El lunes por la mañana no empieza con alarmas estruendosas. El sonido agudo de los relojes me altera, así que mi cuerpo está configurado para despertar con las primeras luces que atraviesan los ventanales del internado.
Mi departamento es un santuario de tonos neutros. En el perchero principal, las prendas están organizadas por composición de tela: lino con lino, algodón denso, seda pesada. Cada textura envía una señal distinta a mi piel.
A las seis en punto, bajé al área de ciclismo. Ajusté el casco, comprobé la presión de las ruedas y salí a la calle. Pedalear por Holanda a esa hora es un ejercicio de libertad absoluta. El ritmo constante de mis piernas, el aire frío golpeándome las mejillas y el sonido rítmico de la cadena girando crean una frecuencia perfecta en mi mente.
Al volver, encontré una pequeña nota por debajo de mi puerta. La letra era fina y precisa, trazada con pluma estilográfica azul.
"La clase de las 10:00 se canceló por mantenimiento en el pabellón central. Nos vemos en la piscina a las 11:30. Traje los datos de densidad de volumen que me pediste. — Eva."
Sonreí levemente. Eva sabía que odiaba los cambios repentinos de itinerario. Avisarme con anticipación y darle una solución práctica era su forma de cuidarme.
Más tarde, en el taller de la facultad, acomodé un lienzo sobre el maniquí. A mi lado, un grupo de compañeros discutía enérgicamente sobre colores de temporada. Para ellos, la moda era tendencia; para mí, era arquitectura textil.
—Estás usando una caída de 45 grados —dijo una voz a mi espalda.
Me giré. Alfonso estaba apoyado en el marco de la puerta, sosteniendo dos vasos de café térmicos.
—Es el ángulo correcto para que el hombro no pierda soporte sin aplastar la clavícula —expliqué, sin dejar de fijar los alfileres.
Alfonso dejó uno de los vasos sobre mi mesa de trabajo, exactamente a la derecha, fuera del área de corte para no arruinar la tela.
—Tu forma de diseñar me recuerda a cómo se calcula el peso en una viga de madera —dijo con una sonrisa suave, dando un paso atrás para no invadir mi taller—. Todo se sostiene porque cada parte cumple una función.
—Así debería ser todo —respondí.
—¿Te gustaría ir a ver la exposición de iluminación arquitectónica este viernes? —preguntó con calma—. Es en un espacio amplio, no habrá mucha gente y los tonos de luz son cálidos.
Lo miré durante tres segundos. Alfonso había pensado en la acústica, el espacio y la luz antes de invitarme.
—Sí —dije—. Me gustaría.