Nocturna: El Despertar del InefableXX.
El abismo y el cuerno .
Y vi una bestia surgir del abismo.La bestia me miraba con una maldad pura, antigua, anterior a los hombres. Tenía seis cabezas, y de la cabeza central emergía una séptima que vociferaba blasfemias contra Jesús. De esa última cabeza nacía un cuerno colosal; una voz en mi mente me decía que ese cuerno gobernaba el mundo material. Vi a la bestia alimentándose de niños aún por nacer, devorando la inocencia antes del primer aliento, mientras seguía escupiendo sus insultos contra el cielo.Me encontraba atrapado en visiones tan grotescas y brutales que ya no sabía diferenciar el delirio del dolor físico de mis muñecas sangrantes. Eran imágenes tan desoladoras que quise terminar con mi vida en ese mismo instante antes de seguir experimentando semejante infierno. Sabía que no podía escapar de las cuerdas, pero mis sentidos exigían hacer algo.En mi absoluta incapacidad humana, le recé a Dios.Pero esos rezos parecían ser escuchados únicamente por los demonios.—¿Por qué te flagelas, hijo mío? —susurró una entidad que emergió de las sombras, con un cuerpo que mutaba entre el blanco brillante y el negro más profundo—. El dios al que tus padres y tú alaban soy yo mismo. El portador de la luz. Soy su leal sirviente. Fui creado a imagen y semejanza de su soberbia y de su vanidad. Soy el principio de todo mal y de todo bien. Yo soy ese dios.De repente, la figura teológica se deformó en la penumbra. Su silueta se encogió hasta transformarse en la de un hombre elegante, perfectamente trajeado, con la sonrisa de un político de portada de periódico.—Ese hombre, Jesús, ha muerto —continuó la entidad con un cinismo refinado—. Y sus seguidores en la Tierra son, en realidad, nuestros seguidores. Alaban el dinero, el sexo y el poder. Como está escrito en las leyes de la carne, el mundo es nuestro. No de ese hippie pordiosero.XXI. La prisión gnósticaEn ese abismo de dolor, una iluminación repentina golpeó mi pecho. La sabiduría tocó mi alma rota y me reveló, a través de una certeza absoluta y libre de palabras, una verdad aterradora: el dios de los judíos no era más que uno de tantos dioses. Un cúmulo de información parásita, una fuerza ególatra que se autodenominó creador al encontrarse con opositores inmediatos en su propia concepción.Cuando esa entidad se topó con lo inefable —con la verdadera eternidad que no puede nombrarse—, se asustó. Y para proteger su soberbia, obligó al ser humano a habitar una cárcel de sufrimiento, tiempo y dualidad.Luchar contra el mal en Ciudad Nocturna era absurdo. El bien y el mal eran solo los barrotes de la misma celda. Más allá de las trampas de Maxwell Deinos y de Alister Browley, solo existía la eternidad.Al comprender esa verdad, el sótano desapareció. Me encontré de golpe en un plano completamente feliz, inundado por una luz pacífica que no quemaba. Y frente a mí, con los ojos claros y la sonrisa intacta, estaba ella.—Johnny... —susurró Stephanie, acercándose a mí—. Johnny, tienes que aprender a perdonarte. Tú no eres el causante de mi muerte. Mi familia no sabe lo que sucedió en realidad. Fueron los mismos hombres que hoy te lastiman los que me asesinaron. No puedo quedarme contigo; las fuerzas de la causalidad me lo impiden. Solo... aprende a perdonarte, mi amor.XXII. La mirada del esclavo libreAl escuchar sus palabras, el velo se rasgó y volví a la cruda realidad del sótano por la fuerza.El olor a hiel y el goteo del agua regresaron. Alister Browley estaba justo enfrente de mí. Seguía sosteniendo la navaja de afeitar, y a través de mis ojos iluminados por la verdad, su cuerpo adoptaba una apariencia demoníaca, una sombra deforme que intentaba infundir terror.Pero el juego había cambiado. El comisionado estaba más asustado que yo.Me miraba fijamente, retrocediendo un paso en la penumbra, temblando al notar la absoluta calma en mis ojos inyectados en sangre. Mi mente ya no registraba el dolor del vientre ni el peso de las cadenas. Miré al monstruo a los ojos y sonreí con desprecio.Yo me sentía completamente libre de su influencia.