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Capítulo 3: La geometría del agua y la luz

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Contenido de la publicación

​A las once y veinticinco de la mañana, el aire del complejo deportivo olía a cloro y a la humedad fresca de la ventilación. Para la mayoría de la gente, los centros deportivos son un caos de ecos, risas y pasos resonantes. Sin embargo, en la piscina olímpica de la universidad, el sonido se transforma cuando te sumerges: el ruido exterior desaparece por completo y solo queda el pulso rítmico de tus propios pulmones y el chasquido del agua abriéndose a tu paso.

​Ajusté las gafas y me lancé de cabeza desde el bloque de salida.

​El impacto con el agua helada activó cada músculo de mi cuerpo. Natación, tiro, artes marciales o boxeo... todos mis deportes tienen en común la necesidad de una concentración absoluta. En el ring o en la cancha de tenis, si pierdes el foco un milisegundo, la pelota pasa o la guardia cae. En el agua, el enfoque es hacia adentro: cada patada debe tener la misma fuerza, cada braceo el mismo ángulo.

​A la tercera vuelta, una sombra paralela se unió a mi carril. Era Eva.

​Nadamos juntas durante veinte minutos, manteniendo un ritmo perfectamente coordinado, como dos engranajes de un mismo reloj. Al llegar al extremo profundo, ambas emergimos al mismo tiempo para tomar aire.

​—1:18 por cada cien metros —dijo Eva, quitándose la gorra de natación y dejando ver sus rizos castaños húmedos—. Mantuviste la cadencia constante desde la primera vuelta.

​—Es el ritmo que me permite estabilizar el ritmo cardíaco —contesté, apoyándome en el borde mientras me secaba el rostro con la toalla.

​Eva se apoyó a mi lado y me entregó una libreta con tapas impermeables. Al abrirla, encontré diagramas ordenados con ecuaciones y gráficas impecables.

​—Ahí tienes los datos sobre resistencia de materiales que me pediste —explicó con una sonrisa ligera—. Ajusté las fórmulas de densidad para telas sintéticas basándome en los modelos de fluidos que estudiamos en biofísica. Pensé que te servirían para la colección de ropa deportiva que estás proyectando.

​—Es perfecto, Eva. Gracias —dije, repasando las columnas con la punta del dedo. Las matemáticas de Eva nunca tenían margen de error—. ¿Cómo va la preparación de tu examen de anatomía?

​—Intensa, pero fascinante —respondió, y sus ojos brillaron con esa chispa de pasión pura que tanto la caracteriza—. La estructura del sistema nervioso central es como un mapa de carreteras infinitas. A veces, cuando estudio el cerebro humano, entiendo aún más por qué cada persona procesa el mundo de una forma totalmente única.

​Ese era el tipo de comentarios que hacían que nuestra amistad de más de once años fuera tan sólida. Eva no solo estudiaba medicina para salvar vidas; entendía la complejidad humana desde el respeto y la ciencia, sin prejuicios.

​Por la tarde, el sol comenzó a descender sobre Ámsterdam, proyectando sombras largas a través de los ventanales de la biblioteca central. Estaba sentada frente a una mesa grande organizando las muestras de color para el proyecto final de la semana: una propuesta de asesoría de imagen para personas con alta sensibilidad táctil.

​—Lino sin tratar, algodón orgánico de fibra larga y costuras planas —murmuró una voz pausada a mi lado.

​Alcé la vista. Alfonso vestía un suéter de lana en tono gris neutro y llevaba bajo el brazo un portaplanos de madera. Se sentó en la silla de enfrente, guardando una distancia cómoda para mí, y colocó sobre la mesa una muestra de madera de roble claro y un cristal esmerilado.

​—¿Qué es eso? —pregunté, observando el acabado perfecto de la madera.

​—Es el material que elegí para la maqueta del centro cultural que estoy diseñando para la facultad —respondió, deslizándolo suavemente para que pudiera tocar la textura—. Quería que lo sintieras. Sé que si a ti te transmite calma, el espacio funcionará bien para cualquiera.

​Toqué la superficie lisa del roble. La calidez del material y la ausencia de rugosidades molestas reflejaban el cuidado obsesivo que Alfonso ponía en cada uno de sus proyectos.

​—Es suave —admití—. No genera fricción.

​—Eso buscaba —sonrió él, observando cómo mi rostro se relajaba—. Mañana es viernes, Alondra. Recuerda que la exposición de diseño lumínico empieza a las siete. Prometo que si en algún momento el lugar se vuelve demasiado concurrido o ruidoso, nos iremos de inmediato.

​—No será necesario si los paneles reflectantes están bien colocados —contesté, manteniendo mi tono analítico, aunque en el fondo sentía una tibia sensación de confort.

​—Aun así, el plan de salida está trazado —aseguró él con un guiño tranquilo.

​En ese momento, mi teléfono vibró sobre la mesa. Era una llamada de video entrante desde Nicaragua. En la pantalla aparecieron los rostros sonrientes de mi mamá con su bata de laboratorio, mi papá frente a un plano arquitectónico en su estudio, y al fondo, Saúl y la pequeña Luna saludando a la cámara con entusiasmo.

​—¡Alondra! —exclamó Luna, pegando la cara a la pantalla—. ¡Mamá me prometió que cuando vengas en vacaciones me vas a enseñar a dibujar vestidos!

​—Hola, Luna —sonreí levemente, ajustando el volumen del teléfono para que el sonido no fuera chirriante—. Prometido. Te llevaré un cuaderno de bocetos especial.

​—Hola, hija —saludó mi papá con su voz firme y serena—. ¿Cómo van las clases y tus entrenamientos? Tu hermano Matías me dijo que vio tus marcas de natación de este mes, estás bajando segundos.

​—Todo está bajo control, papá. Mantengo la rutina —respondí.

​Hablamos durante unos minutos sobre sus proyectos de arquitectura, la clínica de mi mamá y los avances escolares de mis hermanos. A pesar de los kilómetros que nos separaban, la estructura familiar se mantenía intacta, como un ancla silenciosa a la que siempre podía volver.

​Al colgar la llamada, miré a Alfonso, quien me esperaba pacientemente en silencio mientras terminaba de guardar sus planos. A lo lejos, vi a Eva cruzando el pasillo de la biblioteca con sus libros de medicina bajo el brazo, levantando la mano para despedirse antes de irse a su turno de práctica.

​Ahí, en ese cruce de caminos entre la moda, la arquitectura, la medicina y el afecto de quienes me rodeaban, entendí que mi forma de ver el mundo no era una limitación, sino la lente única con la que estaba construyendo mi propia historia.

Thoughts

  • correosinleer

    Eva le cronometra cada cien metros y el papá ya sabe sus marcas del mes. Lo que nadie anota es que a él le contestó con dos frases.

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