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Capítulo 1: El pulso del silencio

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El silencio de mi habitación en la residencia de Ámsterdam no es vaciedad; es una arquitectura impecable. Cada línea de sombra, el ángulo exacto en el que entra la luz sobre la mesa de corte y la alineación de mis herramientas tienen un propósito. Para mí, el mundo no es una masa de ruido ambiguo: es un mapa de patrones, texturas y geometrías. Me llamo Alondra, tengo veintiún años y soy una persona autista.

​En un internado universitario donde la mayoría busca la compañía constante para no enfrentarse a la soledad, yo elegí este espacio exclusivamente para mí. Aquí no hay sobreestimulación ni imprevistos fuera de lugar. Solo la tela cayendo sobre el maniquí, el tictac pausado del reloj y el peso reconfortante de la rutina.

​Mis padres siempre han sido figuras de gran escala en mundos exigentes: él, un arquitecto cuyos trazos definen horizontes; ella, una médica cirujana cuya vida transcurre entre la precisión y la disciplina. Ser la tercera de cinco hermanos —entre la estructura firme de Matías, la elegancia callada de Maia, la energía impredecible de Saúl y la risa constante de la pequeña Luna— me enseñó desde muy niña a buscar mi propio eje.

​Ese eje lo encontré en el movimiento y en la forma.

​Por las mañanas, antes de que la ciudad se despierte del todo, mi cuerpo necesita el esfuerzo físico para ordenar los pensamientos. Si no es la fuerza descargada en el saco de boxeo o la concentración absoluta que exige el tiro deportivo, es la fluidez de la natación o el ritmo implacable de las artes marciales y el tenis. Pero mi escape preferido siempre será la bicicleta: recorrer las calles de Holanda sintiendo cómo el aire helado corta la velocidad es lo más cercano a la libertad pura.

​—Alondra, estás contando las brazadas otra vez —dijo una voz familiar desde el borde de la piscina.

​Al emerger del agua y ajustarme las gafas, vi a Eva sonriéndome.

​Eva es mi vecina de habitación y mi mejor amiga desde que teníamos diez años. Francesa, de mente analítica y brillante, maneja las matemáticas con la misma elegancia con la que otros leen poesía. Estudia Medicina, siguiendo una vocación implacable para convertirse en una gran doctora, pero en el agua compartimos la misma necesidad de orden.

​—Ciento veinte brazadas exactamente, Eva —respondí, apoyando los brazos en el borde—. Es el número perfecto para esta longitud.

​—Tu precisión me da paz —dijo ella, sentándose en el borde con una toalla sobre los hombros—. Aunque a veces me pregunto cómo pasas de la simetría de la piscina a la mezcla de telas en tu taller.

​—Es lo mismo —le expliqué, saliendo del agua—. El diseño de moda y la asesoría de imagen no son superficialidad; son una estructura externa para lo que las personas llevan dentro. Si entiendes la línea de un hombro o la caída de una seda, entiendes cómo resguardar a alguien.

​Eva asintió despacio. Conoce mis silencios y mis procesos mejor que nadie. No necesita llenar los vacíos con palabras innecesarias, y esa es una de las razones por las que su amistad es un refugio seguro.

​Al salir de la instalación deportiva, el atardecer teñía de tonos cobrizos los canales. Esperándome junto al mostrador de la entrada estaba Alfonso.

​A sus veinticinco años, Alfonso estudia Diseño de Interiores. Hay en él una paciencia natural, una manera de habitar el espacio que siempre me devuelve la calma. Ama la arquitectura interna, la luz natural y los materiales nobles con una pasión genuina.

​—Hola, Alondra —dijo con esa voz pausada que conozco tan bien.

​—Hola, Alfonso.

​No necesitó darme un abrazo efusivo ni romper mi espacio vital; en lugar de eso, me mostró un boceto en su libreta. Era el plano de un espacio con paneles de madera clara y luz indirecta, diseñado para absorber el eco.

​—Pensé en esto mientras revisaba unos materiales para la facultad —comentó, caminando a mi lado mientras avanzábamos hacia la residencia—. Un espacio donde la acústica no fatigue. Sé cuánto te molestan los tonos agudos en los espacios cerrados.

​Lo miré de reojo. Alfonso no busca cambiar mi forma de procesar la realidad; comprende mi lenguaje sin exigirme traducciones.

​—Las proporciones son correctas —dije, sintiendo una tibia certeza en el pecho—. Es un buen diseño.

​Él sonrió, guardando el cuaderno en su bolso.

​Entre la exigencia de las telas en la universidad, la matemática precisa de la amistad de Eva, la calidez respetuosa de Alfonso y el impulso constante del deporte, he construido un universo donde mi voz no necesita elevarse para ser escuchada. Un lugar donde ser yo misma es la única regla intacta.

Thoughts

  • correosinleer

    Ciento veinte brazadas por largo, contadas. Eva es la única que se da cuenta de que las cuenta, y se lo dice con la toalla en los hombros.

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  • -CUERPOS-

    ¿Qué más da? La vida y la muerte, no hay diferencia… ambos te conducen a una profunda y prolongada agonía.

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