquello, Eliana seguía de pie.
O al menos… su cuerpo seguía de pie.
Porque su mente tardó varios segundos en procesar lo que acababa de ver.
Una fina línea roja comenzó a deslizarse desde su nariz.
Pero aun así no se movió.
Sus ojos permanecían completamente abiertos mientras intentaba recuperar el control.
En ese momento, Anna se incorporó con el objeto que había recogido en la mano.
—¿Qué pasó?
La cocina estaba en completo caos.
Tres sirvientas siendo sostenidas por otras dos.
Una cocinera intentando limpiar sangre con un paño.
Y Eliana…
de pie frente a la puerta.
Con la nariz sangrando.
Y el rostro completamente rojo.
Anna frunció el ceño.
—¿Eliana?
La otra joven parpadeó varias veces.
Luego respiró profundamente.
Una vez.
Dos veces.
Y finalmente habló.
—¿Por qué… —dijo con la voz temblando ligeramente— estás usando ese traje?
Anna miró su uniforme.
Luego miró a las sirvientas.
—Porque es más cómodo para trabajar.
El silencio volvió a caer.
Eliana apretó el atado de leña contra el pecho mientras intentaba contener otra hemorragia nasal.
—Eso… —murmuró con una mezcla de vergüenza y frustración— no era una respuesta suficiente…
Anna inclinó ligeramente la cabeza, confundida.
Mientras tanto, una de las sirvientas que estaba siendo sostenida por sus compañeras levantó el pulgar débilmente.
—Milady… —susurró con emoción— si va a seguir usando ese uniforme… al menos avise antes de agacharse…
Otra volvió a desmayarse.
Y en medio de la cocina llena de caos, Anna seguía sin entender del todo por qué todos reaccionaban de esa manera.
Eliana tardó varios segundos en recuperar algo parecido a la compostura. Seguía de pie junto a la puerta con el atado de leña aún entre los brazos, respirando hondo mientras trataba de detener la sangre de su nariz con el dorso de la mano. El problema era que, cuanto más intentaba mantener la calma, más evidente resultaba que en realidad no estaba tranquila en absoluto.
Las tres sirvientas que habían sufrido el impacto inicial seguían siendo atendidas cerca de una mesa, una con un paño en la nariz, otra recostada dramáticamente sobre una silla y la tercera mirando el techo con expresión espiritual, como si aún estuviera procesando la visión celestial que había presenciado.
Eliana dio un paso hacia adelante.
—Anna… —dijo con un tono sorprendentemente sereno.
Pero su voz tenía una tensión que no pasaba desapercibida.
Anna la miró con preocupación.
—¿Qué ocurre? ¿Por qué todos…?
Eliana respiró otra vez, intentando elegir cuidadosamente las palabras.
—Tal vez… —empezó, con una calma que claramente era un esfuerzo consciente— deberías pensar en algo.
Anna parpadeó.
—¿En qué?
Eliana señaló ligeramente hacia abajo con un gesto rápido.
—En la falda que llevas puesta.
Anna bajó la mirada.
Vio la tela negra del uniforme.
Vio sus piernas.
Frunció ligeramente el ceño mientras su mente empezaba a recorrer lentamente la escena de los últimos segundos.
El silencio en la cocina se volvió expectante.
Varias sirvientas contenían la respiración.
Anna levantó un poco la tela con los dedos, como comprobando su longitud.
Luego recordó.
Se había agachado.
Justo frente a la puerta.
Donde estaban Eliana…
y varias sirvientas más.
Su mente tardó apenas un segundo en conectar todas las piezas.
Sus ojos se abrieron lentamente.
El color comenzó a subir por su cuello, trepando por sus mejillas hasta teñir todo su rostro de un rojo intenso.
Instintivamente sujetó la falda con ambas manos, tirando de ella hacia abajo como si eso pudiera corregir el desastre ocurrido segundos antes.
—¡N-no fue intencional! —dijo rápidamente, completamente roja—. ¡Nunca había usado algo así! No pensé… no me di cuenta…
Su voz se volvía cada vez más pequeña mientras hablaba, como si deseara poder desaparecer dentro de su propio uniforme.
Ese fue el momento en que la cocina entera estalló.
Primero fue una risa ahogada.
Luego otra.
Y de pronto, como si alguien hubiera liberado una presión acumulada, varias de las sirvientas comenzaron a reír abiertamente.
Incluso la cocinera que había estado ayudando a la mujer con la hemorragia nasal tuvo que girarse para ocultar una carcajada.
Anna se quedó congelada en medio de la cocina, todavía sujetando desesperadamente la falda.
—¡N-no se rían! —protestó, aunque su voz estaba completamente dominada por la vergüenza.
Una de las sirvientas, la misma que había declarado momentos antes que ya podía morir en paz, levantó una mano dramáticamente.
—Milady… —dijo entre risas— no es nuestra culpa…
Otra agregó desde la mesa:
—Es que… fue demasiado repentino…
Incluso la jefa de cocina, una mujer conocida en toda la mansión por su carácter serio y su incapacidad casi legendaria para reír, estaba de espaldas a todos con los hombros temblando visiblemente mientras intentaba recuperar el control.
Anna miró alrededor.
Las sirvientas riendo.
Las que todavía estaban recuperándose.
Eliana frente a ella con la nariz aún ligeramente roja.
Y su propia falda… que seguía sosteniendo con ambas manos.
En ese momento solo tuvo un pensamiento.
Quería que la tierra se abriera bajo sus pies y se la tragara inmediatamente.
—En la tarde—
El sol de la tarde comenzaba a descender cuando el patio interior de la mansión volvió a llenarse de calma. La fuente del centro dejaba caer el agua con su sonido constante, y el aire fresco arrastraba el olor húmedo del jardín cercano.
Anna caminaba de un lado a otro frente a la fuente.
Sus pasos eran rápidos, casi marciales, y sus brazos estaban cruzados con fuerza mientras murmuraba cosas para sí misma.
—¡No puedo creer que hayan hecho algo así…!
Su rostro seguía ligeramente rojo, aunque ahora más por indignación que por vergüenza.
A cierta distancia, dos sirvientas caminaban alrededor del patio… otra vez.
Y otra vez.
Y otra vez.
El castigo había sido simple.
Dar vueltas por la mansión durante una hora completa.
No era un castigo cruel, pero sí lo suficientemente incómodo como para recordarles que no debían volver a jugarle bromas a la señora de la casa.
Las dos sirvientas pasaron nuevamente por el pasillo del patio.
Una suspiró.
—Creo que ya dimos como veinte vueltas…
La otra encogió los hombros.
—Valió la pena.
—Totalmente.
Ambas miraron hacia el patio donde Anna seguía caminando de un lado a otro como una tormenta contenida.
—¿La viste cuando se dio cuenta? —susurró una de ellas con una sonrisa.
—Nunca olvidaré esa cara.
Las dos tuvieron que cubrirse la boca para no reír.
Mientras tanto, junto a la fuente, Eliana observaba la escena con una expresión mucho más tranquila.
Estaba sentada en el borde de piedra de la fuente mientras Anna seguía caminando frente a ella.
—Creo que ya han dado suficientes vueltas —comentó finalmente.
Anna se detuvo.
—¡Les di un uniforme inapropiado!
Eliana levantó una ceja.
—Te dieron un uniforme.
Anna la miró con incredulidad.
—¡Una falda que apenas cubre mis rodillas!
Eliana tuvo que mirar hacia otro lado durante un segundo para evitar sonreír.
—Aun así… no creo que lo hicieran con mala intención.
Anna volvió a cruzarse de brazos.
—Fue humillante.
—Tal vez un poco —admitió Eliana.
Anna resopló.
—¿Un poco?
Eliana inclinó ligeramente la cabeza, pensativa.
—Bueno… la cocina estuvo bastante animada.
Anna se quedó mirándola.
—No ayudas.
Eliana finalmente dejó escapar una pequeña risa.
—Solo digo que nadie parecía disgustado.
Anna abrió la boca para responder… pero se detuvo.
Porque desde el pasillo volvió a escucharse la voz de una de las sirvientas que seguía cumpliendo el castigo.
—Aun así… —susurró la joven a su compañera— se veía increíble.
—Sí —respondió la otra con total sinceridad—. Mucho mejor que con esos vestidos nobles tan rígidos.
Anna escuchó claramente la conversación.
Se giró lentamente hacia ellas.
Las dos sirvientas se quedaron completamente quietas.
El silencio cayó sobre el patio.
Luego Anna suspiró.
—Den otras cinco vueltas más.
Las dos sirvientas se miraron.
—Valió la pena —repitió una.
—Definitivamente —respondió la otra.
Y continuaron caminando.
Eliana observó la escena durante unos segundos antes de mirar a Anna.
—No parecen arrepentidas.
Anna volvió a suspirar.
—Lo noté.
Eliana sonrió suavemente mientras el sonido del agua de la fuente llenaba el silencio del patio.
Porque, incluso con el pequeño caos del día…
la mansión d’Valrienne nunca había estado tan llena de vida.
Thoughts
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PermalinkMe hizo mucha gracia la sirvienta que ya podia morir en paz y las otras sujetandola para que no se fuera sin terminar las papas. Que arte!
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PermalinkYo digo que ese vestido lo tenian cosido hace rato. Alguien le tomo las medidas sin que ella se diera cuenta y la jefa de cocina lo sabia, por eso aguanto la risa de espaldas y no dijo nada.
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PermalinkAnna peleando con una zanahoria mientras toda la cocina finge trabajar me dejo con una sonrisa tonta. Nadie se rie de frente, todas la sostienen, y me quedo pensando que ese uniforme empezo como una broma y termino siendo la forma que encontraron de decirle que ya es de la casa. Vas a publicar el siguiente capitulo por aca?
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PermalinkSe me quedo dando vueltas toda la manana lo que dice Anna cuando suelta la cuchara, que quiere ayudar de verdad pero que todo lo que intenta lo empeora. Las sirvientas entienden ahi algo que ella no alcanza a decir. La primera vez que quise ayudar en una cocina ajena me pidieron por favor que me sentara, y eso pesa mas que un regano.
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