Vaya primer capítulo, y eso que es largo de verdad, me lo leí de una sentada. Víctor me cae bien desde ya, el que escucha mientras corren y después suelta el consejo práctico sin ponerse solemne. He tenido compañeros así, gente que te resuelve en dos frases lo que tú llevas dos semanas rumiando. Y el viejo Carrasco asusta justo porque nunca necesita levantar la voz.
Capítulo 1 ~ Matrimonio Sensible
Era un martes cerca del mediodía. Alfredo Carrasco había llamado a Benicio a la oficina; tenían que tratar temas importantes de la empresa. Luego de revisar la documentación correspondiente, Alfredo…
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Vaya primer capítulo, y eso que es largo de verdad, me lo leí de una sentada. Víctor me cae bien desde ya, el que escucha mientras corren y después suelta el consejo práctico sin ponerse solemne. He tenido compañeros así, gente que te resuelve en dos fras
Contenido de la publicación
Era un martes cerca del mediodía. Alfredo Carrasco había llamado a Benicio a la oficina; tenían que tratar temas importantes de la empresa. Luego de revisar la documentación correspondiente, Alfredo se reclinó en su silla, apoyó los codos en el apoyabrazos, entrecruzó sus dedos sobre su abdomen, alzó la mirada y sonrió.
—Y ahora, cambiemos de tema —dijo el viejo.
Alfredo era el presidente del Holding Carrasco que tenía entre sus empresas mayoritarias la Distribuidora Carrasco, dedicada a la logística y distribución y de la que, además, era Director. Entre las empresas más pequeñas que conformaban el Holding, se encontraba la Clínica Carrasco, de la cual su director era nada más ni nada menos que el hermano menor de Alfredo.
El viejo Carrasco acusaba ya sus años, tanto en sus canas bien peinadas como en su rostro y, a pesar de su estatura mediana, su porte imponente siempre inspiraba respeto. Tenía una sonrisa que podía ser tan intimidante como acogedora, todo dependía de que las cosas fueran como él deseaba. Sus ojos, llenos de experiencia y quizás un poco de desesperación, reflejaban la carga de los años de manejar la empresa familiar.
Benicio respiró profundo, adivinando lo que se acercaba. Últimamente, su jefe tenía un solo tema de conversación extralaboral: su hijo.
—Dime cómo está —dijo Alfredo.
Benicio tensó su rostro, claramente sorprendido. Suponía que le preguntaría por Sebastián, pero no imaginó que sabría lo que había ocurrido anoche.
—Y no me mientas. El encargado me dijo que hubo una fiesta anoche y que salieron todos en muy malas condiciones.
Al escuchar estas palabras bajó la mirada en silencio. No tenía sentido mentir. Las imágenes de la madrugada golpearon su mente. Primero el sonido del timbre que lo despertó pasadas las tres de la mañana.
—¡Che! Sensei, acá te dejamos un regalito… ¡Feliz Cumple!
Los gritos, las risas, las voces estridentes que venían de la calle anticiparon lo conocido, lo familiar. Cuando llegó al palier vio que, recargado contra el vidrio, estaba el cuerpo de Sebastián desparramado en el piso. Suspiró molesto y resignado. Abrió la puerta. El muchacho estaba inconsciente, su camisa abierta, el pantalón sucio con quien sabe qué. Pensó mil cosas, pero no dijo nada, sólo bufó. Cuando se inclinó a recogerlo, un hedor lo invadió provocándole náuseas. Una mezcla de alcohol, perfume de mujer, sudor y algún otro fluido que prefirió no identificar.
Lo cargó hasta el ascensor y Sebastián vomitó encima de ambos un par de veces. Luego de asearlo y cambiarlo lo acostó en la cama.
—Viniste… —balbuceó Sebastián sonriendo con los ojos entrecerrados.
Silencio.
—Feliz cumpleaños —murmuró el joven, adormeciéndose de nuevo.
Benicio lo miró un instante, luego le acomodó el brazo sobre la sábana.
—Te dije muchas veces que no celebro mi cumpleaños —dijo al fin, en voz baja, con calma.
—Sí… ya sé… Yo festejé por los dos —respondió Sebastián antes de quedarse dormido.
Luego de exhalar, Benicio acomodó sus papeles, miró al hombre y dijo:
—Está bien. Sólo tiene resaca —dijo incómodo
—¿Te das cuenta que esto no puede continuar así? Algo tenemos que hacer.
Benicio lo miró en silencio.
—¿De qué habla, señor?
—Bueno, como tú sabes, Sebastián se acerca a sus 30 años. —Benicio sonrió.
—Señor, acaba de cumplir veintinueve, hace unos meses.
—Lo sé. Pero, como comprenderás, es una preocupación para mí el que su vida siga siendo la de un adolescente descarriado. El próximo año será definitorio, tiene que competir por la presidencia del Holding. Necesito que lo convenzas de una vez por todas de sentar cabeza.
—Alfredo, usted sabe que las cosas no funcionan así con Sebastián. Cuanto más le insista, menos lo va a hacer.
—Bien, entonces dime qué me sugieres.
—Negociar con él. Algo que usted quiere por algo que él quiere
—Yo solo quiero que se case, pero quiero que sea feliz —dijo Alfredo.
Se quedó pensativo unos segundos y luego agregó con tono paternal:
—Me gustaría que él escogiera a su esposa de acuerdo a sus preferencias, a sus intereses, a las cosas que tengan en común… Pero si no lo hace, —su tono de voz se volvió amenazante— me veré obligado a tomar cartas en el asunto.
Benicio no dijo nada.
—La semana pasada —continuó, acomodándose en la silla— estuve con Máximo Ventura. Él tiene una hija que tiene más o menos la edad de Seba, apenas pasa de los 25 me parece, y creo que sería un buen partido. ¿Qué piensas tú?
—Señor, Sebastián conoce a la señorita Ventura, y por lo que sé, no tienen una buena relación. Alguna vez me ha mencionado que no le agrada, no estoy seguro pero dudo que tengan algo en común.
—Bueno… simplemente quiero que se case de una vez por todas y que siente cabeza. Que deje de vivir de la manera en que lo hace. Porque así como está, cayendo en vicios todos los días, nunca va a llegar a ocupar mi cargo, nunca va a poder estar en este sillón.
—Alfredo, usted debería considerar la posibilidad de que Sebastián no desee ocupar ese sillón.
—Es mi único hijo, no puedo no pensar en él cuando pienso en quién dejaré aquí. Ya casi cumplo 70 años, no quiero seguir al frente de esto, quiero ceder el lugar, quiero que él me suceda, quiero que sea capaz de sostener esto que creé con mis manos y mi trabajo para él.
—Entiendo su preocupación. Pero usted tiene que entender que Sebastián es una persona diferente. No le agrada la rutina de la oficina, no le agradan los negocios, ni las presiones, él quiere otra cosa.
—¿Qué otra cosa? —preguntó el hombre desconcertado.
—Para serle franco… no lo sé. Y, a veces creo que ni él lo sabe.
—Si un hombre a la edad que tiene mi hijo no sabe lo que quiere hacer con su vida, es un serio problema. Y yo, como padre, estoy obligado a encaminarlo. Así que te pido por favor, habla con él, que se case antes de que termine el año.
—El año termina en dos meses, señor. —acotó Benicio.
—Pues, apresúrate. ¿No?
—Lo haré, señor. No se preocupe.
Después de la reunión, Benicio se dirigió a su casa. Sebastián se había ido antes de la oficina, dejando a Benicio con una sensación de inquietud. Sabía que mencionar de nuevo el tema del matrimonio acarrearía una discusión incómoda.
Al día siguiente, antes del amanecer, Benicio se levantó, como de costumbre, y se preparó para correr. Desde que recuperó la movilidad de sus piernas, luego de un incidente hacía ya unos doce años, no dejó pasar un día sin entrenar. Aunque esa mañana, solo estaba buscando despejar su mente, acababa de despertar y su cabeza ya estaba dando vueltas y vueltas alrededor de mil cosas a la vez.
Sebastián dormía en la cama. No era extraño, últimamente cada noche dormía en su casa. Ese era otro problema que tenía que resolver. Pero ya se ocuparía de eso luego.
Al entrar en el baño, encontró la ropa de Sebastián tirada en el suelo, manando un hedor a alcohol y otros fluidos, que no hizo más que provocarle náuseas. Volteó hacia el cuarto y vio al muchacho dormido. Estaba molesto. Por un momento tuvo el impulso de despertarlo y hacer que limpie y ponga orden en sus cosas, pero decidió seguir su rutina y salir a tomar aire fresco para calmarse.
Al reflexionar sobre la situación en la que se encontraba, se llenaba de interrogantes: ¿Cómo había llegado Sebastián a este punto? ¿Qué podía hacer él para ayudarlo?¿Realmente el matrimonio sería la solución, como pensaba Alfredo?
En la calle, se encontró con Víctor, quien trabajaba como chofer en la distribuidora, y además era un buen amigo. Víctor, siempre puntual y dispuesto a escuchar, pasaba a buscar a Benicio cada mañana para correr juntos. Durante el trote, Benicio le relató lo sucedido con el jefe y la complicada posición en la que lo había puesto.
Víctor, era un hombre unos años mayor, cruzaba ya los cincuenta, llevaba casado la mitad de su vida y tenía una hija de la edad de Sebastián. Conocía a los Carrasco desde niño, puesto que su padre había sido chofer antes que él. Sabía muy bien cómo era Sebastián y en especial cómo era Alfredo con su hijo. Quizás por eso, desde el primer momento desarrolló un afecto sincero hacia Benicio, comprendía mejor que nadie lo que estaba atravesando, situado en medio de los Carrasco. Con su habitual serenidad, escuchó atentamente antes de ofrecer su consejo.
—Sabes, Beni, creo que este comportamiento tan fuera de lugar en tu casa tal vez no es tan malo, después de todo.
—¿Qué quieres decir? Ni siquiera sé a qué hora llegó. Me está volviendo loco.
—Bueno, los otros días me comentaste que Alfredo te pidió que no permitas que se quede contigo, y me decías que no sabías como hacer, porque Seba no te había dado razones para echarlo. Pienso que podrías valerte de esto para introducir, por un lado, el tema del matrimonio, y por el otro, es la excusa perfecta para quitarle la llave del departamento. Es una forma de poner de manifiesto su decadencia, de establecer límites claros en tu espacio, y finalmente, de sacarlo de tu casa, como te pidió Alfredo la otra vez.
La sugerencia hizo que Benicio reflexionara.
—No lo había pensado.
—Es que tú eres demasiado considerado con él.
—Me sorprende su comportamiento. Él respetó siempre las reglas de mi casa. Si se quería quedar, debía seguir las reglas y lo hacía. No sé qué sucede ahora.
—Es claro lo que sucede Beni, Alfredo lo está presionando.
—Y yo también lo haré. — reconoció Benicio preocupado
Se detuvieron en el parque, estiraron unos minutos y luego hicieron el camino de vuelta.
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Al regresar a casa, Benicio encontró a Sebastián bebiendo un vaso de leche y mirando su celular, sentado en la sala en ropa interior. La escena lo desesperó. A pocas horas de tener que ir a la oficina, Sebastián parecía despreocupado, jugando con su celular.
—¿Qué estás haciendo? ¿Sabes qué hora es? —preguntó Benicio con el tono de molestia que tanto divertía a Sebastián.
—Buenos días, o acaso dormimos juntos… — dijo burlón con picardía
Benicio permaneció en silencio. Sebastián levantó la vista, conocía los silencios de ese hombre, y nunca significaban algo bueno. El rostro de Benicio, serio y rígido sorprendió al joven.
—¿Qué pasa? Solo estaba revisando algo en mi celular. ¿Por qué tanta prisa?
—¿Por qué? —replicó Benicio, alzando la voz—. Sabes muy bien por qué. Tenemos que ir a la oficina y preparar las cosas para la reunión de esta tarde. Y tú estás aquí, sentado en ropa interior, jugando con el maldito celular, como si no tuvieras ninguna responsabilidad.
—Relájate, Beni. Solo estoy tomándome un momento para mí —respondió Sebastián, con una sonrisa.
—Tienes que empezar a tomarte las cosas en serio. No puedes seguir viviendo como un adolescente. —Benicio, visiblemente molesto, hizo una pausa, tratando de controlar su temperamento
—Ya no soy un mocoso, Beni. Tienes que dejar de verme como un niño.
—¡Compórtate como un hombre! ¡Cásate! ¡Establécete! ¡Forma una familia!
—Vomitas a mi padre cuando hablas. — Dijo Sebastián con desagrado.
—Pues qué bueno que lo sepas, porque ¿sabes lo que Alfredo me pidió? Que te convenciera de casarte. Quiere que sientes cabeza.
Sebastián se levantó de golpe, derramando un poco de leche en el proceso. Benicio maldijo y fue a la cocina por un trapo para limpiar.
—¿Casarme? ¡Ja! ¿Y tú piensas lo mismo? ¿Que necesito casarme para ser alguien responsable? —Su voz se volvió más aguda y desafiante.
Benicio respiró profundo. Desde hacía ya unos seis años Alfredo insistía en que su hijo debía casarse. Cuando terminó la carrera universitaria, su próximo objetivo debía ser el matrimonio. Sin embargo, para Sebastián eso no estaba en sus planes.
Tenía un grupo de amigos y amigas con los cuales compartía su pasión por la vida y el desenfreno. Todos hijos de las personas más influyentes. Jóvenes que crecieron con la idea de que sea lo que sea que desearan, con solo chasquear los dedos podrían tenerlo. Sebastián no era la excepción. Siempre contó con recursos para hacer y tener lo que quería.
La única tarea que debían cumplir a rajatabla era seguir la voluntad de su padre. Y lo había hecho. Había seguido los pasos que su padre le había ido indicando. Pero el matrimonio era algo que no podía aceptar. La sola idea de estar atado a una persona por el resto de su vida era inimaginable para el muchacho.
—No es solo ser responsable, Seba —dijo Benicio, intentando mantener la calma— Es todo lo que estás haciendo con tu vida. Tus decisiones. Tus excesos… Tus hábitos —dijo mostrando con su gesto la mesa sucia, el piso sucio y el estado de Sebastián.
—¿Y eso se va cuando uno se casa? ¿En verdad piensas eso? Eres el hombre de confianza de mi padre, el número dos del Holding Carrasco… Te hacía más inteligente.
—No seas cínico — sancionó Benicio
—¡Y tú no seas como él! — gritó Sebastián.
Sus ojos estaban algo vidriosos. Benicio lo miró en silencio. Esperaba la confrontación, pero no dejaba de ser doloroso llegar a esos extremos.
Sebastián respiró profundo y bajó su cabeza. Una sonrisa cargada de decepción se acomodó en su rostro, una mueca que hablaba de un dolor profundo.
—A veces creo que eres mi amigo, y se me olvida que eres un empleado de mi padre.
La voz de Sebastián tembló ligeramente, mostrando un atisbo de la herida que llevaba dentro. Como siempre, esperaba encontrar en Benicio un aliado, alguien que lo entendiera y lo apoyara, pero en su lugar veía reflejada la figura autoritaria de su padre.
—Seba, soy tu amigo. — Sebastián se rio con ironía.
—En este momento solo eres un empleado que está cumpliendo con la tarea asignada por su patrón. “Mi amigo” no me estaría diciendo esto, sabiendo lo que toda esta mierda significa para mi.
—Entonces ilumíname… como tu amigo ¿qué debería hacer? ¿Llevarte de juerga todas las noches hasta que termines quebrado? ¿Dejar que te alcoholices, o te drogues hasta que pierdas la conciencia?
—Sí, sí eso es lo que yo deseo —Gritó Sebastián exasperado.
Benicio estaba desconcertado
—¿Eso es un amigo para ti? — preguntó incrédulo
—¿Y qué es un amigo si no es eso? —El vacío de significado que tenía para Sebastián la amistad, quedó expuesto en su pregunta.
—Un verdadero amigo es alguien que se preocupa por ti. Que te cuida, que…
—¡Por Dios! –interrumpió Sebastián con una carcajada sarcástica– Tú siempre estás de su lado.
—Eso no es así
—Claro que sí. Siempre estás repitiendo lo que él te dice que digas
—Y siempre me callo lo que tú me pides que calle. —Replicó.
El joven miró a Benicio con desconfianza.
—Seba, escucha. Soy empleado de tu padre, pero también soy tu amigo. Y me preocupas ¿Crees que a mi me gusta llevarte de madrugada a la clínica de tu tío con una sobredosis, como pasó el otro día? ¿O que me llamen a las dos de la mañana para que vaya a buscarte a un bar en el que estás tirado sobre tu propio vómito?
—¿Y tu crees que eso terminará cuando me case?
—No lo sé con certeza. Pero si es una posibilidad, voy a estar a favor de ello. Seba, en verdad tienes que empezar a pensar en tu futuro.
—¡Mi futuro es mío, no de Alfredo, ni tuyo! —gritó Sebastián, su rostro rojo de furia.
Benicio lo miró en silencio. Las palabras de Víctor resonaron en su mente “lo está presionando”. Limpió la marca de agua en la mesa y la leche que se había derramado en el suelo. Luego lavó el trapo.
Sebastián se acercó a él y dejó el vaso en la mesada.
—No me vuelvas a hablar en su nombre —dijo más calmado— Odio cuando sus palabras salen de ti.
Benicio notó la tensión en la voz de Sebastián y la forma en que apretaba los puños. Había algo más allá del enojo, era evidente. Pero, ya cansado de discutir, no indagó al respecto y se dirigió al baño para ducharse. Al entrar, el olor de la ropa de Sebastián lo golpeó de nuevo provocándole náuseas. Tomó la ropa con asco, salió del baño y, sin poder contener su ira, le arrojó la ropa a Sebastián.
—Devuélveme la llave y ya no regreses a mi departamento —dijo Benicio con firmeza— Y ya no me dirijas la palabra.
Sebastián abrió los ojos preocupado, percibió el hedor de su ropa y arrugó la cara. La metió en una bolsa y la dejó sobre la mesada cerca de la puerta. Se dirigió al cuarto, e intentó calmar al exaltado Benicio.
—Oye. No exageres… —Sebastián trató de tocar el brazo de Benicio, pero este se apartó. — Solo estoy… No sé qué hacer, Beni. Sabes que no quiero casarme. — dijo casi con desesperación.
—No es mi problema, Sebastián. Tienes que resolver tus asuntos y dejar de involucrarme en tus desastres. —Benicio se metió en el baño de nuevo y lo dejó hablando solo.
—Ey, Beni. — Habló en voz baja dando suaves golpes en la puerta del baño.
Benicio no respondió. Se duchó rápidamente, luego se rasuró y abrió la puerta violentamente. Sebastián se sobresaltó y se hizo hacia atrás. Intentó hablar con Benicio, arreglar las cosas, pero no hubo caso.
El silencio de ese hombre era contundente. Sin decir una sola palabra, se vistió y se fue a la oficina. Mientras Sebastián, apurado, intentaba alcanzarlo, pero no lo logró.
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Benicio era un hombre algo mayor que Sebastián. Tenía cuarenta años y peinaba canas sobre sus sienes. Había entrado en la Mansión Carrasco hacía ya unos doce años, poco después de que Sebastián terminara la secundaria. En aquel entonces, Benicio acababa de despertar de un coma de seis meses, y estaba prácticamente en la calle. No tenía familia, ni dónde vivir, ni trabajo, ni sabía cómo seguir adelante. Había sido atacado ferozmente por un grupo de adolescentes que además de lesionarlo seriamente, dejándolo en coma, le habían roto sus piernas, por lo que al despertar, estuvo atado a una silla de ruedas por un buen tiempo.
Arturo Carrasco, hermano de Alfredo y director de la clínica en la que fue atendido de urgencia, conversó con su hermano, y entre ambos decidieron apoyarlo.
Alfredo estaba muy preocupado por su hijo, puesto que su primer año en la facultad había sido un rotundo fracaso. Por comentarios de Arturo y algunas investigaciones personales que hizo, supo que Benicio era un economista destacado con el mejor promedio de la carrera. Dado el paupérrimo desempeño de su hijo en el ámbito universitario, decidió revertir las cosas. Pensó que un profesional de las ciencias económicas, graduado con el mejor promedio, podría llegar a ser un buen tutor para Sebastián.
De esta forma, en la Mansión Carrasco, Benicio encontró una casa, ya que le ofrecieron la casa de huéspedes que se encontraba en los jardines de la mansión; también obtuvo un trabajo, como tutor del heredero en un principio y más adelante, cuando ya su recuperación fue completa, también se le asignó la protección del muchacho, que no dejaba de meterse en problemas. A cambio, sólo tenía que lograr que Sebastián termine la carrera exitosamente.
Con el paso del tiempo, Alfredo fue notando un amplio potencial en el tutor, lo que lo convirtió en un depositario de su más absoluta confianza. Al punto que en el Holding Carrasco, Benicio era la mano derecha del Presidente. Su imagen denotaba respeto y confianza. Era un hombre seguro y con amplios conocimientos en finanzas.
Su asesoramiento siempre era atentamente escuchado por el directorio. Y era así principalmente porque no representaba un obstáculo para sus intereses. Benicio no tenía acceso al cargo de presidente del Holding. Alfredo lo había propuesto, pero al no ser un hijo de sangre de alguno de los miembros de la Junta, no había posibilidades. Estar fuera de la carrera al trono, lo colocaba en una posición mucho más cómoda y aceptable por el Directorio. Por lo que podía moverse en representación de Alfredo en todos los ámbitos.
No obstante, su trabajo principal estaba en la Distribuidora, también con Alfredo Carrasco a la cabeza, La empresa tenía presencia en todo el país. La sede en Buenos Aires era la casa central, y la más importante. Se organizaba en dos grandes departamentos, Administración y Operativa. Allí, Benicio tenía a cargo la administración general de la sucursal y Sebastián, el área operativa. Benicio era un ejecutivo responsable y dedicado, que había sabido conformar un excelente equipo de trabajo con los jefes de cada sector administrativo.
En ese momento, Benicio se preparaba para la reunión del cierre del mes. Donde debía presentar los informes de cada sector de la sucursal y los generales de la compañía que provenían de todas las sucursales. De estos informes se realizaría luego uno definitivo, a modo de auditoría, para presentarlo en la reunión semestral de Directorio del Holding. Todas las empresas miembro lo hacían. Este sistema llevaba implementado varios años, garantizando una evaluación constante y rigurosa del desempeño de cada empresa. Sebastián no era ajeno a este funcionamiento, lo que aumentaba la indignación de Benicio ante su falta de compromiso.
El Directorio, compuesto por doce hombres, las cabezas de las familias más poderosas del país, analizaba los informes presentados por cada compañía y evaluaba su continuidad en el conglomerado. La reunión semestral con la Junta Directiva se celebraría en unos días, por lo que la presentación de los informes ese día en la Distribuidora era de suma importancia.
Sebastián llegó más tarde e intentó buscar a Benicio en la oficina, pero no tuvo oportunidad. Aún no había terminado de procesar la información y Gloria, su secretaria, le recordó enérgicamente la importancia de realizar esas proyecciones.
Para cuando terminó con los informes y fue a buscar a Benicio, este ya estaba en la sala de juntas. Se apresuró, con el corazón latiendo con fuerza por la preocupación. La intranquilidad lo dominaba; detestaba estar disgustado con Benicio. Al entrar en la sala de reuniones, notó que su padre aún no había llegado.
—¿Podemos hablar? —preguntó Sebastián, acercándose a Benicio con un tono que intentaba ser conciliador, pero cargado de urgencia.
—¿Algún problema con el informe? —preguntó Benicio.
—No. Es por…
—Entonces ahora no —interrumpió, manteniendo una postura profesional, consciente de la importancia del momento.
Sebastián lo miró, intentando descifrar si su amigo estaba aún molesto o simplemente actuaba como el ejecutivo responsable que era. La puerta se abrió, y Sebastián volteó, viendo a su padre aproximándose. El aire se llenó de tensión. Benicio sabía que mezclar lo personal con lo laboral no era lo adecuado, especialmente en ese momento crucial.
Sebastián también lo sabía, conocía a Benicio y sabía cómo trabajaba y con qué nivel de responsabilidad se manejaba en la oficina. Sin embargo, esa firmeza y distancia profesional le hacía temer una falta de interés en solucionar las cosas entre ellos. Suspiró, sintiendo un nudo en el estómago. No le gustaba la frialdad que percibía. Habían discutido muchas veces. Pero nunca antes le había pedido la llave del departamento.
El entorno de la sala de juntas demandaba seriedad y enfoque, y sabía que cualquier intento de conversar tendría que esperar. Mientras preparaba los informes, lo miró de soslayo un par de veces.
Cuando Alfredo se sentó, comenzaron la reunión. Benicio presentó primero los informes de administración, mostrando el progreso y las metas alcanzadas por cada sector. Luego fue el turno de Sebastián, quien debía presentar los informes operativos.
Mientras se preparaba para hablar, Sebastián recordó un consejo que Benicio le había dado tiempo atrás: "Cuando te presentes ante tu padre, hazlo con seguridad. No dudes, muestra siempre que sabes de lo que hablas."
—Sebastián, ¿cómo están los resultados del departamento operativo?
Alfredo, con una mirada que evaluaba cada movimiento de su hijo lo escrutaba sin compasión. Sebastián tomó aire y comenzó su presentación, mostrando los datos de producción, eficiencia y logística.
—Los resultados muestran una mejora del 15% en la eficiencia de las operaciones, y hemos reducido los tiempos de entrega en un 10%. Sin embargo, aún hay áreas que requieren optimización —dijo Sebastián, señalando las gráficas en la pantalla.
Un recuerdo le vino a la mente, una conversación con Benicio en la oficina: "Siempre ten un plan claro. No solo presentes los problemas, sino también las soluciones."
Alfredo frunció el ceño y cruzó los brazos.
—¿Y qué planeas hacer para mejorar esas áreas? —preguntó, desafiando a Sebastián.
Sebastián mantuvo la calma, habiendo anticipado la pregunta. Describió un plan detallado para abordar las áreas problemáticas, incluyendo la implementación de nuevas tecnologías y la reestructuración de ciertos procesos.
—Invertir en sistemas de automatización avanzados, permitirán una mayor precisión y reducción de errores humanos. Además, estamos revisando los procesos actuales para identificar y eliminar cuellos de botella, lo que debería incrementar la productividad en un 20% adicional en los próximos seis meses —explicó Sebastián con confianza.
Recordó otro consejo de Benicio: "Sé claro y conciso. No te andes por las ramas."
Alfredo lo observó en silencio por un momento, asimilando la información. Finalmente, asintió con aprobación.
—Eso suena prometedor, Sebastián. Quiero ver resultados concretos en el próximo trimestre. No me defraudes —dijo Alfredo, su tono más suave pero firme.
Benicio, escuchando la respuesta de Alfredo, sintió una oleada de orgullo recorrer su pecho. Ver a Sebastián responder con seguridad y presentar soluciones concretas era un indicio de que había aprendido bien. Sin embargo, hizo un esfuerzo consciente por mantener su rostro impasible, ocultando cualquier señal de emoción. Era crucial mantener la profesionalidad en ese entorno, especialmente frente a Alfredo.
La reunión continuó por casi una hora más, con Alfredo haciendo preguntas detalladas y los jóvenes respondiendo con seguridad. Cuando finalizó, Alfredo estaba visiblemente satisfecho.
Benicio, en silencio, recogió sus cosas y salió de la sala. Estaba claro que la profesionalidad y la determinación que Sebastián había mostrado durante la presentación habían dejado una impresión positiva en su padre. Sebastián también recogió rápidamente sus cosas, en el afán por seguir a Benicio. Pero Alfredo lo entretuvo.
—¿Pasó algo? —preguntó Alfredo, sonriendo, mientras tomaba sus papeles con calma.
Sebastián lo miró. Alfredo sabía muy bien lo que había pasado. Sebastián se plantó frente a su padre y no escondió lo molesto que estaba.
—Me dijo lo que tú no tuviste huevos para decirme, y lo mandé a cagar. Está molesto conmigo por eso. —El viejo se rio.
—Bueno, sabes muy bien que la vulgaridad no va con él. — miró a su hijo.
La sonrisa no se borró de su rostro, pero de la burla que contenía no quedaba ya ni rastros. Se acercó a Sebastián mirándolo a los ojos y dijo en una voz tan calmada que sonaba a la misma muerte.
—Y no me faltaron huevos. Simplemente preferí que te retobes con él, porque conmigo, eso no va a suceder.
Sebastián dio un paso hacia atrás. Su padre era más bajo, pero cuando lo miraba de esa manera, cuando le hablaba en ese tono, cobraba un tamaño avasallador. Tardó varios segundos en reaccionar.
—Deja de meterte en mi vida. —dijo apretando los dientes
—¿Meterme en tu vida?
—Es mi amigo, y tú siempre metes tu mierda en medio y terminamos peleando por tu culpa. —la sonrisa de Alfredo se volvió burlona una vez más.
—Sebastián, ya hablamos de esto la semana pasada. Comienza a preocuparme que esa ingenuidad tuya sea imbecilidad. —Sebastián tragó su orgullo— Benicio es mi empleado, te dice lo que yo quiero que te diga, en el momento en que yo quiero que te lo diga. Porque le pago por ello.
Alfredo hablaba en un tono bajo, con una seguridad que no daba lugar a dudas, con una calma que retorcía las tripas.
—Él es un empleado, y tú, su tarea. Cuando termine lo que tiene encomendado, simplemente su trabajo habrá terminado y seguirá con su vida.
El pecho de Sebastián se levantaba una y otra vez cargado de ofuscación. Sabía que Benicio respetaba a su padre y estaba agradecido con él por haberlo ayudado en su peor momento, pero también sabía que Benicio lo consideraba un amigo. Pero, claro, de eso su padre no tenía por qué estar al tanto.
—¡Deja de meterte en mi vida! —Dijo Sebastián en voz alta.
Alfredo alzó la vista. Miró a su hijo a los ojos. Dejó los papeles en la mesa sin dejar de mirar a su hijo y se encaminó hacia el muchacho a paso lento.
—Demuestra que no necesito hacerlo.
Dijo su padre, con firmeza, mientras se acercaba
—Muéstrame que ya eres un hombre hecho y derecho y que no tengo que preocuparme.
Su voz iba subiendo el tono y cargándose de ira. Sus pasos, aunque lentos, para Sebastián hacían temblar el piso.
—Muéstrame con hechos que si mañana me pasa algo, podrás sostener a tu madre de la misma manera que yo lo hice hasta hoy con los dos.
Sebastián se encontraba inmóvil, como si el peso del mundo recayera sobre sus hombros. La voz de su padre retumbaba en sus oídos, elevándose en intensidad con cada sílaba. Cuando Alfredo lo miraba de esa manera, Sebastián se sentía completamente paralizado, como un niño indefenso atrapado en el cuerpo de un adulto.
Odiaba con todas sus fuerzas esa sensación de inhibición que ese hombre le provocaba. Tenía casi treinta años, y sin embargo, parecía que no podía escapar de la sombra dominante de Alfredo Carrasco. La impotencia lo corroía por dentro, como un veneno que se esparcía lentamente por sus venas. Desde que tenía memoria su padre había dirigido su vida, como un titiritero manipulando a su marioneta. Pero ya no más. Ya no quería seguir permitiéndolo. Tenía que encontrar la fuerza para poner fin a esa dominación, para reclamar su independencia y ser dueño de su destino.
—Demuestra que eres digno de ser un Carrasco. Porque estoy harto de cosas como lo que sucedió la semana pasada. Casino, orgías, putas... drogas… ¿qué más? —Subió la voz y Sebastián se estremeció.
Alfredo estaba tan cerca que el joven sentía la ira de su padre empujándolo.
—Si no eres capaz de cambiar las cosas por tí mismo. Tendré que hacerlo yo, y no será de la mejor manera. No me pongas en esa situación, porque ni tú ni yo, queremos eso. —fue casi un susurro, pero se sintió como un latigazo.
Alfredo se retiró en silencio y Sebastián no dijo nada. Lágrimas, cuya procedencia no comprendía, llenaron sus ojos. Su cuerpo estaba rígido, con los puños y los dientes apretados, y la respiración agitada. Solo cuando la puerta se cerró detrás de la imponente figura de su padre, pudo finalmente relajarse. Secó sus ojos con las mangas y se dirigió al baño y se lavó la cara, el agua fría se escurría intentando calmar el ardor de sus ojos.
Mirándose en el espejo, un reflejo lleno de odio lo observaba. No sólo despreciaba a su padre, sino que también se odiaba a sí mismo por su incapacidad para enfrentarlo debidamente. La impotencia que sentía se enraizaba en lo más profundo de su ser, condicionando cada uno de sus pensamientos. Se armó de valor, respirando profundamente, y se enderezó frente al espejo. Tenía que terminar de una vez por todas con ese tipo de situaciones. Ya no quería ser ese niño atrapado en el cuerpo de un adulto. Se había prometido tantas veces que no volvería a ser la marioneta de su padre. Pero luego, ese hombre se le acercaba y arrasaba con cualquier signo de determinación.
La furia y la frustración que lo habían paralizado comenzaron a transformarse en un impulso renovado. En ese momento, Sebastián tenía otro problema que solucionar. Salió del baño más tranquilo y se dirigió a la oficina de Benicio.
Estaba decidido a demostrar que era capaz de tomar las riendas de su propia vida, enfrentando los desafíos con valentía y determinación. Y el primer desafío estaba al otro lado de la puerta.
Respiró profundo y golpeó suavemente. Blanca, la secretaria de Benicio tenía su escritorio junto a la puerta de la oficina. Sonrió al ver a Sebastián. Lo conocía desde que era un pequeño que correteaba por los pasillos de la empresa. Solo verlo frente a la puerta de la oficina, con su rostro serio y aguardando a ser admitido, la llenó de ternura. Sabía muy bien que Sebastián había hecho de las suyas y Benicio estaba enojado.
Por lo general, Sebastián era de lo más irreverente. No golpeaba la puerta, sin importar qué, solo entraba. No preguntaba a la secretaria si podía pasar o no. No esperaba su turno. Parado ahí en silencio, su lenguaje corporal no era más que una revelación… era como un muchachito a punto de ser reprendido por alguna fechoría.
—Tiene una llamada — dijo la mujer con complicidad. Sebastián la miró en silencio y sonrió asintiendo.
Mientras esperaba, el peso de la preocupación lo oprimía. Benicio le había pedido que devolviera la llave de su departamento, y para Sebastián eso significaba no sólo una pérdida de confianza, sino una especie de abandono. Dormir en el departamento de Benicio era la única manera en que podía encontrar paz y descansar plenamente. Algo había allí que le brindaba una sensación de seguridad y tranquilidad que no encontraba en ningún otro lugar. Sebastián se debatía entre el miedo a perder esa especie de refugio que tenía y su orgullo.
Desde que tenía memoria, su vida había estado marcada por la férrea autoridad de su padre. Él era quien trazaba cada paso que debía dar, sin permitirle desviarse un solo centímetro. La única forma de rebeldía que había encontrado era a través de los excesos, algo que lo estaba llevando a la autodestrucción . Bebía, se drogaba y se entregaba al desenfreno, como una forma desesperada de huir del control opresivo de su padre. Pero esa pseudolibertad, ahora amenazaba con dañar la relación con Benicio.
Cada vez que Benicio "vomitaba a su padre cuando hablaba" la ira de Sebastián se encendía como una chispa en un barril de pólvora. No podía evitarlo. Se sentía traicionado, como si su único aliado se convirtiera en su peor enemigo. No obstante, saber que luego de sus andanzas podría llegar y descansar sin miedo, ni molestias, lo tranquilizaba, lo hacía sentir seguro, aunque no entendía por qué.
La lucha interna de Sebastián se intensificaba. Se preguntaba si algún día podría enfrentarse verdaderamente a su padre sin desmoronarse, y si podría encontrar una forma de rebelarse sin destruirse a sí mismo ni a las pocas relaciones que realmente importaban en su vida. No quería perder el único lugar donde encontraba paz, pero su orgullo y su rebeldía lo empujaban a desafiar cualquier forma de autoridad, incluso la que venía de Benicio.
Era una batalla constante entre el deseo de ser libre y el miedo a perder lo poco que tenía, o mejor dicho, lo único que pensaba que podía controlar. Y en medio de ese caos, tenía que encontrar la manera de reconciliarse con Benicio, que era algo importante para él. Sabía que podía demostrar que era capaz de cambiar y de tomar las riendas de su vida sin caer en el abismo, pero solo saber que eso haría feliz a su padre, le revolvía las tripas.
—Necesitamos hablar —dijo Sebastián, cuando finalmente la puerta se abrió. Su voz quería sonar a firmeza, pero estaba cargada de una inocultable cuota de ansiedad.
Benicio asintió lentamente, permitiéndole entrar. Cerró la puerta tras Sebastián y se sentó en su escritorio, indicándole a Sebastián que tomara asiento frente a él. Había un aire de tensión en la habitación, aunque Benicio intentaba mantener la calma.
—Estuviste muy bien en la reunión. Dejaste a tu padre muy conforme con tu presentación —dijo Benicio, manteniendo un tono profesional.
Sebastián esbozó una leve sonrisa, pero la preocupación no desaparecía de su rostro.
—Solo hice lo me dijiste —respondió, mostrando un claro desinterés en las cosas de la empresa.
Benicio asintió, sintiendo el orgullo burbujeando dentro de él, aunque hacía un esfuerzo consciente por no mostrarlo. Se preocupaba por Sebastián, lo veía como a un hermano menor, pero también sabía que debía mantener la distancia que Alfredo le exigía.
—Hiciste un buen trabajo –continuó Benicio– Y con tu padre satisfecho, tendrás un poco de aire, y menos presiones.
Sebastián sintió un nudo en el estómago. La última imagen de su padre no le parecía la de una persona satisfecha, un escalofrío lo recorrió solo de recordar las palabras de su padre.
—Beni, yo... —empezó Sebastián, algo avergonzado. Benicio sonrió
—¿Qué? ¿Vas a decirme que no te has dado cuenta que tu padre te ha felicitado? —Sebastián suspiró.
—Discutimos cuanto tú saliste — Benicio estaba desconcertado.
No había cosa que deseara evitar más que las confrontaciones entre Alfredo y Sebastián. Sabía muy bien que luego de pelear, Sebastián caía en la más pesada oscuridad. Cuanto más dura era la pelea con su padre, más bajo caía Sebastián. Frunció el ceño.
—¿Pero qué fue lo que pasó? — preguntó Benicio sin poder creer que el buen desempeño de Sebastián se haya visto opacado por una discusión.
—No quiero hablar de él. Estoy aquí por lo que me dijiste esta mañana. Yo en verdad no quiero…
—No aquí, Seba. Este no es el lugar adecuado para esa conversación. Hablemos de temas laborales ahora. Si llegas temprano esta noche, cenaremos juntos y podremos conversar tranquilamente. De lo contrario, es mejor que no regreses —dijo Benicio con firmeza, pero con un tono que intentaba ser conciliador. Para Sebastián sonó a sentencia. Pensó unos segundos y respondió.
—Entiendo. Prometo que estaré allí temprano —respondió Sebastián, su voz estaba cargada de seguridad.
Benicio asintió, permitiendo que el joven se retirara. Mientras Sebastián salía de la oficina, Benicio se quedó mirando la puerta cerrada, sintiendo una mezcla de orgullo, preocupación y la presión constante de Alfredo. Casi deseaba que Sebastián no llegara a cenar esa noche, de esa manera, no tendría problema en prohibirle la entrada y permanencia en su casa.
Pero por otro lado, si ese muchacho salía esa noche, habiendo peleado con Alfredo… probablemente no terminaría bien. Sabía que tenía que encontrar un equilibrio entre ser el guía que Sebastián necesitaba y cumplir con las exigencias de su padre, pero en ese momento se sentía un poco perdido.
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Aún no anochecía cuando Sebastián estacionó frente al edificio. Benicio y él eran muy diferentes. Lo sabía, siempre lo supo. No podía molestarse con él. No debía hacerlo. Al fin y al cabo, Benicio no tenía malas intenciones. Pero si no era absolutamente sincero con él, difícilmente lograría que él entendiera cómo se estaba sintiendo. Tomó las cosas que había traído y bajó del auto. Antes de entrar respiró profundo y presionó el timbre.
—¿Si? — respondió Benicio.
—Soy yo, ¿puedo subir? —preguntó Sebastián. Unos segundos después la puerta sonó y el joven empujó y entró.
Benicio sonrió sorprendido. Había golpeado la puerta y esperado en la oficina, y ahora tocaba el timbre y pedía permiso para entrar en su casa. Miró la charola en la que solían dejar las llaves, pero no estaban. No las había dejado ahí. Este comportamiento era inusual en Sebastián, ya que generalmente entraba sin previo aviso, con una arrogancia desesperante. De pronto, su sonrisa desapareció del rostro... evidentemente, Sebastián no haría las cosas fáciles esa noche.
Benicio terminaba de preparar la mesa. La comida estaría lista en breve. Dos golpes en la puerta llamaron su atención. “¡No!... Esto ya es demasiado” pensó. Limpió sus manos con un repasador mientras se acercaba a la puerta y la abrió. Sebastián estaba en el pasillo con unas bolsas en las manos. Verlo ahí, esperando pacientemente, era un contraste drástico con su actitud habitual de irrumpir sin más.
—Traje la ropa del lavadero. —Dijo entrando— ¡Dios! ¡huele delicioso!
Exclamó dejando una de las bolsas en la mesada.
—Traje postre también. Guárdalo en la heladera. Llevaré esto al cuarto.
Benicio no dijo nada. Tomó el pote de helado y lo metió en el freezer. Luego caminó hacia la habitación. Sebastián guardaba la ropa en su sitio.
Benicio observaba apoyado en el marco de la puerta. Sebastián alzó la vista y al verlo se detuvo. Bajó su rostro nuevamente.
—Esta mañana al salir llevé todo a lavar. También tu ropa.
—No era necesario.
—Lo sé. —Sebastián exhaló y respiró profundamente, como llenándose de valor— Lamento lo de anoche. No sé qué pasó. Yo, he cumplido las reglas todo este tiempo… anoche… no sé. —Sebastián se acercó a Benicio— No volverá a pasar.
Benicio seguía en silencio. Respiró molesto, y se acercó a la pila de su ropa limpia. Olía muy bien. Eso de alguna manera cambió su humor.
—No puedes asegurar eso. Si vuelves a llegar en las condiciones en las que llegaste anoche, probablemente vuelva a pasar Seba. —Dijo con calma mientras guardaba su ropa.
—Eso no pasará. Puedo asegurarlo.
Benicio miró a Sebastián de forma inquisitiva
—Es en serio —Aseguró apurado.
—Ya veremos —dijo Benicio incrédulo, saliendo del cuarto— Alístate que vamos a cenar.
Sebastián se sentó a la mesa, intentando relajarse, pero sus manos temblaban ligeramente al levantar los cubiertos. Benicio sirvió la comida en silencio, observando a Sebastián con atención. Sabía que había algo que el joven quería decir, y sabía exactamente qué era. No quería presionarlo más aún, así que trató de anticipar en su mente lo que podría responderle, buscando la mejor manera de hacerlo.
La tensión en el aire era palpable. Ambos comieron en silencio durante unos minutos, pero era evidente que había una conversación pendiente. Finalmente, Sebastián no pudo contenerse más y rompió el silencio.
—Beni, tenemos que hablar de lo que me dijiste esta mañana —dijo, con la voz cargada de ansiedad.
Benicio levantó la vista de su plato y asintió, sabiendo que había llegado el momento. Permaneció en silencio y Sebastián siguió con su exposición. Tomó aire y dejó los cubiertos a un lado, inclinándose ligeramente hacia adelante.
—Sé que estuve mal contigo. En primer lugar, porque no respeté tus reglas, respecto al orden y la limpieza aquí en casa. Y luego porque fui grosero contigo y no era contigo con quien debería serlo.
—No deberías ser grosero con nadie, Seba.
—No soy como tu. No tengo la habilidad de controlar tan bien las cosas. — dijo Sebastián ya más tranquilo. Moría de hambre y el aroma delicioso de la comida le provocaba más apetito. Ahora, más calmado luego de decir lo que tenía que decir, podía dedicarse a hacerle los honores a la cena que Benicio había preparado.
Benicio consideró sus palabras antes de responder.
—Creo que esa es una posición muy cómoda para ti.
—¿Cómoda? —preguntó Sebastián sin comprender.
—El autocontrol exige un trabajo duro, sobre sí mismo. No implica que no sientas… requiere que aprendas a manejarlo. Escupir las cosas que vienen a tu mente sin preocuparte por nada más que por tu propio interés, es una postura egoísta, y cómoda, en la medida en que no te tomas el trabajo de pensar en el otro, solo piensas en ti.
—Nunca se me permitió pensar en mi. Mi padre siempre se encargó de hacerlo. De pensar en mi. De pensar por mi. Yo solo tenía que hacer lo que decía. Fui a las escuelas que él quería. Tuve los juguetes que él quería que tuviera. Él escogió a mis amigos, eligió a las mujeres que debían estar en mi cama. Me impuso una carrera. Un tutor y una calificación mínima aceptable de 9. Eligió mi trabajo, mi cargo, mi asistente. Incluso el departamento que mi abuela me dejó, lo escogió mi padre. He hecho todo lo que él me ha pedido toda mi vida. Pero esta vez... esta vez no voy a seguir sus deseos.
Benicio estaba sorprendido. Siempre había pensado que Alfredo era un hombre de temperamento fuerte, autoritario y dominante, el tipo de persona que impone su voluntad a los demás. Pero también estuvo siempre convencido de que quería lo mejor para su hijo. Con el relato de Sebastián, comenzó a cuestionarse la imagen que tenía de ese hombre. Cada detalle que Sebastián revelaba lo hacía replantearse sus propias convicciones.
Poco a poco, la figura del Alfredo que conocía se desmoronaba. Y con ello, Benicio comenzó a empatizar con Sebastián, al comprender la carga que había llevado todos esos años. Sabía que debía manejar la situación con delicadeza.
—Entiendo tu frustración, Seba. Y sé que es difícil vivir bajo la sombra de una figura tan dominante como tu padre. Pero también creo que él tiene buenas intenciones, aunque no comparto sus métodos, y no solo porque sean duros, sino porque a veces rayan la falta de respeto.
Sebastián negó con la cabeza, miró a Benicio con los ojos vidriosos.
—Yo no estoy seguro de que quiera lo mejor para mi. De hecho, nunca me preguntó acerca de lo que yo quería. Y cuando yo dije lo que quería, él solo se burló diciendo que eso no era lo indicado.
Sebastián dejó los cubiertos y sirvió gaseosa en su copa. Luego habló con calma.
—Recuerdo que a poco de entrar en la secundaria me había hecho amigo de un chico. Ya no recuerdo su nombre. Él era becado, de un barrio muy pobre. Yo era niño, tendría unos 11 años, más o menos. Lo invité a casa varias veces. Y mi niñera le contó a mis padres. Mi padre no estaba de acuerdo en que me juntara con él, “no era digno de ser amigo de un Carrasco” —dijo en tono burlón.
Dio un sorbo a la bebida
—Yo no le hice mucho caso, pero ya no lo invité a casa. Nos veíamos en la escuela… al fin y al cabo mi padre no veía lo que yo hacía en la escuela. O eso pensé. Nos gustaba la misma chica. Pero él decía que ella nunca se fijaría en él, y tenía razón, Marianella nunca volteaba a verlo. Antes de fin de año él ya no iba a la escuela. Supuestamente lo habían cambiado. Tiempo después me enteré que mi padre lo hizo sacar de la escuela.
—Vaya. — Exclamó Benicio impresionado.
Siguieron comiendo en silencio. Sebastián parecía sumido en sus pensamientos, su mirada perdida en algún lugar lejano. Benicio, por su parte, se encontraba atrapado en un mar de cuestionamientos que lo aturdían. Cada palabra de Sebastián resonaba en su mente, reconfigurando las piezas de su percepción sobre Alfredo y sobre el mismo Sebastián.
No podía evitar sentirse sorprendido y, a la vez, incómodo al darse cuenta de que ese que él creía un niño mimado que había crecido teniéndolo todo y no lo había sabido valorar, en realidad nunca había tenido la oportunidad de elegir nada en su vida. Lo invadió una profunda tristeza.
Por otro lado, esta revelación también hacía tambalear la imagen que tenía de Alfredo como un padre que buscaba lo mejor para su hijo. La frialdad y el control con que había dirigido la vida de Sebastián eran totalmente incomprensibles para Benicio, y eso lo llenaba de una inquietud desconocida.
—Dijiste que tu padre escogió a tus amigos. ¿Te referías a que alejó de ti a ese chico?
—No. Rama, Manu, Lauti y Joaco venían a casa porque él los invitaba. Íbamos juntos a la escuela, pero yo no hablaba con ellos en la escuela. Bueno, para el final del primer año, sí… ya éramos cercanos, porque venían a casa casi a diario.
—Ya veo
—Con Marianella, su movimiento fue algo más “estratégico”. Ella me gustaba, pero jamás pensé en ella como mujer. —Sebastián sonrió algo entristecido— Tenía 11 - 12 años
—Eras un niño —Agregó Benicio sonriendo con ternura. Sebastián asintió.
—Pero mi padre decidió que ya debía pensar como un hombre. Ser un hombre.
Sebastián enterró su mirada en el plato vacío. Benicio percibió en ese silencio algo muy pesado, una carga invisible que parecía aplastarlo. Finalmente, Sebastián bebió de su copa, como si el líquido pudiera aliviar el peso de sus palabras, y luego dijo...
—La noche anterior al día de mi cumpleaños, tuve sexo por primera vez con la niñera. —Las palabras de Sebastián resonaron en el silencio como un disparo certero. Benicio, con el tenedor suspendido en el aire, sintió cómo la comida se le volvía de pronto indigesta. No estaba seguro de haber entendido bien. ¿Acaso se refería al cumpleaños de 12 años?
—¿Cómo...? —balbuceó, con la voz ronca y entrecortada temeroso de lo que podía llegar a escuchar.
Sebastián, con los ojos fijos en su plato ya vacío, parecía sumergido en un mar de recuerdos.
—Mi padre lo dispuso. No sé cómo explicarlo. Era... como un ritual, supongo. Algo que debía hacerse cuando te gustaba una chica. Y por la mañana, recuerdo que me palmeó el hombro fuertemente y me dijo “Bien hecho campeón, ya eres todo un hombre”. No entendí en ese momento, a qué se refería. Lo entendí después. Esa mañana pensé que esa era su forma de decirme “feliz cumpleaños”. La comprensión llegó después, como una sombra que me envolvía, oscureciéndolo todo.
Benicio sintió que un nudo se formó en su garganta, impidiéndole tragar. La revelación era un mazazo que lo había dejado aturdido. Rabia, tristeza y una profunda decepción se entrelazaron en su interior, formando un nudo inextricable. Alfredo, su protector, su mentor, se desmoronaba ante sus ojos, revelando un abismo de oscuridad que nunca había imaginado.
Sintió un peso en el pecho. Había juzgado a Sebastián, lo había considerado desagradecido, incapaz de apreciar todo lo que Alfredo había hecho por él. Ahora comprendía el porqué de su rebeldía, algo tardía quizás, ese distanciamiento de las reglas De pronto, todo tenía sentido. Una sensación de culpa se instaló en el centro de su alma.
—No puedo creerlo... —murmuró, más para sí mismo que para Sebastián.
Un silencio sepulcral se apoderó de la mesa. Ambos hombres, unidos por un pasado doloroso, se encontraban ahora en los extremos opuestos de una profunda grieta. Benicio, abrumado por la revelación, luchaba por comprender cómo había podido ser tan ciego. Sebastián, por su parte, aunque sus ojos reflejaban aún la tristeza de un pasado que nunca podría borrar, parecía liberado de una pesada carga y albergaba la esperanza de conseguir el pleno apoyo de Benicio.
Benicio no pudo seguir comiendo mientras luchaba por asimilar las palabras de Sebastián. Levantó el rostro, los ojos fijos en los de su amigo, y vio en ellos un abismo de dolor y resignación. ¿Había algo que pudiera decir? Las palabras se deshacían en su garganta sin que pudiera evitarlo ¿Cómo se podía explicar semejante atrocidad? ¿Cómo se podía justificar lo injustificable? Alfredo Carrasco, se volvía indefendible.
—Nunca me hablaste de eso. —La voz de Benicio era un susurro, apenas audible.
—Hay cosas que es mejor no hablar. —Sebastián apartó la mirada, como si quisiera borrar aquella imagen de su memoria— Tampoco te dije que quería ser médico, pero eso no era útil para mi padre.
Benicio sintió un vacío en el estómago. “¿Médico?” se preguntó. Su amigo, el exitoso empresario, había soñado con curar vidas. La ironía lo golpeó con fuerza.
—Médico —repitió, incrédulo.
—Si, siempre me gustó todo lo referente a la medicina. —Sebastián gesticuló una sonrisa— Lo que hubiera sido un problema a la hora de especializarme, porque todas las áreas me gustaban y quería saber acerca de todas ellas.
Él quiso amenizar un poco el clima, pero Benicio seguía conmocionado.
—¿No querías estudiar Administración de Empresas? —Sebastián esbozó una sonrisa amarga.
—No. Yo quería estudiar medicina. —Su voz era un lamento.
—Y aún así, en tiempo récord y con el mejor promedio obtuviste tu título universitario.
—Si, y ni siquiera en ese momento mi padre volvió a decirme algo como aquella mañana de mi cumpleaños de doce. “Bien hecho, campeón”
Las palabras de Sebastián resonaron en el silencio, cargadas de una tristeza infinita.
—Seba, no sé qué decir. —Benicio se llevó las manos al rostro, ocultando su consternación.
—Cuando terminé mi carrera, ya era mayor de edad. Supuse que con el título de mierda ese, él se daría por satisfecho y me dejaría en paz. Pero ahora insiste con el matrimonio. Y ¿sabes qué? Nunca va a detenerse.
—El matrimonio, para tu padre y para Los Apóstoles, es una forma de estabilidad, Seba.
—Pues yo no quiero casarme porque para mi, el matrimonio es una cadena. Me asfixia la sola idea de estar atado a una mujer que no elijo, por el resto de mi vida. No puedo hacerlo. No quiero.
—No tiene que ser así, Seba. Tu padre no quiere elegir una mujer para ti. Quiere que tú lo hagas.
—Es igual para mí. Es volver cada día a la misma casa con la misma mujer.
Sonaba a hartazgo y desidia. Era evidente que un matrimonio arreglado no lo haría felíz de ninguna manera.
—Además, —agregó— aceptar es seguir alentando a ese hombre a pisotearme una y otra vez. Si me caso… más adelante querrá que tenga hijos.
—¿Y cuál sería el problema? —preguntó Benicio, sorprendido por la vehemencia de Sebastián.
—No quiero hijos. De hecho, me operé para no tener hijos nunca. —Benicio no pudo ocultar su asombro.
—¿Te… operaste? —preguntó azorado
—A los dieciocho. Todos lo hicimos, los chicos y las chicas.
Benicio se quedó sin palabras por un momento, intentando procesar la información. Luego intentó razonar con Sebastián.
—¿Y qué pasará si conoces una chica, te enamoras y todo eso que piensas ahora, cambia? Sabes que es posible que encuentres a la mujer indicada, la que te lleve a considerar el matrimonio como un proyecto de vida, a desear una familia.
—No Beni. Yo nunca he pensado en ese tipo de cosas. No son para mi. Y me molesta mucho que mi padre insista en algo como eso. En realidad me enfurece que crea que puede hacer conmigo lo que quiere.
Benicio respiró profundamente, podía percibir una sensación de impotencia muy fuerte en las palabras de Sebastián. Él mismo siempre había soñado con tener una familia algún día, con hijos que corrieran por la casa y un hogar lleno de amor. Intentaba entender la perspectiva de Sebastián, pero le resultaba difícil. Sin embargo, la firmeza que observaba en sus ojos le decía que no era el momento de insistir. Debía encontrar un equilibrio entre apoyar a Sebastián y cumplir con las exigencias de Alfredo, aunque la palabra del viejo iba perdiendo peso conforme avanzaba la charla.
—Entiendo perfectamente lo que dices. Sin dudas tienes derecho a tomar tus propias decisiones. Pero también veo lo que tu padre quiere lograr: estabilidad para ti. Quizás no tienes que casarte si no quieres, quizás si logras encontrar una manera de demostrar que puedes manejar tu vida de forma responsable, tu padre no insista con el matrimonio.
Sebastián bajó la cabeza, sintiendo un nudo en la garganta. Las palabras de Benicio resonaban en su mente, pero aún así la duda y la desesperanza lo envolvían.
—No lo sé. Y tampoco espero nada de él. Solo necesito que tú entiendas lo que siento. Que me apoyes, Beni… —Exclamó Sebastián mirándolo a los ojos. — necesito que estés conmigo en esto.
Benicio observaba a Sebastián, notando cómo su usual fachada de rebeldía se desmoronaba, revelando a un joven roto y vulnerable. Estaba atrapado entre dos fuegos: el deseo de apoyar a Sebastián y la lealtad hacia Alfredo, su mentor. Sabía que Alfredo siempre había sido un hombre dominante y controlador, pero verlo a través de los ojos de Sebastián lo hacía parecer casi un monstruo.
Con cada palabra, la confusión de Benicio crecía. ¿Cómo podría apoyar a Sebastián sin traicionar a Alfredo? ¿Cómo podría sostener la lealtad hacia ese hombre cuya imagen ahora estaba tan distorsionada? Benicio respiró profundamente, tratando de encontrar equilibrio en medio del caos interno.
—Seba, yo... —empezó a hablar, pero las palabras nuevamente se quedaron atrapadas en su garganta.
Finalmente, colocó una mano sobre la de Sebastián, en un gesto de comprensión y apoyo. Apretó la mano de Sebastián y luego se puso de pie.
—Siempre tendrás mi apoyo, Seba. —dijo Benicio mientras recogía las cosas de la mesa— Pero ten en claro que solo quiero lo mejor para ti. Nunca voy a apoyarte si te encaminas a destruirte. Vamos a encontrar una solución, pero por ahora, y en principio, intenta no llegar tan lejos en tus… divertimentos… Porque al único que dañan es a ti.
—Y a tí. — pensó Sebastián.
Se levantó sonriendo algo avergonzado por su conducta y tomó su plato y cubiertos.
—Si, no me agrada verte en esas condiciones. —Respondió Benicio con naturalidad, limpiando la mesa.
Ante la respuesta de Benicio, Sebastián se dio cuenta de que había “pensado en voz alta”. Sintió que su rostro se calentaba de pronto, y al dejar las cosas en la mesada, bajó su rostro intentando ocultar su vergüenza.
Asintió en silencio, encontrando un débil atisbo de alivio en las palabras de Benicio. Aunque todavía se le dificultaba mucho enfrentar a su padre, el apoyo de Benicio le resultaba reconfortante y le daba fuerzas para seguir adelante. Sabía que, a pesar de todo, no estaba solo en esta batalla.
Thoughts
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PermalinkHay una casa en mi vuelta donde el padre le puso todo al hijo, hasta el auto, y el muchacho se fue a los treinta y volvió al mes. Nunca hablé con esa gente más de cinco veces y sin embargo uno se hace una idea. Me acordé de eso leyendo lo que Alfredo le dice a Sebastián, que Benicio es un empleado y él la tarea. Ta, esa frase es la más fea del capítulo y la suelta sonriendo.
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PermalinkVaya primer capítulo, y eso que es largo de verdad, me lo leí de una sentada. Víctor me cae bien desde ya, el que escucha mientras corren y después suelta el consejo práctico sin ponerse solemne. He tenido compañeros así, gente que te resuelve en dos frases lo que tú llevas dos semanas rumiando. Y el viejo Carrasco asusta justo porque nunca necesita levantar la voz.
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PermalinkSebastian tocando el timbre y pidiendo permiso para subir, despues de toda una vida entrando sin avisar. Y Benicio buscando las llaves en la charola y no encontrandolas. A mi se me quedo dando vueltas ese silencio de los dos en la mesa, cuando ya no hay nada que decir. Gracias por traerlo aca!
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